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Beatriz Menéndez Alonso

Beatriz Menéndez Alonso

LiteraturaPensamiento

¿Quién yace en la tumba de un poeta?

by Beatriz Menéndez Alonso 23/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Un nombre, sin duda. Una piedra, una fecha, tal vez dos. Un epitafio cuidadosamente cincelado en letras doradas que prometen eternidad. Pero en el fondo, ¿qué hay? Nada. Polvo, si acaso. El poeta no está allí. Nunca estuvo. La tumba, como las palabras, guarda apenas un simulacro de presencia.

Las tumbas de los poetas constituyen un fenómeno que desborda el simple acto funerario. Allí no termina la vida literaria del autor, sino que —en muchos casos— comienza otra: una vida póstuma hecha de lecturas, visitas, evocaciones, inscripciones, apropiaciones simbólicas. Frente a estos sepulcros no se trata solo de recordar, sino de leer. No es el duelo lo que funda su singularidad, sino el texto. La tumba de un poeta es un lugar donde la muerte se convierte en literatura y la literatura, en un ritual persistente de memoria activa.

En apariencia, una tumba conserva. Conserva un cuerpo, una memoria, un nombre. Pero en el caso del poeta, la tumba conserva poco o nada del sujeto que fue. El cuerpo desaparece —es bien sabido—, y el poeta, reducido a polvo, no yace de verdad allí. Y, sin embargo, la tumba se llena de significado. ¿Por qué?

La tumba como texto

Porque la poesía, a diferencia de otras formas de discurso, no termina con la vida de quien la escribió. La poesía no se agota. Y así como la voz del poeta no muere del todo, su tumba tampoco es un silencio. Se convierte en texto. No es casual que muchos epitafios hayan sido redactados por los propios escritores. La lápida funciona como un último gesto literario: una frase breve destinada a sobrevivir a quien la escribió.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la tumba de William Shakespeare, en Stratford-upon-Avon:

“Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones”.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito quien mueva mis huesos.

La advertencia tiene algo de conjuro. Durante siglos nadie se atrevió a exhumar sus restos. Pero más allá de su función protectora, el epitafio produce un efecto literario evidente: incluso después de muerto, Shakespeare sigue hablando.

La tumba no guarda silencio. La tumba recita.

En la tradición española, Mariano José de Larra representa una de las figuras más potentes de esta intersección entre literatura y muerte. Su suicidio en 1837, a los 27 años, fue interpretado por la posteridad como un acto estético, romántico y casi programático. Su tumba, en el cementerio de San Justo, ha sido visitada, evocada y citada desde entonces.

Especialmente notable es la visita de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, según la tradición, acudió a la tumba de Larra en la noche del 13 de febrero, aniversario de su muerte, y escribió una de sus leyendas más conocidos, El miserere, donde la voz de los muertos se mezcla con la música espectral. Larra se convierte, así, en un símbolo: no solo del fracaso político de su tiempo, sino de la persistencia de la palabra más allá de la vida.

En este sentido, su tumba opera como una especie de palimpsesto emocional y literario. Sobre ella se inscriben no solo epitafios, sino también interpretaciones, afectos, lecturas. El lector que se acerca a Larra muerto no busca únicamente los restos del hombre, sino el rastro del escritor. Lee en la tumba como si fuera una página.

No es casual que escritores del siglo XX —como Azorín o Unamuno— siguieran evocándolo y leyéndolo. Su tumba opera como un nodo de significación. Un lugar de lectura y de relectura.

Si la tumba puede convertirse en texto, también puede ocurrir lo contrario: que el texto sustituya completamente a la tumba.

El caso de Federico García Lorca en este sentido resulta ejemplar. Asesinado en 1936 durante los primeros días de la Guerra Civil española, su cuerpo nunca fue encontrado con certeza. No existe una tumba identificable.

Sin embargo, su presencia cultural es extraordinariamente intensa.

La ausencia física del sepulcro no ha impedido la construcción de un espacio simbólico de memoria. Al contrario, la falta de tumba ha reforzado el carácter espectral de su figura.

La obra de Lorca funciona como una tumba textual: un lugar donde su voz continúa resonando.

En la literatura inglesa, la muerte del poeta ha sido una escena intensamente dramatizada. John Keats, cuya tumba en el cementerio protestante de Roma reza “Here lies one whose name was writ in water”, Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua, encarna la fragilidad del genio joven, incomprendido y precozmente desaparecido. El agua borra toda inscripción; nada permanece en ella. Sin embargo, la historia literaria produjo una ironía notable: el nombre de Keats no se disolvió. Se convirtió en uno de los pilares de la poesía romántica inglesa.

Algo similar ocurre con Percy Bysshe Shelley, también enterrado en Roma, cerca de Keats, y cuya muerte trágica en el mar refuerza la estética de la ruina romántica. Su epitafio cita The Tempest de Shakespeare:

“Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange”.

Nada de él se desvanece,
sino que sufre una transformación marina
en algo rico y extraño.

En el caso de Oscar Wilde, la tumba adopta una forma aún más singular. Su sepulcro en el cementerio de Père-Lachaise, en París, es una escultura monumental del artista Jacob Epstein: un ángel alado de líneas geométricas, casi futuristas. Durante décadas, los visitantes dejaron sobre la piedra miles de marcas de lápiz labial como gesto de homenaje. La tumba se convirtió en una superficie de escritura colectiva.

No era un gesto trivial. Wilde había escrito en The Ballad of Reading Gaol (La Balada de la cárcel de Reading es un poema escrito por Oscar Wilde durante su exilio en  Berneval, Francia, tras su liberación de la prisión de Reading en torno al 19 de mayo de 1897) una de las meditaciones más intensas sobre la muerte y el castigo:

“Yet each man kills the thing he loves.”

Y, sin embargo, cada hombre mata aquello que ama.

La tumba de Wilde, cubierta durante años de besos y de nombres, demuestra hasta qué punto la memoria literaria se construye también mediante gestos corporales, afectivos y rituales.

Algo semejante podría decirse de Edgar Allan Poe, cuya tumba en Baltimore fue durante mucho tiempo un lugar modesto, casi olvidado. Con el paso de los años, sin embargo, se convirtió en un sitio de peregrinación literaria. Durante décadas, un visitante anónimo —conocido como the Poe Toaster (Brindador de Poe)— acudía cada 19 de enero, aniversario del nacimiento del poeta, para dejar tres rosas y una botella de coñac sobre la lápida.

El ritual, repetido durante más de medio siglo, demuestra que la tumba de un poeta no pertenece únicamente al pasado. Es también una escena ritual que se reactiva periódicamente. Un acto de lectura silenciosa, de memoria reiterada.

Su tumba, como la de Keats, Shelley, Wilde, no es solo un lugar de descanso, sino una prolongación del texto que dejaron. Ambos sepulcros son visitados, fotografiados, leídos. Son, como diría Roland Barthes, textos abiertos a la interpretación.

Lord Byron, por su parte, murió lejos de Inglaterra, en Missolonghi (o Mesolongi, Grecia), luchando por la independencia griega. Su cuerpo regresó, pero su mito se había vuelto transnacional. La tumba de Byron —y más aún su ausencia simbólica en Westminster Abbey, donde durante mucho tiempo se le negó sepultura— demuestra que el cuerpo del poeta no siempre encuentra su lugar en la patria, pero su palabra sí la encuentra en la posteridad.

Si retrocedemos aún más en el tiempo, encontramos el caso paradigmático de Dante Alighieri. Su tumba se encuentra en Rávena, no en Florencia, la ciudad que lo vio nacer y de la que fue exiliado. Durante siglos, Florencia intentó recuperar sus restos sin éxito.

La inscripción de su sepulcro recuerda su condición de desterrado:

“Parvi Florentia mater amoris”.

Florencia, madre de poco amor.

La tumba de Dante materializa una tensión fundamental entre ciudad, memoria y literatura. El poeta que escribió la Divina Comedia —uno de los textos fundacionales de la literatura occidental— descansa lejos de su patria. Sin embargo, su obra constituye un territorio simbólico mucho más vasto que cualquier ciudad.

Oscar Wilde

Frente a estas tumbas, el lector no solo recuerda, sino que lee. No lee únicamente lo escrito en mármol, sino lo que resuena en la memoria colectiva. El lugar físico de la tumba se convierte en una página más del archivo literario.

Desde una perspectiva filosófica, la persistencia de los poetas después de su muerte puede pensarse a partir del concepto de espectralidad desarrollado por Jacques Derrida. En su obra Specters of Marx, Derrida introduce la idea de que toda escritura posee una dimensión espectral: algo que continúa actuando incluso cuando la presencia material del autor ha desaparecido. La escritura no pertenece del todo al presente ni al pasado; opera en un tiempo diferido, en una zona intermedia donde la voz se repite sin coincidir plenamente con quien la pronunció.

Este desfase constituye una de las condiciones fundamentales de la literatura. Cuando un lector abre un libro escrito hace siglos, la voz que encuentra no proviene de un sujeto vivo en sentido inmediato, pero tampoco está completamente extinguida. Se trata de una presencia sin cuerpo, una forma de supervivencia discursiva que se activa cada vez que el texto es leído. El poema habla, pero quien habla ya no está.

La escritura, en este sentido, funciona como una tecnología del aplazamiento. Permite que la palabra sobreviva a la vida biológica de quien la produjo. Allí donde la voz oral desaparece con el hablante, el texto permanece disponible para futuras reactivaciones. Cada lectura reabre la escena de la enunciación.

Por eso el autor, una vez muerto, adquiere inevitablemente una dimensión espectral. No desaparece por completo; se transforma en una figura que habita el espacio ambiguo de la memoria cultural. Su presencia se manifiesta en citas, interpretaciones, ediciones, traducciones, discusiones críticas. El autor se dispersa en las múltiples formas que adopta su obra dentro de la tradición literaria.

Las tumbas de los poetas hacen visible esta paradoja de manera particularmente intensa. En principio, un sepulcro señala una ausencia: indica que un cuerpo ha dejado de existir. Pero cuando ese sepulcro pertenece a un poeta, el significado del lugar se modifica. La lápida afirma la muerte del individuo, mientras que la obra continúa generando nuevas lecturas.

