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Personajes

ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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PensamientoPersonajes

El patinete de Lady Norman: rodando entre la libertad y modernidad

by Beatriz Menéndez Alonso 08/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

El movimiento sufragista británico ha sido ampliamente estudiado, con especial atención a figuras emblemáticas como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett. Sin embargo, existen mujeres cuya participación, aunque menos visible, fue igualmente decisiva en la transformación política y social que condujo al reconocimiento del derecho al voto femenino en el Reino Unido. Entre ellas se encuentra Lady Florence Priscilla Norman (1883–1964), aristócrata, activista y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo dentro del ala moderada del sufragismo merece ser reconocido y contextualizado.

Analizar la trayectoria de Lady Norman implica adentrarse en un universo donde la clase social, la política y la modernidad se entrelazan. Su posición aristocrática le brindó acceso a espacios de poder; su estilo de vida poco convencional le permitió desafiar normas sociales; y sus estrategias de acción, discretas pero firmes, consolidaron avances que el activismo más estridente a veces no alcanzaba. Lady Norman encarnaba un feminismo que no se alza en barricadas, sino que se desliza con precisión y elegancia por los corredores del poder, demostrando que incluso los gestos silenciosos pueden tener un peso decisivo.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el movimiento sufragista en Gran Bretaña estaba dividido en dos grandes vertientes: el ala moderada, encabezada por la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, que promovía métodos constitucionales y pacíficos; y el ala radical, representada por la Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline y Christabel Pankhurst, que recurría a la acción directa y, a veces, a la violencia. Lady Norman se alineó con la NUWSS y organizaciones similares, defendiendo un progreso gradual mediante el diálogo político, la escritura, la organización social y el compromiso institucional. Esta línea de acción, aunque menos mediática, fue clave para la consolidación de los derechos femeninos tras la Primera Guerra Mundial.

Florence Priscilla (de soltera McLaren), Lady Norman. Impresión en bromuro de Bassano Ltd. , 1917.

Lady Norman: una figura moderada en el movimiento sufragista británico. Compromiso social y modernidad simbólica

Florence Priscilla McLaren nació en 1883, hija del político liberal Charles McLaren, barón de Aberconway, y de Laura Elizabeth Pochin, también activista por los derechos de las mujeres. En 1907 se casó con Sir Henry Norman, periodista, político liberal y defensor del progreso social. Desde joven, Florence se movió en círculos culturales y políticos, desarrollando una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en la sociedad británica.

Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como administradora en hospitales militares, experiencia que consolidó su liderazgo y compromiso con el servicio público. Fue condecorada por su labor y, tras la guerra, continuó su activismo en organizaciones feministas, de salud pública y de memoria histórica. Presidió el Women’s Work Subcommittee en el Imperial War Museum, promoviendo el reconocimiento del papel de las mujeres durante el conflicto.

Más allá de sus logros institucionales, Lady Norman proyectaba una imagen de mujer moderna y autónoma, poco común en su clase y época.

Pero fue el patinete motorizado el que inmortalizó su espíritu. En 1916, fue fotografiada desplazándose sola por las calles de Londres sobre aquel vehículo, regalo de su esposo. Con vestido largo, sombrero elegante y mirada resuelta, la aristócrata desafiaba las normas sin violencia, reivindicando una libertad que no pedía permiso: movilidad, independencia y autonomía femenina encapsuladas en un gesto cotidiano.

Se desliza por las calles como si la ciudad le perteneciera, aunque pertenecer no sea la palabra justa; más bien, la ciudad se abre ante ella, no porque le deba algo, sino porque ella decide ocupar su espacio, porque su cuerpo se mueve con la seguridad de quien sabe que cada giro de rueda es un acto de afirmación, que cada calle recorrida es un desafío silencioso a un orden que no fue pensado para mujeres como ella.

La figura de Lady Norman representa un activismo menos visible pero estratégico. Su enfoque incluía participación en comités, organización de eventos sociales con fines políticos, presencia en debates parlamentarios y escritura de cartas abiertas. Lejos de rechazar las estructuras de poder, influyó desde dentro, usando su estatus como plataforma para amplificar la causa sufragista.

Su contribución fue clave para la aprobación del Representation of the People Act en 1918, que otorgó el derecho al voto a mujeres mayores de 30 años con ciertos requisitos de propiedad. Posteriormente, en 1928, se alcanzó el sufragio pleno.

El análisis de su figura muestra cómo la clase social condicionó tanto las oportunidades de acción política de las mujeres como la manera en que sus aportes fueron recordados. Su privilegio, lejos de ser un obstáculo, definió su forma de actuar: nunca enfrentó prisión ni persecución, a diferencia de las sufragistas radicales, lo que ha llevado a que su figura quede relegada en la historiografía del feminismo militante. Reconocer su labor implica comprender que la historia del sufragismo no se construyó solo en las barricadas, sino también en salones, comités y calles recorridas con decisión y estilo. Lady Norman sirvió de puente entre la política masculina establecida y las demandas emergentes de las mujeres, mostrando que el feminismo podía ser discreto, elegante y profundamente transformador.

Su imagen sobre el patinete encarna un feminismo que combina modernidad y respeto por las formas sociales, desafiando expectativas sin romperlas del todo. Y mientras giraba su patinete por Fleet Street, mientras observaba la ciudad que se movía con indiferencia, pensaba en las otras mujeres: las que aún no podían desplazarse, las que esperaban permiso para existir, las que no tenían ruedas ni libertad para rodar. «Mi privilegio no es solo mío», se repetía, «es un puente, un instrumento, un testimonio, una responsabilidad».

Recordarla no es solo rescatar un nombre del archivo, sino contemplar la manera en que las mujeres, aún vestidas de normas, eligen desobedecer con elegancia. Lady Norman avanzó con paso firme, montada en su patinete, desafiando sin palabras el mandato de la quietud. Su activismo tejió puentes entre privilegio y justicia, entre deber y libertad. En ese gesto de rodar por Londres, ligera, autónoma, moderna, dejó una imagen que todavía hoy, más de un siglo después, nos interpela: ¿cuántas formas tiene la valentía cuando se viste de mujer?

08/03/2026 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

Jane Austen y el arte de escribir cartas

by Uve Magazine 09/02/2026
written by Uve Magazine

Durante siglos, escribir una carta no fue solo una forma de comunicarse, sino una manera de pensar en voz alta, de ordenar emociones y de construir relaciones a través del tiempo. La obra y la vida de Jane Austen permiten entender hasta qué punto la correspondencia fue un espacio creativo y social que hoy resulta difícil de imaginar, en un contexto europeo donde el correo tradicional ha comenzado a desaparecer de forma progresiva.

