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Category:

Literatura

ArteLiteratura

Artemisa: la diosa de la Luna reclama su trono

by Verónica García-Peña 11/04/2026
written by Verónica García-Peña

La cazadora del arco de plata que hoy da nombre al regreso de la humanidad al espacio

Más de medio siglo después de que Apolo abandonara la superficie lunar, su hermana gemela reclama el trono. La NASA ha bautizado su misión más ambiciosa como Artemis II (Artemisa en castellano), rescatando del sitial de los mitos a la cazadora del arco de plata. Pero, ¿quién es esta deidad que hoy da nombre a una gesta que nos permitirá ver, por primera vez en la historia, el lado oculto de la Luna?

Artemisa es, en la mitología griega, la personificación de la Luna y la dueña absoluta de todo lo que permanece salvaje. Hija de Zeus y Leto, el rasgo que mejor la define es la autonomía. Su madre no era una deidad menor, sino una Titánide, una de las figuras de la generación anterior a los dioses del Olimpo que, para su desgracia, conoció muy de cerca el peso del castigo divino. Su historia es la de una madre que tuvo que vagar por medio mundo perseguida y sin encontrar un lugar donde cobijarse para dar a luz. La razón era el odio que Hera, la esposa de Zeus, le tenía por su embarazo. Tanto es así que lanzó una maldición prohibiendo a cualquier tierra firme u hogar bajo el sol que acogiera a Leto para que esta pudiera parir. Al final, Leto encontró refugio en la errante isla de Delos, un trozo de roca flotante que, al no estar anclado al fondo marino, técnicamente no incumplía el castigo de la reina de los dioses.

En ese mundo del Olimpo donde el destino de las mujeres solía ser la sumisión, el matrimonio forzoso o la violencia directa —disfrazada a menudo de romance en muchos textos clásicos—, Artemisa nació aprendiendo que el control sobre su propia existencia era su mejor escudo. Por eso pidió a su padre el don de la soltería eterna y la libertad para vivir fuera del Olimpo, armada con un arco y un carcaj de flechas, lejos de las estructuras que convertían a otras como ella en constantes objetos de deseo o moneda de cambio. El poeta Calímaco, en su Himno a Artemisa, relata que siendo apenas una niña, sentada en las rodillas de Zeus, ya tenía claro que mantener su independencia (es decir, su virginidad) era la única forma de no pertenecer a nadie.

Esa libertad y firmeza definen también su faceta como diosa de la caza, pues ella rastrea, no se rinde ante lo salvaje y protege su territorio con una ferocidad implacable. Su famoso arco de plata —fabricado específicamente para ella por los Cíclopes, que eran los artesanos de los dioses— tiene una curva que los antiguos identificaban con la luna creciente. Ese arco le servía tanto para abatir presas como para marcar una frontera imposible de traspasar, pues nadie podía cruzar sus dominios sin su permiso.

De hecho, acercarse a Artemisa siempre tuvo un precio y su belleza funcionaba como una advertencia. El mito de Acteón —un célebre héroe y cazador tebano entrenado por el centauro Quirón— es el recordatorio más crudo de ese carácter. Tras ser pillado in fraganti mientras espiaba a la diosa bañándose desnuda en un manantial, fue transformado por Artemisa en un ciervo. Incapaz de hablar, Acteón terminó siendo devorado por su propia jauría de perros, que no lograron reconocer a su amo bajo la piel del animal. Artemisa no perdonaba la invasión de su intimidad porque su libertad no era negociable.

La diosa vivía en las montañas acompañada por un séquito de ninfas que su padre le regaló: sesenta oceánides (hijas de Océano) y veinte ninfas amnisíades (de los ríos de Creta). Según detalla Calímaco, estas últimas eran las encargadas de cuidar de sus sandalias y de sus perros cuando la diosa descansaba. Eran sus compañeras y amigas que, como la propia Artemisa, decidieron que no necesitaban a nadie para ser ellas mismas.

Esta conexión con la naturaleza más pura se extiende a todos sus elementos. En la tradición clásica, Artemisa era la protectora de los manantiales y las fuentes ocultas; se creía que ella custodiaba el agua que daba vida a los bosques bajo el manto de las sombras. Hoy, la ciencia busca en la Luna ese mismo recurso vital que la diosa siempre protegió en la espesura.

Hay, además, un detalle biográfico que la hace, si cabe, todavía más poderosa. Aunque su hermano gemelo Apolo llegara antes a la Luna, con la histórica misión de 1969, ella nació primero. Los relatos clásicos dicen que, nada más nacer, ayudó a su propia madre en el difícil alumbramiento de su hermano. Fue la primera partera, la que permitió que la luz solar existiera, pues Apolo es el dios del Sol. Por eso me resulta justo que ahora sea ella quien abra el camino hacia el futuro. No es un detalle menor que el programa lleve el nombre femenino de la protectora de las mujeres, rompiendo un monopolio masculino histórico que parecía inamovible, además de ser ella la diosa del elemento a investigar.

Ese cohete que durante estos días ha cruzado el cielo nocturno es, en realidad, un reencuentro. Una excusa para volver a mirar hacia arriba con la misma mezcla de respeto y curiosidad que sentían quienes, hace miles de años, levantaban la vista y creían ver en la Luna el arco de una cazadora tenaz.

11/04/2026 0 comments
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EntrevistasLiteratura

Una tarde entre libros con Jorge Ordaz

by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«La realidad no siempre necesita ser transformada: basta con mirarla desde el ángulo preciso para que revele su parte más extraña»

Memorias de un magnetizador

Mi encuentro con el escritor Jorge Ordaz tuvo lugar un sábado de principios de marzo, a una hora que ya de por sí contiene algo de poético: las cinco de la tarde. Hay horas que parecen escritas para ciertas experiencias, con una luz que inclina el tiempo y una quietud que ralentiza el pulso cotidiano; la de aquel sábado, sin duda, pertenecía a los libros y a las palabras compartidas

El escenario no podía ser más propicio: la librería La Tercera Palabra, un espacio que trasciende su función comercial para convertirse en un lugar de permanencia. No es solo una librería: es un ámbito donde la lectura adquiere una dimensión casi íntima, ajena al ritmo apresurado del exterior.

Tengo el privilegio — cada vez más valioso— de compartir amistad con sus dueños, Lara y Juan, que aquella tarde nos abrieron las puertas en su día de descanso. No es un gesto menor: una librería cerrada al público es otra cosa. No es solo un espacio sin ruido, es un espacio que se recoge sobre sí mismo, que cambia de naturaleza.

Hay algo casi íntimo —casi doméstico— en recorrer una librería vacía. Los lomos dejan de ser un catálogo y se convierten en una suerte de paisaje. Uno no busca: se deja llevar. Los títulos aparecen como señales, como guiños discretos. Y en ese deambular sin rumbo preciso comienza, sin que nadie lo anuncie, la conversación.

Antes de sentarnos, nos movemos despacio entre las estanterías, casi con una especie de respeto intuitivo, como si caminar entre libros exigiera otra velocidad, otra forma de estar. Jorge se detiene aquí y allá, reconoce títulos, los comenta al paso.

Mientras se suceden las fotografías —discretas, sin interrumpir el ritmo de la tarde— y se descorcha una botella de vino blanco, gentileza de mi amigo José María Martínez Parrondo, el tiempo parece adoptar otra cadencia. El vino no irrumpe: acompaña.

Imagen de José Antonio Pernia

Nos detenemos en la sección de literatura inglesa. Jorge toma un libro, lo hojea, lo deja, toma otro. Y entonces aparece un nombre que, hasta ese momento, no formaba parte de mi mapa lector: Anita Brookner. Hay en ese gesto —el de señalar un libro, el de compartir una lectura— una forma de complicidad que solo se da entre lectores.

Salgo de allí con Hotel du Lac bajo el brazo, sin saber todavía que será un descubrimiento luminoso.

Hablamos de La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, a quien redescubro en una reciente y cuidada edición de UVE BOOKS. Ordaz apunta entonces algo que resuena: nadie, en su época, se hubiesse atrevido a escribir una novela con semejante carga social y crítica. Quizá —dice— Benito Pérez Galdós podría haberlo hecho. Pero no lo hizo. Lo hizo ella.

Así comienza esta conversación: rodeado de su obra, casi toda publicada por la editorial Pez de Plata. Solo La mariposa en el mapa escapó a esta editorial, pero la mayoría de sus novelas descansan allí, como testigos silenciosos de una trayectoria constante, íntima y prolífica.