El cementerio, espacio asociado habitualmente al silencio, se convierte entonces en un lugar atravesado por el lenguaje.

23/04/2026 0 comments
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EntrevistasLiteratura

Una tarde entre libros con Jorge Ordaz

by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«La realidad no siempre necesita ser transformada: basta con mirarla desde el ángulo preciso para que revele su parte más extraña»

Memorias de un magnetizador

Mi encuentro con el escritor Jorge Ordaz tuvo lugar un sábado de principios de marzo, a una hora que ya de por sí contiene algo de poético: las cinco de la tarde. Hay horas que parecen escritas para ciertas experiencias, con una luz que inclina el tiempo y una quietud que ralentiza el pulso cotidiano; la de aquel sábado, sin duda, pertenecía a los libros y a las palabras compartidas

El escenario no podía ser más propicio: la librería La Tercera Palabra, un espacio que trasciende su función comercial para convertirse en un lugar de permanencia. No es solo una librería: es un ámbito donde la lectura adquiere una dimensión casi íntima, ajena al ritmo apresurado del exterior.

Tengo el privilegio — cada vez más valioso— de compartir amistad con sus dueños, Lara y Juan, que aquella tarde nos abrieron las puertas en su día de descanso. No es un gesto menor: una librería cerrada al público es otra cosa. No es solo un espacio sin ruido, es un espacio que se recoge sobre sí mismo, que cambia de naturaleza.

Hay algo casi íntimo —casi doméstico— en recorrer una librería vacía. Los lomos dejan de ser un catálogo y se convierten en una suerte de paisaje. Uno no busca: se deja llevar. Los títulos aparecen como señales, como guiños discretos. Y en ese deambular sin rumbo preciso comienza, sin que nadie lo anuncie, la conversación.

Antes de sentarnos, nos movemos despacio entre las estanterías, casi con una especie de respeto intuitivo, como si caminar entre libros exigiera otra velocidad, otra forma de estar. Jorge se detiene aquí y allá, reconoce títulos, los comenta al paso.

Mientras se suceden las fotografías —discretas, sin interrumpir el ritmo de la tarde— y se descorcha una botella de vino blanco, gentileza de mi amigo José María Martínez Parrondo, el tiempo parece adoptar otra cadencia. El vino no irrumpe: acompaña.

Imagen de José Antonio Pernia

Nos detenemos en la sección de literatura inglesa. Jorge toma un libro, lo hojea, lo deja, toma otro. Y entonces aparece un nombre que, hasta ese momento, no formaba parte de mi mapa lector: Anita Brookner. Hay en ese gesto —el de señalar un libro, el de compartir una lectura— una forma de complicidad que solo se da entre lectores.

Salgo de allí con Hotel du Lac bajo el brazo, sin saber todavía que será un descubrimiento luminoso.

Hablamos de La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, a quien redescubro en una reciente y cuidada edición de UVE BOOKS. Ordaz apunta entonces algo que resuena: nadie, en su época, se hubiesse atrevido a escribir una novela con semejante carga social y crítica. Quizá —dice— Benito Pérez Galdós podría haberlo hecho. Pero no lo hizo. Lo hizo ella.

Así comienza esta conversación: rodeado de su obra, casi toda publicada por la editorial Pez de Plata. Solo La mariposa en el mapa escapó a esta editorial, pero la mayoría de sus novelas descansan allí, como testigos silenciosos de una trayectoria constante, íntima y prolífica.

 

Pregunta: ¿Cómo te sientes al estar entre estos volúmenes, que representan tantos años de tu trabajo y de tu evolución como escritor, observando cómo cada libro refleja no solo un momento de tu carrera, sino también un fragmento de tu vida, de tus lecturas y de tus obsesiones literarias?

Jorge Ordaz: La verdad es que es un sentimiento extraño, un poco abrumador, porque uno no siempre es consciente del volumen de obra que ha generado hasta que lo ve frente a sí. Casi todos los libros están publicados por Pez de Plata, salvo La Mariposa en el mapa, que salió en otra editorial. Pero sí, al verlos alineados, uno tiene la impresión de que es mucha obra; cada libro es como un pequeño mundo encapsulado, con su propio ritmo, sus obsesiones, sus errores y sus aciertos. Me pregunto muchas veces: “¿Me ha dado tiempo a hacer todo esto?”. La respuesta, claro, es que sí, pero hay un matiz: mis libros son relativamente cortos, y eso ayuda a que pueda mantener un ritmo de publicación constante. En comparación con novelas actuales que superan las 500 o 700 páginas, los míos son más comedidos; incluso El fuego y las cenizas, que es el más largo, no alcanza las 300 páginas.

 

Jorge Ordáz en la Librería La Terecera Palabra en Oviedo. Imagen de José Antonio Pernia

Pregunta: ¿Crees entonces que la extensión de un libro tiene que ver con la calidad de la obra, o más bien con el estilo y el ritmo del autor? ¿Piensas que una novela excesivamente larga podría desvirtuar la esencia de tu escritura, o que incluso la riqueza de una obra no se mide por la cantidad de páginas sino por la intensidad que transmite?

Jorge Ordaz: Exactamente, no creo que la longitud defina la calidad de una obra. Para mí, si me pidieran escribir una novela de 500 páginas, probablemente no podría. Mi estilo no se presta a la sobrecarga descriptiva. En novelas largas, normalmente uno debe introducir extensas descripciones para sostener la narrativa, y yo prefiero sintetizar, dar pinceladas, sugerir más que mostrar en exceso. La extensión siempre debe ir de la mano del ritmo y del estilo que buscas, no al revés. Otros autores tienen facilidad para extenderse y recrearse en largas escenas descriptivas; yo busco la precisión y la intensidad. Creo que cada escritor debe respetar su propia voz, la escritura funciona como un espejo: refleja lo que puedes y quieres hacer, y traicionarte a ti mismo, haciendo algo que no te nace, rara vez funciona.

Pregunta: Jorge, muchos de tus libros parecen nacer de tus pasiones personales y de tus aficiones, como la música y la ópera en Bella Donna, donde reconstruyes la vida de una cantante del belcanto, o el mar como escenario recurrente en tus aventuras, desde La Perla de Oriente hasta otras novelas que exploran rutas marítimas y tradiciones mediterráneas. Incluso tu interés por la geología y la paleontología dio lugar a la idea de un personaje cazador de dinosaurios en El Cazador de Dinosaurios. ¿Podrías hablarnos de cómo estas pasiones personales influyen en tu proceso creativo y cómo logras convertir tus intereses en escenarios, personajes y tramas literarias que al mismo tiempo sean rigurosos, atractivos y sorprendan al lector? Además, ¿crees que esta afinidad con tus propios temas te permite explorar mundos más auténticos y cercanos a ti, o representa también un desafío para no caer en la repetición o el exceso de detalle especializado?

Jorge Ordaz: La creación de una novela comienza con una idea, pero no basta solo con eso. Primero surge un tema que me interesa explorar, algo que me genere ganas de escribir y de investigar. A partir de ahí, hay que situar la época, la trama, definir personajes y documentarse. La documentación es fundamental; muchas veces ocupa más tiempo que la propia escritura. Por ejemplo, en Memorias de un magnetizador, tuve que estudiar frenología y sumergirme en el mundo del esoterismo para poder dar verosimilitud a la historia, aunque el libro no pretende ser un tratado científico. De manera similar, en Las confesiones de un bibliófago exploré con detalle el universo de los bibliófilos, un mundo pequeño pero apasionante, donde los libros se valoran más como objetos de colección que como simples textos de lectura. Otros temas coinciden con mis aficiones que han marcado profundamente mi manera de escribir y la elección de los temas. Cuando abordo un proyecto, parto de algo que me interesa de manera genuina; si no hay un motor personal, es difícil mantener la energía necesaria para desarrollar una novela.

Lo mismo sucede con mi formación científica y la Geología. La idea de un paleontólogo que busca dinosaurios me permitió crear El Cazador de Dinosaurios, un personaje que mezcla aventura, rigor científico y un cierto espíritu de exploración al estilo de un Indiana Jones, pero con base en conocimiento real. Mi formación me impone respeto por los detalles: los datos geológicos, la paleontología, la historia natural deben ser correctos, aunque estén envueltos en una narrativa de ficción. Esa combinación de rigor y creatividad me gusta; creo que ofrece al lector un viaje verosímil pero sorprendente.

Al final, escribir sobre mis intereses me permite crear mundos ricos y coherentes, pero también me obliga a ser disciplinado. Debe haber un equilibrio entre la pasión personal y la mirada del lector, entre lo que a mí me fascina y lo que hace avanzar la trama. Esa tensión, lejos de limitarme, me motiva; cada novela es un ejercicio de precisión, imaginación y estilo. Y es precisamente esa autenticidad —el hecho de que los temas coincidan con mis propios intereses— la que creo que da a mis libros un pulso más cercano, más vivido, sin sacrificar la aventura ni el misterio que toda buena narrativa requiere.

Pregunta: Otro de tus intereses es el cine, especialmente de los años 40, 50 y 60. ¿Cómo influye en tu narrativa?

Jorge Ordaz:  Efectivamente otra de mis grandes pasiones es el cine, y al pensar en posibles novelas, me atrae la idea de explorar ese mundo desde dentro, pero no desde la perspectiva de los actores, sino de todo lo que queda detrás de la pantalla. Los guionistas, los técnicos, los personajes que aparecen solo en los créditos… Ese universo que para muchos permanece invisible me resulta fascinante. Me interesa especialmente el cine de las décadas de los 40, 50 y finales de los 60, que para mí constituye una época espléndida, llena de creatividad y riesgo estético. Últimamente, por comodidad, veo mucho cine en plataformas digitales, pero la mayor parte del cine contemporáneo no me interesa; lo que realmente me apasiona es aquel que viví cuando era niño, las películas que quedan grabadas en la memoria y que, al revisarlas años después, conservan intacta su fuerza y su magia.

