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Series y columnas

Historia social de las mujeres

El mito de «la loca del desván»

by Verónica García-Peña 14/10/2026
written by Verónica García-Peña

El reverso oscuro de la sumisión victoriana o cómo la literatura gótica y el feminismo desenterraron los secretos ocultos tras el orden doméstico

 

Cuando en la literatura decimonónica el silencio de la noche se rompe y la fachada perfecta de la respetabilidad comienza a agrietarse, no es raro que algo empiece a insinuarse en los márgenes de lo que en apariencia vemos. Así sucede en relatos en los que el crujir de la madera o una carcajada fría que parece provenir únicamente del aire delatan que algo más hay tras los muros. Durante décadas, la ficción victoriana se pobló de misterios ocultos con voz de mujer en las zonas más oscuras de la casa. Un fenómeno este que el gótico convirtió en terror y que, décadas después, se reinterpretó como una de las metáforas más poderosas sobre la reclusión y la situación de vulnerabilidad de las mujeres. Me refiero al llamado mito de «la loca del desván».

Bertha Mason confronting Jane (1890) de Edmund Henry Garrett

La expresión, que hoy es una categoría analítica, procede del ensayo La loca del desván (1979) escrito por Sandra Gilbert y Susan Gubar. Su punto de partida era una relectura de las escritoras del siglo XIX, tomando como eje central la figura de Bertha Mason (atención: spoiler), el personaje que Charlotte Brontë encerró en una habitación de la tercera planta de Thornfield Hall en Jane Eyre (1847). Gilbert y Gubar plantearon que esa presencia oculta y despojada de humanidad, violenta incluso, no era en realidad un recurso literario para generar suspense gótico; acaso una suerte de reflejo distorsionado de la propia protagonista, de Jane. Así pues, el desván no albergaba un monstruo ajeno a las mujeres de la casa, a las lectoras o incluso a otras escritoras, y podía leerse en realidad como un espejo oscuro en el que se confinaba la rabia que Jane no podía expresar sin tapujos.

¿Es esto posible? Entonces, ¿qué nos dice esta dualidad? Que la literatura femenina del siglo XIX, cómo no, estuvo marcada por las exigencias de su tiempo. Por eso, como la sociedad victoriana quería que las mujeres encajaran sí o sí en el molde puro y dócil del «ángel del hogar» —esa figura idealizada de la esposa abnegada, devota y vaciada de cualquier deseo propio—, la literatura gótica las ayudó a saltarse, en cierto modo, parte de ese tópico. Este género les ofreció un espacio desde el que representar aquello que la moral oficial intentaba mantener bajo control. El ángel y la loca podían ser, pues, dos caras de una misma moneda. Mientras la mujer ideal habitaba los salones iluminados y mostraba una estudiada pasividad, su reverso gótico encarnaba la pasión, la furia ante el encierro —físico, pero sobre todo mental— y el deseo de una libertad que tanto las leyes como las costumbres limitaban, si no prohibían directamente. El desván era, por tanto, la prisión física de los cuerpos rebeldes y, a su vez, el espacio simbólico en el que se confinaban los deseos insumisos.

Ilustración para La mujer de blanco, una litografía de Thomas Eyre Macklin

La fuerza de este mito radica, entonces, en su capacidad de traspasar los límites de las tramas de misterio para contar una realidad, tanto médica como social, en la que la enfermedad mental femenina estaba muy condicionada por las ideas de género de aquel momento. Esto es, por ejemplo, la histeria, que fue una categoría médica que durante el siglo XIX se asoció con insólita frecuencia a la imagen de la mujer y de su cuerpo. Además, en aquellos abriles, algunas instituciones psiquiátricas también recibían a mujeres cuya situación familiar, económica o social las había colocado en una posición de especial vulnerabilidad. ¿De qué situación hablo? De pobreza, falta de redes familiares, conductas consideradas «inadecuadas» para los estrechos márgenes del ideal femenino, así como conflictos matrimoniales. En no pocas ocasiones, el internamiento podía convertirse en una  herramienta de control para apartar a una esposa incómoda por cuestiones patrimoniales o amorosas, un temor que Wilkie Collins convirtió en materia de ficción en La dama de blanco (1859-1860).

Desde esta perspectiva, resulta cuando menos fascinante ver cómo la novela gótica captó este terror psicológico y lo adaptó a lo que esas mujeres sentían. Estancias cerradas con llave, pasadizos angostos y secretos familiares que no eran meros ornamentos escenográficos, pues podían convertirse en representaciones del aislamiento y de las restricciones impuestas a las mujeres que osaban disentir del mandato social.

Este cautiverio simbólico cruzó fronteras y reinados —demostrando que la reclusión de la identidad femenina no fue un fenómeno exclusivo de la Gran Bretaña victoriana—, y encontró una de sus formas más crudas en el relato estadounidense El papel pintado amarillo (1892), de Charlotte Perkins Gilman. En sus páginas, la protagonista es confinada por su propio esposo —médico de profesión— en una habitación de la planta superior bajo el pretexto de una cura de reposo. La mujer tiene prohibido trabajar y escribir, aunque continúa haciéndolo a escondidas. La imposibilidad de desarrollar cualquier actividad intelectual, unida al aislamiento, en lugar de ayudarla a mejorar, agrava su estado hasta desembocar en una ruptura total con la realidad. Al final del relato (atención spoiler), la protagonista arranca el papel de las paredes porque cree distinguir detrás de él a una mujer atrapada con la que se identifica. Gilman nos enseñó que el famoso desván victoriano no necesita fantasmas para destruir a una mujer, ya que bastaba con el encierro impuesto en nombre, verbigracia, de la ciencia o del cuidado conyugal. El relato bebe de la propia experiencia de la autora, quien sufrió los estragos de este asfixiante tratamiento médico tras el nacimiento de su hija.

Ilustración de 'La dama de blanco' (Wilkie Collins) por Sir John Gilbert 1861

Fueron muchas las escritoras del siglo XIX que recurrieron al gótico para dar forma literaria a conflictos que estaban presentes en sus propias vidas. Escondida en una habitación, en un desván o detrás de una puerta cerrada, la mujer podía gritar, romper cosas e incluso prender fuego a la propiedad del hombre, y llevar a cabo así una suerte de venganza poética. Escribir al monstruo era una manera de dar forma a la disidencia interna que la respetabilidad exigía mantener bajo control.

Así, pues, el mito de «la loca del desván» con frecuencia nace del reverso de una sociedad preocupada en exceso por controlar la conducta femenina, y a la que le parecía más sencillo convertir en monstruosa a una mujer que asumir lo que en verdad su desobediencia revelaba.

Y aunque los desvanes y las llaves de forja parecen pertenecer al pasado, este mito nos plantea, sin embargo, temas incómodos sobre nuestro hoy, porque nos obliga a cuestionar bajo qué nuevos conceptos —mala madre, mujer conflictiva o la etiqueta de la inestabilidad emocional— seguimos intentando recluir y silenciar a aquellas que se niegan a encajar en el orden establecido. Al fin y al cabo, cuando una habitación se cierra desde fuera, lo que convendría preguntarse es quién decidió que la mujer encerrada dentro estaba loca y quién tenía interés en que nadie escuchara lo que tenía que decir.

14/10/2026 0 comments
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Historia social de las mujeresSeries y columnas

La institutriz: retrato de una de las figuras más ambiguas e incómodas de la sociedad victoriana

by Verónica García-Peña 23/09/2026
written by Verónica García-Peña

Hay personajes que aparecen una y otra vez en la literatura victoriana, cuya presencia dice más sobre la sociedad que los creó que sobre las propias historias en las que son protagonistas. Por ejemplo, la institutriz que vive bajo el mismo techo que la familia, educa a sus hijos y comparte parte de su vida cotidiana, pero nunca llega a formar parte de ese hogar. Tampoco pertenece al servicio como tal, aunque conviva con él. Su lugar está en un espacio intermedio en el que las diferencias de clase y de género se hacen particularmente visibles.

