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Category:

Literatura

AgendaEventosLiteratura

Arranca la 85.ª Feria del Libro de Madrid

by Valeria Cruz 28/05/2026
written by Valeria Cruz

El Retiro vuelve a convertirse este viernes 29 de mayo en el corazón literario de la capital con la inauguración oficial de la 85.ª Feria del Libro de Madrid, una de las citas culturales más esperadas del calendario. Su Majestad la Reina presidirá el acto inaugural a las 11:00 horas, dando el pistoletazo de salida a unas jornadas en las que las casetas, los autores y los lectores volverán a tomar los paseos del parque madrileño.

Una jornada inaugural con sello propio

La apertura no será solo protocolaria. La Feria ha reservado para su primer día algunos de los momentos que marcarán el tono de esta edición, empezando por la entrega del Premio Lealtad 2026, concedido este año al artista y diseñador Pep Carrió. El galardón reconoce su estrecha y prolongada vinculación con la propia Feria y con la Asociación de Librerías de Madrid, así como su aportación decisiva a la identidad visual de la gran cita literaria de la capital. Es, en el fondo, un homenaje a una relación profesional y afectiva sostenida en el tiempo.

El humor como hilo conductor

Dos de las charlas inaugurales comparten un punto de partida poco habitual en este tipo de encuentros: la risa.

En el Pabellón CaixaBank, Nuestra risa de infancia reúne a tres autores de ámbitos muy distintos —Maitena, Rodrigo Cortés y Edu Galán, con Mercedes Cebrián como moderadora— para hablar de sus referentes, de sus primeros recuerdos ligados al humor y de cómo la ironía y la sátira forman parte de su manera de mirar y contar el mundo. La actividad, organizada por la FLMadrid, podrá seguirse también en streaming.

En paralelo, el Pabellón Iberoamericano acoge La vida, ese material sospechoso, con Paulina Flores, Álvaro Carmona y Virginia Higa, bajo la moderación de Antonio Martínez Asensio. Tres voces de distintas generaciones y procedencias conversarán sobre las obsesiones que recorren sus obras —la identidad, la infancia, el pasado, el lenguaje, la migración— y sobre cómo el humor y el juego permiten mirar la realidad desde ángulos inesperados. Una charla sobre las ideas que persisten, las preguntas que no se cierran y la curiosidad entendida como forma de escritura. El encuentro cuenta con la colaboración de la Fundación Chile-España, CAF y la Embajada Argentina en España.

Memoria y homenaje

La jornada también mira hacia atrás para reivindicar una figura. Pedro Sorela: reivindicación de un europeo universal rinde tributo al escritor y periodista, autor de una obra atravesada por la reflexión, el viaje y la convivencia. En la mesa, Alfonso Armada, Álex Grijelmo y Montse Morata pondrán en valor tanto su legado literario como su papel de maestro de periodistas y referente ético para varias generaciones de profesionales. La actividad está organizada por la Embajada de Uruguay en España.

Firmas: el primer encuentro con los autores

Como cada año, el verdadero motor de la Feria son las firmas, ese momento en que el lector se acerca a la caseta y se lleva a casa un libro dedicado. La nómina del primer día es contundente y muy variada, con nombres como Ian Gibson, Siri Hustvedt, Julia Navarro, Andrés Trapiello, Elvira Navarro, Lucía Etxebarria, Elia Barceló, Marcos Giralt Torrente, Laura Ferrero, David Uclés, Sara Barquinero, Luis Zueco, Marcos Chicot o Alejandro Palomas, entre muchos otros. La ilustración también tiene su espacio con Fernando Vicente, Paco Sordo o Santiago García-Clairac, y la literatura infantil y juvenil suma a Javier Ruescas, Chiki Fabregat o Anna Morató. A ellos se añaden voces del periodismo y el ensayo como Mavi Doñate, Sergio C. Fanjul, Fernando Mairata o Juan Bellido.

28/05/2026 0 comments
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AgendaLiteratura

Feria del Libro de Madrid 2026: el humor toma El Retiro

by Uve Magazine 20/05/2026
written by Uve Magazine

Madrid se prepara para una de sus grandes citas culturales del año. La 85.ª Feria del Libro de Madrid (FLMadrid26) se celebrará del 29 de mayo al 14 de junio en el Paseo de Coches del Parque de El Retiro, y este año llega con un eje temático muy claro: el humor, la sátira y la ironía como formas de lectura crítica del presente. Bajo los hashtags #LeernosDeRisa y #Jajaja, la organización ha apostado por reunir a escritores, humoristas, ilustradores y pensadores que hacen del chiste, el absurdo o la carcajada una forma seria de ver el mundo.

“Este año en el que el humor —buena falta nos hace— ilumina la Feria, hemos invitado a gentes que son del libro porque todos y todas han publicado”, explicó Eva Orúe, directora de la FLMadrid, durante la presentación celebrada en el Ayuntamiento de Madrid. Y añadió, citando a Wenceslao Fernández Flórez, que “el humor es, sencillamente, una posición ante la vida”.

Grandes nombres a un lado y otro del Atlántico

El cartel de autores invitados es ambicioso. Desde el Reino Unido llegará Jonathan Coe, uno de los principales representantes de la sátira británica contemporánea, que conversará el 7 de junio con Carlo Padial. Desde Alemania, David Safier, autor de algunas de las novelas humorísticas más leídas de las últimas décadas. Y desde Argentina, Maitena, referente internacional del humor gráfico, que además recibirá un homenaje el 30 de mayo en el Pabellón Iberoamericano.

A ellos se suman nombres como Liniers, Kevin Johansen y Alberto Montt, que se reunirán por primera vez juntos en España para hablar de amistad, música e ilustración. También participarán Marta Sanz, Ignatius Farray, Camila Sosa Villada, Ariana Harwicz, Rodrigo Cortés, Eva Hache, Pantomima Full, Joaquín Reyes, Bob Pop, Leila Guerriero, Rodrigo Fresán, Nina Lykke, Beatriz Serrano, Edu Galán, Julián Génisson o Álvaro Carmona, entre muchos otros.