Recuerdo con claridad cuando iba al cine de niño en Barcelona: no había móviles, internet ni televisión, y para mí, ir al cine era una verdadera diversión. En el colegio, los jueves por la tarde eran libres y nos llevaban a los cines de barrio: empezaban a las cuatro con dos películas seguidas y salíamos a las siete y media. Normalmente proyectaban primero la película “mala” en blanco y negro, normalmente española y luego la “buena” en color y americana. Durante la función, nos daban nuestra merienda; eran tardes que hoy me parecen idílicas y completamente diferentes al cine de ahora. Me fascinaban aquellas películas que, aunque en el momento parecieran corrientes, conservaban intacta su fuerza y se convertían en un pequeño tesoro de cine clásico en mi memoria.

La literatura funciona de manera muy parecida. Los libros que lees en la infancia y en la adolescencia te marcan de un modo especial; algunos los vuelves a leer y mantienen intacta su fascinación, mientras que otros se deslizan entre los dedos con el tiempo. Yo pertenezco a la generación de Las aventuras de Guillermo, un muchacho travieso y un poco malote, protagonista de varias series de libros infantiles. Allí se hablaba, por ejemplo, de pasteles de jengibre, algo que ahora parece muy cercano, pero que para mi imaginación infantil era absolutamente seductor y exótico. Hay libros que es mejor no volver a tocar, porque los recuerdos y la experiencia de la lectura los han hecho perfectos; otros, aunque los leas muchas veces, conservan intacta su fuerza; y algunos, quizá, se caen un poco de las manos, pero aun así forman parte inseparable de tu educación literaria y emocional.

Pregunta: Hablando de tus primeros libros, como Gabinete de Ciencias Asturales, que es una colección de relatos cortos que escribiste junto a tu colega Biólogo Juan Luis Martínez de la Universidad, y con quien coincidías en muchos gustos literarios… Cuéntanos un poco de los ingredientes de tu manera de hacer, tu modus operandi.

Jorge Ordaz: Sí, esos relatos fueron realmente un punto de partida. Mi manera de trabajar se ha ido definiendo con el tiempo, pero hay tres elementos que siempre están presentes: la ironía, el humor y una erudición que puede ser genuina o construida para la historia. Ese libro, de hecho, ya representaba mi forma de escribir y coincidía bastante con el estilo de Luis, mi compañero. Empecé por el relato corto, que es un territorio muy exigente, mucho más de lo que la gente cree.

Pregunta: La literatura es seducción. ¿Cómo seduces al lector desde la primera línea?

Jorge Ordaz: Eso es complicado. La verdad es que nunca sabes cómo va a responder el lector, pero lo primero es convencerte a ti mismo. Si lo que escribes te convence y estás seguro de ello, entonces puedes pensar que quizá convencerá a los demás. Si no te convence a ti, es prácticamente imposible que funcione con quien lee. Por eso, para mí, escribir es también un acto de confianza: confianza en tu propia voz y en la capacidad de transmitir algo que sea singular y convincente.

Pregunta: Jorge, en La Sacavera observamos cómo Oviedo se convierte en algo más que un simple escenario: la ciudad se transforma en un personaje más, con su historia, su geografía y su atmósfera propia. La novela combina personajes históricos del siglo XVIII —como Feijoo, Doctor Casal o Gil de Jaz— con personajes de ficción, y construye una trama que mezcla misterio y documentación histórica. Me interesa mucho saber cómo surgió esta idea de “sacar” la novela a las calles de Oviedo, creando una ruta literaria que permita a los lectores recorrer físicamente los lugares de la historia, y cómo trabajaste para mantener la fidelidad histórica y al mismo tiempo la libertad narrativa.

Jorge Ordaz:  La idea de convertir Oviedo en un personaje más surgió de una doble necesidad: por un lado, llevaba viviendo en la ciudad más de cincuenta años y, sorprendentemente, nunca había aparecido directamente en mis libros. Por otro, me fascinaba la época del siglo XVIII, que coincide con otra de mis grandes aficiones, y me pregunté cómo sería Oviedo entonces, qué personajes reales circulaban por sus calles y cómo podía entrelazarlos con personajes de ficción para construir una trama intrigante. Así nació la historia: tras una gran tormenta, un extranjero aparece muerto en la puerta de Gascona.

Para mí, trabajar con personajes históricos dentro de un marco de ficción es un acto de equilibrio constante entre respeto por la realidad y libertad narrativa. Primero, parto de lo que sí sé: nombres, fechas, cargos, anécdotas documentadas. Por ejemplo, sé que Feijoo vivió en Oviedo, que el Doctor Casal ocupaba cierta posición social y que Gil de Jaz tenía determinadas inquietudes culturales. Esto me da una base sólida, casi tangible, sobre la que construir. A partir de ahí, empiezo a imaginar cómo podrían haberse comportado en situaciones concretas de la trama.

El truco está en que los personajes históricos conservan su esencia: no les hago actuar de manera que rompan lo que sabemos de ellos, pero sí los pongo en escenarios donde sus decisiones y reacciones pueden entrelazarse con los personajes ficticios. Los inventados, en cambio, tienen más libertad, porque dependen de la historia que quiero contar: su psicología, sus secretos, sus motivaciones, todo se diseña para que la interacción con los históricos sea creíble y, al mismo tiempo, sirva a la intriga.

Cuando decido qué elementos históricos incluir, busco aquellos que aporten textura y credibilidad a la novela: costumbres, detalles arquitectónicos, procesos judiciales, ceremonias o costumbres urbanas. Todo lo que no aparece documentado con certeza puedo inventarlo, siempre dentro de un marco que respete el espíritu de la época. Por ejemplo, en La Sacavera, la muerte del extranjero y su entierro en el cementerio de peregrinos me permitió explorar un choque cultural y religioso muy verosímil, aunque el personaje y su historia sean ficticios.

En cuanto a la coherencia narrativa, la clave está en la documentación previa y en la planificación de la trama: antes de escribir, sé qué lugares y qué personajes reales aparecerán, qué sucesos históricos puedo integrar y cómo mis personajes inventados se moverán dentro de ese contexto. Esto me permite que la ciudad y sus habitantes —reales y ficticios— se sientan vivos, que la historia respire y que el lector tenga la sensación de pasear por un Oviedo auténtico, aunque algunos elementos sean fruto de la imaginación.

En resumen, se trata de un delicado juego de fidelidad histórica y libertad creativa: la historia real proporciona la base sólida, mientras que la ficción introduce misterio, emoción y dinamismo. Es como componer una partitura: los personajes históricos son las notas fijas, y los ficticios son los matices que hacen que la música cobre vida. Así Oviedo se convierte no solo en un escenario, sino en un territorio emocional y literario en el que realidad e imaginación conviven y se retroalimentan.

Jorge, para cerrar esta conversación, cuéntanos brevemente: ¿cómo surgió la idea de llevar la novela a las calles y, de paso, para los que aún no lo saben, ¿qué es exactamente una sacavera?

Jorge Ordaz: (Ríe) Pues mira, la idea de llevar la novela a las calles surgió gracias a los amigos lectores y colaboradores que me propusieron crear una ruta literaria. La primera edición fue más histórica que literaria, un paseo por la Oviedo del siglo XVIII, pero ahora la ruta sigue referencias directas de la novela, leyendo fragmentos en lugares concretos. La intención siempre fue hacer un Oviedo reconocible, que no fuera Vetusta, mostrando casas, negocios y edificios emblemáticos, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un personaje más, con su historia, su arquitectura, su leyenda y su memoria colectiva.

Y la sacavera… La sacavera es una salamandra típica de Oviedo, negra y amarilla, con unas características muy particulares.

Para mí, se convirtió en un símbolo perfecto: el negro representa las sombras, el misterio, y el dorado, la luz, la claridad, la revelación. Además, tiene una fama oscura en el mundo rural, estigmatizada porque “saca los ojos”, lo que encajaba perfectamente con el tono misterioso de la novela. Puedes verla por los alrededores del claustro de la catedral, en el Monasterio de San Pelayo o en el Monasterio de San Vicente, ambos situados en el casco histórico de la ciudad; es una subespecie con dibujos muy particulares que hacen que el negro y el dorado de la ilustración funcionen como símbolos de tinieblas y luz.

La portada, con la mujer semidesnuda, la salamandra, los símbolos de masonería y los vampiros, fue un acierto visual que refuerza la atmósfera de la historia. Incluso hubo cierta confusión con mi editor, Salvador, que no sabía exactamente qué era una sacavera, pero eso le dio un toque anecdótico. Curiosamente, tras la publicación, los lectores comenzaron a fijarse en las salamandras que habitan distintos barrios de la ciudad y me enviaban fotos de sacaveras desde Pumarin, el casco histórico y otras zonas de Oviedo, ¡algo que jamás habría imaginado!

Entrevista completa en nuestro próximo número en papel.

08/04/2026 0 comments
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ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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PensamientoPersonajes

El patinete de Lady Norman: rodando entre la libertad y modernidad

by Beatriz Menéndez Alonso 08/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

El movimiento sufragista británico ha sido ampliamente estudiado, con especial atención a figuras emblemáticas como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett. Sin embargo, existen mujeres cuya participación, aunque menos visible, fue igualmente decisiva en la transformación política y social que condujo al reconocimiento del derecho al voto femenino en el Reino Unido. Entre ellas se encuentra Lady Florence Priscilla Norman (1883–1964), aristócrata, activista y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo dentro del ala moderada del sufragismo merece ser reconocido y contextualizado.

Analizar la trayectoria de Lady Norman implica adentrarse en un universo donde la clase social, la política y la modernidad se entrelazan. Su posición aristocrática le brindó acceso a espacios de poder; su estilo de vida poco convencional le permitió desafiar normas sociales; y sus estrategias de acción, discretas pero firmes, consolidaron avances que el activismo más estridente a veces no alcanzaba. Lady Norman encarnaba un feminismo que no se alza en barricadas, sino que se desliza con precisión y elegancia por los corredores del poder, demostrando que incluso los gestos silenciosos pueden tener un peso decisivo.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el movimiento sufragista en Gran Bretaña estaba dividido en dos grandes vertientes: el ala moderada, encabezada por la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, que promovía métodos constitucionales y pacíficos; y el ala radical, representada por la Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline y Christabel Pankhurst, que recurría a la acción directa y, a veces, a la violencia. Lady Norman se alineó con la NUWSS y organizaciones similares, defendiendo un progreso gradual mediante el diálogo político, la escritura, la organización social y el compromiso institucional. Esta línea de acción, aunque menos mediática, fue clave para la consolidación de los derechos femeninos tras la Primera Guerra Mundial.

