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Beatriz Menéndez Alonso

Beatriz Menéndez Alonso

LiteraturaPersonajes

Marjane Satrapi: la mujer que dibujó las grietas de Irán

by Beatriz Menéndez Alonso 08/06/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

La muerte de Marjane Satrapi deja una sensación extraña, como si una ventana se hubiera cerrado de repente sobre un paisaje que todavía necesitábamos contemplar. Durante más de dos décadas, la autora franco-iraní fue una de las voces más lúcidas para explicar a Occidente las contradicciones, los dolores y las esperanzas de Irán. Lo hizo sin discursos grandilocuentes, sin manifiestos interminables y sin el lenguaje distante de los especialistas.

Lo hizo dibujando.

A veces la historia de un país puede caber en una viñeta.

Murió a los cincuenta y seis años, poco más de un año después del fallecimiento de su esposo, Mattias Ripa. Sus allegados han señalado que nunca llegó a recuperarse de aquella pérdida. Resulta inevitable pensar en la ironía de que una mujer que dedicó buena parte de su obra a combatir el olvido terminara consumida por una ausencia.

Sin embargo, los artistas no desaparecen del todo. Permanecen en aquello que lograron nombrar.

Y ella nombró un mundo entero.

Cuando apareció Persépolis a comienzos de este siglo, muchos lectores occidentales descubrieron por primera vez un Irán distinto al que aparecía en los informativos. No era el Irán abstracto de los ayatolás, los misiles o las negociaciones diplomáticas. Era el de una niña que discutía con sus profesores, escuchaba música prohibida y observaba cómo las paredes de su mundo se estrechaban lentamente alrededor de las mujeres.

Eligió el blanco y negro porque algunas experiencias parecen resistirse al color. Bajo unas viñetas de apariencia sencilla latía la memoria de una generación marcada por la Revolución Islámica de 1979, la guerra entre Irán e Irak y la imposición de una moral convertida en sistema político.

En aquellas páginas, el velo no era solamente una prenda. Era una frontera. Una línea trazada sobre el cuerpo femenino para recordar quién tenía derecho a decidir.

Sin embargo, su legado excede ampliamente los límites de Persépolis.

Si aquella obra relató una infancia atravesada por la revolución y el exilio, Bordados exploró un territorio más íntimo. Alrededor de una mesa de té, varias mujeres compartían recuerdos, secretos y confidencias que rara vez encontraban espacio en los relatos oficiales. Con humor, ironía y una extraordinaria capacidad de observación, la autora reveló un universo femenino complejo y libre, donde la resistencia adoptaba formas discretas y cotidianas.

Más tarde llegaría Pollo con ciruelas, quizá la más melancólica de sus novelas gráficas. A través de la historia del músico Nasser Ali Khan, que decide dejarse morir tras perder su instrumento, construyó una delicada meditación sobre el amor, el arte y la nostalgia; sobre aquello que permanece cuando todo lo demás parece haberse perdido. Aquella obra confirmó que su talento iba mucho más allá de la crónica política. También sabía adentrarse en las tragedias íntimas, en los deseos incumplidos y en las heridas invisibles que acompañan toda existencia.

Nunca escribió desde el resentimiento. Sus libros están llenos de contradicciones, humor y ternura. Amaba profundamente la cultura persa mientras denunciaba a quienes pretendían apropiarse de ella. Criticó al régimen sin dejar de sentirse hija de la tierra que lo había producido. Vivió el exilio como una conquista de libertad, pero también como una forma de desarraigo.

Esa tensión atraviesa toda su obra.

Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud

PERSÉPOLIS

El título de su libro más célebre no fue una elección casual.

Persépolis fue una de las grandes capitales ceremoniales del Imperio aqueménida. Fundada por Darío I alrededor del año 518 antes de nuestra era, simbolizó durante siglos el esplendor de una de las civilizaciones más sofisticadas del mundo antiguo.

En el año 330 antes de Cristo, las tropas de Alejandro Magno incendiaron la ciudad.

Desde entonces, Persépolis quedó convertida en una ruina majestuosa.

Quizá por eso el título elegido posee una fuerza tan poderosa. No hablaba únicamente de una infancia. Hablaba de una nación cuya memoria había sido fragmentada por revoluciones, guerras y conflictos ideológicos. Hablaba de un país que conservaba bajo sus heridas contemporáneas el recuerdo de una de las culturas más antiguas y refinadas de la historia.

En cierto modo, toda su producción artística fue un diálogo entre las ruinas y el presente.

Nunca aceptó que Irán pudiera reducirse a un régimen político.

Frente al relato oficial aparecía otro país: el de los poetas y cineastas, el de las mujeres que desafiaban las imposiciones cotidianas, el de los jóvenes que escuchaban música prohibida y el de las familias que seguían imaginando un futuro distinto.

Ese Irán atraviesa todos sus libros. Está presente en Persépolis, en Bordados, en Pollo con ciruelas y también en obras menos conocidas, donde incluso la literatura infantil servía para explorar emociones universales.

La misma mirada llegó al cine con la adaptación animada de Persépolis, estrenada en 2007 y codirigida junto a Vincent Paronnaud. Conservando el blanco y negro de la novela gráfica, la película transformó la memoria en imágenes. Las figuras parecían moverse como sombras surgidas de un recuerdo, creando una experiencia visual tan sencilla como conmovedora.

El filme obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y fue nominado al Óscar a la mejor película de animación.

Pero su mayor logro fue otro: acercar la historia de las mujeres iraníes a millones de personas que jamás habrían abierto una novela gráfica.

Ese éxito tampoco estuvo exento de controversia. Algunos críticos le reprocharon ofrecer una visión demasiado accesible de una realidad extraordinariamente compleja, adaptada a las expectativas del público occidental. Otros, por el contrario, defendieron que precisamente en esa capacidad para convertir la experiencia iraní en un lenguaje universal residía una parte esencial de su talento. La discusión acompañó buena parte de su carrera y refleja hasta qué punto sus obras lograron intervenir en debates que iban mucho más allá de la literatura.

Aquella experiencia confirmó además que su mirada artística no estaba limitada a la página. El cine le permitió ampliar su exploración de la memoria, la identidad y el exilio. Más adelante dirigiría la adaptación de Pollo con ciruelas y proyectos tan distintos como The Voices o Radioactive, dedicada a Marie Curie, demostrando una curiosidad intelectual que desbordaba cualquier etiqueta.

Con el paso de los años, la dibujante que había contado su infancia terminó convirtiéndose en una de las intelectuales iraníes más influyentes del exilio. Defendió a artistas perseguidos por el régimen, denunció las violaciones de derechos humanos y participó activamente en campañas internacionales de solidaridad.

Su voz volvió a cobrar una especial relevancia durante las protestas desencadenadas por la muerte de Mahsa Amini en 2022.

Mientras miles de jóvenes se quitaban el velo en las calles y coreaban «Mujer, Vida, Libertad», muchos recordaron que llevaba décadas contando precisamente esa lucha.

Había sido una cronista temprana de una rebelión que todavía no tenía nombre.

Aquella implicación cristalizó en Mujer, Vida, Libertad, la obra colectiva que coordinó junto a numerosos artistas e intelectuales para documentar la revuelta iraní y preservar la memoria de quienes arriesgaban sus vidas enfrentándose a la represión. El libro puede leerse como la prolongación natural de toda una trayectoria dedicada a defender la libertad desde las historias concretas de las personas.

Por eso sorprendió poco que en enero de 2025 rechazara la Legión de Honor, la máxima condecoración francesa.

La decisión provocó un intenso debate.

Explicó entonces que no podía aceptar una distinción oficial mientras percibiera una actitud que consideraba incoherente respecto a la situación iraní. Criticó la falta de solidaridad efectiva con quienes seguían enfrentándose a la represión, especialmente mujeres y jóvenes.

Aquella negativa fue coherente con toda una vida.

No era un gesto contra Francia.

Era un gesto a favor de aquello en lo que había creído siempre.

La libertad.

La dignidad.

La responsabilidad moral de no separar las palabras de los actos.

Esa integridad explica por qué su figura trascendió los límites de la literatura, el cómic o el cine. Fue una intelectual capaz de intervenir en los grandes debates de su tiempo sin perder nunca la cercanía de quien habla desde la experiencia personal.

Ahora que ha muerto, resulta inevitable pensar en Persépolis.

No en el libro.

Ni siquiera en la película.

En la ciudad.

En aquellas columnas antiguas que han sobrevivido a imperios, invasiones, incendios y siglos de abandono.

Las ruinas de Persépolis siguen en pie porque la piedra conserva la memoria de quienes la levantaron.

Su obra posee esa misma resistencia.

Sus dibujos continuarán hablando cuando las polémicas políticas se hayan apagado. Seguirán recordando que detrás de cada revolución hay familias, detrás de cada ley hay cuerpos y detrás de cada conflicto internacional hay personas intentando vivir sus vidas.

Permanecerán las mujeres que conversan en Bordados, el músico que se deja morir en Pollo con ciruelas y las voces que recorren Mujer, Vida, Libertad. Personajes distintos, épocas distintas, heridas distintas. Todos pertenecen, sin embargo, al mismo territorio moral: el de quienes se resisten a que la historia les arrebate la memoria.

Pocas creadoras lograron explicar un país con semejante claridad sin renunciar a sus contradicciones. Su obra mostró un Irán atravesado por conflictos políticos y culturales, pero también por afectos, ironías y deseos que ningún régimen consiguió controlar por completo.

Tal vez esa sea la razón de su permanencia. No ofreció respuestas sencillas ni retrató héroes perfectos. Prefirió mostrar personas enfrentadas a circunstancias difíciles, obligadas a negociar constantemente entre la libertad y el miedo, entre la pertenencia y el exilio, entre la memoria y el olvido.

Marjane Satrapi ha muerto.

Pero los personajes que dibujó siguen habitando ese espacio incierto donde la experiencia individual se convierte en historia colectiva.

Y mientras sus páginas sigan encontrando lectores, su conversación con Irán —y con el resto del mundo— continuará abierta.

08/06/2026 0 comments
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Personajes

Marilyn Monroe, cien años de una lectora bajo los focos

by Beatriz Menéndez Alonso 02/06/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Se cumplen cien años del nacimiento de Norma Jeane Mortenson (1926-1962), aunque Marilyn Monroe, como ocurre con todos los mitos, parece haber nacido muchas veces. Nació en los estudios de la 20th Century Fox, bajo una lluvia artificial de focos y maquillaje. Nació en las marquesinas luminosas de los cines de medio mundo. Nació en las fotografías de Richard Avedon, Cecil Beaton, Milton Greene o Eve Arnold. Nació en los lienzos de Andy Warhol, convertida en icono absoluto de la cultura pop. Y volvió a nacer después de su muerte, transformada en una figura casi legendaria cuya imagen continúa atravesando generaciones.