 

Pregunta: ¿Cómo te sientes al estar entre estos volúmenes, que representan tantos años de tu trabajo y de tu evolución como escritor, observando cómo cada libro refleja no solo un momento de tu carrera, sino también un fragmento de tu vida, de tus lecturas y de tus obsesiones literarias?

Jorge Ordaz: La verdad es que es un sentimiento extraño, un poco abrumador, porque uno no siempre es consciente del volumen de obra que ha generado hasta que lo ve frente a sí. Casi todos los libros están publicados por Pez de Plata, salvo La Mariposa en el mapa, que salió en otra editorial. Pero sí, al verlos alineados, uno tiene la impresión de que es mucha obra; cada libro es como un pequeño mundo encapsulado, con su propio ritmo, sus obsesiones, sus errores y sus aciertos. Me pregunto muchas veces: “¿Me ha dado tiempo a hacer todo esto?”. La respuesta, claro, es que sí, pero hay un matiz: mis libros son relativamente cortos, y eso ayuda a que pueda mantener un ritmo de publicación constante. En comparación con novelas actuales que superan las 500 o 700 páginas, los míos son más comedidos; incluso El fuego y las cenizas, que es el más largo, no alcanza las 300 páginas.

 

Jorge Ordáz en la Librería La Terecera Palabra en Oviedo. Imagen de José Antonio Pernia

Pregunta: ¿Crees entonces que la extensión de un libro tiene que ver con la calidad de la obra, o más bien con el estilo y el ritmo del autor? ¿Piensas que una novela excesivamente larga podría desvirtuar la esencia de tu escritura, o que incluso la riqueza de una obra no se mide por la cantidad de páginas sino por la intensidad que transmite?

Jorge Ordaz: Exactamente, no creo que la longitud defina la calidad de una obra. Para mí, si me pidieran escribir una novela de 500 páginas, probablemente no podría. Mi estilo no se presta a la sobrecarga descriptiva. En novelas largas, normalmente uno debe introducir extensas descripciones para sostener la narrativa, y yo prefiero sintetizar, dar pinceladas, sugerir más que mostrar en exceso. La extensión siempre debe ir de la mano del ritmo y del estilo que buscas, no al revés. Otros autores tienen facilidad para extenderse y recrearse en largas escenas descriptivas; yo busco la precisión y la intensidad. Creo que cada escritor debe respetar su propia voz, la escritura funciona como un espejo: refleja lo que puedes y quieres hacer, y traicionarte a ti mismo, haciendo algo que no te nace, rara vez funciona.

Pregunta: Jorge, muchos de tus libros parecen nacer de tus pasiones personales y de tus aficiones, como la música y la ópera en Bella Donna, donde reconstruyes la vida de una cantante del belcanto, o el mar como escenario recurrente en tus aventuras, desde La Perla de Oriente hasta otras novelas que exploran rutas marítimas y tradiciones mediterráneas. Incluso tu interés por la geología y la paleontología dio lugar a la idea de un personaje cazador de dinosaurios en El Cazador de Dinosaurios. ¿Podrías hablarnos de cómo estas pasiones personales influyen en tu proceso creativo y cómo logras convertir tus intereses en escenarios, personajes y tramas literarias que al mismo tiempo sean rigurosos, atractivos y sorprendan al lector? Además, ¿crees que esta afinidad con tus propios temas te permite explorar mundos más auténticos y cercanos a ti, o representa también un desafío para no caer en la repetición o el exceso de detalle especializado?

Jorge Ordaz: La creación de una novela comienza con una idea, pero no basta solo con eso. Primero surge un tema que me interesa explorar, algo que me genere ganas de escribir y de investigar. A partir de ahí, hay que situar la época, la trama, definir personajes y documentarse. La documentación es fundamental; muchas veces ocupa más tiempo que la propia escritura. Por ejemplo, en Memorias de un magnetizador, tuve que estudiar frenología y sumergirme en el mundo del esoterismo para poder dar verosimilitud a la historia, aunque el libro no pretende ser un tratado científico. De manera similar, en Las confesiones de un bibliófago exploré con detalle el universo de los bibliófilos, un mundo pequeño pero apasionante, donde los libros se valoran más como objetos de colección que como simples textos de lectura. Otros temas coinciden con mis aficiones que han marcado profundamente mi manera de escribir y la elección de los temas. Cuando abordo un proyecto, parto de algo que me interesa de manera genuina; si no hay un motor personal, es difícil mantener la energía necesaria para desarrollar una novela.

Lo mismo sucede con mi formación científica y la Geología. La idea de un paleontólogo que busca dinosaurios me permitió crear El Cazador de Dinosaurios, un personaje que mezcla aventura, rigor científico y un cierto espíritu de exploración al estilo de un Indiana Jones, pero con base en conocimiento real. Mi formación me impone respeto por los detalles: los datos geológicos, la paleontología, la historia natural deben ser correctos, aunque estén envueltos en una narrativa de ficción. Esa combinación de rigor y creatividad me gusta; creo que ofrece al lector un viaje verosímil pero sorprendente.

Al final, escribir sobre mis intereses me permite crear mundos ricos y coherentes, pero también me obliga a ser disciplinado. Debe haber un equilibrio entre la pasión personal y la mirada del lector, entre lo que a mí me fascina y lo que hace avanzar la trama. Esa tensión, lejos de limitarme, me motiva; cada novela es un ejercicio de precisión, imaginación y estilo. Y es precisamente esa autenticidad —el hecho de que los temas coincidan con mis propios intereses— la que creo que da a mis libros un pulso más cercano, más vivido, sin sacrificar la aventura ni el misterio que toda buena narrativa requiere.

Pregunta: Otro de tus intereses es el cine, especialmente de los años 40, 50 y 60. ¿Cómo influye en tu narrativa?

Jorge Ordaz:  Efectivamente otra de mis grandes pasiones es el cine, y al pensar en posibles novelas, me atrae la idea de explorar ese mundo desde dentro, pero no desde la perspectiva de los actores, sino de todo lo que queda detrás de la pantalla. Los guionistas, los técnicos, los personajes que aparecen solo en los créditos… Ese universo que para muchos permanece invisible me resulta fascinante. Me interesa especialmente el cine de las décadas de los 40, 50 y finales de los 60, que para mí constituye una época espléndida, llena de creatividad y riesgo estético. Últimamente, por comodidad, veo mucho cine en plataformas digitales, pero la mayor parte del cine contemporáneo no me interesa; lo que realmente me apasiona es aquel que viví cuando era niño, las películas que quedan grabadas en la memoria y que, al revisarlas años después, conservan intacta su fuerza y su magia.

Recuerdo con claridad cuando iba al cine de niño en Barcelona: no había móviles, internet ni televisión, y para mí, ir al cine era una verdadera diversión. En el colegio, los jueves por la tarde eran libres y nos llevaban a los cines de barrio: empezaban a las cuatro con dos películas seguidas y salíamos a las siete y media. Normalmente proyectaban primero la película “mala” en blanco y negro, normalmente española y luego la “buena” en color y americana. Durante la función, nos daban nuestra merienda; eran tardes que hoy me parecen idílicas y completamente diferentes al cine de ahora. Me fascinaban aquellas películas que, aunque en el momento parecieran corrientes, conservaban intacta su fuerza y se convertían en un pequeño tesoro de cine clásico en mi memoria.

La literatura funciona de manera muy parecida. Los libros que lees en la infancia y en la adolescencia te marcan de un modo especial; algunos los vuelves a leer y mantienen intacta su fascinación, mientras que otros se deslizan entre los dedos con el tiempo. Yo pertenezco a la generación de Las aventuras de Guillermo, un muchacho travieso y un poco malote, protagonista de varias series de libros infantiles. Allí se hablaba, por ejemplo, de pasteles de jengibre, algo que ahora parece muy cercano, pero que para mi imaginación infantil era absolutamente seductor y exótico. Hay libros que es mejor no volver a tocar, porque los recuerdos y la experiencia de la lectura los han hecho perfectos; otros, aunque los leas muchas veces, conservan intacta su fuerza; y algunos, quizá, se caen un poco de las manos, pero aun así forman parte inseparable de tu educación literaria y emocional.

Pregunta: Hablando de tus primeros libros, como Gabinete de Ciencias Asturales, que es una colección de relatos cortos que escribiste junto a tu colega Biólogo Juan Luis Martínez de la Universidad, y con quien coincidías en muchos gustos literarios… Cuéntanos un poco de los ingredientes de tu manera de hacer, tu modus operandi.