Florence Priscilla (de soltera McLaren), Lady Norman. Impresión en bromuro de Bassano Ltd. , 1917.

Lady Norman: una figura moderada en el movimiento sufragista británico. Compromiso social y modernidad simbólica

Florence Priscilla McLaren nació en 1883, hija del político liberal Charles McLaren, barón de Aberconway, y de Laura Elizabeth Pochin, también activista por los derechos de las mujeres. En 1907 se casó con Sir Henry Norman, periodista, político liberal y defensor del progreso social. Desde joven, Florence se movió en círculos culturales y políticos, desarrollando una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en la sociedad británica.

Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como administradora en hospitales militares, experiencia que consolidó su liderazgo y compromiso con el servicio público. Fue condecorada por su labor y, tras la guerra, continuó su activismo en organizaciones feministas, de salud pública y de memoria histórica. Presidió el Women’s Work Subcommittee en el Imperial War Museum, promoviendo el reconocimiento del papel de las mujeres durante el conflicto.

Más allá de sus logros institucionales, Lady Norman proyectaba una imagen de mujer moderna y autónoma, poco común en su clase y época.

Pero fue el patinete motorizado el que inmortalizó su espíritu. En 1916, fue fotografiada desplazándose sola por las calles de Londres sobre aquel vehículo, regalo de su esposo. Con vestido largo, sombrero elegante y mirada resuelta, la aristócrata desafiaba las normas sin violencia, reivindicando una libertad que no pedía permiso: movilidad, independencia y autonomía femenina encapsuladas en un gesto cotidiano.

Se desliza por las calles como si la ciudad le perteneciera, aunque pertenecer no sea la palabra justa; más bien, la ciudad se abre ante ella, no porque le deba algo, sino porque ella decide ocupar su espacio, porque su cuerpo se mueve con la seguridad de quien sabe que cada giro de rueda es un acto de afirmación, que cada calle recorrida es un desafío silencioso a un orden que no fue pensado para mujeres como ella.

La figura de Lady Norman representa un activismo menos visible pero estratégico. Su enfoque incluía participación en comités, organización de eventos sociales con fines políticos, presencia en debates parlamentarios y escritura de cartas abiertas. Lejos de rechazar las estructuras de poder, influyó desde dentro, usando su estatus como plataforma para amplificar la causa sufragista.

Su contribución fue clave para la aprobación del Representation of the People Act en 1918, que otorgó el derecho al voto a mujeres mayores de 30 años con ciertos requisitos de propiedad. Posteriormente, en 1928, se alcanzó el sufragio pleno.

El análisis de su figura muestra cómo la clase social condicionó tanto las oportunidades de acción política de las mujeres como la manera en que sus aportes fueron recordados. Su privilegio, lejos de ser un obstáculo, definió su forma de actuar: nunca enfrentó prisión ni persecución, a diferencia de las sufragistas radicales, lo que ha llevado a que su figura quede relegada en la historiografía del feminismo militante. Reconocer su labor implica comprender que la historia del sufragismo no se construyó solo en las barricadas, sino también en salones, comités y calles recorridas con decisión y estilo. Lady Norman sirvió de puente entre la política masculina establecida y las demandas emergentes de las mujeres, mostrando que el feminismo podía ser discreto, elegante y profundamente transformador.

Su imagen sobre el patinete encarna un feminismo que combina modernidad y respeto por las formas sociales, desafiando expectativas sin romperlas del todo. Y mientras giraba su patinete por Fleet Street, mientras observaba la ciudad que se movía con indiferencia, pensaba en las otras mujeres: las que aún no podían desplazarse, las que esperaban permiso para existir, las que no tenían ruedas ni libertad para rodar. «Mi privilegio no es solo mío», se repetía, «es un puente, un instrumento, un testimonio, una responsabilidad».

Recordarla no es solo rescatar un nombre del archivo, sino contemplar la manera en que las mujeres, aún vestidas de normas, eligen desobedecer con elegancia. Lady Norman avanzó con paso firme, montada en su patinete, desafiando sin palabras el mandato de la quietud. Su activismo tejió puentes entre privilegio y justicia, entre deber y libertad. En ese gesto de rodar por Londres, ligera, autónoma, moderna, dejó una imagen que todavía hoy, más de un siglo después, nos interpela: ¿cuántas formas tiene la valentía cuando se viste de mujer?

08/03/2026 0 comments
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Entrevistas

“I Took the Road Less Traveled: The less-traveled road of the rock musician from Cangas, Diego Avello ‘Bull'”

by Beatriz Menéndez Alonso 04/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Between the green mountains of Asturias and the dusty roads of Texas, Diego Avello ‘Bull’ has built a life to the rhythm of rock. From the first chords that echoed in his native Asturias to stages in the USA, his path has been a journey of growth, transformation, and creative fire. Three studio albums, a live record, and several singles make up his discography so far, the result of years of sonic exploration and a spirit that knows no borders. To this are added several national and international tours that have led him to connect with diverse audiences, demonstrating that passion and authenticity know no language or geography.

His documentary “I Took the Road Less Traveled” traces that journey: a trip of identity, faith, and sonic stubbornness. We spoke with him about memory, uprooting, internal storms, and the beauty of choosing a path that few dare to travel.

The documentary begins in Asturias, crosses Mexico, and ends in the United States. Three territories, three rhythms, three stages of the same quest.

Question: Diego, your career has been a constant journey, full of transformations and challenges. Now, with the completion in the United States of “I Took the Road Less Traveled,” your story will be shown to the world in a very intimate way. What did it mean for you to see your life and your music reflected on the big screen? What do each of those places represent for you?

Answer: Seeing part of my life and my musical career reflected in a documentary is undoubtedly an emotional journey, a mix of nostalgia, pride, and awe. You realize all the scars you’ve accumulated and also all the victories. It made me realize all that I had to leave behind: my family, my friends, and the security of my small town in Cangas del Narcea. But it also reminded me why I did it, why I took the road less traveled. Music, rock and roll, has always been my driving force and what has led me to live on all these adventures.

Asturias is the fuel, the rage of my origins. It’s where I come from and what keeps my feet on the ground. Going back there to shoot was returning to who I really am and, at the same time, facing the ghost of my youth.

Mexico was a bridge, a crucial stage of my journey that taught me to adapt, to blend in, and not to lose my identity in the process. Mexico is a very intense country with many extremes. There were some complicated and dangerous moments… but, in short, I was very lucky and I found a very generous Mexico that helped me a lot to be able to move to the USA.

The United States is the culmination of my dream, the place where I have fought and where I have managed to be accepted and, most importantly, make my way in the land where Rock and Roll was born. It represents the fruit of years of very hard work. It is the place where I have found ears for my voice and a way of life that I longed for since I was a child.

The camera of “I Took the Road Less Traveled” breathes with the same pulse as his latest single, “Divine Storm.” Both are, in a way, a self-portrait: a celebration of the chaos that drives creation.

Question: “Divine Storm” seems to be in direct dialogue with the spirit of the documentary: strength, perseverance, struggle. Is there a connection between the two projects?

Answer: Yes, totally. “Divine Storm” captures that internal struggle, that strength needed not to give up and to keep overcoming obstacles. It is the sonic manifestation of perseverance, and the documentary is the visual manifestation of those moments of doubt and difficulty, but where, despite everything, you keep pushing, crossing the storms, and fighting for what you believe in.

In Austin, director J. Budro Partida and other professionals from the film and music industry found a different energy in his story: that of a non-Anglo musician who conquers the cradle of rock with authenticity and his own accent.

Question: Your story caught the attention of audiovisual professionals in Austin, PennyRock Productions and L.A. Lloyd Rock 30, who encouraged you to tell it. What did it mean to you that others recognized your trajectory and decided to accompany you in this story?

Answer: The idea for the documentary was born from a friend who worked in the music industry, Raymond McGlamery. Unfortunately, Raymond passed away in 2022 from cancer. L.A. Lloyd (a professional at several Rock radio stations) and I had met through Raymond, and at his funeral, Lloyd proposed carrying the documentary idea forward.

During this process, the film production company “PennyRock Productions” joined the project and carried out a large part of the production and all the filming and editing of the film. I feel eternally grateful and honored that both parties wanted to tell my story! It has been almost three years of intense work and many, many sleepless hours. It signifies a recognition not only of my music but of all the sacrifice and struggle behind it. It is a reminder that if your energy is honest and brave with what you do, people will perceive it. Rock in the USA is almost a religion and undoubtedly the most powerful and demanding music market in the world, but at the same time, this country greatly respects artists, especially those who have that kind of journey in their logbook.

Singing rock in English as an Asturian means building bridges between cultures. Bull does it with honesty, without disguising his identity.

Question: The music you love was born in a very specific and culturally different context than your own. What challenges and opportunities did you find in building your musical voice in English and in a genre as iconic as rock and roll?

Answer: Well, it was not an easy road at all, haha. Rock and roll is a genre with very deep Anglo roots, and being an Asturian singing in English, with my accent and my way of singing, is not what is expected, it’s not what is in the books; in the end, I’m a foreigner singing in a foreign land. The first challenge was precisely that: the language and my accent. At first, there was insecurity, but I soon realized that my accent was not a defect but a characteristic that made me unique. Instead of trying to hide it, I decided to embrace it. Rock is, in essence, music of the street, of truth, and my accent is part of my truth.

I also had to face the need not to be labeled. Some expected me to play Latin music, but I never beat to that rhythm… I focused on telling my story, on conveying my message in the most sincere way I could, and at the rhythm I have always beaten to, and that rhythm is called Rock and Roll.

Migration not only changes where one lives but also how one feels and creates. In his music, Bull translates displacement into strength and nostalgia into movement.

Question: In what way has the experience of immigrating and living in another country influenced your way of making music and the message you want to convey with Bull y los Búfalos?