Museo de la Casa de Jane Austen en Chawton

Jane Austen escribió cientos de cartas a lo largo de su vida, muchas de ellas dirigidas a su hermana Cassandra, con quien mantuvo una relación intelectual y emocional constante. Estas cartas no eran simples intercambios informativos. En ellas Austen reflexionaba sobre la vida social, describía a las personas de su entorno con una ironía que después aparecería en sus novelas y registraba detalles domésticos que, lejos de ser triviales, funcionaban como observatorio del comportamiento social. La correspondencia era, en cierto modo, un espacio de ensayo literario y también un territorio de libertad donde podía expresar opiniones con mayor espontaneidad que en sus textos publicados.

En el mundo en el que vivió Austen, la carta tenía un valor temporal que hoy resulta casi extraño. Escribir implicaba aceptar la espera. La distancia entre el momento de redactar y el momento de recibir obligaba a formular pensamientos más elaborados, a describir situaciones con mayor detalle y a confiar en la memoria y en la palabra escrita como herramientas para sostener vínculos personales. Muchas de las escenas sociales que aparecen en sus novelas reflejan esa importancia de la correspondencia, ya que los malentendidos, las confesiones o los cambios de relación suelen llegar a través de cartas que alteran el rumbo de la historia.

La cultura epistolar formaba parte esencial de la vida social en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La carta permitía mantener contacto entre familiares, negociar matrimonios, transmitir noticias económicas y preservar amistades a larga distancia. En ese contexto, escribir bien no era solo una habilidad literaria, sino una competencia social. Austen dominaba esa forma de escritura con una naturalidad que revela hasta qué punto la carta era un género cotidiano.

Carta de Jane Austen, Godmersham, a Cassandra Austen, del 20 al 22 de junio de 1808: manuscrito autógrafo firmado.

Sin embargo, dos siglos después, Europa vive un momento de transformación radical en este ámbito. En los últimos años, el descenso del correo postal ha sido constante y está ampliamente documentado. La Comisión Europea, al evaluar la evolución del sector postal, señala que el volumen de cartas en los países miembros ha disminuido una media aproximada del 4,9 % anual desde 2008, una caída que se considera estructural y que afecta directamente a la viabilidad del servicio universal de correo. A esta tendencia se suma el análisis del International Post Corporation, que estima que el volumen del correo tradicional en Europa se ha reducido cerca de un 30 % en los últimos seis años, con previsiones de que continúe descendiendo mientras los operadores postales concentran sus esfuerzos en la paquetería y los servicios logísticos vinculados al comercio electrónico.

El caso de Dinamarca se ha convertido en uno de los ejemplos más representativos de este cambio. El operador postal PostNord anunció que el país dejó de repartir cartas de forma regular a finales de 2025, tras registrar una caída superior al 90 % en el volumen de correspondencia desde el año 2000. Este descenso está directamente relacionado con la digitalización de la comunicación institucional y administrativa, que ha sustituido progresivamente el intercambio de cartas físicas por plataformas electrónicas obligatorias para gran parte de la población. La tendencia no es exclusiva de ese país. Informes regulatorios europeos muestran que el descenso del correo se repite en prácticamente todos los estados miembros, con reducciones sostenidas durante la última década, como ocurre en Alemania, donde el volumen de cartas direccionadas cayó alrededor de un 30 % entre 2014 y 2022.

Este cambio no solo afecta a una infraestructura logística, sino también a una forma concreta de relacionarse con el lenguaje y con el tiempo. La comunicación digital favorece la inmediatez, pero también reduce el espacio para la elaboración narrativa que caracterizaba la correspondencia tradicional. Las cartas exigían describir contextos y reconstruir conversaciones y acontecimientos que habían ocurrido días o semanas antes. Ese ejercicio implicaba una observación detenida de la realidad y una conciencia muy clara del interlocutor.

Leer hoy las cartas de Jane Austen, al igual que la de muchas otras autoras, permite comprender de la comunicación tradicional. En ellas se alternan comentarios domésticos, retratos sociales, referencias literarias y observaciones personales que, juntas, construyen una imagen realista de su mundo. La autora no separaba la escritura creativa de la escritura privada. Ambas formaban parte del mismo proceso de atención hacia las personas y hacia los pequeños gestos cotidianos.

La desaparición progresiva del correo postal plantea una pregunta cultural más amplia: qué ocurre cuando desaparecen los formatos que obligaban a escribir con lentitud y con una intención más reflexiva. La correspondencia no solo transmitía información, también conservaba memoria. Las cartas podían releerse, archivarse y circular entre generaciones, convirtiéndose en documentos históricos y literarios que hoy permiten reconstruir la vida de autores como Austen con una precisión difícil de encontrar en otras fuentes.

La figura de Jane Austen, observada desde su correspondencia, recuerda que la escritura no siempre nació con vocación pública. Muchas veces surgía de la necesidad de mantener una conversación privada que, con el paso del tiempo, terminaba adquiriendo valor cultural. En una época dominada por la comunicación instantánea, volver a esas cartas no implica nostalgia tecnológica, sino la posibilidad de repensar la relación entre escritura, memoria y tiempo compartido.

09/02/2026 0 comments
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ArteNoticiasPersonajes

Valentino “El último emperador”

by Beatriz Menéndez Alonso 20/01/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

No mueren los diseñadores como mueren los hombres comunes. Mueren dejando telas suspendidas en el aire, recuerdos cosidos a la memoria colectiva, colores que ya no pertenecen al espectro sino a la cultura. Valentino Garavani ha muerto y, sin embargo, el rojo —su rojo— continúa caminando solo por el mundo, como una mujer que no necesita presentación.

Hablar de Valentino es hablar de una sensibilidad. No de una moda —esa palabra demasiado rápida— sino de una forma de mirar el cuerpo humano como una arquitectura delicada, digna de respeto. En una época que aprendió a confundir novedad con estruendo, él eligió el susurro. Y ese susurro, paradójicamente, se convirtió en una de las voces más reconocibles del siglo XX.

Nació en Voghera, una ciudad pequeña, casi invisible, como suelen ser los lugares que incuban grandes obsesiones. Nada hacía presagiar que aquel joven terminaría vistiendo a emperatrices modernas, a viudas presidenciales, a actrices que parecían existir únicamente para ser recordadas.

