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Beatriz Menéndez Alonso

Beatriz Menéndez Alonso

ArteNoticias

Yayoi Kusama: el infinito como refugio

by Beatriz Menéndez Alonso 28/08/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Murió el 14 de agosto, aunque la noticia de su muerte se conoció días después. Yayoi Kusama tenía noventa y siete años y, según el comunicado difundido por su estudio, continuó pintando hasta sus últimos días. Hay algo apropiadamente kusamiano en esa última imagen: una mujer frente a un lienzo, todavía haciendo aparecer puntos, flores, calabazas y redes que comenzaron perteneciendo a un universo privado y terminaron formando parte del nuestro.

Se marcha una de las artistas más reconocibles de nuestro tiempo, pero también una pionera que entendió antes que muchos que el arte podía escapar de los museos. Podía vestirse, caminar por las calles, ocupar un escaparate, entrar en una casa. Podía multiplicarse hasta el infinito.

Kusama pasó buena parte de su vida mirando aquello que los demás no podían ver.

Desde niña experimentó alucinaciones. Las flores podían cubrir una habitación; los patrones se desprendían de los objetos y se extendían por las paredes, el techo, las ventanas y su propio cuerpo. Para otros, aquellas visiones habrían sido únicamente una amenaza. Para Kusama se convirtieron en una forma de conocimiento.

Pintó lo que veía.

Y descubrió que una obsesión podía convertirse en lenguaje.

Nació en Matsumoto, en 1929, en una familia conservadora que no recibió con entusiasmo su deseo de convertirse en artista. Más tarde llegaría Nueva York, donde en los años cincuenta y sesenta se encontró con una escena artística masculina, competitiva y extraordinariamente fértil. Kusama no llegó allí para ocupar un lugar: tuvo que inventárselo.

Lo hizo con una mezcla de obstinación y extravagancia.

Esculturas blandas de formas fálicas, performances, desnudos, redes infinitas y superficies enteras invadidas por puntos. Su obra tenía algo de juego infantil y, al mismo tiempo, algo profundamente inquietante. Parecía alegre hasta que uno se detenía a mirar.

La repetición se convirtió en su método.

Repetir una forma hasta el agotamiento. Cubrir una superficie hasta hacerla desaparecer. Multiplicar un objeto hasta que dejara de ser un objeto. El punto dejaba de ser un punto y se convertía en multitud; la multitud terminaba borrando al individuo.

Kusama llamó a este proceso self-obliteration: la desaparición del yo.

Quizá por eso sus habitaciones infinitas resultan tan hipnóticas. El espectador no contempla simplemente una obra: entra en ella. Los espejos multiplican las luces y el cuerpo hasta hacer desaparecer, durante unos instantes, la frontera entre quien mira y aquello que está mirando.

La experiencia es hermosa, pero también ligeramente inquietante.

Como casi todo en Kusama.

Yayoi Kusama. Haym of Life 1987

Su historia en Nueva York tuvo además una herida más difícil de cerrar. En una escena dominada por hombres, vio cómo determinados procedimientos que ella había explorado eran retomados por artistas masculinos que obtenían una atención y un reconocimiento que a ella le habían sido negados.

Andy Warhol, Claes Oldenburg o Lucas Samaras formaban parte de aquel mundo que Kusama observaba con una mezcla de fascinación y desconfianza.

La cuestión no era únicamente quién había llegado primero.

Era quién tenía derecho a ser escuchado.

Kusama regresó a Japón después de aquellos años y, tras un periodo de gran dificultad, ingresó voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio. Allí encontró una estructura que le permitió continuar trabajando y, sobre todo, preservar una rutina artística.

Mientras el mundo del arte avanzaba sin ella, Kusama siguió pintando.

Y después, inesperadamente, el mundo regresó.

En 1993 representó a Japón en la Bienal de Venecia. Llegaron después los grandes museos, las exposiciones multitudinarias y una popularidad que acabaría desbordando el territorio del arte contemporáneo.

La artista que había trabajado durante décadas en los márgenes se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la cultura popular.

Yayoi Kusama. Every Day I Pray For Love, 2023
With All My Love for the Tulips, I Pray Forever, 2013

El museo salió a la calle

Fue su encuentro con Louis Vuitton el que llevó esa transformación a una escala global. Marc Jacobs, entonces director creativo de la maison, conoció a Kusama en Tokio y quedó fascinado por su energía creativa. En 2012, sus lunares llegaron a bolsos, vestidos, abrigos, zapatos y accesorios, mientras los escaparates de Louis Vuitton se transformaban en grandes superficies cubiertas por su universo visual.

Lo interesante de aquella colaboración no era solamente que el arte apareciera sobre objetos de lujo. Era que la propia frontera entre obra y objeto comenzaba a desaparecer.

El museo había salido a la calle.

La influencia de Kusama alcanzó también la belleza. En 2011 colaboró con Lancôme en una edición limitada de Juicy Tubes. Sus formas podían pasar de una instalación monumental a un objeto pequeño, cotidiano, destinado a las manos.

Kusama había conseguido algo extraordinariamente difícil: convertir un lenguaje profundamente personal en un código universal.

Sus puntos podían habitar una sala de espejos o un bolso. Una calabaza podía convertirse en una escultura monumental o en una imagen reproducida sobre cualquier superficie.

La obra ya no necesitaba un pedestal.

Podía acompañarnos.

La paradoja del infinito

Las redes sociales encontraron en sus instalaciones un escenario perfecto. Los visitantes entraban en las habitaciones de espejos y salían con una fotografía. El infinito se convertía en fondo; la desaparición del yo, en una imagen destinada precisamente a conservarlo.

No deja de ser una ironía.

Kusama quería disolver el yo.

Instagram quería conservarlo.

Pero incluso ahí persistía la lógica de su obra. La repetición podía hacer desaparecer las cosas, pero también podía hacerlas soportables. Una flor repetida cien veces deja de ser una flor. Mil flores pueden convertirse en una superficie. Un millón, en una especie de cielo.

Quizá pintar consistía para Kusama en eso: llenar el mundo de signos hasta que dejara de resultar amenazante.

Entre todos sus símbolos, la calabaza ocupa un lugar singular.

Frente al infinito, la calabaza es humilde. Tiene peso, forma, tierra. Kusama decía que las calabazas le hablaban y que le proporcionaban estabilidad y paz.

En Naoshima, una enorme calabaza roja espera junto al mar.

El mar no tiene puntos.

El cielo tampoco.

Pero Kusama puso lunares sobre la calabaza como quien coloca pequeñas señales en mitad de una extensión demasiado grande.

Durante muchos años, el mundo consideró a Yayoi Kusama una extravagancia. Después la convirtió en una celebridad. Finalmente, quizá empezó a comprenderla.

No fue simplemente la mujer de la peluca roja, los lunares y las habitaciones infinitas. Fue una artista que convirtió su experiencia interior en una disciplina y aquello que la separaba de los demás en un lenguaje que los demás podían reconocer.

Su vida estuvo marcada por una palabra sencilla: volver.

Volver al pincel.
Volver al punto.
Volver al espejo.
Volver a la flor.
Volver a la calabaza.

Hasta el final.

Hay algo conmovedor en saber que continuó pintando durante sus últimos días. Como si, a los noventa y siete años, todavía quedara algo que añadir a aquella interminable conversación con el infinito.

Se ha ido Yayoi Kusama.

Pero sus puntos permanecen.

En los museos, en los escaparates, en los vestidos, en los espejos y en la memoria de quienes alguna vez entraron en una de sus habitaciones y dejaron de saber, durante unos minutos, dónde terminaban ellos y dónde empezaba el mundo.

Quizá eso sea lo más parecido a la eternidad que puede ofrecernos un artista.

No permanecer.

Sino multiplicarse.

28/08/2026 0 comments
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Cine

Christopher Nolan y el regreso de Odiseo: cuando el mito vuelve a casa

by Beatriz Menéndez Alonso 01/08/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Antes de que existiera el cine, Homero ya había imaginado la primera gran superproducción de la historia. Bastaron unos miles de versos para levantar tempestades, monstruos, dioses, ciudades incendiadas y un hombre condenado a descubrir que el viaje más difícil no consistía en atravesar el Mediterráneo, sino en regresar a casa. Desde entonces, cada época ha filmado su propia Odisea.

Mario Camerini convirtió a Kirk Douglas en el héroe musculoso del Hollywood clásico; Andrei Konchalovsky buscó una adaptación mucho más cercana al poema; y Uberto Pasolini, en The Return, encontró en Ralph Fiennes a un rey envejecido, más preocupado por las heridas de la guerra que por la gloria del pasado.

Christopher Nolan no parece querer competir con ninguno de ellos. Su ambición parece otra: dialogar con Homero para volver a contar una historia que, después de casi tres mil años, continúa revelando algo esencial sobre la condición humana.

Conviene aclarar una cuestión que suele generar confusión. El héroe de Homero se llama Odiseo (Odysseus) en griego. Fueron los romanos quienes transformaron su nombre en Ulises (Ulixes), la forma que terminó imponiéndose en gran parte de la literatura occidental. No son dos personajes distintos, sino dos nombres para un mismo hombre.

Sin embargo, ambos evocan tradiciones diferentes. “Odiseo” nos remite al héroe de Homero; “Ulises”, al personaje que han reinventado Dante, Tennyson, Joyce o Kazantzakis. El primero pertenece al mundo del mito griego; el segundo representa la larga sombra cultural que ese mito proyectó sobre Occidente.

La primera imagen de Nolan ya deja claras sus intenciones. No aparece ningún personaje. Lo primero que vemos es el caballo de Troya, semienterrado en la arena, convertido en una reliquia arqueológica.

Durante unos segundos resulta imposible no pensar en aquella inolvidable secuencia final de El planeta de los simios, cuando la Estatua de la Libertad emerge entre los restos de una civilización extinguida. Allí contemplábamos el final de un mundo; aquí observamos la memoria petrificada de una guerra que continúa habitando a quienes sobrevivieron.

Es un comienzo extraordinario porque desplaza el centro del relato. Nolan apenas se interesa por la conquista de Troya. Lo que realmente le importa son las cicatrices que dejó la victoria.

La estructura narrativa también ha sido objeto de numerosas críticas. Nolan sitúa la acción años después del conflicto y reconstruye el viaje mediante continuos saltos temporales. Muchos han visto en ello otra de sus habituales piruetas narrativas, pero basta regresar al poema para descubrir que Homero ya utilizaba una lógica semejante.

Odiseo nunca cuenta su historia de forma lineal. La recuerda, la reconstruye desde la memoria, la ordena mientras intenta comprenderla. El director simplemente traslada esa estructura al lenguaje cinematográfico y convierte el recuerdo en la verdadera arquitectura de la película.

En ese sentido, La Odisea resulta mucho más homérica de lo que algunos de sus detractores parecen admitir.

Matt Damon interpreta un Odiseo inesperadamente frágil. Carece de la insolencia física de Kirk Douglas, de la autoridad heroica de Armand Assante o del tono elegíaco que Ralph Fiennes imprimía al personaje en The Return. Su Ulises parece un hombre agotado, casi vencido; alguien que empieza a comprender que regresar puede resultar más difícil que conquistar una ciudad.

No es una interpretación irreprochable. Damon transmite con solvencia el cansancio físico y moral del personaje, pero rara vez consigue proyectar aquello que convierte a Odiseo en uno de los grandes protagonistas de la literatura universal: una inteligencia capaz de dominar cualquier situación.