Answer: Failing far from home is a very hard blow. Each failure makes you doubt everything… When I left Cangas del Narcea, I not only left a place but also a part of who I am. It is a constant feeling of guilt for the family and friends you leave behind and, at the same time, a torrent of adventures and new tastes that keep you constantly excited. All those emotions became a form of strength and movement. It was, and continues to be, the main source of inspiration to keep going and to keep writing lyrics and music.

Being chosen as the best rock band in Texas by MXD Magazine and participating in the soundtrack of Mayans M.C. have been milestones that consolidate their presence on the scene.

Question: Bull y los Búfalos was chosen as the best rock band in Texas by the prestigious MXD Magazine. What did this recognition mean for you and the band within such a competitive country with so much musical tradition?

Answer: I’ve never believed that music is a competition or that there are better bands than others; however, receiving awards, besides feeding the ego, haha, always helps to promote your work. Beyond the trophy, the meaning for me was the validation of the struggle, the hard work, and the talent. It was a reminder that our musical stubbornness, what we call “Stubborn Rock,” was bearing fruit. At the same time, it was cultural acceptance in such an iconic genre and in such a competitive country. This award showed that our mix of American rock with a Spanish touch was not only welcome but also appreciated and recognized.

Speaking of recognition, three of your songs were part of the soundtrack for the series “Mayans M.C.,” an important milestone for any band.

Question: How did this opportunity come about, and what impact has it had on your career?

Answer: It was one of those “small-big victories!” But it was no easy task… The soundtrack for the TV series “Mayans M.C.,” like its predecessor “Sons of Anarchy,” was managed by Quentin Tarantino’s music supervisor, and I had to go through many filters to be able to contact her and send her my music. Finally, after almost a year of negotiations, they decided to use three of our songs for the second season. The impact on our career and the visibility that appearing in “Mayans M.C.” gave us was a very important point in our growth as a Rock band and for myself as a songwriter, besides the pride for an independent band that your music appears in a television series with global reach and distribution.

The journey continues. Between new songs, tour ideas, and sonic experiments, Bull looks ahead with the calm of someone who has learned to wait.

Question: After the intense journey of the documentary, what new artistic projects are you currently working on? Are there any tour plans, new albums, or musical experiments that you’re excited about?

Answer: The film has closed one chapter and, at the same time, has opened new paths that we are eager to explore.

I recently moved from Austin, Texas, to Nashville, Tennessee. Nashville has become the epicenter of the music industry in the United States, which is a key point for my plans to find a new management team and record label. Additionally, I am constantly inspired by Nashville’s musical environment and sound. Rock and roll is a genre that has always evolved, and so have we. I’m working on writing new songs, adding new flavors and influences for what could be a new album. Of course, we are always looking for new concerts and tours. Nashville is the perfect place for this new chapter!

Question: Regarding the premiere of the documentary that we all hope to see from this side of the world, do you have the date or location of its broadcast in Asturias confirmed yet? How do you imagine that special moment?

Answer: The documentary is artistically finished, but we are still working on legal matters, contracts, and permits to be able to present it publicly. However, we plan to have three private screenings in different cities: Nashville, Austin, and, of course, Cangas Del Narcea, Asturias. At the same time, this month, we have started sending the documentary to the film festival circuit, both national and international. And as for how I imagine the premiere in Asturias? Well, with a lot of cider and a lot of partying! Hahaha, after all, that’s what being Asturian is about, celebrating that we are alive, strong, and not willing to give up…

Diego Avello “Bull” chose a path that few dare to take, a road with no guarantees, no promises of applause or certainties. It is a route sprinkled with deep silences but also with small miracles: a perfect chord, a knowing look from the audience, the unwavering loyalty of a band that resists.

In his voice, that stubbornness of dreamers persists, an obstinacy that, bordering on madness, becomes the only path to authenticity. His rock, he affirms, does not seek to please but simply to exist. And in that search, in that almost spiritual clinging to sound, a true lesson in resistance is revealed.

“I Took the Road Less Traveled” is, in essence, the declaration of someone who decided to chart his own course, even if the climb was hard and the map was blank. It is the confession of a musician who chose uncertain beauty over safe comfort. And so, like a whisper that blends with the echo of a guitar fading away, the idea remains: keep playing, even when the path is the one less traveled. Or perhaps, precisely for that reason.

04/03/2026 0 comments
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Cine

Napalm al alba

by Beatriz Menéndez Alonso 18/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Ha muerto Robert Duvall. La noticia, seca en su formulación, no alcanza a nombrar lo que verdaderamente se extingue y lo que, al mismo tiempo, permanece. Porque hay vidas que no se miden por la duración sino por la vibración que dejan suspendida en el aire. Y Duvall fue eso: una vibración baja, constante, como el pulso del mar cuando nadie lo mira y, sin embargo, modela la costa.

Más de siete décadas ante la cámara, más de cien películas, y sin embargo su presencia nunca se volvió rutinaria. Cada aparición era una variación distinta de la condición humana. Desde aquel joven tímido y casi espectral que fue Boo Radley en Matar a un ruiseñor —una figura que parecía hecha de sombra y compasión— hasta el abogado leal y contenido de El padrino, Duvall modeló personajes que habitaban los márgenes del poder o su centro más helado, pero siempre con una vibración íntima que los salvaba del estereotipo.

Pensar en él es pensar en la gravedad. En la gravedad moral que sostuvo a Tom Hagen en El padrino  y en El padrino II. No era el patriarca, no era el heredero impetuoso; era la inteligencia que calculaba, el oído que escuchaba antes de hablar, la mente que traducía la violencia en procedimiento. Y, sin embargo —qué extraño— en ese abogado adoptado, en ese hijo sin sangre, había una melancolía callada, una conciencia de extranjería que Duvall dejaba asomar apenas en el temblor mínimo de la mirada.

Tom Hagen se sentaba a la mesa del poder como quien ocupa una silla prestada. Pertenecía y no pertenecía. Era la razón dentro del torbellino, el intérprete de códigos antiguos que exigían lealtad absoluta y, a cambio, ofrecían una forma de pertenencia casi sagrada. Duvall comprendió que el verdadero drama del consiliere no estaba en lo que hacía, sino en lo que callaba. Cada silencio era una renuncia; cada consejo, una carga añadida. Su voz no necesitaba elevarse: bastaba su serenidad para que la escena encontrara eje. Allí, en esa contención, el actor reveló una de las lecciones más sutiles del cine moderno: que el poder auténtico no grita, persuade.

Y luego —como si el mismo intérprete quisiera demostrar la amplitud de su registro— llegó la expansión solar y delirante del teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now. Si Hagen era la sombra que piensa, Kilgore era la luz que arde sin preguntarse por las consecuencias. Aparece en medio del fragor de la guerra como un hombre convencido de la lógica de su mundo, un mundo donde los helicópteros trazan arabescos en el cielo y la devastación adquiere la forma de un espectáculo.

“I love the smell of napalm in the morning”. La frase flota todavía en el aire cultural como un perfume indeleble, dulce y atroz. Duvall la pronunció sin guiño, sin distancia irónica. Y ahí residió su fuerza: no caricaturizó al militar, no lo redujo a monstruo. Lo dotó de una fe casi inocente, de una coherencia interna que vuelve más inquietante su entusiasmo. Kilgore contempla la guerra con una especie de fervor estético; la ordena, la dirige, la convierte en coreografía. Bajo su sombrero y su sonrisa franca late la convicción de quien no duda. Y es precisamente esa ausencia de duda la que hiela.

Qué delicado equilibrio sostuvo Duvall en ese personaje: lo suficientemente carismático para seducir, lo suficientemente perturbador para inquietar. No lo juzga; lo encarna. Y al encarnarlo con tal naturalidad, obliga al espectador a mirar de frente la lógica de la guerra, esa maquinaria que transforma la destrucción en rutina, la muerte en paisaje.

Entre el consejero que mide las palabras y el coronel que celebra la destrucción se despliega el arco de una carrera extraordinaria. Más de cien películas, siete nominaciones al Oscar, una estatuilla por Gracias y favores.

Esa estatuilla —la única que sostuvo entre las manos, tras varias nominaciones— no fue un gesto de consagración súbita, sino la cristalización tardía de una coherencia. Cuando la Academia lo reconoció por Gracias y favores, premiaba algo más que una interpretación: premiaba una forma de entender el oficio.

En aquella película, dirigida por Bruce Beresford, Duvall encarnó a Mac Sledge, un cantante de country derrotado por el alcohol, por la soberbia y por su propio ego. No era el tipo de personaje que busca simpatía; era un hombre erosionado, áspero, encerrado en la sequedad de los paisajes texanos y en una culpa que no necesitaba proclamarse. Duvall lo interpretó como quien recoge los restos de una vida y los observa en silencio, sin dramatismo excesivo, sin redención espectacular.

Pero los premios, en el caso de Duvall, parecen anotaciones marginales. Lo esencial sucedía en otra parte: en la respiración del personaje, en la densidad invisible que aportaba incluso a las escenas más breves.

Hay en su trabajo una ética del detalle. Un respeto por la complejidad humana que rehúye el juicio fácil. Sus hombres podían ser duros, severos, incluso brutales; pero nunca eran planos. Duvall parecía buscar en cada uno de ellos una grieta por donde asomara la fragilidad. Y cuando la encontraba, la sostenía sin subrayarla, como quien protege una llama del viento.

Su muerte no es un apagón, sino un cambio de luz. Las películas permanecen. Las escenas continúan desplegándose en la oscuridad de las salas y en la intimidad de las pantallas domésticas. Y en cada una de ellas, su figura —serena o exaltada, reflexiva o arrebatada— vuelve a ocupar su lugar con la naturalidad de quien nunca necesitó imponerse.

Quizá esa sea la herencia más perdurable de Robert Duvall: la certeza de que la grandeza puede ser callada. De que el poder auténtico reside en la comprensión y no en el estruendo. De que, aun en medio del napalm y de las conspiraciones familiares, el rostro humano sigue siendo el territorio más vasto y más enigmático.

