La escritora Verónica García-Peña acaba de recibir el premio del II Certamen de Microrrelatos de Carreño por La historia de esos nombres, una narración en la que la memoria ocupa un lugar central. Dos veces finalista del Premio Planeta, autora de novelas, relatos y ensayos, García-Peña ha desarrollado una obra en la que el pasado, las ausencias y las historias que corren el riesgo de desaparecer adquieren especial importancia.
Con motivo de este reconocimiento y de la próxima publicación del monográfico Los fantasmas olvidados, que reúne los artículos escritos para Uve Magazine, charlamos con ella sobre los premios literarios, las exigencias de la escritura breve y esa persistente preocupación por aquello que dejamos de recordar.
Acabas de ganar el II Certamen de Microrrelatos de Carreño con La historia de esos nombres. El jurado ha destacado el tratamiento de la identidad y la memoria. ¿Qué historia hay detrás de esos nombres y por qué decidiste contarla mediante un microrrelato?
Me presenté a este concurso porque, en su momento, me enviaron las bases para que las compartiera en redes sociales y ayudara con su difusión. También me animaron a participar, aunque inicialmente no tenía intención de hacerlo. Llevaba muchísimos años sin presentarme a un certamen literario y, poco a poco, empezó a rondarme la idea.
Cuando leí detenidamente las bases, comenzó a tomar forma una historia que tenía en la cabeza y que fue creciendo hasta que finalmente la escribí.
El relato trata sobre la memoria y sobre unos nombres, porque el mayor miedo que tengo es el olvido. Es algo que suele estar muy presente en mis textos y este caso no es una excepción. La historia de esos nombres es, en realidad, la historia de su memoria.
Hay una protagonista que bien podría llamarse Penélope y que recoge todos esos nombres en un cuaderno. No quiero desvelar demasiado, porque acabaría estropeando el microrrelato, pero, en esencia, habla de la necesidad de no olvidar.
Has sido finalista del Premio Planeta en dos ocasiones, has publicado novelas, relatos y ensayos, y ahora recibes un premio por una narración brevísima. ¿Cómo afrontas un formato tan diferente?
En el fondo no deja de ser contar una historia, aunque resulta más difícil porque tienes que hacerlo con muchas menos palabras.
Es necesario construir una historia completa o, al menos, conseguir que se comprenda en su totalidad. En una novela puedes dedicar todas las páginas que necesites a una descripción, recrearte en determinados aspectos o desarrollar los acontecimientos con mayor amplitud. En un microrrelato tienes que medir muy bien las palabras, cómo las utilizas y, sobre todo, dominar la elipsis.
Siempre he considerado este tipo de ejercicios un reto. Es una forma de demostrarte que eres capaz de construir una historia que llegue al lector dentro de unas condiciones determinadas.
En mi caso fue un desafío, pero también una oportunidad, porque llevaba tiempo dando vueltas a esa historia y, cuando comprobé que empezaba a tomar forma, me produjo una gran satisfacción.
¿Qué lugar ocupa este reconocimiento en tu trayectoria profesional?
Me hace muchísima ilusión. He sido finalista en numerosos certámenes, pero nunca había ganado uno. Este es el primero.
Además, viene del concejo de Carreño, donde siempre me han tratado muy bien y me han invitado a participar en sus actividades. Les estoy muy agradecida y, por eso, este reconocimiento tiene para mí un significado especial.
También hay algo que considero importante: se trata de un certamen de un concejo relativamente pequeño. Lo comenté el día que recibí el premio y sigo pensándolo. A veces prestamos demasiada atención a los grandes premios y a las grandes ciudades, mientras olvidamos lo que sucede en los lugares más pequeños.
¿Crees que los premios tienen una repercusión real en la carrera de un escritor?
Creo que depende. Hay dos tipos de repercusión: la pública y la privada.
En el ámbito personal, cualquier premio tiene importancia, independientemente de su dimensión. En cuanto a la repercusión pública, es evidente que los premios más conocidos ofrecen mayor visibilidad, porque aparecen en los medios de comunicación y reciben más atención.
Pero, en mi caso, ambos reconocimientos son igual de importantes.
Un escritor pasa buena parte de su vida trabajando en soledad. Después publica sus textos, que pueden tener una acogida mejor o peor, tanto entre los lectores como en el mercado. Y el mercado está como está: somos cientos de miles de personas escribiendo.
Cuando recibes un premio, sientes que se reconoce algo más que un texto concreto. Para llegar a escribirlo has necesitado años de lecturas, de escritura y de aprendizaje. Hay todo un bagaje detrás.