Sin embargo, cuanto más se multiplica el rostro de Marilyn, más difícil parece encontrar a la mujer que habitaba detrás de él.

La historia del siglo XX ha conservado miles de imágenes de ella. La joven que sonríe a la cámara con una mezcla de inocencia y desafío. La estrella que canta Diamonds Are a Girl’s Best Friend envuelta en satén rosa. La figura inmortal cuya falda blanca se eleva sobre una rejilla del metro en La tentación vive arriba. La actriz de mirada melancólica que pasea por una playa de Santa Mónica en las últimas fotografías tomadas por George Barris pocas semanas antes de su muerte.

Pero existe otra Marilyn menos conocida.

Una mujer que llevaba libros en el bolso.

Una lectora voraz.

Una artista que luchó durante toda su vida por escapar de la caricatura que Hollywood había construido para ella.

Antes de convertirse en Marilyn Monroe fue Norma Jeane, una niña que conoció demasiado pronto la incertidumbre.

Su padre estuvo ausente desde el principio. Su madre, Gladys Baker, sufrió graves problemas de salud mental y pasó largas temporadas internada. La futura estrella creció entre hogares de acogida, orfanatos y familias temporales. Aquella sensación de desarraigo la acompañaría siempre.

Muchos de quienes la conocieron señalaron que bajo el brillo de la celebridad persistía una necesidad constante de afecto y reconocimiento.

El fotógrafo Sam Shaw, uno de sus amigos más cercanos, recordaba la mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que percibía en ella. El escritor y guionista Norman Rosten, que compartió largas conversaciones con la actriz, hablaba de una mujer sensible, curiosa y extraordinariamente consciente de sus propias fragilidades.

Quizá por eso Marilyn desarrolló una relación tan intensa con la lectura.

Los libros ofrecían algo que la vida rara vez le había concedido: estabilidad.

La biblioteca secreta de una estrella

La imagen popular de Marilyn Monroe fue construida alrededor de una paradoja cruel. Cuanto más inteligente se mostraba en la vida real, más insistía la industria en representarla como una mujer ingenua.

Sin embargo, quienes frecuentaron su intimidad sabían que aquella imagen estaba lejos de la realidad.

La actriz reunió una biblioteca personal de varios centenares de volúmenes. Leía de forma constante y desordenada, movida por una curiosidad genuina más que por cualquier deseo de aparentar sofisticación.

Los volúmenes conservados muestran a una lectora curiosa y exigente, interesada por la novela, la poesía, el teatro, la filosofía, la psicología y la historia. Lejos de limitarse a exhibir libros como símbolos de prestigio intelectual, Marilyn los leía, los subrayaba y los anotaba. Algunas páginas todavía conservan marcas de lápiz y comentarios escritos de su puño y letra.

Entre sus autores predilectos destacaba Fiódor Dostoievski. Obras como Los hermanos Karamázov o Crimen y castigo la acompañaron durante años. No resulta difícil comprender por qué. Los personajes de Dostoievski viven atrapados entre el deseo de ser amados y la imposibilidad de escapar de sus propias contradicciones. Algo de esa tensión también atravesó la vida de Marilyn.

Otro de los nombres fundamentales en su biblioteca era Walt Whitman. La amplitud emocional de Hojas de hierba, su celebración de la individualidad y de la experiencia humana parecían ofrecerle un contrapunto luminoso frente a los episodios más oscuros de su existencia. Whitman representaba una idea de libertad que probablemente la actriz admiraba profundamente.

También sentía una gran fascinación por James Joyce. Poseía ejemplares de Ulises y de otras obras del escritor irlandés. Una de las fotografías más célebres tomadas por Eve Arnold la muestra precisamente leyendo Ulises en un parque de Long Island durante una pausa del rodaje. La imagen se convirtió casi en una declaración de principios contra quienes insistían en menospreciar su inteligencia.

Entre los novelistas estadounidenses ocupaban un lugar destacado John Steinbeck y Thomas Wolfe. De Steinbeck admiraba especialmente su capacidad para retratar a los marginados y a quienes luchaban contra circunstancias que parecen insuperables. Wolfe, por su parte, le ofrecía una visión apasionada y profundamente emocional de la experiencia humana.

La poesía también desempeñó un papel fundamental en su vida. Leía a Rainer Maria Rilke, cuyos poemas y cartas exploraban la soledad, la creación artística y la búsqueda de identidad. Algunos biógrafos han señalado que la sensibilidad de Rilke conectaba especialmente con la actriz porque expresaba inquietudes que ella misma experimentaba: la sensación de vivir entre dos mundos, el público y el privado, el personaje y la persona.

Su interés intelectual se extendía igualmente hacia el teatro. Admiraba profundamente a autores como Henrik Ibsen, George Bernard Shaw y, por supuesto, a Anton Chéjov. Estas lecturas influyeron en su deseo de convertirse en una actriz más seria y compleja, alejada de los papeles estereotipados que Hollywood le ofrecía con frecuencia.

No menos reveladora es su fascinación por la psicología. Marilyn poseía obras de Sigmund Freud, Erich Fromm y Karen Horney. Buscaba respuestas a preguntas que la perseguían desde la infancia: el abandono, la inseguridad, la necesidad de afecto y el miedo a la soledad. La lectura se convirtió para ella en una forma de autoconocimiento.

Quienes la conocieron recuerdan que podía hablar durante horas sobre libros. El fotógrafo Milton Greene observó que rara vez viajaba sin una pequeña selección de lecturas. Norman Rosten recordaba conversaciones en las que Marilyn saltaba con naturalidad de la poesía a la filosofía y de la literatura rusa al teatro contemporáneo. Incluso Arthur Miller quedó impresionado por la amplitud de sus intereses intelectuales.

Resulta significativo que muchos de sus libros favoritos compartan un mismo hilo conductor. No se trataba de obras superficiales ni de lecturas de evasión. Eran textos poblados por personajes que buscan un lugar en el mundo, que luchan contra la incomprensión, que desean ser reconocidos más allá de las apariencias.

Quizá Marilyn encontraba en ellos un reflejo de sí misma.

Cuando Marilyn conoció al dramaturgo Arthur Miller, ya era una de las mujeres más famosas del planeta.

Miller era algo completamente distinto.

Autor de Muerte de un viajante y Las brujas de Salem, representaba el prestigio intelectual, el reconocimiento literario y una forma de autoridad cultural que Marilyn admiraba profundamente.

Su relación fue observada con fascinación por la prensa internacional. Muchos la consideraban una unión imposible: la estrella de Hollywood y el gran dramaturgo estadounidense.

Pero Marilyn veía en Miller algo más que un marido.

Veía la posibilidad de ser tomada en serio.

Durante aquellos años se acercó aún más al mundo de los escritores, los dramaturgos y los artistas. Frecuentó círculos intelectuales neoyorquinos y profundizó en sus estudios de interpretación.

Sin embargo, la relación estuvo marcada por tensiones dolorosas.

La actriz buscaba constantemente validación emocional. Miller, más reservado, observaba con preocupación cómo la fama consumía a su esposa.

Con el tiempo, el desencanto se instaló entre ambos.

Aun así, aquellos años revelan una faceta fundamental de Marilyn: la de una mujer decidida a construir una identidad propia más allá del deseo masculino y de las expectativas de Hollywood.

 

Contra el encasillamiento

A mediados de los años cincuenta tomó una decisión revolucionaria.

Fundó Marilyn Monroe Productions.

Hoy puede parecer un gesto habitual, pero en aquella época resultaba extraordinario.

Las grandes estrellas femeninas dependían casi por completo de los estudios. Marilyn decidió desafiar ese sistema.

Estaba cansada de interpretar variaciones del mismo personaje.

La rubia ingenua.

La joven seductora.

La fantasía masculina.

Quería personajes más complejos.

Quería evolucionar como actriz.

Quería controlar su carrera.

También ingresó en el Actors Studio bajo la tutela de Lee Strasberg, donde compartió inquietudes con una generación de intérpretes que estaba transformando el cine estadounidense.

James Dean, Marlon Brando, Montgomery Clift y otros actores asociados al Método representaban una nueva forma de entender la interpretación.

Marilyn deseaba formar parte de esa revolución artística.

Y, en cierto modo, lo consiguió.

La paradoja de Marilyn es que mientras luchaba contra su imagen pública también creó algunos de los personajes más inolvidables de la historia del cine.

En Eva al desnudo (1950) ya demostraba una presencia magnética capaz de eclipsar escenas enteras con apenas unos minutos en pantalla.

En Niágara (1953) apareció como una figura sensual y peligrosa que anticipaba muchas de las contradicciones de su propio mito.

Los caballeros las prefieren rubias (1953) consolidó definitivamente su figura pública. Su interpretación de Lorelei Lee y la célebre secuencia musical Diamonds Are a Girl’s Best Friend siguen siendo referencias obligadas de la cultura popular contemporánea.

La tentación vive arriba (1955) le proporcionó la imagen más reproducida del siglo XX: el vestido blanco levantado por el aire procedente del metro de Nueva York.

Bus Stop (1956) permitió descubrir una actriz dramática mucho más compleja de lo que el público esperaba.

El príncipe y la corista (1957), junto a Laurence Olivier, reveló nuevamente su capacidad para combinar vulnerabilidad y comicidad.

Y finalmente llegó Con faldas a lo loco (1959).

Su personaje de Sugar Kane permanece como una de las interpretaciones cómicas más celebradas de todos los tiempos. Billy Wilder comprendió que la aparente fragilidad de Marilyn constituía precisamente la fuente de su enorme fuerza artística.

Porque nadie como ella sabía transmitir simultáneamente deseo, humor, tristeza y ternura.

La mujer detrás del mito

Y, sin embargo, un siglo después de su nacimiento, sigue siendo imposible reducirla a una sola imagen.

Ni la estrella trágica.

Ni la rubia ingenua.

Ni la musa pop.

Ni la víctima de Hollywood.

Marilyn Monroe fue todas esas mujeres y ninguna de ellas.

Fue una actriz extraordinaria que desafió las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo.

Fue una lectora apasionada que buscó en los libros respuestas que la fama nunca pudo ofrecerle.

Fue una mujer que admiró a los escritores tanto como admiraba el cine.