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MúsicaNoticias

El regreso del hijo pródigo del rock al Teatro Conde Toreno

by Beatriz Menéndez Alonso 17/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la penumbra elegante del patio de butacas, bajo la respiración contenida de un público que no era solo público sino familia, amigos, vecinos —pueblo entero—, se proyectó por primera vez en Europa el documental I Took the Road Less Traveled. Y no podía ser en otro lugar que, en Cangas del Narcea, tierra natal de Diego Avello, conocido artísticamente como Bull, ese obstinado rockero que un día decidió cruzar el océano persiguiendo una quimera eléctrica llamada sueño americano.

La cita fue este domingo 15 de febrero en el histórico Teatro Conde Toreno, corazón cultural del suroccidente asturiano.

La tarde del estreno en el Teatro Conde Toreno fue una ovación prolongada. No era solo la celebración del éxito artístico, sino el reconocimiento a la perseverancia. El público comprendía que aquella historia hablaba también de ellos: de emigración, de identidad, de la necesidad de elegir, a veces, el camino menos transitado.

Bull llenó la pantalla con su presencia magnética. Carismático y humilde. Firme y vulnerable. Un asturiano que ha sabido navegar entre dos culturas sin traicionarse.

El documental, dirigido con sensibilidad y pulso narrativo por Budro Partida, arranca en la Cangas de los años de instituto, cuando Diego ya lucía con orgullo camisetas de la bandera estadounidense y escuchaba con devoción a Elvis Presley, Johnny Cash y Jerry Lee Lewis. Aquella pasión no era estética: era vocacional. Era la certeza íntima de que su lugar en el mundo estaba ligado al rock and roll y a la cultura americana. Lo que el documental demuestra es que entre el sueño y la realidad media un territorio áspero.

Budro construye un relato más humano que musical, más íntimo que biográfico. No estamos ante el clásico documental de ascenso y caída, sino ante la anatomía de una perseverancia. La cámara observa sin juzgar, acompaña sin invadir. Uno de los grandes aciertos del documental es no romantizar la experiencia migratoria. I Took the Road Less Traveled pone el foco en la realidad actual de los emigrantes en Estados Unidos: la dificultad de obtener visados de permanencia, la burocracia implacable, la incertidumbre constante.

Estados Unidos no regala nada. Puedes tocar el cielo —llenar salas, recibir premios, ser reconocido por la crítica— y, al mismo tiempo, vivir pendiente de un permiso administrativo que determine tu continuidad en el país. Puedes cumplir el sueño tantas veces ansiado desde otras órbitas… o perderlo todo en el intento.

La lucha es feroz. El mercado es competitivo hasta el extremo. Y la legislación migratoria convierte cada paso en una carrera de obstáculos. Esa tensión atraviesa el documental y dota al relato de una dimensión contemporánea y política que lo eleva más allá de la simple biografía artística.

En cada testimonio se percibe la misma idea: la obstinación de Diego es el eje que lo sostiene todo. Colaboradores, amigos, profesionales del sector y familiares coinciden en señalar su resistencia, su ética de trabajo, su negativa a rendirse cuando el sistema parecía cerrar puertas.

Entre dos ríos, entre dos mundos. La voz que une las dos orillas

Hay una imagen poderosa que atraviesa el filme. Bull habla de su infancia “entre dos ríos”: el Río Luiña y el Río Narcea, que confluyen bajo la mirada protectora de la Ermita del Carmen. Dos corrientes que se unen para hacerse más fuertes, más bellas.

Esa metáfora fluvial resume su identidad: Así es Bull: español y americano. Cangues de pura cepa y músico forjado en la dureza del circuito estadounidense. Su lado español —arraigo, comunidad, memoria— y su lado americano —ambición, individualismo creativo, hambre de escenario— conviven sin imposturas. No hay disfraz. No hay caricatura. Hay integración.

Un Ulises moderno que ha cruzado océanos de tiempo sin extraviar su sueño.

El documental cuenta con la producción y la voz en off de L.A. Lloyd, figura reconocida del panorama radiofónico rockero en Estados Unidos. Su narración actúa como hilo conductor, como puente entre E.E.U.U. y Asturias, entre la épica americana y la raíz rural del suroccidente asturiano.

Estos días, Lloyd ha compartido con el equipo jornadas de celebración por Cangas, reencontrándose con el paisaje y con la hospitalidad de un concejo que ya los acogió en 2024, cuando llegaron para rodar las primeras escenas en la villa. Se percibe en él —y en todo el equipo— una admiración profunda por la persona que hay detrás del personaje.

La película ha cosechado un notable éxito en el circuito de festivales estadounidenses, incluyendo el reconocimiento como Mejor Documental Internacional en el Austin International Film Festival. Un logro que confirma la dimensión universal de una historia profundamente local.

Sin embargo, el equipo eligió Cangas del Narcea para su primer pase europeo. Un gesto cargado de simbolismo: antes de conquistar nuevos territorios, había que rendir cuentas con la tierra madre.

Desde Uve Magazine, tuvimos además el privilegio de acompañar la antesala de este estreno en la Librería Treito, en un encuentro cercano que sirvió de prólogo íntimo a la gran noche. Entre amigos y conversación, ya se intuía que lo que estaba por venir sería más que una proyección.

Invitación abierta: que el viaje continúe

El público llenó el teatro. Familias, amigos, vecinos, curiosos. La acogida fue cálida, sostenida, emocionada. No era solo la celebración del éxito de un músico en Estados Unidos; era el reconocimiento de una actitud ante la vida.

El documental nos recuerda que tomar el camino menos transitado implica perder certezas, comodidades, seguridades. Implica pagar un precio. Pero también demuestra que ese precio puede merecer la pena si lo que se gana es la fidelidad a uno mismo.

Bull no es solo un artista que ha tocado el techo del éxito en un mercado extranjero. Es el ejemplo de que la obstinación, cuando se combina con trabajo y talento, puede atravesar fronteras físicas y burocráticas.

I Took the Road Less Traveled prepara ahora su salto al circuito de festivales europeos y españoles. Ojalá podamos disfrutarlo pronto en nuestras pantallas, en nuevos teatros, en nuevas ciudades.

Mientras tanto, la invitación es clara: seguir el recorrido del documental a través de sus redes, acompañar su camino, compartir esta historia que habla de emigración, de identidad, de perseverancia y de sueños que no se negocian.

Magnífico trabajo el de Budro Partida, de L.A. Lloyd y de todo el equipo de producción. Magnífica la entrega de Bull. Y ejemplar la respuesta de un pueblo que supo acoger, celebrar y reconocer a quien nunca dejó de ser suyo.

Porque en tiempos donde la comodidad parece imponerse como norma, historias como la de Diego Avello —Bull— nos recuerdan que aún existen quienes prefieren la intemperie del intento a la tibieza de la renuncia.

17/02/2026 0 comments
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CineNoticias

El grito que convirtió una escena doméstica en un gesto cultural

by Beatriz Menéndez Alonso 03/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Muere Catherine O ‘Hara a los 71 años, de Solo en casa y Bitelchús al grito que la volvió inolvidable el “¡Kevin!” que definió toda una época.

El grito no duró más de un segundo, pero aún sigue viajando. Atravesó aeropuertos europeos, inviernos interminables, televisores encendidos a deshora y generaciones enteras que aprendieron, sin saberlo, que el pánico también puede ser cómico. “¡Kevin!” gritó Catherine O’Hara, y en ese instante quedó suspendida para siempre en la memoria colectiva, como una nota aguda que nunca termina de apagarse.

Decir que Catherine O’Hara murió a los setenta y un años es una afirmación que necesita matices. Porque hay artistas cuya desaparición física —real o imaginada— no logra desalojarlos del todo del mundo. Permanecen en los gestos que heredamos de ellos, en la cadencia de una voz exagerada, en la manera de ocupar una habitación como si fuera un escenario invisible. O’Hara fue una de esas presencias: una actriz que nunca pidió ser el centro, pero que inevitablemente lo era.

Nació en Canadá en 1954, lejos de los centros solemnes del cine, en un país donde el humor funcionaba más como arma que como adorno. En Second City y más tarde en SCTV, aprendió que la comedia no consiste en caer bien, sino en mirar con precisión. Allí moldeó su talento más reconocible: una inteligencia escénica capaz de empujar a sus personajes hasta el borde del ridículo sin dejarlos caer jamás.

Cuando Hollywood la adoptó, lo hizo con cautela. No encajaba en el molde de la estrella clásica: su rostro era móvil, incómodo, demasiado expresivo para el hieratismo del glamour. Por eso se especializó en algo más duradero: el arte de la actriz secundaria que sostiene el mundo emocional de una película. En Bitelchús, su Delia Deetz parecía una instalación artística con pulso vital. Vestida con siluetas angulosas y colores que desafiaban el buen gusto convencional, Delia no habitaba la casa embrujada: la intervenía. O’Hara interpretó al personaje como alguien para quien el arte no era una vocación sino un idioma, una forma de imponer sentido en un entorno que se desmoronaba. Delia reaccionaba ante lo sobrenatural con la misma distancia estética con la que contemplaba una escultura contemporánea: nada la sorprendía del todo, porque todo podía ser incorporado al discurso. Esa contención —en una película entregada al exceso— convirtió su actuación en un punto de equilibrio inesperado. Delia no era un alivio cómico; era una declaración sobre el narcisismo ilustrado y la necesidad humana de traducir el caos en estilo.

En Solo en casa, hizo algo radicalmente distinto. Kate McCallister no se protegía tras la ironía ni el artificio. Era una mujer definida por la urgencia, por la culpa que avanza más rápido que el cuerpo. La ansiedad materna, que en manos menos hábiles habría sido caricatura, se transformó en una epopeya doméstica narrada a través de gestos mínimos: la forma en que revisa una lista, cómo su voz se quiebra antes de elevarse, el instante exacto en que el pánico deja de ser abstracto y adquiere un nombre propio. Kate McCallister atraviesa continentes, pero el viaje verdadero ocurre en su rostro, donde O’Hara despliega una precisión emocional que sostiene toda la fantasía del filme. Sin esa ansiedad —organizada, reconocible, humana— la película habría sido un ejercicio de slapstick; con ella, se convirtió en un ritual navideño.

Ese grito —Kevin— no era solo un recurso narrativo. Era la condensación de una época: madres desbordadas, familias dispersas, la ilusión frágil del orden moderno. O’Hara entendió, quizás mejor que nadie, que la comedia funciona cuando se toma el dolor en serio.