Jorge Ordaz: Sí, esos relatos fueron realmente un punto de partida. Mi manera de trabajar se ha ido definiendo con el tiempo, pero hay tres elementos que siempre están presentes: la ironía, el humor y una erudición que puede ser genuina o construida para la historia. Ese libro, de hecho, ya representaba mi forma de escribir y coincidía bastante con el estilo de Luis, mi compañero. Empecé por el relato corto, que es un territorio muy exigente, mucho más de lo que la gente cree.

Pregunta: La literatura es seducción. ¿Cómo seduces al lector desde la primera línea?

Jorge Ordaz: Eso es complicado. La verdad es que nunca sabes cómo va a responder el lector, pero lo primero es convencerte a ti mismo. Si lo que escribes te convence y estás seguro de ello, entonces puedes pensar que quizá convencerá a los demás. Si no te convence a ti, es prácticamente imposible que funcione con quien lee. Por eso, para mí, escribir es también un acto de confianza: confianza en tu propia voz y en la capacidad de transmitir algo que sea singular y convincente.

Pregunta: Jorge, en La Sacavera observamos cómo Oviedo se convierte en algo más que un simple escenario: la ciudad se transforma en un personaje más, con su historia, su geografía y su atmósfera propia. La novela combina personajes históricos del siglo XVIII —como Feijoo, Doctor Casal o Gil de Jaz— con personajes de ficción, y construye una trama que mezcla misterio y documentación histórica. Me interesa mucho saber cómo surgió esta idea de “sacar” la novela a las calles de Oviedo, creando una ruta literaria que permita a los lectores recorrer físicamente los lugares de la historia, y cómo trabajaste para mantener la fidelidad histórica y al mismo tiempo la libertad narrativa.

Jorge Ordaz:  La idea de convertir Oviedo en un personaje más surgió de una doble necesidad: por un lado, llevaba viviendo en la ciudad más de cincuenta años y, sorprendentemente, nunca había aparecido directamente en mis libros. Por otro, me fascinaba la época del siglo XVIII, que coincide con otra de mis grandes aficiones, y me pregunté cómo sería Oviedo entonces, qué personajes reales circulaban por sus calles y cómo podía entrelazarlos con personajes de ficción para construir una trama intrigante. Así nació la historia: tras una gran tormenta, un extranjero aparece muerto en la puerta de Gascona.

Para mí, trabajar con personajes históricos dentro de un marco de ficción es un acto de equilibrio constante entre respeto por la realidad y libertad narrativa. Primero, parto de lo que sí sé: nombres, fechas, cargos, anécdotas documentadas. Por ejemplo, sé que Feijoo vivió en Oviedo, que el Doctor Casal ocupaba cierta posición social y que Gil de Jaz tenía determinadas inquietudes culturales. Esto me da una base sólida, casi tangible, sobre la que construir. A partir de ahí, empiezo a imaginar cómo podrían haberse comportado en situaciones concretas de la trama.

El truco está en que los personajes históricos conservan su esencia: no les hago actuar de manera que rompan lo que sabemos de ellos, pero sí los pongo en escenarios donde sus decisiones y reacciones pueden entrelazarse con los personajes ficticios. Los inventados, en cambio, tienen más libertad, porque dependen de la historia que quiero contar: su psicología, sus secretos, sus motivaciones, todo se diseña para que la interacción con los históricos sea creíble y, al mismo tiempo, sirva a la intriga.

Cuando decido qué elementos históricos incluir, busco aquellos que aporten textura y credibilidad a la novela: costumbres, detalles arquitectónicos, procesos judiciales, ceremonias o costumbres urbanas. Todo lo que no aparece documentado con certeza puedo inventarlo, siempre dentro de un marco que respete el espíritu de la época. Por ejemplo, en La Sacavera, la muerte del extranjero y su entierro en el cementerio de peregrinos me permitió explorar un choque cultural y religioso muy verosímil, aunque el personaje y su historia sean ficticios.

En cuanto a la coherencia narrativa, la clave está en la documentación previa y en la planificación de la trama: antes de escribir, sé qué lugares y qué personajes reales aparecerán, qué sucesos históricos puedo integrar y cómo mis personajes inventados se moverán dentro de ese contexto. Esto me permite que la ciudad y sus habitantes —reales y ficticios— se sientan vivos, que la historia respire y que el lector tenga la sensación de pasear por un Oviedo auténtico, aunque algunos elementos sean fruto de la imaginación.

En resumen, se trata de un delicado juego de fidelidad histórica y libertad creativa: la historia real proporciona la base sólida, mientras que la ficción introduce misterio, emoción y dinamismo. Es como componer una partitura: los personajes históricos son las notas fijas, y los ficticios son los matices que hacen que la música cobre vida. Así Oviedo se convierte no solo en un escenario, sino en un territorio emocional y literario en el que realidad e imaginación conviven y se retroalimentan.

Jorge, para cerrar esta conversación, cuéntanos brevemente: ¿cómo surgió la idea de llevar la novela a las calles y, de paso, para los que aún no lo saben, ¿qué es exactamente una sacavera?

Jorge Ordaz: (Ríe) Pues mira, la idea de llevar la novela a las calles surgió gracias a los amigos lectores y colaboradores que me propusieron crear una ruta literaria. La primera edición fue más histórica que literaria, un paseo por la Oviedo del siglo XVIII, pero ahora la ruta sigue referencias directas de la novela, leyendo fragmentos en lugares concretos. La intención siempre fue hacer un Oviedo reconocible, que no fuera Vetusta, mostrando casas, negocios y edificios emblemáticos, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un personaje más, con su historia, su arquitectura, su leyenda y su memoria colectiva.

Y la sacavera… La sacavera es una salamandra típica de Oviedo, negra y amarilla, con unas características muy particulares.

Para mí, se convirtió en un símbolo perfecto: el negro representa las sombras, el misterio, y el dorado, la luz, la claridad, la revelación. Además, tiene una fama oscura en el mundo rural, estigmatizada porque “saca los ojos”, lo que encajaba perfectamente con el tono misterioso de la novela. Puedes verla por los alrededores del claustro de la catedral, en el Monasterio de San Pelayo o en el Monasterio de San Vicente, ambos situados en el casco histórico de la ciudad; es una subespecie con dibujos muy particulares que hacen que el negro y el dorado de la ilustración funcionen como símbolos de tinieblas y luz.

La portada, con la mujer semidesnuda, la salamandra, los símbolos de masonería y los vampiros, fue un acierto visual que refuerza la atmósfera de la historia. Incluso hubo cierta confusión con mi editor, Salvador, que no sabía exactamente qué era una sacavera, pero eso le dio un toque anecdótico. Curiosamente, tras la publicación, los lectores comenzaron a fijarse en las salamandras que habitan distintos barrios de la ciudad y me enviaban fotos de sacaveras desde Pumarin, el casco histórico y otras zonas de Oviedo, ¡algo que jamás habría imaginado!

Entrevista completa en nuestro próximo número en papel.

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En cortoEntrevistasLiteratura

Entrevista a Lara Palancar, librera de La Tercera Palabra (Oviedo)

by Emain Juliana 23/03/2026
written by Emain Juliana

En la calle del Rosal, en pleno centro de Oviedo, se encuentra La Tercera Palabra, una librería independiente que abrió sus puertas hace menos de un año y que ya se ha convertido en una parada habitual para muchos lectores. Detrás del proyecto están Lara Palancar y Juan Navarro, que decidieron cambiar de rumbo vital para levantar un espacio donde los libros se eligen con cuidado y se recomiendan con conocimiento. Su catálogo se inclina especialmente hacia los clásicos, la literatura japonesa, el ensayo, infantil y algunos títulos de segunda mano, pero también hacia todo aquello que invite a leer con tranquilidad. Además de vender libros, la librería acoge clubes de lectura, talleres y presentaciones, lo que la ha transformado en un pequeño punto de encuentro cultural en el barrio. En esta entrevista, nos cuentan cómo surgió la idea, por qué apostaron por este modelo y qué tipo de lector entra hoy por su puerta.

Interior de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

Abrir una librería hoy no parece el camino más fácil. ¿Cómo nació realmente el proyecto de La Tercera Palabra?

Podríamos decir que el proyecto nace de una mezcla entre idealismo y pragmatismo.

Si bien tiene origen en mi vocación como librera , que surge de mi amor a los libros, mi experiencia durante cuatro años en una librería de Granada y mi cansancio de unas condiciones laborales deplorables; luego se junta con un proyecto de vida en Asturias junto a Juan, que es profesor de historia y geografía y opositó en esta Comunidad Autónoma.

Entonces, una idea romántica que es casi un sueño cristaliza gracias a condiciones materiales.

La librería toma su nombre de La tercera palabra, de Alejandro Casona. ¿Qué os llevó a elegir ese nombre?