Nunca termina de aparecer plenamente esa mezcla de astucia, liderazgo, orgullo y autoridad que explica que Homero lo llamara repetidamente “el de los muchos recursos”. Durante buena parte del metraje resulta más sencillo creer que estamos viendo a un náufrago exhausto que al rey de Ítaca.

Frente a él, Anne Hathaway construye probablemente la Penélope más interesante que ha ofrecido el cine contemporáneo.

Consigue algo extraordinariamente difícil: hacer que la espera posea tanta intensidad dramática como el viaje. Mientras Odiseo sobrevive gracias al ingenio, Penélope mantiene en pie un reino utilizando otra forma de inteligencia mucho más silenciosa.

Siempre me ha fascinado pensar que el caballo de Troya y el telar de Penélope representan exactamente la misma idea: vencer gracias a la inteligencia cuando la fuerza resulta insuficiente.

Quizá ahí resida el auténtico corazón de La Odisea.

La desaparición de Nausícaa y de buena parte del episodio de los feacios resulta significativa.

Nolan parece haber sacrificado esas etapas para concentrar toda la tensión emocional en el regreso a Ítaca y en el reencuentro con Penélope. Es una elección discutible, pero coherente con la película que desea construir.

La Odisea suele recordarse por sus episodios más espectaculares —Polifemo, las sirenas, Circe o el descenso al Hades—, pero Homero construye el poema sobre un principio mucho más profundo: la hospitalidad, la xenia.

La xenia no era una simple norma de cortesía, sino una institución sagrada protegida por Zeus Xenios, que regulaba la relación entre el extranjero y quien lo recibía. En un mundo donde el viajero dependía de la generosidad ajena para sobrevivir, respetar al huésped equivalía a preservar el propio orden de la civilización.

Cada encuentro de Odiseo pone a prueba ese principio. Los feacios representan su expresión más elevada: acogen al desconocido antes incluso de preguntarle su nombre, lo alimentan, lo escuchan y finalmente lo conducen hasta Ítaca cargado de regalos. Eumeo, el porquerizo, repite ese mismo gesto en una humilde cabaña, demostrando que la nobleza moral no depende del rango social.

Incluso Menelao y Helena reciben a Telémaco conforme a ese antiguo código: las preguntas pueden esperar; primero debe atenderse la necesidad del viajero.

Frente a ellos, Polifemo representa la negación absoluta de la xenia. El cíclope desprecia las leyes de Zeus, rechaza cualquier obligación hacia el extranjero y convierte al huésped en alimento. Su barbarie no reside únicamente en el canibalismo, sino en algo más profundo: su incapacidad para reconocer que existe un deber hacia el otro.

La estancia de Odiseo con Calipso introduce una dimensión más compleja. La ninfa salva al náufrago y le ofrece refugio, pero transforma esa acogida en cautiverio al impedirle regresar a Ítaca. Homero muestra así que incluso el cuidado puede convertirse en una forma de dominación cuando priva al huésped de su libertad.

La mayor transgresión de este principio, sin embargo, ocurre en la propia casa de Odiseo. Los pretendientes ocupan durante años su palacio, consumen sus bienes y utilizan en su beneficio las obligaciones de la hospitalidad. No son simplemente invitados insolentes: son usurpadores que corrompen el fundamento mismo de la xenia. Por eso su castigo final no aparece únicamente como una venganza personal, sino como la restauración de un orden moral quebrantado.

Todo indica que Nolan ha comprendido la importancia de este eje ético y lo coloca en el centro de su adaptación.

 Más allá de los monstruos, las tormentas y las grandes escenas épicas, la historia termina planteando una pregunta sorprendentemente contemporánea: cómo tratamos al extranjero, qué significa abrir la puerta de nuestra casa y hasta qué punto una civilización puede definirse por la manera en que recibe a quien llega desde lejos.

No todo funciona con la misma eficacia.

La primera hora resulta excesivamente pausada y cuesta que la historia encuentre su ritmo. Algunos personajes secundarios parecen poco integrados en el universo clásico y Charlize Theron, impecable desde el punto de vista visual, aparece por momentos más cercana a una imagen publicitaria de alta costura que a una figura surgida de la tragedia griega.

También resulta discutible el tratamiento de Atenea.

En el poema homérico, la diosa no es únicamente una protectora de héroes: es una fuerza activa que dirige buena parte del relato. Ella persuade a Zeus para favorecer el regreso de Odiseo, guía a Telémaco durante su transformación, interviene en los momentos decisivos y representa la inteligencia estratégica que permite que el héroe sobreviva allí donde la fuerza resulta insuficiente.

La Atenea de Nolan conserva su papel de protectora, pero transmite una presencia mucho más contenida y terrenal. Pierde parte de la majestuosidad, la autoridad y el peso simbólico que posee en Homero. La diosa que en el poema encarna la razón superior que ordena el caos aparece aquí más como una acompañante del destino de Odiseo que como una de las grandes arquitectas de su regreso.

Esta diferencia resulta importante porque modifica la naturaleza del héroe. En Homero, Odiseo nunca está completamente solo: su inteligencia humana dialoga constantemente con una inteligencia divina que lo guía. Al reducir la presencia de Atenea, la película convierte el viaje en una experiencia más íntima y psicológica, pero también pierde parte de la dimensión mitológica original.

Más discutibles son algunas ausencias.

Desaparece el célebre episodio de “Mi nombre es Nadie”, uno de los momentos más brillantes de toda la literatura occidental. El enfrentamiento con Polifemo pierde precisamente aquello que definía a Odiseo: su capacidad para vencer mediante la palabra, la astucia y el engaño.

En el poema, el héroe no derrota al cíclope por fuerza física, sino porque entiende que el lenguaje puede convertirse en un arma. Su nombre falso no es únicamente un recurso narrativo; es una declaración de principios: sobrevivir depende de saber leer el mundo y manipular sus reglas.

Las sirenas, por su parte, apenas tienen tiempo para desarrollar la poderosa metáfora que representan. En Homero simbolizan el conocimiento absoluto y la tentación de abandonar el camino por el deseo de escuchar aquello que ningún hombre debería conocer. Nolan privilegia el impacto visual frente a la complejidad simbólica de estos episodios.

Es una decisión legítima, aunque revela una de las tensiones centrales de cualquier adaptación de un clásico: cuanto más se concentra la historia en su dimensión emocional, más elementos míticos quedan necesariamente relegados.

Existe además una cuestión que trasciende la propia película: el formato.

Vista en una sala convencional, la experiencia transmite la sensación de contemplar una imagen constantemente limitada. Nolan vuelve a diseñar su cine para un reducido número de salas IMAX capaces de mostrar el encuadre completo, una decisión que ya había marcado algunas de sus obras anteriores.

El resultado es paradójico: millones de espectadores acceden a una versión técnicamente incompleta de una película concebida para otro tipo de exhibición. Es una apuesta artística coherente con su defensa de la experiencia cinematográfica tradicional, pero también plantea una contradicción evidente: una obra pensada para recuperar la grandeza del cine puede terminar siendo parcialmente inaccesible para buena parte del público.

Y, sin embargo, sería injusto reducir La Odisea a la suma de sus defectos.

Vivimos un momento en el que el cine parece debatirse entre franquicias diseñadas para prolongarse indefinidamente y una inteligencia artificial que promete fabricar imágenes mediante simples instrucciones de texto. En ese contexto resulta casi emocionante que un director decida construir un caballo de Troya a escala real para trasladarlo por una playa auténtica o levantar una gigantesca marioneta para representar al cíclope en lugar de delegar cada elemento en una pantalla digital.

No se trata únicamente de nostalgia. Es una defensa del propio lenguaje cinematográfico: del peso de los objetos, de la textura de los decorados, de la imperfección de la materia y de la capacidad de una imagen real para transmitir una sensación que ningún efecto digital puede sustituir completamente.

En una época dominada por la simulación, Nolan parece recordar que el cine nació precisamente de la fascinación por capturar aquello que existe delante de una cámara.

Ningún director puede adaptar La Odisea respetando cada verso de Homero. Adaptar nunca ha significado copiar; significa interpretar. Cada época vuelve al mito porque necesita encontrar en él sus propias preguntas.

Nolan lo hace desde una sensibilidad contemporánea, sacrificando episodios, modificando ritmos y desplazando el centro del relato hacia la memoria, la pérdida y el deseo de regresar. Su película no busca reproducir el poema, sino dialogar con él.

No estamos ante una obra perfecta ni ante la adaptación definitiva de Homero. Tiene imperfecciones evidentes, decisiones discutibles y algunas pérdidas dolorosas para quienes conocen el texto original. La ausencia de determinados episodios, la menor presencia de Atenea o la transformación de un Odiseo menos dominante de lo esperado pueden generar debate entre los espectadores más cercanos al poema.

Pero posee una virtud extraordinariamente rara en el cine actual: cree en la grandeza de los mitos y en la inteligencia del espectador.

En un tiempo en el que muchas historias parecen construidas para ser consumidas rápidamente y olvidadas poco después, Nolan decide mirar hacia atrás, hacia una obra escrita hace casi tres mil años, para recordar que seguimos habitando las mismas preguntas.

Quizá por eso el verdadero viaje de Odiseo nunca fue atravesar mares, enfrentarse a monstruos o escapar de los dioses. El verdadero viaje fue comprender quién era después de haberlo perdido casi todo.

Y esa es la razón por la que Homero sigue hablándonos.

En una época obsesionada con llegar cada vez más lejos, Christopher Nolan ha decidido recordarnos algo mucho más antiguo: que todos los viajes, incluso los más extraordinarios, terminan conduciendo hacia una misma pregunta.

Quiénes somos.

Qué significa volver a casa.

Y cuánto estamos dispuestos a perder durante el camino.

01/08/2026 0 comments
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Sin categoría

El eclipse de la leona galesa

by Beatriz Menéndez Alonso 13/07/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Hay voces que nacen bellas y otras que nacen verdaderas. La de Bonnie Tyler pertenecía a la segunda categoría. Incluso en su juventud sonaba como una voz que ya hubiera atravesado el humo, el cansancio y las derrotas mucho antes de alcanzar el éxito internacional. Quizá por eso sobrevivió a las modas con una naturalidad que muy pocos artistas consiguen. Con su muerte, a los setenta y cinco años, no desaparece únicamente una de las grandes voces del pop-rock; se desvanece también una forma de entender la música, cuando el exceso podía convertirse en belleza, el videoclip aspiraba a ser una obra artística y la emoción se exhibía sin complejos.

Aquella década apenas conocía la timidez. Nadie parecía interesado en la discreción. Los sintetizadores ocupaban el lugar de las orquestas, los videoclips adquirían una ambición casi cinematográfica y la moda elevaba el artificio a una categoría estética. En ese escenario apareció una mujer galesa con una melena rubia indomable, una voz que parecía haber sobrevivido a un incendio y una presencia capaz de llenar un escenario antes incluso de pronunciar una palabra.