París le ofreció el rigor. Roma, el alma. Entre ambas ciudades se formó una sensibilidad que no aceptaría la improvisación como virtud ni el descuido como estilo. Aprendió que la costura no es un gesto rápido, sino una conversación larga entre las manos y la tela. Que un dobladillo mal resuelto puede alterar no solo un vestido, sino la postura de quien lo lleva, la manera en que entra en una habitación, la forma en que se recuerda a sí misma.

Cuando abrió su casa de moda, no parecía estar fundando un imperio, sino un refugio. Un lugar donde el ruido del mundo quedaba fuera y solo importaba la línea, la caída, la exactitud.

El rojo como destino

Desfile de Alta Costura de Valentino, en el año 2008

El color puede ser una emoción detenida.

En el caso de Valentino, el rojo fue una emoción persistente. No un capricho cromático, sino una afirmación existencial. Ese rojo —profundo, decidido, imposible de confundir— no necesitaba explicación. No era el rojo de la urgencia ni el de la violencia. Era un rojo consciente de sí mismo.

Un rojo que no pedía permiso. Con el tiempo, el mundo dejó de decir “rojo” y comenzó a decir “Valentino”, como si el lenguaje hubiera aceptado que ya no eran cosas separadas.

Ese color acompañó cuerpos distintos, épocas distintas, mujeres distintas, sin perder nunca su identidad. Tal vez porque no pretendía transformarlas, sino acompañarlas. El rojo no era un disfraz: era una afirmación.

Vistió cuerpos, sí, pero sobre todo vistió momentos.

Jacqueline Kennedy, envuelta en sus líneas puras, llevaba más que elegancia: llevaba duelo, transición, vigilancia constante. Valentino entendió que su ropa no debía competir con esa carga, sino sostenerla. En sus vestidos, Jackie no parecía adornada, sino acompañada.

Audrey Hepburn, por su parte, era casi incorpórea. En ella, Valentino afinó la ligereza, el equilibrio perfecto entre presencia y retirada. No la vistió para hacerla mujer fatal ni musa inalcanzable, sino para permitirle seguir siendo ese punto exacto entre infancia y madurez, entre fragilidad y determinación.

Elizabeth Taylor era exceso, color, dramatismo. A ella no intentó contenerla: la celebró. Supo que hay cuerpos que no piden discreción, sino estructura; no silencio, sino marco. En sus vestidos, Taylor no se moderaba: se afirmaba.

Sophia Loren representaba otra cosa: la plenitud. El peso de la tradición mediterránea, la sensualidad sin culpa, la carne como territorio legítimo. Valentino no la estilizó para adelgazarla simbólicamente; la honró. Comprendió que la verdadera elegancia no reduce, sino que reconoce.

Más tarde llegarían princesas, aristócratas, actrices de nuevas generaciones, mujeres jóvenes que buscaban no tanto diferenciarse como inscribirse en una continuidad. Porque vestir Valentino era, para muchas, entrar en una genealogía. No solo de moda, sino de actitud: una forma de ocupar el mundo con serenidad.

La alta costura como resistencia

Mientras el mundo aceleraba, Valentino permanecía. Mientras la moda se fragmentaba en tendencias efímeras —una por estación, una por semana, una por pantalla— él insistía en la idea de legado. No por nostalgia, sino por convicción. Sabía que no todo debe moverse para estar vivo.

Fue llamado “el último emperador” de la alta costura, no por su poder, sino por su negativa a abdicar del oficio. En una industria que celebraba el gesto rápido, el impacto inmediato, él defendía la lentitud como forma de pensamiento. Defendía el derecho a repetir una prueba, a corregir un error, a no mostrar aquello que aún no estaba listo.

En sus talleres, la aguja seguía siendo importante. El tiempo seguía teniendo valor. Las manos —no las ideas abstractas, no los discursos— eran el centro de todo. El error no era parte del espectáculo ni del relato creativo: era algo que debía corregirse, pacientemente, hasta desaparecer.

Esa ética del trabajo, casi silenciosa, convirtió su casa en un espacio aparte, un lugar donde el calendario del mundo exterior parecía perder autoridad. Allí, la moda no era contenido: era oficio.

Hoy, pensar en Valentino es pensar en una idea de belleza que no pide disculpas por ser bella. En una elegancia que no teme parecer clásica en un mundo obsesionado con parecer nuevo. En una masculinidad creativa que comprendió —sin teorizarlo, sin explicarlo— el misterio de lo femenino sin intentar poseerlo, corregirlo ni reinterpretarlo.

 No diseñó para provocar debates, sino para crear continuidad. Y, sin embargo, esa continuidad fue profundamente subversiva. En una cultura del descarte, él apostó por la duración. En una estética del ruido, por el silencio. En una época de ironía, por la seriedad del gesto bien hecho.

Su legado no está solo en museos, exposiciones o archivos de moda. Está en la memoria emocional de quienes han visto uno de sus vestidos y han sentido —aunque no supieran explicarlo— que allí había algo más que tela: había tiempo condensado, había cuidado extremo, había una forma de amor no declarada.

Su retirada no fue un final abrupto, sino un gesto elegante. No se aferró al escenario ni prolongó la despedida. Supo irse cuando su obra ya hablaba sola, cuando el rojo seguía caminando sin necesidad de su presencia física.

Ahora que Valentino ha muerto, no queda el vacío. Queda la continuidad. Queda el rojo, atravesando décadas como una línea segura. Queda la idea de que crear no es gritar más fuerte, sino escuchar mejor. Queda la certeza de que la elegancia no es una moda, sino una forma de estar en el mundo.

Y quizá, dentro de muchos años, cuando ya nadie recuerde fechas ni nombres con precisión, alguien verá un vestido rojo —perfectamente construido, silenciosamente poderoso— y sentirá algo difícil de explicar: una calma, una gravedad, una presencia. Entonces, sin saberlo, estará mirando todavía a Valentino.

Porque algunas obras no terminan cuando su autor se va. Simplemente aprenden a caminar solas.

20/01/2026 0 comments
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MúsicaNoticiasPersonajes

Perry Bamonte y The Cure

by Emain Juliana 27/12/2025
written by Emain Juliana

Perry Archangelo Bamonte murió a los 65 años, en su casa y tras una breve enfermedad, durante los días de Navidad, una circunstancia que The Cure confirmó con un comunicado escueto y contenido, en el que hablaban de «enorme tristeza» y recordaban a Bamonte como una presencia creativa, cercana y fundamental dentro de la historia del grupo. La noticia obliga a detenerse y mirar con más atención una figura que nunca fue protagonista, pero sin la cual una parte esencial del sonido de The Cure resulta difícil de explicar.