La proliferación de las institutrices fue consecuencia, en gran medida, de los cambios sociales que experimentó Gran Bretaña durante el siglo XIX. El crecimiento de la burguesía hizo que cada vez más familias acomodadas quisieran ofrecer una educación refinada a sus hijas sin tener que enviarlas para ello a un internado. La solución fue entonces contratar a una mujer culta que enseñara idiomas, música, dibujo, literatura y, por supuesto, buenas maneras. Para muchas jóvenes de clase media (o de clase acomodada venidas a menos), convertirse en institutriz fue una forma, de las pocas que existían, de ganarse la vida sin perder el respeto de la sociedad.

Era un trabajo considerado respetable, aunque pocas veces resultaba sencillo, pues la institutriz dependía por completo de la familia que la contrataba. Era una dependencia absoluta que condicionaba toda su vida laboral y personal. Su salario no era alto, apenas le permitía ahorrar, y su estabilidad era, entonces, bastante frágil. Bastaba con que los hijos terminaran su educación, la familia redujera gastos o cambiara de residencia para que la muchacha se quedara sin empleo. También sin casa propia ni patrimonio. Muchas pasaban años enlazando una familia con otra y dependiendo de las cartas de recomendación de sus antiguos empleadores para encontrar un nuevo destino.

Existía en todo esto una clara contradicción, ya que su función consistía en preparar a las hijas de la burguesía para ocupar un lugar privilegiado dentro de la sociedad, aunque ellas mismas nunca pudieran aspirar a él. Eran mujeres con educación y modales, pero no fortuna ni posición social. Demasiado refinadas para compartir la vida del servicio y a la vez demasiado pobres para ser aceptadas como una igual por la familia que las empleaba. Es por eso que solían comer solas o en horarios distintos y rara vez participaban de la vida social de la casa, pues debían mantener siempre una discreta distancia con quienes las rodeaban. Estaban presentes en el día a día de la familia y a la vez permanecían al margen de ella. Como si fueran una especie única de fantasma.

La precariedad de muchas institutrices y su devenir tan incierto fueron algunas de las razones por las que en 1843 se creó en Londres la Governesses’ Benevolent Institution (Institución Benéfica para Institutrices). Era una organización destinada a ayudar a quienes enfermaban, envejecían o perdían su empleo, y su existencia dice mucho sobre la vulnerabilidad de una profesión considerada respetable, si bien escasamente protegida.

De esta suerte, no es casual que muchas escritoras que conocieron esa realidad de primera mano antes de dedicarse por completo a la literatura —como es el caso de Charlotte y Anne Brontë—usaran la experiencia en sus obras. Aquel trabajo les permitió observar desde dentro las jerarquías domésticas y las contradicciones de una sociedad que concedía a las mujeres educación suficiente para formar a otros, mas no la independencia necesaria para dirigir sus propias vidas. Curioso, ¿verdad? Y a mi juicio, cruel.

Así, no tardó en convertirse, claro está, en uno de los grandes personajes de la literatura del siglo XIX, ya que su posición resultaba privilegiada. Vivía dentro de la casa, conocía la intimidad de la familia y era testigo de sus conflictos. Esa condición de observadora la hacía especialmente atractiva para los novelistas; ayer y hoy.

The Turn of the Screw, parte 1 publicada como serie en Collier's de enero a abril de 1898

En Jane Eyre (1847), Charlotte Brontë convirtió a una institutriz en protagonista de una novela que cuestionaba muchos de los valores de su tiempo. Jane no posee una belleza singular y tampoco es rica. Ella reclama algo en apariencia más sencillo como es la igualdad y, precisamente por ello, más difícil. Lo que quería era ser tratada con la misma dignidad intelectual y moral que cualquier hombre. Una revolución en toda regla. Si bien la historia de amor con el señor Rochester ha terminado ocupando gran parte del imaginario popular, la verdadera fuerza de la novela está en la defensa de una mujer que se niega a sacrificar su conciencia por seguridad o comodidad.

Ese mismo año, Anne Brontë publicó Agnes Grey, una obra mucho más cercana a la experiencia cotidiana de tantas institutrices victorianas. La hermana pequeña de las Brontë, sin apenas concesiones al romanticismo, retrató el desgaste de una joven obligada a soportar el desprecio de unos niños malcriados y la indiferencia de unos padres que apenas reconocen su autoridad. Más que una novela de aprendizaje, en realidad Agnes Grey puede leerse como el testimonio de una profesión tan respetada en la teoría como precaria en la práctica.

La literatura tampoco retrató a todas las institutrices de la misma manera, por supuesto, y como ejemplo tenemos a Becky Sharp, la inolvidable protagonista de La feria de las vanidades (1847-1848), de William Makepeace Thackeray, que comienza su trayectoria como institutriz, pero está muy lejos del ideal de humildad y sacrificio que la sociedad esperaba de estas mujeres. Inteligente, ambiciosa y dispuesta a ascender socialmente, Becky sirve como ejemplo de cómo la literatura utilizó esta figura para cuestionar algunas de las normas de su tiempo. Su personaje prueba que la institutriz podía ser también una mujer compleja, ambiciosa y digamos que moralmente ambigua, muy lejos del modelo de discreción y docilidad que defendía la sociedad victoriana.

La literatura gótica encontró igualmente en la institutriz una protagonista ideal. Su posición le permitía recorrer todos los espacios de la casa, conocer los secretos familiares y observar lo que otros personajes ignoraban. En Otra vuelta de tuerca (1898), de Henry James, una joven institutriz aislada en una mansión rural cree enfrentarse a una serie de apariciones inquietantes. Más de un siglo después (atención: spoiler) seguimos sin saber si contempla auténticos fantasmas o si asistimos al progresivo deterioro de su mente. Esa incertidumbre funciona precisamente porque la protagonista vive aislada y privada de cualquier red de apoyo.

Con el tiempo, los cambios en la educación y la incorporación de las mujeres a nuevas profesiones hicieron que la figura de la institutriz fuera poco a poco desapareciendo. Sin embargo, continúa despertando interés, sobre todo en las mentes inquietas enamoradas de la literatura victoriana, porque representa una forma muy concreta de invisibilidad. Era una mujer instruida que podía ganarse la vida gracias a su formación y, aun así, seguía ocupando un lugar ambiguo dentro de la sociedad.

Quizá por eso sigue apareciendo, como he dicho al inicio de este artículo, una y otra vez en la literatura, y no como un simple personaje literario del siglo XIX, pues es el reflejo de una pregunta que todavía hoy conserva parte de su vigencia. ¿Qué ocurre cuando una mujer posee educación, inteligencia y criterio propios, pero el mundo sigue empeñado en definirla por el lugar que ocupa en la vida de los demás?

23/09/2026 0 comments
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En cortoEntrevistasEventosMúsicaNoticiasPersonajes

Manuel Moretti (Estelares): “Lo único que me importa es la verdad que esconde una melodía

by Sandra Marquez 05/09/2026
written by Sandra Marquez

Estelares está de gira por Europa presentando Los Lobos, su décimo álbum de estudio: empiezan el 3 de septiembre en Barcelona, dentro de Cosquín Rock, y en cuatro días pasan por Madrid, Londres y Berlín. Aprovechando su paso por Barcelona, hemos hablado con Manuel Moretti, líder y compositor de la banda, sobre la gira, el nuevo disco y treinta años de carrera. Este es un adelanto; la entrevista completa se publicará en el próximo número impreso de Uve Magazine.

Empezáis esta gira europea el 3 de septiembre en Barcelona y, en cuatro días, pasáis por Madrid, Londres y Berlín. ¿Cómo afrontáis una gira tan concentrada y con públicos que, en principio, pueden ser bastante diferentes entre sí?