Charlas, homenajes y pódcast en directo

La programación cultural se desplegará en más de una decena de escenarios. El Pabellón CaixaBank acogerá los grandes encuentros, como “¿De qué nos reímos?”, con Eva Hache, Bernat Castany y Julián Génisson; “Instrucciones para contar un chiste”, con Iggy Rubín y Elena Beltrán; o “El humor en la herida”, diálogo entre Camila Sosa Villada y Giuseppe Caputo.

La Feria rendirá homenaje a figuras imprescindibles del humor literario y escénico: Les Luthiers, Kurt Vonnegut, Jorge Ibargüengoitia, Nicanor Parra y Rafael Azcona, así como a La conjura de los necios de John Kennedy Toole, ya un clásico contemporáneo de la sátira.

Otra novedad destacada es el peso de los pódcast en directo. Programas como Ni tan bien (con Carolina Iglesias), Pena y Pánico, ¿Te quedas a leer?, Las Fabuladoras o La trastienda de Pérgamo se grabarán ante el público, ampliando los formatos tradicionales de la conversación literaria.

Premio Lealtad para Pep Carrió

La FLMadrid26 reconocerá este año con el Premio Lealtad al diseñador, ilustrador y artista visual Pep Carrió (Palma de Mallorca, 1963), responsable de buena parte de la identidad gráfica contemporánea de la Feria desde que firmara el cartel de la edición de 2007. La ceremonia tendrá lugar el 29 de mayo en el Pabellón CaixaBank. El cartel de este año, en cambio, lleva la firma del ilustrador barcelonés Miguel Pang, que propone una escena coral marcada por el color y los códigos del slapstick.

Una feria con vocación iberoamericana

La dimensión latinoamericana vuelve a ser uno de los pilares de la programación, con el Pabellón Iberoamericano como epicentro y colaboraciones con festivales como Centroamérica Cuenta, Festival JA!, KM América, Suigeneris o el Festival de Málaga. “Hablamos el mismo idioma, pero ¿nos reímos igual?”, se pregunta Orúe.

Cifras de una gran cita

La Feria reunirá 366 casetas distribuidas a lo largo del Paseo de Coches: 118 de librerías, 220 de editoriales, 12 de distribuidoras y 16 de organismos oficiales. Habrá además espacios específicos como Indómitas, Editoriales Singulares, Archipiélago o la Plaza de la Ciencia y las Universidades.

El horario será de 10:30 a 14:00 y de 17:00 a 21:00 de lunes a viernes, y de 10:30 a 15:00 y de 17:00 a 21:00 los fines de semana. La organización recuerda que el 7 de junio, con motivo de la visita del papa León XIV a Madrid, algunos accesos podrían verse modificados.

Apoyo institucional y sostenibilidad

CaixaBank, Iberia, VIPS y Repsol repiten como patrocinadores oficiales. Esta última instalará más de 200 placas solares en casetas y pabellones, y suministrará combustibles renovables que permitirán reducir más de 11 toneladas de CO₂. Una manera, también, de que la risa no deje huella —al menos no de carbono— en El Retiro.

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Literatura

La memoria viva de Cristina Rota

by Uve Magazine 18/05/2026
written by Uve Magazine

Una historia de teatro y resistencia, la autobiografía de Cristina Rota que Grijalbo publica el 7 de mayo de 2026, no sigue las convenciones del género. Sus 304 páginas, prologadas por sus hijos Nur Levi, María Botto y Juan Diego Botto, no recorren su carrera de principio a fin ni encadenan anécdotas teatrales. Es el relato de una mujer que cuenta lo que ha vivido sin adornos.

Nació en La Plata. Su padre, huérfano a los catorce años, amante del violín y de la pintura italiana, fue inducido al juego por un tío y acabó perdiendo la casa familiar dos veces. Cristina, todavía niña, vio a los representantes del banco entrar en el jardín con un atril y un martillo para subastar su casa delante de la gente. “No recuerdo haber sentido nunca simpatía por la gente optimista”, escribe. Su pesimismo, dice, nació en parte de la curiosidad y en parte de no tener motivos para ver la vida color de rosa.
El teatro llegó pronto. A los catorce años se presentó a una prueba universitaria con un monólogo de la Electra de Sófocles, subida a un cubo, pidiendo a gritos que Orestes la defendiera. Allí encontró, dice, la razón de su vida. Una gira por la Patagonia, que empezó como una salida breve y se alargó meses por una huelga, la llevó a actuar en pueblos donde nadie había visto nunca teatro. De aquel viaje volvió convencida de que el arte no podía vivir al margen de la injusticia.
En Buenos Aires, en las clases de Carlos Gandolfo Alezzo, conoció a Diego Fernando Botto. Lo describe así: “Demasiado guapo, demasiado refinado”. Compartieron escenario, militancia, casa e hijos: María primero, Juan Diego en 1975. La maternidad no frenó el compromiso, lo hizo más concreto. Pero Argentina se rompía. Diego dejó la actuación para entregarse a la política; Cristina, intuyendo lo que venía, pedía replegarse. “Acordate siempre, Rota”, le dijo él en algún momento, “lo más revolucionario es vivir y que no nos saquen la sonrisa”.
Después vino la desaparición. Y con ella lo que Rota describe como lo más terrible de esa figura: que delega en los familiares la tarea de aceptar la muerte. Una tiene que pedirle a la esperanza, escribe, que baje los brazos. Recuerda el día en que abrió los armarios para preparar la huida y tocar la ropa de Diego fue como caer al vacío. Olerla, dice, era seguir esperando a alguien que aún podía volver. Salió del país embarazada de siete meses, con un vestido cosido por su madre para que nadie lo notara. Aterrizó en Madrid y lo primero que escuchó, en el coche desde el aeropuerto, fue que allí no había trabajo “ni para los de aquí”.
Y, sin embargo, desde esa precariedad empezó todo lo demás. En 1979 abrió una escuela de teatro con clases improvisadas. Años después, invirtiendo todos sus ahorros, levantó la Sala Mirador en Lavapiés. Por sus aulas pasaron Penélope Cruz, Ernesto Alterio, Antonio de la Torre, Marta Etura, Fernando Tejero y sus propios hijos, entre muchos otros. No quería solo formar actores; quería formar personas capaces de pensar, de gestionar sus propios proyectos y de crear comunidad.
En 2010 recibió la Medalla de Oro de las Bellas Artes, pero el libro no se cierra con premios. Se cierra recordando que esta historia la han vivido un millón de mujeres antes y la siguen viviendo ahora. La palabra, dice, es la herramienta de quienes no están dispuestos a sellar sus labios ante la verdad o el olvido.

