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Arte

AgendaArteEventos

Dalí frente al inconsciente

by Uve Magazine 04/08/2026
written by Uve Magazine

Entre el 20 de octubre de 2026 y el 24 de enero de 2027, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presentará El universo freudiano de Dalí, una exposición que propone recorrer la trayectoria de Salvador Dalí desde una perspectiva decisiva para comprender su obra: la influencia que ejercieron sobre él las teorías de Sigmund Freud. Comisariada por Jaime Brihuega, la muestra reunirá alrededor de 130 pinturas, dibujos, esculturas y vídeos procedentes de colecciones europeas y norteamericanas.

Dalí conoció los escritos de Freud a comienzos de la década de 1920, mientras estudiaba en Madrid y residía en la Residencia de Estudiantes. La lectura de La interpretación de los sueños le ofreció un marco desde el que observar sus propios temores, deseos y obsesiones. Aquello que hasta entonces pertenecía al ámbito de la intimidad podía convertirse en materia artística. Los complejos familiares, la sexualidad, la culpa, el deseo insatisfecho o el miedo a la muerte dejaron de ser únicamente experiencias personales para transformarse en imágenes.

La exposición parte de los primeros años del pintor en Figueres y Cadaqués, donde se formaron algunos de los recuerdos que aparecerían posteriormente en su obra. Dalí creció bajo la sombra de un hermano, también llamado Salvador, que había muerto antes de su nacimiento. Cuando tenía diecisiete años falleció su madre, mientras que su padre, de carácter severo, contrajo matrimonio poco después con una hermana de la fallecida. A esta situación se sumó la relación con Ana María, su hermana y una de sus primeras modelos, retratada en obras como Retrato de Ana María y Figura en una mesa.

Los paisajes del cabo de Creus también ocuparon un lugar esencial en este imaginario. Las playas, los acantilados y las formaciones rocosas de Cadaqués proporcionaron a Dalí un repertorio de siluetas que reaparecería durante décadas. En sus cuadros, el paisaje mediterráneo dejó de ser una mera localización para convertirse en el espacio donde se representaban recuerdos, pulsiones y visiones.

El segundo apartado se centra en los años de la Residencia de Estudiantes y en su relación con Federico García Lorca y Luis Buñuel. Durante este periodo, Dalí conoció el surrealismo francés, leyó a Freud y se interesó por los dibujos científicos de Santiago Ramón y Cajal. Mientras experimentaba con distintos estilos, comenzaron a aparecer algunos de los elementos que definirían su lenguaje posterior: cuerpos fragmentados, alusiones sexuales, formas orgánicas y escenas que parecen desarrollarse dentro de un sueño. Obras como Los esfuerzos estériles o Los deseos insatisfechos permiten observar esta transformación.

Tristán enloquecido, 1944

En 1929, ya instalado durante temporadas en París, Dalí se incorporó al movimiento surrealista encabezado por André Breton. Fue también entonces cuando conoció a Gala Éluard, que se convertiría en su compañera, modelo y colaboradora. Pinturas como El hombre invisible, Los placeres iluminados o Guillermo Tell muestran a un artista que había aprendido a representar el inconsciente mediante imágenes nítidas, aunque sometidas a una lógica perturbadora.

Entre 1932 y 1937 desarrolló su método paranoico-crítico, una de sus principales aportaciones al surrealismo. Dalí defendía que el artista podía interpretar la realidad mediante asociaciones irracionales, descubriendo en una misma figura varias imágenes posibles. De este procedimiento surgieron composiciones dobles y escenarios en los que nada posee un significado estable. En obras como El gran paranoico, Soledad paranoico-crítica o Nacimiento de los deseos líquidos, la percepción se convierte en un territorio incierto.

El momento central de la exposición será el encuentro entre Dalí y Freud, celebrado en Londres en 1938 gracias a la intervención del escritor Stefan Zweig. Para el pintor, conocer al fundador del psicoanálisis suponía encontrarse con una de las figuras que más habían condicionado su pensamiento. Freud, por su parte, observó con interés a aquel artista español de actitud exaltada y quedó impresionado por su capacidad técnica. Durante la reunión, Dalí realizó un dibujo del psicoanalista, que también formará parte de la muestra.

El recorrido concluye con las obras realizadas después de 1940. Aunque Dalí aseguró que sus intereses se habían desplazado hacia la religión, la ciencia y el mundo clásico, la influencia freudiana no desapareció. Las formas blandas, los desdoblamientos, las escenas oníricas y las asociaciones inesperadas continuaron presentes en pinturas como Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar o Apoteosis de Homero.

El universo freudiano de Dalí permitirá así observar su carrera como un prolongado diálogo con el inconsciente. Freud proporcionó al pintor un vocabulario con el que interpretar sus obsesiones; Dalí, a su vez, convirtió aquel pensamiento en imágenes que han pasado a formar parte del imaginario del siglo XX.

Acantilados, 1926
04/08/2026 0 comments
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ArtePersonajesVidas en conflicto

Sarah Bernhardt, la actriz que transformó el teatro

by Emain Juliana 20/07/2026
written by Emain Juliana

Reconstruir la vida de Sarah Bernhardt exige adentrarse en un territorio donde los hechos documentados se solapan con los rumores y las exageraciones de los periódicos y magazines de la época, incrementadas por la propia Bernhardt. Pocas figuras del siglo XIX participaron con tanta conciencia en la elaboración de su propio personaje. Sus memorias, Ma double vie, publicadas en 1907, son fundamentales para conocer su trayectoria y conocer a la propia artista,  pero no pueden leerse de manera neutral, puesto que Sarah Bernhardt organizó sus recuerdos con cierta teatralidad, omitió algunos asuntos peliagudos y convirtió otros en escenas rocambolescas. La leyenda que acabó rodeándola fue una parte inseparable de su vida profesional.

Sarah-Henriette-Rosine Bernard nació en París en octubre de 1844, aunque ni siquiera hay certeza absoluta sobre el día exacto. La fecha más aceptada es el 22 de octubre, pero ella acostumbraba a celebrar su cumpleaños el día 23, mientras que el acta reconstruida que presentó en 1914 indicaba el 25. La destrucción de numerosos registros civiles durante la Comuna de París de 1871 contribuyó a esta incertidumbre, y que acabó siendo una versión más de su biografía contradictoria.

Su madre, Judith-Julie Bernard, conocida como Youle, procedía de una familia judía de origen neerlandés y ejercía como cortesana en París. Nadie llegó a saber con seguridad quién era el padre de Sarah. La actriz aseguró que la familia paterna había financiado su educación, pero las investigaciones posteriores han planteado diferentes hipótesis sin que ninguna haya podido demostrarse. Todo esto alimentó las especulaciones sobre sus orígenes, y ella no quiso desmentirlas, quizá porque comprendió muy pronto que el misterio también podía contribuir a hacer memorable su nombre.

Durante la infancia vivió alejada de su madre, primero al cuidado de otras personas y después en varios internados. Estudió en un colegio religioso próximo a Versalles, fue bautizada como católica y durante algún tiempo llegó a considerar seriamente la posibilidad de ingresar en un convento. Aquella educación no borró su ascendencia judía, que más adelante sería utilizada contra ella por periodistas y adversarios antisemitas. Cuando recibió ataques por esta razón, respondió reivindicándose como descendiente del pueblo judío, aunque su relación con la religión y con la identidad familiar fue compleja.

Su entrada en el teatro tampoco respondió, al menos en un principio, a una vocación inequívoca. Según contó en sus memorias, fue el duque de Morny, medio hermano de Napoleón III y una figura influyente del Segundo Imperio, quien recomendó a su familia que la presentara al Conservatorio de París. Bernhardt estudió arte dramático durante dos años y, al concluir su formación, ingresó en la Comédie-Française, donde debutó en septiembre de 1862.