Manuel Moretti: Mirá, a esta altura de nuestras vidas lo afrontamos, ante todo, con mucha gratitud y como un hermoso juego de resistencia. Es verdad que es una locura: cuatro ciudades en cuatro días, cambiar de hotel, de idioma, de clima mental. Pero el público, en el fondo, no es tan distinto si viene a buscar lo mismo. Nosotros hacemos canciones populares y tanto en Londres como en Berlín tocaremos en salas de 400 personas principalmente para un público argentino. Estelares es una banda de pop-rock que busca la emoción, y la emoción es un lenguaje universal.

La gira llega con Los Lobos, vuestro décimo álbum de estudio. Después de tantos discos, ¿qué tenía que aportar este para que sintierais que valía la pena grabar otro álbum de Estelares?

MM: Cada disco nuevo es, ante todo, una necesidad biológica y de salud mental para mí. Yo compongo todo el tiempo para ganarle a la neurosis, para ordenar el caos que tengo en la cabeza. Los Lobos tenía que aportar frescura y, sobre todo, verdad. No queríamos repetir fórmulas mecánicas. Sentíamos que después de la densidad y el aire apocalíptico de Un mar de soles rojos (que fue un disco muy pandémico), necesitábamos volver a juntarnos como manada a tocar el rock y el pop que nos gusta, con más aire, con más espacio para que respiren los instrumentos.

En tus influencias conviven músicos como Spinetta, Miguel Abuelo o Lou Reed con Leonardo Favio, Roberto Carlos o la tradición de la canción romántica. ¿Te has considerado siempre un músico de rock o te reconoces más como un compositor de canciones?

MM: Yo me reconozco, ante todo y por sobre todas las cosas, como un hacedor de canciones. El rock es una actitud, es una cultura en la que me crié y que me encanta, por supuesto. Adoro a Lou Reed y a Charly García. Pero a mí me conmueve el melodrama, la canción popular melódica. Para mí, Leonardo Favio o Roberto Carlos son tan rockeros y tan inmensos como Spinetta. Lo que yo busco es la melodía perfecta que te estruje el corazón, esa que escuchás en la radio mientras lavás los platos y te hace llorar. Los géneros son etiquetas para las disquerías; a mí lo único que me importa es la verdad que esconde una melodía.

Cuando vuelves a cantar una canción escrita por el Manuel Moretti de hace veinticinco o treinta años, ¿sigues reconociendo a la persona que la escribió o hay momentos en los que te resulta casi ajena?

MM: Es una pregunta muy profunda. Hay momentos en los que me da un poco de pudor o ternura escuchar al Manuel de los 90, porque veo a un tipo roto, desesperado, buscando la salvación a los gritos. A veces me siento ajeno a esa desesperación porque hoy tengo una vida más ordenada, tengo a mis hijas, tengo otra paz. Pero cuando canto esos temas arriba del escenario, la conexión vuelve a ser total. Es como mirar una foto vieja: cambiaste, tenés más arrugas, pero los ojos siguen siendo los mismos.

La entrevista completa a Manuel Moretti, muy pronto, en el próximo número impreso de Uve Magazine.

Imagen de Martín Bonetto

05/09/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellas

La deserción de la luz: El pulso entre Zeus y el titán Sol

by Verónica García-Peña 08/07/2026
written by Verónica García-Peña

En los relatos de esta sección dedicada a las historias de dioses y estrellas, hemos visto cómo el firmamento, muchas veces, ha cobrado vida bajo los caprichos, pasiones y castigos de los grandes dioses olímpicos. Nos resulta sencillo alzar la vista y buscar en el cielo los rastros del arco de Artemisa, la ira desproporcionada de Apolo o las artimañas de Zeus para embaucar a cualquiera de sus amantes. Sin embargo, antes de que los códigos helenos modelaran el deseo de los nuevos inmortales, el universo ya poseía sus propios soberanos. Una estirpe primigenia nacida de la unión del Cielo y la Tierra que regulaba el pulso del cosmos. Eran los titanes.

Es, pues, en ese mapa ancestral, libre de la rigidez de las deidades olímpicas posteriores, donde debemos buscar la verdadera raíz de algunos fenómenos que estremecían a la humanidad, como, por ejemplo, cuando la luz se apagaba de forma imprevista en pleno día. Para los antiguos griegos, ese oscurecimiento súbito —lo que hoy conocemos de forma sencilla como un eclipse— guardaba una relación directa con una divinidad mucho más severa que las veleidades que dominarían después el panteón griego. Era Helios, el titán Sol, culpable de que la noche llegara antes de tiempo y se llevara con ella la luz y el calor.

Para adentrarse en la naturaleza de este miedo, es necesario viajar en el tiempo literario hasta la Teogonía de Hesíodo, gran registrador de los orígenes míticos. Allí se nos presenta a los hijos del titán Hiperión ―cuyo nombre evoca al «que camina por las alturas» y que era el fuego astral primitivo― y de su hermana Tea ―la diosa de la vista y del brillo del éter―. Estos hijos eran Selene, la personificación de la Luna; Eos, la Aurora de rosados dedos; y Helios, el Sol. Descrito este último como una divinidad infatigable coronada por un halo de rayos deslumbrantes que cruzaba el firmamento en un carro de fuego tirado por cuatro corceles flamígeros llamados Flegonte, Éoo, Pirois y Étope, que significan «el ardiente», «el amanecer», «el ígneo» y «el de la mirada encendida».

Nicolas Poussin, Selene y Endymion, 1630

A diferencia de Apolo, que en los siglos posteriores asimilaría sus atributos para convertirse en el regente solar de la poesía y la medicina, Helios era el Sol mismo. Su curso diario era la garantía del orden cósmico, la luz divina que lo veía y lo juzgaba todo sobre la Tierra. Por eso mismo, cuando esa luz universal se extinguía de pronto en mitad de la jornada, el mundo heleno se paralizaba por completo. ¿Qué era lo que pasaba con Helios? ¿Por qué desaparecía?

Para la Grecia antigua, un eclipse solar, sobre todo si este era total, no era un espectáculo astronómico digno de contemplarse solo por curiosidad. Muy al contrario, resultaba un presagio funesto de proporciones poco menos que cataclísmicas. De hecho, nuestra palabra actual «eclipse» deriva del término heleno ekleipsis, que significa literalmente «abandono» o «deserción». Cuando la corona solar desaparecía, los mortales creían que los dioses, enfurecidos por los crímenes, la soberbia o la impiedad de los hombres (hybris), habían decidido dar la espalda a la Tierra, retirando su protección y dejándolos a oscuras en un desamparo absoluto.

Este terror lo relató Archíloco de Paros, pionero de la poesía lírica griega, tras presenciar el histórico eclipse total del 6 de abril de 648 a. C.: «Nada hay más allá de la esperanza, nada que pueda jurarse imposible, nada maravilloso, desde que Zeus, padre de los olímpicos, hizo la noche desde el mediodía, ocultando la luz del sol reluciente, y un miedo doloroso cayó sobre los hombres».

Anton Raphael Mengs, Helios als Personifikation des Mittages, 1765

Para los hombres de aquella época, el poema de Archíloco encerraba un mensaje bastante más complejo de lo que parece. Nos plantea un curioso dilema de jerarquías celestes porque, ¿cómo es posible que Zeus obligara a Helios a apagar el día, si el Sol era un titán anterior a él? La respuesta la encontramos en el nuevo orden político que surgió en el panteón griego tras la guerra entre los dioses y los titanes. Cuando los dioses ganaron, Zeus perdonó a Helios y a sus hermanos ―Selene (la Luna) y Eos (la Aurora)― porque su trabajo diario era imprescindible, pero los dejó bajo su estricta supervisión. Así, cuando la humanidad desataba la furia del Olimpo, Zeus ejercía su autoridad de jefe absoluto y ordenaba retirar la luz, obligando al titán a dar la espalda a la Tierra.