Conocí a Alejandro Casona con trece años al leer Flor de leyendas gracias a un profesor de Lengua y literatura que ahora con perspectiva relaciono con esos maestros de las misiones pedagógicas cambiando el campo por un barrio de la periferia de Madrid y trabajadores rurales por pandilleros. Más adelante nos hizo actuar en La Dama del Alba, también de Casona, donde me tocó interpretar a La Peregrina. Cuando tantos años después me vi quebrándome la cabeza para elegir un nombre (me hubiese encantado La montaña mágica pero ya existía otra librería que se llamaba así) recordé a este profesor, a su vocación por difundir la literatura sin prejuicios y con cariño, a Alejandro Casona, que además era asturiano, y La Tercera Palabra, que significa amor en la obra homónima y a la que me aferré como a un tablón flotando tras un naufragio en el mar tras algunos eventos traumáticos en mi anterior trabajo. Así llegó este nombre a nosotros.

Además, tenemos que confesar que nos gusta el toque misterioso que le da a la librería.

Detalle de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

Muchos proyectos libreros nacen hoy alrededor de la novedad editorial. Vosotros habéis apostado con fuerza por los clásicos. ¿Es una elección que nace de vuestro propio gusto como lectores o también de una forma de posicionarse frente a la cultura actual?

Nace sobre todo de nuestro gusto como lectores y tiene, además, algo de posicionarnos frente a la forma de consumo cultural actual. No es exactamente frente a la cultura actual, porque sí creemos que ahora se escribe muy bien, sobre temas muy interesantes, como consecuencia natural a los tiempos que estamos viviendo. Y que además, ¡se edita muy bien!, y Asturias es muy buen ejemplo de ello, aquí hay varias editoriales muy buenas, con buen catálogo y muy cuidado.

Nosotros somos lectores principalmente de clásicos y a veces nos produce pánico la vorágine de publicaciones, producciones y sagas que se editan, se leen y muchas veces se olvidan, por eso apostamos por tener un buen fondo con libros que conocemos y depender lo mínimo posible de la novedad rotativa con la que no creamos ningún vínculo y que es más difícil conocer en profundidad y recomendar.

En una época en la que todo parece inmediato, ¿qué papel creéis que pueden tener los clásicos para un lector contemporáneo?

Calvino decía que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, también decía “que no se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para algo” y “lo deseable de un futuro que se ha de conquistar es garantizado por la memoria de un pasado perdido».” Entonces, en la época actual los clásicos pueden jugar el papel de entender mejor el mundo que nos rodea, convertirse en ancla en un momento en el que todo es líquido y pasa demasiado rápido; además tienen ese matiz de evocar lo pasado que cuadra con la nostalgia actual que nos invade un poco a todos y, por último, nos amplían la visión del mundo y esto nos hace ser mejores personas. Además cuando leemos que, por ejemplo, la protagonista de una novela de hace cien años de Emilia Pardo Bazán sufría las mismas inseguridades que nosotras o que en el siglo XII un noble japonés se enfrentaba a las mismas inseguridades, somos capaces de ver el mundo con mayor perspectiva y de sentir consuelo al relativizar ciertas cosas.

¿Qué autoras y autores pensáis que siguen estando un poco olvidados por los lectores en España?

Estamos contentos porque creemos que últimamente se están recuperando muchos escritores o escritoras pero siempre hay pequeñas joyas que pasan desapercibidas, sobre todo si son anteriores al siglo XIX. A Juan y a mí nos encanta, por ejemplo, la literatura del siglo XVI y XVII, la novela picaresca nos parece muy divertida. María de Zayas, por ejemplo, fue una escritora feminista que escribió Novelas amorosas y ejemplares, una especie de Decameron español y que casi nadie conoce o lee.

Interior de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

En La Tercera Palabra hay una presencia notable de literatura japonesa. ¿Qué creéis que encuentra un lector europeo en esa tradición que quizá no encuentra en la literatura occidental?

Esto lo explica muy bien Tanizaki en su ensayo Elogio de la sombra, en él, el autor hace un alegato a favor del arte, la literatura y la cultura japonesa que se desenvuelve en el matiz, lo sutil, la penumbra, lo no-nombrado; mientras la sociedad occidental responde a lo pragmático, lo claro, lo moderno, lo nuevo o lo inmediato. Y eso puede encontrarse al leer su literatura, algo que de nuevo en el momento en el que vivimos, nos puede servir para parar y ver las cosas desde otra perspectiva.

¿Qué clásico os ha sorprendido ver que sigue enganchando a lectores muy jóvenes?

La ganadora indiscutible es Jane Austen seguida de cerca, tal vez, por La metamorfosis. También hay picos  de compras que responden mucho a adaptaciones cinematográficas, como ha pasado con Frankenstein o con Cumbres borrascosas.

¿Qué os encontráis más a menudo: lectores que vienen con una idea clara o lectores que descubren un libro por el camino?

La balanza está bastante equilibrada, probablemente sean más los que descubren un libro por el camino pero muchas veces vienen con una idea clara y no les importa esperar uno o dos días a que pidas el libro si en ese momento no lo tienes en la librería.

Muchas librerías hablan de ser “espacios culturales”. En la práctica, ¿qué significa para vosotros esa expresión?

En la práctica, tenemos un espacio destinado a actividades que tengan que ver con la cultura, desde presentaciones, clubs de lectura, talleres de historia del arte a cursos sobre autoras, meteoritos o historia de Japón. Me cuesta definir este concepto sin caer en expresiones cursis, trilladas o ambiguas. Diría que de alguna forma, el que una librería sea, además un “espacio cultural”, la distingue de una mera tienda de libros a un lugar que vive con la intención de promover la cultura y los encuentros entre lectores.

¿Qué se pierde cuando desaparece una librería de barrio?

Ay, esta pregunta es algo dolorosa. Por un lado, se pierde lo que se pierde cuando cierra cualquier comercio de barrio. La cercanía, el trato personal, el asesoramiento de una persona especializada en su campo… Pero además en el caso de una librería se pierde esa oportunidad de acceso a la cultura, oportunidad para descubrir mundos nuevos. El otro día escuchaba decir a otro librero de Galicia que en el barrio donde él se había criado, que no tenía biblioteca, ni cine, ni museos… tenía una sola librería donde de pequeño se compraba los clásicos en ediciones de bolsillo y así comenzó su pasión por los libros de una persona que terminó siendo también librero. ¡Cuánto hubiera perdido él si esa librería de su barrio hubiese cerrado!

Si tuvierais que explicar a alguien que nunca entra en librerías por qué debería hacerlo, ¿qué le diríais?

Juan siempre dice que se tiene todo que ganar y nada que perder al entrar en una librería. Tiene algo de lo que tiene entrar en un museo, se te ofrecen centenares de pequeñas obras y puedes curiosear y, de verdad lo creemos, puedes descubrir tantas cosas.

Y una última pregunta inevitable para libreros: si hoy tuvierais que poner un solo libro en manos de alguien que empieza a tomarse en serio la lectura, ¿cuál sería y por qué?

Normalmente hago unas pocas preguntas a cada lector para saber qué libro recomendar pero si me tengo que tirar a la piscina… probablemente por los tiempo que corren se me viene a la cabeza Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, que además de ser una novela entrañable, con una escritura cálida y personajes inolvidables, es a su vez un homenaje a quienes viven por y para la literatura y una obra que habla del compromiso social y político cuando la historia se tuerce. Por si fuera poco, todo esto tiene uno de mis inicios preferidos de la literatura:

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. (…) Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería a los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo.

Con esta entrevista he querido acercarme a una librería reciente que, pese a su corta trayectoria, ya deja ver una forma muy definida de entender el oficio. En las respuestas de La Tercera Palabra aparecen cuestiones que van más allá de la apertura de un nuevo espacio: el criterio con el que se elige un fondo, la relación con los lectores, las dificultades del presente y la voluntad de sostener un proyecto propio sin plegarse del todo a la lógica de la prisa. Leerlas permite entender mejor no solo cómo nace una librería independiente, sino también qué clase de lugar aspira a ser.

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LiteraturaPensamiento

Lecturas para una atención cada vez más breve

by Emain Juliana 18/03/2026
written by Emain Juliana

Cada cierto tiempo surge una idea que prende rápido porque parte de una inquietud bastante extendida: que cuesta concentrarse, que se lee de otra manera y que los libros, como casi todo, también se están adaptando a ese cambio. Ayer he leído un artículo publicado por El Cultural  que argumenta que las novelas son hoy más simples porque el promedio de palabras por frase ha ido bajando durante el último siglo. La afirmación llama la atención, y no del todo sin motivo, aunque conviene examinarlo con un poco mas de detenimiento.