Pasaron los años, y mientras muchas actrices desaparecían de la conversación pública, ella regresó transformada. Moira Rose, la matriarca imposible de Schitt’s Creek, fue mucho más que un vehículo tardío para su reconocimiento. Fue, en muchos sentidos, una síntesis de toda su carrera. Moira era una mujer construida a partir del artificio: exestrella de una telenovela olvidada, vestida con pelucas que parecían responder a estados de ánimo más que a decisiones prácticas, hablaba un idioma propio, cuidadosamente afectado, como si cada frase hubiera sido ensayada durante años frente a un espejo invisible. Y, sin embargo, nada en ella resultaba completamente falso.

Interpretó a Moira como alguien que había sobrevivido convirtiéndose en personaje. La exageración no era un rasgo cómico aislado, sino una estrategia de defensa frente a la pérdida del estatus, del dinero y, en última instancia, de la relevancia. Moira no se permitía el descuido porque el descuido equivalía a desaparecer. En manos de otra actriz, el personaje habría sido una caricatura sostenida por el vestuario; en las de O’Hara, se convirtió en un estudio minucioso sobre el miedo a envejecer en público.

A lo largo de Schitt’s Creek, Moira evolucionó sin llegar nunca a transformarse por completo. Aprendió a amar con mayor claridad, pero no a hablar de forma sencilla; a permanecer, pero no a integrarse del todo. Esa negativa a someterse al arco clásico de redención fue una de las decisiones más audaces del personaje. Moira no pedía disculpas por su rareza ni se adaptaba para resultar accesible. Exigía, en cambio, que el mundo realizara un pequeño ajuste para poder convivir con ella.

Con Moira Rose, ofreció una de las interpretaciones más singulares de la comedia televisiva reciente: una mujer mayor, excesiva, plenamente consciente de sí misma y, pese a todo, capaz de una ternura inesperada. El éxito del personaje no se explicó únicamente por los premios que lo acompañaron, sino por algo más difícil de medir: la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, la televisión permitía a una mujer de esa edad ser extraña sin castigo.

Catherine O’Hara deja atrás una filmografía extensa y una huella cultural difícil de delimitar con precisión. Quizá porque su contribución principal fue esa: demostrar que incluso el gesto más exagerado puede contener algo íntimo, y que, a veces, basta con decir un nombre en voz alta para permanecer en la memoria colectiva durante décadas.

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ArteNoticiasPersonajes

Valentino “El último emperador”

by Beatriz Menéndez Alonso 20/01/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

No mueren los diseñadores como mueren los hombres comunes. Mueren dejando telas suspendidas en el aire, recuerdos cosidos a la memoria colectiva, colores que ya no pertenecen al espectro sino a la cultura. Valentino Garavani ha muerto y, sin embargo, el rojo —su rojo— continúa caminando solo por el mundo, como una mujer que no necesita presentación.

Hablar de Valentino es hablar de una sensibilidad. No de una moda —esa palabra demasiado rápida— sino de una forma de mirar el cuerpo humano como una arquitectura delicada, digna de respeto. En una época que aprendió a confundir novedad con estruendo, él eligió el susurro. Y ese susurro, paradójicamente, se convirtió en una de las voces más reconocibles del siglo XX.

Nació en Voghera, una ciudad pequeña, casi invisible, como suelen ser los lugares que incuban grandes obsesiones. Nada hacía presagiar que aquel joven terminaría vistiendo a emperatrices modernas, a viudas presidenciales, a actrices que parecían existir únicamente para ser recordadas.

París le ofreció el rigor. Roma, el alma. Entre ambas ciudades se formó una sensibilidad que no aceptaría la improvisación como virtud ni el descuido como estilo. Aprendió que la costura no es un gesto rápido, sino una conversación larga entre las manos y la tela. Que un dobladillo mal resuelto puede alterar no solo un vestido, sino la postura de quien lo lleva, la manera en que entra en una habitación, la forma en que se recuerda a sí misma.

Cuando abrió su casa de moda, no parecía estar fundando un imperio, sino un refugio. Un lugar donde el ruido del mundo quedaba fuera y solo importaba la línea, la caída, la exactitud.

El rojo como destino

Desfile de Alta Costura de Valentino, en el año 2008

El color puede ser una emoción detenida.

En el caso de Valentino, el rojo fue una emoción persistente. No un capricho cromático, sino una afirmación existencial. Ese rojo —profundo, decidido, imposible de confundir— no necesitaba explicación. No era el rojo de la urgencia ni el de la violencia. Era un rojo consciente de sí mismo.

Un rojo que no pedía permiso. Con el tiempo, el mundo dejó de decir “rojo” y comenzó a decir “Valentino”, como si el lenguaje hubiera aceptado que ya no eran cosas separadas.

Ese color acompañó cuerpos distintos, épocas distintas, mujeres distintas, sin perder nunca su identidad. Tal vez porque no pretendía transformarlas, sino acompañarlas. El rojo no era un disfraz: era una afirmación.

Vistió cuerpos, sí, pero sobre todo vistió momentos.

Jacqueline Kennedy, envuelta en sus líneas puras, llevaba más que elegancia: llevaba duelo, transición, vigilancia constante. Valentino entendió que su ropa no debía competir con esa carga, sino sostenerla. En sus vestidos, Jackie no parecía adornada, sino acompañada.

Audrey Hepburn, por su parte, era casi incorpórea. En ella, Valentino afinó la ligereza, el equilibrio perfecto entre presencia y retirada. No la vistió para hacerla mujer fatal ni musa inalcanzable, sino para permitirle seguir siendo ese punto exacto entre infancia y madurez, entre fragilidad y determinación.

Elizabeth Taylor era exceso, color, dramatismo. A ella no intentó contenerla: la celebró. Supo que hay cuerpos que no piden discreción, sino estructura; no silencio, sino marco. En sus vestidos, Taylor no se moderaba: se afirmaba.

Sophia Loren representaba otra cosa: la plenitud. El peso de la tradición mediterránea, la sensualidad sin culpa, la carne como territorio legítimo. Valentino no la estilizó para adelgazarla simbólicamente; la honró. Comprendió que la verdadera elegancia no reduce, sino que reconoce.

Más tarde llegarían princesas, aristócratas, actrices de nuevas generaciones, mujeres jóvenes que buscaban no tanto diferenciarse como inscribirse en una continuidad. Porque vestir Valentino era, para muchas, entrar en una genealogía. No solo de moda, sino de actitud: una forma de ocupar el mundo con serenidad.

La alta costura como resistencia

Mientras el mundo aceleraba, Valentino permanecía. Mientras la moda se fragmentaba en tendencias efímeras —una por estación, una por semana, una por pantalla— él insistía en la idea de legado. No por nostalgia, sino por convicción. Sabía que no todo debe moverse para estar vivo.

Fue llamado “el último emperador” de la alta costura, no por su poder, sino por su negativa a abdicar del oficio. En una industria que celebraba el gesto rápido, el impacto inmediato, él defendía la lentitud como forma de pensamiento. Defendía el derecho a repetir una prueba, a corregir un error, a no mostrar aquello que aún no estaba listo.

En sus talleres, la aguja seguía siendo importante. El tiempo seguía teniendo valor. Las manos —no las ideas abstractas, no los discursos— eran el centro de todo. El error no era parte del espectáculo ni del relato creativo: era algo que debía corregirse, pacientemente, hasta desaparecer.

Esa ética del trabajo, casi silenciosa, convirtió su casa en un espacio aparte, un lugar donde el calendario del mundo exterior parecía perder autoridad. Allí, la moda no era contenido: era oficio.

Hoy, pensar en Valentino es pensar en una idea de belleza que no pide disculpas por ser bella. En una elegancia que no teme parecer clásica en un mundo obsesionado con parecer nuevo. En una masculinidad creativa que comprendió —sin teorizarlo, sin explicarlo— el misterio de lo femenino sin intentar poseerlo, corregirlo ni reinterpretarlo.

 No diseñó para provocar debates, sino para crear continuidad. Y, sin embargo, esa continuidad fue profundamente subversiva. En una cultura del descarte, él apostó por la duración. En una estética del ruido, por el silencio. En una época de ironía, por la seriedad del gesto bien hecho.

Su legado no está solo en museos, exposiciones o archivos de moda. Está en la memoria emocional de quienes han visto uno de sus vestidos y han sentido —aunque no supieran explicarlo— que allí había algo más que tela: había tiempo condensado, había cuidado extremo, había una forma de amor no declarada.

Su retirada no fue un final abrupto, sino un gesto elegante. No se aferró al escenario ni prolongó la despedida. Supo irse cuando su obra ya hablaba sola, cuando el rojo seguía caminando sin necesidad de su presencia física.

Ahora que Valentino ha muerto, no queda el vacío. Queda la continuidad. Queda el rojo, atravesando décadas como una línea segura. Queda la idea de que crear no es gritar más fuerte, sino escuchar mejor. Queda la certeza de que la elegancia no es una moda, sino una forma de estar en el mundo.

Y quizá, dentro de muchos años, cuando ya nadie recuerde fechas ni nombres con precisión, alguien verá un vestido rojo —perfectamente construido, silenciosamente poderoso— y sentirá algo difícil de explicar: una calma, una gravedad, una presencia. Entonces, sin saberlo, estará mirando todavía a Valentino.

Porque algunas obras no terminan cuando su autor se va. Simplemente aprenden a caminar solas.

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MúsicaNoticias

Jorge Martínez Ilegal: Memoria de un hombre eléctrico

by Beatriz Menéndez Alonso 10/12/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

En Asturias se ha apagado una luz que parecía destinada a no oscurecerse nunca. Los trenes continúan pasando, las gaviotas siguen disputándose las esquinas del puerto, las fábricas ya oxidadas derraman silenciosamente su memoria, pero algo esencial ha cambiado: ya no está Jorge Martínez, el hombre que convirtió la furia en oficio, el sarcasmo en arma, el ruido en revelación.

Su muerte no es solo la retirada involuntaria de un músico: es la caída de un pilar secreto. Un temblor en la arquitectura del tiempo. Algo en el paisaje —visible únicamente para quienes sintieron en el pecho el impacto de sus canciones— ha perdido su equilibrio.