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LiteraturaPensamiento

Salonnières: la Ilustración tenía nombre de mujer

by Emain Juliana 17/05/2026
written by Emain Juliana

Cómo unas señoras del siglo XVIII, entre tazas de chocolate y rivalidades feroces, levantaron sin proponérselo el wifi intelectual de la Ilustración.

Madame Geoffrin Jean-Marc Nattier

En el París de mediados del XVIII, mientras Voltaire vivía en el exilio y Diderot se las arreglaba para esquivar a la censura, media Europa intelectual habría dado lo que fuera por conseguir una invitación. Pero no a Versalles, que para entonces era ya más una obligación protocolaria que un lugar donde pasaran cosas interesantes. La cita que de verdad importaba estaba en un primer piso de la rue Saint-Honoré, donde los lunes se hablaba de arte, los miércoles de filosofía, y todos los días, en voz baja, de quién no había sido invitado esa semana y por qué.

La anfitriona, Marie-Thérèse Geoffrin, era burguesa, viuda y bastante rica gracias a la manufactura de espejos de Saint-Gobain. Tenía además una habilidad para la que el siglo todavía no tenía nombre, aunque ella la practicaba como pocas: sabía orquestar una buena reunión cultural. Elegía a sus invitados con un cuidado casi de sumiller, decidiendo qué filósofo no podía sentarse al lado de qué duque, qué pintor convenía acercar a qué mecenas. Controlaba los tiempos de exposición, reconducía los debates cuando los intervinientes se acaloraban demasiado y, sobre todo, decidía quién estaba dentro y quién no. Su salón financió parte de la «Encyclopédie» y le pasaba además una pensión secreta a d’Alembert, que casualmente era hijo natural de Mme de Tencin, otra «salonnière» con la que la propia Geoffrin se había formado años atrás. Todo quedaba en familia, aunque ninguna de ellas lo fuera oficialmente.

Mademoiselle de Lespinasse. Carmontelle

La regla del juego

Lo que se hacía en aquellos salones no era exactamente lo que hoy entenderíamos por una fiesta. Era algo bastante más singular, con sus reglas implícitas, su día fijo de la semana, su lista cerrada de habituales y la obligación, para cualquier recién llegado, de presentarse con una carta de alguien que ya conociera a la anfitriona. No se permitían discursos ni monólogos: la conversación debía fluir entre los invitados. Si alguien se ponía pesado con un asunto demasiado técnico, la anfitriona intervenía con cualquier excusa para cambiar de tema. Si dos invitados parecían a punto de batirse en duelo metafórico, los separaba lanzando una pregunta a un tercero. Estaban moderando debates varios siglos antes de que existiera esa palabra.

Y todo esto sin firmar nada. Ahí está el truco, y también la trampa. No publicaban con su nombre de mujer como Mme de Lambert, que publicó sus libros prácticamente sin firmarlos. Ella decía que «para escribir bien, primero hay que pensar bien», y pensar públicamente siendo mujer seguía siendo, en el siglo de las Luces, una actividad peligrosa. No firmaban manifiestos y tampoco ocupaban sillones en la Academia. Aun así, la propia Mme de Lambert llegó a elegir desde su antesala a la mitad de los académicos franceses de su época, una antesala que la gente del momento llamaba sin ironía «l’antichambre de l’Académie».

Geoffrin, Deffand, Lespinasse: triángulo de las Bermudas ilustrado

Si Geoffrin era la institución, la marquesa Du Deffand era la rival temible. Recibía después de las seis en un piso pegado al convento de Saint-Joseph, y mezclaba aristócratas ingleses con enciclopedistas franceses con una soltura que daba envidia. Pero a los cincuenta y pico empezó a quedarse ciega y a causa de su mala salud temió que su salón perdiese interés, hasta que en un viaje a su pueblo natal se encontró con una sobrina ilegítima de la familia, Julie de Lespinasse, joven, brillantísima, sin dinero y sin demasiado futuro por delante.

Lo que vino después es de culebrón. Du Deffand se llevó a Julie a París como dama de compañía, sin contar con que la chica poseía un gran encanto y al poco tiempo había empezado a recibir a los invitados antes de la hora oficial del salón, en su propio cuarto, para charlar con ellos en privado. Cuando Du Deffand se enteró —porque alguien se fue de la lengua, como suele pasar— la furia fue épica y la expulsó de la casa. Lo que la marquesa no esperaba era que casi todos los habituales se pasaran al bando de Julie. D’Alembert, que la adoraba, fue de los primeros. Y Geoffrin, en lugar de cerrar filas con su vieja amiga Du Deffand, vendió tres cuadros de Van Loo de su colección y le regaló el dinero a Julie para que abriera su propio salón.

Lespinasse se instaló en el número 6 de la rue Saint-Dominique y empezó a recibir todos los días, de cinco a nueve, sin cena porque no le daba el bolsillo, solo refrigerios. Y allí, sin un céntimo y sin título nobiliario, levantó uno de los salones más influyentes del siglo. Marmontel la describiría como la mente más viva, el alma más ardiente y la imaginación más inflamable que había existido «desde Safo». El marqués de Ségur lo resumió todavía mejor en una frase que ha sobrevivido a los tres salones: «A Madame Geoffrin se la temía, a Madame du Deffand se la admiraba, a Julie de Lespinasse se la amaba».

Lo que inventaron sin proponérselo

Hay algo que los manuales de filosofía no suelen contar, y es que sin estas mujeres la Ilustración tal y como la conocemos sencillamente no existiría. Ellas crearon un espacio en el que podían encontrarse las ideas de las mujeres y los hombres más representativos de la cultura del momento, chocar entre ellas, refinarse y propagarse. Inventaron, sin saberlo y desde luego sin patentarlo, algo que hoy llamaríamos red social: un sistema de conexiones selectivas con reglas implícitas, jerarquías informales y un capital reputacional que funcionaba como moneda.

Inventaron también un modelo de mecenazgo cultural que no dependía de la corte. Geoffrin mantenía a pintores, también financiaba enciclopedias y hasta pagaba pensiones. Du Deffand mantuvo durante años con Horace Walpole una correspondencia de la que se conservan más de mil cartas, una de las cumbres del género epistolar europeo. Lespinasse murió a los cuarenta y cuatro años, agotada, dejando unas cartas de amor desgarradoras que se publicaron póstumamente y que algunos consideran el germen de la novela romántica.