Por eso considero que, aunque formalmente se premie un relato, también se está reconociendo una manera de escribir, una voz literaria y una forma de contar las cosas. Y, naturalmente, emociona que se reconozca tu trabajo.
En tu obra aparece con frecuencia la preocupación por el olvido. ¿De dónde procede ese interés por recuperar personajes y acontecimientos que parecen condenados a desaparecer de la memoria?
Desde hace algún tiempo tengo la sensación de que todo se ha vuelto extraordinariamente efímero. Todo parece volátil, como si nuestra memoria funcionara igual que la memoria RAM de un ordenador.
Hay cosas que inevitablemente tienen que desaparecer, porque la vida es así, pero otras no tendrían por qué hacerlo. Me preocupa que olvidemos los recuerdos y las vidas de quienes nos precedieron.
Últimamente he reflexionado mucho sobre algo que guarda relación con esta cuestión: la manera en la que hemos cambiado nuestra relación con la muerte y, particularmente, con los enterramientos.
A veces pienso que el capitalismo también ha terminado por introducirse en la muerte. Es como si, en el futuro, solo quienes dispongan de suficientes recursos económicos pudieran conservar su historia en los cementerios. Incluso eso es relativo, porque mantener una sepultura implica unos gastos que, en algún momento, quizá nadie pueda asumir. Finalmente, los restos acaban trasladándose a un osario.
Todo esto me produce una profunda tristeza.
También pienso en la arquitectura y en la cultura de los cementerios, que constituyen un patrimonio extraordinario. Existe una riqueza artística e histórica que merece ser conservada y que parece haber dejado de desarrollarse de la misma manera.
En Los fantasmas olvidados has recorrido escenarios muy diferentes: hospitales, hoteles, pueblos abandonados y embalses. Sin embargo, tus artículos no pretenden demostrar la existencia de los fantasmas. ¿Qué te interesa realmente de estas historias y por qué elegiste el fenómeno espectral como asunto de la sección?
Porque, una vez más, volvemos al recuerdo. Los fantasmas, en muchos casos, no dejan de ser recuerdos.
Existen porque nosotros los recordamos, porque una ciudad conserva su historia o porque aparecen en los libros. En el momento en que dejamos de hablar de ellos, comenzamos a olvidarlos.
Cuando nadie habla de Belchite, de lo que sucedió en determinado hotel o de que bajo las aguas de un pantano permanece un pueblo entero, incluido su cementerio, esas historias empiezan a desaparecer de la memoria colectiva.
Los fantasmas representan, en ocasiones, nuestras propias vivencias pasadas y nuestra historia.
Por eso, estos fantasmas son una forma de reivindicar nuestro pasado, tanto si permanece bajo el agua como si se encuentra en un páramo o en los antiguos teatros que ya no existen.
¿Crees que inventamos fantasmas porque nos resulta insoportable aceptar que una persona pueda desaparecer sin dejar absolutamente nada?
Creo que, en parte, sí. Me parece que es una manera de conseguir que quienes han desaparecido continúen, de algún modo, entre nosotros.
Incluso cuando alguien afirma que no cree en los fantasmas, en el más allá o en cualquier forma de existencia posterior a la muerte, pienso que en el fondo puede encontrar cierto consuelo en la posibilidad de que esas cosas existan.
De alguna manera, creer en ello supone imaginar que nosotros mismos podremos disfrutar de una segunda oportunidad, que existe algo más allá de la vida que conocemos.
Aquí entraríamos en cuestiones filosóficas relacionadas con la mente, el alma o la naturaleza de nuestra existencia.
Creo que las personas tienen miedo a la muerte y, especialmente, a la posibilidad de que represente el final definitivo de todo. Por eso construimos otras explicaciones o aceptamos la posibilidad de que existan realidades diferentes, como sucede con los fantasmas.
Al fin y al cabo, ocurre algo semejante con las creencias en el cielo y el infierno.
Cuando escribes sobre la habitación 712 del parador de Cardona o sobre los antiguos pueblos sumergidos, conviven sucesos históricos, testimonios y leyendas. ¿Cómo trabajas con esas fuentes?
Lo curioso de estas historias es que, en muchas ocasiones, forman parte de los atractivos turísticos de los lugares en los que sucedieron. Por eso existe bastante información en las propias instituciones, en las páginas de turismo y en otras fuentes locales.
A partir de ahí, reviso la documentación y procuro distinguir entre los hechos que aparecen registrados y aquello que procede de testimonios, rumores o tradiciones.