Aquel comienzo estuvo muy lejos de ser triunfal. Las críticas fueron discretas y su relación con la compañía terminó en forma de una ruptura abrupta después de un enfrentamiento con otra actriz. Tras abandonar la institución, atravesó un periodo de inestabilidad durante el cual actuó en teatros menores y encontró dificultades para obtener papeles importantes. En 1864 nació su único hijo, Maurice Bernhardt, a quien crio sin estar casada. La paternidad se ha atribuido generalmente al príncipe belga Henri de Ligne, aunque la relación no desembocó en matrimonio y los detalles siguen sin estar completamente esclarecidos.

En la sociedad francesa del Segundo Imperio, la maternidad fuera del matrimonio podía comprometer la reputación de una mujer, y en el caso de Bernhardt se convirtió en uno de los argumentos utilizados para presentarla como una figura escandalosa. Sin embargo, esa reprobación social debe situarse dentro de la posición ambigua que ocupaban las actrices en el siglo XIX. El teatro podía proporcionarles fama, dinero y una independencia poco frecuente, pero también las sometía a una vigilancia moral constante. Se esperaba que estuvieran expuestas ante el público y, al mismo tiempo, se las censuraba por vivir fuera de las convenciones reservadas a las mujeres consideradas respetables.

La consolidación de Bernhardt comenzó en el Théâtre de l’Odéon, donde encontró un repertorio que le permitió desarrollar las cualidades de su interpretación. En 1869 obtuvo uno de sus primeros éxitos importantes con Le Passant, de François Coppée, en la que encarnaba a Zanetto, un joven trovador. La elección anticipaba su posterior interés por los personajes masculinos y mostraba una disposición a traspasar las divisiones tradicionales del reparto teatral.

Durante la guerra franco-prusiana y el sitio de París de 1870, el Odéon fue convertido en hospital y Bernhardt participó en la atención a los heridos. Este episodio, que contrasta con la imagen frívola o extravagante que difundían algunas crónicas, permite comprender que su presencia pública no se limitó solamente al escenario. A lo largo de su vida intervino en causas cívicas y políticas, aunque sus posiciones no siempre respondieran a un programa ideológico estable.

El éxito alcanzado en el Odéon facilitó su regreso a la Comédie-Française en 1872. Allí interpretó a la reina de Ruy Blas, de Victor Hugo, y a Fedra en la tragedia de Racine, además de otros personajes del repertorio francés. Hugo elogió especialmente su voz, que acabaría siendo recordada como una «voz de oro», mientras que en 1875 fue nombrada sociétaire, una de las distinciones más importantes dentro de la institución.

Su manera de actuar pertenecía a una tradición que no puede juzgarse únicamente mediante los criterios del naturalismo posterior. Bernhardt construía sus interpretaciones a través de la voz, el ritmo, las pausas, la postura y también una gestualidad minuciosamente estudiada. No reproducía de manera natural una conversación cotidiana, sino que elevaba el texto y fijaba cada escena en la memoria de los espectadores. Los registros sonoros que se conservan son insuficientes, mientras que las filmaciones corresponden a una etapa tardía de su carrera, por lo que resulta muy difícil reconstruir con exactitud el efecto real que producía sobre el escenario. Sin embargo, los testimonios de sus contemporáneos muestran que poseía una capacidad excepcional para convertir las representaciones en acontecimientos memorables.

En 1880, durante una gira de la Comédie-Française por Londres, Bernhardt presentó su dimisión. La ruptura tuvo graves consecuencias económicas y provocó un conflicto con la institución, pero también marcó el inicio de la etapa más importante de su trayectoria. Al abandonar la compañía dejó de depender de un repertorio y de una dirección ajenos, formó su propia empresa teatral y comenzó a ejercer un control mucho mayor sobre los papeles que interpretaba, las producciones en las que participaba y la forma en que se presentaba ante el público.

Ese mismo año emprendió una gran gira por Estados Unidos, a la que seguirían numerosos viajes por Europa, América, Australia y otros territorios. Gracias a estas giras, Sarah Bernhardt se convirtió en una de las primeras estrellas teatrales cuya fama alcanzó una dimensión verdaderamente internacional. Su rostro circulaba en fotografías, grabados, periódicos, postales y carteles antes de que llegara a las ciudades, de modo que muchos espectadores ya creían conocerla antes de verla actuar. Fue pionera del merchandising, la celebridad dejó de depender exclusivamente de su presencia física sobre el escenario y comenzó a construirse mediante una red de imágenes y objetos impresos.

Entre sus papeles más conocidos se encontraban Margarita Gautier en La dama de las camelias, de Alexandre Dumas hijo; Doña Sol en Hernani y la reina de Ruy Blas, de Victor Hugo; Fedra, de Racine; Fédora y Floria Tosca en las obras de Victorien Sardou, y el joven duque de Reichstadt en L’Aiglon, de Edmond Rostand. A través de estos personajes se especializó en figuras dominadas por la pasión y el conflicto, con cierto aire romántico debido a la proximidad de la muerte, que le permitían desplegar la intensidad de su voz y de su presencia escénica.

La interpretación de personajes masculinos fue una parte constante de su carrera. Además de Zanetto, encarnó a Lorenzaccio, al protagonista de L’Aiglon y, de manera célebre, a Hamlet. En 1899 representó al príncipe danés en una adaptación francesa y poco después participó en una filmación de la escena del duelo. Aunque no fue la primera mujer que interpretó a Hamlet, su fama internacional concedió a aquel reparto una repercusión desconocida hasta entonces.

Estos papeles suscitaron discusiones sobre la edad y el sexo del intérprete. Bernhardt argumentaba que determinados personajes requerían una sensibilidad especial y una voz que no dependían del género de quien los interpretase. De este modo, el reparto no convencional se convirtió en una seña de identidad artística: era ella, y no la tradición ni la opinión de los críticos, quien decidía qué personajes podía representar.

Su independencia también se manifestó en la gestión de los teatros. Entre 1893 y 1899 dirigió el Théâtre de la Renaissance, donde supervisó repertorios, vestuario, escenografías y cuestiones empresariales mientras continuaba actuando. Allí estrenó Gismonda, de Victorien Sardou, La Princesse lointaine, de Edmond Rostand, y llevó a escena Lorenzaccio, de Alfred de Musset.

En 1899 asumió la dirección del Théâtre des Nations, que pasó a llamarse Théâtre Sarah-Bernhardt. Que una mujer dirigiera una institución teatral asociada además a su propio nombre suponía algo más que una operación publicitaria. Bernhardt se convirtió en responsable de todas las decisiones de una empresa cultural importante, en una época en la que la dirección de los teatros permanecía casi por completo en manos masculinas.

Esto no significa que todos sus proyectos fueran rentables. Sus producciones requerían inversiones de un alto coste, algunas obras provocaron pérdidas y las giras internacionales servían en ocasiones para recuperar el capital empleado. Su trayectoria empresarial estuvo acompañada por deudas, litigios y conflictos contractuales, asumió los mismos riesgos que cualquier empresario teatral, en lugar de limitarse a prestar su nombre a decisiones tomadas por otros.

Bernhardt comprendió además que la fama moderna exigía una imagen reconocible. Desde los primeros años de su carrera había trabajado con fotógrafos como Nadar, sus retratos no eran un simple reflejo real de la artista: la ropa, la pose y la luz reforzaban su condición de figura artística. Más adelante, las fotografías realizadas por Napoleon Sarony y otros autores acompañaron sus giras y permitieron que su imagen circulara por distintos países.