Bamonte no encaja en la categoría de músico icónico, y esa es precisamente la clave de su importancia. No llegó a la banda como un fichaje estelar ni como un revulsivo mediático, sino desde la trastienda, desde el trabajo invisible que sostiene a los grupos en la carretera. Se incorporó al entorno de The Cure en 1984 como parte del equipo técnico, primero afinando instrumentos, preparando escenarios y acompañando a Robert Smith como asistente directo, aprendiendo de cerca no solo cómo se tocaban las canciones, sino cómo se construía el clima emocional que definía al grupo tanto en estudio como en directo. Ese aprendizaje silencioso explica que, cuando a comienzos de los años noventa pasó a formar parte oficial de la banda, su presencia no alterara el equilibrio, sino que lo reforzara de una manera casi natural.

El Cure de los noventa: capas, exceso y una identidad en tensión

La etapa de Perry Bamonte como miembro pleno coincide con uno de los momentos más complejos de The Cure, cuando la banda se encontraba atrapada entre el peso de su propio legado y la necesidad de no convertirse en una caricatura de sí misma. Tras Disintegration (1989), considerado por muchos como su gran obra definitiva, cualquier movimiento posterior estaba condenado a ser leído como insuficiente o innecesario. Wish (1992) fue la respuesta a esa presión, un disco emocionalmente intenso, físico, casi abrasivo, en el que las guitarras no buscan delicadeza sino empuje, acumulación, insistencia.

En ese contexto, la aportación de Bamonte resulta esencial precisamente porque no se manifiesta de forma evidente. The Cure de los noventa suena grande, amplio, a veces excesivo, y esa sensación no nace de una única mano, sino de la suma de capas que se superponen hasta crear un espacio reconocible, casi físico, en el que la voz de Robert Smith puede moverse con libertad.

Ese papel se hace todavía más visible en Wild Mood Swings (1996), probablemente el disco más discutido de la banda, recibido en su momento como irregular y desconcertante. Con la distancia del tiempo, el álbum se revela como el reflejo honesto de un grupo cansado de su propia identidad, probando registros dispares sin una dirección clara, oscilando entre estilos, tonos y estados de ánimo sin intentar disimular la contradicción. Bamonte encaja ahí porque es un músico flexible, capaz de adaptarse a esa inestabilidad sin forzar una cohesión artificial, permitiendo que el disco avance sin romperse del todo.

Aunque The Cure había definido ya buena parte del imaginario del rock gótico con obras como Pornography (1982), un álbum extremo, opresivo y cargado de imágenes autodestructivas, la banda nunca se limitó a ese territorio. Su historia está marcada por una tensión constante entre la oscuridad y la ligereza, entre la melancolía más densa y el pop inmediato, y es precisamente esa dualidad la que explica su alcance cultural. Canciones como Friday I’m in Love demuestran que el grupo podía moverse hacia la luminosidad sin perder credibilidad, y Bamonte supo habitar ese espacio ambiguo, reforzando tanto los pasajes más sombríos como los más accesibles sin que el conjunto se resintiera.

Cierres y regresos 

Con Bloodflowers (2000), The Cure parece consciente de estar cerrando un ciclo. El disco funciona como un balance, un trabajo introspectivo que dialoga con álbumes anteriores desde la madurez y el desgaste, sin la urgencia de demostrar nada a nadie. Aquí, de nuevo, la aportación de Bamonte se percibe como atmósfera, como una línea de temperatura constante que atraviesa todo el álbum y refuerza su carácter de despedida, aunque no definitiva.

Poco después, Bamonte abandona la banda, y lo hace de la misma manera en que había estado siempre, sin estridencias y sin convertir su salida en un relato épico. The Cure ha sobrevivido a múltiples cambios de formación, pero no todos pesan lo mismo. La ausencia de un músico que trabaja desde la estructura y desde lo invisible, se nota precisamente porque altera el equilibrio general, porque el sonido pierde parte de esa cualidad envolvente que había definido al grupo durante más de una década.

Años más tarde, Bamonte regresó puntualmente para momentos simbólicos y, más recientemente, para giras en las que The Cure recuperó una intensidad que sorprendió incluso a sus seguidores más veteranos. La propia banda llegó a afirmar que algunos de esos conciertos estuvieron entre los mejores de su historia.

Bamonte participó en cientos de conciertos y en varios de los discos más representativos de The Cure de los noventa y principios de los dos mil como parte estructural de una etapa decisiva. Su legado no se mide en iconografía ni en protagonismo, sino en equilibrio, en su capacidad de integrarse dentro de la canción para que esta funcione. Hablar hoy de Perry Bamonte es recordar que las grandes bandas no se sostienen solo sobre nombres visibles, sino sobre músicos que entienden la música como un espacio compartido, donde el ego se subordina al clima emocional. En The Cure, donde ese clima ha sido siempre la verdadera esencia, su aportación resulta imposible de ignorar.

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LiteraturaNoticiasPersonajes

El legado de Lorca entra en la era digital

by Valeria Cruz 09/12/2025
written by Valeria Cruz

La digitalización del archivo de Federico García Lorca marca uno de los hitos culturales más relevantes de los últimos años en España. Manuscritos, cartas, dibujos, fotografías, programas teatrales y documentos personales del poeta han pasado del papel frágil a la pantalla, abriendo un acceso sin precedentes a uno de los legados literarios más importantes del siglo XX. Sin embargo, esta apertura convive con una realidad más compleja: el archivo está vivo, en expansión, y sigue incompleto.

El núcleo del legado está custodiado por la Fundación Federico García Lorca, con sede en el Centro Federico García Lorca de Granada. Allí se conserva el mayor conjunto documental del autor: materiales literarios, documentos personales, correspondencia, bocetos, carteles, libros anotados y fotografías que recorren su vida creativa y su entorno intelectual. Desde 2020, este archivo cuenta con la máxima protección legal al haber sido declarado Bien de Interés Cultural, lo que garantiza su preservación y control institucional.

El proceso de digitalización no es nuevo, pero ha alcanzado ahora una fase decisiva. Parte sustancial del archivo ya puede consultarse a través de plataformas digitales de la Fundación y proyectos asociados como Edad de Plata, una iniciativa que reúne fondos documentales de los grandes intelectuales de principios del siglo XX. Esta digitalización permite que investigadores, lectores, estudiantes y centros culturales de todo el mundo accedan directamente a los documentos originales sin depender de desplazamientos físicos ni de permisos complejos.