Su forma de vestir decía tanto de ella como sus canciones. Chaquetas de cuero, botas altas, hombreras monumentales, vestidos de lentejuelas, tejidos brillantes, maquillaje intenso y aquella cabellera rubia y salvaje componían una imagen inmediatamente reconocible. Nunca persiguió la elegancia contenida que comenzaba a imponerse en otros ámbitos de la música. Entendía el escenario como un lugar donde la realidad podía exagerarse sin caer en la caricatura. Vestía como cantaba: con intensidad, convicción y sin miedo al dramatismo. Aquella estética, hoy inseparable del imaginario colectivo de los años ochenta, no era un disfraz, sino la prolongación natural de su manera de interpretar.

Quizá por eso nunca pareció una estrella fabricada por la industria. Nacida como Gaynor Hopkins en el pequeño pueblo de Skewen, al sur de Gales, encontró en la música una salida tan natural como inevitable. En 1977, una intervención para extirpar unos nódulos de las cuerdas vocales estuvo a punto de truncar una carrera que apenas comenzaba. Durante la recuperación habló antes de tiempo, desoyendo las recomendaciones médicas, y aquella imprudencia alteró para siempre el timbre de su voz. Lo que habría supuesto una desgracia para la mayoría de los cantantes terminó convirtiéndose en el origen de una identidad artística irrepetible. La ronquera dejó de ser una secuela para transformarse en una firma. Hay intérpretes que dedican toda una vida a buscar una voz propia; Bonnie Tyler la encontró precisamente cuando creyó haberla perdido.

En España su irrupción coincidió con un país que también buscaba una voz distinta.

It’s a Heartache comenzó a sonar en las emisoras, en las verbenas y en los programas musicales de finales de los setenta, convirtiéndose para muchos en la banda sonora de una sociedad que descubría nuevas formas de mirar el mundo. Aquella mujer de apariencia indómita parecía encarnar una libertad todavía reciente.

Sin embargo, la canción que la convirtió definitivamente en un icono fue Total Eclipse of the Heart. Conviene detenerse en ella porque pocas composiciones populares han conseguido escapar de su tiempo con semejante autoridad. Era una balada monumental incluso para una época enamorada de los excesos: siete minutos en su versión original —reducidos para la radio a poco más de cuatro— en los que cada acorde parecía anunciar al mismo tiempo el fin del mundo y una última posibilidad para el amor.

Nada en aquella grabación era casual. Al piano se encontraba Roy Bittan y a la batería Max Weinberg, dos pilares de la E Street Band de Bruce Springsteen, aportando al conjunto una solemnidad casi sinfónica. Sobre aquella arquitectura sonora se alzaba Bonnie Tyler, que no interpretaba la canción: la habitaba. Su voz convertía cada frase en una confesión desesperada y cada silencio en una pausa dramática perfectamente medida.

Jim Steinman, uno de los grandes arquitectos del rock teatral, había concebido originalmente la pieza para un musical inspirado en Nosferatu. El proyecto nunca llegó a estrenarse y la canción terminó, casi por azar, en manos de Bonnie Tyler. Meat Loaf jamás ocultó el disgusto que le produjo perder aquella composición destinada, según creía, a su propio repertorio. El tiempo resolvió la disputa con la serenidad que solo poseen los clásicos. Resulta difícil imaginar otra voz capaz de sostener semejante edificio emocional. Más de cuatro décadas después, Total Eclipse of the Heart continúa sumando cientos de millones de reproducciones en las plataformas digitales, demostrando que algunas canciones dejan de pertenecer a una generación para convertirse en patrimonio sentimental de varias.

El videoclip tampoco conocía la moderación. Era un pequeño relato gótico donde convivían internados victorianos, corredores interminables, niños de mirada espectral y una iluminación que no pretendía asustar a nadie; simplemente daba por hecho que los muertos seguían formando parte del reparto. Fue rodado en el antiguo Holloway Sanatorium, en Surrey. Ella recordaría años después que ni siquiera los perros que vagaban por el recinto se atrevían a entrar en algunas habitaciones de la planta baja. Ella atribuía aquella extraña resistencia al recuerdo de los tratamientos de electroshock practicados allí décadas atrás.

Tal vez fuera una simple anécdota; tal vez una superstición alimentada por la memoria del lugar. En cualquier caso, aquel escenario terminó reforzando la atmósfera inquietante de un videoclip que hoy forma parte inseparable de la cultura visual de su tiempo.

Vista desde la distancia, Bonnie Tyler representa una paradoja extraordinaria. Fue una estrella internacional que nunca perdió el aire de cantante de pub. Mientras el Reino Unido tendía a considerarla un enorme fenómeno comercial antes que una artista de prestigio, encontró un público extraordinariamente fiel en España, Portugal, Francia, Alemania y los países escandinavos.

Nunca dejó de girar. Cuando le preguntaban por qué seguía aceptando conciertos respondía con la sencillez de quien jamás olvidó sus orígenes: era una mujer de clase trabajadora y trabajar seguía pareciéndole un privilegio.

Esa misma actitud quedó reflejada en 2013, cuando aceptó representar al Reino Unido en Eurovisión con Believe in Me. Habían pasado más de treinta años desde que conquistara el mundo con Total Eclipse of the Heart y podría haberse refugiado cómodamente en la nostalgia. Prefirió hacer lo contrario. Se presentó ante millones de espectadores con la naturalidad de quien todavía se consideraba una artista en activo y no una reliquia de otra época. El resultado —decimonovena posición— fue discreto, pero aquel gesto decía mucho más de ella que la clasificación final. Mientras otros músicos protegen cuidadosamente su leyenda evitando cualquier riesgo, Bonnie Tyler decidió seguir sometiendo su voz al juicio del presente.

Tal vez esa sea la razón por la que su legado permanece intacto. Escuchar hoy sus canciones no significa únicamente regresar al pasado. Significa recordar un tiempo en el que las baladas podían ser desmesuradas sin pedir disculpas, los videoclips aspiraban a contar historias y la intensidad sentimental todavía era considerada una virtud.

Bonnie Tyler nunca intentó convertirse en un símbolo. Permaneció fiel a una voz imperfecta, a una imagen inolvidable y a una manera apasionada de entender la música. Para quienes crecieron entre cintas de casete, programas musicales de televisión y videoclips que parecían pequeñas películas, seguirá siendo la mujer de cabello indomable y voz irrepetible que convirtió un eclipse en una de las canciones más memorables de la música popular. Algunas voces pertenecen a una época. Otras terminan perteneciendo a la memoria.

Beatriz Menéndez Alonso

13/07/2026 0 comments
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LiteraturaPersonajes

Marjane Satrapi: la mujer que dibujó las grietas de Irán

by Beatriz Menéndez Alonso 08/06/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

La muerte de Marjane Satrapi deja una sensación extraña, como si una ventana se hubiera cerrado de repente sobre un paisaje que todavía necesitábamos contemplar. Durante más de dos décadas, la autora franco-iraní fue una de las voces más lúcidas para explicar a Occidente las contradicciones, los dolores y las esperanzas de Irán. Lo hizo sin discursos grandilocuentes, sin manifiestos interminables y sin el lenguaje distante de los especialistas.

Lo hizo dibujando.

A veces la historia de un país puede caber en una viñeta.

Murió a los cincuenta y seis años, poco más de un año después del fallecimiento de su esposo, Mattias Ripa. Sus allegados han señalado que nunca llegó a recuperarse de aquella pérdida. Resulta inevitable pensar en la ironía de que una mujer que dedicó buena parte de su obra a combatir el olvido terminara consumida por una ausencia.

Sin embargo, los artistas no desaparecen del todo. Permanecen en aquello que lograron nombrar.

Y ella nombró un mundo entero.

Cuando apareció Persépolis a comienzos de este siglo, muchos lectores occidentales descubrieron por primera vez un Irán distinto al que aparecía en los informativos. No era el Irán abstracto de los ayatolás, los misiles o las negociaciones diplomáticas. Era el de una niña que discutía con sus profesores, escuchaba música prohibida y observaba cómo las paredes de su mundo se estrechaban lentamente alrededor de las mujeres.

Eligió el blanco y negro porque algunas experiencias parecen resistirse al color. Bajo unas viñetas de apariencia sencilla latía la memoria de una generación marcada por la Revolución Islámica de 1979, la guerra entre Irán e Irak y la imposición de una moral convertida en sistema político.

En aquellas páginas, el velo no era solamente una prenda. Era una frontera. Una línea trazada sobre el cuerpo femenino para recordar quién tenía derecho a decidir.

Sin embargo, su legado excede ampliamente los límites de Persépolis.

Si aquella obra relató una infancia atravesada por la revolución y el exilio, Bordados exploró un territorio más íntimo. Alrededor de una mesa de té, varias mujeres compartían recuerdos, secretos y confidencias que rara vez encontraban espacio en los relatos oficiales. Con humor, ironía y una extraordinaria capacidad de observación, la autora reveló un universo femenino complejo y libre, donde la resistencia adoptaba formas discretas y cotidianas.

Más tarde llegaría Pollo con ciruelas, quizá la más melancólica de sus novelas gráficas. A través de la historia del músico Nasser Ali Khan, que decide dejarse morir tras perder su instrumento, construyó una delicada meditación sobre el amor, el arte y la nostalgia; sobre aquello que permanece cuando todo lo demás parece haberse perdido. Aquella obra confirmó que su talento iba mucho más allá de la crónica política. También sabía adentrarse en las tragedias íntimas, en los deseos incumplidos y en las heridas invisibles que acompañan toda existencia.

Nunca escribió desde el resentimiento. Sus libros están llenos de contradicciones, humor y ternura. Amaba profundamente la cultura persa mientras denunciaba a quienes pretendían apropiarse de ella. Criticó al régimen sin dejar de sentirse hija de la tierra que lo había producido. Vivió el exilio como una conquista de libertad, pero también como una forma de desarraigo.

Esa tensión atraviesa toda su obra.

Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud

PERSÉPOLIS

El título de su libro más célebre no fue una elección casual.

Persépolis fue una de las grandes capitales ceremoniales del Imperio aqueménida. Fundada por Darío I alrededor del año 518 antes de nuestra era, simbolizó durante siglos el esplendor de una de las civilizaciones más sofisticadas del mundo antiguo.

En el año 330 antes de Cristo, las tropas de Alejandro Magno incendiaron la ciudad.

Desde entonces, Persépolis quedó convertida en una ruina majestuosa.

Quizá por eso el título elegido posee una fuerza tan poderosa. No hablaba únicamente de una infancia. Hablaba de una nación cuya memoria había sido fragmentada por revoluciones, guerras y conflictos ideológicos. Hablaba de un país que conservaba bajo sus heridas contemporáneas el recuerdo de una de las culturas más antiguas y refinadas de la historia.

En cierto modo, toda su producción artística fue un diálogo entre las ruinas y el presente.

Nunca aceptó que Irán pudiera reducirse a un régimen político.

Frente al relato oficial aparecía otro país: el de los poetas y cineastas, el de las mujeres que desafiaban las imposiciones cotidianas, el de los jóvenes que escuchaban música prohibida y el de las familias que seguían imaginando un futuro distinto.

Ese Irán atraviesa todos sus libros. Está presente en Persépolis, en Bordados, en Pollo con ciruelas y también en obras menos conocidas, donde incluso la literatura infantil servía para explorar emociones universales.

La misma mirada llegó al cine con la adaptación animada de Persépolis, estrenada en 2007 y codirigida junto a Vincent Paronnaud. Conservando el blanco y negro de la novela gráfica, la película transformó la memoria en imágenes. Las figuras parecían moverse como sombras surgidas de un recuerdo, creando una experiencia visual tan sencilla como conmovedora.