La colaboración con Alphonse Mucha, iniciada en 1894 a raíz del cartel de Gismonda, llevó esta construcción visual a una nueva escala. Las figuras alargadas típicas del Art Nouveau, los ornamentos y las composiciones verticales de Mucha proporcionaron a Bernhardt una identidad gráfica que podía reconocerse de inmediato. La actriz entendió que la publicidad era una prolongación de la representación y del trabajo escénico. El cartel, la fotografía, la entrevista y el objeto promocional extendían su presencia más allá del escenario y contribuían a mantener la expectación entre una gira y la siguiente.

Su fama no fue, por tanto, el resultado espontáneo de su talento. Bernhardt fue una gran actriz, pero también una administradora muy consciente de su rostro y de su nombre, así como de las historias que circulaban sobre ella. Incluso de algunas de las anécdotas más extravagantes, como la afirmación de que dormía en un ataúd, pero deben entenderse dentro de esa estrategia de publicidad. Existen fotografías en las que aparece recostada en uno y ella misma colaboró en la difusión de la historia.

Después de la tempestad, 1880

Bernhardt no solo se dedicó al teatro, estudió escultura, expuso obras en el Salón de París y recibió encargos. Entre las piezas conservadas se encuentra el retrato funerario en mármol de su marido, Jacques Damala, realizado hacia 1889. Durante mucho tiempo esta faceta fue tratada como la afición de una celebridad, pero la continuidad de su trabajo, su participación en exposiciones y el número de obras realizadas indican que formó parte de su trayectoria artística. También escribió piezas teatrales, relatos y memorias, aunque su nombre haya quedado ligado principalmente al escenario.

La muerte de Ofelia, 1880

En 1882 se había casado con Aristides Damala, un actor griego conocido como Jacques Damala. El matrimonio fue muy breve y conflictivo, aunque nunca llegaron a divorciarse. Damala padeció una adicción a la morfina y murió en 1889. La relación ha dado lugar a numerosos relatos sensacionalistas, algunos de los cuales resultan difíciles de comprobar. Como ocurre con otros episodios de su vida privada, conviene distinguir entre la documentación disponible y el repertorio de historias con el que la prensa alimentó su fama.

También se le atribuyeron relaciones con varios aristócratas, artistas y políticos. Algunas están documentadas, mientras que otras proceden de rumores. Su posible relación sentimental con la pintora Louise Abbéma ha sido objeto de interpretaciones posteriores, aunque las fuentes no permiten determinar con certeza su veracidad. La prensa explotó sus amantes, su matrimonio fallido, sus gastos, su vestuario y cualquier conducta que pudiera presentarse como una desviación del modelo femenino predominante de la época.

Su intervención en el caso Dreyfus mostró que estaba dispuesta a asumir también riesgos políticos. Bernhardt apoyó la revisión de la condena de Alfred Dreyfus, el capitán francés acusado falsamente de traición en medio de una campaña marcada por el antisemitismo. Su posición la enfrentó a sectores nacionalistas y a parte de la prensa, durante algún tiempo, a su propio hijo Maurice. Al defender a Dreyfus se exponía a perder popularidad y a reavivar los ataques contra su ascendencia judía, por lo que no puede considerarse un gesto sin consecuencias.

También apoyó algunas reivindicaciones relacionadas con las mujeres y encarnó, mediante su propia trayectoria, una independencia profesional poco habitual. No obstante, resultaría anacrónico presentarla como una feminista en el sentido contemporáneo. Su importancia histórica reside en haber ejercido un control excepcional sobre su trabajo, sus ingresos y su imagen, mientras desafiaba mediante los hechos muchas de las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo.

Bernhardt supo además adaptarse a los cambios técnicos que transformaron el espectáculo a comienzos del siglo XX. Participó en Le Duel d’Hamlet, filmado hacia 1900, y más adelante intervino en películas como La Dame aux camélias y La Reine Élisabeth. Esta última, estrenada en 1912, circuló internacionalmente y permitió que una nueva generación de espectadores conociera su trabajo a través de la pantalla.

El cine mudo no podía conservar uno de sus recursos fundamentales, puesto que eliminaba la voz que había fascinado a sus contemporáneos. Sus movimientos, concebidos para la distancia del escenario, podían además resultar enfáticos ante una cámara. Sin embargo, su participación en aquellas producciones demuestra que no se aferró exclusivamente al teatro ni rechazó un medio que todavía se encontraba en formación. Como había hecho con la fotografía y el cartel, trató de adaptar su presencia a una tecnología capaz de llevar su imagen mucho más lejos.

En febrero de 1915, después de años de problemas en la rodilla derecha, le amputaron la pierna. La intervención fue consecuencia del deterioro acumulado de la articulación, agravado por lesiones y por las exigencias físicas de su trabajo, y no de una sola caída, como se ha repetido en algunas versiones. Tenía setenta años, pero la amputación no puso fin a su carrera. Adaptó las puestas en escena para actuar sentada o apoyada, continuó apareciendo en público y participó en actuaciones destinadas a los soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial.

En 1914 había sido nombrada caballera de la Legión de Honor y más adelante fue ascendida al grado de oficial. En este reconocimiento influyeron tanto su carrera como su actividad durante las guerras de 1870 y 1914. La actriz asociada durante décadas con el escándalo, el exceso y la provocación terminó convertida en una figura representativa de la cultura francesa.

Sarah Bernhardt murió en París el 26 de marzo de 1923. Su funeral congregó a una multitud y confirmó que su nombre había dejado de pertenecer únicamente a la historia del teatro. Fue enterrada en el cementerio del Père-Lachaise después de una carrera que se había prolongado durante seis décadas y que se desarrolló durante el Segundo Imperio, la Tercera República, el nacimiento de la cultura de masas y la aparición del cine.

20/07/2026 0 comments
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AgendaArte

Rubens en el Thyssen: lo que escondía Venus y Cupido

by Valeria Cruz 18/06/2026
written by Valeria Cruz

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta hasta el 13 de septiembre de 2026 un montaje especial en la sala 19 de su colección permanente dedicado a la restauración de Venus y Cupido, de Peter Paul Rubens. No es una exposición al uso: es una invitación a mirar por debajo de la pintura.

El proyecto, de año y medio de duración, ha combinado estudios técnicos, análisis de laboratorio e intervención directa sobre la obra. El resultado más visible es la recuperación del equilibrio cromático original, sepultado durante años bajo capas de barniz envejecido que habían virado al amarillo y alterado la percepción de los colores, sobre todo en las zonas más claras del cuadro. Eliminado ese velo, la pintura respira de otro modo.

Lo que reveló la radiografía

El estudio radiográfico confirmó un estado de conservación razonablemente bueno, aunque dejó ver unos desgarros en la zona central que probablemente motivaron un reentelado en algún momento de la historia del cuadro. El lienzo original, una sola pieza, fue recortado en todos sus bordes, seguramente para sanearlos.

Más interesante aún es lo que la radiografía dice sobre el modo de trabajar de Rubens. Las figuras de Venus y Cupido presentan ricas capas de óleo con empastes densos, mientras que el fondo aparece casi inacabado, una diferencia técnica que, lejos de ser un descuido, responde a una decisión consciente. Se distingue además una imprimación de blanco de plomo aplicada exclusivamente sobre las zonas de las figuras, con el propósito probable de acentuar la luminosidad y el volumen de las carnaciones frente al fondo oscuro.

La reflectografía infrarroja muestra un dibujo subyacente seguro y definido, lógico si se tiene en cuenta que Venus y Cupido es en realidad una copia de una obra de Tiziano: Rubens partía de un referente claro y no necesitaba tantear. Pero eso no significa que no dudara. Los restauradores han identificado pequeñas modificaciones entre el dibujo inicial y la versión definitiva. La más llamativa afecta a la mirada de Venus en el espejo: en origen, el artista la dirigía hacia el espectador; en la versión final, la desvía hacia su izquierda. También la posición de los pies de Cupido varía ligeramente entre el boceto subyacente y la pintura terminada.