Y fue también una figura profundamente moderna: alguien que comprendió antes que nadie el precio de convertirse en una imagen global.

Quizá por eso continúa fascinándonos.

Porque detrás del mito, detrás de las fotografías, detrás de los vestidos legendarios y de los retratos de Warhol, sigue apareciendo la misma pregunta.

¿Quién era realmente Marilyn Monroe?

Tal vez la respuesta se encuentre menos en las pantallas de cine que en los márgenes subrayados de alguno de sus libros. Allí donde la estrella desaparecía y quedaba solamente una mujer sola, leyendo, intentando comprender el mundo y comprenderse a sí misma.

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EntrevistasPersonajes

En la trastienda del Alberto: un recorrido por Flores La Plaza

by Beatriz Menéndez Alonso 01/05/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso
Ralph Waldo Emerson: «La tierra ríe en flores»

En el centro de Cangas del Narcea, entre la estrechez de la calle Mayor y la apertura de la plaza Rafael Rodríguez —la del Julter, en la lengua afectiva de los cangueses—, hay un lugar donde el tiempo no se detiene, pero parece adoptar otro ritmo. No más lento exactamente, sino más atento a sí mismo.

Ese lugar es Flores La Plaza.

He pasado por aquí muchas veces, en distintas edades, y sin embargo hoy lo reconozco de otra manera. Es un lugar que atrae con una fuerza casi inevitable, como si ejerciera un magnetismo silencioso que no depende solo de la voluntad de quien lo mira.

A primera vista podría parecer una floristería. Lo es. Pero también es un punto de anclaje emocional. En la relación entre la villa y este lugar hay una forma de agradecimiento que rara vez se verbaliza, pero que se manifiesta en lo cotidiano: en quienes se detienen ante el escaparate, en los ya célebres photocalls convertidos en pequeño ritual de la plaza, en quienes lo recomiendan a quien llega por primera vez, en quienes regresan.

En una época en la que tantos negocios desaparecen con una discreción similar a la que los vio nacer, Flores La Plaza no solo ha resistido: ha contribuido a sostener una cierta idea de comunidad. Ha traído belleza, sí, pero también algo menos visible y más necesario: una forma compartida de alegría.

Imagen de José Antonio Pernia

Apenas habíamos alcanzado la esquina de la plaza cuando Kiti —como todos la conocemos, aunque su nombre completo es Aquila María Pérez Rodríguez de Llano— salió a recibirnos. Es la figura que ha sostenido este lugar durante décadas con constancia y fortaleza, visible más en el resultado que en el discurso.

Esa fortaleza no se expresa únicamente en la permanencia de su negocio, sino también en una forma de generosidad discreta hacia el entorno cultural. Flores La Plaza ha sido, durante años, un pequeño mecenas cotidiano: un espacio que acoge, apoya y visibiliza a artistas locales, integrando la creación en su propio lenguaje floral.

En los dibujos del humorista gráfico cangues Neto, el escaparate de Flores La Plaza aparece una y otra vez, convertido ya en parte del imaginario colectivo.

Kiti conserva una elegancia poco frecuente, de esas que no dependen solo de lo visible sino de una forma de estar en el mundo. Hay en ella algo inequívocamente inglés, no tanto en el gesto como en la medida: una contención que evita el exceso con la misma naturalidad con la que otros lo buscan.

Todo en ella parece prolongarse más allá de su figura, como si su presencia definiera el tono del lugar. Cruzar el umbral no supone una ruptura, sino una continuidad: uno no entra en un espacio distinto, sino en la extensión natural de su modo de estar.

Ya dentro, esa sensación de equilibrio no solo se mantiene, sino que se hace más legible. Nada parece colocado de forma casual, aunque tampoco de manera ostentosa. Las paredes, recubiertas por delicado papel inglés en distintas tonalidades, no imponen un estilo sino una atmósfera. Todo sugiere un pequeño vergel contenido, donde cada elemento encuentra su lugar sin imponerse.

Las fotografías hablan por sí solas.

Aquila María Pérez Rodríguez de Llano
Alberto Ramos
Flores La Plaza
Flores La Plaza
Flores La Plaza
Flores La Plaza

Las opiniones de quienes la frecuentan repiten dos ideas con una regularidad casi constante: la variedad y el cuidado. Se menciona la amplitud de la oferta —flores naturales, composiciones, detalles de regalo— y, sobre todo, la manera en que todo está presentado, como si cada objeto hubiera sido colocado con la intención de no interrumpir a los demás. También aparece con frecuencia una observación curiosa: uno entra «a mirar» y sale habiendo comprado algo, sin poder precisar el momento exacto en que ocurrió esa decisión. Este tipo de fenómenos, por lo general, se describen como espontáneos; aquí parecen más bien inevitables.

En segundo plano suena Bob Dylan, hasta el punto de confundirse con la propia vida del lugar. Ya no se distingue del rumor de las hojas ni del paso lento de la tarde.

Fue esa continuidad la que nos llevó hacia la parte posterior de la tienda. Atravesamos el espacio principal como si fuera una prolongación natural del recorrido hasta llegar a la trastienda.

Allí encontramos a Alberto Ramos, su hijo, inclinado sobre un ramo que parecía exigirle toda la atención.

Hay en su manera de trabajar algo especialmente elocuente: no detener lo que ya está en curso. Sus manos seguían ajustando, corrigiendo, ordenando, como si el lenguaje del lugar no admitiera pausas bruscas.

La conversación comenzó de forma gradual, sin transición clara entre lo cotidiano y lo que, en otro contexto, llamaríamos entrevista. Alberto habla mientras trabajaba, con una ironía ligera, sin solemnidad. Nos cuenta los inicios, la evolución del proyecto y su papel dentro de lo que ya no es solo un negocio, sino una forma de legado familiar y floral.

Hay en ese intercambio algo especialmente significativo para mí. No solo por el lugar, ni por las personas a las que aprecio y admiro, sino por la posición desde la que escucho. 

«Me hace especial ilusión que me entreviste una novia, eso no pasa todos los días», me había dicho Kiti días antes, con una sinceridad que desarma cualquier intento de formalidad.

Imágenes de José Antonio Pernia
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LiteraturaPensamiento

¿Quién yace en la tumba de un poeta?

by Beatriz Menéndez Alonso 23/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Un nombre, sin duda. Una piedra, una fecha, tal vez dos. Un epitafio cuidadosamente cincelado en letras doradas que prometen eternidad. Pero en el fondo, ¿qué hay? Nada. Polvo, si acaso. El poeta no está allí. Nunca estuvo. La tumba, como las palabras, guarda apenas un simulacro de presencia.

Las tumbas de los poetas constituyen un fenómeno que desborda el simple acto funerario. Allí no termina la vida literaria del autor, sino que —en muchos casos— comienza otra: una vida póstuma hecha de lecturas, visitas, evocaciones, inscripciones, apropiaciones simbólicas. Frente a estos sepulcros no se trata solo de recordar, sino de leer. No es el duelo lo que funda su singularidad, sino el texto. La tumba de un poeta es un lugar donde la muerte se convierte en literatura y la literatura, en un ritual persistente de memoria activa.

En apariencia, una tumba conserva. Conserva un cuerpo, una memoria, un nombre. Pero en el caso del poeta, la tumba conserva poco o nada del sujeto que fue. El cuerpo desaparece —es bien sabido—, y el poeta, reducido a polvo, no yace de verdad allí. Y, sin embargo, la tumba se llena de significado. ¿Por qué?

La tumba como texto

Porque la poesía, a diferencia de otras formas de discurso, no termina con la vida de quien la escribió. La poesía no se agota. Y así como la voz del poeta no muere del todo, su tumba tampoco es un silencio. Se convierte en texto. No es casual que muchos epitafios hayan sido redactados por los propios escritores. La lápida funciona como un último gesto literario: una frase breve destinada a sobrevivir a quien la escribió.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la tumba de William Shakespeare, en Stratford-upon-Avon:

“Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones”.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito quien mueva mis huesos.

La advertencia tiene algo de conjuro. Durante siglos nadie se atrevió a exhumar sus restos. Pero más allá de su función protectora, el epitafio produce un efecto literario evidente: incluso después de muerto, Shakespeare sigue hablando.

La tumba no guarda silencio. La tumba recita.

En la tradición española, Mariano José de Larra representa una de las figuras más potentes de esta intersección entre literatura y muerte. Su suicidio en 1837, a los 27 años, fue interpretado por la posteridad como un acto estético, romántico y casi programático. Su tumba, en el cementerio de San Justo, ha sido visitada, evocada y citada desde entonces.

Especialmente notable es la visita de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, según la tradición, acudió a la tumba de Larra en la noche del 13 de febrero, aniversario de su muerte, y escribió una de sus leyendas más conocidos, El miserere, donde la voz de los muertos se mezcla con la música espectral. Larra se convierte, así, en un símbolo: no solo del fracaso político de su tiempo, sino de la persistencia de la palabra más allá de la vida.

En este sentido, su tumba opera como una especie de palimpsesto emocional y literario. Sobre ella se inscriben no solo epitafios, sino también interpretaciones, afectos, lecturas. El lector que se acerca a Larra muerto no busca únicamente los restos del hombre, sino el rastro del escritor. Lee en la tumba como si fuera una página.

No es casual que escritores del siglo XX —como Azorín o Unamuno— siguieran evocándolo y leyéndolo. Su tumba opera como un nodo de significación. Un lugar de lectura y de relectura.

Si la tumba puede convertirse en texto, también puede ocurrir lo contrario: que el texto sustituya completamente a la tumba.

El caso de Federico García Lorca en este sentido resulta ejemplar. Asesinado en 1936 durante los primeros días de la Guerra Civil española, su cuerpo nunca fue encontrado con certeza. No existe una tumba identificable.

Sin embargo, su presencia cultural es extraordinariamente intensa.

La ausencia física del sepulcro no ha impedido la construcción de un espacio simbólico de memoria. Al contrario, la falta de tumba ha reforzado el carácter espectral de su figura.

La obra de Lorca funciona como una tumba textual: un lugar donde su voz continúa resonando.

En la literatura inglesa, la muerte del poeta ha sido una escena intensamente dramatizada. John Keats, cuya tumba en el cementerio protestante de Roma reza “Here lies one whose name was writ in water”, Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua, encarna la fragilidad del genio joven, incomprendido y precozmente desaparecido. El agua borra toda inscripción; nada permanece en ella. Sin embargo, la historia literaria produjo una ironía notable: el nombre de Keats no se disolvió. Se convirtió en uno de los pilares de la poesía romántica inglesa.