Y a pesar de todo eso, cuando uno abre cualquier manual al uso sobre el Siglo de las Luces las encuentra, si es que las encuentra, en una nota al pie, reducidas a la categoría de «anfitrionas», como si abrir la puerta de casa fuera lo único que hicieran. Como si producir esos encuentros, publicar proyectos editoriales que cambiaron Europa y educar a varias generaciones de pensadores fuera, en fin, cosa menor.

La próxima vez que alguien hable del nacimiento de la «esfera pública moderna», ese concepto de Habermas que tanto se cita, quizá convenga acordarse de que esa esfera olía a perfume, se tomaba el té a las seis y la gobernaba, con guante de seda y mano de hierro, una señora a la que probablemente nunca dejaron firmar nada con su nombre.

Bibliografía

  • Craveri, Benedetta. La cultura de la conversación. Siruela, 2007.
  • Goodman, Dena. The Republic of Letters: A Cultural History of the French Enlightenment. Cornell University Press, 1994.
  • Lilti, Antoine. Le monde des salons. Sociabilité et mondanité à Paris au XVIIIe siècle. Fayard, 2005.
  • Fumaroli, Marc. Quand l’Europe parlait français. Éditions de Fallois, 2001.
  • Huertas Abril, Cristina Aránzazu. «Madame du Deffand, “salonnière” e impulsora de la sociedad intelectual y mundana del siglo XVIII».
  • Lespinasse, Julie de. Cartas (edición póstuma, varias ediciones disponibles).
  • Du Deffand, Marie. Correspondance complète avec Horace Walpole
17/05/2026 0 comments
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AgendaEventosLiteratura

La Feria del Libro de León vuelve al centro de la ciudad

by Uve Magazine 14/05/2026
written by Uve Magazine

La Feria del Libro de León celebra su 48.ª edición bajo el lema «HuEllas», del 14 al 24 de mayo, entre la plaza de San Marcelo y la calle Legio VII. Serán 40 casetas con horario de 12:00 a 14:00 y de 18:00 a 21:00, organizadas por la Asociación de Libreros de León y patrocinadas por el Ayuntamiento. Las actividades se reparten entre la carpa del recinto, el Salón de los Reyes y el Salón de Actos de Alfonso V.

El lema, que entiende la lectura como el rastro que deja en el lector, rinde homenaje este año a las mujeres en la literatura. La edición estrena dirección compartida —Magalí Labarta y Eva Campesino, primera vez con dos directoras al frente— y un cartel de la ilustradora leonesa Laura G. Bécares, protagonizado por una niña que sigue un sendero de huellas en un bosque de siluetas de escritoras, guiada por el «Hada del tejuelo».

El acto inaugural será el 14 de mayo a las 19:00, con pregón a cargo de la escritora y periodista Noemí Sabugal y la filóloga Janick Le Men en el Salón de Plenos del Ayuntamiento. Entre los autores anunciados para firmas y presentaciones figuran Pablo Rivero, Susana Martín Gijón, Ana Iris Simón, Bob Pop y Marta J. Serrano, junto a nombres leoneses como Tomás Sánchez Santiago, Julio Llamazares, Toño Benavides, Vicente Muñoz o Antonio Manilla. El público juvenil tendrá su tarde con Iria y Selene, Alina Not y Jara Santamaría, y los más pequeños una agenda específica coordinada por Bibliotecas Municipales. 

Once días para acercarse a las novedades y conversar con quienes hacen posible que un libro llegue a manos de un lector. Entre las editoriales presentes estará también Uve Books —pasaos a saludar—, junto a librerías, sellos independientes y proyectos culturales que durante estos días convierten San Marcelo en una excusa para detenerse, hojear y salir con un título que no estaba previsto.

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Literatura

5 libros para leer en primavera

by Uve Magazine 06/05/2026
written by Uve Magazine

La primavera modifica el ritmo de los días. La luz se alarga, los espacios se abren y la naturaleza vuelve a ocupar un lugar visible en la vida cotidiana. En literatura, no tiene por qué aparecer solo como estación explícita. A veces está en un jardín que revive, en una casa que se habita después de años de silencio, en un personaje que sale por fin de una vida demasiado estrecha o en una forma nueva de observar el mundo. Esta cinco propuestas funcionan muy bien en esa clave porque todos tienen algo de despertar: unos lo hacen desde la naturaleza, otros desde el viaje, la imaginación, la infancia o el deseo de vivir de otra manera.

Es probablemente uno de los libros más primaverales que se pueden leer, porque toda la historia se construye alrededor de una transformación que empieza en la tierra. Mary Lennox llega a una mansión inglesa después de una infancia solitaria, marcada por el abandono emocional y por una educación sin afecto real. Al principio es una niña arisca, caprichosa y desconfiada, pero la casa a la que llega guarda un misterio: un jardín cerrado desde hace años, casi olvidado, que parece haber quedado suspendido en el tiempo.

El argumento avanza cuando Mary descubre ese jardín y empieza a cuidarlo en secreto. Lo importante no es solo que las plantas vuelvan a crecer, sino que ella, al trabajar la tierra, al observar los brotes y al compartir ese espacio con otros niños, empieza también a salir de su propio encierro. La primavera aquí es el motor narrativo: cada flor que aparece, cada rama que despierta, acompaña un cambio interior. Es un libro sobre el cuidado, la curiosidad, la salud emocional y la capacidad de un lugar para devolverle a alguien las ganas de volver a mostrarse al mundo.

Este libro muestra una primavera más adulta, más irónica y más íntima. Elizabeth vive en una finca alemana y encuentra en el jardín una forma de libertad que contrasta con las obligaciones sociales, familiares y matrimoniales que la rodean. No es una novela de grandes giros argumentales, sino un libro construido a partir de observaciones, escenas domésticas, pensamientos y pequeños conflictos que revelan mucho sobre la vida de una mujer que necesita un espacio propio para respirar.