El valor de este acceso es enorme. Por primera vez, se pueden estudiar borradores de poemas, tachaduras, correcciones manuscritas, diseños escénicos y cartas privadas que revelan la cocina creativa de Lorca. El escritor deja de ser solo una figura mitificada de los manuales escolares para convertirse en un autor tangible, contradictorio, obsesivo, vulnerable. La digitalización no solo conserva: humaniza.

Pero el archivo no es un conjunto cerrado. Una investigación reciente ha demostrado que aún faltan piezas relevantes del legado. Grabaciones sonoras de la voz del poeta, determinadas cartas, manuscritos teatrales completos y otros documentos siguen sin aparecer o permanecen dispersos en colecciones privadas de difícil acceso. La propia historia del archivo está marcada por traslados, conflictos legales, herencias y décadas de opacidad que han condicionado su conservación.

Esa condición fragmentaria se hizo visible con especial fuerza en la exposición «Lorca y el archivo. Memoria en movimiento», celebrada en Granada, que reunió alrededor de 460 piezas procedentes de más de cincuenta archivos de España y América. El proyecto puso de relieve hasta qué punto el legado de Lorca está repartido por el mundo y cómo su reconstrucción sigue siendo una tarea abierta, casi arqueológica.

La digitalización, por tanto, no es solo una operación técnica: es una herramienta de reparación histórica. Durante décadas, el cuerpo documental de Lorca estuvo marcado por el trauma de su asesinato, la censura, el exilio de su familia y la dispersión forzada de sus papeles. Convertir ese legado en patrimonio accesible supone devolverlo a la comunidad cultural y a la ciudadanía.

Desde el ámbito académico, el impacto ya es notable. El acceso digital facilita estudios comparativos entre versiones de textos, análisis genéticos de las obras y nuevas lecturas críticas que antes eran inviables por las restricciones físicas del archivo. En el ámbito educativo, permite que institutos y universidades trabajen directamente con fuentes primarias, rompiendo la distancia entre el alumnado y los documentos originales.

Sin embargo, la digitalización también abre debates incómodos: ¿hasta qué punto debe exponerse la vida privada de un autor?, ¿todo documento debe hacerse público?, ¿quién decide qué se digitaliza primero?, ¿qué ocurre con los fondos aún en manos particulares? El archivo de Lorca no es solo una herencia literaria; es también un territorio de poder simbólico, económico y político.

A día de hoy, puede afirmarse que una parte sustancial del legado ya está preservada en formato digital y al alcance del público. Pero también es cierto que el archivo sigue incompleto y que su reconstrucción continúa. Nuevas cartas aparecen, nuevos documentos se identifican, nuevos fondos salen a subasta. El archivo de Lorca no es un monumento estático: es un organismo en movimiento.

Quizá esa condición inacabada sea, paradójicamente, la forma más fiel de representar al propio Lorca: una figura abierta, atravesada por el deseo, el conflicto, la belleza y la herida. La digitalización no cierra su historia. La mantiene viva.

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ArtePersonajes

La huella de Amaia Arrazola

by Uve Magazine 07/11/2025
written by Uve Magazine

Amaia Arrazola (Vitoria-Gasteiz, 1984 – Barcelona, 2025) fue una de las ilustradoras más reconocibles y queridas de su generación. Su fallecimiento deja un vacío que trasciende el ámbito artístico: se pierde una artista que trabajaba desde la honestidad, la sensibilidad y la observación cotidiana. 

Formada en Publicidad y Relaciones Públicas, inició su carrera en el mundo de la dirección de arte, pero pronto comprendió que su camino estaba en la ilustración. En 2010 se instaló en Barcelona como freelance y comenzó a construir un lenguaje visual propio: líneas limpias, color vibrante, una mirada íntima sobre la experiencia personal y una constante apertura hacia el mundo que la rodeaba. Sus dibujos eran claros sin ser simples, emotivos sin sentimentalismo, reconocibles sin repetirse.

Su obra publicada alcanzó una notable repercusión. Wabi Sabi (2018) marcó un punto importante en su trayectoria: fruto de una residencia artística en Japón, el libro exploraba la belleza de lo imperfecto y lo efímero. A ese título le siguieron trabajos como Totoro y yo, donde la fascinación por la cultura japonesa se entrelazaba con la maternidad y la experiencia afectiva. Arrazola veía la ilustración como un espacio narrativo capaz de contener lo íntimo, lo lúdico y lo reflexivo al mismo tiempo.

Más allá de los libros, su presencia en el espacio público fue significativa. Realizó murales en Barcelona, Madrid, Milán, Rabat y otras ciudades. En ellos trasladaba su vocabulario visual al paisaje urbano, generando lugares de encuentro, memoria y color. Sus paredes no pretendían deslumbrar por el impacto, sino por la cercanía. Eran imágenes que miraban a quienes las observaban, no imágenes que exigían ser miradas.

Arrazola trabajó también para instituciones y marcas, pero su sello nunca se diluyó. La maternidad, la fragilidad, la ciudad, lo cotidiano y la curiosidad por la cultura visual japonesa fueron constantes que se repetían sin imponerse. Su mirada, incluso en los proyectos más comerciales, conservaba una calidez sincera y una atención a la experiencia emocional de lo que significa estar vivo.

La noticia de su fallecimiento ha sido recibida con tristeza y respeto. Su legado permanece en sus libros, en sus murales y, sobre todo, en la manera en que enseñó a observar: con sencillez, con delicadeza, con apertura. Su obra seguirá siendo estudiada, recordada y, sobre todo, querida.

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CineMúsicaPersonajes

Venecia se disuelve en una luz enferma

by Beatriz Menéndez Alonso 04/11/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

El mar golpea apenas los muros húmedos, como si temiera derrumbarlos.
Sobre la arena del Lido, un adolescente camina hacia el horizonte, mientras un hombre maduro —ya vencido— lo observa morir en belleza. Así termina Muerte en Venecia (1971), la película con la que Luchino Visconti quiso atrapar lo que Thomas Mann había escrito medio siglo antes: la imposibilidad de poseer lo perfecto sin caer en la ruina.

Esta semana, a los setenta años, ha muerto Björn Andrésen, aquel muchacho que el mundo conoció como Tadzio, «el chico más bello del mundo». Y con él se apaga una de las imágenes más perturbadoras del siglo XX: la del ideal de belleza convertido en espejo de la muerte.

El eco de Thomas Mann

Cuando Thomas Mann escribió Der Tod in Venedig en 1912, ya intuía que la belleza era un veneno. Su protagonista, Gustav von Aschenbach, era un escritor disciplinado, rígido, casi ascético. Viaja a Venecia buscando descanso, y allí lo encuentra a él: un joven polaco de rostro angelical y graciosamente reservado, la nariz rectilínea, la boca adorable… Tadzio, cuya sola presencia lo empuja a una pasión silenciosa y mortal.