Materiales y técnica

El análisis de laboratorio ha permitido identificar con precisión la estructura de capas del cuadro. Sobre el lienzo, una primera capa de carbonato cálcico; encima, una imprimación gris a base de albayalde, carbonato cálcico y carbón vegetal; después, el óleo. Como barniz, una combinación de colofonia y cera de abejas, propia de un acabado mate.

El marco, francés de estilo Regencia y posterior a la obra, también ha pasado por el taller. Tallado en madera y dorado al agua, alternaba zonas brillantes y mate. Su restauración incluyó limpieza con disolventes, consolidación de grietas con adhesivo vinílico y animal, relleno de pérdidas con estuco artesanal y reintegración cromática con acuarelas y témperas, protegidas finalmente con resina acrílica.

Cómo se presenta

El montaje en sala combina recursos digitales interactivos, imágenes comparativas, detalles ampliados y una proyección audiovisual que guía al visitante por las distintas fases de la intervención. No hace falta ningún conocimiento previo para seguirlo: el recorrido está pensado para que cualquier persona entienda qué se hizo, por qué y qué se encontró por el camino.

18/06/2026 0 comments
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AgendaArte

Ewa Juszkiewicz: el retrato europeo bajo sabotaje

by Uve Magazine 27/05/2026
written by Uve Magazine

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Del 26 de mayo al 6 de septiembre de 2026. Comisario: Guillermo Solana.

Hay un gesto que se repite en casi todos los cuadros de Ewa Juszkiewicz (Gdańsk, Polonia, 1984) y que basta para desorientar al espectador: el rostro ha desaparecido. Donde la tradición del retrato europeo prometía una identidad legible —unos ojos, una boca, una mirada que devolviera la nuestra—, la artista polaca interpone una cascada de cabello, un nudo de telas, un ramo de flores o un racimmo de fruta. El resultado, como ha señalado el propio museo, es a la vez extrañamente divertido, inquietante y sorprendentemente tierno. Juszkiewicz conserva todas las señas del estatus y el refinamiento dieciochesco, pero bloquea precisamente aquello que el retrato debía mostrar.

Ewa Juszkiewicz The Letter (after Adélaïde Labille-Guiard), 2023 Óleo sobre lienzo. 145 x 115 cm. Colección privada. © Ewa Juszkiewicz

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedica a esta artista, dentro del programa vinculado a la Colección Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, su primera exposición monográfica en una institución museística. Comisariada por Guillermo Solana en estrecha colaboración con la propia Juszkiewicz, la muestra reúne más de una veintena de pinturas realizadas entre 2013 y la actualidad —la mayoría de los últimos años— e incluye un conjunto de obras concebidas específicamente para esta cita madrileña. Que su debut individual ocurra en un museo célebre por su colección de retrato no es casual: la propuesta convive con esa tradición a la vez que la pincha desde dentro.

Ewa Juszkiewicz The Harpist (after Thomas Sully), 2023 Óleo sobre lienzo, 260 x 173 cm. Colección privada. © Ewa Juszkiewicz

Una conversación con el pasado

Desde hace más de una década, Juszkiewicz reinterpreta el retrato femenino europeo, en especial el de los siglos XVIII y XIX, mediante la distorsión y la sustitución. Su punto de partida son obras concretas o ecos difusos de la pintura histórica; nombres como Élisabeth Vigée Le Brun o Johann Heinrich Tischbein aparecen citados directa o indirectamente. Sobre esa base aplica una técnica minuciosa, casi reverencial con sus modelos, y a continuación introduce el sabotaje: una paleta más viva y saturada, una sensibilidad heredada del surrealismo y un tratamiento inconfundiblemente contemporáneo.

La pregunta de fondo es por qué el rostro femenino, durante siglos, estuvo tan sometido a normas. En aquellos retratos, no solo la pose, la vestimenta o el entorno reflejaban expectativas sociales: el propio semblante respondía a ideales de belleza marcados por el decoro y la contención. Es esa relación entre belleza y restricción la que se sitúa en el núcleo del trabajo de Juszkiewicz. Al ocultar la cara, desplaza la atención hacia las telas, las flores y las frutas, elementos asociados al bodegón y a la tradición decorativa. Subraya así cómo la mujer fue concebida como sujeto estético dentro del género, al tiempo que otorga nuevo significado a esos objetos. En palabras del comisario durante la presentación, la artista habría clavado en el corazón del retrato la estaca del bodegón.

Ewa Juszkiewicz Gloriosa, 2025 Óleo sobre lienzo, 200 x 160 cm. Colección privada. © Ewa Juszkiewicz

Entre lo humano y lo no humano

El efecto de estas intervenciones va más allá de la denuncia. Privadas de rostro, las figuras escapan a cualquier lectura fija y abren cada imagen a múltiples interpretaciones. Situadas en un territorio incierto entre lo humano y lo no humano, las pinturas cuestionan qué puede representar hoy el retrato y qué entendemos por identidad, semejanza o presencia. La artista no destruye el género: lo ensancha hasta redefinir sus límites.

Esa ambición explica la repercusión internacional de una creadora todavía joven. Su obra se ha mostrado en el Brooklyn Museum de Nueva York, el Centre Pompidou-Metz, el Musée d’Art Moderne de París, el Museo Picasso Málaga o el National Museum of China de Pekín, y forma parte de colecciones como las de la Albertina de Viena, el Long Museum de Shanghái o el Museum of Contemporary Art San Diego.

Para el público español, la cita del Thyssen ofrece la oportunidad de descubrir por primera vez, y de un modo amplio, un universo visual que revisita lo antiguo para interrogar lo que damos por sentado: cómo miramos a las mujeres y cómo las hemos representado.

27/05/2026 0 comments
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ArtePersonajes

Peder Mørk Mønsted, el paisajista paciente

by Emain Juliana 12/05/2026
written by Emain Juliana

Hay pintores que parecen haber elegido la paciencia como método. Peder Mørk Mønsted (Dinamarca, 1859 – Fredensborg, 1941) fue uno de ellos. Paisajista danés de finales del XIX y comienzos del XX, su nombre no se menciona con la frecuencia que merecería fuera de los círculos especializados, pese a ser uno de los grandes pintores del paisaje nórdico. Suele encuadrárselo en el realismo y el naturalismo, aunque esas etiquetas dicen poco de un pintor que se propuso llevar la naturaleza al lienzo con una fidelidad minuciosa, casi obsesiva.

Peder Mønsted. Sunset over a forest lake

Su formación explica buena parte de la solidez técnica posterior. Estudió en Aarhus y después en la Academia de Copenhague entre 1875 y 1879, con maestros como Julius Exner y Niels Simonsen. Pasó también por el entorno de Peder Severin Krøyer y, durante el invierno de 1882-1883, trabajó en París con William-Adolphe Bouguereau. De esa mezcla de tradición danesa, disciplina académica y contacto con otros centros europeos procede la exactitud con la que coloca una rama, un reflejo o una sombra sobre la nieve sin que el resultado se enfríe.

Viajó mucho —Italia, Francia, Suiza, Noruega, Grecia, Argelia o Egipto figuran entre sus destinos—, pero sus cuadros más reconocibles siguen anclados en Escandinavia. Caminos rurales, bosques densos, riachuelos, lagos, campos abiertos y escenas nevadas componen su repertorio. El agua nunca cumple una función decorativa: organiza la composición, duplica los árboles, introduce profundidad y permite que la luz recorra la escena, con una claridad que recuerda a ciertos maestros holandeses.