Su encanto está en que el jardín es una forma de territorio de independencia. Elizabeth lo cuida, lo organiza, lo recorre y lo convierte en una extensión de su carácter. Mientras la sociedad espera de ella una obediencia amable, ella encuentra entre plantas, estaciones y paseos una manera de reflexionar desde la distancia sobre lo que se supone que debe aceptar. Es un libro perfecto para quien quiera una lectura primaveral con humor, inteligencia.

Aquí la primavera entra desde la primera escena, cuando Topo abandona la limpieza de su casa porque el exterior lo llama con demasiada fuerza. Ese arranque ya contiene todo el espíritu del libro: salir, descubrir, dejarse llevar por el río, conocer a otros personajes y aceptar que la vida puede ser más amplia que una madriguera ordenada. La historia sigue a Topo, Rata, Tejón y Sapo en una serie de aventuras donde el campo, el agua, los caminos y los hogares tienen una presencia muy viva.

Aunque suele leerse como literatura infantil, tiene una hondura que funciona muy bien para adultos. Habla de amistad, de pertenencia, de impulsos desmedidos —sobre todo en el caso de Sapo— y de esa tensión entre el deseo de aventura y la necesidad de volver a casa. Es primaveral porque transmite movimiento, aire libre y comienzo, pero también porque entiende la naturaleza como un lugar que educa: el río enseña, el bosque intimida, los caminos tientan, las casas protegen. Es una lectura luminosa sin ser simple.

En este caso la primavera está más asociada al despertar sentimental e intelectual que a la naturaleza en sentido estricto. Lucy Honeychurch viaja a Florencia con su prima Charlotte, y ese viaje la enfrenta a una forma de vida más libre, más directa y menos reprimida que la que conoce en Inglaterra. Allí aparece George Emerson, un joven que no encaja del todo en las normas sociales que organizan el mundo de Lucy, y esa relación empieza a desmontar las expectativas que otros han puesto sobre ella.

El argumento gira en torno a una elección: vivir según lo que resulta correcto ante los demás o aceptar una verdad íntima que no siempre coincide con lo conveniente. Forster trabaja muy bien esa incomodidad de quien empieza a comprender que la educación recibida ha sido también una jaula. Por eso es un libro primaveral de otra manera: porque trata el paso de una vida obediente a una vida más consciente. Hay viaje, paisaje italiano, deseo, ironía social y una protagonista que necesita aprender por sí misma, no a través de las convenciones de su entorno.

La llegada de Anne Shirley a Green Gables tiene algo de estación nueva. Marilla y Matthew Cuthbert esperaban adoptar a un niño que les ayudara en la granja, pero por error llega Anne, una niña imaginativa, habladora y necesitada de afecto. A partir de ahí, el argumento se sostiene en la convivencia, en la adaptación de Anne a un hogar que no estaba preparado para ella y en la manera en que su presencia altera, poco a poco, la vida de quienes la rodean.

Anne mira el mundo con una intensidad que convierte cualquier rincón en algo memorable. Un camino, un árbol, una habitación o un vestido pueden adquirir para ella una importancia enorme, no porque el libro sea ingenuo, sino porque muestra muy bien lo que significa haber carecido de belleza y de cariño, y encontrarlos de pronto en lo cotidiano. Es una novela muy adecuada para primavera porque habla de crecimiento, de imaginación, de pertenencia y de segundas oportunidades. Anne no solo encuentra una casa: obliga a esa casa a volverse más viva.

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AgendaEventosLiteratura

Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el monstruo que sigue suelto

by Emain Juliana 04/05/2026
written by Emain Juliana

El doctor Jekyll y Mr. Hyde nacieron en una novela breve publicada en 1886 por Robert Louis Stevenson, pero con el tiempo dejaron de ser únicamente dos figuras del gótico victoriano para convertirse en metáfora universal de la contradicción humana y de lo que se oculta tras una apariencia respetable.

La historia es conocida incluso por quienes no han leído la obra. Un respetadísimo doctor londinense, Henry Jekyll, obsesionado con separar lo noble y lo monstruoso del ser humano, crea una sustancia capaz de transformar su cuerpo y liberar una segunda identidad: Edward Hyde, una figura inquietante, violenta y moralmente desinhibida. Lo que al principio parece un experimento científico acaba convirtiéndose en una condena, porque Hyde, lejos de ser manejable, empieza a tomar posesión de la vida de Jekyll. La novela funciona así como relato de misterio y como narración de terror, pero también como advertencia sobre el peligro de creer que uno puede aislar el mal sin pagar un precio por ello.

Stevenson escribió Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde en plena época victoriana, un momento en el que la sociedad, al menos en su imagen pública, concedía enorme importancia a la respetabilidad, al control de los impulsos y a la separación entre la apariencia y la intimidad. Ese contexto ayuda a entender por qué la obra impactó tanto. Jekyll no es un monstruo exterior, el típico exponente del cuento gótico que llega desde un castillo remoto, ni una criatura formada con restos humanos, como ocurría con el mito moderno de Frankenstein. Es un hombre integrado en la sociedad, con prestigio, amigos, casa respetable y una reputación que proteger. La amenaza está en su interior, dentro de un hombre que lleva una vida tranquila, educado, correcto y aparentemente dominado por la razón. La British Library ha señalado precisamente esa diferencia al interpretar a Hyde como una criatura que surge del lado oscuro de la personalidad, más que como un ser fabricado desde fuera.

El lector avanza a través de documentos, testimonios, sospechas, silencios y cartas, como si estuviera reconstruyendo un caso. Durante buena parte del relato, el centro se desplaza hacia los personajes secundarios, que tratan de comprender la extraña relación que Jekyll mantiene con Hyde. Esa estructura, cercana al relato detectivesco, evita el sobresalto y va acumulando pequeños datos y hechos que mantienen al lector en vilo.

El efecto cultural de la obra fue inmediato. En pocos años, Jekyll y Hyde pasaron de la literatura al teatro, al cine y a las series, hasta el punto de que sus nombres se siguen usando para hablar de comportamientos contradictorios entre la imagen pública y la conducta privada.

Esa permanencia explica que la historia vuelva una y otra vez a los escenarios, donde la transformación adquiere una fuerza particular. Podemos ver El Dr. Jekyll y Mr. Hyde en el Teatro Farándula de Madrid, situado en la calle de Galileo, 98. La propuesta se presenta como una adaptación teatral que conserva la tensión de la obra de Stevenson y traslada al espectador a un Londres victoriano construido desde la intriga, el silencio y la lucha interior del personaje.

