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Series y columnas

Historias de dioses y estrellas

El asedio de las Pléyades: las siete ninfas que huyeron hacia la eternidad

by Verónica García-Peña 07/05/2026
written by Verónica García-Peña

Mirar al cielo en una noche despejada nos produce siempre, es inevitable, una sensación de misterio, especialmente si fijamos la vista en un punto muy concreto dentro de la constelación de Tauro. Allí brilla un apretado grupo de estrellas que parece formar una pequeña neblina luminosa. Son las Pléyades, conocidas popularmente como las siete hermanas. A pesar de su reducido tamaño en la inmensidad celeste, este cúmulo esconde una de las historias más ricas y dramáticas del mundo antiguo.

Estas siete jóvenes, llamadas Maya, Electra, Taigete, Celeno, Alcíone, Estérope y Mérope, eran ninfas de las montañas e hijas de la oceánide Pléyone y del titán Atlas —el gigante que lideró la guerra de los titanes contra los dioses olímpicos y a quien Zeus condenó a cargar la bóveda celeste sobre sus hombros tras perder—. Al igual que otras ninfas como Calisto —convertida en la Osa Mayor—, formaban parte del cortejo sagrado de Artemisa. La diosa de la luna y de la caza exigía a sus seguidoras que conservaran su pureza intacta, obligándolas a mantener una devota castidad. Sin embargo, en el mundo de los mitos griegos, ni el amparo divino bastaba para escapar del deseo de los dioses, la ambición de los humanos o de la carnal mirada de gigantes como Orión.

Para quienes se acerquen por primera vez a estos mitos, cabe recordar que este gigante era un arquero de fuerza y belleza extraordinarias, cuya soberbia le llevó a la muerte y a convertirse en una de las constelaciones más famosas del firmamento. Pero antes de que esto pasara, y según la tradición clásica recogida por Higino en su Astronomía, el cazador se obsesionó en extremo con las siete hermanas tras encontrarlas junto a su madre en un claro del bosque, y comenzó a perseguirlas sin tregua a través de Beocia, región situada en la Grecia central.

Elihu Vedder, The Pleiades,1885

Desesperadas por el acoso y temiendo que el gigante mancillara su pureza, las jóvenes suplicaron ayuda, pero Artemisa no intervino. La diosa, fascinada por las habilidades de Orión y compartiendo con él un profundo afecto —el poeta Ovidio en sus Fastos sugiere que lo veía como su único igual—, prefirió ignorar el deseo que consumía, día tras día, a su gigante compañero. Esta inacción divina dejó a las hermanas en una vulnerabilidad absoluta frente al cazador y a otros que también las miraban con ojos anhelantes.

La persecución se prolongó durante años y, agotadas de huir a pie y sin ayuda, las ninfas decidieron saltarse la jerarquía de su señora y suplicaron ayuda directamente al rey del Olimpo. Una ayuda que, según la célebre Biblioteca mitológica de Apolodoro, llegó tarde para proteger su castidad, ya que, lejos de mantenerse vírgenes, ya habían sido forzadas a unirse con dioses poderosos durante la huida.

Así pues, tres de las siete hermanas sufrieron los caprichos del propio Zeus. En el caso de Taigete, el historiador Pausanias relata que el dios la forzó aprovechando su debilidad física debido a la caza de Orión. De este encuentro nació Lacedemón, que sería el héroe fundador de Esparta. Por su parte, la mayor de las hermanas, Maya, fue poseída en la profunda oscuridad de una cueva del monte Cilene, situado en la montañosa región de Arcadia. Fruto de esta unión nació Hermes, dios mensajero y protector de los comerciantes y pastores, y también de los ladrones. La tercera fue Electra, sobre quien Zeus impuso su divina autoridad engendrando a Dárdano, antepasado directo de los reyes de la futura Troya.

Mas el asedio divino no terminó ahí, pues otras dos de las hermanas, Celeno y Alcíone, fueron tomadas por Poseidón, dios del mar y hermano de Zeus. Como resultado nacieron Lico y Eurípilo en el caso de Celeno, e Hirieo en el de Alcíone; hombres que se convertirían en monarcas y fundadores de ciudades míticas. Estérope, por su parte, se unió a Ares, el dios de la guerra, alianza de la que nacería el rey Enómao de Pisa. La única que no se entregó a una deidad fue Mérope, quien se casó con un rey mortal, Sísifo. En consecuencia, la castidad jurada desapareció porque el mundo al que fueron expulsadas, por culpa de la persecución de Orión, se la arrebató. No obstante, tenemos que tener claro que no todas las uniones aquí narradas pertenecen a un mismo relato, sino a diferentes momentos y leyendas que el tiempo fue entrelazando alrededor de sus nombres y su historia.

De regreso al acoso de Orión, su fijación por unas mujeres que ya eran las madres de algunos hijos de Zeus fue lo que finalmente impulsó al rey del Olimpo a actuar. Escuchó las plegarias de las ninfas y las transformó primero en palomas —las peleiades, juego de palabras recurrente en los textos griegos— para que pudieran remontar el vuelo y alejarse del gigante. Como esto no era suficiente porque el perseguidor aún podía alcanzarlas, según cuenta el propio Apolodoro, finalmente las elevó al firmamento en forma de estrellas. Las colocó en la constelación de Tauro, donde hoy podemos verlas. Un toro que las guarda y que para algunos representa al propio Zeus disfrazado.

Pleiades Sidereus Nuncius Galileo

Conviene señalar que, como suele ocurrir en la mitología clásica, la de las Pléyades no es la única historia posible para justificar lo que vemos en el cielo. Otras leyendas totalmente distintas se dibujaron sobre la constelación de Tauro para explicar la presencia de este imponente animal. Es el caso del rapto de la princesa Europa —como recogen Eratóstenes o Higino—, la de la amada Ío transformada en ternera para ocultarla de Hera —según los versos de Ovidio—, o el indomable Toro de Creta al que se enfrentó Hércules y que detalló Apolodoro en sus crónicas. Pero esas… esas son ya otras historias.

Mas el firmamento es caprichoso y, al margen de estas leyendas, nos dejó una suerte de recordatorio de la obsesión del gigante Orión por las ninfas, pues a pesar de que el ascenso del cazador a los cielos respondió a su propio e independiente mito de muerte, si nos fijamos bien al mirar a lo alto, su imponente constelación parece perseguir siempre a las Pléyades en su viaje diario por el horizonte, mientras el Toro se interpone para defenderlas de su acoso.

Toda esta red de uniones e historias cruzadas alimentó la literatura del mundo antiguo y trajo también consecuencias celestes directas; y es que si algo fascina a los astrónomos es que este cúmulo de estrellas es conocido universalmente como las siete hermanas, pero a simple vista el ojo humano solo suele percibir con claridad seis de ellas. ¿Por qué? Para dar respuesta a esta anomalía visual distintas culturas han creado sus propias interpretaciones. Los helenos justificaban esta ausencia afirmando que Mérope era la estrella que brilla con menor intensidad debido a la vergüenza y tristeza que sentía por haberse casado con un mortal en lugar de con un dios. Otras versiones, sin embargo, sugieren que la desaparecida es Electra, quien se cubrió el rostro con un velo tras la caída de Troya, la ciudad que fundó su propio hijo.

Esta misma fascinación por ‘la hermana perdida’ despertó la imaginación de otros pueblos muy alejados del Mediterráneo. En Norteamérica, la tradición del pueblo Nez Perce, una tribu indígena de las mesetas de los actuales estados de Idaho y Oregón, cuenta una historia muy similar sobre la estrella que falta. Según sus relatos, una de las siete jóvenes se enamoró perdidamente de un hombre mortal. Tras la muerte de este, el dolor de la ninfa y las burlas de sus propias compañeras hicieron que se cubriera el rostro con un velo, ocultando para siempre su brillo de los ojos del mundo.

 Como curiosidad, en el folklore aborigen de Australia también existe el mito de las ‘Siete Hermanas’ —conocido en muchas comunidades como Kungkarangkalpa—, donde se dice que la séptima está escondida o asustada huyendo de un acosador celeste llamado Nyiru, quien se asocia a menudo con la figura de Orión. Por otro lado, en el antiguo Egipto, se referían a ellas como las Pesedjet y las vinculaban con las ‘Siete Hathors’, deidades que determinaban el destino de los recién nacidos. También en la Biblia hay referencias explícitas a las Pléyades cuando se dice en el libro de Job que «Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades, y los lugares secretos del Sur (…)».