Nada sucede entre ambos —ni palabras ni contacto—, pero todo arde. Mann no narra un amor, sino una contemplación extrema, un deseo sublimado hasta la fiebre. En Aschenbach conviven el orden apolíneo del artista con el desbordamiento dionisíaco del deseo. Su enfermedad moral y física es la metáfora de Europa, de un siglo que presiente su decadencia.

Tadzio es más que un muchacho: es la idea platónica de la belleza, un reflejo de la forma pura que condena a quien la mira. En la novela, la epidemia de cólera que azota Venecia es el síntoma de una corrupción más profunda: la del alma que se atreve a desear lo que debería permanecer intocable.

Mann, con su ironía helada, nos enseña que el arte —ese intento de fijar lo efímero— puede ser un acto de orgullo, incluso de soberbia. Quien aspira a lo perfecto desafía la naturaleza. Y la naturaleza, tarde o temprano, responde con la muerte.

Visconti, gran artífice de atmósferas, llega al texto de Mann con una sensibilidad voluptuosa y una ambición visual tan enorme como la novela lo demanda. Su película, Death in Venice (1971), adapta el relato al cine con algunos cambios: el Aschenbach de Visconti es compositor, no escritor, aludiendo de un modo más nítido al mundo musical de la melancolía —en alusión quizá a Gustav Mahler— que ya estaba presente en la novela.

Las aguas de Venecia, los salones dorados, el Lido… todo deviene símbolo. La cámara contempla al joven Tadzio (interpretado por Andrésen) en su blancura febril, lo rodea de luz y de sudor, lo fija en cámara lenta, como un objeto de museo que se revela. Algunos críticos han señalado que, en la traducción cinematográfica, Visconti reduce la ambigüedad de Mann: el deseo del viejo hacia el joven se vuelve más explícito, la posesión más evidente.

Pero esa densidad es también su fuerza: Visconti no teme al peligro de mostrar lo prohibido, al estatismo de la belleza, al pecado de la contemplación. La música, los encuadres, la languidez de la cámara, todo conspira para que el espectador se sienta ese adulto que observa desde el otro lado del vaso. Lo que la novela mantenía en el pensamiento, la película lo convierte en imagen.

Y entonces aparece Björn Andrésen. Tenía apenas quince años. Su rostro, descubierto en un casting sueco, parecía esculpido en mármol y a punto de quebrarse. Visconti lo maquilló, lo peinó, lo vistió de blanco. Lo colocó frente a Dirk Bogarde, y el resto es historia: el mito de Tadzio nacía no en la ficción, sino en la mirada que lo convertía en objeto.

La cámara lo ama con devoción religiosa. Lo filma entre rayos de sol, reflejos de agua, notas de Mahler. Y mientras Aschenbach se derrumba en la playa, Tadzio se adentra en el mar. El artista muere, el ideal continúa. La forma vence al cuerpo.

Pero Visconti sabía que esa victoria era una trampa. En su lente, la belleza está siempre a punto de pudrirse. Lo bello, para él, es un lujo condenado a la decadencia. Muerte en Venecia es, más que una historia, un réquiem por la pureza.

Björn Andrésen y el precio de un mito

Después del estreno, el joven actor fue arrastrado a una fama que nunca pidió. Visconti lo exhibió como trofeo: lo llevó a Cannes, lo presentó en fiestas, lo mostró ante un público que lo adoraba con una mezcla de deseo y devoción. Tenía quince años y ya cargaba con un título que no se puede sostener: «el chico más bello del mundo».

Andrésen se convirtió en símbolo de algo que el mundo necesitaba —la belleza absoluta—, pero que ninguna persona real podía habitar. Con el tiempo, esa imagen lo persiguió. En entrevistas confesó sentirse «como un trozo de carne lanzado a los lobos». Nunca pudo escapar del espectro de Tadzio.

Décadas después, en el documental homónimo de 2021, se observa el rastro de aquel adolescente que se había vuelto mito: un hombre melancólico, ensombrecido por su propio reflejo. En su mirada hay una especie de fatiga sagrada, la de quien ha visto de cerca cómo la adoración se convierte en jaula.

Björn Andrésen no murió en Venecia, pero Venecia nunca lo soltó. Su vida entera fue un eco del personaje que encarnó: alguien que, sin buscarlo, representó el límite entre la contemplación y la destrucción.

En el fondo, «Muerte en Venecia» —la novela, la película— es una reflexión sobre la mirada. ¿Qué ocurre cuando observamos algo demasiado bello? ¿Qué sucede cuando esa belleza no nos pertenece, cuando solo podemos venerarla a distancia?

Aschenbach mira a Tadzio con la intensidad del artista que busca sentido. No hay contacto, pero hay posesión: la mirada transforma al otro en idea. Lo convierte en símbolo, en obra. El joven deja de ser persona y se vuelve reflejo de una obsesión.

Eso mismo le ocurrió a Andrésen. El mundo lo miró hasta borrarlo. Cada espectador de Visconti se convirtió en un nuevo Aschenbach, fascinado y culpable. Su imagen sigue flotando en la memoria colectiva como un recordatorio incómodo: cuando idealizamos la belleza, la matamos.

El cine —esa máquina de mirar— convierte en eterno lo que en la vida solo dura un instante. Pero esa eternidad es una falsificación. La cámara inmortaliza, sí, pero también petrifica.

La poética del ocaso

Virginia Woolf escribió que «la belleza del mundo tiene dos filos: uno de risa, otro de angustia, cortando el corazón en dos». «Muerte en Venecia» encarna exactamente eso: la alegría de ver y el dolor de saber que todo se perderá.

Visconti construyó su película como una sinfonía de atardeceres. Cada plano parece bañado en el oro del fin del día, esa hora en que lo bello se confunde con lo muerto. Las sombras avanzan sobre el Lido, los turistas abandonan el balneario y la peste —esa metáfora de lo inevitable— se propaga con discreción.

Aschenbach, enfermo, tiñe su cabello, pinta sus labios, intenta recuperar una juventud que no le pertenece. En una de las escenas finales, su maquillaje se derrite bajo el sol. Su rostro, máscara agrietada, es el rostro de Europa, de un arte que se deshace bajo su propio artificio.

Tadzio, en cambio, sigue caminando hacia el mar, ajeno, luminoso, eterno. Su figura, levantando un brazo hacia el horizonte, es la última visión del artista moribundo. La belleza se aleja y el hombre muere.