Siglos más tarde, el historiador Heródoto relataría en sus Historias cómo en el año 585 a. C., en plena batalla entre los lidios y los medos, el día se convirtió de pronto en noche y ambos ejércitos interpretaron la oscuridad como una orden directa de los dioses para detener la matanza, por lo que dejaron las armas y firmaron un tratado de paz cimentado en alianzas matrimoniales. Para unir a los dos pueblos casaron a la princesa Aryenis de Lidia con el príncipe heredero Astiages de Media. Una boda de conveniencia política de la que, cosas del destino, nacería el linaje del futuro Ciro el Grande, fundador del Imperio persa.

Con el paso del tiempo, el velo del mito empezó a convivir con los primeros destellos de la razón científica y los griegos comenzaron a intuir que la desaparición de Helios no se debía a un arrebato de ira olímpica, más bien a la interposición silenciosa de su hermana Selene, la Luna, cuya órbita cruzaba la trayectoria del disco solar. No lo hacía por castigar a la humanidad, sino siguiendo el inamovible baile celeste que la llevaba a ocultar el rostro de su hermano durante unos minutos. La historia de amor y mitos de Selene es, sin duda, a mi parecer, una de las más bellas y también turbadoras del firmamento, pero esa es una crónica que dejaremos para otro día.

Ingenios posteriores como el mecanismo de Anticitera —considerado el primer ordenador analógico de la historia, inventado por sabios de la Grecia helenística hacia el siglo II a. C.— permitieron calcular estos ciclos con precisión; si bien la fascinación espiritual ante el fenómeno jamás desapareció de la cultura helena y tampoco de la del resto del mundo. En la antigua China, donde los astrónomos imperiales se jugaban la vida si fallaban en predecir estos hechos, se creía que un dragón cósmico estaba devorando el astro; y en la mitología nórdica se temía que el temible lobo Sköll —cuyo nombre significa «traición» y que encarnaba las fuerzas del caos primitivo— estuviera a punto de dar caza a la diosa solar tras una persecución incansable a través de los cielos, un triste presagio que para ellos anunciaba el fin del mundo o Ragnarök. En las sagas germánicas, la personificación del astro rey era femenina.

Así pues, el próximo 12 de agosto, al atardecer, cuando la Luna cubra el Sol y su luz se apague, os invito a recordar que ese oscurecimiento momentáneo, hoy convertido en fenómeno a retratar para compartir en redes sociales, fue durante siglos motivo de terror para millones de personas en el mundo antiguo. Contempladlo, pues, como una prueba que nos recuerda que la naturaleza sigue dictando sus propias leyes, ajena a la vanidad actual de los mortales.

08/07/2026 0 comments
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En cortoEntrevistasLiteraturaNoticias

Guardianas de las tierras del norte: la mitología femenina vasca y asturiana

by Sandra Marquez 01/07/2026
written by Sandra Marquez

Hay una manera recuperar la mitología que no pasa por los libros de texto ni por las enciclopedias ilustradas. Pasa por los pueblos, por la montaña, por la tradición oral que sobrevivió a duras penas al franquismo y que todavía hoy se conserva gracias a quienes decidieron que valía la pena documentarla. Guardianas de las tierras del norte nació del caminar, de la escucha y de la convicción de que hay una mitología vasca y asturiana que merece ocupar el lugar que siempre debió tener. Detrás están Verónica García-Peña y Javier Solís, que se conocieron en la radio y desde ahí construyeron una afinidad que acabó en libro. Él es historiador y lleva años rastreando la etnografía asturiana en rutas de montaña y archivos. Ella es escritora, socióloga y periodista, con una obra que va del misterio histórico al realismo mágico vasco.

¿Cómo acabasteis escribiendo juntos?

Verónica: En agosto de 2022 estuve presentando un espacio en la radio para cubrir una sustitución. Ahí coincidí con Javi, al que semanalmente entrevistaba. Al terminar la etapa veraniega, nos invitaron a poner en marcha una sección dedicada a la literatura y la gastronomía. Fue entonces cuando le propuse a Javier: «Oye, ¿por qué no hacemos esto juntos?».

Javier: Verónica es muy divertida y explica genial, le da ritmo.

Verónica: Yo me hice periodista por la radio. Lo primero que aprendí fue a hacer informativos a una velocidad supersónica, no dejar espacio en blanco, reírte de ti mismo cuando te equivocas y salir al paso. Eso luego te ayuda a hacer presentaciones, entrevistas… La radio es una gran escuela.

Javier, tu trabajo como historiador está muy centrado en la mitología y la etnografía asturiana. ¿Cómo llegaste hasta ahí?

Javier: Va todo un poco de la mano. La etnografía, la mitología, la tradición oral… al final está todo en el mismo saco. A mí me gusta mucho caminar la montaña, y cuando preparas una ruta y llegas a un pueblo determinado empiezas a encontrar relatos. Como me gustaban autores como Alberto Álvarez Peña, fui tirando del hilo y ahí me quedé enganchado.

Guardianas de las tierras del norte parte de una premisa que recorre todo el libro: que la mitología asturiana y la vasca comparten una misma raíz matriarcal, una visión del mundo en la que lo femenino crea la naturaleza y la gobierna. Antes de que la Iglesia y los siglos las convirtieran en superstición o amenaza, estas figuras —diosas, curanderas, guardianas de la naturaleza— ocupaban un lugar central en la manera de entender lo inexplicable.

El libro tiene una estructura muy particular: bloques divulgativos y relatos de ficción. ¿Cómo organizasteis ese proceso de trabajo?

Javier: Yo preparaba la parte divulgativa para que Verónica hiciera el texto de ficción. Ella esperó a tener todos los bloques antes de escribir los cuentos.

Verónica: No quería empezar sin saber exactamente de qué iba a ir cada bloque, para no repetirme. Y cuanta más documentación tienes, más sencillo es, porque la vas dividiendo.

Javier: Lo que yo hacía era preparar el texto divulgativo, que ya llevaba cosas en euskera. Verónica hacía una corrección de estilo para que todo tuviera una misma voz, y añadía además todo lo que tenía que ver con el euskera desde su conocimiento. Por eso el texto tiene esa sensación de unidad.

Al principio el libro no iba a ser solo de criaturas femeninas. ¿Cómo llegasteis a ese enfoque?

Javier: Al principio no estaba tan concretado. Una vez que ya teníamos empezado el proceso, Verónica me hizo una sugerencia sobre centrarlo en las criaturas femeninas y le di una vuelta.

Verónica: Si no lo acotabas acababa siendo una enciclopedia. Inabarcable. ¿Qué lo diferencia de cualquier otro libro de mitos? En cambio, estar centrado solo en las criaturas femeninas de la mitología vasca y asturiana lo hace especial.

El resultado es un ensayo híbrido que pone en diálogo dos tradiciones hermanas desde una perspectiva que reivindica el papel central de lo femenino en su origen. Frente a la imagen heredada —la sirena que seduce para perder a los hombres, la vieja hechicera acusada de herejía— el libro rastrea lo que estas criaturas significaban antes de que alguien decidiera que eran peligrosas.

La parte lingüística es uno de los aspectos más llamativos del libro. ¿Cómo decidisteis qué términos conservar en euskera o en asturiano y cuáles adaptar?

Hay una nota al principio del libro que explica los criterios para los nombres de los personajes. Fue uno de los puntos de más debate.

Verónica: Decidimos emplear el nombre más conocido, el que la gente reconoce. Por ejemplo, xana se puede traducir como la encantada, pero eso no lo conoce nadie. Y luego estaba el problema de la pronunciación: hay palabras en euskera que rompen el texto si no las sabes pronunciar bien, y es muy fácil que no las sepas. Eguzki, por ejemplo: la z se pronuncia como s, es eguski, pero la gente lo lee como lo ve escrito. Con sorgina pasa algo parecido: en un texto en castellano ralentiza la lectura. Había muchas cosas así, y decidíamos caso por caso.

Javier: Las fuentes que yo manejo aparecen con los términos en euskera y en asturiano tal cual. No es una decisión arbitraria, es que la fuente lo dice así.