Así pues, estas hermanas sirven como guía para navegantes y calendarios agrícolas desde la antigüedad. El poeta Hesíodo, en su obra Los trabajos y los días, advertía que su salida al alba marcaba el inicio de la siega, mientras que su puesta indicaba el momento de arar. También el propio Homero las menciona tanto en la Ilíada —al describir el escudo de Aquiles— como en la Odisea, donde las sitúa como brújulas celestes para que Odiseo regrese a casa. Además, están representadas incluso en algunas de las manifestaciones artísticas más antiguas que conservamos. En las Cuevas de Lascaux, en la región francesa de la Dordoña, por ejemplo, algunos investigadores creen identificar un posible conjunto de puntos asociado a las Pléyades en pinturas magdalenienses datadas en torno al 17.000 a. e. c. (antes de la era común). Esto convertiría a este cúmulo en uno de los primeros objetos celestes documentados por el ser humano.

Al observar el cielo, pues, comprendemos que el firmamento es, además de un mapa de navegación, un libro infinito en el que moran los miedos, amores y lealtades de la humanidad, así como sus más grandes leyendas. Por favor, levantad la vista más a menudo hacia él. Las Pléyades siguen ahí, brillando tímidas en su rincón de Tauro, para recordarnos que las historias nunca mueren si alguien se detiene a mirarlas.

07/05/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellas

La ninfa de Arcadia atrapada en la Osa Mayor

by Verónica García-Peña 29/04/2026
written by Verónica García-Peña

El firmamento es un enorme lienzo en el que, además de la memoria de grandes héroes y cazadores, reposan las tragedias de quienes, por caprichos olímpicos, lo perdieron todo. Entre la inmensidad de las constelaciones que dominan el hemisferio norte, la Osa Mayor brilla con una luz ciertamente señorial; sin embargo, detrás de sus siete estrellas principales no hay una bestia salvaje. Tan solo el alma rota de una ninfa llamada Calisto.

Calisto era una de las ninfas predilectas del séquito de Artemisa, diosa de la luna y de la caza e hija de Zeus, con la que compartía voto de castidad. Ambas recorrían los bosques de Arcadia, libres de las ataduras del amor y de las exigencias de la carne. Arcadia era una región montañosa de Grecia que para los antiguos representaba una suerte de paraíso terrenal, de naturaleza virgen y vida pastoril alejada de la civilización. Calisto era muy hermosa y el soberano del Olimpo se fijó en ella. Como Zeus sabía de su compromiso célibe, según explica Ovidio en Las metamorfosis, recurrió a una artimaña en verdad retorcida, pues adoptó la forma física de la propia Artemisa para acercarse a la ninfa. Esta, engañada, bajó la guardia ante la que creía su señora y protectora; sin embargo, la mentira pronto se descubrió. El dios mostró su verdadero rostro y la forzó a pesar de la resistencia de la joven, cambiando su destino para siempre.

El castigo por perder su pureza no tardó en llegar y, a pesar de lo que uno pudiera creer, fue establecido por quien ella menos pensaba: Artemisa. La diosa, al descubrir que Calisto estaba embarazada de Zeus, la desterró de su círculo y la abandonó a su suerte en la espesura del bosque. La ninfa se quedó sola, sin protección divina, y fue entonces cuando la vengativa Hera, esposa legítima de Zeus, decidió castigarla también. No en vano, Hera se pasó toda su vida vengándose de todas aquellas mujeres —y algún hombre— con las que Zeus le era infiel, que no fueron precisamente pocas. Así pues, quiso despojar a la ninfa de la belleza que había atraído a su marido y la transformó en una enorme y torpe osa. Calisto conservó su mente humana pero quedó atrapada en el cuerpo de una fiera, condenada a vagar por las mismas arboledas donde antes corría libre y feliz.

El hijo de Calisto, llamado Arcas y nacido antes de que su madre fuera convertida en un animal, creció hasta convertirse en un hábil cazador. Un día, mientras recorría el bosque, se topó con la gigantesca osa. Calisto reconoció al instante a su hijo y por eso, sin pensarlo, intentó acercarse a él para abrazarlo, pero Arcas, viendo solo a una bestia salvaje abalanzándose sobre él, tensó su arco y apuntó directamente al corazón del animal. La osa huyó y se escondió en el santuario de Zeus, donde ningún mortal tenía permiso para entrar. En ese instante, para evitar el matricidio, Zeus intervino. Se los llevó consigo y los lanzó con fuerza hacia el cielo.

En este punto de la narración, los relatos clásicos difieren sobre la forma en la que el dios inmortalizó este reencuentro en el lienzo estelar, tal y como recopiló el historiador Higinio al recoger los diferentes catasterismos en sus obras Fábulas y De Astronomia. La versión más popular, y con toda probabilidad la que más conocemos, es la que dice que Calisto se transformó en la Osa Mayor cuyas siete estrellas principales son Alioth —la más brillante de todas—, Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Mizar y Alkaid.

Zeus, para que la ninfa no estuviera sola en la infinidad celeste, también convirtió a Arcas en una osa más pequeña para que acompañara siempre a su madre. Así nació pues la Osa Menor, constelación en la que, si nos fijamos, brilla la Estrella Polar, que marca la punta de la cola del pequeño osezno y sirve, ayer y hoy, como un eje inamovible que guía a todos los marineros de la Tierra. De hecho, para encontrarla en la inmensidad de la noche, basta con trazar una línea imaginaria desde las estrellas exteriores del carro de la Osa Mayor —Merak y Dubhe— y dejar que estas nos guíen directamente hacia ella.

Otros relatos de la época, que sirvieron de inspiración para las obras de poetas como Ovidio, cuentan que Arcas fue convertido en la constelación del Boyero, la cual se encuentra entre la Osa Mayor y Virgo, y representa a un pastor. Su espíritu brilla a través de una estrella llamada Arturo, cuyo nombre en griego significa literalmente «El Guardián de la Osa». Es importante no confundirla con la Estrella Polar, pues son dos astros diferentes. Arturo es una estrella gigante de tonos anaranjados que destaca más a la vista que la modesta y pálida Polar, pues es la cuarta estrella más brillante del firmamento global. Para encontrarla solo debemos prolongar el arco de la cola de la Osa Mayor.

Fuese su conversión como la de un pequeño osezno o bajo la mirada atenta del guardián Arturo, el reencuentro de madre e hijo en las alturas no sirvió para frenar la rabia de Hera. Furiosa por ver a la que consideraba su rival honrada en las alturas, acudió a los titanes marinos Tetis y Océano —deidades acuáticas de una generación más antigua que la de Poseidón, dios de los mares, los terremotos y los caballos— y les prohibió que permitieran a la Osa Mayor descansar en sus aguas. Por esa razón, tal y como el propio Homero nos cuenta en el Canto V de la Odisea, la Osa Mayor jamás se pone bajo el horizonte, lo que la obliga a girar eternamente incapaz de encontrar reposo: «(…) y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre en el mismo lugar, acecha a Orión, y es la única que no se baña en el Océano».

Sea como fuere y aunque la mitología griega nos ha regalado el relato de transformación más conocido, no es la única civilización que un día miró a estas estrellas con asombro y les proveyó de vida, pues en la tradición nórdica y germánica este mismo grupo de astros no es visto como un animal, sino como el Carro de Odín o el de Thor. Los nativos americanos, por su parte, conocen el Carro como el oso celestial.

Y la huella de este mito es tan intensa que ha trascendido el cosmos para inspirar nuestra propia literatura, pues resulta imposible no ver la sombra de este trágico nombre, que viajó desde las estrellas hasta el huerto de Melibea, en el Calisto de La Celestina, aunque nada tengan que ver más allá del antropónimo —kallistos, que significa «el más bello» o «hermosísimo»—.

Y esa sombra también recorre el cielo cada día, pero en forma de satélite, pues así llamó el astrónomo Simon Marius en el siglo XVII a una de las lunas que orbitan alrededor del planeta Júpiter, bautizado así precisamente en honor al rey de los dioses —Júpiter es Zeus en la mitología romana—. Fue el astrónomo Johannes Kepler quien sugirió la idea de asignar a los cuerpos celestes de este planeta los nombres de algunas de las amantes vinculadas al dios Zeus en los relatos mitológicos. Marius recogió esa propuesta y bautizó a las cuatro grandes lunas de ese planeta con los nombres de Ío, Europa, Ganímedes —que en realidad era un príncipe troyano que se merece, desde luego, que un día contemos su historia— y la propia Calisto que, de este modo, quedó convertida en un satélite que gira de forma perpetua alrededor de quien marcó su trágico destino.