El Dr. Jekyll y Mr. Hyde en Teatro Farándula

Hay algo muy actual en esta obra, aunque su origen pertenezca al siglo XIX. Vivimos rodeados de identidades cuidadosamente administradas: la imagen profesional, la pública, la afectiva, la que se proyecta en redes, la que se conserva en… Jekyll nos inquieta precisamente porque su tragedia parte de una tentación comprensible: separar lo que avergüenza, esconderlo en otra figura y seguir viviendo como si nada hubiera sucedido. El horror empieza cuando esa separación fracasa y el personaje descubre que lo reprimido no desaparece: solo aprende a caminar por su cuenta.

04/05/2026 0 comments
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LiteraturaPensamiento

¿Quién yace en la tumba de un poeta?

by Beatriz Menéndez Alonso 23/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Un nombre, sin duda. Una piedra, una fecha, tal vez dos. Un epitafio cuidadosamente cincelado en letras doradas que prometen eternidad. Pero en el fondo, ¿qué hay? Nada. Polvo, si acaso. El poeta no está allí. Nunca estuvo. La tumba, como las palabras, guarda apenas un simulacro de presencia.

Las tumbas de los poetas constituyen un fenómeno que desborda el simple acto funerario. Allí no termina la vida literaria del autor, sino que —en muchos casos— comienza otra: una vida póstuma hecha de lecturas, visitas, evocaciones, inscripciones, apropiaciones simbólicas. Frente a estos sepulcros no se trata solo de recordar, sino de leer. No es el duelo lo que funda su singularidad, sino el texto. La tumba de un poeta es un lugar donde la muerte se convierte en literatura y la literatura, en un ritual persistente de memoria activa.

En apariencia, una tumba conserva. Conserva un cuerpo, una memoria, un nombre. Pero en el caso del poeta, la tumba conserva poco o nada del sujeto que fue. El cuerpo desaparece —es bien sabido—, y el poeta, reducido a polvo, no yace de verdad allí. Y, sin embargo, la tumba se llena de significado. ¿Por qué?

La tumba como texto

Porque la poesía, a diferencia de otras formas de discurso, no termina con la vida de quien la escribió. La poesía no se agota. Y así como la voz del poeta no muere del todo, su tumba tampoco es un silencio. Se convierte en texto. No es casual que muchos epitafios hayan sido redactados por los propios escritores. La lápida funciona como un último gesto literario: una frase breve destinada a sobrevivir a quien la escribió.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la tumba de William Shakespeare, en Stratford-upon-Avon:

“Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones”.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito quien mueva mis huesos.

La advertencia tiene algo de conjuro. Durante siglos nadie se atrevió a exhumar sus restos. Pero más allá de su función protectora, el epitafio produce un efecto literario evidente: incluso después de muerto, Shakespeare sigue hablando.

La tumba no guarda silencio. La tumba recita.

En la tradición española, Mariano José de Larra representa una de las figuras más potentes de esta intersección entre literatura y muerte. Su suicidio en 1837, a los 27 años, fue interpretado por la posteridad como un acto estético, romántico y casi programático. Su tumba, en el cementerio de San Justo, ha sido visitada, evocada y citada desde entonces.

Especialmente notable es la visita de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, según la tradición, acudió a la tumba de Larra en la noche del 13 de febrero, aniversario de su muerte, y escribió una de sus leyendas más conocidos, El miserere, donde la voz de los muertos se mezcla con la música espectral. Larra se convierte, así, en un símbolo: no solo del fracaso político de su tiempo, sino de la persistencia de la palabra más allá de la vida.

En este sentido, su tumba opera como una especie de palimpsesto emocional y literario. Sobre ella se inscriben no solo epitafios, sino también interpretaciones, afectos, lecturas. El lector que se acerca a Larra muerto no busca únicamente los restos del hombre, sino el rastro del escritor. Lee en la tumba como si fuera una página.

No es casual que escritores del siglo XX —como Azorín o Unamuno— siguieran evocándolo y leyéndolo. Su tumba opera como un nodo de significación. Un lugar de lectura y de relectura.

Si la tumba puede convertirse en texto, también puede ocurrir lo contrario: que el texto sustituya completamente a la tumba.

El caso de Federico García Lorca en este sentido resulta ejemplar. Asesinado en 1936 durante los primeros días de la Guerra Civil española, su cuerpo nunca fue encontrado con certeza. No existe una tumba identificable.

Sin embargo, su presencia cultural es extraordinariamente intensa.

La ausencia física del sepulcro no ha impedido la construcción de un espacio simbólico de memoria. Al contrario, la falta de tumba ha reforzado el carácter espectral de su figura.

La obra de Lorca funciona como una tumba textual: un lugar donde su voz continúa resonando.

En la literatura inglesa, la muerte del poeta ha sido una escena intensamente dramatizada. John Keats, cuya tumba en el cementerio protestante de Roma reza “Here lies one whose name was writ in water”, Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua, encarna la fragilidad del genio joven, incomprendido y precozmente desaparecido. El agua borra toda inscripción; nada permanece en ella. Sin embargo, la historia literaria produjo una ironía notable: el nombre de Keats no se disolvió. Se convirtió en uno de los pilares de la poesía romántica inglesa.

Algo similar ocurre con Percy Bysshe Shelley, también enterrado en Roma, cerca de Keats, y cuya muerte trágica en el mar refuerza la estética de la ruina romántica. Su epitafio cita The Tempest de Shakespeare:

“Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange”.

Nada de él se desvanece,
sino que sufre una transformación marina
en algo rico y extraño.

En el caso de Oscar Wilde, la tumba adopta una forma aún más singular. Su sepulcro en el cementerio de Père-Lachaise, en París, es una escultura monumental del artista Jacob Epstein: un ángel alado de líneas geométricas, casi futuristas. Durante décadas, los visitantes dejaron sobre la piedra miles de marcas de lápiz labial como gesto de homenaje. La tumba se convirtió en una superficie de escritura colectiva.

No era un gesto trivial. Wilde había escrito en The Ballad of Reading Gaol (La Balada de la cárcel de Reading es un poema escrito por Oscar Wilde durante su exilio en  Berneval, Francia, tras su liberación de la prisión de Reading en torno al 19 de mayo de 1897) una de las meditaciones más intensas sobre la muerte y el castigo:

“Yet each man kills the thing he loves.”