«La vida es un deporte de riesgo», decía él, con la placidez insolente de quien ya ha vivido demasiado. En otros sería pose; en él, diagnóstico. O quizá, sentencia.

Infancia: El descubrimiento del engaño

Nació el 1 de mayo de 1955 en Avilés, donde el humo de las fábricas se mezclaba con un legado burgués que parecía ajeno al porvenir. Creció bajo la vigilancia severa de un padre secretario judicial, en un hogar donde la disciplina pesaba lo mismo que los libros bien ordenados.

Desde niño buscó rendijas, grietas por las que fisurar la realidad. Una tarde, con apenas tres años, tocó una de las ranas de la fuente del Campo San Francisco, en Oviedo. Aquellas ranas que él creía vivas eran de metal.

«Ahí supe que el mundo estaba lleno de impostores».

Ese instante fue un bautismo: la sospecha como brújula, la ironía como herramienta, la desobediencia como método.

Nada en su adolescencia fue lineal. Internados para «niños problema», mudanzas continuas siguiendo a un padre que cambiaba de destino, un servicio militar obligatorio que endureció la carne y avivó la rabia silenciosa que más tarde sería ritmo y compás.

Aquellos años fueron una sucesión de pasillos largos, dormitorios compartidos, conversaciones clandestinas y silencios densos. Pero también fueron el terreno fértil donde germinó la pulsión musical. Escuchó por primera vez a Elvis, luego a The Beatles, después a Los Bravos, y algo en su interior hizo clic, como si una corriente eléctrica le atravesara de costado.

En alguna entrevista, alguna noche, alguna conversación perdida en bares y camerinos, Jorge dejó caer el nombre de grupos como The Blue Code, The Police, Talking Heads, The Romantics.

Y uno entiende, entonces, que su música contenía pequeños destellos de ese universo: la elegancia sintética, el pulso nocturno, las guitarras angulosas y cortantes, la estética urbana y fría; en definitiva, la melancolía rítmica que definía a la new wave. No porque él quisiera imitar nada —Jorge jamás siguió un camino que no fuera el suyo—, sino porque su antena estaba siempre afinada hacia los ruidos secretos del mundo.

Intentó estudiar Derecho. Era el camino lógico. Pero lo lógico nunca fue suficiente para él. Lo inevitable era otra cosa.

Con un «carné de circo y variedades» obtenido en los bajos del Teatro Filarmónica, Jorge se adentró en el mundo de las orquestas de la mano de Manolo Carrizo. Fue su chitlin circuit español: una sucesión de salas donde la música no era un capricho artístico, sino una batalla diaria contra el cansancio, contra el ruido de fondo, contra la indiferencia.

En esas noches itinerantes, entre humo y cables, aprendió a tocar para públicos que no siempre pedían música, pero siempre exigían verdad. Ese aprendizaje brutal, esa escuela sin afecto, fue la fragua donde se templó su carácter.

Allí, Jorge comprendió algo esencial: el escenario no es un altar, es un campo de batalla. Y él, un combatiente dispuesto.

A finales de los setenta llegó a un Gijón convulso, mezcla de crisis industrial y ebullición creativa. Bares donde la madrugada se convertía en filosofía basura, y locales de ensayo donde se horneaban pequeñas revoluciones de barrio.

Gijón lo adoptó con cautela, como se adopta a un forastero peligroso.

Y allí, en 1982, nacieron Ilegales.

No eran solo una banda: eran una declaración de guerra, un terremoto en traje de guitarras.

«Somos peligrosos y estamos armados».

«¡Tiempos nuevos, tiempos salvajes!».

Las letras eran cuchillos; las guitarras, sierras eléctricas. Y él, al frente, era un torbellino de insolencia, lucidez y precisión quirúrgica. Siempre dispuesto al combate.

Ilustración de Federico Granell

Jorge no componía canciones: esculpía artefactos explosivos. Su discografía es un mapa emocional y político de la España áspera, violenta y a veces ridícula que le tocó recorrer.

Discos emblemáticos:

• Ilegales (1982)
Su primera bandera negra. Un debut que no pidió permiso para existir: lo impuso.
«Europa ha muerto», «Problema sexual», «Heil Hitler» o «Istambul» golpearon como piedras lanzadas desde un callejón oscuro. El disco abrió una brecha: allí donde el rock español aún buscaba definiciones, Ilegales llegó para tirar la mesa entera.
No era punk, no era rock and roll antiguo, no era new wave —y era todo eso a la vez—.
Un manifiesto: crudo, incómodo, necesario.

• Agotados de esperar el fin (1984)
Más oscuro, más afilado. «¡Tiempos nuevos, tiempos salvajes!» dejó de ser solo una canción para convertirse en un eslogan generacional en un país que despertaba sin saber aún de qué.
La producción, más fría y más geométrica, deja entrever la influencia del espíritu new wave: guitarras cortantes, bajos tensos, una ciudad nocturna respirando detrás de cada nota.
Un disco que anticipa el colapso con feroz lucidez.

• Todos están muertos (1985)
Brutal, distópico, hiriente. Una radiografía del nihilismo urbano de los ochenta: callejones mojados, violencia sorda, personajes que sobreviven por pura inercia. Aquí Ilegales se vuelve más cinematográfico, más venenoso —y Jorge escribe como quien afila un bisturí—.
El disco no consuela: escupe verdad.

• Chicos pálidos para la máquina (1990)
Una obra de madurez violenta. «Regreso al sexo químicamente puro» es uno de los grandes himnos del rock español. La producción es más dura, más fría, más industrial. Hay algo mecánico, casi futurista, en la manera en que cada instrumento encaja en las canciones.

• Regreso al sexo químicamente puro (1991)
Continuación de la etapa más corrosiva del grupo. Irreverente y filosóficamente incorrecto.

• Si la muerte me mira de frente me pongo de lao (2015)
Tras años de mutaciones y resistencias, Jorge regresa con un título que ya es un testamento de actitud.
El disco destila experiencia, rabia renovada y una lucidez que solo se consigue después de sobrevivir a varias vidas dentro de una sola.

• Rebelión (2018)
La prueba de que Jorge seguía siendo dinamita pura.

• La lucha por la vida (2022)
Un álbum de revisión elegante y poderosa, cargado de colaboraciones. Aquí la banda no está sola: es un ejército de voces, guitarras y sensibilidades que se cruzan en un territorio común: el rock en español. Loquillo, Luz Casal, Iván Ferreiro, El Niño de Elche, Coque Malla, Bunbury, Evaristo Páramos, Josele Santiago, etc.

• Joven y arrogante (2024)
A los 70 años volvió con más fuerza que muchos veinteañeros. Una bofetada sonora a la complacencia y a la idea absurda de que el rock debe suavizarse con la edad.
Aquí Jorge se ríe de la vejez, de las expectativas, del mercado, del mundo entero.

La imagen de Jorge —la ceja desafiante, el cuero negro, la mueca irónica— podía llevar a engaño. Tras esa máscara había un lector voraz, un observador minucioso, un hombre capaz de unir reflexiones filosóficas con frases demoledoras tipo:
«Yo hago rock and roll para no matar a nadie».

Y aquella sentencia inmortal pronunciada en televisión, arma de doble filo que lo convirtió en mito instantáneo:
«Señora, si no le gusta mi careto… ¡cambie de canal!».

Su relación con la televisión fue un choque permanente entre su lengua afilada y el deseo de domesticarlo. Apareció en programas musicales, debates y espacios de entrevistas donde su presencia generaba un pequeño estado de excepción.

Participó en espacios culturales, actuaciones en Aplauso, colaboraciones esporádicas en debates musicales de RTVE, entrevistas en La 2 y apariciones memorables en programas de crítica social donde dejó frases que todavía circulan en cámaras de eco digitales.

Nunca se adaptó al medio: lo saboteaba suavemente, como un anarquista invitado a un baile de gala. Su sola presencia alteraba el guion, y los presentadores aprendieron que con él no había entrevista, sino duelo.

En 2017, el documental Mi vida entre las hormigas lo retrató sin filtros: Jorge aparecía filmado en su palacio de Bolgues, en Las Regueras, esa vasta y misteriosa propiedad que había heredado y transformado a su imagen y semejanza.

Entre muros antiguos y corredores interminables, caminaba como un espectro, un Nosferatu de Murnau, cuyos pasos resonaban en la madera gastada y los ventanales altos. La cámara lo seguía mientras se movía entre salas polvorientas llenas de recuerdos fragmentados: libros con páginas amarillentas, retratos enmarcados de antepasados, y extraños objetos que parecían custodiar secretos que solo él comprendía.

Su figura esbelta y silenciosa se recortaba contra la luz que se filtraba por los ventanales, creando un juego de sombras que lo hacía parecer más vampiro que hombre. A cada gesto, a cada mirada, se percibía la tensión de alguien que había vencido a su propio caos interno, que había sobrevivido a tormentas invisibles y ahora caminaba con la serenidad inquietante de quien conoce los abismos.

«No he envejecido: me he destilado».

Mientras otros músicos de su generación se diluían en la nostalgia, él persistía con una presencia indomable.

En septiembre de 2025, en plena gira, un frenazo brusco en una vida que solo conoció la velocidad.

La enfermedad lo obligó a detenerse, pero no a rendirse.

Se marchó el último titán.
El último guitarrista de su generación que seguía en activo.
El último que todavía parecía capaz de incendiar el escenario con un solo acorde.

Jorge Martínez nunca pretendió ser un santo. Tampoco un ejemplo. Caminó por la vida con la franqueza de quien sabe que cada paso puede cortar, pero aun así lo da. Había en él una mezcla rara de determinación y herida; un modo de avanzar como si el mundo fuera un suelo de cristal que, sin embargo, no lograba quebrarlo del todo.

Asturiano de raíz y tempestad, Jorge fue un creador hecho de electricidad y fiebre.
Un artesano de la oscuridad.

Su amplificador se ha apagado.
Pero la vibración permanece.

Y mientras en algún local de ensayo un adolescente pulse un acorde torcido, Jorge seguirá allí:
afilado, insurgente, brillante, eterno.

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