 

Las lamias, por ejemplo, tienen características muy distintas a lo que solemos imaginar. Las lamias de la mitología vasca tienen pies de pato. Un detalle que sorprende y que varía según la zona.

Verónica: Para mí siempre han sido así, con pies de pato. En la tradición vasca es uno de sus rasgos más conocidos.

Javier: A mí me pareció muy curioso cuando lo descubrí, precisamente por eso, porque es algo muy específico de allí. Yo las imaginaba con garras, como las lamias clásicas, lo que en el libro se recoge muy bien en las ilustraciones.

Cada capítulo del libro se cierra con un cuento original escrito por Verónica García-Peña, que recoge el aire de las leyendas antiguas y lo prolonga en historias nuevas. Son relatos ambientados en 1936-37, una época en la que no solo murieron personas: también costumbres, tradiciones y formas de entender el mundo.

¿Cuánto tiempo llevó hacer el libro?

Javier: Bastante. Yo también trabajo en una fábrica, no me dedico solo a esto. Empezamos en el otoño del 22 y lo terminamos en las navidades del 24. Dos años tranquilamente.

Verónica: Y luego se quedó en barbecho durante una buena temporada. Después lo volví a imprimir entero y lo releí todo. Y ahí cambié muchas cosas. Los cuentos que están en el libro no son los del principio. Los escribes de una manera, los dejas reposar, los vuelves a coger y dices: esto no suena bien. Hasta que los ves terminados. De hecho, al que más vueltas di fue al de la sirena. No tenía claro si ponerle nombre al pueblo o no. Quería que la sirena tuviera unas características muy concretas, diferentes a lo que estamos acostumbrados, pero no sabía cómo hacer que encajara todo hasta que de repente lo vi. Muchas veces, con la ficción, estás dándole vueltas a una idea y te falta algo. A ese cuento le faltaba algo, y cuando lo encontré, estuvo completo.

Los cuentos están ambientados en 1936-37. ¿Por qué esa época?

Verónica: Cuando se instauró el nacionalcatolicismo no solo se guardaron en el cajón ideologías políticas: también muchas tradiciones y costumbres de los pueblos. Entre ellas, todo lo que tiene que ver con la mitología.

Verónica: Lo curioso es que en el País Vasco hay costumbres que se mantuvieron más tiempo, o que aunque se guardaron en el cajón, en las casas, en los pueblos pequeños, se seguían celebrando o se seguían creyendo. Tiene mucho que ver con el aislamiento geográfico. En las zonas más cerradas se mantienen más las costumbres.

¿Habéis pensado ya en continuar el proyecto?

Javier: Si no nos copian la idea…

Verónica: Muchísimas, porque el universo mitológico de ambas tierras es inmenso. Lo fundamental de este proyecto es que ya hemos asentado una primera base escrita y bien documentada. Salir a rescatar estos relatos de la tradición oral nos ha permitido dejar un testimonio sólido sobre el que poder seguir construyendo en el futuro.

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Historias de dioses y estrellasPersonajes

Apolo y Jacinto: un amor grabado en los pétalos y las estrellas

by Verónica García-Peña 04/06/2026
written by Verónica García-Peña

En el Olimpo no siempre era Zeus, rey de reyes, el que se encaprichaba de jóvenes, ninfas o criaturas terrenales a las que quería poseer a toda costa y como fuera. Otros dioses también lo hacían. Uno de los casos más llamativos, quizá por la pureza de su pasión según algunas fuentes clásicas, es el de Apolo, uno de los doce grandes dioses olímpicos que gobernaban el panteón supremo, y que se enamoró de un hermoso espartano llamado Jacinto.

Como hijo directo de Zeus y de la titánide Leto, Apolo era el dios de la luz, el sol, la música, la poesía, la medicina y la profecía, y encarnaba la armonía y la belleza ideal. Era uno de los inmortales al que más atributos positivos se le adjudicaban en los templos, aunque también poseía, claro está, un lado oscuro marcado por una terrible ira y una sed de venganza desproporcionada. Según los primeros mitógrafos, esta oscuridad era visible en castigos tan crueles como el desollamiento del sátiro Marsias o la despiadada matanza de los catorce hijos de Níobe ―reina de Tebas que fue sancionada de tal modo por compararse con los dioses―; pero hoy no vamos a hablar de su lado oscuro. Hoy hablaremos de su luz.

El escenario de este idilio se sitúa concretamente en la mítica región de Laconia, en el sur de la península del Peloponeso. Allí, en una Esparta previa a la severidad militar que la haría famosa siglos después —pues los mitógrafos suelen situar estos acontecimientos en los tiempos legendarios previos a la Guerra de Troya—, vivía Jacinto. Según diferentes textos antiguos, se le vinculaba tanto al rey Amiclas como a la musa Clío ―la divinidad encargada de registrar la historia y la memoria de los hombres—, lo que justificaba que por sus venas corriera una mezcla de nobleza terrestre y gracia artística. El joven poseía un atractivo tan deslumbrante que no tardó en llamar la atención de Apolo quien, encandilado por su belleza, decidió abandonar temporalmente sus sagrados santuarios de Delfos y Delos para bajar a la Tierra y vivir como un mortal más.

Céfiro y Jacinto, en un vaso ático. Museo de Arte de Boston

Los poetas clásicos, como Ovidio, narran con admiración cómo el gran dios olímpico no se avergonzaba de rebajarse a portar las redes de pesca del príncipe, guiar a sus perros de caza por las laderas boscosas del monte Taigeto o acompañarlo en sus entrenamientos atléticos, entregado por completo al embelesamiento que sentía por su amante espartano. Sin embargo, aquel amor entre un dios y un mortal quedó sentenciado a morir una tarde en la que el despecho se interpuso entre ellos. ¿Cómo? ¿Qué ocurrió?

La dicha de la pareja despertó los celos de Céfiro, que era la personificación del viento del oeste, un dios menor de la naturaleza que también suspiraba en secreto por el afecto del joven espartano y no soportaba verse rechazado en favor del deslumbrante dios del sol. Así las cosas, una calurosa tarde de verano, mientras Apolo y Jacinto se ejercitaban desnudos en el lanzamiento de disco, untados en aceite como dictaba la costumbre helena —esto refleja los códigos estéticos de la cultura griega, donde el gimnasio y la desnudez atlética eran espacios sagrados en los que florecía el deseo masculino y los vínculos más profundos—, Apolo lanzó el pesado disco de bronce hacia lo alto con toda su fuerza divina para impresionar a su amante. El redondel partió las nubes demostrando su extraordinario poder, y fue en ese momento cuando Céfiro vio su oportunidad de intervenir.

La poesía épica de Ovidio en Las metamorfosis detalla cómo, con un viento furioso cargado de resentimiento, Céfiro desvió la trayectoria del disco de Apolo en pleno descenso, haciéndolo caer con fuerza sobre el rostro de Jacinto. El joven, que corría dichoso para atraparlo, no pudo reaccionar a tiempo y el impacto del metal fue tan violento que lo hirió de muerte.

La muerte de Jacinto, óleo sobre lienzo de Jean Broc (1801, Museo Sainte-Croix, Poitiers)

La caída del joven espartano desató una desesperada carrera contra el destino. Apolo corrió a sostener el cuerpo inerte de su amante entre sus brazos, tratando de contener la hemorragia, y aplicó sobre la herida todas las hierbas medicinales y ungüentos divinos que conocía. Sin embargo, nada pudo hacer el dios de la medicina, el sanador supremo del universo clásico, ante las leyes de la muerte mortal. Una de las ironías más crueles del Olimpo. La vida de Jacinto se extinguió, pues, en sus manos como «una flor tronchada por el peso del granizo», diría Ovidio. Desolado, el dios de la luz maldijo su propia inmortalidad y, en su dolor, se rebeló contra el orden natural de la muerte. Se negó a que el alma del joven descendiera al Hades, el tenebroso reino donde iban a parar de forma irrevocable todos los muertos, fuera cual fuera su condición, y donde los reyes se convertían en iguales a los esclavos, y los héroes quedaban reducidos a sombras anónimas.