Algunas veces se ha hablado de una cualidad casi fotográfica en su trabajo, pero conviene matizarlo. Mønsted no imita a una cámara fotográfica: construye la escena desde una lógica pictórica, calculando caminos, troncos, orillas y líneas de sombra para que el ojo avance muy despacio hacia el fondo. El detalle existe, pero siempre está subordinado a una estructura.

Peder Mørk Mønsted. Wood in snow

El tratamiento de la nieve es probablemente uno de los aspectos más primorosos de su pintura. El blanco rara vez aparece de manera uniforme: hay blancos fríos, zonas azuladas, sombras grises, reflejos amarillentos donde toca el sol, capas más densas junto a los caminos y superficies más limpias en los claros. Sus paisajes invernales tienen una quietud marcada, pero no resultan rígidos; conservan el aire de una mañana reciente, con huellas, árboles desnudos y una luz baja que da la sensación de tiempo suspendido. La nieve le sirve además para simplificar la escena, cubre parte del terreno, reduce el ruido visual y permite que troncos, casas, cercas o senderos adquieran más peso.

Sus bosques no son espacios amenazantes. Hay densidad, sombra y profundidad, pero también una voluntad de claridad. Le interesa cómo la luz penetra en la masa vegetal, cómo atraviesa las ramas y hojas, cómo toca el suelo o se rompe sobre el agua. Sus árboles tienen peso, edad, dirección, textura. Cuando aparecen figuras humanas, quedan integradas en el entorno: no dominan la naturaleza, cohabitan de forma discreta. De ahí esa sensación de mundo amplio, anterior y posterior a la presencia humana, que recorre toda su obra.

Peder Mørk Mønsted. Skovparti med åløb 1923

En vida tuvo reconocimiento y sus cuadros fueron apreciados por coleccionistas europeos, ingleses y estadounidenses. Muchos permanecen hoy en colecciones privadas, aunque también hay ejemplos en instituciones como el Dahesh Museum de Nueva York. Su pintura ha recuperado interés dentro del redescubrimiento reciente de la pintura escandinava.

Mønsted pintó bosques, costas, ríos y campos como quien sabe que la naturaleza habla por sí sola. Evita el efectismo, y quizá ahí esté buena parte de su fuerza: en esa forma de convertir un sendero, una corriente de agua o una mañana de invierno en una escena que sigue viva mucho después de haber sido pintada.

Peder Mønsted. Vinterlandskap

BIBLIOGRAFÍA

Dahesh Museum of Art. «Spotlight on January–February 2017: Peder Mønsted».

Christie’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Bordighera, Liguria.

Sotheby’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Winter.

Sotheby’s. Ficha de lote de Peder Mørk Mønsted, Charlottenlund Forest.

Galerie Paffrath. «Peder Mønsted».

MacConnal-Mason Gallery. «Peder Mørk Mønsted».

DailyArt Magazine. «Life and Work of Peder Mørk Mønsted».

MutualArt. Fichas de obras y resultados de subasta de Peder Mørk Mønsted.

Artnet. Perfil de artista y registros de mercado de Peder Mørk Mønsted.

12/05/2026 0 comments
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AgendaArte

Carmen Laffón: la materia silenciosa de una vida

by Uve Magazine 04/05/2026
written by Uve Magazine

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedicará, del 23 de junio al 27 de septiembre de 2026, una gran exposición a Carmen Laffón, una de las creadoras españolas más singulares de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Bajo el título Carmen Laffón. Variaciones, la muestra, comisariada por Paula Luengo, reúne 78 obras entre óleos, carboncillos y esculturas, y propone un recorrido por los temas que acompañaron a la artista durante más de sesenta años de trabajo. No se plantea como una revisión lineal de su trayectoria, sino como una manera de entrar en su mundo a través de aquello que volvió una y otra vez a sus manos: una muñeca, una cuna, un cesto, un armario, una azotea, el perfil de Sanlúcar, el Coto de Doñana, la viña, la cal o las salinas.

La exposición se organiza en nueve secciones dedicadas a sus motivos más frecuentes. El recorrido comienza con la muñeca Marcelina y las cunas, dos temas vinculados a la infancia, pero tratados desde una sensibilidad que no idealiza la niñez. En las Marcelinas de los años sesenta aparece una atmósfera cercana al realismo mágico, mientras que las cunas de los años noventa, de mayor formato, introducen una idea de fragilidad que recorre buena parte de su obra. Después llegan los bodegones, donde Laffón trabaja con objetos modestos y ensaya formatos, técnicas y maneras de ordenar el espacio. Sus mesas, a menudo divididas entre la superficie superior y la caída del mantel, muestran un equilibrio muy medido entre detalle y disolución, como si el objeto quisiera afirmarse y desaparecer al mismo tiempo.

Los interiores domésticos ocupan otro lugar fundamental. Canastas, costureros y máquinas de coser hablan de una esfera íntima, ligada al trabajo manual y a la vida cotidiana, pero también permiten entender cómo la artista fue modificando su relación con las cosas. Lo que al principio formaba parte de una composición más amplia termina ocupando el centro de la obra, ampliado, aislado, convertido en presencia principal. Algo parecido sucede con los armarios, uno de sus proyectos más prolongados, desarrollado entre 1973 y 2018. A partir de una pequeña alacena, Laffón realiza versiones en pintura y, desde 1995, también en bronce, hasta convertir ese mueble en una estructura casi flotante, cada vez más alejada del realismo inicial.

El paisaje aparece unido a Sevilla y, sobre todo, a Sanlúcar de Barrameda. En sus vistas urbanas de los años sesenta y setenta, las azoteas y los perfiles de ciudad van dejando paso al cielo y a la línea horizontal, una composición que anticipa sus obras sobre el Coto de Doñana. Desde finales de los setenta, el Coto visto desde Sanlúcar se convierte en uno de sus motivos más personales. Laffón lo pinta en distintas horas, estaciones y condiciones atmosféricas, con una atención muy precisa a la luz de la desembocadura del Guadalquivir. En las versiones tardías, realizadas entre 2011 y 2014, ese paisaje se acerca a la abstracción sin abandonar del todo su origen.

La etapa final de la exposición se centra en series de gran formato como La cal, La sal y La viña. En ellas, la artista se fija en materiales y trabajos humildes: los utensilios de los encaladores, las montañas blancas de las salinas de Bonanza, los cestos cargados de uvas de la viña que rodeaba su estudio. Laffón elimina casi siempre la figura humana, pero deja sus huellas en los objetos, en las herramientas, en las materias trabajadas. Esa ausencia da a las obras una intensidad particular, porque todo parece detenido después de haber sido usado, tocado o cuidado.

Carmen Laffón. Variaciones será la primera gran exposición dedicada a la artista desde su muerte. Su interés no está únicamente en reunir obras de distintas épocas, sino en mostrar cómo una creadora puede construir un lenguaje propio insistiendo en unos pocos motivos hasta agotarlos, transformarlos y devolverlos al espectador con otra densidad. En Laffón, la repetición nunca es costumbre: es una forma de conocimiento.

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AgendaArteEventos

Banksy: la imagen como forma de protesta

by Emain Juliana 27/04/2026
written by Emain Juliana

Pocos artistas contemporáneos han logrado una presencia tan mediática como Banksy sin renunciar al anonimato. Sus imágenes circulan por museos, subastas, libros, camisetas y redes sociales, pero muchas de ellas nacieron en la calle, sobre paredes que nadie imaginaba que serían contempladas como una obra de arte. Banksy no inventó el arte urbano ni el estarcido, pero entiende muy bien cómo funciona una imagen en la calle. Sus obras no dependen de una gran complejidad técnica, sino de una combinación bastante precisa entre sencillez, ironía y contexto. 