El cielo nocturno es, pues, un recordatorio de que, tanto en el juego de los antiguos dioses como en los caprichos del corazón humano, los inocentes son los que a menudo pagan el precio más alto.

 

29/04/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellasSeries y columnas

Orión, el gigante que se convirtió en estrellas

by Verónica García-Peña 22/04/2026
written by Verónica García-Peña

La historia del cazador que recorría los océanos antes de que el ser humano soñara con el espacio

¿Qué tienen que ver Artemisa y Orión para haber compartido la última misión de la NASA, la misma que nos ha permitido asomarnos al lado oculto de la Luna? La respuesta es un hilo invisible que une el metal de hoy con una historia de hace milenios.

Según algunas tradiciones, Orión era hijo de Poseidón, dios del mar, y de la gorgona Euríale —una de las tres hijas de las deidades marinas Forcis y Ceto—, conocida por su naturaleza inmortal y su fuerza arrolladora. El nacimiento de Orión fue, pues, el resultado de un idilio que desafiaba el matrimonio del dios del mar con la nereida Anfítrite, una divinidad muy poderosa. De su madre, Orión heredó una naturaleza salvaje y una fuerza descomunal, mientras que de su padre recibió el extraordinario don de caminar sobre las aguas como si estas fueran tierra firme. Dice el estudioso J. Humbert sobre esto que un poeta dejó escrito que «cuando Orión caminaba a través de los mares más profundos, sus hombros sobresalían por encima de las aguas». Esa condición de híbrido lo convirtió, desde el principio, en un ser errante que era mirado con recelo.

Al no encajar en los palacios de su padre ni en las ciudades de los hombres, se convirtió en una suerte de paria que recorría los confines del mundo sin un objetivo claro, hasta que llegó a los dominios de Artemisa. Ella lo eligió para que formara parte de su séquito y le confirió los primeros empleos de su corte, prodigándole claras muestras de su protección bienhechora. Juntos compartieron el silencio de las cacerías nocturnas, unidos por una naturaleza indomable. Homero lo describía en la Odisea como un cazador incansable incluso después de la muerte.

Todo parecía, pues, dicha para el guerrero y la diosa, pero el destino rara vez permite que dos fuerzas tan libres permanezcan juntas. Tal como recogen los versos de Hesíodo, el final del gigante llegó cuando su orgullo superó todos los límites, y su vanidad fue la causa de su ruina. Orión afirmó que era capaz de exterminar a todas las fieras de la tierra porque no había monstruo alguno sobre el cual no pudiera triunfar. Ante tal amenaza, una de las versiones más extendidas dice que Gea —la Madre Tierra—, enfurecida por su jactancia, envió un pequeño escorpión cuya mordedura lo mató.

Tras su muerte, el relato de su ascenso a los cielos se rompe en diferentes interpretaciones. Mientras que el poeta astrónomo Arato de Solos sostiene que la propia Gea decidió colocar a ambos (Orión y Escorpio) en el firmamento para que la persecución fuera eterna, otras fuentes aseguran que el catasterismo (el proceso por el cual un héroe, animal u objeto es transformado en estrella) fue una concesión de Zeus a Artemisa que, desconsolada por la muerte de uno de sus más intrépidos cazadores, le rogó que lo convirtiera en una. El resultado es la silueta de un imponente guerrero que parece congelado en plena batalla y que forma una de las más brillantes constelaciones de nuestro firmamento.

Tiene forma de gigante. Hay puntos de luz que dibujan sus hombros, su cabeza y sus brazos. En uno sostiene una maza —aunque a veces se interpreta como espada— y en el otro una piel de león que, extendida, hace las veces de escudo frente a la constelación de Tauro. También se trazan sus piernas, y en el centro destaca el Cinturón de Orión, tres estrellas alineadas llamadas Alnitak, Alnilam y Mintaka, y que son, quizá, el rasgo más llamativo de nuestro cielo invernal en el hemisferio norte. De este cinturón cuelga su espada, trazada por un grupo de estrellas más tenues.

Allí permanece desde entonces, huyendo siempre del escorpión que lo acecha desde el extremo opuesto del horizonte, porque cuando la constelación de Escorpio sale por el este, la de Orión se oculta por el oeste. No se las puede ver juntas, ya que Orión es una constelación de invierno y Escorpio es una de verano. Y cuando uno fija la mirada en el cielo y descubre a Orión, es casi imposible observarlo sin recordar a Roy Batty en Blade Runner, cuando explicaba cómo había visto naves ardiendo más allá de Orión y rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. No hablaba el replicante de coordenadas astronómicas, aunque también, sino de la frontera final de la memoria y de esas maravillas que pueden acabar perdidas en el tiempo si nadie las recuerda.

En este momento, el rastro de la última misión espacial empieza a desdibujarse de nuestra retentiva, pero Orión sigue ahí arriba. El cazador permanece en su parcela de estrellas, con su maza en alto y su cinturón de fuego, a la espera, tal vez, de que el ser humano se atreva a cruzar el próximo umbral.

22/04/2026 0 comments
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En cortoEntrevistasLiteratura

Entrevista a Lara Palancar, librera de La Tercera Palabra (Oviedo)

by Emain Juliana 23/03/2026
written by Emain Juliana

En la calle del Rosal, en pleno centro de Oviedo, se encuentra La Tercera Palabra, una librería independiente que abrió sus puertas hace menos de un año y que ya se ha convertido en una parada habitual para muchos lectores. Detrás del proyecto están Lara Palancar y Juan Navarro, que decidieron cambiar de rumbo vital para levantar un espacio donde los libros se eligen con cuidado y se recomiendan con conocimiento. Su catálogo se inclina especialmente hacia los clásicos, la literatura japonesa, el ensayo, infantil y algunos títulos de segunda mano, pero también hacia todo aquello que invite a leer con tranquilidad. Además de vender libros, la librería acoge clubes de lectura, talleres y presentaciones, lo que la ha transformado en un pequeño punto de encuentro cultural en el barrio. En esta entrevista, nos cuentan cómo surgió la idea, por qué apostaron por este modelo y qué tipo de lector entra hoy por su puerta.

Interior de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

Abrir una librería hoy no parece el camino más fácil. ¿Cómo nació realmente el proyecto de La Tercera Palabra?

Podríamos decir que el proyecto nace de una mezcla entre idealismo y pragmatismo.

Si bien tiene origen en mi vocación como librera , que surge de mi amor a los libros, mi experiencia durante cuatro años en una librería de Granada y mi cansancio de unas condiciones laborales deplorables; luego se junta con un proyecto de vida en Asturias junto a Juan, que es profesor de historia y geografía y opositó en esta Comunidad Autónoma.

Entonces, una idea romántica que es casi un sueño cristaliza gracias a condiciones materiales.

La librería toma su nombre de La tercera palabra, de Alejandro Casona. ¿Qué os llevó a elegir ese nombre?

Conocí a Alejandro Casona con trece años al leer Flor de leyendas gracias a un profesor de Lengua y literatura que ahora con perspectiva relaciono con esos maestros de las misiones pedagógicas cambiando el campo por un barrio de la periferia de Madrid y trabajadores rurales por pandilleros. Más adelante nos hizo actuar en La Dama del Alba, también de Casona, donde me tocó interpretar a La Peregrina. Cuando tantos años después me vi quebrándome la cabeza para elegir un nombre (me hubiese encantado La montaña mágica pero ya existía otra librería que se llamaba así) recordé a este profesor, a su vocación por difundir la literatura sin prejuicios y con cariño, a Alejandro Casona, que además era asturiano, y La Tercera Palabra, que significa amor en la obra homónima y a la que me aferré como a un tablón flotando tras un naufragio en el mar tras algunos eventos traumáticos en mi anterior trabajo. Así llegó este nombre a nosotros.

Además, tenemos que confesar que nos gusta el toque misterioso que le da a la librería.