Mucho lo lloró porque, como he dicho, lo amaba. ¿Era amor de verdad o un capricho más de los dioses? Según a quién consultemos, recibimos una respuesta diferente, pero, por una vez, quiero pensar que el amor, a su manera, estuvo presente en esa relación. Después, Apolo, para arrancar el recuerdo de su amante de las garras del olvido, obró un milagro sobre la tierra empapada. De la sangre derramada del príncipe no brotó maleza alguna. Ninguna mala hierba tenía permiso para enraizar allí. En su lugar, nació una flor nueva y muy bella, de color púrpura: el jacinto. Las lágrimas de Apolo cayeron sobre la flor y escribieron en sus pétalos las letras «AI, AI» —dolor y lamento que en el griego antiguo significa «¡ay, ay!» o «¡lástima!»—, dejando grabada su pena para siempre en la naturaleza.

De hecho, este lamento estampado convirtió al jacinto en un símbolo clásico de luto y melancolía. Tanto es así que en Esparta se celebraban cada año las Jacintias, unas fiestas donde el primer día se dedicaba al recogimiento, y la flor presidía un riguroso duelo nacional. Para los poetas de la literatura clásica posterior, desde las líneas de Ovidio hasta los autores alejandrinos, el jacinto púrpura se consideró un emblema de compasión ante la muerte temprana de la juventud. Hay que aclarar que este jacinto, con probabilidad, no es el que comúnmente vemos en floristerías y otras tiendas, sino el lirio silvestre, la espuela de caballero o, dicen algunos investigadores, el gladiolo de Bizancio, cuyos pétalos parecen tener marcas que podrían ser asociadas a las letras que Apolo escribió en su flor. 

El duelo del dios del sol, no obstante, no se satisfizo con un tributo terrenal, por hermoso que este fuera, pues no quería que el tiempo, que todo lo marchita en la Tierra con sus ciclos estacionales, acabara con la flor que era el recuerdo de su amor. Trasladó su lamento hacia el firmamento, donde los mitos clásicos se vuelven inmortales. De esta forma, tal y como narra el poeta Nono de Panópolis sobre su apoteosis —esa concesión de la inmortalidad que transformaba a un mortal en un dios— y su definitivo recibimiento en el Olimpo, Apolo elevó el alma pura de Jacinto en un carro celeste, rescatándolo del olvido para siempre.

El rastro de este idilio se proyecta de forma metafórica en la constelación de la Lira, instrumento sagrado de Apolo, que descansa en el firmamento junto a la del Cisne. Estas constelaciones, junto a la del Águila, dominan el cielo septentrional formando el famoso Triángulo de Verano: una gigantesca figura geométrica imaginaria que une las estrellas más brillantes del estío, que son Vega (que corona la Lira), Deneb (en el Cisne) y Altair. Esta última es la joya de la constelación del Águila, que personifica al ave sagrada y brazo ejecutor de los caprichos de Zeus.

Bajo este cuadrante, los griegos veían pues el luto del dios Apolo, pero al otro lado del mundo, la astronomía china interpreta la estrella Vega como la tejedora celestial Zhinü, atrapada en una historia de amor prohibido y separada de su amante por el gran río de la Vía Láctea. Asimismo, los astrónomos árabes medievales veían en la Lira un águila imperial con las alas recogidas en pleno descenso; un ave llamada en su lengua al-Nasr al-Wáqi‘, que se traduce literalmente como «el águila que cae» o «el buitre que se posa». Una expresión cuya última palabra, wáqi‘ (que significa «cae» o «se posa»), derivó por deformación fonética medieval en el nombre actual de la estrella Vega.

Sin embargo, cuando el estío madura y las constelaciones alcanzan su punto más alto, para la tradición occidental, ese Triángulo de Verano sigue siendo el mapa estelar de un romance truncado. Es entonces cuando sentimos, por un momento, que el dios del sol vuelve a abrazar a su amado espartano en el lienzo eterno de la noche; un refugio definitivo donde la muerte terrenal ya no puede alcanzarlos.

 

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Historias de dioses y estrellas

Ganímedes y el precio de la belleza eterna

by Verónica García-Peña 26/05/2026
written by Verónica García-Peña

En los relatos griegos, tendemos a pensar que los caprichos de los dioses se ensañan únicamente con las mujeres de la Tierra, sean estas mortales o no. Sin embargo, el Olimpo también extendió su apetito sobre la juventud masculina, dejando claro que ningún destello de hermosura estaba a salvo de la voracidad divina. Uno de los ejemplos más distintivos de este asedio lo encarna Ganímedes, un príncipe troyano cuyo atractivo no le procuró gloria, ni reinos ni herederos, como cabría suponer. Convertido en un gran exponente del deseo homoerótico en el imaginario heleno, su belleza cautivó de tal forma al rey del Olimpo que lo transformó en el más célebre amante mortal varón al que se concedió la inmortalidad.

Para adentrarse en este mito, es necesario viajar en el tiempo hasta las llanuras de la mítica Troya, mucho antes de que sus murallas fueran pasto de las llamas. Si atendemos a la cronología mítica, la vida de nuestro protagonista se situaría en algún punto del siglo XIV antes de nuestra era. Allí vivía Ganímedes, hijo del rey Tros —el monarca que daría nombre a la propia ciudad— junto a sus hermanos mayores Ilo y Asáraco. Los poetas antiguos, desde Homero en el canto XX de su Ilíada hasta Virgilio en la Eneida, coinciden en describirlo como el ser mortal más hermoso que jamás hubiera pisado la Tierra. Su belleza poseía una gracia pura, una luz que encandilaba a cuantos lo miraban mientras pastoreaba los rebaños de su padre en las laderas boscosas del monte Ida.

En el mundo antiguo, destacar entre los demás por cualquier cualidad —ya sea la fuerza o la hermosura— equivale a ponerse en el punto de mira de los dioses. Bastó por lo tanto una sola mirada de Zeus para que este pensara que aquel joven tan bello era un objeto precioso que debía pertenecerle.

En la versión más difundida del mito, recogida por Ovidio en Las metamorfosis, el rey del Olimpo decidió transformarse en una inmensa águila de poderosas garras y plumaje oscuro. Descendió de los cielos como un torbellino de viento sobre el monte Ida y, antes de que el joven pudiera siquiera entender lo que estaba pasando, se lo llevó consigo. Los textos antiguos destacan que el ave, a pesar de su fuerza y velocidad, lo elevó con tal delicadeza que sus afiladas garras ni siquiera rasgaron la piel del príncipe ni vertieron una sola gota de su sangre.

El rapto de Ganimedes, de Rubens (1636-1638).

Tras el rapto, Ganímedes fue transportado a las cumbres del monte Olimpo. Aquel viaje borró de golpe el futuro de un infante que ya nunca llegaría a gobernar su tierra, y al que se le arrebató la oportunidad de tener una vida normal o de envejecer junto a su familia. En su lugar, Zeus le concedió la inmortalidad y la eterna juventud, lo que podría parecernos un privilegio divino, pero que no lo fue en absoluto. Ganímedes sustituyó a Hebe —diosa de la juventud e hija de Zeus y Hera— en la tarea de escanciar el néctar y la ambrosía en las copas de los dioses. Una servidumbre que sería perpetua.

Mientras tanto, abajo, en la Tierra, el rey Tros pasó días llorando la misteriosa desaparición de su hijo menor, sin saber si estaba vivo o muerto. Al ver su llanto, tal y como relata Homero en la Ilíada, y como se recoge también en los Himnos Homéricos, «Zeus se apiadó de él y le dio como rescate por su hijo unos caballos de paso ligero, de los que transportan a los inmortales», y envió a Hermes —el dios mensajero de los olímpicos— para explicarle que el joven sería inmortal y estaría exento de la vejez. De este modo, el luto del rey se transformó en orgullo dinástico, aceptando los caballos y la glorificación de su hijo como el mayor honor al que su linaje podía aspirar.