El filme obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y fue nominado al Óscar a la mejor película de animación.

Pero su mayor logro fue otro: acercar la historia de las mujeres iraníes a millones de personas que jamás habrían abierto una novela gráfica.

Ese éxito tampoco estuvo exento de controversia. Algunos críticos le reprocharon ofrecer una visión demasiado accesible de una realidad extraordinariamente compleja, adaptada a las expectativas del público occidental. Otros, por el contrario, defendieron que precisamente en esa capacidad para convertir la experiencia iraní en un lenguaje universal residía una parte esencial de su talento. La discusión acompañó buena parte de su carrera y refleja hasta qué punto sus obras lograron intervenir en debates que iban mucho más allá de la literatura.

Aquella experiencia confirmó además que su mirada artística no estaba limitada a la página. El cine le permitió ampliar su exploración de la memoria, la identidad y el exilio. Más adelante dirigiría la adaptación de Pollo con ciruelas y proyectos tan distintos como The Voices o Radioactive, dedicada a Marie Curie, demostrando una curiosidad intelectual que desbordaba cualquier etiqueta.

Con el paso de los años, la dibujante que había contado su infancia terminó convirtiéndose en una de las intelectuales iraníes más influyentes del exilio. Defendió a artistas perseguidos por el régimen, denunció las violaciones de derechos humanos y participó activamente en campañas internacionales de solidaridad.

Su voz volvió a cobrar una especial relevancia durante las protestas desencadenadas por la muerte de Mahsa Amini en 2022.

Mientras miles de jóvenes se quitaban el velo en las calles y coreaban «Mujer, Vida, Libertad», muchos recordaron que llevaba décadas contando precisamente esa lucha.

Había sido una cronista temprana de una rebelión que todavía no tenía nombre.

Aquella implicación cristalizó en Mujer, Vida, Libertad, la obra colectiva que coordinó junto a numerosos artistas e intelectuales para documentar la revuelta iraní y preservar la memoria de quienes arriesgaban sus vidas enfrentándose a la represión. El libro puede leerse como la prolongación natural de toda una trayectoria dedicada a defender la libertad desde las historias concretas de las personas.

Por eso sorprendió poco que en enero de 2025 rechazara la Legión de Honor, la máxima condecoración francesa.

La decisión provocó un intenso debate.

Explicó entonces que no podía aceptar una distinción oficial mientras percibiera una actitud que consideraba incoherente respecto a la situación iraní. Criticó la falta de solidaridad efectiva con quienes seguían enfrentándose a la represión, especialmente mujeres y jóvenes.

Aquella negativa fue coherente con toda una vida.

No era un gesto contra Francia.

Era un gesto a favor de aquello en lo que había creído siempre.

La libertad.

La dignidad.

La responsabilidad moral de no separar las palabras de los actos.

Esa integridad explica por qué su figura trascendió los límites de la literatura, el cómic o el cine. Fue una intelectual capaz de intervenir en los grandes debates de su tiempo sin perder nunca la cercanía de quien habla desde la experiencia personal.

Ahora que ha muerto, resulta inevitable pensar en Persépolis.

No en el libro.

Ni siquiera en la película.

En la ciudad.

En aquellas columnas antiguas que han sobrevivido a imperios, invasiones, incendios y siglos de abandono.

Las ruinas de Persépolis siguen en pie porque la piedra conserva la memoria de quienes la levantaron.

Su obra posee esa misma resistencia.

Sus dibujos continuarán hablando cuando las polémicas políticas se hayan apagado. Seguirán recordando que detrás de cada revolución hay familias, detrás de cada ley hay cuerpos y detrás de cada conflicto internacional hay personas intentando vivir sus vidas.

Permanecerán las mujeres que conversan en Bordados, el músico que se deja morir en Pollo con ciruelas y las voces que recorren Mujer, Vida, Libertad. Personajes distintos, épocas distintas, heridas distintas. Todos pertenecen, sin embargo, al mismo territorio moral: el de quienes se resisten a que la historia les arrebate la memoria.

Pocas creadoras lograron explicar un país con semejante claridad sin renunciar a sus contradicciones. Su obra mostró un Irán atravesado por conflictos políticos y culturales, pero también por afectos, ironías y deseos que ningún régimen consiguió controlar por completo.

Tal vez esa sea la razón de su permanencia. No ofreció respuestas sencillas ni retrató héroes perfectos. Prefirió mostrar personas enfrentadas a circunstancias difíciles, obligadas a negociar constantemente entre la libertad y el miedo, entre la pertenencia y el exilio, entre la memoria y el olvido.

Marjane Satrapi ha muerto.

Pero los personajes que dibujó siguen habitando ese espacio incierto donde la experiencia individual se convierte en historia colectiva.

Y mientras sus páginas sigan encontrando lectores, su conversación con Irán —y con el resto del mundo— continuará abierta.

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Personajes

Marilyn Monroe, cien años de una lectora bajo los focos

by Beatriz Menéndez Alonso 02/06/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Se cumplen cien años del nacimiento de Norma Jeane Mortenson (1926-1962), aunque Marilyn Monroe, como ocurre con todos los mitos, parece haber nacido muchas veces. Nació en los estudios de la 20th Century Fox, bajo una lluvia artificial de focos y maquillaje. Nació en las marquesinas luminosas de los cines de medio mundo. Nació en las fotografías de Richard Avedon, Cecil Beaton, Milton Greene o Eve Arnold. Nació en los lienzos de Andy Warhol, convertida en icono absoluto de la cultura pop. Y volvió a nacer después de su muerte, transformada en una figura casi legendaria cuya imagen continúa atravesando generaciones.

Sin embargo, cuanto más se multiplica el rostro de Marilyn, más difícil parece encontrar a la mujer que habitaba detrás de él.

La historia del siglo XX ha conservado miles de imágenes de ella. La joven que sonríe a la cámara con una mezcla de inocencia y desafío. La estrella que canta Diamonds Are a Girl’s Best Friend envuelta en satén rosa. La figura inmortal cuya falda blanca se eleva sobre una rejilla del metro en La tentación vive arriba. La actriz de mirada melancólica que pasea por una playa de Santa Mónica en las últimas fotografías tomadas por George Barris pocas semanas antes de su muerte.

Pero existe otra Marilyn menos conocida.

Una mujer que llevaba libros en el bolso.

Una lectora voraz.

Una artista que luchó durante toda su vida por escapar de la caricatura que Hollywood había construido para ella.

Antes de convertirse en Marilyn Monroe fue Norma Jeane, una niña que conoció demasiado pronto la incertidumbre.

Su padre estuvo ausente desde el principio. Su madre, Gladys Baker, sufrió graves problemas de salud mental y pasó largas temporadas internada. La futura estrella creció entre hogares de acogida, orfanatos y familias temporales. Aquella sensación de desarraigo la acompañaría siempre.

Muchos de quienes la conocieron señalaron que bajo el brillo de la celebridad persistía una necesidad constante de afecto y reconocimiento.

El fotógrafo Sam Shaw, uno de sus amigos más cercanos, recordaba la mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que percibía en ella. El escritor y guionista Norman Rosten, que compartió largas conversaciones con la actriz, hablaba de una mujer sensible, curiosa y extraordinariamente consciente de sus propias fragilidades.

Quizá por eso Marilyn desarrolló una relación tan intensa con la lectura.

Los libros ofrecían algo que la vida rara vez le había concedido: estabilidad.

La biblioteca secreta de una estrella

La imagen popular de Marilyn Monroe fue construida alrededor de una paradoja cruel. Cuanto más inteligente se mostraba en la vida real, más insistía la industria en representarla como una mujer ingenua.

Sin embargo, quienes frecuentaron su intimidad sabían que aquella imagen estaba lejos de la realidad.

La actriz reunió una biblioteca personal de varios centenares de volúmenes. Leía de forma constante y desordenada, movida por una curiosidad genuina más que por cualquier deseo de aparentar sofisticación.

Los volúmenes conservados muestran a una lectora curiosa y exigente, interesada por la novela, la poesía, el teatro, la filosofía, la psicología y la historia. Lejos de limitarse a exhibir libros como símbolos de prestigio intelectual, Marilyn los leía, los subrayaba y los anotaba. Algunas páginas todavía conservan marcas de lápiz y comentarios escritos de su puño y letra.

Entre sus autores predilectos destacaba Fiódor Dostoievski. Obras como Los hermanos Karamázov o Crimen y castigo la acompañaron durante años. No resulta difícil comprender por qué. Los personajes de Dostoievski viven atrapados entre el deseo de ser amados y la imposibilidad de escapar de sus propias contradicciones. Algo de esa tensión también atravesó la vida de Marilyn.

Otro de los nombres fundamentales en su biblioteca era Walt Whitman. La amplitud emocional de Hojas de hierba, su celebración de la individualidad y de la experiencia humana parecían ofrecerle un contrapunto luminoso frente a los episodios más oscuros de su existencia. Whitman representaba una idea de libertad que probablemente la actriz admiraba profundamente.

También sentía una gran fascinación por James Joyce. Poseía ejemplares de Ulises y de otras obras del escritor irlandés. Una de las fotografías más célebres tomadas por Eve Arnold la muestra precisamente leyendo Ulises en un parque de Long Island durante una pausa del rodaje. La imagen se convirtió casi en una declaración de principios contra quienes insistían en menospreciar su inteligencia.

Entre los novelistas estadounidenses ocupaban un lugar destacado John Steinbeck y Thomas Wolfe. De Steinbeck admiraba especialmente su capacidad para retratar a los marginados y a quienes luchaban contra circunstancias que parecen insuperables. Wolfe, por su parte, le ofrecía una visión apasionada y profundamente emocional de la experiencia humana.

La poesía también desempeñó un papel fundamental en su vida. Leía a Rainer Maria Rilke, cuyos poemas y cartas exploraban la soledad, la creación artística y la búsqueda de identidad. Algunos biógrafos han señalado que la sensibilidad de Rilke conectaba especialmente con la actriz porque expresaba inquietudes que ella misma experimentaba: la sensación de vivir entre dos mundos, el público y el privado, el personaje y la persona.

Su interés intelectual se extendía igualmente hacia el teatro. Admiraba profundamente a autores como Henrik Ibsen, George Bernard Shaw y, por supuesto, a Anton Chéjov. Estas lecturas influyeron en su deseo de convertirse en una actriz más seria y compleja, alejada de los papeles estereotipados que Hollywood le ofrecía con frecuencia.

No menos reveladora es su fascinación por la psicología. Marilyn poseía obras de Sigmund Freud, Erich Fromm y Karen Horney. Buscaba respuestas a preguntas que la perseguían desde la infancia: el abandono, la inseguridad, la necesidad de afecto y el miedo a la soledad. La lectura se convirtió para ella en una forma de autoconocimiento.

Quienes la conocieron recuerdan que podía hablar durante horas sobre libros. El fotógrafo Milton Greene observó que rara vez viajaba sin una pequeña selección de lecturas. Norman Rosten recordaba conversaciones en las que Marilyn saltaba con naturalidad de la poesía a la filosofía y de la literatura rusa al teatro contemporáneo. Incluso Arthur Miller quedó impresionado por la amplitud de sus intereses intelectuales.