El estarcido ha sido clave en su forma de trabajar. La plantilla le permite actuar deprisa, repetir una imagen y mantener una línea clara en la calle, donde no hay tiempo ni las condiciones de un taller. Esa rapidez define su estilo.  

Sus temas son igualmente reconocibles. Banksy ha trabajado sobre la guerra, la vigilancia, el abuso de poder, el consumo, la desigualdad, la infancia o la migración, casi siempre a través de escenas de apariencia sencilla y de un humor que rara vez es inocente. A veces la obra parece amable en el primer vistazo, pero ese efecto dura muy poco. Enseguida se percibe algo que no encaja del todo: un soldado que está donde no debe, una cámara que vigila demasiado, una niña situada en una escena que crea confusión, una rata que parece entender la ciudad mejor que sus propios habitantes.

Durante décadas, su identidad fue una incógnita y formó parte de la curiosidad que rodeaba su obra, pero en marzo de 2026, una investigación de Reuters desveló a Robin Gunningham, como posible identidad de Banksy; según ese trabajo, Gunningham habría adoptado después el nombre de David Jones, aunque el artista no ha confirmado públicamente esa noticia. 

Banksy ha criticado muchas veces la conversión del arte en mercancía, pero sus piezas se venden por cifras estratosféricas y algunas de sus intervenciones urbanas se protegen o se convierten en objeto de especulación. El caso más famoso ocurrió en 2018, cuando una versión de Girl with Balloon se autodestruyó parcialmente justo después de ser adjudicada en Sotheby’s. La acción parecía una crítica al sistema de subastas, aunque terminó aumentando todavía más la fama de la obra.

Banksy critica el sistema del arte y, al mismo tiempo, forma parte de él. Sus imágenes permiten discutir quién decide el valor de una pieza, por qué unas pintadas se borran y otras se conservan, qué diferencia hay entre una pared ocupada por publicidad y una pared ocupada por una imagen crítica, o qué ocurre cuando una obra creada para la calle acaba siendo tratada como un objeto de colección. 

El Museo Banksy de Madrid parte precisamente de esa idea: reunir una parte amplia de su trabajo para que el visitante pueda ver obras que, en conjunto, crean una visión mucho mas precisa de toda su envergadura como artista.

Situado en el Paseo de la Esperanza 1, en Arganzuela, el museo reúne más de 170 piezas, incluidas reproducciones a tamaño real de algunos de sus murales más conocidos. La visita permite acercarse a imágenes como La chica del globo rojo o Banksy’s Rage, el lanzador de flores, pero también a otras piezas con diferentes temáticas como la guerra, el consumo, la vigilancia, la infancia, la migración o el uso político de la imagen. No es necesario conocer previamente la historia del arte urbano para entrar en la exposición, porque el propio recorrido va mostrando cómo trabaja Banksy.

Además de la exposición, el Museo Banksy de Madrid ofrece visitas guiadas en varios idiomas y un taller de serigrafía al estilo Banksy durante los fines de semana. La propuesta resulta interesante porque acerca al público a una de las técnicas que mejor explican la difusión de su obra: una imagen reproducible, clara y pensada para circular. En ese sentido, el museo no solo funciona como una recopilación de piezas conocidas, sino como una forma de entender por qué Banksy pasó de las paredes de la ciudad a ocupar un lugar central en la cultura visual de las últimas décadas.

Museo Banksy Madrid

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AgendaArte

Flandes en el Thyssen

by Uve Magazine 22/04/2026
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Hay tradiciones artísticas que, aun cuando cambian de siglo, de técnica y de sensibilidad, conservan una manera reconocible de interrogar el mundo. Eso es, en buena medida, lo que propone In situ / Ex situ II, el nuevo curso del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza organizado con la colaboración de VISITFLANDERS, que se celebrará del 23 de abril al 20 de junio de 2026 en formato híbrido. Si la primera edición se detenía en los grandes nombres de la pintura flamenca entre los siglos XV y XVII, esta segunda parte avanza hacia un territorio distinto, más cercano y a la vez más inestable, para seguir la evolución de esa tradición desde finales del siglo XIX hasta el presente.

La propuesta no se limita a encadenar autores de prestigio, plantea una línea de continuidad entre épocas muy distintas a partir de varias cuestiones de fondo como la mirada, la materialidad de la pintura y la relación de la obra con su entorno. No se trata solo de estudiar a Rysselberghe, Ensor, Magritte o Delvaux como artistas aislados, más bien es una reflexión sobre la manera en que el arte flamenco fue reformulando sus imágenes, tensiones y hasta su idea misma de realidad al entrar en la modernidad y, más tarde, en el arte contemporáneo.

El recorrido arranca con Théo van Rysselberghe, figura decisiva para comprender la recepción del neoimpresionismo en Bélgica y uno de los fundadores de Les Vingt, aquella sociedad artística que sirvió de plataforma para buena parte del arte moderno en su contexto. Después llegará James Ensor, cuyo universo de máscaras, deformaciones y gestos grotescos sigue conservando una potencia poco domesticable, como si su pintura hubiese entendido muy pronto que lo inquietante no pertenece solo al sueño o a la fantasía, sino también a la vida social y a sus ceremonias. Más adelante, el curso se detendrá en Felix de Boeck y Victor Servranckx para abordar la deriva hacia la abstracción en una Flandes atravesada por las fracturas de la guerra y por la necesidad de inventar nuevas formas para un tiempo nuevo.

Uno de los núcleos más sugerentes del programa será, sin duda, el dedicado a René Magritte y Paul Delvaux. No porque el surrealismo necesite presentación, sino porque en el ámbito flamenco adquirió un espesor particular, menos entregado al automatismo que a una forma calculada de extrañeza. En Magritte, la imagen piensa; en Delvaux, el sueño se vuelve escenario detenido, casi litúrgico, y produce una inquietud que no depende del sobresalto, sino de la precisión con que lo irreal ocupa el mundo visible. Que el curso pase por ellos tiene sentido: si algo demuestra la pintura flamenca del siglo XX es su capacidad para volver extraño lo cotidiano sin romper del todo con la tradición de la figuración.

El cierre estará dedicado al arte flamenco del siglo XXI y a su posición dentro del circuito internacional, con nombres como Luc Tuymans o Ann Veronica Janssens y con atención también al peso de sus museos, galerías y grandes citas como la feria de Bruselas. Es un final coherente, porque permite entender Flandes no solo como una herencia histórica, sino como un espacio todavía fértil para la experimentación, donde la pintura, la instalación y las nuevas formas de percepción siguen reformulando preguntas antiguas sobre la imagen, el cuerpo y la experiencia. Más que un simple curso panorámico, In situ / Ex situ II parece plantearse como una invitación a leer la continuidad de una tradición sin reducirla a museo, escuela o repertorio, y a comprobar que ciertas obsesiones visuales no desaparecen: cambian de forma, se afinan, se vuelven más ambiguas y regresan.

El curso In situ / Ex situ II se celebrará del 23 de abril al 20 de junio de 2026, en formato híbrido, con sesiones online y presenciales. La parte presencial tendrá lugar en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, situado en el Paseo del Prado, 8, 28014 Madrid.

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Arte

¿Cómo empezar una pequeña colección de arte?

by Emain Juliana 16/04/2026
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Hay una idea que conviene desmontar desde el principio, porque suele espantar a quien siente curiosidad por el arte pero todavía no se atreve a comprar: una colección no comienza cuando uno adquiere varias piezas caras, comienza cuando uno empieza a distinguir entre una imagen que le gusta, una reproducción bien hecha y una obra que, además de interesarle visualmente, tiene una lógica e interés material detrás. En ese tramo inicial, que suele transcurrir sobre soporte de papel, uno puede moverse entre reproducciones, fotografía, grabados, litografías, pequeñas acuarelas y obra menor de artistas emergentes. Lo importante es entender que una reproducción decorativa y una edición limitada no son lo mismo. Una estampa original nace de un proceso de transferencia y de una edición, mientras que tiendas de museo como la del Thyssen venden, pósteres, láminas y reproducciones Fine Art pensadas para decoración, pero no deben confundirse con obra gráfica original.