Detalle de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

Muchos proyectos libreros nacen hoy alrededor de la novedad editorial. Vosotros habéis apostado con fuerza por los clásicos. ¿Es una elección que nace de vuestro propio gusto como lectores o también de una forma de posicionarse frente a la cultura actual?

Nace sobre todo de nuestro gusto como lectores y tiene, además, algo de posicionarnos frente a la forma de consumo cultural actual. No es exactamente frente a la cultura actual, porque sí creemos que ahora se escribe muy bien, sobre temas muy interesantes, como consecuencia natural a los tiempos que estamos viviendo. Y que además, ¡se edita muy bien!, y Asturias es muy buen ejemplo de ello, aquí hay varias editoriales muy buenas, con buen catálogo y muy cuidado.

Nosotros somos lectores principalmente de clásicos y a veces nos produce pánico la vorágine de publicaciones, producciones y sagas que se editan, se leen y muchas veces se olvidan, por eso apostamos por tener un buen fondo con libros que conocemos y depender lo mínimo posible de la novedad rotativa con la que no creamos ningún vínculo y que es más difícil conocer en profundidad y recomendar.

En una época en la que todo parece inmediato, ¿qué papel creéis que pueden tener los clásicos para un lector contemporáneo?

Calvino decía que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, también decía “que no se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para algo” y “lo deseable de un futuro que se ha de conquistar es garantizado por la memoria de un pasado perdido».” Entonces, en la época actual los clásicos pueden jugar el papel de entender mejor el mundo que nos rodea, convertirse en ancla en un momento en el que todo es líquido y pasa demasiado rápido; además tienen ese matiz de evocar lo pasado que cuadra con la nostalgia actual que nos invade un poco a todos y, por último, nos amplían la visión del mundo y esto nos hace ser mejores personas. Además cuando leemos que, por ejemplo, la protagonista de una novela de hace cien años de Emilia Pardo Bazán sufría las mismas inseguridades que nosotras o que en el siglo XII un noble japonés se enfrentaba a las mismas inseguridades, somos capaces de ver el mundo con mayor perspectiva y de sentir consuelo al relativizar ciertas cosas.

¿Qué autoras y autores pensáis que siguen estando un poco olvidados por los lectores en España?

Estamos contentos porque creemos que últimamente se están recuperando muchos escritores o escritoras pero siempre hay pequeñas joyas que pasan desapercibidas, sobre todo si son anteriores al siglo XIX. A Juan y a mí nos encanta, por ejemplo, la literatura del siglo XVI y XVII, la novela picaresca nos parece muy divertida. María de Zayas, por ejemplo, fue una escritora feminista que escribió Novelas amorosas y ejemplares, una especie de Decameron español y que casi nadie conoce o lee.

Interior de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

En La Tercera Palabra hay una presencia notable de literatura japonesa. ¿Qué creéis que encuentra un lector europeo en esa tradición que quizá no encuentra en la literatura occidental?

Esto lo explica muy bien Tanizaki en su ensayo Elogio de la sombra, en él, el autor hace un alegato a favor del arte, la literatura y la cultura japonesa que se desenvuelve en el matiz, lo sutil, la penumbra, lo no-nombrado; mientras la sociedad occidental responde a lo pragmático, lo claro, lo moderno, lo nuevo o lo inmediato. Y eso puede encontrarse al leer su literatura, algo que de nuevo en el momento en el que vivimos, nos puede servir para parar y ver las cosas desde otra perspectiva.

¿Qué clásico os ha sorprendido ver que sigue enganchando a lectores muy jóvenes?

La ganadora indiscutible es Jane Austen seguida de cerca, tal vez, por La metamorfosis. También hay picos  de compras que responden mucho a adaptaciones cinematográficas, como ha pasado con Frankenstein o con Cumbres borrascosas.

¿Qué os encontráis más a menudo: lectores que vienen con una idea clara o lectores que descubren un libro por el camino?

La balanza está bastante equilibrada, probablemente sean más los que descubren un libro por el camino pero muchas veces vienen con una idea clara y no les importa esperar uno o dos días a que pidas el libro si en ese momento no lo tienes en la librería.

Muchas librerías hablan de ser “espacios culturales”. En la práctica, ¿qué significa para vosotros esa expresión?

En la práctica, tenemos un espacio destinado a actividades que tengan que ver con la cultura, desde presentaciones, clubs de lectura, talleres de historia del arte a cursos sobre autoras, meteoritos o historia de Japón. Me cuesta definir este concepto sin caer en expresiones cursis, trilladas o ambiguas. Diría que de alguna forma, el que una librería sea, además un “espacio cultural”, la distingue de una mera tienda de libros a un lugar que vive con la intención de promover la cultura y los encuentros entre lectores.

¿Qué se pierde cuando desaparece una librería de barrio?

Ay, esta pregunta es algo dolorosa. Por un lado, se pierde lo que se pierde cuando cierra cualquier comercio de barrio. La cercanía, el trato personal, el asesoramiento de una persona especializada en su campo… Pero además en el caso de una librería se pierde esa oportunidad de acceso a la cultura, oportunidad para descubrir mundos nuevos. El otro día escuchaba decir a otro librero de Galicia que en el barrio donde él se había criado, que no tenía biblioteca, ni cine, ni museos… tenía una sola librería donde de pequeño se compraba los clásicos en ediciones de bolsillo y así comenzó su pasión por los libros de una persona que terminó siendo también librero. ¡Cuánto hubiera perdido él si esa librería de su barrio hubiese cerrado!

Si tuvierais que explicar a alguien que nunca entra en librerías por qué debería hacerlo, ¿qué le diríais?

Juan siempre dice que se tiene todo que ganar y nada que perder al entrar en una librería. Tiene algo de lo que tiene entrar en un museo, se te ofrecen centenares de pequeñas obras y puedes curiosear y, de verdad lo creemos, puedes descubrir tantas cosas.

Y una última pregunta inevitable para libreros: si hoy tuvierais que poner un solo libro en manos de alguien que empieza a tomarse en serio la lectura, ¿cuál sería y por qué?

Normalmente hago unas pocas preguntas a cada lector para saber qué libro recomendar pero si me tengo que tirar a la piscina… probablemente por los tiempo que corren se me viene a la cabeza Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, que además de ser una novela entrañable, con una escritura cálida y personajes inolvidables, es a su vez un homenaje a quienes viven por y para la literatura y una obra que habla del compromiso social y político cuando la historia se tuerce. Por si fuera poco, todo esto tiene uno de mis inicios preferidos de la literatura:

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. (…) Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería a los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo.

Con esta entrevista he querido acercarme a una librería reciente que, pese a su corta trayectoria, ya deja ver una forma muy definida de entender el oficio. En las respuestas de La Tercera Palabra aparecen cuestiones que van más allá de la apertura de un nuevo espacio: el criterio con el que se elige un fondo, la relación con los lectores, las dificultades del presente y la voluntad de sostener un proyecto propio sin plegarse del todo a la lógica de la prisa. Leerlas permite entender mejor no solo cómo nace una librería independiente, sino también qué clase de lugar aspira a ser.

23/03/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde el olvido se olvida: El fantasma del fantasma

by Verónica García-Peña 22/03/2026
written by Verónica García-Peña

Si pensamos que un fantasma es, en realidad, el eco de una vida que se resiste a convertirse por completo en silencio, el fantasma del fantasma es el vacío absoluto que queda cuando ya no hay nadie para contar su historia. Es, por tanto, la muerte de la memoria; y por eso hoy no vamos a visitar un lugar físico concreto. Visitaremos el umbral en el que el espectro mismo pierde su nombre y se convierte en nada. Es lo que algunos antropólogos llaman la «segunda muerte», esa que ocurre cuando se apaga el último recuerdo que sobre nosotros queda.

Esa soledad final ya la anticipó Bécquer en sus Rimas: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!». Sin embargo, no hablaba el sevillano de la soledad del sepulcro o del abandono. Lo hacía de la soledad del olvido cuando al final se pregunta: «¿todo es vil materia, podredumbre y cieno?».

El fantasma del fantasma es entonces, pienso, la inexistencia de quien ya no tiene quién le rece, quien le tema o quien, al menos, invente una leyenda sobre su sombra. Es una desaparición total que ni siquiera deja un pequeño rastro de migas en los expedientes, artículos y noticias que he consultado para escribir sobre los distintos espíritus que han poblado esta revista durante meses. Personas que se han convertido en aire y que, al final, ni siquiera el viento las recuerda, porque incluso los muertos mueren.