Resulta significativo que muchos de sus libros favoritos compartan un mismo hilo conductor. No se trataba de obras superficiales ni de lecturas de evasión. Eran textos poblados por personajes que buscan un lugar en el mundo, que luchan contra la incomprensión, que desean ser reconocidos más allá de las apariencias.

Quizá Marilyn encontraba en ellos un reflejo de sí misma.

Cuando Marilyn conoció al dramaturgo Arthur Miller, ya era una de las mujeres más famosas del planeta.

Miller era algo completamente distinto.

Autor de Muerte de un viajante y Las brujas de Salem, representaba el prestigio intelectual, el reconocimiento literario y una forma de autoridad cultural que Marilyn admiraba profundamente.

Su relación fue observada con fascinación por la prensa internacional. Muchos la consideraban una unión imposible: la estrella de Hollywood y el gran dramaturgo estadounidense.

Pero Marilyn veía en Miller algo más que un marido.

Veía la posibilidad de ser tomada en serio.

Durante aquellos años se acercó aún más al mundo de los escritores, los dramaturgos y los artistas. Frecuentó círculos intelectuales neoyorquinos y profundizó en sus estudios de interpretación.

Sin embargo, la relación estuvo marcada por tensiones dolorosas.

La actriz buscaba constantemente validación emocional. Miller, más reservado, observaba con preocupación cómo la fama consumía a su esposa.

Con el tiempo, el desencanto se instaló entre ambos.

Aun así, aquellos años revelan una faceta fundamental de Marilyn: la de una mujer decidida a construir una identidad propia más allá del deseo masculino y de las expectativas de Hollywood.

 

Contra el encasillamiento

A mediados de los años cincuenta tomó una decisión revolucionaria.

Fundó Marilyn Monroe Productions.

Hoy puede parecer un gesto habitual, pero en aquella época resultaba extraordinario.

Las grandes estrellas femeninas dependían casi por completo de los estudios. Marilyn decidió desafiar ese sistema.

Estaba cansada de interpretar variaciones del mismo personaje.

La rubia ingenua.

La joven seductora.

La fantasía masculina.

Quería personajes más complejos.

Quería evolucionar como actriz.

Quería controlar su carrera.

También ingresó en el Actors Studio bajo la tutela de Lee Strasberg, donde compartió inquietudes con una generación de intérpretes que estaba transformando el cine estadounidense.

James Dean, Marlon Brando, Montgomery Clift y otros actores asociados al Método representaban una nueva forma de entender la interpretación.

Marilyn deseaba formar parte de esa revolución artística.

Y, en cierto modo, lo consiguió.

La paradoja de Marilyn es que mientras luchaba contra su imagen pública también creó algunos de los personajes más inolvidables de la historia del cine.

En Eva al desnudo (1950) ya demostraba una presencia magnética capaz de eclipsar escenas enteras con apenas unos minutos en pantalla.

En Niágara (1953) apareció como una figura sensual y peligrosa que anticipaba muchas de las contradicciones de su propio mito.

Los caballeros las prefieren rubias (1953) consolidó definitivamente su figura pública. Su interpretación de Lorelei Lee y la célebre secuencia musical Diamonds Are a Girl’s Best Friend siguen siendo referencias obligadas de la cultura popular contemporánea.

La tentación vive arriba (1955) le proporcionó la imagen más reproducida del siglo XX: el vestido blanco levantado por el aire procedente del metro de Nueva York.

Bus Stop (1956) permitió descubrir una actriz dramática mucho más compleja de lo que el público esperaba.

El príncipe y la corista (1957), junto a Laurence Olivier, reveló nuevamente su capacidad para combinar vulnerabilidad y comicidad.

Y finalmente llegó Con faldas a lo loco (1959).

Su personaje de Sugar Kane permanece como una de las interpretaciones cómicas más celebradas de todos los tiempos. Billy Wilder comprendió que la aparente fragilidad de Marilyn constituía precisamente la fuente de su enorme fuerza artística.

Porque nadie como ella sabía transmitir simultáneamente deseo, humor, tristeza y ternura.

La mujer detrás del mito

Y, sin embargo, un siglo después de su nacimiento, sigue siendo imposible reducirla a una sola imagen.

Ni la estrella trágica.

Ni la rubia ingenua.

Ni la musa pop.

Ni la víctima de Hollywood.

Marilyn Monroe fue todas esas mujeres y ninguna de ellas.

Fue una actriz extraordinaria que desafió las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo.

Fue una lectora apasionada que buscó en los libros respuestas que la fama nunca pudo ofrecerle.

Fue una mujer que admiró a los escritores tanto como admiraba el cine.

Y fue también una figura profundamente moderna: alguien que comprendió antes que nadie el precio de convertirse en una imagen global.

Quizá por eso continúa fascinándonos.

Porque detrás del mito, detrás de las fotografías, detrás de los vestidos legendarios y de los retratos de Warhol, sigue apareciendo la misma pregunta.

¿Quién era realmente Marilyn Monroe?

Tal vez la respuesta se encuentre menos en las pantallas de cine que en los márgenes subrayados de alguno de sus libros. Allí donde la estrella desaparecía y quedaba solamente una mujer sola, leyendo, intentando comprender el mundo y comprenderse a sí misma.

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EntrevistasPersonajes

En la trastienda del Alberto: un recorrido por Flores La Plaza

by Beatriz Menéndez Alonso 01/05/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso
Ralph Waldo Emerson: «La tierra ríe en flores»

En el centro de Cangas del Narcea, entre la estrechez de la calle Mayor y la apertura de la plaza Rafael Rodríguez —la del Julter, en la lengua afectiva de los cangueses—, hay un lugar donde el tiempo no se detiene, pero parece adoptar otro ritmo. No más lento exactamente, sino más atento a sí mismo.

Ese lugar es Flores La Plaza.

He pasado por aquí muchas veces, en distintas edades, y sin embargo hoy lo reconozco de otra manera. Es un lugar que atrae con una fuerza casi inevitable, como si ejerciera un magnetismo silencioso que no depende solo de la voluntad de quien lo mira.

A primera vista podría parecer una floristería. Lo es. Pero también es un punto de anclaje emocional. En la relación entre la villa y este lugar hay una forma de agradecimiento que rara vez se verbaliza, pero que se manifiesta en lo cotidiano: en quienes se detienen ante el escaparate, en los ya célebres photocalls convertidos en pequeño ritual de la plaza, en quienes lo recomiendan a quien llega por primera vez, en quienes regresan.

En una época en la que tantos negocios desaparecen con una discreción similar a la que los vio nacer, Flores La Plaza no solo ha resistido: ha contribuido a sostener una cierta idea de comunidad. Ha traído belleza, sí, pero también algo menos visible y más necesario: una forma compartida de alegría.

Imagen de José Antonio Pernia

Apenas habíamos alcanzado la esquina de la plaza cuando Kiti —como todos la conocemos, aunque su nombre completo es Aquila María Pérez Rodríguez de Llano— salió a recibirnos. Es la figura que ha sostenido este lugar durante décadas con constancia y fortaleza, visible más en el resultado que en el discurso.

Esa fortaleza no se expresa únicamente en la permanencia de su negocio, sino también en una forma de generosidad discreta hacia el entorno cultural. Flores La Plaza ha sido, durante años, un pequeño mecenas cotidiano: un espacio que acoge, apoya y visibiliza a artistas locales, integrando la creación en su propio lenguaje floral.

En los dibujos del humorista gráfico cangues Neto, el escaparate de Flores La Plaza aparece una y otra vez, convertido ya en parte del imaginario colectivo.

Kiti conserva una elegancia poco frecuente, de esas que no dependen solo de lo visible sino de una forma de estar en el mundo. Hay en ella algo inequívocamente inglés, no tanto en el gesto como en la medida: una contención que evita el exceso con la misma naturalidad con la que otros lo buscan.

Todo en ella parece prolongarse más allá de su figura, como si su presencia definiera el tono del lugar. Cruzar el umbral no supone una ruptura, sino una continuidad: uno no entra en un espacio distinto, sino en la extensión natural de su modo de estar.

Ya dentro, esa sensación de equilibrio no solo se mantiene, sino que se hace más legible. Nada parece colocado de forma casual, aunque tampoco de manera ostentosa. Las paredes, recubiertas por delicado papel inglés en distintas tonalidades, no imponen un estilo sino una atmósfera. Todo sugiere un pequeño vergel contenido, donde cada elemento encuentra su lugar sin imponerse.

Las fotografías hablan por sí solas.

Aquila María Pérez Rodríguez de Llano
Alberto Ramos
Flores La Plaza
Flores La Plaza
Flores La Plaza
Flores La Plaza

Las opiniones de quienes la frecuentan repiten dos ideas con una regularidad casi constante: la variedad y el cuidado. Se menciona la amplitud de la oferta —flores naturales, composiciones, detalles de regalo— y, sobre todo, la manera en que todo está presentado, como si cada objeto hubiera sido colocado con la intención de no interrumpir a los demás. También aparece con frecuencia una observación curiosa: uno entra «a mirar» y sale habiendo comprado algo, sin poder precisar el momento exacto en que ocurrió esa decisión. Este tipo de fenómenos, por lo general, se describen como espontáneos; aquí parecen más bien inevitables.

En segundo plano suena Bob Dylan, hasta el punto de confundirse con la propia vida del lugar. Ya no se distingue del rumor de las hojas ni del paso lento de la tarde.

Fue esa continuidad la que nos llevó hacia la parte posterior de la tienda. Atravesamos el espacio principal como si fuera una prolongación natural del recorrido hasta llegar a la trastienda.

Allí encontramos a Alberto Ramos, su hijo, inclinado sobre un ramo que parecía exigirle toda la atención.

Hay en su manera de trabajar algo especialmente elocuente: no detener lo que ya está en curso. Sus manos seguían ajustando, corrigiendo, ordenando, como si el lenguaje del lugar no admitiera pausas bruscas.

La conversación comenzó de forma gradual, sin transición clara entre lo cotidiano y lo que, en otro contexto, llamaríamos entrevista. Alberto habla mientras trabajaba, con una ironía ligera, sin solemnidad. Nos cuenta los inicios, la evolución del proyecto y su papel dentro de lo que ya no es solo un negocio, sino una forma de legado familiar y floral.

Hay en ese intercambio algo especialmente significativo para mí. No solo por el lugar, ni por las personas a las que aprecio y admiro, sino por la posición desde la que escucho. 

«Me hace especial ilusión que me entreviste una novia, eso no pasa todos los días», me había dicho Kiti días antes, con una sinceridad que desarma cualquier intento de formalidad.

Imágenes de José Antonio Pernia
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LiteraturaPensamiento

¿Quién yace en la tumba de un poeta?

by Beatriz Menéndez Alonso 23/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Un nombre, sin duda. Una piedra, una fecha, tal vez dos. Un epitafio cuidadosamente cincelado en letras doradas que prometen eternidad. Pero en el fondo, ¿qué hay? Nada. Polvo, si acaso. El poeta no está allí. Nunca estuvo. La tumba, como las palabras, guarda apenas un simulacro de presencia.

Las tumbas de los poetas constituyen un fenómeno que desborda el simple acto funerario. Allí no termina la vida literaria del autor, sino que —en muchos casos— comienza otra: una vida póstuma hecha de lecturas, visitas, evocaciones, inscripciones, apropiaciones simbólicas. Frente a estos sepulcros no se trata solo de recordar, sino de leer. No es el duelo lo que funda su singularidad, sino el texto. La tumba de un poeta es un lugar donde la muerte se convierte en literatura y la literatura, en un ritual persistente de memoria activa.