Si nos gusta la ilustración o la serigrafía merece la pena echar un vistazo en tiendas como La Postalera, que trabajan con láminas de artistas, hay otros espacios especializados de un perfil parecido que permiten acercarse a piezas asequibles de ediciones cuidadas: El Moderno Gallery reúne impresiones giclée y ediciones limitadas, Los Artistas del Barrio cuenta con una sección amplia de láminas de distintos creadores. Este tipo de proyectos puede ser una muy buena puerta de entrada para quien quiere empezar a comprar obra con cierta identidad y con información más clara sobre artista, formato y soporte.

Una reproducción adquirida en una tienda puede servir para empezar, aprender qué nos gusta, que tipo de arte nos dice algo, los formatos que preferimos o los que mejor pueden quedar en nuestras paredes y también para decidir si lo que de verdad nos interesa es la pintura, la fotografía, el grabado o otro tipo de arte. El problema aparece cuando se quiere saltar demasiado deprisa de la afinidad estética al supuesto hallazgo coleccionable. Hay ediciones fotográficas muy asequibles y muy bien planteadas, por ejemplo; como las Magnum Editions, que se ofrecen como impresiones pigmentarias de archivo en ediciones limitadas de 100 ejemplares, y ahí ya entramos en otro terreno, porque no estamos ante una simple lámina, estamos ante una pieza con una tirada definida y una formulación comercial mucho más precisa. Empezar por ahí puede tener bastante sentido si a uno le atrae la fotografía, pero solo cuando sabe qué está comprando y no confunde una edición seria con cualquier imagen impresa en buen papel.

Para quien quiera dar el paso desde la reproducción hacia una pequeña colección propiamente dicha, las pequeñas galerías siguen siendo uno de los mejores lugares de aprendizaje, porque permiten ver la pieza in situ, se puede obtener información sobre la obra, preguntar dudas, comparar con otras piezas, hablar de la edición, la tirada y salir con algo más que un recibo. No hace falta entrar en una gran galería internacional ni pensar en cifras estratosféricas. En España, una feria como ESTAMPA se presenta precisamente como un espacio dedicado al coleccionismo y a la curaduría, y su programa COLECCIONA insiste en informar y normalizar la figura del coleccionista, cosa que resulta muy útil porque coleccionar no es una extravagancia de la élite, hay precios y arte para todos los bolsillos, además, desde el punto de vista práctico, la compra en galería permite pedir lo que cualquier comprador prudente debería pedir: ficha técnica, estado de conservación, certificado si existe, y documentación complementaria. Artsy recomienda precisamente solicitar condition reports, certificados de autenticidad y otros documentos de apoyo, además de preguntar por el cuidado futuro de la obra.

También hay muchos creadores que venden su arte sin intermediarios, si tenemos en cuenta la trayectoria artística, hacemos cierto seguimiento, nos gusta su obra, y sabemos de antemano que documentos de autenticidad debemos pedir sobre cada obra, es una muy buena opción, al fin y al cabo, nadie va a proporcionar tanta  información sobre la obra a nivel artístico y documental, que el propio creador.

Las plataformas de subasta online, entre ellas Catawiki, son muy buenas como herramienta de rastreo y acceso a piezas pequeñas, pero conviene tratarlas con cautela. La propia plataforma exige a los vendedores prueba verificable de autenticidad y procedencia, y considera válidos, entre otros documentos, los certificados del artista, los certificados emitidos por una galería reconocida, las facturas de compra, las referencias a catálogos o los propios archivos de artista y la documentación de procedencia. Sobre el papel, eso parece estupendo. El problema es que la existencia de una norma no equivale a una garantía: una investigación difundida en Países Bajos en 2025 recogió algunas quejas por falsificaciones, eso evidentemente no es la norma y  no obliga a descartar la plataforma, pero sí a ser cautelosos, leer las fichas con frialdad, pedir imágenes de detalle y prestar mucha atención a la información proporcionada.

Los rastros, los mercadillos y las ferias de antigüedades merecen un apartado aparte, porque pueden ser una escuela magnífica o una fábrica de errores monumentales. Allí sí aparecen, de vez en cuando, estampas antiguas, fotografías interesantes, acuarelas menores, dibujos académicos, pruebas de taller y piezas que no están fuera del alcance de un comprador modesto. Si nadie sabe decirnos qué técnica es, si una litografía se presenta como si fuera un grabado, si una reproducción se vende como “obra antigua” sin más datos, o si la atribución depende únicamente de una firma, lo prudente si el precio es elevado es retirarse. Antes de comprar nada debemos fijarnos en la técnica, el soporte, los   márgenes, el estado de la obra, el reverso, los sellos, anotaciones y procedencia, que  cuentan tanto como la imagen en si misma. Christie’s y la IFPDA insisten, de hecho, en que el papel, la edición y las marcas materiales forman parte de la autenticidad de una estampa y son un detalle importante para especialistas.

Hay varias señales que conviene aprender pronto, porque ayudan mucho a separar una pieza original de una compra dudosa. La numeración en fracción, por ejemplo 12/50, indica el número concreto del ejemplar y el total de la edición numerada; la IFPDA recuerda además que esa cifra no incluye las pruebas. Las siglas A.P. o E.A. remiten a pruebas de artista, mientras que B.A.T., bon à tirer, designa la prueba final aprobada por el artista como modelo para la tirada. También son útiles los blindstamps o chops, que pueden identificar al impresor o al editor, y las marcas de agua del papel, que a veces permiten reconocer la fábrica, el tipo de papel e incluso orientar la datación. En las técnicas calcográficas, la huella de la plancha, el plate mark, puede ser otra pista material valiosa. Al mismo tiempo, es importante señalar que no todas las estampas van firmadas a mano, hay obras auténticas firmadas directamente en plancha, estampilladas o incluso inicialadas. Dicho de otra manera, una marca aislada no autentifica nada por sí sola, pero varias marcas que mantengan cierta coherencia entre sí pueden decirnos bastante sobre la obra.

Con los certificados ocurre algo parecido. Mucha gente los trata como si fueran una prueba definitiva, cuando en realidad son solo una pieza más del expediente. Durante años se consideraron la prueba mas fidedigna en autentificación de una obra, hoy día han empezado a ponerse en cuestión y aunque pueden validarse como registro histórico de ventas y vínculo con el artista, ya no se leen de forma aislada. Por eso la factura importa tanto: es la prueba básica de compra y debe conservarse siempre. Si además existen cartas de experto, referencias a un catálogo, historial de exposición, etiquetas de galería o cualquier rastro de procedencia, mejor todavía. Getty, al definir la historia de propiedad de una obra, incluye precisamente el paso de un dueño a otro, las ventas públicas, los marchantes que la manejaron y las marcas o etiquetas físicas asociadas a ese recorrido. Quien empieza una colección pequeña no necesita convertirse en detective, pero sí en alguien que guarda papeles y no compra piezas sin cierta información.

Una vez que hemos adquirido nuestra obra hay otro aspecto importante que hay que tener en cuenta, y es la conservación. La Library of Congress advierte que la luz produce daños permanentes e irreversibles, y que ese daño es acumulativo, de modo que una iluminación tenue durante mucho tiempo puede afectar tanto como una exposición intensa durante menos tiempo. Por eso, en el caso de obras valiosas sobre papel, ni siquiera recomienda la exhibición permanente y sugiere, para exposiciones largas, enmarcar una buena reproducción y conservar el original en mejores condiciones. Cuando se enmarca un original, el marco pasa a formar parte de la conservación: los materiales en contacto con la obra deben ser químicamente estables, la pieza no debe tocar el cristal y el acristalamiento debería filtrar la radiación ultravioleta. Para fotografías y papeles, se recomienda un entorno relativamente seco, fresco y estable, en torno al 30–50 % de humedad relativa, lejos de áticos, sótanos, radiadores, muros exteriores y zonas de condensación.