Pero, quizá, de este viaje por la España herida y olvidada, lo que realmente he comprendido es que los fantasmas existen porque nosotros, los vivos, decidimos que así sea. Porque nosotros, los vivos, los recordamos. Son una forma de resistencia contra lo inevitable. Sufrimos de un hambre de inmortalidad tan voraz, decía Unamuno, que elegimos imaginar, soñar, tal vez invocar una presencia, bien aterradora o bien triste y melancólica, en cualquiera de los muchos lugares por los que en esta sección hemos deambulado, antes que aceptar el vacío absoluto. Porque nosotros, los vivos, los recordamos para no sentirnos solos en nuestra propia finitud.

Bajo esa premisa, cabe preguntarse si acaso morir es dormir, como sugería Hamlet en su duda más célebre. No lo sabemos, y esa incertidumbre, ese «tal vez soñar», es razón harto poderosa para poblar la oscuridad con figuras que nos acompañen y nos den, a su manera, consuelo. Es el miedo a que nada nos espere tras el sueño lo que nos empuja a hacerlo. Preferimos la amenaza de un ánima que mueve los muebles en la habitación 712 de un hotel a la certeza de que, tras esa puerta, solo hay partículas de polvo suspendidas en un rayo de sol.

Julio Llamazares nos recordó que la memoria es un paisaje que se borra. Describió esa soledad final del que se queda solo en el mundo, custodiando los fantasmas de los demás hasta que él mismo se desvanece. Y hoy, esa desaparición es más voraz que nunca. Formamos una legión de futuros olvidados, sesenta millones cada año, que camina hacia el borrado absoluto sin dejar una sola huella que sobreviva a la segunda generación. Ni siquiera este rastro digital que tanto nos obsesiona garantiza la permanencia.

Somos nosotros los que proyectamos nuestra necesidad de trascendencia en los muros de Belchite o en las habitaciones de Cardona, mientras buscamos un rastro de humanidad entre los escombros, el agua, el erial o el recuerdo. Lo hacemos para convencernos de que, cuando alguna vez nos toque partir, alguien nos convertirá en un espectro, una visión, para no dejarnos morir del todo. Sin embargo, si hoy olvidamos lo que pasó ayer un cincuenta por ciento más rápido que hace apenas una década, y nuestra capacidad de retención ya se agota con lo vivo, ¿qué esperanza tienen aquellos que solo son una presencia en un pueblo abandonado? ¿Qué esperanza tiene una mujer de blanco que camina por el cementerio de Comillas entre las tumbas de los relegados?

Habrá quien con esto no coincida. Habrá quien piense que los fantasmas nunca podrán tener su propio fantasma porque siempre habrá alguien que los rescate del silencio; que la memoria, en realidad, no morirá del todo mientras el recuerdo permanezca grabado en la piedra o en la palabra. Y tal vez tengan razón. Ojalá la tengan. No obstante, en nuestro mundo, devorado por la inmediatez y el murmullo constante de la ligereza, cada vez parece haber menos espacio para ellos, para los muertos y sus espíritus. Y cómo  terminaba Bécquer su rima, terminaré yo: «¡No sé; pero hay algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, / al dejar tan tristes, / tan solos los muertos!».

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Los fantasmas olvidados

Donde el silencio reclama su casa: Los fantasmas de los pueblos abandonados

by Verónica García-Peña 27/02/2026
written by Verónica García-Peña

Más allá de la crónica de la despoblación y el abandono rural, el olvido tiene una arquitectura propia, hecha de muros que se desmoronan y ventanas que miran al vacío con la fijeza de un cadáver. Y en estas calles yermas, los fantasmas de los que departimos normalmente en esta sección, cambian, pues son el rumor de una España que se niega a desaparecer y que sobrevive a su propio desahucio a través del misterio.

Pueblo Viejo de Belchite, Zaragoza

Nos detenemos, pues, ante las costillas al aire del Pueblo Viejo de Belchite, en Zaragoza, que quedó destruido tras una cruenta batalla acontecida en 1937. Sus ruinas se quedaron como un bosquejo de piedra, congelado, sin que nadie pudiera hacer nada con ellas salvo contemplarlas. Fue una orden, un decreto de diciembre de 1939 por el cual el Estado adoptaba la villa. ¿Qué significa esto de adoptar? Que el pueblo dejó de pertenecer a sus vecinos y pasó a ser propiedad del régimen franquista. Fue un desahucio administrativo que lo convirtió, por de contado, en un símbolo de la guerra. Esta decisión, gestionada por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, prohibió la reconstrucción del núcleo poblacional original donde, desde entonces, el tiempo se hacina sin principio ni final.

Mas el interés por esta localidad comenzó realmente en octubre de 1986, cuando el equipo de investigadores aragoneses ZERCA (Zaragoza Estudios y Recopilación de Ciencias Anómalas), accedió al recinto para investigar lo que algunos lugareños y visitantes habían descrito como fenómenos extraños. Las crónicas de la época en el Heraldo de Aragón recogen estas visitas, que tanta expectación levantaron, y la captación de sonidos cuanto menos especiales.

Los audios, emitidos en Radio Heraldo, eran ruidos que se asemejaban a motores de aviones, silbidos de proyectiles y voces humanas. ¿Las voces, tal vez, de aquellos que en el pueblo murieron durante la contienda nacional? Nadie lo sabe. ¿Voces de un pueblo muerto salvo por los espíritus que permanecen allí, quizá atrapados, como testigos de lo que en aquel lugar ocurrió? No en vano los historiadores estiman que perecieron entre 4.000 y 6.000 personas durante un asedio que duró quince días de fuego ininterrumpido. En 1954 el pueblo nuevo fue inaugurado, y el viejo Belchite se quedó solo para sus fantasmas y leyendas.

Iglesia de San Agustín. Belchite, Aragón

Por su parte, en el Condado de Treviño, en Burgos, existe uno de los parajes más especiales de nuestra geografía o, al menos, uno de los más famosos a este respecto. Se trata de Ochate, que alcanzó notoriedad nacional en 1982, tras la publicación de un reportaje en la revista Mundo Desconocido. Fue gracias a un artículo, firmado por un exempleado de banca, Prudencio Muguruza, titulado «Luces en la puerta secreta» que estaba ilustrado con una supuesta fotografía de un ovni.

Muguruza sostenía que el pueblo fue víctima de tres plagas selectivas: viruela (1860), tifus (1864) y cólera (1870). Sin embargo, investigadores posteriores como Enrique Echazarra, a través de sus crónicas en la edición alavesa del diario El Correo, demostraron que el abandono fue un proceso migratorio común y que las fechas de las plagas no coinciden con los registros de defunción del Archivo Diocesano de Vitoria ni con el registro civil del Condado de Treviño. Si bien, pese a la desmitificación histórica, el misterio persiste.

De hecho, en la necrópolis altomedieval de San Vítores, situada en los alrededores, la leyenda se funde con la arqueología. Allí, en tumbas antropomorfas talladas en la roca entre los siglos IX y XII, algunos visitantes aseguran haber visto figuras difuminadas. Son formas sin rasgos definidos que parecen emerger o fundirse con la piedra misma. ¿Salen o entran de sus tumbas? Quizá, pienso al leer algunos testimonios en prensa local, blogs y otras páginas, no puedan hacer ni una cosa ni la otra. ¿Y si son simples prisioneros de la pareidolia?

Ermita de Burgondo, Otxate

El mito de Ochate se ha nutrido durante años, además, de relatos que aseguran que algunos soldados del Ejército de Tierra, de la base militar de Araca, que durante los años ochenta realizaban maniobras en la zona, vieron una silueta femenina de coloración pálida que se desplazaba sin emitir sonido alguno cerca de la torre de San Miguel, situada en lo alto del pueblo. Una presencia que nos devuelve el reflejo de La dama de blanco de Wilkie Collins en un simple parpadeo, pero que en el silencio de Treviño late acompasada, en realidad, con la angustia de los personajes de Henry James. Una silueta que camina por el velo del mundo y que no sabe o no puede morir, como la que describe Susan Hill en su libro La mujer de negro.