Y, sin embargo, cada hombre mata aquello que ama.

La tumba de Wilde, cubierta durante años de besos y de nombres, demuestra hasta qué punto la memoria literaria se construye también mediante gestos corporales, afectivos y rituales.

Algo semejante podría decirse de Edgar Allan Poe, cuya tumba en Baltimore fue durante mucho tiempo un lugar modesto, casi olvidado. Con el paso de los años, sin embargo, se convirtió en un sitio de peregrinación literaria. Durante décadas, un visitante anónimo —conocido como the Poe Toaster (Brindador de Poe)— acudía cada 19 de enero, aniversario del nacimiento del poeta, para dejar tres rosas y una botella de coñac sobre la lápida.

El ritual, repetido durante más de medio siglo, demuestra que la tumba de un poeta no pertenece únicamente al pasado. Es también una escena ritual que se reactiva periódicamente. Un acto de lectura silenciosa, de memoria reiterada.

Su tumba, como la de Keats, Shelley, Wilde, no es solo un lugar de descanso, sino una prolongación del texto que dejaron. Ambos sepulcros son visitados, fotografiados, leídos. Son, como diría Roland Barthes, textos abiertos a la interpretación.

Lord Byron, por su parte, murió lejos de Inglaterra, en Missolonghi (o Mesolongi, Grecia), luchando por la independencia griega. Su cuerpo regresó, pero su mito se había vuelto transnacional. La tumba de Byron —y más aún su ausencia simbólica en Westminster Abbey, donde durante mucho tiempo se le negó sepultura— demuestra que el cuerpo del poeta no siempre encuentra su lugar en la patria, pero su palabra sí la encuentra en la posteridad.

Si retrocedemos aún más en el tiempo, encontramos el caso paradigmático de Dante Alighieri. Su tumba se encuentra en Rávena, no en Florencia, la ciudad que lo vio nacer y de la que fue exiliado. Durante siglos, Florencia intentó recuperar sus restos sin éxito.

La inscripción de su sepulcro recuerda su condición de desterrado:

“Parvi Florentia mater amoris”.

Florencia, madre de poco amor.

La tumba de Dante materializa una tensión fundamental entre ciudad, memoria y literatura. El poeta que escribió la Divina Comedia —uno de los textos fundacionales de la literatura occidental— descansa lejos de su patria. Sin embargo, su obra constituye un territorio simbólico mucho más vasto que cualquier ciudad.

Oscar Wilde

Frente a estas tumbas, el lector no solo recuerda, sino que lee. No lee únicamente lo escrito en mármol, sino lo que resuena en la memoria colectiva. El lugar físico de la tumba se convierte en una página más del archivo literario.

Desde una perspectiva filosófica, la persistencia de los poetas después de su muerte puede pensarse a partir del concepto de espectralidad desarrollado por Jacques Derrida. En su obra Specters of Marx, Derrida introduce la idea de que toda escritura posee una dimensión espectral: algo que continúa actuando incluso cuando la presencia material del autor ha desaparecido. La escritura no pertenece del todo al presente ni al pasado; opera en un tiempo diferido, en una zona intermedia donde la voz se repite sin coincidir plenamente con quien la pronunció.

Este desfase constituye una de las condiciones fundamentales de la literatura. Cuando un lector abre un libro escrito hace siglos, la voz que encuentra no proviene de un sujeto vivo en sentido inmediato, pero tampoco está completamente extinguida. Se trata de una presencia sin cuerpo, una forma de supervivencia discursiva que se activa cada vez que el texto es leído. El poema habla, pero quien habla ya no está.

La escritura, en este sentido, funciona como una tecnología del aplazamiento. Permite que la palabra sobreviva a la vida biológica de quien la produjo. Allí donde la voz oral desaparece con el hablante, el texto permanece disponible para futuras reactivaciones. Cada lectura reabre la escena de la enunciación.

Por eso el autor, una vez muerto, adquiere inevitablemente una dimensión espectral. No desaparece por completo; se transforma en una figura que habita el espacio ambiguo de la memoria cultural. Su presencia se manifiesta en citas, interpretaciones, ediciones, traducciones, discusiones críticas. El autor se dispersa en las múltiples formas que adopta su obra dentro de la tradición literaria.

Las tumbas de los poetas hacen visible esta paradoja de manera particularmente intensa. En principio, un sepulcro señala una ausencia: indica que un cuerpo ha dejado de existir. Pero cuando ese sepulcro pertenece a un poeta, el significado del lugar se modifica. La lápida afirma la muerte del individuo, mientras que la obra continúa generando nuevas lecturas.

El cementerio, espacio asociado habitualmente al silencio, se convierte entonces en un lugar atravesado por el lenguaje.

23/04/2026 0 comments
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Literatura

Lena Dunham y el precio de la fama

by Uve Magazine 15/04/2026
written by Uve Magazine

Lena Dunham acaba de publicar en Estados Unidos Famesick, un libro de memorias que llegará a España en septiembre bajo el sello Debate. El libro se centra en la propia Lena Dunham, que intenta sostener una carrera pública mientras va perdiendo control sobre su cuerpo, su intimidad y la forma en que otros cuentan su vida.

La trayectoria de Lena Dunham ya había estado muy ligada a la escritura desde una perspectiva biográfica. Desde sus primeros trabajos y más tarde con Girls, su obra se centró en temas como el cuerpo, la intimidad, la inseguridad, la ambición y el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Con Famesick, ese terreno sigue muy presente, pero aparece tratado desde otra perspectiva. Aquí el centro no está tanto en la juventud o en la construcción de una identidad propia, mas bien en el desorden que se produce cuando una vida pública sigue creciendo mientras la salud se resiente.

El libro, según la información difundida previa a su lanzamiento, reconstruye ese periodo a partir de recuerdos, diarios, correos y registros médicos. Dunham se detiene en los años en que su carrera avanzaba con fuerza mientras su cuerpo entraba en una dinámica de dolor, tratamientos varios, hospitalizaciones y dependencia farmacológica. Esa convergencia entre visibilidad y enfermedad es una de las claves del libro, porque desplaza el foco de la celebridad hacia algo bastante menos vistoso: la experiencia de seguir pareciendo completamente funcional de cara al trabajo y a los medios, cuando por dentro todo comienza a desmoronarse.