Ningún lugar podía ser más adecuado para esta historia. Venecia es la ciudad de la apariencia, del esplendor que se hunde lentamente en el agua. Cada canal refleja una fachada que oculta su podredumbre. Allí todo es máscara, eco, humedad.

Mann la describió como «una ciudad que flota entre el sueño y la descomposición». Visconti, que la amaba, la filmó con la mirada de quien asiste a un funeral. Sus palacios brillan, pero detrás de sus muros se esconde la peste.

Venecia es el espejo del alma de Aschenbach: una superficie resplandeciente bajo la cual se pudre la carne. También lo fue para Andrésen: un escenario que lo convirtió en imagen para siempre, atrapado entre el mármol y la sal.

Hoy, con la muerte de Björn Andrésen, la historia parece cerrarse como un círculo perfecto. Tadzio vuelve al mar y la mirada de Aschenbach —la nuestra— se queda en la orilla.

Su partida nos recuerda algo que el siglo XXI tiende a olvidar: que la belleza no se posee, se contempla. Que lo efímero vale precisamente porque muere. Que convertir a alguien en ideal es arrancarle la humanidad.

En una época obsesionada con la imagen, con la juventud perpetua, con los filtros que disimulan el paso del tiempo, «Muerte en Venecia» resuena como advertencia. Visconti y Mann lo entendieron: la belleza absoluta es una forma del abismo.

Björn Andrésen, en su inocencia, encarnó ese abismo con una pureza que hoy resulta insoportable. No fue solo actor: fue símbolo, sacrificio, espejo de un deseo colectivo.

Quizás el arte consista en aprender a mirar sin destruir. En aceptar la fugacidad como parte de lo sagrado. Aschenbach no pudo hacerlo; nosotros seguimos intentándolo.

En su silla de playa, el artista muere mientras Tadzio levanta el brazo hacia el horizonte. Esa imagen —que durante décadas se confundió con el rostro mismo de la belleza— es también una despedida. Una forma de decir: lo bello no es lo eterno, sino lo que está a punto de desaparecer.

Björn Andrésen se ha ido, pero su figura seguirá flotando entre las aguas del Lido, en ese instante suspendido donde el deseo y la muerte se tocan.

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LiteraturaNoticiasPersonajes

María Victoria Atencia, Premio Nacional de las Letras 2025

by Valeria Cruz 29/10/2025
written by Valeria Cruz

La poeta malagueña María Victoria Atencia (1931) ha sido galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, otorgado por el Ministerio de Cultura, por una trayectoria que abarca más de seis décadas de creación literaria.

El jurado destacó su poesía como “una obra que recrea la esencia de la vida”, caracterizada por su pureza formal, su hondura emocional y su fe en el poder de la palabra. Atencia, figura clave de la poesía española contemporánea, pertenece por edad a la generación de los 50, aunque siempre ha seguido un camino propio, ajeno a las modas y centrado en la observación de lo cotidiano como fuente de revelación.

Autora de títulos como Tierra mojada, Cañada de los ingleses o El mundo de M.V., su obra ha sido traducida a varios idiomas y reconocida con premios como el Nacional de la Crítica y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

A sus 93 años, Atencia representa la resistencia silenciosa de una voz femenina que ha hecho de la serenidad, la precisión y la belleza del lenguaje su signo distintivo. Este premio no solo celebra su legado, sino la vigencia de una poesía que sigue iluminando la palabra.

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PensamientoPersonajes

La ciencia de la ternura: homenaje a Jane Goodall

by Beatriz Menéndez Alonso 23/10/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la historia de la ciencia moderna, pocas figuras han irradiado tanta humanidad como Jane Goodall, quien ha fallecido recientemente a los 91 años. Su nombre no solo está ligado al estudio de los chimpancés, sino también a una forma de mirar el mundo que devolvió a la ciencia su pulso más elemental: el del respeto. Cuando llegó a las selvas de Gombe, en Tanzania, con apenas una libreta y unos prismáticos, el planeta era otro. Las mujeres no encabezaban expediciones científicas. Y, sin embargo, fue precisamente esa mirada femenina, libre de arrogancia y de jerarquías, la que transformó para siempre nuestra comprensión del reino animal.

Goodall no tenía una formación académica tradicional cuando comenzó su investigación. Era una joven británica que había soñado, desde la infancia, con África. Criada en Bournemouth, en una familia de clase media, creció con la curiosidad de quien observa con detenimiento lo minúsculo: las lombrices, los insectos, las aves que visitaban su jardín. Fue su madre, Vanne, quien alentó esa fascinación temprana, en un tiempo en que a las niñas se les pedía más recato que preguntas. «Si quieres algo con suficiente intensidad, trabaja duro y nunca te rindas», le dijo. Aquella frase se convertiría en su brújula moral.

Su vida cambió radicalmente cuando conoció al paleontólogo Louis Leakey, quien reconoció de inmediato en ella una inteligencia intuitiva, una mezcla de sensibilidad y perseverancia poco común. Leakey la eligió para iniciar una investigación sin precedentes en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, donde observaría el comportamiento de los chimpancés en libertad. Tenía apenas 26 años y ninguna formación académica en etología, lo que provocó escepticismo entre sus colegas. Sin embargo, su metodología —basada en la paciencia, la observación directa y la empatía— transformó la disciplina para siempre.

Leakey no tardó en expandir su visión, enviando a otras dos mujeres a distintos rincones del planeta: Dian Fossey, a Ruanda, para estudiar gorilas, y Biruté Galdikas, a Borneo, para convivir con orangutanes. El trío sería conocido como los ángeles de Leakey. Tres mujeres distintas, unidas por una misma misión: comprender la inteligencia, la emoción y la estructura social de los grandes simios.

Entre ellas nació una amistad compleja, tejida por la admiración mutua y las diferencias de carácter. Goodall, más diplomática y tranquila, hallaba desde el diálogo y la educación como una vía de cambio; Fossey, apasionada y combativa, eligió el enfrentamiento directo contra los cazadores furtivos; y Galdikas, silenciosa y metódica, se internó en los pantanos de Borneo con la paciencia de quien se disuelve en la selva. Jane mantuvo con ambas una correspondencia constante. Se admiraban, se aconsejaban, se sostenían desde la distancia.