Sin embargo, el Olimpo nunca fue un jardín de paz para los recién llegados. La presencia del joven troyano desató la furia de Hera, esposa legítima de Zeus, porque Ganímedes compartía el lecho de su esposo y, además, le había usurpado el puesto de copera a su hija Hebe. Desde entonces, el príncipe tuvo que aprender a caminar sobre el mármol del palacio bajo la siempre peligrosa mirada de Hera, pues sabía que su vida (aunque fuera inmortal) dependía exclusivamente de la voluble fascinación de su captor.

El tiempo, que en el Olimpo no transcurre pero en la Tierra todo lo transforma, acabó por reubicar este particular arrobamiento en las estrellas. Ganímedes sirvió fielmente como copero durante generaciones, viendo pasar la historia de los hombres desde la distancia divina, mientras la furia de Hera se apaciguaba con los siglos. El final de su servidumbre en el palacio no llegó a causa de un castigo o de una muerte trágica, como suele ser habitual en el universo griego. Fue el propio Zeus quien no quiso que el joven troyano se marchitara o volviera a la Tierra una vez agotada su función junto a los olímpicos, por lo que prefirió inmortalizarlo en las estrellas.

Por un lado, el soberano elevó al firmamento la constelación del Águila (Aquila), que brilla con fuerza en el cielo septentrional durante los meses de verano y otoño en el hemisferio norte. Este grupo de estrellas, coronado por el brillo de Altair (la más brillante), Alshain y Tarazed, inmortaliza para siempre la silueta del ave imperial en la que Zeus se transformó para raptar a Ganímedes en el monte Ida. Por otro, transformó al joven troyano en la constelación de Acuario, el portador del agua. En los mapas celestes, el joven aparece dibujado vertiendo siempre el néctar de los dioses hacia la constelación del Pez Austral (Piscis Austrinus). El chorro de luz apunta de forma directa a su estrella principal, Fomalhaut, cuyo nombre proviene del árabe y significa literalmente «la boca del pez».

Mientras los griegos imaginaban a un copero, pueblos africanos como los bosquimanos San alzaban la vista a esa misma sección del cielo para identificar en sus destellos la silueta de !Khwa, la deidad del agua. Según sus tradiciones, este ser adoptaba en el firmamento la forma del Toro de la Lluvia, una colosal criatura celestial que derramaba su líquido vital sobre la sabana para marcar el inicio de la temporada de abundancia. Al otro lado del mundo, diversas culturas de la América precolombina interpretaban la llegada de estas constelaciones en el firmamento como el aviso natural del inicio de la estación de lluvias y la renovación de la tierra. Así pues, para la humanidad, sea cual fuera su territorio, mirar a este rincón del cielo siempre ha significado la búsqueda del agua, ya sea en forma de lluvia vital para los cultivos o como el néctar inmortal de los dioses griegos.

Asimismo, la huella de este mito es tan honda que ha esculpido nuestro propio lenguaje. Durante siglos, la literatura ha utilizado el término «catamita» para referirse específicamente a los jóvenes masculinos que se convertían en objeto de deseo, dejando así una constancia histórica de la naturaleza de su rapto. ¿Por qué? Porque el nombre original del príncipe troyano sufrió numerosas transformaciones al ser adoptado primero por los etruscos y, posteriormente por los romanos, cuyo latín derivó el nombre en Catamitus. Dado que en la antigua Roma se utilizaba esta figura para describir el rol pasivo o el objeto de deseo en las relaciones masculinas, con el tiempo la palabra se desligó del personaje original y el término pasó a la literatura como un sustantivo común para referirse a ese perfil específico de joven.

Pero este rastro no quedó encerrado únicamente en los diccionarios. Si alejamos la vista de las palabras y de las titilantes constelaciones y miramos hacia el gigante planeta Júpiter —el Zeus de los romanos—, descubriremos un pequeño punto brillante que danza a su alrededor. Es Ganímedes, la mayor de las lunas galileanas y el satélite más grande de nuestro sistema solar. Un mundo de roca y hielo atrapado de forma eterna por la gravitación de su colosal captor, recordándonos que, a veces, tal vez los hilos de la gravedad y de la mitología obedecen a la misma lógica de arrastre.

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Historias de dioses y estrellas

El asedio de las Pléyades: las siete ninfas que huyeron hacia la eternidad

by Verónica García-Peña 07/05/2026
written by Verónica García-Peña

Mirar al cielo en una noche despejada nos produce siempre, es inevitable, una sensación de misterio, especialmente si fijamos la vista en un punto muy concreto dentro de la constelación de Tauro. Allí brilla un apretado grupo de estrellas que parece formar una pequeña neblina luminosa. Son las Pléyades, conocidas popularmente como las siete hermanas. A pesar de su reducido tamaño en la inmensidad celeste, este cúmulo esconde una de las historias más ricas y dramáticas del mundo antiguo.

Estas siete jóvenes, llamadas Maya, Electra, Taigete, Celeno, Alcíone, Estérope y Mérope, eran ninfas de las montañas e hijas de la oceánide Pléyone y del titán Atlas —el gigante que lideró la guerra de los titanes contra los dioses olímpicos y a quien Zeus condenó a cargar la bóveda celeste sobre sus hombros tras perder—. Al igual que otras ninfas como Calisto —convertida en la Osa Mayor—, formaban parte del cortejo sagrado de Artemisa. La diosa de la luna y de la caza exigía a sus seguidoras que conservaran su pureza intacta, obligándolas a mantener una devota castidad. Sin embargo, en el mundo de los mitos griegos, ni el amparo divino bastaba para escapar del deseo de los dioses, la ambición de los humanos o de la carnal mirada de gigantes como Orión.

Para quienes se acerquen por primera vez a estos mitos, cabe recordar que este gigante era un arquero de fuerza y belleza extraordinarias, cuya soberbia le llevó a la muerte y a convertirse en una de las constelaciones más famosas del firmamento. Pero antes de que esto pasara, y según la tradición clásica recogida por Higino en su Astronomía, el cazador se obsesionó en extremo con las siete hermanas tras encontrarlas junto a su madre en un claro del bosque, y comenzó a perseguirlas sin tregua a través de Beocia, región situada en la Grecia central.

Elihu Vedder, The Pleiades,1885

Desesperadas por el acoso y temiendo que el gigante mancillara su pureza, las jóvenes suplicaron ayuda, pero Artemisa no intervino. La diosa, fascinada por las habilidades de Orión y compartiendo con él un profundo afecto —el poeta Ovidio en sus Fastos sugiere que lo veía como su único igual—, prefirió ignorar el deseo que consumía, día tras día, a su gigante compañero. Esta inacción divina dejó a las hermanas en una vulnerabilidad absoluta frente al cazador y a otros que también las miraban con ojos anhelantes.

La persecución se prolongó durante años y, agotadas de huir a pie y sin ayuda, las ninfas decidieron saltarse la jerarquía de su señora y suplicaron ayuda directamente al rey del Olimpo. Una ayuda que, según la célebre Biblioteca mitológica de Apolodoro, llegó tarde para proteger su castidad, ya que, lejos de mantenerse vírgenes, ya habían sido forzadas a unirse con dioses poderosos durante la huida.

Así pues, tres de las siete hermanas sufrieron los caprichos del propio Zeus. En el caso de Taigete, el historiador Pausanias relata que el dios la forzó aprovechando su debilidad física debido a la caza de Orión. De este encuentro nació Lacedemón, que sería el héroe fundador de Esparta. Por su parte, la mayor de las hermanas, Maya, fue poseída en la profunda oscuridad de una cueva del monte Cilene, situado en la montañosa región de Arcadia. Fruto de esta unión nació Hermes, dios mensajero y protector de los comerciantes y pastores, y también de los ladrones. La tercera fue Electra, sobre quien Zeus impuso su divina autoridad engendrando a Dárdano, antepasado directo de los reyes de la futura Troya.