La base del asunto no es ficción. Sí existen análisis recientes que apuntan a que, al menos en una parte importante de la narrativa comercial en inglés, las oraciones se han ido acortando con el paso de las décadas. The Economist publicó en 2025 un análisis sobre centenares de superventas del New York Times y señalaba precisamente esa tendencia: la prosa de muchos títulos populares es hoy más breve y más directa que hace varias décadas. Es decir, el artículo acierta de pleno al detectar un cambio de ritmo en uno de los sectores más visibles del mercado editorial.

Lo que ya no resulta tan convincente es convertir ese dato en una prueba empírica de que las novelas son peores, más pobres o menos inteligentes. Una frase corta no vuelve simple a una novela por sí sola, del mismo modo que una frase larga no la vuelve mejor. La escritura no funciona como una tabla de medidas. Hay textos de apariencia limpia que esconden bastante complejidad y otros mucho más cargados que, cuando uno los lee, solo son estilo y lingüística, y por tanto, no contienen tanto como prometen. Los estudios sobre complejidad textual llevan tiempo insistiendo en que la dificultad de un texto depende de más cosas: el vocabulario, la estructura, la densidad de ideas, la forma de relacionarlas y también el tipo de lector al que ese texto se enfrenta.

El debate se vuelve más interesante cuando se desplaza un poco el foco. Quizá la pregunta no sea si las novelas son ahora más simples, sino qué tipo de lectura encaja mejor en nuestro presente. Leer hoy no se parece demasiado a leer hace cincuenta años. Leémos entre interrupciones constantes, con menos continuidad, con menos silencio y una competencia feroz por la atención. En ese contexto, no sorprende que buena parte del mercado empuje hacia libros que entren muy rápido, avancen pronto pero no exijan demasiada paciencia en las primeras páginas. Ahí sí hay una transformación clara, y seguramente bastante más reveladora que el simple recuento de palabras por frase.

Los datos sobre hábitos de lectura ayudan a entender mejor el marco. Un estudio publicado en iScience mostró que la lectura diaria por placer en Estados Unidos cayó más de un 40% entre 2003 y 2023. En el Reino Unido, una encuesta de YouGov señaló que un 40% de los adultos no había leído ni escuchado ningún libro en los últimos doce meses. En España el panorama es menos áspero, aunque tampoco invita al triunfalismo: el Barómetro de Hábitos de Lectura de 2025 situó en el 66,2% el porcentaje de población mayor de catorce años que lee libros por ocio. No estamos, por tanto, ante una desaparición de la lectura, pero sí ante una relación más frágil e irregular y también más condicionada por el entorno digital.

Por eso el problema quizá no esté en que la literatura haya perdido valor, sino en que el contexto castiga cada vez más todo lo que requiere cierta demora. No hace falta caer en el dramatismo para reconocer el cambio de pradigma. Un libro que pide tiempo y atención durante horas compite hoy con formas de consumo mucho más instantáneas que generan dopamina en minutos o incluso segundos. Eso influye en cómo leen las personas, en cómo editan las editoriales y en cómo escriben muchos autores y autoras que saben que, si no enganchan enseguida a los lectores y lectoras, su obra puede pasar desapercibida desde el principio.

También conviene desconfiar un poco del gesto nostálgico que suele colarse en este tipo de debates. La literatura popular del pasado tampoco fue un territorio lleno de obras densas y exigentes en su totalidad.  Siempre de todo: libros concebidos para vender mucho, fórmulas repetidas, historias de lectura ágil y una escritura más funcional. Un buen ejemplo es Rocambole, uno de los primeros super ventas, el personaje literario creado en el siglo XIX por el prolífico escritor francés Pierre Alexis Ponson du Terrail, que, a medio camino entre el aventurero y el ladrón de guante blanco, llegó a convertirse en una figura central de la narrativa popular de su tiempo. Aunque hoy su obra apenas conserve presencia entre el gran público, Ponson du Terrail ocupó un lugar importante en la transición entre la novela gótica, el folletín y la consolidación del héroe moderno de aventuras. No es casual, de hecho, que del nombre de su protagonista naciera el adjetivo «rocambolesco», con el que todavía hoy se designa algo extraordinario, exagerado o inverosímil. La diferencia entre la época de Rocambole y nuestro días es que ahora este tipo de literatura se ve venir con más claridad y se extiende en un ecosistema donde todo circula más deprisa y todo parece necesitar una entrada inmediata. 

A decir verdad, lo más interesante de todo esto no está en discutir si una novela con frases cortas vale menos, sino en preguntarse qué clase de cultura favorece o dificulta una lectura más atenta. Porque una sociedad no se empobrece solo cuando sus libros cambian de ritmo, sino cuando cada vez cuesta más reunir la atención que exigen para interiorizarlos y comprenderlos de verdad. Y esa cuestión va mucho más allá del estilo: afecta a la educación, a la propia cultura, a la tecnología, al trabajo, al ocio y a la vorágine de la inmediatez en la que nos vemos inmersos cada día.

Muchas novelas comerciales tienden hoy a una prosa mucho más breve y más directa. Sí, los hábitos de lectura han cambiado y en bastantes casos se han debilitado. Lo que no queda demostrado de manera automática es que la literatura contemporánea sea, por ello, más simple en cuanto a la temática y a la profundidad. Quizá lo que tenemos delante no sea una literatura menor, sino una literatura hecha a la medida de su tiempo, de una época que se lleva muy mal con la tranquilidad, la lentitud y todo aquello que exige demorarse un poco más de la cuenta. Y eso, más que cerrar el debate, lo vuelve bastante más interesante.

18/03/2026 0 comments
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AgendaArteEventosLiteratura

Feria del Cómic de Madrid 2026: fechas y programa

by Uve Magazine 11/03/2026
written by Uve Magazine

Madrid celebrará del 26 al 29 de marzo la segunda edición de la Feria del Cómic, un evento que regresa a Matadero Madrid con un crecimiento notable en participación y con una clara voluntad de consolidarse como una cita de referencia dentro del panorama cultural español. Tras el éxito de su primera convocatoria, la feria amplía tanto su dimensión comercial como su programación cultural, reforzando además su vocación internacional con un programa centrado en el cómic europeo contemporáneo.

El encuentro reunirá durante cuatro días a 84 expositores, entre ellos 36 sellos editoriales, 34 librerías generalistas y 13 librerías especializadas, lo que refleja la creciente relevancia del sector y el interés que despierta la historieta en distintos ámbitos del mundo del libro. El espacio de venta también crece de forma significativa: se instalarán 60 casetas en la Plaza Matadero, frente a las 36 de la edición inaugural, lo que permitirá una mayor diversidad de catálogos y propuestas para los lectores. La participación de librerías generalistas, que se ha más que duplicado respecto al año anterior, evidencia además cómo el cómic ha dejado de ser un ámbito estrictamente especializado para ocupar un lugar cada vez más visible en la oferta cultural habitual.

Organizada por el Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid junto con la Asociación de Librerías de Madrid, la feria nació con el propósito de situar a las librerías en el centro del ecosistema del cómic y reconocer su papel como espacios donde se produce el encuentro cotidiano entre los lectores y las historias en viñetas. En este sentido, el evento no solo funciona como escaparate editorial, sino también como celebración del trabajo de mediación cultural que realizan estos establecimientos a lo largo del año.

La programación cultural, comisariada por la periodista y escritora Laura Barrachina, propone un recorrido por algunas de las principales tradiciones del cómic europeo y por los debates que atraviesan actualmente el medio. A lo largo de la feria se sucederán conversaciones con autores y autoras, mesas redondas, actividades profesionales y talleres dirigidos a públicos diversos, con el objetivo de favorecer el diálogo entre creadores, lectores y profesionales del sector. Participarán figuras destacadas del panorama nacional como Teresa Valero, Juan Díaz Canales, Javier Olivares, Ilu Ros o Mauro Entrialgo, junto a autores internacionales procedentes principalmente de Francia, Bélgica y Alemania, entre ellos Émilie Tronche, Mathieu Burniat o Mia Oberländer.

Las actividades se desarrollarán en distintos espacios de Casa del Lector e incluirán también emisiones de radio y pódcasts en directo, así como proyecciones cinematográficas en Cineteca, ampliando así el alcance del evento más allá del formato tradicional de feria del libro. Entre los temas que se abordarán destacan el proceso creativo de la historieta, el diálogo entre cómic europeo y manga, la traducción de obras gráficas y los desafíos que plantea la inteligencia artificial para el sector editorial.