Algo similar ocurre con Percy Bysshe Shelley, también enterrado en Roma, cerca de Keats, y cuya muerte trágica en el mar refuerza la estética de la ruina romántica. Su epitafio cita The Tempest de Shakespeare:

“Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange”.

Nada de él se desvanece,
sino que sufre una transformación marina
en algo rico y extraño.

En el caso de Oscar Wilde, la tumba adopta una forma aún más singular. Su sepulcro en el cementerio de Père-Lachaise, en París, es una escultura monumental del artista Jacob Epstein: un ángel alado de líneas geométricas, casi futuristas. Durante décadas, los visitantes dejaron sobre la piedra miles de marcas de lápiz labial como gesto de homenaje. La tumba se convirtió en una superficie de escritura colectiva.

No era un gesto trivial. Wilde había escrito en The Ballad of Reading Gaol (La Balada de la cárcel de Reading es un poema escrito por Oscar Wilde durante su exilio en  Berneval, Francia, tras su liberación de la prisión de Reading en torno al 19 de mayo de 1897) una de las meditaciones más intensas sobre la muerte y el castigo:

“Yet each man kills the thing he loves.”

Y, sin embargo, cada hombre mata aquello que ama.

La tumba de Wilde, cubierta durante años de besos y de nombres, demuestra hasta qué punto la memoria literaria se construye también mediante gestos corporales, afectivos y rituales.

Algo semejante podría decirse de Edgar Allan Poe, cuya tumba en Baltimore fue durante mucho tiempo un lugar modesto, casi olvidado. Con el paso de los años, sin embargo, se convirtió en un sitio de peregrinación literaria. Durante décadas, un visitante anónimo —conocido como the Poe Toaster (Brindador de Poe)— acudía cada 19 de enero, aniversario del nacimiento del poeta, para dejar tres rosas y una botella de coñac sobre la lápida.

El ritual, repetido durante más de medio siglo, demuestra que la tumba de un poeta no pertenece únicamente al pasado. Es también una escena ritual que se reactiva periódicamente. Un acto de lectura silenciosa, de memoria reiterada.

Su tumba, como la de Keats, Shelley, Wilde, no es solo un lugar de descanso, sino una prolongación del texto que dejaron. Ambos sepulcros son visitados, fotografiados, leídos. Son, como diría Roland Barthes, textos abiertos a la interpretación.

Lord Byron, por su parte, murió lejos de Inglaterra, en Missolonghi (o Mesolongi, Grecia), luchando por la independencia griega. Su cuerpo regresó, pero su mito se había vuelto transnacional. La tumba de Byron —y más aún su ausencia simbólica en Westminster Abbey, donde durante mucho tiempo se le negó sepultura— demuestra que el cuerpo del poeta no siempre encuentra su lugar en la patria, pero su palabra sí la encuentra en la posteridad.

Si retrocedemos aún más en el tiempo, encontramos el caso paradigmático de Dante Alighieri. Su tumba se encuentra en Rávena, no en Florencia, la ciudad que lo vio nacer y de la que fue exiliado. Durante siglos, Florencia intentó recuperar sus restos sin éxito.

La inscripción de su sepulcro recuerda su condición de desterrado:

“Parvi Florentia mater amoris”.

Florencia, madre de poco amor.

La tumba de Dante materializa una tensión fundamental entre ciudad, memoria y literatura. El poeta que escribió la Divina Comedia —uno de los textos fundacionales de la literatura occidental— descansa lejos de su patria. Sin embargo, su obra constituye un territorio simbólico mucho más vasto que cualquier ciudad.

Oscar Wilde

Frente a estas tumbas, el lector no solo recuerda, sino que lee. No lee únicamente lo escrito en mármol, sino lo que resuena en la memoria colectiva. El lugar físico de la tumba se convierte en una página más del archivo literario.

Desde una perspectiva filosófica, la persistencia de los poetas después de su muerte puede pensarse a partir del concepto de espectralidad desarrollado por Jacques Derrida. En su obra Specters of Marx, Derrida introduce la idea de que toda escritura posee una dimensión espectral: algo que continúa actuando incluso cuando la presencia material del autor ha desaparecido. La escritura no pertenece del todo al presente ni al pasado; opera en un tiempo diferido, en una zona intermedia donde la voz se repite sin coincidir plenamente con quien la pronunció.

Este desfase constituye una de las condiciones fundamentales de la literatura. Cuando un lector abre un libro escrito hace siglos, la voz que encuentra no proviene de un sujeto vivo en sentido inmediato, pero tampoco está completamente extinguida. Se trata de una presencia sin cuerpo, una forma de supervivencia discursiva que se activa cada vez que el texto es leído. El poema habla, pero quien habla ya no está.

La escritura, en este sentido, funciona como una tecnología del aplazamiento. Permite que la palabra sobreviva a la vida biológica de quien la produjo. Allí donde la voz oral desaparece con el hablante, el texto permanece disponible para futuras reactivaciones. Cada lectura reabre la escena de la enunciación.

Por eso el autor, una vez muerto, adquiere inevitablemente una dimensión espectral. No desaparece por completo; se transforma en una figura que habita el espacio ambiguo de la memoria cultural. Su presencia se manifiesta en citas, interpretaciones, ediciones, traducciones, discusiones críticas. El autor se dispersa en las múltiples formas que adopta su obra dentro de la tradición literaria.

Las tumbas de los poetas hacen visible esta paradoja de manera particularmente intensa. En principio, un sepulcro señala una ausencia: indica que un cuerpo ha dejado de existir. Pero cuando ese sepulcro pertenece a un poeta, el significado del lugar se modifica. La lápida afirma la muerte del individuo, mientras que la obra continúa generando nuevas lecturas.

El cementerio, espacio asociado habitualmente al silencio, se convierte entonces en un lugar atravesado por el lenguaje.

23/04/2026 0 comments
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EntrevistasLiteratura

Una tarde entre libros con Jorge Ordaz

by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«La realidad no siempre necesita ser transformada: basta con mirarla desde el ángulo preciso para que revele su parte más extraña»

Memorias de un magnetizador

Mi encuentro con el escritor Jorge Ordaz tuvo lugar un sábado de principios de marzo, a una hora que ya de por sí contiene algo de poético: las cinco de la tarde. Hay horas que parecen escritas para ciertas experiencias, con una luz que inclina el tiempo y una quietud que ralentiza el pulso cotidiano; la de aquel sábado, sin duda, pertenecía a los libros y a las palabras compartidas

El escenario no podía ser más propicio: la librería La Tercera Palabra, un espacio que trasciende su función comercial para convertirse en un lugar de permanencia. No es solo una librería: es un ámbito donde la lectura adquiere una dimensión casi íntima, ajena al ritmo apresurado del exterior.

Tengo el privilegio — cada vez más valioso— de compartir amistad con sus dueños, Lara y Juan, que aquella tarde nos abrieron las puertas en su día de descanso. No es un gesto menor: una librería cerrada al público es otra cosa. No es solo un espacio sin ruido, es un espacio que se recoge sobre sí mismo, que cambia de naturaleza.

Hay algo casi íntimo —casi doméstico— en recorrer una librería vacía. Los lomos dejan de ser un catálogo y se convierten en una suerte de paisaje. Uno no busca: se deja llevar. Los títulos aparecen como señales, como guiños discretos. Y en ese deambular sin rumbo preciso comienza, sin que nadie lo anuncie, la conversación.

Antes de sentarnos, nos movemos despacio entre las estanterías, casi con una especie de respeto intuitivo, como si caminar entre libros exigiera otra velocidad, otra forma de estar. Jorge se detiene aquí y allá, reconoce títulos, los comenta al paso.

Mientras se suceden las fotografías —discretas, sin interrumpir el ritmo de la tarde— y se descorcha una botella de vino blanco, gentileza de mi amigo José María Martínez Parrondo, el tiempo parece adoptar otra cadencia. El vino no irrumpe: acompaña.

Imagen de José Antonio Pernia

Nos detenemos en la sección de literatura inglesa. Jorge toma un libro, lo hojea, lo deja, toma otro. Y entonces aparece un nombre que, hasta ese momento, no formaba parte de mi mapa lector: Anita Brookner. Hay en ese gesto —el de señalar un libro, el de compartir una lectura— una forma de complicidad que solo se da entre lectores.

Salgo de allí con Hotel du Lac bajo el brazo, sin saber todavía que será un descubrimiento luminoso.

Hablamos de La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, a quien redescubro en una reciente y cuidada edición de UVE BOOKS. Ordaz apunta entonces algo que resuena: nadie, en su época, se hubiesse atrevido a escribir una novela con semejante carga social y crítica. Quizá —dice— Benito Pérez Galdós podría haberlo hecho. Pero no lo hizo. Lo hizo ella.

Así comienza esta conversación: rodeado de su obra, casi toda publicada por la editorial Pez de Plata. Solo La mariposa en el mapa escapó a esta editorial, pero la mayoría de sus novelas descansan allí, como testigos silenciosos de una trayectoria constante, íntima y prolífica.

 

Pregunta: ¿Cómo te sientes al estar entre estos volúmenes, que representan tantos años de tu trabajo y de tu evolución como escritor, observando cómo cada libro refleja no solo un momento de tu carrera, sino también un fragmento de tu vida, de tus lecturas y de tus obsesiones literarias?

Jorge Ordaz: La verdad es que es un sentimiento extraño, un poco abrumador, porque uno no siempre es consciente del volumen de obra que ha generado hasta que lo ve frente a sí. Casi todos los libros están publicados por Pez de Plata, salvo La Mariposa en el mapa, que salió en otra editorial. Pero sí, al verlos alineados, uno tiene la impresión de que es mucha obra; cada libro es como un pequeño mundo encapsulado, con su propio ritmo, sus obsesiones, sus errores y sus aciertos. Me pregunto muchas veces: “¿Me ha dado tiempo a hacer todo esto?”. La respuesta, claro, es que sí, pero hay un matiz: mis libros son relativamente cortos, y eso ayuda a que pueda mantener un ritmo de publicación constante. En comparación con novelas actuales que superan las 500 o 700 páginas, los míos son más comedidos; incluso El fuego y las cenizas, que es el más largo, no alcanza las 300 páginas.

 

Jorge Ordáz en la Librería La Terecera Palabra en Oviedo. Imagen de José Antonio Pernia

Pregunta: ¿Crees entonces que la extensión de un libro tiene que ver con la calidad de la obra, o más bien con el estilo y el ritmo del autor? ¿Piensas que una novela excesivamente larga podría desvirtuar la esencia de tu escritura, o que incluso la riqueza de una obra no se mide por la cantidad de páginas sino por la intensidad que transmite?