Hay además otra cuestión que recorre Famesick y que va más allá del caso particular de Lena Dunham. El libro apunta a que su identidad pública no nace solo de una voluntad propia, sino también de una lucha constante entre versiones ajenas: la prensa, las redes, la crítica cultural, los lectores, los espectadores, los sectores que la admiran, los que la rechazan y los que necesitan convertirla en símbolo de algo más amplio. En ese punto, contar sus propias memorias con sus palabras y de la manera en que las ha vivido, pasa a ser también una manera de recuperar algo de control y pertenencia.

Más allá de simpatías o rechazos, Famesick parece situarse en un lugar bastante claro: el de una autora que vuelve sobre una etapa difícil para escribir no solo sobre la fama, también sobre la dificultad de seguir siendo una misma cuando los demás llevan tiempo hablando por ti.

15/04/2026 0 comments
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ArteLiteratura

Artemisa: la diosa de la Luna reclama su trono

by Verónica García-Peña 11/04/2026
written by Verónica García-Peña

La cazadora del arco de plata que hoy da nombre al regreso de la humanidad al espacio

Más de medio siglo después de que Apolo abandonara la superficie lunar, su hermana gemela reclama el trono. La NASA ha bautizado su misión más ambiciosa como Artemis II (Artemisa en castellano), rescatando del sitial de los mitos a la cazadora del arco de plata. Pero, ¿quién es esta deidad que hoy da nombre a una gesta que nos permitirá ver, por primera vez en la historia, el lado oculto de la Luna?

Artemisa es, en la mitología griega, la personificación de la Luna y la dueña absoluta de todo lo que permanece salvaje. Hija de Zeus y Leto, el rasgo que mejor la define es la autonomía. Su madre no era una deidad menor, sino una Titánide, una de las figuras de la generación anterior a los dioses del Olimpo que, para su desgracia, conoció muy de cerca el peso del castigo divino. Su historia es la de una madre que tuvo que vagar por medio mundo perseguida y sin encontrar un lugar donde cobijarse para dar a luz. La razón era el odio que Hera, la esposa de Zeus, le tenía por su embarazo. Tanto es así que lanzó una maldición prohibiendo a cualquier tierra firme u hogar bajo el sol que acogiera a Leto para que esta pudiera parir. Al final, Leto encontró refugio en la errante isla de Delos, un trozo de roca flotante que, al no estar anclado al fondo marino, técnicamente no incumplía el castigo de la reina de los dioses.

En ese mundo del Olimpo donde el destino de las mujeres solía ser la sumisión, el matrimonio forzoso o la violencia directa —disfrazada a menudo de romance en muchos textos clásicos—, Artemisa nació aprendiendo que el control sobre su propia existencia era su mejor escudo. Por eso pidió a su padre el don de la soltería eterna y la libertad para vivir fuera del Olimpo, armada con un arco y un carcaj de flechas, lejos de las estructuras que convertían a otras como ella en constantes objetos de deseo o moneda de cambio. El poeta Calímaco, en su Himno a Artemisa, relata que siendo apenas una niña, sentada en las rodillas de Zeus, ya tenía claro que mantener su independencia (es decir, su virginidad) era la única forma de no pertenecer a nadie.

Esa libertad y firmeza definen también su faceta como diosa de la caza, pues ella rastrea, no se rinde ante lo salvaje y protege su territorio con una ferocidad implacable. Su famoso arco de plata —fabricado específicamente para ella por los Cíclopes, que eran los artesanos de los dioses— tiene una curva que los antiguos identificaban con la luna creciente. Ese arco le servía tanto para abatir presas como para marcar una frontera imposible de traspasar, pues nadie podía cruzar sus dominios sin su permiso.

De hecho, acercarse a Artemisa siempre tuvo un precio y su belleza funcionaba como una advertencia. El mito de Acteón —un célebre héroe y cazador tebano entrenado por el centauro Quirón— es el recordatorio más crudo de ese carácter. Tras ser pillado in fraganti mientras espiaba a la diosa bañándose desnuda en un manantial, fue transformado por Artemisa en un ciervo. Incapaz de hablar, Acteón terminó siendo devorado por su propia jauría de perros, que no lograron reconocer a su amo bajo la piel del animal. Artemisa no perdonaba la invasión de su intimidad porque su libertad no era negociable.

La diosa vivía en las montañas acompañada por un séquito de ninfas que su padre le regaló: sesenta oceánides (hijas de Océano) y veinte ninfas amnisíades (de los ríos de Creta). Según detalla Calímaco, estas últimas eran las encargadas de cuidar de sus sandalias y de sus perros cuando la diosa descansaba. Eran sus compañeras y amigas que, como la propia Artemisa, decidieron que no necesitaban a nadie para ser ellas mismas.

Esta conexión con la naturaleza más pura se extiende a todos sus elementos. En la tradición clásica, Artemisa era la protectora de los manantiales y las fuentes ocultas; se creía que ella custodiaba el agua que daba vida a los bosques bajo el manto de las sombras. Hoy, la ciencia busca en la Luna ese mismo recurso vital que la diosa siempre protegió en la espesura.

Hay, además, un detalle biográfico que la hace, si cabe, todavía más poderosa. Aunque su hermano gemelo Apolo llegara antes a la Luna, con la histórica misión de 1969, ella nació primero. Los relatos clásicos dicen que, nada más nacer, ayudó a su propia madre en el difícil alumbramiento de su hermano. Fue la primera partera, la que permitió que la luz solar existiera, pues Apolo es el dios del Sol. Por eso me resulta justo que ahora sea ella quien abra el camino hacia el futuro. No es un detalle menor que el programa lleve el nombre femenino de la protectora de las mujeres, rompiendo un monopolio masculino histórico que parecía inamovible, además de ser ella la diosa del elemento a investigar.

Ese cohete que durante estos días ha cruzado el cielo nocturno es, en realidad, un reencuentro. Una excusa para volver a mirar hacia arriba con la misma mezcla de respeto y curiosidad que sentían quienes, hace miles de años, levantaban la vista y creían ver en la Luna el arco de una cazadora tenaz.

11/04/2026 0 comments
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