La segunda edición incorpora además nuevos formatos destinados a ampliar la experiencia del visitante. Por primera vez se podrá visitar la exposición «El cómic belga», organizada en colaboración con la Delegación general Valonia-Bruselas en España y producida por el Centre Belge de la Bande Dessinée de Bruselas. La muestra reúne reproducciones de planchas de autores belgas desde la década de 1950 hasta la actualidad, poniendo en relación figuras históricas con creadores contemporáneos y subrayando la importancia de esta tradición dentro de la historieta europea. Permanecerá abierta en Casa del Lector hasta el 9 de abril.

Otra de las novedades será la celebración de un concurso de cosplay abierto al público, que invita a los asistentes a acudir caracterizados como personajes de cómic y compartir sus fotografías en redes sociales. Esta iniciativa apunta a la dimensión participativa y comunitaria del medio, que trasciende la lectura para convertirse en una forma de expresión cultural compartida.

Las instituciones implicadas han subrayado que Madrid necesitaba una feria específica dedicada al cómic y que la primera edición demostró la existencia de un público amplio y diverso dispuesto a respaldarla. El objetivo ahora es consolidar esta cita como un punto de encuentro entre generaciones y sensibilidades distintas, donde convivan la tradición de la historieta con las nuevas formas de creación gráfica.

Con su ampliación de espacios, su enfoque europeo y una programación que combina divulgación, reflexión y actividades participativas, la Feria del Cómic de Madrid aspira a consolidarse como un evento estable dentro del calendario cultural de la ciudad y como un escaparate privilegiado para un medio narrativo que continúa evolucionando y ganando reconocimiento.

 
 
11/03/2026 0 comments
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LiteraturaPensamiento

¿Quién es Sibyl Vane?

by Verónica García-Peña 10/03/2026
written by Verónica García-Peña

La mujer que delató al monstruo

El polvo flota bajo la luz ambarina de las lámparas de gas en el teatro Holborn, un edificio que huele a ginebra barata y humedad en un barrio de clase baja del entorno del East End londinense, desprovisto de belleza estética. «Un lugar miserable y anodino», diría en su momento Dorian Gray. Y allí, entre las tablas astilladas del escenario, una muchacha de diecisiete años arrastra pesados vestidos de terciopelo marchito para dar vida a Julieta y a muchas otras heroínas shakespearianas, como Ofelia, Desdémona o Cordelia. Sus mejillas están pintadas de rojo carmín, el sudor le corre por el cuello, pero su voz logra silenciar a un patio de butacas ruidoso y al que poco le importan esas trágicas protagonistas que nunca se salvan. Se llama Sibyl Vane y, sin ella, el rostro más célebre que Oscar Wilde una vez imaginó jamás habría comenzado a pudrirse.

Resulta cuanto menos curioso cómo la mayoría de aquellos que se asoman a la historia literaria en la que Sibyl habita, la olvidan con frecuencia. Al evocar El retrato de Dorian Gray (1891), la mente dibuja de inmediato la opulencia de los salones de Mayfair, el humo de los cigarrillos turcos y el cinismo afilado de Lord Henry Wotton. El cuadro envejeciendo en la buhardilla acapara el terror y la fascinación lectora a partes iguales, pero todos se olvidan de ella. Sibyl queda relegada a una mancha en la biografía de la vanidad masculina. Una joven actriz cuya vida y cuya muerte constituye el punto de fractura exacto de la novela. ¿Cómo es posible?

Lo cierto es que Dorian, que tanto frecuentaba su camerino y le regalaba promesas eternas de cariño, nunca la amó. Su devoción jamás rozó a la adolescente de carne y hueso que cosía sus propios vestidos entre corrientes de aire. Su devoción le pertenecía en exclusiva a las heroínas de Shakespeare que ella encarnaba bajo los focos; soñaba con Julieta o con Ofelia, nunca con la muchacha pobre y vulnerable. Sibyl, por el contrario, se enamoró del hombre, al margen de la riqueza y la fachada del joven apuesto. Por eso, convencida de que el afecto sincero bastaba, decidió despojarse del artificio de su profesión y salir a escena sin máscaras, pero aquella noche su actuación resultó torpe, carente de magia, porque ya no interpretaba a nadie; porque por primera vez en su vida era solo Sibyl. Le entregó a Dorian su verdadero yo, y recibió a cambio desprecio. Al dejar caer el velo de la ficción, la actriz perdió todo valor a los ojos del esteta.

Se cumplió de esta suerte el peor de los presagios y, al igual que las mujeres trágicas a las que daba vida, Sibyl Vane terminó muriendo por culpa de un hombre. Se suicidó. Un acto de desesperación luctuosamente común en las crónicas de sucesos del Londres victoriano, donde las coristas y actrices de los bajos fondos a menudo terminaban sus días engullidas por la miseria o el abandono. En la trama de Wilde, este hecho cumple un cargo fundacional, pues es el inicio de la maldición del retrato. La primera alteración que sufre el óleo que Basil Hallward le había pintado y regalado a Dorian fue una sutil mueca de crueldad que deforma los labios, y aparece justo la misma noche en la que Sibyl perece. Su muerte es el cincel que esculpe la verdadera naturaleza del protagonista. Su muerte delata al monstruo.

¿Y cómo es posible que una mujer cuyo final desencadena realmente la historia, se olvide con tanta facilidad? El proceso de borrado lo inicia el propio texto. Lord Henry interviene de madrugada, tras lo sucedido, para anestesiar la culpa de su protegido Dorian y convierte el cadáver aún caliente de Sibyl en una bella metáfora. Le insta a reservar sus lágrimas para la Ofelia literaria, lo que suprime de inmediato el duelo por la joven actriz. Al estetizar su muerte, es innegable, le arrebata la humanidad y la convierte en los propios personajes que la joven interpretaba. Después, generaciones de lectores, seducidos por la brillantez dialéctica de Wotton, han caído en la misma trampa que Dorian, y han olvidado la dureza de una vida obrera truncada por el capricho de un aristócrata.

Hacer justicia a Sibyl Vane exige apartar la vista del lienzo maldito, de la estética y el amor por lo sublime, y dirigirla hacia los callejones del distrito de Tower Hamlets. Implica sentir la aspereza de las tablas del escenario, el calor de los focos y el olor a sudor y ginebra de quienes te miran sin saber que Ofelia y Julieta fueron la misma, y que Sibyl era todas ellas. Exige reconocer que el mito de la eterna juventud cobró vida por primera vez gracias al cuerpo de una adolescente enamorada (y muerta).

Hoy, el polvo vuelve a asentarse bajo las luces de gas apagadas de algún teatro, cubriendo los restos de algún vestido de terciopelo marchito. Hoy, mientras el mundo sigue fascinado por el pigmento que se pudre en el desván, su nombre permanece en los márgenes. Es una deuda pendiente. ¿Quién es Sibyl Vane? La mujer que delató al monstruo.

 

10/03/2026 0 comments
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Literatura

Los cementerios literarios más famosos del mundo

by Uve Magazine 05/03/2026
written by Uve Magazine

Los cementerios son espacios de duelo y memoria familiar pero en muchas ciudades europeas se han convertido también en lugares de peregrinación cultural, donde lectores de todo el mundo acuden para visitar las tumbas de escritores que marcaron la historia de la literatura. En esos lugares la biografía de los autores, la arquitectura funeraria y la memoria colectiva se entrelazan de una manera muy particular. Pasear por ellos implica recorrer un mapa de la historia literaria.

Uno de los cementerios más conocidos en este sentido es el Père-Lachaise Cemetery, situado en París. Inaugurado a comienzos del siglo XIX, se convirtió con el tiempo en uno de los camposantos más visitados del mundo. Entre sus tumbas se encuentran figuras esenciales de la literatura europea. Allí descansa Oscar Wilde, cuya tumba se ha transformado en un pequeño santuario literario cubierto durante años de marcas de pintalabios dejadas por admiradores. También se encuentra enterrado Marcel Proust, autor de En busca del tiempo perdido, una de las obras fundamentales de la narrativa del siglo XX. A lo largo de sus avenidas arboladas, el visitante puede encontrarse con tumbas de músicos, pintores y escritores que forman parte de la historia cultural europea.

En Londres, otro lugar que atrae a lectores y curiosos es el Highgate Cemetery. Este cementerio victoriano, inaugurado en 1839, posee una arquitectura funeraria monumental y una atmósfera que ha alimentado durante décadas la imaginación literaria y cinematográfica. Entre las figuras más conocidas enterradas allí se encuentra George Eliot, autora de novelas como Middlemarch, considerada una de las grandes obras de la literatura inglesa. Aunque Eliot fue una de las escritoras más influyentes de su tiempo, no pudo ser enterrada en la Abadía de Westminster debido a sus posiciones personales y religiosas, lo que refleja también las tensiones culturales de la Inglaterra victoriana.