Estos testimonios fueron analizados por los investigadores Antonio Arroyo y Julio Corral en su monografía Ochate: Realidad y leyenda del pueblo maldito, en la que señalan que no existe ningún parte oficial o documento que recoja avistamientos de figuras blancas o fenómenos anómalos por parte de patrullas en la zona. Atribuyen estas historias a la transmisión oral y al impacto que tuvo el artículo original de 1982. Es decir, que tal vez Ochate no tenga fantasmas más allá de lo que nosotros, los humanos, decidimos achacarle; si bien los fantasmas son, por definición, entes libres de transitar la frontera entre lo que la ciencia mide y lo que el alma siente. Y es que la imaginación es demasiado fértil para dejar quieta estas historias.

Dos lugares emblemáticos de nuestra geografía marcados por el abandono y por el misterio, pero también, pienso, por la pena y la soledad. El periodismo exige confrontar el mito y la leyenda con los documentos y los testimonios, y en estos enclaves, la ruina arquitectónica va de la mano de mucho ruido, pero también, de la intención genuina, pienso, de creer.

¿Qué parte es realidad y cuál responde al hambre de nuestra propia imaginación? Quizá escribimos sobre ellos por la necesidad, casi física, de no dejar que los fantasmas de nuestro pasado, nuestros fantasmas, mueran y desaparezcan por completo en un mundo en el que, sobre todo hoy en día, parece que cada vez hay menos espacio para su existencia.

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Los fantasmas olvidados

Donde los huéspedes son eternos: El fantasma del hotel

by Verónica García-Peña 08/02/2026
written by Verónica García-Peña

Vamos a hacer las maletas y a viajar a hoteles y paradores que, bajo las luces del lujo o el silencio de la piedra antigua, funcionan como bruñidas prisiones para viejos fantasmas. Son estos espectros más clásicos que los hasta ahora descritos en esta sección, pues arrastran cadenas, asustan y tienden a enredarse en la vida de los vivos. Así pues, hoy nos adentramos en pasillos de moquetas rojas y puertas numeradas tras las que late un miedo que, a diferencia del viajero habitual, no tiene ninguna prisa por marcharse.

Vamos a empezar nuestro viaje en el Parador de Cardona, Barcelona. Un gigante de piedra que vigila el valle con plante medieval, y cuyo corazón guarda una habitación de la que pocos quieren hablar: la 712. No es esta la costumbrista historia de hotel encantado con fantasmas susurrantes, apariciones o velas que se apagan solas, porque aquí los testimonios, basados en décadas de relatos de clientes y trabajadores, relatan un fenómeno físico y, en ocasiones, violento. Al despertar, los huéspedes de la 712 encuentran los muebles de la estancia amontonados en el centro, como si una fuerza invisible hubiera intentado levantar una barricada contra, quizá, el mundo de los vivos.

Castell de Cardona

Para comprender el miedo que emana de esta habitación, es necesario mirar al pasado y concretamente a la Torre Minjona, esa atalaya de granito del siglo XI que señala al cielo desde el patio del hotel. Allí, la joven Adalés, hija del Vizconde Bermon, fue condenada en el año 1086 por su propio padre a una reclusión perpetua por amar a un príncipe musulmán, Abdalà, del cercano Castillo de Aguilar de Segarra. Según recogen National Geographic y La Vanguardia, el tiempo no ha logrado, al parecer, diluir la pena de la muchacha y no la ha transformado en melancolía; acaso en rabia. Y esa ira ha colonizado la habitación 712, convirtiéndola en una especie de campo de batalla sombrío en el que los grifos escupen agua hirviendo ante la mirada atónita de los huéspedes. Es, aseguran, el alma de Adalés. Por ello, la propia dirección de Paradores ha retirado la habitación del sistema de reservas online y así, como han confirmado algunos exdirectores del centro en La Vanguardia, la estancia permanece cerrada por defecto. «Una decisión de gestión que responde al bienestar de los huéspedes y al respeto por una presencia que el personal de limpieza se niega a enfrentar en solitario», aseguran.

La habitación 712 es, por tanto, una celda de lujo donde el tiempo se detuvo por un castigo familiar, pero ese eco de cautiverio no es exclusivo de las alturas de Cardona. Si descendemos hacia el sur, hasta las murallas de Toledo, el encierro deja de ser una cuestión de linaje para convertirse en una sentencia de fe. En el Hostal del Cardenal se ofrece buen cobijo y también, es inevitable teniendo en cuenta sus orígenes, un encuentro directo con las sombras de nuestra historia. Este antiguo palacio del siglo XVIII, mandado construir por el Cardenal Lorenzana sobre los cimientos de la muralla árabe, custodia en sus muros la memoria de una ciudad que fue epicentro del Santo Oficio. No es esto ficción, y las crónicas de Eduardo Sánchez Butragueño en el archivo de Toledo Olvidado, así como las investigaciones de campo de expertos como Luis Rodríguez Bausá, han documentado relatos de huéspedes que describen una figura de hábito oscuro deambulando por los Jardines de Bisagra, el vergel privado del hotel que linda con la emblemática puerta de entrada a la ciudad.

Puerta nueva de Bisagra. Toledo

Este fenómeno ha pasado de ser pues una leyenda local a crónica nacional en prensa estatal. Diarios como ABC, por ejemplo, han recogido testimonios sobre un ruido metálico que recorre los pasillos y hiela la sangre de quienes allí se alojan. Es como un eco residual de grilletes. No en vano, el hotel se asienta sobre una zona de paso de reos que eran conducidos desde las prisiones eclesiásticas hacia el juicio o el patíbulo a través de la muralla, una vez condenados por, verbigracia, herejes, apóstatas o nigromantes. Como señala la plataforma Rutas de Toledo, ese rincón de suelo que hoy pisan los turistas es el mismo por el que los condenados arrastraban su desesperación, dejando un residuo sonoro que el granito parece haber recogido para la eternidad.

Por su parte, los muros del antiguo Corona de Aragón se han quedado impregnados por un elemento mucho más voraz como es el fuego y un humo que no termina de disiparse. En Zaragoza, en la habitación 510 del actual Hotel INNSiDE (antes conocido como el Hotel Corona de Aragón), el pasado hiede a ceniza. Tras el devastador incendio del 12 de julio de 1979, que se cobró la vida de al menos 78 personas, la estancia se ha convertido en un imán para lo inexplicable. Los clientes reportan opresión en el pecho y una falta de aire que les obliga a huir de la habitación de madrugada. Se dice, así lo han recogido crónicas de El Heraldo de Aragón, que si se deja un vaso de agua sobre la mesilla, al amanecer se encontrará ceniza flotando en él, como si de la escoria espectral de un fuego pasado se tratara. Un fuego que se apagó hace décadas y que, sin embargo, ahí sigue, a la espera de nuevas vidas que lo contemplen y así no lo olviden.

El edificio del antiguo Hotel Corona de Aragón, actual Hotel Meliá

Mientras que en la habitación 510 el pasado se manifiesta a través de un silencio ceniciento, en Navarra el recuerdo ruge. En Estella, en el Hotel Condes de Albrit, actualmente integrado en la cadena Sercotel, los aplausos de un público inexistente rompen el silencio de la noche. El edificio se asienta sobre el solar del antiguo Teatro Cine San Agustín, un emblema cultural de la posguerra inaugurado en los años 40 ―según los archivos de memoria histórica de Navarra, alma de la ciudad durante décadas—, cuyas funciones parecen haber quedado atrapadas en las paredes. Su transformación definitiva en hotel fue en 1998 y desde entonces se recoge en prensa, como en el Diario de Navarra, que ‘la memoria de las tablas’ se niega a desaparecer. Hay quien asegura percibir olor a maquillaje y escuchar el roce de pesados telones en zonas donde hoy solo hay pasillos modernos por los que transitan los huéspedes.

Olvidar… Quizá el mensaje de estos fantasmas, eternos huéspedes, sea igual que el de todos los demás, no ser olvidados, y lo que sucede en estos y otros hoteles es un recordatorio persistente de que somos nosotros, los vivos, los que en realidad estamos de paso. Porque no hay nada más aterrador y humano, y que nos haga sentir más vívidamente nuestra fragilidad, que cerrar la puerta con llave y comprender que nunca hemos estado solos en la habitación.