Para finalizar, una costumbre útil es crear una catalogación personal. Una colección pequeña empieza a parecer una colección cuando uno sabe qué tiene, dónde lo compró, cuánto pagó, qué técnica es, qué medidas tiene la hoja y la imagen, si está firmada, qué número de edición lleva, qué marcas aparecen en el reverso y qué documentos la acompañan, demás del estado en que hemos adquirido la obra, eso significa abrir una ficha, aunque sea pequeña, para cada pieza, guardar la factura, fotografiar anverso y reverso, anotar defectos visibles y no separar nunca la obra de su documentación. Coleccionar bien, incluso cuando se colecciona poco, tiene que ver con aprender a conservar la historia de la pieza.

Comprar arte es una manera estupenda de llevar a casa algo que hace más bella e interesante la vida cotidiana. Una pieza bien elegida puede cambiar nuestro estado de ánimo o dar carácter a nuestras paredes. Además, hay algo especialmente satisfactorio en saber que esa elección responde a nuestro propio gusto e identidad. Empezar una pequeña colección, aunque sea poco a poco, puede dar muchas alegrías y hacer que la relación con el arte deje de ser lejana para volverse diaria y cercana.

Bibliografía

Artsy, “What You Need to Know About Buying Your First Artwork”.
Artsy, “Certificates of Authenticity, Explained”.
Catawiki, “Post-War, Contemporary Art & Prints Submission Guidelines”.
Christie’s, “Collecting Guide: Key Things to Know About Prints and Multiples”.
Getty, Categories for the Description of Works of Art.
Library of Congress, “Care, Handling and Storage of Works on Paper”.
Library of Congress, “Limiting Light Damage”.
Library of Congress, “Preservation Guidelines for Matting and Framing”.
IFPDA, Glossary of Terms and Techniques.
Magnum Photos Store, “Magnum Editions”.
La Postalera, “Láminas”.
El Moderno Gallery, “Impresión Giclée Edición Limitada”.
Los Artistas del Barrio, “Láminas”.
Catawiki, “Art Guidelines”.

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ArteLiteratura

Artemisa: la diosa de la Luna reclama su trono

by Verónica García-Peña 11/04/2026
written by Verónica García-Peña

La cazadora del arco de plata que hoy da nombre al regreso de la humanidad al espacio

Más de medio siglo después de que Apolo abandonara la superficie lunar, su hermana gemela reclama el trono. La NASA ha bautizado su misión más ambiciosa como Artemis II (Artemisa en castellano), rescatando del sitial de los mitos a la cazadora del arco de plata. Pero, ¿quién es esta deidad que hoy da nombre a una gesta que nos permitirá ver, por primera vez en la historia, el lado oculto de la Luna?

Artemisa es, en la mitología griega, la personificación de la Luna y la dueña absoluta de todo lo que permanece salvaje. Hija de Zeus y Leto, el rasgo que mejor la define es la autonomía. Su madre no era una deidad menor, sino una Titánide, una de las figuras de la generación anterior a los dioses del Olimpo que, para su desgracia, conoció muy de cerca el peso del castigo divino. Su historia es la de una madre que tuvo que vagar por medio mundo perseguida y sin encontrar un lugar donde cobijarse para dar a luz. La razón era el odio que Hera, la esposa de Zeus, le tenía por su embarazo. Tanto es así que lanzó una maldición prohibiendo a cualquier tierra firme u hogar bajo el sol que acogiera a Leto para que esta pudiera parir. Al final, Leto encontró refugio en la errante isla de Delos, un trozo de roca flotante que, al no estar anclado al fondo marino, técnicamente no incumplía el castigo de la reina de los dioses.

En ese mundo del Olimpo donde el destino de las mujeres solía ser la sumisión, el matrimonio forzoso o la violencia directa —disfrazada a menudo de romance en muchos textos clásicos—, Artemisa nació aprendiendo que el control sobre su propia existencia era su mejor escudo. Por eso pidió a su padre el don de la soltería eterna y la libertad para vivir fuera del Olimpo, armada con un arco y un carcaj de flechas, lejos de las estructuras que convertían a otras como ella en constantes objetos de deseo o moneda de cambio. El poeta Calímaco, en su Himno a Artemisa, relata que siendo apenas una niña, sentada en las rodillas de Zeus, ya tenía claro que mantener su independencia (es decir, su virginidad) era la única forma de no pertenecer a nadie.

Esa libertad y firmeza definen también su faceta como diosa de la caza, pues ella rastrea, no se rinde ante lo salvaje y protege su territorio con una ferocidad implacable. Su famoso arco de plata —fabricado específicamente para ella por los Cíclopes, que eran los artesanos de los dioses— tiene una curva que los antiguos identificaban con la luna creciente. Ese arco le servía tanto para abatir presas como para marcar una frontera imposible de traspasar, pues nadie podía cruzar sus dominios sin su permiso.

De hecho, acercarse a Artemisa siempre tuvo un precio y su belleza funcionaba como una advertencia. El mito de Acteón —un célebre héroe y cazador tebano entrenado por el centauro Quirón— es el recordatorio más crudo de ese carácter. Tras ser pillado in fraganti mientras espiaba a la diosa bañándose desnuda en un manantial, fue transformado por Artemisa en un ciervo. Incapaz de hablar, Acteón terminó siendo devorado por su propia jauría de perros, que no lograron reconocer a su amo bajo la piel del animal. Artemisa no perdonaba la invasión de su intimidad porque su libertad no era negociable.

La diosa vivía en las montañas acompañada por un séquito de ninfas que su padre le regaló: sesenta oceánides (hijas de Océano) y veinte ninfas amnisíades (de los ríos de Creta). Según detalla Calímaco, estas últimas eran las encargadas de cuidar de sus sandalias y de sus perros cuando la diosa descansaba. Eran sus compañeras y amigas que, como la propia Artemisa, decidieron que no necesitaban a nadie para ser ellas mismas.

Esta conexión con la naturaleza más pura se extiende a todos sus elementos. En la tradición clásica, Artemisa era la protectora de los manantiales y las fuentes ocultas; se creía que ella custodiaba el agua que daba vida a los bosques bajo el manto de las sombras. Hoy, la ciencia busca en la Luna ese mismo recurso vital que la diosa siempre protegió en la espesura.

Hay, además, un detalle biográfico que la hace, si cabe, todavía más poderosa. Aunque su hermano gemelo Apolo llegara antes a la Luna, con la histórica misión de 1969, ella nació primero. Los relatos clásicos dicen que, nada más nacer, ayudó a su propia madre en el difícil alumbramiento de su hermano. Fue la primera partera, la que permitió que la luz solar existiera, pues Apolo es el dios del Sol. Por eso me resulta justo que ahora sea ella quien abra el camino hacia el futuro. No es un detalle menor que el programa lleve el nombre femenino de la protectora de las mujeres, rompiendo un monopolio masculino histórico que parecía inamovible, además de ser ella la diosa del elemento a investigar.

Ese cohete que durante estos días ha cruzado el cielo nocturno es, en realidad, un reencuentro. Una excusa para volver a mirar hacia arriba con la misma mezcla de respeto y curiosidad que sentían quienes, hace miles de años, levantaban la vista y creían ver en la Luna el arco de una cazadora tenaz.

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