París alberga otro cementerio estrechamente ligado al mundo literario: el Montparnasse Cemetery. Situado en uno de los barrios más vinculados a la vida intelectual del siglo XX, este lugar reúne las tumbas de numerosos escritores, filósofos y artistas. Entre ellos se encuentra Samuel Beckett, autor de Esperando a Godot y premio Nobel de Literatura. También descansan allí pensadores y escritores que formaron parte de la vida cultural parisina durante décadas. El cementerio se ha convertido en una especie de archivo silencioso de la modernidad literaria europea.

En Estados Unidos, uno de los cementerios literarios más visitados es el Green-Wood Cemetery, situado en Nueva York. Inaugurado en el siglo XIX, este lugar combina un paisaje natural muy cuidado con una importante colección de monumentos funerarios. Entre sus tumbas se encuentra la de Herman Melville, autor de Moby-Dick. Durante muchos años Melville fue un escritor casi olvidado, y solo décadas después de su muerte su obra comenzó a recibir el reconocimiento que hoy posee. Su tumba recuerda cómo la fama literaria puede cambiar con el paso del tiempo.

Otro cementerio estadounidense asociado a la literatura es el Mount Auburn Cemetery, en Massachusetts. Este lugar, inaugurado en 1831, fue uno de los primeros cementerios-jardín del mundo y refleja una concepción romántica del paisaje funerario. Allí se encuentran enterrados escritores vinculados a la tradición literaria norteamericana del siglo XIX, entre ellos Henry Wadsworth Longfellow, una figura clave de la poesía estadounidense de su época.

En España, uno de los lugares que conserva la memoria literaria es el Cementerio de San Justo. Este cementerio madrileño reúne las tumbas de numerosas figuras de la cultura española. Entre ellas se encuentra Benito Pérez Galdós, autor fundamental del realismo literario español y creador de una obra que retrató con detalle la sociedad de su tiempo.

Estos cementerios no son simples lugares de descanso final para escritores famosos. Con el paso de los años se han convertido en espacios donde los lectores mantienen una relación simbólica con la literatura. Muchos visitantes dejan flores, libros o pequeñas notas en las tumbas de los autores que admiran. Otros recorren sus avenidas como si se tratara de un museo al aire libre dedicado a la historia cultural.

La presencia de estos lugares dentro de las ciudades revela también algo sobre la relación entre literatura y memoria colectiva. Los escritores, que en vida trabajaron con palabras y páginas impresas, terminan formando parte del paisaje urbano a través de estos espacios. Sus tumbas se convierten en puntos de referencia donde la historia literaria deja de ser una abstracción para adquirir una dimensión física y visible.

05/03/2026 0 comments
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CineLiteratura

Cumbres borrascosas o cómo perder a Emily Brontë por el camino

by Emain Juliana 04/03/2026
written by Emain Juliana

El fin de semana pasado he visto la nueva adaptación de Cumbres borrascosas y puedo resumir la experiencia como única, pero no de una manera positiva; más bien he salido de la sala con una sensación de horror y desconcierto a partes iguales. Sí que es cierto que en ningún momento he podido dejar de fijar mi atención en la pantalla; eso sí que hay que reconocerlo.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero es inevitable, todas las adaptaciones que he visto hasta la fecha son bastante más fidedignas y captan el espíritu de la novela de una manera mucho más eficaz.

Pero, antes de nada, ¿de qué va Cumbres borrascosas?

La novela de Emily Brontë cuenta la historia de Heathcliff, un niño encontrado en la calle y recogido por el señor Earnshaw que se lleva a su casa en Cumbres Borrascosas. Le da el nombre de Heathcliff y lo cría como a uno más de sus hijos. Earnshaw le muestra un afecto evidente, lo protege y lo educa, lo que provoca los celos de su hijo Hindley.

Mientras Hindley lo desprecia y lo maltrata, Catherine Earnshaw establece con Heathcliff un vínculo muy estrecho.

Cuando el señor Earnshaw muere, Hindley hereda la casa y rebaja a Heathcliff a la condición de sirviente. Aun así, el vínculo entre Heathcliff y Catherine continúa siendo el centro de la historia, aunque ella decide casarse con Edgar Linton, un hombre de posición social mucho más estable. Esa decisión hiere profundamente a Heathcliff, que abandona la casa durante un tiempo y regresa más tarde convertido en un hombre decidido a vengarse de quienes considera responsables de su sufrimiento.

A partir de ese momento su carácter (orgulloso, obstinado y profundamente rencoroso) marca el destino de todos los que lo rodean. Heathcliff arrastra a Catherine, Edgar, Hindley, Isabella Linton y a la siguiente generación de la familia en una cadena de resentimientos y dependencias que se extiende durante años, hasta que la historia encuentra cierta resolución en los hijos de ambos linajes. Todo el relato llega al lector a través de la narración de Ellen Dean, que reconstruye estos acontecimientos para el señor Lockwood, visitante y testigo indirecto de lo ocurrido en Cumbres Borrascosas.

No quiero destripar la película por si a alguna persona le apetece asistir a tal martirio, pero si voy a comentar algunas cuestiones.

Vamos por partes. El montaje y el ritmo hacen que la historia se cuente a trompicones y, además, aparece tremendamente sexualizada en momentos que poco aportan a lo que se está narrando. A esto se suma la ausencia de personajes que son fundamentales en la novela y que son indispensables para desarrollar buena parte de la trama. Ni están ni se les espera la señora Earnshaw, los señores Linton, Hindley, Hareton, Linton —hijo de Heathcliff e Isabella—, ni la propia hija de Catherine Earnshaw, Cathy. Ya puestos, tampoco aparece el señor Lockwood, inquilino de la Granja de los Tordos, al que Ellen Dean cuenta toda la historia de los personajes.

Con todas estas ausencias, la historia se centra completamente en una relación tórrida entre Catherine y Heathcliff  y la película termina pareciendo una mala novela de dark romantasy llevada al cine. Los mismos diálogos se repiten hasta la extenuación, hay escenas demasiado impactantes, decorados chillones, los juegos de negro brillante, rojo brillante, blanco y rosa empolvado… todo colocado simplemente para mantener la atención del espectador pero sin simbolismo real y de peso (hay que decir que están en la Granja de los Tordos). A los personajes no se les dota de profundidad y no llegas a entender realmente por qué toman ciertas decisiones o sus motivaciones reales.

También hay decisiones de casting que chocan demasiado con la descripción original de los personajes, véase el propio Edgar Linton o la misma Catherine Earnshaw por ejemplo.

La obra de Emily Brontë trata sobre el orgullo, la jerarquía social, resentimiento y los conflictos sentimentales no resueltos que pasan de una generación a otra, realmente no necesita exageraciones porque la violencia que contiene ya está interiorizada en los personajes.

Dicho de otra manera: puede ser una película llamativa, incluso hipnótica en ciertos momentos, pero si se conoce bien la novela es difícil no salir con la sensación de que lo que se ha adaptado tiene poco que ver con Cumbres borrascosas y bastante más con vender una idea demasiado diferente y comercial de ella.

Dirección: Emerald Fennell

Producción: Emerald Fennell, Margot Robbie, Josey McNamara

Guión: Emerald Fennell

Basada en: Cumbres Borrascosas de Emily Brontë

Música: Anthony Willis (banda sonora) Charli XCX (canciones)

Fotografía: Linus Sandgren

Montaje: Victoria Boydell

Protagonistas: Margot Robbie, Jacob Elordi, Shazad Latif, Hong Chau, Alison Oliver

País: Reino Unido, Estados Unidos

Año: 2026

VALORACIÓN: 2 DE 5
04/03/2026 0 comments
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Literatura

La Tribuna y la promesa de la revolución

by Emain Juliana 27/02/2026
written by Emain Juliana

Cuando Emilia Pardo Bazán publica La Tribuna en 1883, decide situar la acción en los años que rodean la Revolución de 1868 porque en ese momento histórico se extendió la idea de que la política podía transformar la vida de la gente común. Antes de que el levantamiento obligara a abandonar el trono a Isabel II, el país llevaba tiempo atravesando un desgaste político que había erosionado la confianza en el sistema constitucional, cuyo funcionamiento dependía de una alternancia pactada entre facciones que manipulaban los procesos electorales y restringían la participación a quienes cumplían determinados requisitos económicos.