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Los fantasmas olvidados

Donde los muertos no siempre se van: El fantasma del cementerio

by Verónica García-Peña 24/01/2026
written by Verónica García-Peña

Aunque los fantasmas parecen siempre estar vinculados a estos lugares, lo cierto es que nadie se adentra en un cementerio con la idea de encontrarse con uno. Se hace para dejar flores, recordar y, a veces, contar secretos a quienes ya no pueden responder. Los camposantos son terrenos de orden con calles rectas, nombres alineados y fechas que parecen reglar el tiempo como si así se pudiera domesticar. No obstante, basta cruzar la verja para notar cómo la atención se afina y el gesto se ensombrece. Se baja la voz de forma refleja y, entre murmullos, se camina por el terreno con la sensación de que ahí, donde los muertos reposan, hay en realidad cientos de fantasmas que nos acompañan.

Se trata de una presencia discreta, pero también obstinada. Este fantasma se niega a desaparecer por mucho que de él, en ocasiones, ya no se sepa nada. Lápidas sin nombre, fecha o recuerdo. Espíritus y aparecidos, sombras y espectros son algunas de las denominaciones más comunes que esta especial ánima recibe cuando se habla o se escribe sobre ella; cuando se la imagina, pues es su terreno una de las más prolíficas atmósferas creativas del mundo. Universal como los páramos de las Brontë, el desolado fosal de Dickens en los pantanos o los terrenos de Stephen King donde la tierra se niega a guardar a sus muertos; y es que no hay cementerios, reales o imaginarios, sin historias.

En España, los camposantos comenzaron a construirse fuera de los núcleos urbanos a finales del siglo XVIII, tras la Real Cédula de Carlos III de 1787, que prohibía los enterramientos dentro de iglesias por razones sanitarias. Antes, se inhumaba a la gente en atrios y criptas. Aquella decisión, en apariencia solo práctica, tuvo como consecuencia el desplazamiento del vínculo cotidiano con la muerte, pues los muertos fueron apartados, organizados y alineados, pero lejos. En ese tránsito, algo quedó suspendido y tal vez por eso las leyendas de aparecidos que anhelaban regresar a casa, de espíritus que se sentían abandonados o de muertos que salían de su tumba cada noche crecieron.

Los archivos parroquiales y municipales, así como la memoria oral de nuestra geografía, atesoran informes y leyendas cuanto menos inquietantes sobre estos fantasmas. En el cementerio de San José, por ejemplo —edificado sobre los restos del antiguo palacio nazarí de los Alixares e integrado en el conjunto histórico de la Alhambra, en Granada—, se dice que, desde los años setenta, los vigilantes del lugar ven luminarias que recorren los nichos y escuchan pasos en las galerías vacías. En el norte, por su parte, en el fosal de Derio, en Vizcaya, la prensa local ha recogido durante décadas testimonios de trabajadores que evitan las zonas de panteones familiares clausurados tras la Guerra Civil. Allí, donde el silencio casi se puede tocar, se habla de golpes rítmicos desde el interior de las criptas. Relatos que el tiempo no ha borrado y que los propios sepultureros transmiten, pues en Derio el pasado nunca termina de callarse.

Panteones del patio primero del Cementerio de San José en Granada (España). El panteón de la familia Herrera

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, muchos enterramientos fueron hechos sin nombre, lápida y sin un registro. Epidemias, fusilamientos, suicidios que se ocultaban por vergüenza familiar, niños muertos sin bautizar… Vidas que entraron en la tierra sin una despedida y sin un relato. Quizá por eso, pienso, este espectro nunca se marcha. A mí, que me encanta visitar camposantos de todo tipo y pasear por sus calles sin prisa, también me gusta imaginar las vidas de aquellos que habitan estos lugares; de los muertos que ya no quieren saber nada de los vivos e igualmente de los otros, de los que, sospecho, por qué no, pueden aún vagar por el lugar confundiéndose con nosotros.

Cementerio Municipal de Paterna

En el cementerio de Paterna, en Valencia, conocido trágicamente como ‘El Paredón de España’, más de dos mil doscientas personas fueron fusiladas y arrojadas a fosas comunes, la inmensa mayoría durante la represión de la posguerra, entre 1939 y 1956. Hoy, mientras los forenses trabajan para devolverles sus nombres y con ellos sus historias, tanto los vecinos como los que cuidan el lugar han descrito figuras que deambulan al amanecer junto al muro, en el que aún pueden verse las marcas de las balas. No piden nada a quienes los ven, dicen. Solo marchan de un lado al otro de la tapia, a la espera probablemente de recuperar su nombre y salir del olvido de la tierra.

Algo similar ocurre en el cementerio de Comillas, en Cantabria, bajo la sombra del imponente Ángel Exterminador —obra de Joseph Llimona—. Allí, desde finales del siglo XIX, se habla de una figura femenina que aparece junto a las tumbas más antiguas, aquellas que ya no reciben flores ni visitas. ¿Qué quiere? Nadie lo sabe con exactitud. ¿Y qué busca? Tampoco hay respuesta. Sí hay, claro, muchas hipótesis, pues buena es la imaginación para dejar tranquila una leyenda como esta. Los libros de defunciones de la parroquia mencionan que varias mujeres murieron solas en el pueblo, enterradas sin familia conocida. Sirvientas o acompañantes que llegaron de lejos y nunca regresaron a sus casas. Quizá la tradición oral las fundió en una única presencia; esa mujer que deambula por la necrópolis y cuida de los olvidados. Una conciencia hecha de restos. Una presencia coral en uno de los escenarios más bellos y melancólicos del modernismo español.

Quien ha pasado tiempo en un cementerio sabe que el aire allí se percibe diferente y no es porque en verdad lo sea. Con seguridad, he de admitir, es más sugestión que otra cosa; si bien, de esta forma se siente porque cada duelo deja un poso y cada visita incompleta o conversación interrumpida, cada promesa que no se cumplió, un lastre.

Cemeterio de Montijuïc

En el cementerio de Montjuïc, en Barcelona, los sistemas de seguridad han registrado, desde los años noventa, anomalías en las zonas de beneficencia. Son avisos recurrentes de sensores que se activan en zonas cerradas donde no hay nadie, o no debería haberlo. Siempre en los mismos puntos y siempre sin causa aparente. Los vigilantes hablan de un hombre que camina por los pasillos de los no reclamados. Es una presencia que no parece pertenecer a un solo muerto. Como ocurre en Comillas, es el peso acumulado de tantos óbitos sin un adiós.

Los cementerios guardan cuerpos, sí, pero también custodian finales y silencios que no descansan. Por eso, al salir de ellos, si se mira atrás, no es miedo lo que se siente. Es la sensación de que, entre lápidas y cipreses, entre mausoleos ornamentados y cruces sin nombre, alguien espera a que su historia sea contada o, tal vez, escrita.

24/01/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio

by Verónica García-Peña 10/01/2026
written by Verónica García-Peña

España todavía conserva, como cicatrices mal cerradas, los huesos de sus antiguos sanatorios. Son edificios levantados en el silencio, allí donde la medicina de finales del XIX y principios del XX dictaba que el aire puro y la helioterapia —la exposición directa al sol para fortalecer la sangre y aniquilar bacterias— eran la única cura posible para algunas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, el raquitismo o la anemia crónica. Por eso sus fachadas estaban presididas por amplios corredores y soláriums orientados al mediodía. Estructuras concebidas para captar hasta el último rayo de sol y permitir que los enfermos recibieran baños de luz en laderas boscosas y montes batidos por el viento. Aire, aislamiento y disciplina. Ese era el lema, y con él se protege el fantasma del sanatorio.

Bajo el pretexto de la salud, en aquellos lugares fueron a parar cuerpos enfermos y otros, en realidad rotos. Se mezclaban tuberculosos, hombres ‘agotados’, niños de pecho débil, mujeres ‘nerviosas’, y pobres que no tenían más techo que el de la caridad pública. Entraban con un diagnóstico confuso y salían, en muchas ocasiones, convertidos en un expediente cerrado y guardado bajo llave.

Sanatorio antituberculoso de Agramonte.

En las faldas del Moncayo, el Sanatorio de Agramonte (Zaragoza) permanece hoy como un resto fósil de una época en la que la enfermedad era motivo de destierro. Su historia guarda una ironía que no sé si calificar de cruel, pero que, desde luego, es chocante. Este edificio nació en 1911 como el ‘Gran Hotel del Moncayo’, un destino de lujo para la burguesía que buscaba aire puro por placer; mas, tras la Guerra Civil, el lujo fue desmantelado y las habitaciones se llenaron de camas de hierro para mujeres y niños sin recursos. De hotel a sanatorio; de la luz a la sombra. Sus archivos son, a mi juicio, un inventario de soledades. Documentan defunciones que nadie reclamó y remiten a un pequeño cementerio, hoy devorado por la maleza a pocos metros del recinto, donde los cuerpos terminaron bajo lápidas sin nombre o en el olvido de la caridad pública.