Jorge Ordaz: Exactamente, no creo que la longitud defina la calidad de una obra. Para mí, si me pidieran escribir una novela de 500 páginas, probablemente no podría. Mi estilo no se presta a la sobrecarga descriptiva. En novelas largas, normalmente uno debe introducir extensas descripciones para sostener la narrativa, y yo prefiero sintetizar, dar pinceladas, sugerir más que mostrar en exceso. La extensión siempre debe ir de la mano del ritmo y del estilo que buscas, no al revés. Otros autores tienen facilidad para extenderse y recrearse en largas escenas descriptivas; yo busco la precisión y la intensidad. Creo que cada escritor debe respetar su propia voz, la escritura funciona como un espejo: refleja lo que puedes y quieres hacer, y traicionarte a ti mismo, haciendo algo que no te nace, rara vez funciona.

Pregunta: Jorge, muchos de tus libros parecen nacer de tus pasiones personales y de tus aficiones, como la música y la ópera en Bella Donna, donde reconstruyes la vida de una cantante del belcanto, o el mar como escenario recurrente en tus aventuras, desde La Perla de Oriente hasta otras novelas que exploran rutas marítimas y tradiciones mediterráneas. Incluso tu interés por la geología y la paleontología dio lugar a la idea de un personaje cazador de dinosaurios en El Cazador de Dinosaurios. ¿Podrías hablarnos de cómo estas pasiones personales influyen en tu proceso creativo y cómo logras convertir tus intereses en escenarios, personajes y tramas literarias que al mismo tiempo sean rigurosos, atractivos y sorprendan al lector? Además, ¿crees que esta afinidad con tus propios temas te permite explorar mundos más auténticos y cercanos a ti, o representa también un desafío para no caer en la repetición o el exceso de detalle especializado?

Jorge Ordaz: La creación de una novela comienza con una idea, pero no basta solo con eso. Primero surge un tema que me interesa explorar, algo que me genere ganas de escribir y de investigar. A partir de ahí, hay que situar la época, la trama, definir personajes y documentarse. La documentación es fundamental; muchas veces ocupa más tiempo que la propia escritura. Por ejemplo, en Memorias de un magnetizador, tuve que estudiar frenología y sumergirme en el mundo del esoterismo para poder dar verosimilitud a la historia, aunque el libro no pretende ser un tratado científico. De manera similar, en Las confesiones de un bibliófago exploré con detalle el universo de los bibliófilos, un mundo pequeño pero apasionante, donde los libros se valoran más como objetos de colección que como simples textos de lectura. Otros temas coinciden con mis aficiones que han marcado profundamente mi manera de escribir y la elección de los temas. Cuando abordo un proyecto, parto de algo que me interesa de manera genuina; si no hay un motor personal, es difícil mantener la energía necesaria para desarrollar una novela.

Lo mismo sucede con mi formación científica y la Geología. La idea de un paleontólogo que busca dinosaurios me permitió crear El Cazador de Dinosaurios, un personaje que mezcla aventura, rigor científico y un cierto espíritu de exploración al estilo de un Indiana Jones, pero con base en conocimiento real. Mi formación me impone respeto por los detalles: los datos geológicos, la paleontología, la historia natural deben ser correctos, aunque estén envueltos en una narrativa de ficción. Esa combinación de rigor y creatividad me gusta; creo que ofrece al lector un viaje verosímil pero sorprendente.

Al final, escribir sobre mis intereses me permite crear mundos ricos y coherentes, pero también me obliga a ser disciplinado. Debe haber un equilibrio entre la pasión personal y la mirada del lector, entre lo que a mí me fascina y lo que hace avanzar la trama. Esa tensión, lejos de limitarme, me motiva; cada novela es un ejercicio de precisión, imaginación y estilo. Y es precisamente esa autenticidad —el hecho de que los temas coincidan con mis propios intereses— la que creo que da a mis libros un pulso más cercano, más vivido, sin sacrificar la aventura ni el misterio que toda buena narrativa requiere.

Pregunta: Otro de tus intereses es el cine, especialmente de los años 40, 50 y 60. ¿Cómo influye en tu narrativa?

Jorge Ordaz:  Efectivamente otra de mis grandes pasiones es el cine, y al pensar en posibles novelas, me atrae la idea de explorar ese mundo desde dentro, pero no desde la perspectiva de los actores, sino de todo lo que queda detrás de la pantalla. Los guionistas, los técnicos, los personajes que aparecen solo en los créditos… Ese universo que para muchos permanece invisible me resulta fascinante. Me interesa especialmente el cine de las décadas de los 40, 50 y finales de los 60, que para mí constituye una época espléndida, llena de creatividad y riesgo estético. Últimamente, por comodidad, veo mucho cine en plataformas digitales, pero la mayor parte del cine contemporáneo no me interesa; lo que realmente me apasiona es aquel que viví cuando era niño, las películas que quedan grabadas en la memoria y que, al revisarlas años después, conservan intacta su fuerza y su magia.

Recuerdo con claridad cuando iba al cine de niño en Barcelona: no había móviles, internet ni televisión, y para mí, ir al cine era una verdadera diversión. En el colegio, los jueves por la tarde eran libres y nos llevaban a los cines de barrio: empezaban a las cuatro con dos películas seguidas y salíamos a las siete y media. Normalmente proyectaban primero la película “mala” en blanco y negro, normalmente española y luego la “buena” en color y americana. Durante la función, nos daban nuestra merienda; eran tardes que hoy me parecen idílicas y completamente diferentes al cine de ahora. Me fascinaban aquellas películas que, aunque en el momento parecieran corrientes, conservaban intacta su fuerza y se convertían en un pequeño tesoro de cine clásico en mi memoria.

La literatura funciona de manera muy parecida. Los libros que lees en la infancia y en la adolescencia te marcan de un modo especial; algunos los vuelves a leer y mantienen intacta su fascinación, mientras que otros se deslizan entre los dedos con el tiempo. Yo pertenezco a la generación de Las aventuras de Guillermo, un muchacho travieso y un poco malote, protagonista de varias series de libros infantiles. Allí se hablaba, por ejemplo, de pasteles de jengibre, algo que ahora parece muy cercano, pero que para mi imaginación infantil era absolutamente seductor y exótico. Hay libros que es mejor no volver a tocar, porque los recuerdos y la experiencia de la lectura los han hecho perfectos; otros, aunque los leas muchas veces, conservan intacta su fuerza; y algunos, quizá, se caen un poco de las manos, pero aun así forman parte inseparable de tu educación literaria y emocional.

Pregunta: Hablando de tus primeros libros, como Gabinete de Ciencias Asturales, que es una colección de relatos cortos que escribiste junto a tu colega Biólogo Juan Luis Martínez de la Universidad, y con quien coincidías en muchos gustos literarios… Cuéntanos un poco de los ingredientes de tu manera de hacer, tu modus operandi.

Jorge Ordaz: Sí, esos relatos fueron realmente un punto de partida. Mi manera de trabajar se ha ido definiendo con el tiempo, pero hay tres elementos que siempre están presentes: la ironía, el humor y una erudición que puede ser genuina o construida para la historia. Ese libro, de hecho, ya representaba mi forma de escribir y coincidía bastante con el estilo de Luis, mi compañero. Empecé por el relato corto, que es un territorio muy exigente, mucho más de lo que la gente cree.

Pregunta: La literatura es seducción. ¿Cómo seduces al lector desde la primera línea?

Jorge Ordaz: Eso es complicado. La verdad es que nunca sabes cómo va a responder el lector, pero lo primero es convencerte a ti mismo. Si lo que escribes te convence y estás seguro de ello, entonces puedes pensar que quizá convencerá a los demás. Si no te convence a ti, es prácticamente imposible que funcione con quien lee. Por eso, para mí, escribir es también un acto de confianza: confianza en tu propia voz y en la capacidad de transmitir algo que sea singular y convincente.

Pregunta: Jorge, en La Sacavera observamos cómo Oviedo se convierte en algo más que un simple escenario: la ciudad se transforma en un personaje más, con su historia, su geografía y su atmósfera propia. La novela combina personajes históricos del siglo XVIII —como Feijoo, Doctor Casal o Gil de Jaz— con personajes de ficción, y construye una trama que mezcla misterio y documentación histórica. Me interesa mucho saber cómo surgió esta idea de “sacar” la novela a las calles de Oviedo, creando una ruta literaria que permita a los lectores recorrer físicamente los lugares de la historia, y cómo trabajaste para mantener la fidelidad histórica y al mismo tiempo la libertad narrativa.

Jorge Ordaz:  La idea de convertir Oviedo en un personaje más surgió de una doble necesidad: por un lado, llevaba viviendo en la ciudad más de cincuenta años y, sorprendentemente, nunca había aparecido directamente en mis libros. Por otro, me fascinaba la época del siglo XVIII, que coincide con otra de mis grandes aficiones, y me pregunté cómo sería Oviedo entonces, qué personajes reales circulaban por sus calles y cómo podía entrelazarlos con personajes de ficción para construir una trama intrigante. Así nació la historia: tras una gran tormenta, un extranjero aparece muerto en la puerta de Gascona.

Para mí, trabajar con personajes históricos dentro de un marco de ficción es un acto de equilibrio constante entre respeto por la realidad y libertad narrativa. Primero, parto de lo que sí sé: nombres, fechas, cargos, anécdotas documentadas. Por ejemplo, sé que Feijoo vivió en Oviedo, que el Doctor Casal ocupaba cierta posición social y que Gil de Jaz tenía determinadas inquietudes culturales. Esto me da una base sólida, casi tangible, sobre la que construir. A partir de ahí, empiezo a imaginar cómo podrían haberse comportado en situaciones concretas de la trama.

El truco está en que los personajes históricos conservan su esencia: no les hago actuar de manera que rompan lo que sabemos de ellos, pero sí los pongo en escenarios donde sus decisiones y reacciones pueden entrelazarse con los personajes ficticios. Los inventados, en cambio, tienen más libertad, porque dependen de la historia que quiero contar: su psicología, sus secretos, sus motivaciones, todo se diseña para que la interacción con los históricos sea creíble y, al mismo tiempo, sirva a la intriga.

Cuando decido qué elementos históricos incluir, busco aquellos que aporten textura y credibilidad a la novela: costumbres, detalles arquitectónicos, procesos judiciales, ceremonias o costumbres urbanas. Todo lo que no aparece documentado con certeza puedo inventarlo, siempre dentro de un marco que respete el espíritu de la época. Por ejemplo, en La Sacavera, la muerte del extranjero y su entierro en el cementerio de peregrinos me permitió explorar un choque cultural y religioso muy verosímil, aunque el personaje y su historia sean ficticios.