Su relación con Biruté Galdikas, en particular, fue duradera y profundamente respetuosa. Ambas compartían una comprensión íntima del vínculo entre la observación científica y el compromiso ético. Jane la consideraba «una hermana espiritual de la selva», y Galdikas, en más de una entrevista, ha dicho que Goodall fue su guía, la persona que le mostró cómo la compasión podía ser también una herramienta científica. Las unía el mismo credo: que para conocer de verdad a los animales había que compartir su mundo, su ritmo, su silencio. Cuando se reencontraban en congresos o foros ambientales, hablaban menos de teoría que de memoria: de cómo los chimpancés o los orangutanes las habían transformado, volviéndolas más humanas.

Ilustración de Federico Granell

En Gombe, Goodall fue recibida con escepticismo por la comunidad científica. Era mujer, joven, sin doctorado, y se atrevía a afirmar que los chimpancés no eran solo sujetos de estudio, sino individuos con emociones, relaciones y una cultura propia. En 1960, cuando observó por primera vez a un chimpancé llamado David Greybeard fabricar y utilizar herramientas, la frontera entre lo humano y lo animal se desplomó. El hallazgo fue un terremoto intelectual: hasta entonces se creía que la capacidad de crear herramientas definía la humanidad. Jane demostró que no. Pero más allá del impacto científico, su método era revolucionario porque introducía un componente moral. No numeraba a los chimpancés: los nombraba. Les hablaba, los escuchaba, los comprendía.

En esos años, Goodall mantuvo correspondencia constante con Dian Fossey, la zoóloga que estudiaba los gorilas de montaña en Ruanda. Aunque trabajaban a miles de kilómetros de distancia y sus animales eran distintos, compartían algo esencial: la convicción de que la observación debía partir del respeto. Se admiraban mutuamente, aunque sus temperamentos fueran opuestos. Fossey era vehemente, combativa, a veces colérica; Goodall, en cambio, irradiaba una calma inquebrantable. Donde Fossey veía una lucha abierta contra los cazadores furtivos, Jane proponía educación, diplomacia y empatía. Sin embargo, entre ambas hubo una correspondencia intensa, casi fraternal. Cuando Fossey fue asesinada en 1985, Jane lo sintió como una herida personal. «Dian fue más valiente de lo que muchos podrían soportar ser», declaró entonces. Su muerte reforzó en Jane la certeza de que proteger la naturaleza no era una tarea romántica, sino un riesgo real.

Años más tarde, el cine inmortalizaría esa otra parte de la historia en Gorilas en la niebla, la película protagonizada por Sigourney Weaver, que rindió homenaje a Fossey y, de alguna manera, a toda una generación de mujeres que desafiaron el orden establecido. Jane asistió al estreno con discreción, sin ocupar el centro del foco, pero su presencia simbolizaba algo más grande: el triunfo de la compasión sobre el prejuicio.

Mientras tanto, su propia vida continuaba ligada a los bosques y a la defensa de los animales. En 1977 fundó el Instituto Jane Goodall, desde el cual impulsó proyectos de conservación y educación en más de cien países. De allí surgió Roots & Shoots («Raíces y brotes»), su programa más querido, destinado a que los jóvenes aprendieran a cuidar su entorno con pequeñas acciones cotidianas. La idea era sencilla y revolucionaria: el cambio empieza desde abajo, desde las raíces. «Cada persona importa, cada acción cuenta», repetía en sus charlas, convertida ya en una figura global.

Pese a su creciente fama, Goodall conservó una humildad que desconcertaba a los periodistas. En cada entrevista insistía en hablar de los chimpancés antes que de sí misma. Su tono nunca fue dogmático. Podía hablar de ética, de biología o de espiritualidad sin perder la serenidad ni el sentido del humor. Su forma de comunicarse —clara, suave, pero cargada de convicción— la convirtió en una oradora magnética. Incluso en sus últimos años, cuando la fragilidad física comenzaba a notarse, su voz seguía siendo firme, llena de un tipo de autoridad que no nace del poder, sino de la coherencia.

Su vida personal fue tan discreta como apasionante. En 1964 se casó con el fotógrafo holandés Hugo van Lawick, quien trabajaba para National Geographic documentando su trabajo en Gombe. De su unión nació su único hijo, Hugo Eric Louis, conocido cariñosamente como Grub. La pareja se separó en 1974, pero mantuvo una relación amistosa hasta la muerte de él, en 2002. Jane volvió a casarse brevemente con Derek Bryceson, político tanzano y director de parques nacionales, quien falleció poco después, víctima de cáncer. A pesar de las pérdidas, Jane nunca abandonó su vocación. Su vida, marcada por la soledad y la entrega, fue una cadena de renuncias personales en nombre de un compromiso mayor.

A lo largo de su carrera, Goodall recibió innumerables reconocimientos: el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (hoy Princesa de Asturias), el título de Dama del Imperio Británico y la Medalla Presidencial de la Libertad, entre muchos otros. Sin embargo, ella nunca permitió que las distinciones opacaran la causa. Cuando recibió el premio en Oviedo, en 2021, dedicó su discurso «a los chimpancés que me enseñaron la humildad y el valor de escuchar». La ovación fue larga, pero Jane sonrió apenas, como si toda la gloria del mundo fuera menor que el sonido del bosque al amanecer.

En sus últimos años, su rostro se volvió familiar en documentales, conferencias y entrevistas. Su figura —delgada, de cabello blanco recogido, mirada luminosa— se convirtió en símbolo de una sabiduría serena, de una espiritualidad laica que unía ciencia y compasión. Le gustaba recordar que el ser humano no está por encima del resto de los seres vivos, sino dentro de un tejido común. «No somos los amos del planeta —decía—, somos sus guardianes temporales». Esa frase, sencilla y profunda, resume una ética que hoy resulta más urgente que nunca.

Jane Goodall no fue una científica en el sentido convencional. Fue, más bien, una mediadora entre mundos: el de la selva y el de la civilización, el del instinto y el de la razón, el de lo humano y lo animal. En un siglo marcado por la explotación del planeta, su ejemplo encarna una forma distinta de conocimiento: la que nace de la observación, del respeto y del silencio.

Hoy, cuando los bosques se reducen y las especies desaparecen a un ritmo vertiginoso, su legado se agiganta. No solo nos enseñó a comprender a los chimpancés, sino a comprendernos a nosotros mismos. Su historia es, en el fondo, una parábola sobre la posibilidad de reconciliación: entre la ciencia y la emoción, entre la humanidad y la naturaleza, entre la curiosidad y la ternura.

En una de sus últimas entrevistas, le preguntaron qué consejo daría a quienes quisieran seguir su camino. Respondió sin vacilar:
«Empiecen por mirar a su alrededor. El cambio comienza cuando uno decide cuidar lo que tiene cerca».

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