Cuando la estreptomicina —el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis— comenzó a llegar a España de forma regular, entre los años 1946 y 1950, estos gigantes de piedra perdieron su sentido casi de la noche a mañana. El milagro de la medicina vació los pasillos, pero el cierre definitivo de algunos, como el de Agramonte, por ejemplo, que lo hizo en 1978, tardó en llegar; y cuando sus puertas se cerraron, el tiempo, en cierto modo, quedó suspendido. Permanecieron las camas alineadas y la sensación de que todavía hoy, alguien, sentado en un pasillo vacío, sigue esperando una visita que nunca llega.

Hospital Tórax de Tarrasa

Algo similar ocurre con el Hospital del Tórax de Terrassa, inaugurado oficialmente el 8 de junio de 1952. Allí, la tuberculosis y la silicosis devoraron a centenares de obreros inmigrantes. Hoy, aquel inmenso complejo ha cambiado su función. Tras su cierre definitivo a finales de los noventa, el complejo fue reconvertido e incluido dentro del Parque Audiovisual de Cataluña. Donde antes hubo silencio y enfermedad, hoy hay platós de cine y estudios de televisión, aunque la estructura original sigue recordando su pasado clínico.

Si bajamos la mirada hacia el sur, hacia el Preventorio Infantil de Aigües de Busot (1936-1967), en Alicante, encontraremos las ruinas de un purgatorio. El edificio fue originalmente, como el Sanatorio de Agramonte, un hotel de lujo, el Hotel Miramar, pero se convirtió en preventorio antituberculoso en 1936; si bien, su mayor actividad se dio tras la Guerra Civil. Allí enviaban a los niños a ‘fortalecerse’, lejos del abrazo materno. Los archivos del Patronato Nacional Antituberculoso reflejan una triste realidad, la de los niños que fallecieron allí y cuyas familias, por falta de recursos o por la distancia, nunca pudieron reclamar sus restos. Se quedaron para siempre en la tierra del sanatorio acompañados tan solo por la que llaman la Dama Blanca.  

¿Quién es la Dama Blanca? Según algunas leyendas de la zona, recogidas en diversas crónicas de misterio y la tradición oral alicantina, se trata de la esposa de uno de los antiguos dueños del hotel, cuya presencia parece haber quedado atrapada en los espejos del edificio. Los testigos hablan de una figura etérea, vestida de gala, que recorre las estancias con una mezcla de melancolía y una sonrisa inquietante, como si el tiempo del lujo y el de la tragedia convivieran en el mismo reflejo. Para otros, como recoge la Guía de la España Misteriosa, de Pedro Amorós, es en realidad el alma de una madre que, tras perder a su hijo en el preventorio, quedó atrapada en los espejos del antiguo salón de baile, esperando eternamente un reencuentro que la muerte le negó. Espejos de hoy que muestran el ayer congelado o, quizá, espejos de ayer que muestran un hoy constante. Sin pasado ni futuro. Solo un hoy eterno congelado en el cristal.

Preventorio Busot

El fantasma del sanatorio, en cierto modo, me recuerda al del páramo, pues no vaga de forma errante porque está anclado a un lugar; a su lugar en el mundo cuando estaba vivo. Se sienta al borde de una cama y espera. Se asoma a un espejo y espera. Baja unas escaleras y espera. Es el espectro de quienes fueron ingresados para curarse y acabaron fundidos con el olor sedante de las paredes y el silencio de las sábanas albas, tal como retrató Camilo José Cela en su novela Pabellón de reposo (1943), donde los pacientes contaban los días en una espera infinita. Escrita desde su propia experiencia como paciente tuberculoso, Cela describe ese limbo donde el nombre del enfermo se borra y solo queda el número de la habitación. Una espera infinita donde el final es el olvido.

Hospital Isla Pedrosa

Durante la postguerra, estos lugares —junto a psiquiátricos como el de Santa Isabel en Leganés o La Barranca en Navacerrada, cuyos muros fueron finalmente derribados en 2024— se convirtieron también en el último refugio para los olvidados. A ellos iban a parar mujeres diagnosticadas de histeria, hombres rotos por el frente o ancianos sin recursos. Muchos murieron allí dentro sin que quedara más rastro de ellos que una fecha, y se cuenta que en algunos de estos lugares, aunque hoy el bosque haya recuperado su sitio o los edificios hayan cambiado de nombre, las luces se encienden en alas completamente vacías para alumbrar las vidas de los fantasmas que las habitan. Espectros que se niegan a marcharse porque son, en el fondo, como una historia sin final.

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En corto

Regina Salcedo Irurzun

by Emain Juliana 09/01/2026
written by Emain Juliana

Regina Salcedo Irurzun es escritora y guionista, con una trayectoria que se mueve entre la poesía, el relato y otros lenguajes narrativos como el audiovisual y el videojuego. Ha recibido numerosos premios literarios a lo largo de su carrera y, recientemente, ha sido reconocida con el Premio Internacional de Poesía José Hierro. Combina la creación con una intensa labor cultural y formativa, y mantiene una relación constante con distintos formatos y proyectos. En En corto nos acercamos a su trabajo y a lo que tiene entre manos ahora mismo.

¿Pamplona o Madrid?

Madrid fue esencial en mi formación, pero para vivir me quedo con Pamplona.

¿Poesía o narrativa?

Cada necesidad creativa pide su forma. Simplificando mucho, son dos movimientos diferentes (hacia adentro y hacia afuera) que, en cierta manera, se complementan.

¿Escribes todos los días?

Escribo cuando siento que es una necesidad real; entonces lo hago con regularidad. Puedo pasar meses sin escribir (aparte de mis cuadernos). Soy incapaz de forzarme.

¿Qué no puede faltar cuando escribes?

Ya nada. He aprendido a escribir en cualquier circunstancia. Mi habitación propia es mental, aunque sueño con una tranquila cabaña en el bosque.

¿Cuaderno o pantalla?

Cuaderno para notas, ideas y digresiones privadas. Pantalla cuando el texto ya tiene voluntad literaria.

¿Prefieres escribir por la mañana o por la noche?

Rindo mejor por la mañana, aunque, si estoy inspirada, hasta dormir es un fastidio.

¿Planificas antes de escribir o te lanzas?

Cada libro pide sus dosis personalizadas. Pero es cierto que, si lo sé todo de antemano, me aburro y abandono. Escribir siempre tiene que descubrirme algo.

¿Disfrutas corrigiendo o prefieres lo espontáneo?

Escribir es corregir. Es ir aproximándote a la verdad, a la belleza, a lo que realmente deseas expresar. Nada más satisfactorio que hallar el equilibrio entre intuición y control.

¿Lees mientras escribes?

Casi siempre. No son incompatibles; al contrario, suelen retroalimentarse y crear redes sorprendentes. Pero, si no me apetece o no tengo tiempo, tampoco pasa nada.

¿Impartir talleres es importante para ti?

Sí, porque fueron un gran aprendizaje. Actualmente me dan más pereza por la energía y entrega que demandan.

¿El Premio José Hierro llegó en buen momento?

Eso creo, porque ahora sé que los premios no aseguran ventas ni difusión, y puedo valorarlo por el reconocimiento que supone. Hace años, habría acabado decepcionada.

¿Qué te aporta crear videojuegos?

Crear en equipo mundos con reglas estrictas es un desafío al ingenio. Y es fascinante verlos cobrar vida. Lástima que sea tan difícil sacar proyectos adelante.

En videojuegos, ¿te interesa más el guion o las mecánicas?

Me encantan las aventuras con historias y personajes sólidos, que equilibran guion y juego, que te cautivan y, además, te hacen pensar e incluso tomar decisiones.

¿Qué te gustaría impulsar en el Ateneo este año?

Dar espacio a propuestas originales y de calidad, de esas que dices: «Esto lo tiene que conocer y disfrutar todo el mundo». Difundir obras que remueven e iluminan.

¿Qué te gustaría seguir explorando?

A día de hoy, me conformaría con eso: desear seguir explorando.

09/01/2026 0 comments
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