A medida que avanzaba la década de 1860, el descontento político se unió a una crisis económica que afectó con fuerza a las ciudades y que dejó claro que el sistema no ofrecía seguridad ni estabilidad para buena parte de la población. En ese contexto comenzó a organizarse una oposición que reunía a grupos distintos pero que coincidía en una idea básica: el régimen estaba agotado y era necesario iniciar un proceso que ampliara la representación política. El Pacto de Ostende fue el paso decisivo para coordinar esa estrategia y preparó el levantamiento de septiembre de 1868, que muchos interpretaron como la oportunidad real de cambiar el rumbo del país.

La Constitución de 1869 estableció el sufragio universal masculino y reconoció libertades que ampliaron el debate público. Por primera vez, muchos hombres que habían quedado fuera del sistema podían participar formalmente en la vida política. Las mujeres, en cambio, seguían excluidas del voto, pero la revolución extendió la idea de que el cambio era posible, aunque el poder siguiera concentrado en los mismos espacios de siempre.

Pero ¿de qué va La Tribuna?

«En una ciudad portuaria del norte de España, Amparo, joven cigarrera de carácter vehemente y gran facilidad de palabra, se convierte en líder espontánea de sus compañeras de fábrica en los años convulsos que preceden a la Primera República. Su fe apasionada en la igualdad, la justicia social y la República federal crece al mismo tiempo que su relación con Baltasar Sobrado, un burgués que la desea pero no está dispuesto a reconocerla como igual. Cuando Amparo queda embarazada y es abandonada, la distancia entre los ideales revolucionarios y la realidad social se vuelve irreparable. Emilia Pardo Bazán construye una novela lúcida y amarga sobre clase, género y poder, donde la proclamación de la República no supone la redención personal ni colectiva, sino un nuevo escenario para viejas injusticias».

En ciudades como A Coruña, donde la Fábrica de Tabacos reunía a muchas mujeres con salario propio, la prensa empezó a tener un papel real en la vida diaria. Los periódicos circulaban y se leían en grupo, de modo que el trabajo se convertía también en un espacio de debate político. Cuando Amparo lee en voz alta y explica las noticias a sus compañeras, extiende idea de que la política podía dar acceso a un mundo que antes parecía reservado a otros. En ese momento histórico se expande la creencia de que el cambio político podía influir también en la vida personal, especialmente en la de las trabajadoras y la novela recoge esa idea con confianza.

Después del derrocamiento de Isabel II y durante el periodo en el que gobernó Amadeo I de Saboya, junto con la experiencia republicana, quedó claro que cambiar la forma del Estado no modificaba por sí mismo las desigualdades sociales. El debate era más amplio y la prensa tenía más libertad, pero las mujeres seguían apartadas de las decisiones políticas y las diferencias entre clases seguían limitando las oportunidades reales. En ese contexto se entiende el conflicto de La Tribuna, donde la confianza plena en la revolución convive con una realidad que limita las posibilidades reales de la protagonista.

El contexto político no es un simple escenario. Es la razón por la que Amparo cree que su destino puede cambiar. Sin ese clima de apertura y de confianza en la revolución, no se entendería ni su implicación política ni la experiencia que atraviesa cuando descubre que el poder sigue estando donde siempre ha estado.

27/02/2026 0 comments
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Literatura

Historia de la censura en la literatura española

by Uve Magazine 25/02/2026
written by Uve Magazine

La historia de la censura en la literatura española no es un episodio aislado, sino una constante que atraviesa siglos y regímenes distintos, ya que el control sobre los libros ha sido una forma de regular el pensamiento, la moral y la disidencia política. Cada época ha tenido sus mecanismos y sus justificaciones, aunque el objetivo de fondo ha sido similar: limitar la circulación de ideas consideradas peligrosas.

Edad Media y primeros controles

En la Edad Media tardía, antes incluso de la consolidación de la imprenta, el control sobre manuscritos religiosos era habitual cuando existía sospecha de desviación doctrinal. Las autoridades eclesiásticas vigilaban traducciones bíblicas no autorizadas y textos espirituales que pudieran dar lugar a interpretaciones consideradas heterodoxas. El problema no era solo el contenido, sino quién lo leía y cómo lo interpretaba. La Inquisición vigilaba manuscritos e impresos, y el Índice de libros prohibidos, conocido como Index Librorum Prohibitorum, recogía obras que no debían leerse porque cuestionaban dogmas religiosos o autoridad política. Autores humanistas y textos científicos podían ser señalados si se apartaban de la ortodoxia. La publicación requería licencias previas, lo que convertía la imprenta en un espacio supervisado.

Entre los autores afectados estuvieron textos de Erasmus of Rotterdam, cuyas ideas humanistas generaron desconfianza, y obras de pensamiento reformista que se consideraban peligrosas para la ortodoxia católica. También se vigilaban traducciones de la Biblia al castellano cuando no contaban con licencia eclesiástica, porque se temía que fomentaran lecturas autónomas alejadas del control clerical.

La censura no solo prohibía, también expurgaba. Un libro podía circular con fragmentos tachados o modificados. Este fue el caso de Lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI que, por su tono satírico y su crítica implícita a determinadas prácticas religiosas, fue incluida en el índice y obligada a circular en versiones recortadas. El texto sobrevivió, aunque alterado.

Autores del Renacimiento y del primer teatro moderno también fueron objeto de vigilancia. Obras de Bartolomé Torres Naharro y de Gil Vicente fueron observadas con atención, y determinados pasajes podían ser señalados por su tratamiento de lo religioso o lo moral. La imprenta se convirtió en un espacio supervisado donde publicar requería licencias previas.

En los siglos XVII y XVIII, aunque el control continuó, comenzaron a circular ideas ilustradas que tensionaban el sistema. La censura no desapareció, pero se volvió más compleja, ya que el Estado intentaba equilibrar modernización y control ideológico. Con el avance del liberalismo en el siglo XIX, la situación osciló según los cambios de régimen. Periodos de mayor libertad de imprenta se alternaron con etapas de restricción, especialmente cuando la estabilidad política se veía amenazada.

Siglo XX: censura franquista y control sistemático

El siglo XX marcó uno de los momentos más duros en materia de censura literaria. Tras la Guerra Civil, el régimen franquista instauró un sistema de censura previa que afectó a novelas, ensayos, teatro y poesía. Ningún libro podía publicarse sin pasar por un proceso de revisión en el que se evaluaban aspectos políticos, morales y religiosos. Autores como Camilo José Cela, Ana María Matute o Carmen Laforet vieron cómo sus textos eran corregidos, recortados o retrasados en su publicación. En algunos casos, los escritores optaron por la autocensura, modificando pasajes para evitar la prohibición.

Además de la censura directa, existió el exilio, que dejó fuera del circuito editorial español a figuras como Max Aub o Francisco Ayala, cuyas obras tardaron en circular con normalidad dentro del país. La literatura que abordaba temas como la memoria de la guerra, la represión o la crítica al régimen encontraba obstáculos constantes, lo que condicionó el desarrollo de varias generaciones de escritores.

Un caso especialmente significativo es el de Carmen de Burgos, cuya obra fue retirada y silenciada tras la instauración del franquismo. No se trató de la prohibición de un título aislado, sino de la marginación sistemática de su producción completa, que defendía reformas educativas y derechos civiles. Durante décadas su nombre quedó prácticamente fuera del canon oficial.

El régimen también limitó la circulación de autores extranjeros considerados ideológicamente peligrosos. Obras de George Orwell o Jean-Paul Sartre encontraron obstáculos para publicarse sin cortes, lo que muestra que la censura pretendía controlar tanto la producción interna como la influencia exterior.

Democracia y nuevas tensiones

Con la Constitución de 1978 desapareció la censura previa institucionalizada. Sin embargo, el debate sobre los límites de la expresión continúa en otros términos. Controversias en torno a lecturas escolares o a libros considerados ofensivos muestran que la tensión entre libertad y regulación no ha desaparecido, aunque ya no exista un aparato estatal que revise manuscritos antes de su publicación.

25/02/2026 0 comments
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Selección de los editores

Charles Baudelaire, o la belleza herida de la modernidad
by Emain Juliana 13/04/2026
Artemisa: la diosa de la Luna reclama su trono
by Verónica García-Peña 11/04/2026
Una tarde entre libros con Jorge Ordaz
by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026

Artículos aleatorios

Presentación del cartel de la 83ª Edición de la Feria del Libro de Madrid
by Uve Magazine 08/04/2024
Charles Baudelaire, o la belleza herida de la modernidad
by Emain Juliana 13/04/2026
Un viaje entre el realismo y la abstracción
by Uve Magazine 26/05/2024

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