En apariencia, una tumba conserva. Conserva un cuerpo, una memoria, un nombre. Pero en el caso del poeta, la tumba conserva poco o nada del sujeto que fue. El cuerpo desaparece —es bien sabido—, y el poeta, reducido a polvo, no yace de verdad allí. Y, sin embargo, la tumba se llena de significado. ¿Por qué?

La tumba como texto

Porque la poesía, a diferencia de otras formas de discurso, no termina con la vida de quien la escribió. La poesía no se agota. Y así como la voz del poeta no muere del todo, su tumba tampoco es un silencio. Se convierte en texto. No es casual que muchos epitafios hayan sido redactados por los propios escritores. La lápida funciona como un último gesto literario: una frase breve destinada a sobrevivir a quien la escribió.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la tumba de William Shakespeare, en Stratford-upon-Avon:

“Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones”.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito quien mueva mis huesos.

La advertencia tiene algo de conjuro. Durante siglos nadie se atrevió a exhumar sus restos. Pero más allá de su función protectora, el epitafio produce un efecto literario evidente: incluso después de muerto, Shakespeare sigue hablando.

La tumba no guarda silencio. La tumba recita.

En la tradición española, Mariano José de Larra representa una de las figuras más potentes de esta intersección entre literatura y muerte. Su suicidio en 1837, a los 27 años, fue interpretado por la posteridad como un acto estético, romántico y casi programático. Su tumba, en el cementerio de San Justo, ha sido visitada, evocada y citada desde entonces.

Especialmente notable es la visita de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, según la tradición, acudió a la tumba de Larra en la noche del 13 de febrero, aniversario de su muerte, y escribió una de sus leyendas más conocidos, El miserere, donde la voz de los muertos se mezcla con la música espectral. Larra se convierte, así, en un símbolo: no solo del fracaso político de su tiempo, sino de la persistencia de la palabra más allá de la vida.

En este sentido, su tumba opera como una especie de palimpsesto emocional y literario. Sobre ella se inscriben no solo epitafios, sino también interpretaciones, afectos, lecturas. El lector que se acerca a Larra muerto no busca únicamente los restos del hombre, sino el rastro del escritor. Lee en la tumba como si fuera una página.

No es casual que escritores del siglo XX —como Azorín o Unamuno— siguieran evocándolo y leyéndolo. Su tumba opera como un nodo de significación. Un lugar de lectura y de relectura.

Si la tumba puede convertirse en texto, también puede ocurrir lo contrario: que el texto sustituya completamente a la tumba.

El caso de Federico García Lorca en este sentido resulta ejemplar. Asesinado en 1936 durante los primeros días de la Guerra Civil española, su cuerpo nunca fue encontrado con certeza. No existe una tumba identificable.

Sin embargo, su presencia cultural es extraordinariamente intensa.

La ausencia física del sepulcro no ha impedido la construcción de un espacio simbólico de memoria. Al contrario, la falta de tumba ha reforzado el carácter espectral de su figura.

La obra de Lorca funciona como una tumba textual: un lugar donde su voz continúa resonando.

En la literatura inglesa, la muerte del poeta ha sido una escena intensamente dramatizada. John Keats, cuya tumba en el cementerio protestante de Roma reza “Here lies one whose name was writ in water”, Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua, encarna la fragilidad del genio joven, incomprendido y precozmente desaparecido. El agua borra toda inscripción; nada permanece en ella. Sin embargo, la historia literaria produjo una ironía notable: el nombre de Keats no se disolvió. Se convirtió en uno de los pilares de la poesía romántica inglesa.

Algo similar ocurre con Percy Bysshe Shelley, también enterrado en Roma, cerca de Keats, y cuya muerte trágica en el mar refuerza la estética de la ruina romántica. Su epitafio cita The Tempest de Shakespeare:

“Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange”.

Nada de él se desvanece,
sino que sufre una transformación marina
en algo rico y extraño.

En el caso de Oscar Wilde, la tumba adopta una forma aún más singular. Su sepulcro en el cementerio de Père-Lachaise, en París, es una escultura monumental del artista Jacob Epstein: un ángel alado de líneas geométricas, casi futuristas. Durante décadas, los visitantes dejaron sobre la piedra miles de marcas de lápiz labial como gesto de homenaje. La tumba se convirtió en una superficie de escritura colectiva.

No era un gesto trivial. Wilde había escrito en The Ballad of Reading Gaol (La Balada de la cárcel de Reading es un poema escrito por Oscar Wilde durante su exilio en  Berneval, Francia, tras su liberación de la prisión de Reading en torno al 19 de mayo de 1897) una de las meditaciones más intensas sobre la muerte y el castigo:

“Yet each man kills the thing he loves.”

Y, sin embargo, cada hombre mata aquello que ama.

La tumba de Wilde, cubierta durante años de besos y de nombres, demuestra hasta qué punto la memoria literaria se construye también mediante gestos corporales, afectivos y rituales.

Algo semejante podría decirse de Edgar Allan Poe, cuya tumba en Baltimore fue durante mucho tiempo un lugar modesto, casi olvidado. Con el paso de los años, sin embargo, se convirtió en un sitio de peregrinación literaria. Durante décadas, un visitante anónimo —conocido como the Poe Toaster (Brindador de Poe)— acudía cada 19 de enero, aniversario del nacimiento del poeta, para dejar tres rosas y una botella de coñac sobre la lápida.

El ritual, repetido durante más de medio siglo, demuestra que la tumba de un poeta no pertenece únicamente al pasado. Es también una escena ritual que se reactiva periódicamente. Un acto de lectura silenciosa, de memoria reiterada.

Su tumba, como la de Keats, Shelley, Wilde, no es solo un lugar de descanso, sino una prolongación del texto que dejaron. Ambos sepulcros son visitados, fotografiados, leídos. Son, como diría Roland Barthes, textos abiertos a la interpretación.

Lord Byron, por su parte, murió lejos de Inglaterra, en Missolonghi (o Mesolongi, Grecia), luchando por la independencia griega. Su cuerpo regresó, pero su mito se había vuelto transnacional. La tumba de Byron —y más aún su ausencia simbólica en Westminster Abbey, donde durante mucho tiempo se le negó sepultura— demuestra que el cuerpo del poeta no siempre encuentra su lugar en la patria, pero su palabra sí la encuentra en la posteridad.

Si retrocedemos aún más en el tiempo, encontramos el caso paradigmático de Dante Alighieri. Su tumba se encuentra en Rávena, no en Florencia, la ciudad que lo vio nacer y de la que fue exiliado. Durante siglos, Florencia intentó recuperar sus restos sin éxito.

La inscripción de su sepulcro recuerda su condición de desterrado:

“Parvi Florentia mater amoris”.

Florencia, madre de poco amor.

La tumba de Dante materializa una tensión fundamental entre ciudad, memoria y literatura. El poeta que escribió la Divina Comedia —uno de los textos fundacionales de la literatura occidental— descansa lejos de su patria. Sin embargo, su obra constituye un territorio simbólico mucho más vasto que cualquier ciudad.

Oscar Wilde

Frente a estas tumbas, el lector no solo recuerda, sino que lee. No lee únicamente lo escrito en mármol, sino lo que resuena en la memoria colectiva. El lugar físico de la tumba se convierte en una página más del archivo literario.

Desde una perspectiva filosófica, la persistencia de los poetas después de su muerte puede pensarse a partir del concepto de espectralidad desarrollado por Jacques Derrida. En su obra Specters of Marx, Derrida introduce la idea de que toda escritura posee una dimensión espectral: algo que continúa actuando incluso cuando la presencia material del autor ha desaparecido. La escritura no pertenece del todo al presente ni al pasado; opera en un tiempo diferido, en una zona intermedia donde la voz se repite sin coincidir plenamente con quien la pronunció.

Este desfase constituye una de las condiciones fundamentales de la literatura. Cuando un lector abre un libro escrito hace siglos, la voz que encuentra no proviene de un sujeto vivo en sentido inmediato, pero tampoco está completamente extinguida. Se trata de una presencia sin cuerpo, una forma de supervivencia discursiva que se activa cada vez que el texto es leído. El poema habla, pero quien habla ya no está.

La escritura, en este sentido, funciona como una tecnología del aplazamiento. Permite que la palabra sobreviva a la vida biológica de quien la produjo. Allí donde la voz oral desaparece con el hablante, el texto permanece disponible para futuras reactivaciones. Cada lectura reabre la escena de la enunciación.

Por eso el autor, una vez muerto, adquiere inevitablemente una dimensión espectral. No desaparece por completo; se transforma en una figura que habita el espacio ambiguo de la memoria cultural. Su presencia se manifiesta en citas, interpretaciones, ediciones, traducciones, discusiones críticas. El autor se dispersa en las múltiples formas que adopta su obra dentro de la tradición literaria.

Las tumbas de los poetas hacen visible esta paradoja de manera particularmente intensa. En principio, un sepulcro señala una ausencia: indica que un cuerpo ha dejado de existir. Pero cuando ese sepulcro pertenece a un poeta, el significado del lugar se modifica. La lápida afirma la muerte del individuo, mientras que la obra continúa generando nuevas lecturas.

El cementerio, espacio asociado habitualmente al silencio, se convierte entonces en un lugar atravesado por el lenguaje.

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EntrevistasLiteratura

Una tarde entre libros con Jorge Ordaz

by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«La realidad no siempre necesita ser transformada: basta con mirarla desde el ángulo preciso para que revele su parte más extraña»

Memorias de un magnetizador

Mi encuentro con el escritor Jorge Ordaz tuvo lugar un sábado de principios de marzo, a una hora que ya de por sí contiene algo de poético: las cinco de la tarde. Hay horas que parecen escritas para ciertas experiencias, con una luz que inclina el tiempo y una quietud que ralentiza el pulso cotidiano; la de aquel sábado, sin duda, pertenecía a los libros y a las palabras compartidas

El escenario no podía ser más propicio: la librería La Tercera Palabra, un espacio que trasciende su función comercial para convertirse en un lugar de permanencia. No es solo una librería: es un ámbito donde la lectura adquiere una dimensión casi íntima, ajena al ritmo apresurado del exterior.

Tengo el privilegio — cada vez más valioso— de compartir amistad con sus dueños, Lara y Juan, que aquella tarde nos abrieron las puertas en su día de descanso. No es un gesto menor: una librería cerrada al público es otra cosa. No es solo un espacio sin ruido, es un espacio que se recoge sobre sí mismo, que cambia de naturaleza.

Hay algo casi íntimo —casi doméstico— en recorrer una librería vacía. Los lomos dejan de ser un catálogo y se convierten en una suerte de paisaje. Uno no busca: se deja llevar. Los títulos aparecen como señales, como guiños discretos. Y en ese deambular sin rumbo preciso comienza, sin que nadie lo anuncie, la conversación.

Antes de sentarnos, nos movemos despacio entre las estanterías, casi con una especie de respeto intuitivo, como si caminar entre libros exigiera otra velocidad, otra forma de estar. Jorge se detiene aquí y allá, reconoce títulos, los comenta al paso.

Mientras se suceden las fotografías —discretas, sin interrumpir el ritmo de la tarde— y se descorcha una botella de vino blanco, gentileza de mi amigo José María Martínez Parrondo, el tiempo parece adoptar otra cadencia. El vino no irrumpe: acompaña.