En cuanto a la coherencia narrativa, la clave está en la documentación previa y en la planificación de la trama: antes de escribir, sé qué lugares y qué personajes reales aparecerán, qué sucesos históricos puedo integrar y cómo mis personajes inventados se moverán dentro de ese contexto. Esto me permite que la ciudad y sus habitantes —reales y ficticios— se sientan vivos, que la historia respire y que el lector tenga la sensación de pasear por un Oviedo auténtico, aunque algunos elementos sean fruto de la imaginación.

En resumen, se trata de un delicado juego de fidelidad histórica y libertad creativa: la historia real proporciona la base sólida, mientras que la ficción introduce misterio, emoción y dinamismo. Es como componer una partitura: los personajes históricos son las notas fijas, y los ficticios son los matices que hacen que la música cobre vida. Así Oviedo se convierte no solo en un escenario, sino en un territorio emocional y literario en el que realidad e imaginación conviven y se retroalimentan.

Jorge, para cerrar esta conversación, cuéntanos brevemente: ¿cómo surgió la idea de llevar la novela a las calles y, de paso, para los que aún no lo saben, ¿qué es exactamente una sacavera?

Jorge Ordaz: (Ríe) Pues mira, la idea de llevar la novela a las calles surgió gracias a los amigos lectores y colaboradores que me propusieron crear una ruta literaria. La primera edición fue más histórica que literaria, un paseo por la Oviedo del siglo XVIII, pero ahora la ruta sigue referencias directas de la novela, leyendo fragmentos en lugares concretos. La intención siempre fue hacer un Oviedo reconocible, que no fuera Vetusta, mostrando casas, negocios y edificios emblemáticos, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un personaje más, con su historia, su arquitectura, su leyenda y su memoria colectiva.

Y la sacavera… La sacavera es una salamandra típica de Oviedo, negra y amarilla, con unas características muy particulares.

Para mí, se convirtió en un símbolo perfecto: el negro representa las sombras, el misterio, y el dorado, la luz, la claridad, la revelación. Además, tiene una fama oscura en el mundo rural, estigmatizada porque “saca los ojos”, lo que encajaba perfectamente con el tono misterioso de la novela. Puedes verla por los alrededores del claustro de la catedral, en el Monasterio de San Pelayo o en el Monasterio de San Vicente, ambos situados en el casco histórico de la ciudad; es una subespecie con dibujos muy particulares que hacen que el negro y el dorado de la ilustración funcionen como símbolos de tinieblas y luz.

La portada, con la mujer semidesnuda, la salamandra, los símbolos de masonería y los vampiros, fue un acierto visual que refuerza la atmósfera de la historia. Incluso hubo cierta confusión con mi editor, Salvador, que no sabía exactamente qué era una sacavera, pero eso le dio un toque anecdótico. Curiosamente, tras la publicación, los lectores comenzaron a fijarse en las salamandras que habitan distintos barrios de la ciudad y me enviaban fotos de sacaveras desde Pumarin, el casco histórico y otras zonas de Oviedo, ¡algo que jamás habría imaginado!

Entrevista completa en nuestro próximo número en papel.

08/04/2026 0 comments
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ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

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PensamientoPersonajes

El patinete de Lady Norman: rodando entre la libertad y modernidad

by Beatriz Menéndez Alonso 08/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

El movimiento sufragista británico ha sido ampliamente estudiado, con especial atención a figuras emblemáticas como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett. Sin embargo, existen mujeres cuya participación, aunque menos visible, fue igualmente decisiva en la transformación política y social que condujo al reconocimiento del derecho al voto femenino en el Reino Unido. Entre ellas se encuentra Lady Florence Priscilla Norman (1883–1964), aristócrata, activista y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo dentro del ala moderada del sufragismo merece ser reconocido y contextualizado.

Analizar la trayectoria de Lady Norman implica adentrarse en un universo donde la clase social, la política y la modernidad se entrelazan. Su posición aristocrática le brindó acceso a espacios de poder; su estilo de vida poco convencional le permitió desafiar normas sociales; y sus estrategias de acción, discretas pero firmes, consolidaron avances que el activismo más estridente a veces no alcanzaba. Lady Norman encarnaba un feminismo que no se alza en barricadas, sino que se desliza con precisión y elegancia por los corredores del poder, demostrando que incluso los gestos silenciosos pueden tener un peso decisivo.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el movimiento sufragista en Gran Bretaña estaba dividido en dos grandes vertientes: el ala moderada, encabezada por la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, que promovía métodos constitucionales y pacíficos; y el ala radical, representada por la Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline y Christabel Pankhurst, que recurría a la acción directa y, a veces, a la violencia. Lady Norman se alineó con la NUWSS y organizaciones similares, defendiendo un progreso gradual mediante el diálogo político, la escritura, la organización social y el compromiso institucional. Esta línea de acción, aunque menos mediática, fue clave para la consolidación de los derechos femeninos tras la Primera Guerra Mundial.

Florence Priscilla (de soltera McLaren), Lady Norman. Impresión en bromuro de Bassano Ltd. , 1917.

Lady Norman: una figura moderada en el movimiento sufragista británico. Compromiso social y modernidad simbólica

Florence Priscilla McLaren nació en 1883, hija del político liberal Charles McLaren, barón de Aberconway, y de Laura Elizabeth Pochin, también activista por los derechos de las mujeres. En 1907 se casó con Sir Henry Norman, periodista, político liberal y defensor del progreso social. Desde joven, Florence se movió en círculos culturales y políticos, desarrollando una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en la sociedad británica.

Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como administradora en hospitales militares, experiencia que consolidó su liderazgo y compromiso con el servicio público. Fue condecorada por su labor y, tras la guerra, continuó su activismo en organizaciones feministas, de salud pública y de memoria histórica. Presidió el Women’s Work Subcommittee en el Imperial War Museum, promoviendo el reconocimiento del papel de las mujeres durante el conflicto.

Más allá de sus logros institucionales, Lady Norman proyectaba una imagen de mujer moderna y autónoma, poco común en su clase y época.

Pero fue el patinete motorizado el que inmortalizó su espíritu. En 1916, fue fotografiada desplazándose sola por las calles de Londres sobre aquel vehículo, regalo de su esposo. Con vestido largo, sombrero elegante y mirada resuelta, la aristócrata desafiaba las normas sin violencia, reivindicando una libertad que no pedía permiso: movilidad, independencia y autonomía femenina encapsuladas en un gesto cotidiano.

Se desliza por las calles como si la ciudad le perteneciera, aunque pertenecer no sea la palabra justa; más bien, la ciudad se abre ante ella, no porque le deba algo, sino porque ella decide ocupar su espacio, porque su cuerpo se mueve con la seguridad de quien sabe que cada giro de rueda es un acto de afirmación, que cada calle recorrida es un desafío silencioso a un orden que no fue pensado para mujeres como ella.

La figura de Lady Norman representa un activismo menos visible pero estratégico. Su enfoque incluía participación en comités, organización de eventos sociales con fines políticos, presencia en debates parlamentarios y escritura de cartas abiertas. Lejos de rechazar las estructuras de poder, influyó desde dentro, usando su estatus como plataforma para amplificar la causa sufragista.

Su contribución fue clave para la aprobación del Representation of the People Act en 1918, que otorgó el derecho al voto a mujeres mayores de 30 años con ciertos requisitos de propiedad. Posteriormente, en 1928, se alcanzó el sufragio pleno.

El análisis de su figura muestra cómo la clase social condicionó tanto las oportunidades de acción política de las mujeres como la manera en que sus aportes fueron recordados. Su privilegio, lejos de ser un obstáculo, definió su forma de actuar: nunca enfrentó prisión ni persecución, a diferencia de las sufragistas radicales, lo que ha llevado a que su figura quede relegada en la historiografía del feminismo militante. Reconocer su labor implica comprender que la historia del sufragismo no se construyó solo en las barricadas, sino también en salones, comités y calles recorridas con decisión y estilo. Lady Norman sirvió de puente entre la política masculina establecida y las demandas emergentes de las mujeres, mostrando que el feminismo podía ser discreto, elegante y profundamente transformador.

Su imagen sobre el patinete encarna un feminismo que combina modernidad y respeto por las formas sociales, desafiando expectativas sin romperlas del todo. Y mientras giraba su patinete por Fleet Street, mientras observaba la ciudad que se movía con indiferencia, pensaba en las otras mujeres: las que aún no podían desplazarse, las que esperaban permiso para existir, las que no tenían ruedas ni libertad para rodar. «Mi privilegio no es solo mío», se repetía, «es un puente, un instrumento, un testimonio, una responsabilidad».

Recordarla no es solo rescatar un nombre del archivo, sino contemplar la manera en que las mujeres, aún vestidas de normas, eligen desobedecer con elegancia. Lady Norman avanzó con paso firme, montada en su patinete, desafiando sin palabras el mandato de la quietud. Su activismo tejió puentes entre privilegio y justicia, entre deber y libertad. En ese gesto de rodar por Londres, ligera, autónoma, moderna, dejó una imagen que todavía hoy, más de un siglo después, nos interpela: ¿cuántas formas tiene la valentía cuando se viste de mujer?

08/03/2026 0 comments
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Entrevistas

“I Took the Road Less Traveled: The less-traveled road of the rock musician from Cangas, Diego Avello ‘Bull'”

by Beatriz Menéndez Alonso 04/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Between the green mountains of Asturias and the dusty roads of Texas, Diego Avello ‘Bull’ has built a life to the rhythm of rock. From the first chords that echoed in his native Asturias to stages in the USA, his path has been a journey of growth, transformation, and creative fire. Three studio albums, a live record, and several singles make up his discography so far, the result of years of sonic exploration and a spirit that knows no borders. To this are added several national and international tours that have led him to connect with diverse audiences, demonstrating that passion and authenticity know no language or geography.

His documentary “I Took the Road Less Traveled” traces that journey: a trip of identity, faith, and sonic stubbornness. We spoke with him about memory, uprooting, internal storms, and the beauty of choosing a path that few dare to travel.

The documentary begins in Asturias, crosses Mexico, and ends in the United States. Three territories, three rhythms, three stages of the same quest.

Question: Diego, your career has been a constant journey, full of transformations and challenges. Now, with the completion in the United States of “I Took the Road Less Traveled,” your story will be shown to the world in a very intimate way. What did it mean for you to see your life and your music reflected on the big screen? What do each of those places represent for you?