Cuando no puedo determinar si algo es real, cito la fuente. Y si introduzco una interpretación personal o adopto un enfoque más narrativo, también procuro dejarlo claro.
Además, muchos de estos fenómenos han tenido bastante presencia en los medios de comunicación. Existen noticias y testimonios publicados en periódicos, revistas, pódcast e incluso libros.
Tengo varios volúmenes dedicados a la España oculta y a la España macabra en los que aparecen historias de este tipo.
En ese sentido, aunque el trabajo de documentación exige tiempo, existe una cantidad considerable de información. Curiosamente, estos fenómenos están muy registrados y, en ocasiones, resulta más sencillo encontrar referencias sobre ellos que sobre otros asuntos.
¿Has tenido que descartar alguna historia que te pareciera especialmente interesante porque no encontrabas documentación suficiente para respaldarla?
Sí. Recuerdo un caso de la comarca del Alt Camp, en Tarragona, sobre un hombre de 39 años que desapareció mientras recogía setas con tres amigos.
La Guardia Civil lo buscó y el suceso apareció publicado en medios como el Diari de Tarragona y La Vanguardia. Incluso existen atestados relacionados con la desaparición.
Encontraron su cesta de setas y su coche, pero nunca apareció él.
Era una historia muy interesante, aunque finalmente decidí descartarla porque no terminaba de encajar con el planteamiento de Los fantasmas olvidados.
Una desaparición de esas características puede responder a circunstancias muy diferentes. Podría haberse marchado voluntariamente, haber sufrido un accidente o haber sido víctima de un delito.
El caso también aparece recogido en algunas publicaciones sobre lugares malditos de Cataluña, pero me parecía que pertenecía más al ámbito de los sucesos que al de los fenómenos espectrales.
Por eso pensé que podía funcionar mejor como argumento para una novela policíaca o un thriller que como artículo de la sección.
Estamos preparando una edición monográfica dedicada a Los fantasmas olvidados. Hasta ahora, los lectores han conocido estos artículos como entregas independientes. ¿Qué impresión te produce contemplar el recorrido completo de una serie que comenzó con historias muy concretas y acaba preguntándose por la desaparición de la propia memoria?
Cuando comienzo a escribir un artículo, muchas veces no sé si terminará convirtiéndose en una serie. Sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que suelen acabar siéndolo.
Tengo la sensación de que siempre voy abriendo puertas. Comienzo tratando una cuestión concreta y descubro otros aspectos sobre los que me interesa profundizar.
En el caso de los fantasmas, podríamos hablar de ellos de una manera general, pero a mí me parecía importante explorar sus distintas manifestaciones. No es lo mismo el fantasma de un páramo que el de un pueblo o el de una gran ciudad. También cambia la forma en la que se recuerdan los acontecimientos asociados a cada lugar.
Como los artículos se escriben por separado, en ocasiones no descubres el hilo conductor hasta que los tienes todos reunidos. Es entonces cuando comprendes que has estado abordando un mismo asunto a través de protagonistas y escenarios diferentes.
Además, en las series que publico en Uve Magazine, el último artículo suele funcionar como cierre. Me gusta trabajar de esa manera, porque permite completar el recorrido que comenzó con el primer texto.
En realidad, sobre fantasmas podríamos seguir escribiendo indefinidamente, pero había que encontrar una forma de concluir la serie.
Me pareció que hablar del fantasma de un fantasma era una manera original de hacerlo, porque nos lleva precisamente a la cuestión que ha estado presente durante todo el recorrido: qué sucede cuando ni siquiera el propio fantasma es recordado.
¿Hay alguna historia que lleves intentando contar y para la que todavía no hayas encontrado la forma adecuada?
Tengo una historia que todavía no ha encontrado su momento. La historia existe, pero considero que aún no ha llegado el tiempo adecuado para contarla.
También tengo, como supongo que les ocurre a muchos escritores, varias historias comenzadas que en algún momento decidí detener y que permanecen sin concluir.
Hay otra idea que tengo en mente y que estoy convencida de que terminaré escribiendo. No sé cuándo ni quiero establecer una fecha.
Precisamente hablábamos antes de la velocidad a la que parece que tenemos que hacer todo. La gente vive corriendo, pero no se puede escribir de esa manera.
Quiero desarrollar esa historia con tiempo y calma, sin prisas y sin imponerme plazos. La escribiré cuando corresponda.
En cuanto a las historias que uno decide no contar, quizá en algún momento haya descartado alguna por autocensura, porque he pensado que no podía escribirla. Pero no recuerdo ningún caso concreto. Y, si he terminado olvidándolo, probablemente tampoco sería tan importante.