Imagen de José Antonio Pernia

Nos detenemos en la sección de literatura inglesa. Jorge toma un libro, lo hojea, lo deja, toma otro. Y entonces aparece un nombre que, hasta ese momento, no formaba parte de mi mapa lector: Anita Brookner. Hay en ese gesto —el de señalar un libro, el de compartir una lectura— una forma de complicidad que solo se da entre lectores.

Salgo de allí con Hotel du Lac bajo el brazo, sin saber todavía que será un descubrimiento luminoso.

Hablamos de La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, a quien redescubro en una reciente y cuidada edición de UVE BOOKS. Ordaz apunta entonces algo que resuena: nadie, en su época, se hubiesse atrevido a escribir una novela con semejante carga social y crítica. Quizá —dice— Benito Pérez Galdós podría haberlo hecho. Pero no lo hizo. Lo hizo ella.

Así comienza esta conversación: rodeado de su obra, casi toda publicada por la editorial Pez de Plata. Solo La mariposa en el mapa escapó a esta editorial, pero la mayoría de sus novelas descansan allí, como testigos silenciosos de una trayectoria constante, íntima y prolífica.

 

Pregunta: ¿Cómo te sientes al estar entre estos volúmenes, que representan tantos años de tu trabajo y de tu evolución como escritor, observando cómo cada libro refleja no solo un momento de tu carrera, sino también un fragmento de tu vida, de tus lecturas y de tus obsesiones literarias?

Jorge Ordaz: La verdad es que es un sentimiento extraño, un poco abrumador, porque uno no siempre es consciente del volumen de obra que ha generado hasta que lo ve frente a sí. Casi todos los libros están publicados por Pez de Plata, salvo La Mariposa en el mapa, que salió en otra editorial. Pero sí, al verlos alineados, uno tiene la impresión de que es mucha obra; cada libro es como un pequeño mundo encapsulado, con su propio ritmo, sus obsesiones, sus errores y sus aciertos. Me pregunto muchas veces: “¿Me ha dado tiempo a hacer todo esto?”. La respuesta, claro, es que sí, pero hay un matiz: mis libros son relativamente cortos, y eso ayuda a que pueda mantener un ritmo de publicación constante. En comparación con novelas actuales que superan las 500 o 700 páginas, los míos son más comedidos; incluso El fuego y las cenizas, que es el más largo, no alcanza las 300 páginas.

 

Jorge Ordáz en la Librería La Terecera Palabra en Oviedo. Imagen de José Antonio Pernia

Pregunta: ¿Crees entonces que la extensión de un libro tiene que ver con la calidad de la obra, o más bien con el estilo y el ritmo del autor? ¿Piensas que una novela excesivamente larga podría desvirtuar la esencia de tu escritura, o que incluso la riqueza de una obra no se mide por la cantidad de páginas sino por la intensidad que transmite?

Jorge Ordaz: Exactamente, no creo que la longitud defina la calidad de una obra. Para mí, si me pidieran escribir una novela de 500 páginas, probablemente no podría. Mi estilo no se presta a la sobrecarga descriptiva. En novelas largas, normalmente uno debe introducir extensas descripciones para sostener la narrativa, y yo prefiero sintetizar, dar pinceladas, sugerir más que mostrar en exceso. La extensión siempre debe ir de la mano del ritmo y del estilo que buscas, no al revés. Otros autores tienen facilidad para extenderse y recrearse en largas escenas descriptivas; yo busco la precisión y la intensidad. Creo que cada escritor debe respetar su propia voz, la escritura funciona como un espejo: refleja lo que puedes y quieres hacer, y traicionarte a ti mismo, haciendo algo que no te nace, rara vez funciona.

Pregunta: Jorge, muchos de tus libros parecen nacer de tus pasiones personales y de tus aficiones, como la música y la ópera en Bella Donna, donde reconstruyes la vida de una cantante del belcanto, o el mar como escenario recurrente en tus aventuras, desde La Perla de Oriente hasta otras novelas que exploran rutas marítimas y tradiciones mediterráneas. Incluso tu interés por la geología y la paleontología dio lugar a la idea de un personaje cazador de dinosaurios en El Cazador de Dinosaurios. ¿Podrías hablarnos de cómo estas pasiones personales influyen en tu proceso creativo y cómo logras convertir tus intereses en escenarios, personajes y tramas literarias que al mismo tiempo sean rigurosos, atractivos y sorprendan al lector? Además, ¿crees que esta afinidad con tus propios temas te permite explorar mundos más auténticos y cercanos a ti, o representa también un desafío para no caer en la repetición o el exceso de detalle especializado?

Jorge Ordaz: La creación de una novela comienza con una idea, pero no basta solo con eso. Primero surge un tema que me interesa explorar, algo que me genere ganas de escribir y de investigar. A partir de ahí, hay que situar la época, la trama, definir personajes y documentarse. La documentación es fundamental; muchas veces ocupa más tiempo que la propia escritura. Por ejemplo, en Memorias de un magnetizador, tuve que estudiar frenología y sumergirme en el mundo del esoterismo para poder dar verosimilitud a la historia, aunque el libro no pretende ser un tratado científico. De manera similar, en Las confesiones de un bibliófago exploré con detalle el universo de los bibliófilos, un mundo pequeño pero apasionante, donde los libros se valoran más como objetos de colección que como simples textos de lectura. Otros temas coinciden con mis aficiones que han marcado profundamente mi manera de escribir y la elección de los temas. Cuando abordo un proyecto, parto de algo que me interesa de manera genuina; si no hay un motor personal, es difícil mantener la energía necesaria para desarrollar una novela.

Lo mismo sucede con mi formación científica y la Geología. La idea de un paleontólogo que busca dinosaurios me permitió crear El Cazador de Dinosaurios, un personaje que mezcla aventura, rigor científico y un cierto espíritu de exploración al estilo de un Indiana Jones, pero con base en conocimiento real. Mi formación me impone respeto por los detalles: los datos geológicos, la paleontología, la historia natural deben ser correctos, aunque estén envueltos en una narrativa de ficción. Esa combinación de rigor y creatividad me gusta; creo que ofrece al lector un viaje verosímil pero sorprendente.

Al final, escribir sobre mis intereses me permite crear mundos ricos y coherentes, pero también me obliga a ser disciplinado. Debe haber un equilibrio entre la pasión personal y la mirada del lector, entre lo que a mí me fascina y lo que hace avanzar la trama. Esa tensión, lejos de limitarme, me motiva; cada novela es un ejercicio de precisión, imaginación y estilo. Y es precisamente esa autenticidad —el hecho de que los temas coincidan con mis propios intereses— la que creo que da a mis libros un pulso más cercano, más vivido, sin sacrificar la aventura ni el misterio que toda buena narrativa requiere.

Pregunta: Otro de tus intereses es el cine, especialmente de los años 40, 50 y 60. ¿Cómo influye en tu narrativa?

Jorge Ordaz:  Efectivamente otra de mis grandes pasiones es el cine, y al pensar en posibles novelas, me atrae la idea de explorar ese mundo desde dentro, pero no desde la perspectiva de los actores, sino de todo lo que queda detrás de la pantalla. Los guionistas, los técnicos, los personajes que aparecen solo en los créditos… Ese universo que para muchos permanece invisible me resulta fascinante. Me interesa especialmente el cine de las décadas de los 40, 50 y finales de los 60, que para mí constituye una época espléndida, llena de creatividad y riesgo estético. Últimamente, por comodidad, veo mucho cine en plataformas digitales, pero la mayor parte del cine contemporáneo no me interesa; lo que realmente me apasiona es aquel que viví cuando era niño, las películas que quedan grabadas en la memoria y que, al revisarlas años después, conservan intacta su fuerza y su magia.

Recuerdo con claridad cuando iba al cine de niño en Barcelona: no había móviles, internet ni televisión, y para mí, ir al cine era una verdadera diversión. En el colegio, los jueves por la tarde eran libres y nos llevaban a los cines de barrio: empezaban a las cuatro con dos películas seguidas y salíamos a las siete y media. Normalmente proyectaban primero la película “mala” en blanco y negro, normalmente española y luego la “buena” en color y americana. Durante la función, nos daban nuestra merienda; eran tardes que hoy me parecen idílicas y completamente diferentes al cine de ahora. Me fascinaban aquellas películas que, aunque en el momento parecieran corrientes, conservaban intacta su fuerza y se convertían en un pequeño tesoro de cine clásico en mi memoria.

La literatura funciona de manera muy parecida. Los libros que lees en la infancia y en la adolescencia te marcan de un modo especial; algunos los vuelves a leer y mantienen intacta su fascinación, mientras que otros se deslizan entre los dedos con el tiempo. Yo pertenezco a la generación de Las aventuras de Guillermo, un muchacho travieso y un poco malote, protagonista de varias series de libros infantiles. Allí se hablaba, por ejemplo, de pasteles de jengibre, algo que ahora parece muy cercano, pero que para mi imaginación infantil era absolutamente seductor y exótico. Hay libros que es mejor no volver a tocar, porque los recuerdos y la experiencia de la lectura los han hecho perfectos; otros, aunque los leas muchas veces, conservan intacta su fuerza; y algunos, quizá, se caen un poco de las manos, pero aun así forman parte inseparable de tu educación literaria y emocional.

Pregunta: Hablando de tus primeros libros, como Gabinete de Ciencias Asturales, que es una colección de relatos cortos que escribiste junto a tu colega Biólogo Juan Luis Martínez de la Universidad, y con quien coincidías en muchos gustos literarios… Cuéntanos un poco de los ingredientes de tu manera de hacer, tu modus operandi.

Jorge Ordaz: Sí, esos relatos fueron realmente un punto de partida. Mi manera de trabajar se ha ido definiendo con el tiempo, pero hay tres elementos que siempre están presentes: la ironía, el humor y una erudición que puede ser genuina o construida para la historia. Ese libro, de hecho, ya representaba mi forma de escribir y coincidía bastante con el estilo de Luis, mi compañero. Empecé por el relato corto, que es un territorio muy exigente, mucho más de lo que la gente cree.

Pregunta: La literatura es seducción. ¿Cómo seduces al lector desde la primera línea?

Jorge Ordaz: Eso es complicado. La verdad es que nunca sabes cómo va a responder el lector, pero lo primero es convencerte a ti mismo. Si lo que escribes te convence y estás seguro de ello, entonces puedes pensar que quizá convencerá a los demás. Si no te convence a ti, es prácticamente imposible que funcione con quien lee. Por eso, para mí, escribir es también un acto de confianza: confianza en tu propia voz y en la capacidad de transmitir algo que sea singular y convincente.

Pregunta: Jorge, en La Sacavera observamos cómo Oviedo se convierte en algo más que un simple escenario: la ciudad se transforma en un personaje más, con su historia, su geografía y su atmósfera propia. La novela combina personajes históricos del siglo XVIII —como Feijoo, Doctor Casal o Gil de Jaz— con personajes de ficción, y construye una trama que mezcla misterio y documentación histórica. Me interesa mucho saber cómo surgió esta idea de “sacar” la novela a las calles de Oviedo, creando una ruta literaria que permita a los lectores recorrer físicamente los lugares de la historia, y cómo trabajaste para mantener la fidelidad histórica y al mismo tiempo la libertad narrativa.