Answer: Seeing part of my life and my musical career reflected in a documentary is undoubtedly an emotional journey, a mix of nostalgia, pride, and awe. You realize all the scars you’ve accumulated and also all the victories. It made me realize all that I had to leave behind: my family, my friends, and the security of my small town in Cangas del Narcea. But it also reminded me why I did it, why I took the road less traveled. Music, rock and roll, has always been my driving force and what has led me to live on all these adventures.

Asturias is the fuel, the rage of my origins. It’s where I come from and what keeps my feet on the ground. Going back there to shoot was returning to who I really am and, at the same time, facing the ghost of my youth.

Mexico was a bridge, a crucial stage of my journey that taught me to adapt, to blend in, and not to lose my identity in the process. Mexico is a very intense country with many extremes. There were some complicated and dangerous moments… but, in short, I was very lucky and I found a very generous Mexico that helped me a lot to be able to move to the USA.

The United States is the culmination of my dream, the place where I have fought and where I have managed to be accepted and, most importantly, make my way in the land where Rock and Roll was born. It represents the fruit of years of very hard work. It is the place where I have found ears for my voice and a way of life that I longed for since I was a child.

The camera of “I Took the Road Less Traveled” breathes with the same pulse as his latest single, “Divine Storm.” Both are, in a way, a self-portrait: a celebration of the chaos that drives creation.

Question: “Divine Storm” seems to be in direct dialogue with the spirit of the documentary: strength, perseverance, struggle. Is there a connection between the two projects?

Answer: Yes, totally. “Divine Storm” captures that internal struggle, that strength needed not to give up and to keep overcoming obstacles. It is the sonic manifestation of perseverance, and the documentary is the visual manifestation of those moments of doubt and difficulty, but where, despite everything, you keep pushing, crossing the storms, and fighting for what you believe in.

In Austin, director J. Budro Partida and other professionals from the film and music industry found a different energy in his story: that of a non-Anglo musician who conquers the cradle of rock with authenticity and his own accent.

Question: Your story caught the attention of audiovisual professionals in Austin, PennyRock Productions and L.A. Lloyd Rock 30, who encouraged you to tell it. What did it mean to you that others recognized your trajectory and decided to accompany you in this story?

Answer: The idea for the documentary was born from a friend who worked in the music industry, Raymond McGlamery. Unfortunately, Raymond passed away in 2022 from cancer. L.A. Lloyd (a professional at several Rock radio stations) and I had met through Raymond, and at his funeral, Lloyd proposed carrying the documentary idea forward.

During this process, the film production company “PennyRock Productions” joined the project and carried out a large part of the production and all the filming and editing of the film. I feel eternally grateful and honored that both parties wanted to tell my story! It has been almost three years of intense work and many, many sleepless hours. It signifies a recognition not only of my music but of all the sacrifice and struggle behind it. It is a reminder that if your energy is honest and brave with what you do, people will perceive it. Rock in the USA is almost a religion and undoubtedly the most powerful and demanding music market in the world, but at the same time, this country greatly respects artists, especially those who have that kind of journey in their logbook.

Singing rock in English as an Asturian means building bridges between cultures. Bull does it with honesty, without disguising his identity.

Question: The music you love was born in a very specific and culturally different context than your own. What challenges and opportunities did you find in building your musical voice in English and in a genre as iconic as rock and roll?

Answer: Well, it was not an easy road at all, haha. Rock and roll is a genre with very deep Anglo roots, and being an Asturian singing in English, with my accent and my way of singing, is not what is expected, it’s not what is in the books; in the end, I’m a foreigner singing in a foreign land. The first challenge was precisely that: the language and my accent. At first, there was insecurity, but I soon realized that my accent was not a defect but a characteristic that made me unique. Instead of trying to hide it, I decided to embrace it. Rock is, in essence, music of the street, of truth, and my accent is part of my truth.

I also had to face the need not to be labeled. Some expected me to play Latin music, but I never beat to that rhythm… I focused on telling my story, on conveying my message in the most sincere way I could, and at the rhythm I have always beaten to, and that rhythm is called Rock and Roll.

Migration not only changes where one lives but also how one feels and creates. In his music, Bull translates displacement into strength and nostalgia into movement.

Question: In what way has the experience of immigrating and living in another country influenced your way of making music and the message you want to convey with Bull y los Búfalos?

Answer: Failing far from home is a very hard blow. Each failure makes you doubt everything… When I left Cangas del Narcea, I not only left a place but also a part of who I am. It is a constant feeling of guilt for the family and friends you leave behind and, at the same time, a torrent of adventures and new tastes that keep you constantly excited. All those emotions became a form of strength and movement. It was, and continues to be, the main source of inspiration to keep going and to keep writing lyrics and music.

Being chosen as the best rock band in Texas by MXD Magazine and participating in the soundtrack of Mayans M.C. have been milestones that consolidate their presence on the scene.

Question: Bull y los Búfalos was chosen as the best rock band in Texas by the prestigious MXD Magazine. What did this recognition mean for you and the band within such a competitive country with so much musical tradition?

Answer: I’ve never believed that music is a competition or that there are better bands than others; however, receiving awards, besides feeding the ego, haha, always helps to promote your work. Beyond the trophy, the meaning for me was the validation of the struggle, the hard work, and the talent. It was a reminder that our musical stubbornness, what we call “Stubborn Rock,” was bearing fruit. At the same time, it was cultural acceptance in such an iconic genre and in such a competitive country. This award showed that our mix of American rock with a Spanish touch was not only welcome but also appreciated and recognized.

Speaking of recognition, three of your songs were part of the soundtrack for the series “Mayans M.C.,” an important milestone for any band.

Question: How did this opportunity come about, and what impact has it had on your career?

Answer: It was one of those “small-big victories!” But it was no easy task… The soundtrack for the TV series “Mayans M.C.,” like its predecessor “Sons of Anarchy,” was managed by Quentin Tarantino’s music supervisor, and I had to go through many filters to be able to contact her and send her my music. Finally, after almost a year of negotiations, they decided to use three of our songs for the second season. The impact on our career and the visibility that appearing in “Mayans M.C.” gave us was a very important point in our growth as a Rock band and for myself as a songwriter, besides the pride for an independent band that your music appears in a television series with global reach and distribution.

The journey continues. Between new songs, tour ideas, and sonic experiments, Bull looks ahead with the calm of someone who has learned to wait.

Question: After the intense journey of the documentary, what new artistic projects are you currently working on? Are there any tour plans, new albums, or musical experiments that you’re excited about?

Answer: The film has closed one chapter and, at the same time, has opened new paths that we are eager to explore.

I recently moved from Austin, Texas, to Nashville, Tennessee. Nashville has become the epicenter of the music industry in the United States, which is a key point for my plans to find a new management team and record label. Additionally, I am constantly inspired by Nashville’s musical environment and sound. Rock and roll is a genre that has always evolved, and so have we. I’m working on writing new songs, adding new flavors and influences for what could be a new album. Of course, we are always looking for new concerts and tours. Nashville is the perfect place for this new chapter!

Question: Regarding the premiere of the documentary that we all hope to see from this side of the world, do you have the date or location of its broadcast in Asturias confirmed yet? How do you imagine that special moment?

Answer: The documentary is artistically finished, but we are still working on legal matters, contracts, and permits to be able to present it publicly. However, we plan to have three private screenings in different cities: Nashville, Austin, and, of course, Cangas Del Narcea, Asturias. At the same time, this month, we have started sending the documentary to the film festival circuit, both national and international. And as for how I imagine the premiere in Asturias? Well, with a lot of cider and a lot of partying! Hahaha, after all, that’s what being Asturian is about, celebrating that we are alive, strong, and not willing to give up…

Diego Avello “Bull” chose a path that few dare to take, a road with no guarantees, no promises of applause or certainties. It is a route sprinkled with deep silences but also with small miracles: a perfect chord, a knowing look from the audience, the unwavering loyalty of a band that resists.

In his voice, that stubbornness of dreamers persists, an obstinacy that, bordering on madness, becomes the only path to authenticity. His rock, he affirms, does not seek to please but simply to exist. And in that search, in that almost spiritual clinging to sound, a true lesson in resistance is revealed.

“I Took the Road Less Traveled” is, in essence, the declaration of someone who decided to chart his own course, even if the climb was hard and the map was blank. It is the confession of a musician who chose uncertain beauty over safe comfort. And so, like a whisper that blends with the echo of a guitar fading away, the idea remains: keep playing, even when the path is the one less traveled. Or perhaps, precisely for that reason.

04/03/2026 0 comments
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Cine

Napalm al alba

by Beatriz Menéndez Alonso 18/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Ha muerto Robert Duvall. La noticia, seca en su formulación, no alcanza a nombrar lo que verdaderamente se extingue y lo que, al mismo tiempo, permanece. Porque hay vidas que no se miden por la duración sino por la vibración que dejan suspendida en el aire. Y Duvall fue eso: una vibración baja, constante, como el pulso del mar cuando nadie lo mira y, sin embargo, modela la costa.

Más de siete décadas ante la cámara, más de cien películas, y sin embargo su presencia nunca se volvió rutinaria. Cada aparición era una variación distinta de la condición humana. Desde aquel joven tímido y casi espectral que fue Boo Radley en Matar a un ruiseñor —una figura que parecía hecha de sombra y compasión— hasta el abogado leal y contenido de El padrino, Duvall modeló personajes que habitaban los márgenes del poder o su centro más helado, pero siempre con una vibración íntima que los salvaba del estereotipo.

Pensar en él es pensar en la gravedad. En la gravedad moral que sostuvo a Tom Hagen en El padrino  y en El padrino II. No era el patriarca, no era el heredero impetuoso; era la inteligencia que calculaba, el oído que escuchaba antes de hablar, la mente que traducía la violencia en procedimiento. Y, sin embargo —qué extraño— en ese abogado adoptado, en ese hijo sin sangre, había una melancolía callada, una conciencia de extranjería que Duvall dejaba asomar apenas en el temblor mínimo de la mirada.

Tom Hagen se sentaba a la mesa del poder como quien ocupa una silla prestada. Pertenecía y no pertenecía. Era la razón dentro del torbellino, el intérprete de códigos antiguos que exigían lealtad absoluta y, a cambio, ofrecían una forma de pertenencia casi sagrada. Duvall comprendió que el verdadero drama del consiliere no estaba en lo que hacía, sino en lo que callaba. Cada silencio era una renuncia; cada consejo, una carga añadida. Su voz no necesitaba elevarse: bastaba su serenidad para que la escena encontrara eje. Allí, en esa contención, el actor reveló una de las lecciones más sutiles del cine moderno: que el poder auténtico no grita, persuade.

Y luego —como si el mismo intérprete quisiera demostrar la amplitud de su registro— llegó la expansión solar y delirante del teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now. Si Hagen era la sombra que piensa, Kilgore era la luz que arde sin preguntarse por las consecuencias. Aparece en medio del fragor de la guerra como un hombre convencido de la lógica de su mundo, un mundo donde los helicópteros trazan arabescos en el cielo y la devastación adquiere la forma de un espectáculo.

“I love the smell of napalm in the morning”. La frase flota todavía en el aire cultural como un perfume indeleble, dulce y atroz. Duvall la pronunció sin guiño, sin distancia irónica. Y ahí residió su fuerza: no caricaturizó al militar, no lo redujo a monstruo. Lo dotó de una fe casi inocente, de una coherencia interna que vuelve más inquietante su entusiasmo. Kilgore contempla la guerra con una especie de fervor estético; la ordena, la dirige, la convierte en coreografía. Bajo su sombrero y su sonrisa franca late la convicción de quien no duda. Y es precisamente esa ausencia de duda la que hiela.

Qué delicado equilibrio sostuvo Duvall en ese personaje: lo suficientemente carismático para seducir, lo suficientemente perturbador para inquietar. No lo juzga; lo encarna. Y al encarnarlo con tal naturalidad, obliga al espectador a mirar de frente la lógica de la guerra, esa maquinaria que transforma la destrucción en rutina, la muerte en paisaje.

Entre el consejero que mide las palabras y el coronel que celebra la destrucción se despliega el arco de una carrera extraordinaria. Más de cien películas, siete nominaciones al Oscar, una estatuilla por Gracias y favores.

Esa estatuilla —la única que sostuvo entre las manos, tras varias nominaciones— no fue un gesto de consagración súbita, sino la cristalización tardía de una coherencia. Cuando la Academia lo reconoció por Gracias y favores, premiaba algo más que una interpretación: premiaba una forma de entender el oficio.

En aquella película, dirigida por Bruce Beresford, Duvall encarnó a Mac Sledge, un cantante de country derrotado por el alcohol, por la soberbia y por su propio ego. No era el tipo de personaje que busca simpatía; era un hombre erosionado, áspero, encerrado en la sequedad de los paisajes texanos y en una culpa que no necesitaba proclamarse. Duvall lo interpretó como quien recoge los restos de una vida y los observa en silencio, sin dramatismo excesivo, sin redención espectacular.

Pero los premios, en el caso de Duvall, parecen anotaciones marginales. Lo esencial sucedía en otra parte: en la respiración del personaje, en la densidad invisible que aportaba incluso a las escenas más breves.

Hay en su trabajo una ética del detalle. Un respeto por la complejidad humana que rehúye el juicio fácil. Sus hombres podían ser duros, severos, incluso brutales; pero nunca eran planos. Duvall parecía buscar en cada uno de ellos una grieta por donde asomara la fragilidad. Y cuando la encontraba, la sostenía sin subrayarla, como quien protege una llama del viento.

Su muerte no es un apagón, sino un cambio de luz. Las películas permanecen. Las escenas continúan desplegándose en la oscuridad de las salas y en la intimidad de las pantallas domésticas. Y en cada una de ellas, su figura —serena o exaltada, reflexiva o arrebatada— vuelve a ocupar su lugar con la naturalidad de quien nunca necesitó imponerse.

Quizá esa sea la herencia más perdurable de Robert Duvall: la certeza de que la grandeza puede ser callada. De que el poder auténtico reside en la comprensión y no en el estruendo. De que, aun en medio del napalm y de las conspiraciones familiares, el rostro humano sigue siendo el territorio más vasto y más enigmático.

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MúsicaNoticias

El regreso del hijo pródigo del rock al Teatro Conde Toreno

by Beatriz Menéndez Alonso 17/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la penumbra elegante del patio de butacas, bajo la respiración contenida de un público que no era solo público sino familia, amigos, vecinos —pueblo entero—, se proyectó por primera vez en Europa el documental I Took the Road Less Traveled. Y no podía ser en otro lugar que, en Cangas del Narcea, tierra natal de Diego Avello, conocido artísticamente como Bull, ese obstinado rockero que un día decidió cruzar el océano persiguiendo una quimera eléctrica llamada sueño americano.

La cita fue este domingo 15 de febrero en el histórico Teatro Conde Toreno, corazón cultural del suroccidente asturiano.

La tarde del estreno en el Teatro Conde Toreno fue una ovación prolongada. No era solo la celebración del éxito artístico, sino el reconocimiento a la perseverancia. El público comprendía que aquella historia hablaba también de ellos: de emigración, de identidad, de la necesidad de elegir, a veces, el camino menos transitado.

Bull llenó la pantalla con su presencia magnética. Carismático y humilde. Firme y vulnerable. Un asturiano que ha sabido navegar entre dos culturas sin traicionarse.

El documental, dirigido con sensibilidad y pulso narrativo por Budro Partida, arranca en la Cangas de los años de instituto, cuando Diego ya lucía con orgullo camisetas de la bandera estadounidense y escuchaba con devoción a Elvis Presley, Johnny Cash y Jerry Lee Lewis. Aquella pasión no era estética: era vocacional. Era la certeza íntima de que su lugar en el mundo estaba ligado al rock and roll y a la cultura americana. Lo que el documental demuestra es que entre el sueño y la realidad media un territorio áspero.

Budro construye un relato más humano que musical, más íntimo que biográfico. No estamos ante el clásico documental de ascenso y caída, sino ante la anatomía de una perseverancia. La cámara observa sin juzgar, acompaña sin invadir. Uno de los grandes aciertos del documental es no romantizar la experiencia migratoria. I Took the Road Less Traveled pone el foco en la realidad actual de los emigrantes en Estados Unidos: la dificultad de obtener visados de permanencia, la burocracia implacable, la incertidumbre constante.

Estados Unidos no regala nada. Puedes tocar el cielo —llenar salas, recibir premios, ser reconocido por la crítica— y, al mismo tiempo, vivir pendiente de un permiso administrativo que determine tu continuidad en el país. Puedes cumplir el sueño tantas veces ansiado desde otras órbitas… o perderlo todo en el intento.

La lucha es feroz. El mercado es competitivo hasta el extremo. Y la legislación migratoria convierte cada paso en una carrera de obstáculos. Esa tensión atraviesa el documental y dota al relato de una dimensión contemporánea y política que lo eleva más allá de la simple biografía artística.

En cada testimonio se percibe la misma idea: la obstinación de Diego es el eje que lo sostiene todo. Colaboradores, amigos, profesionales del sector y familiares coinciden en señalar su resistencia, su ética de trabajo, su negativa a rendirse cuando el sistema parecía cerrar puertas.

Entre dos ríos, entre dos mundos. La voz que une las dos orillas

Hay una imagen poderosa que atraviesa el filme. Bull habla de su infancia “entre dos ríos”: el Río Luiña y el Río Narcea, que confluyen bajo la mirada protectora de la Ermita del Carmen. Dos corrientes que se unen para hacerse más fuertes, más bellas.

Esa metáfora fluvial resume su identidad: Así es Bull: español y americano. Cangues de pura cepa y músico forjado en la dureza del circuito estadounidense. Su lado español —arraigo, comunidad, memoria— y su lado americano —ambición, individualismo creativo, hambre de escenario— conviven sin imposturas. No hay disfraz. No hay caricatura. Hay integración.

Un Ulises moderno que ha cruzado océanos de tiempo sin extraviar su sueño.

El documental cuenta con la producción y la voz en off de L.A. Lloyd, figura reconocida del panorama radiofónico rockero en Estados Unidos. Su narración actúa como hilo conductor, como puente entre E.E.U.U. y Asturias, entre la épica americana y la raíz rural del suroccidente asturiano.

Estos días, Lloyd ha compartido con el equipo jornadas de celebración por Cangas, reencontrándose con el paisaje y con la hospitalidad de un concejo que ya los acogió en 2024, cuando llegaron para rodar las primeras escenas en la villa. Se percibe en él —y en todo el equipo— una admiración profunda por la persona que hay detrás del personaje.

La película ha cosechado un notable éxito en el circuito de festivales estadounidenses, incluyendo el reconocimiento como Mejor Documental Internacional en el Austin International Film Festival. Un logro que confirma la dimensión universal de una historia profundamente local.

Sin embargo, el equipo eligió Cangas del Narcea para su primer pase europeo. Un gesto cargado de simbolismo: antes de conquistar nuevos territorios, había que rendir cuentas con la tierra madre.

Desde Uve Magazine, tuvimos además el privilegio de acompañar la antesala de este estreno en la Librería Treito, en un encuentro cercano que sirvió de prólogo íntimo a la gran noche. Entre amigos y conversación, ya se intuía que lo que estaba por venir sería más que una proyección.

Invitación abierta: que el viaje continúe

El público llenó el teatro. Familias, amigos, vecinos, curiosos. La acogida fue cálida, sostenida, emocionada. No era solo la celebración del éxito de un músico en Estados Unidos; era el reconocimiento de una actitud ante la vida.

El documental nos recuerda que tomar el camino menos transitado implica perder certezas, comodidades, seguridades. Implica pagar un precio. Pero también demuestra que ese precio puede merecer la pena si lo que se gana es la fidelidad a uno mismo.

Bull no es solo un artista que ha tocado el techo del éxito en un mercado extranjero. Es el ejemplo de que la obstinación, cuando se combina con trabajo y talento, puede atravesar fronteras físicas y burocráticas.

I Took the Road Less Traveled prepara ahora su salto al circuito de festivales europeos y españoles. Ojalá podamos disfrutarlo pronto en nuestras pantallas, en nuevos teatros, en nuevas ciudades.

Mientras tanto, la invitación es clara: seguir el recorrido del documental a través de sus redes, acompañar su camino, compartir esta historia que habla de emigración, de identidad, de perseverancia y de sueños que no se negocian.

Magnífico trabajo el de Budro Partida, de L.A. Lloyd y de todo el equipo de producción. Magnífica la entrega de Bull. Y ejemplar la respuesta de un pueblo que supo acoger, celebrar y reconocer a quien nunca dejó de ser suyo.

Porque en tiempos donde la comodidad parece imponerse como norma, historias como la de Diego Avello —Bull— nos recuerdan que aún existen quienes prefieren la intemperie del intento a la tibieza de la renuncia.

17/02/2026 0 comments
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Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

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