Jorge Ordaz:  La idea de convertir Oviedo en un personaje más surgió de una doble necesidad: por un lado, llevaba viviendo en la ciudad más de cincuenta años y, sorprendentemente, nunca había aparecido directamente en mis libros. Por otro, me fascinaba la época del siglo XVIII, que coincide con otra de mis grandes aficiones, y me pregunté cómo sería Oviedo entonces, qué personajes reales circulaban por sus calles y cómo podía entrelazarlos con personajes de ficción para construir una trama intrigante. Así nació la historia: tras una gran tormenta, un extranjero aparece muerto en la puerta de Gascona.

Para mí, trabajar con personajes históricos dentro de un marco de ficción es un acto de equilibrio constante entre respeto por la realidad y libertad narrativa. Primero, parto de lo que sí sé: nombres, fechas, cargos, anécdotas documentadas. Por ejemplo, sé que Feijoo vivió en Oviedo, que el Doctor Casal ocupaba cierta posición social y que Gil de Jaz tenía determinadas inquietudes culturales. Esto me da una base sólida, casi tangible, sobre la que construir. A partir de ahí, empiezo a imaginar cómo podrían haberse comportado en situaciones concretas de la trama.

El truco está en que los personajes históricos conservan su esencia: no les hago actuar de manera que rompan lo que sabemos de ellos, pero sí los pongo en escenarios donde sus decisiones y reacciones pueden entrelazarse con los personajes ficticios. Los inventados, en cambio, tienen más libertad, porque dependen de la historia que quiero contar: su psicología, sus secretos, sus motivaciones, todo se diseña para que la interacción con los históricos sea creíble y, al mismo tiempo, sirva a la intriga.

Cuando decido qué elementos históricos incluir, busco aquellos que aporten textura y credibilidad a la novela: costumbres, detalles arquitectónicos, procesos judiciales, ceremonias o costumbres urbanas. Todo lo que no aparece documentado con certeza puedo inventarlo, siempre dentro de un marco que respete el espíritu de la época. Por ejemplo, en La Sacavera, la muerte del extranjero y su entierro en el cementerio de peregrinos me permitió explorar un choque cultural y religioso muy verosímil, aunque el personaje y su historia sean ficticios.

En cuanto a la coherencia narrativa, la clave está en la documentación previa y en la planificación de la trama: antes de escribir, sé qué lugares y qué personajes reales aparecerán, qué sucesos históricos puedo integrar y cómo mis personajes inventados se moverán dentro de ese contexto. Esto me permite que la ciudad y sus habitantes —reales y ficticios— se sientan vivos, que la historia respire y que el lector tenga la sensación de pasear por un Oviedo auténtico, aunque algunos elementos sean fruto de la imaginación.

En resumen, se trata de un delicado juego de fidelidad histórica y libertad creativa: la historia real proporciona la base sólida, mientras que la ficción introduce misterio, emoción y dinamismo. Es como componer una partitura: los personajes históricos son las notas fijas, y los ficticios son los matices que hacen que la música cobre vida. Así Oviedo se convierte no solo en un escenario, sino en un territorio emocional y literario en el que realidad e imaginación conviven y se retroalimentan.

Jorge, para cerrar esta conversación, cuéntanos brevemente: ¿cómo surgió la idea de llevar la novela a las calles y, de paso, para los que aún no lo saben, ¿qué es exactamente una sacavera?

Jorge Ordaz: (Ríe) Pues mira, la idea de llevar la novela a las calles surgió gracias a los amigos lectores y colaboradores que me propusieron crear una ruta literaria. La primera edición fue más histórica que literaria, un paseo por la Oviedo del siglo XVIII, pero ahora la ruta sigue referencias directas de la novela, leyendo fragmentos en lugares concretos. La intención siempre fue hacer un Oviedo reconocible, que no fuera Vetusta, mostrando casas, negocios y edificios emblemáticos, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un personaje más, con su historia, su arquitectura, su leyenda y su memoria colectiva.

Y la sacavera… La sacavera es una salamandra típica de Oviedo, negra y amarilla, con unas características muy particulares.

Para mí, se convirtió en un símbolo perfecto: el negro representa las sombras, el misterio, y el dorado, la luz, la claridad, la revelación. Además, tiene una fama oscura en el mundo rural, estigmatizada porque “saca los ojos”, lo que encajaba perfectamente con el tono misterioso de la novela. Puedes verla por los alrededores del claustro de la catedral, en el Monasterio de San Pelayo o en el Monasterio de San Vicente, ambos situados en el casco histórico de la ciudad; es una subespecie con dibujos muy particulares que hacen que el negro y el dorado de la ilustración funcionen como símbolos de tinieblas y luz.

La portada, con la mujer semidesnuda, la salamandra, los símbolos de masonería y los vampiros, fue un acierto visual que refuerza la atmósfera de la historia. Incluso hubo cierta confusión con mi editor, Salvador, que no sabía exactamente qué era una sacavera, pero eso le dio un toque anecdótico. Curiosamente, tras la publicación, los lectores comenzaron a fijarse en las salamandras que habitan distintos barrios de la ciudad y me enviaban fotos de sacaveras desde Pumarin, el casco histórico y otras zonas de Oviedo, ¡algo que jamás habría imaginado!

Entrevista completa en nuestro próximo número en papel.

08/04/2026 0 comments
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ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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PensamientoPersonajes

El patinete de Lady Norman: rodando entre la libertad y modernidad

by Beatriz Menéndez Alonso 08/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

El movimiento sufragista británico ha sido ampliamente estudiado, con especial atención a figuras emblemáticas como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett. Sin embargo, existen mujeres cuya participación, aunque menos visible, fue igualmente decisiva en la transformación política y social que condujo al reconocimiento del derecho al voto femenino en el Reino Unido. Entre ellas se encuentra Lady Florence Priscilla Norman (1883–1964), aristócrata, activista y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo dentro del ala moderada del sufragismo merece ser reconocido y contextualizado.

Analizar la trayectoria de Lady Norman implica adentrarse en un universo donde la clase social, la política y la modernidad se entrelazan. Su posición aristocrática le brindó acceso a espacios de poder; su estilo de vida poco convencional le permitió desafiar normas sociales; y sus estrategias de acción, discretas pero firmes, consolidaron avances que el activismo más estridente a veces no alcanzaba. Lady Norman encarnaba un feminismo que no se alza en barricadas, sino que se desliza con precisión y elegancia por los corredores del poder, demostrando que incluso los gestos silenciosos pueden tener un peso decisivo.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el movimiento sufragista en Gran Bretaña estaba dividido en dos grandes vertientes: el ala moderada, encabezada por la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, que promovía métodos constitucionales y pacíficos; y el ala radical, representada por la Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline y Christabel Pankhurst, que recurría a la acción directa y, a veces, a la violencia. Lady Norman se alineó con la NUWSS y organizaciones similares, defendiendo un progreso gradual mediante el diálogo político, la escritura, la organización social y el compromiso institucional. Esta línea de acción, aunque menos mediática, fue clave para la consolidación de los derechos femeninos tras la Primera Guerra Mundial.

Florence Priscilla (de soltera McLaren), Lady Norman. Impresión en bromuro de Bassano Ltd. , 1917.

Lady Norman: una figura moderada en el movimiento sufragista británico. Compromiso social y modernidad simbólica

Florence Priscilla McLaren nació en 1883, hija del político liberal Charles McLaren, barón de Aberconway, y de Laura Elizabeth Pochin, también activista por los derechos de las mujeres. En 1907 se casó con Sir Henry Norman, periodista, político liberal y defensor del progreso social. Desde joven, Florence se movió en círculos culturales y políticos, desarrollando una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en la sociedad británica.

Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como administradora en hospitales militares, experiencia que consolidó su liderazgo y compromiso con el servicio público. Fue condecorada por su labor y, tras la guerra, continuó su activismo en organizaciones feministas, de salud pública y de memoria histórica. Presidió el Women’s Work Subcommittee en el Imperial War Museum, promoviendo el reconocimiento del papel de las mujeres durante el conflicto.

Más allá de sus logros institucionales, Lady Norman proyectaba una imagen de mujer moderna y autónoma, poco común en su clase y época.

Pero fue el patinete motorizado el que inmortalizó su espíritu. En 1916, fue fotografiada desplazándose sola por las calles de Londres sobre aquel vehículo, regalo de su esposo. Con vestido largo, sombrero elegante y mirada resuelta, la aristócrata desafiaba las normas sin violencia, reivindicando una libertad que no pedía permiso: movilidad, independencia y autonomía femenina encapsuladas en un gesto cotidiano.

Se desliza por las calles como si la ciudad le perteneciera, aunque pertenecer no sea la palabra justa; más bien, la ciudad se abre ante ella, no porque le deba algo, sino porque ella decide ocupar su espacio, porque su cuerpo se mueve con la seguridad de quien sabe que cada giro de rueda es un acto de afirmación, que cada calle recorrida es un desafío silencioso a un orden que no fue pensado para mujeres como ella.

La figura de Lady Norman representa un activismo menos visible pero estratégico. Su enfoque incluía participación en comités, organización de eventos sociales con fines políticos, presencia en debates parlamentarios y escritura de cartas abiertas. Lejos de rechazar las estructuras de poder, influyó desde dentro, usando su estatus como plataforma para amplificar la causa sufragista.

Su contribución fue clave para la aprobación del Representation of the People Act en 1918, que otorgó el derecho al voto a mujeres mayores de 30 años con ciertos requisitos de propiedad. Posteriormente, en 1928, se alcanzó el sufragio pleno.

El análisis de su figura muestra cómo la clase social condicionó tanto las oportunidades de acción política de las mujeres como la manera en que sus aportes fueron recordados. Su privilegio, lejos de ser un obstáculo, definió su forma de actuar: nunca enfrentó prisión ni persecución, a diferencia de las sufragistas radicales, lo que ha llevado a que su figura quede relegada en la historiografía del feminismo militante. Reconocer su labor implica comprender que la historia del sufragismo no se construyó solo en las barricadas, sino también en salones, comités y calles recorridas con decisión y estilo. Lady Norman sirvió de puente entre la política masculina establecida y las demandas emergentes de las mujeres, mostrando que el feminismo podía ser discreto, elegante y profundamente transformador.

Su imagen sobre el patinete encarna un feminismo que combina modernidad y respeto por las formas sociales, desafiando expectativas sin romperlas del todo. Y mientras giraba su patinete por Fleet Street, mientras observaba la ciudad que se movía con indiferencia, pensaba en las otras mujeres: las que aún no podían desplazarse, las que esperaban permiso para existir, las que no tenían ruedas ni libertad para rodar. «Mi privilegio no es solo mío», se repetía, «es un puente, un instrumento, un testimonio, una responsabilidad».

Recordarla no es solo rescatar un nombre del archivo, sino contemplar la manera en que las mujeres, aún vestidas de normas, eligen desobedecer con elegancia. Lady Norman avanzó con paso firme, montada en su patinete, desafiando sin palabras el mandato de la quietud. Su activismo tejió puentes entre privilegio y justicia, entre deber y libertad. En ese gesto de rodar por Londres, ligera, autónoma, moderna, dejó una imagen que todavía hoy, más de un siglo después, nos interpela: ¿cuántas formas tiene la valentía cuando se viste de mujer?

08/03/2026 0 comments
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