Mas el asedio divino no terminó ahí, pues otras dos de las hermanas, Celeno y Alcíone, fueron tomadas por Poseidón, dios del mar y hermano de Zeus. Como resultado nacieron Lico y Eurípilo en el caso de Celeno, e Hirieo en el de Alcíone; hombres que se convertirían en monarcas y fundadores de ciudades míticas. Estérope, por su parte, se unió a Ares, el dios de la guerra, alianza de la que nacería el rey Enómao de Pisa. La única que no se entregó a una deidad fue Mérope, quien se casó con un rey mortal, Sísifo. En consecuencia, la castidad jurada desapareció porque el mundo al que fueron expulsadas, por culpa de la persecución de Orión, se la arrebató. No obstante, tenemos que tener claro que no todas las uniones aquí narradas pertenecen a un mismo relato, sino a diferentes momentos y leyendas que el tiempo fue entrelazando alrededor de sus nombres y su historia.

De regreso al acoso de Orión, su fijación por unas mujeres que ya eran las madres de algunos hijos de Zeus fue lo que finalmente impulsó al rey del Olimpo a actuar. Escuchó las plegarias de las ninfas y las transformó primero en palomas —las peleiades, juego de palabras recurrente en los textos griegos— para que pudieran remontar el vuelo y alejarse del gigante. Como esto no era suficiente porque el perseguidor aún podía alcanzarlas, según cuenta el propio Apolodoro, finalmente las elevó al firmamento en forma de estrellas. Las colocó en la constelación de Tauro, donde hoy podemos verlas. Un toro que las guarda y que para algunos representa al propio Zeus disfrazado.

Pleiades Sidereus Nuncius Galileo

Conviene señalar que, como suele ocurrir en la mitología clásica, la de las Pléyades no es la única historia posible para justificar lo que vemos en el cielo. Otras leyendas totalmente distintas se dibujaron sobre la constelación de Tauro para explicar la presencia de este imponente animal. Es el caso del rapto de la princesa Europa —como recogen Eratóstenes o Higino—, la de la amada Ío transformada en ternera para ocultarla de Hera —según los versos de Ovidio—, o el indomable Toro de Creta al que se enfrentó Hércules y que detalló Apolodoro en sus crónicas. Pero esas… esas son ya otras historias.

Mas el firmamento es caprichoso y, al margen de estas leyendas, nos dejó una suerte de recordatorio de la obsesión del gigante Orión por las ninfas, pues a pesar de que el ascenso del cazador a los cielos respondió a su propio e independiente mito de muerte, si nos fijamos bien al mirar a lo alto, su imponente constelación parece perseguir siempre a las Pléyades en su viaje diario por el horizonte, mientras el Toro se interpone para defenderlas de su acoso.

Toda esta red de uniones e historias cruzadas alimentó la literatura del mundo antiguo y trajo también consecuencias celestes directas; y es que si algo fascina a los astrónomos es que este cúmulo de estrellas es conocido universalmente como las siete hermanas, pero a simple vista el ojo humano solo suele percibir con claridad seis de ellas. ¿Por qué? Para dar respuesta a esta anomalía visual distintas culturas han creado sus propias interpretaciones. Los helenos justificaban esta ausencia afirmando que Mérope era la estrella que brilla con menor intensidad debido a la vergüenza y tristeza que sentía por haberse casado con un mortal en lugar de con un dios. Otras versiones, sin embargo, sugieren que la desaparecida es Electra, quien se cubrió el rostro con un velo tras la caída de Troya, la ciudad que fundó su propio hijo.

Esta misma fascinación por ‘la hermana perdida’ despertó la imaginación de otros pueblos muy alejados del Mediterráneo. En Norteamérica, la tradición del pueblo Nez Perce, una tribu indígena de las mesetas de los actuales estados de Idaho y Oregón, cuenta una historia muy similar sobre la estrella que falta. Según sus relatos, una de las siete jóvenes se enamoró perdidamente de un hombre mortal. Tras la muerte de este, el dolor de la ninfa y las burlas de sus propias compañeras hicieron que se cubriera el rostro con un velo, ocultando para siempre su brillo de los ojos del mundo.

 Como curiosidad, en el folklore aborigen de Australia también existe el mito de las ‘Siete Hermanas’ —conocido en muchas comunidades como Kungkarangkalpa—, donde se dice que la séptima está escondida o asustada huyendo de un acosador celeste llamado Nyiru, quien se asocia a menudo con la figura de Orión. Por otro lado, en el antiguo Egipto, se referían a ellas como las Pesedjet y las vinculaban con las ‘Siete Hathors’, deidades que determinaban el destino de los recién nacidos. También en la Biblia hay referencias explícitas a las Pléyades cuando se dice en el libro de Job que «Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades, y los lugares secretos del Sur (…)».

Así pues, estas hermanas sirven como guía para navegantes y calendarios agrícolas desde la antigüedad. El poeta Hesíodo, en su obra Los trabajos y los días, advertía que su salida al alba marcaba el inicio de la siega, mientras que su puesta indicaba el momento de arar. También el propio Homero las menciona tanto en la Ilíada —al describir el escudo de Aquiles— como en la Odisea, donde las sitúa como brújulas celestes para que Odiseo regrese a casa. Además, están representadas incluso en algunas de las manifestaciones artísticas más antiguas que conservamos. En las Cuevas de Lascaux, en la región francesa de la Dordoña, por ejemplo, algunos investigadores creen identificar un posible conjunto de puntos asociado a las Pléyades en pinturas magdalenienses datadas en torno al 17.000 a. e. c. (antes de la era común). Esto convertiría a este cúmulo en uno de los primeros objetos celestes documentados por el ser humano.

Al observar el cielo, pues, comprendemos que el firmamento es, además de un mapa de navegación, un libro infinito en el que moran los miedos, amores y lealtades de la humanidad, así como sus más grandes leyendas. Por favor, levantad la vista más a menudo hacia él. Las Pléyades siguen ahí, brillando tímidas en su rincón de Tauro, para recordarnos que las historias nunca mueren si alguien se detiene a mirarlas.

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Historias de dioses y estrellas

La ninfa de Arcadia atrapada en la Osa Mayor

by Verónica García-Peña 29/04/2026
written by Verónica García-Peña

El firmamento es un enorme lienzo en el que, además de la memoria de grandes héroes y cazadores, reposan las tragedias de quienes, por caprichos olímpicos, lo perdieron todo. Entre la inmensidad de las constelaciones que dominan el hemisferio norte, la Osa Mayor brilla con una luz ciertamente señorial; sin embargo, detrás de sus siete estrellas principales no hay una bestia salvaje. Tan solo el alma rota de una ninfa llamada Calisto.

Calisto era una de las ninfas predilectas del séquito de Artemisa, diosa de la luna y de la caza e hija de Zeus, con la que compartía voto de castidad. Ambas recorrían los bosques de Arcadia, libres de las ataduras del amor y de las exigencias de la carne. Arcadia era una región montañosa de Grecia que para los antiguos representaba una suerte de paraíso terrenal, de naturaleza virgen y vida pastoril alejada de la civilización. Calisto era muy hermosa y el soberano del Olimpo se fijó en ella. Como Zeus sabía de su compromiso célibe, según explica Ovidio en Las metamorfosis, recurrió a una artimaña en verdad retorcida, pues adoptó la forma física de la propia Artemisa para acercarse a la ninfa. Esta, engañada, bajó la guardia ante la que creía su señora y protectora; sin embargo, la mentira pronto se descubrió. El dios mostró su verdadero rostro y la forzó a pesar de la resistencia de la joven, cambiando su destino para siempre.

El castigo por perder su pureza no tardó en llegar y, a pesar de lo que uno pudiera creer, fue establecido por quien ella menos pensaba: Artemisa. La diosa, al descubrir que Calisto estaba embarazada de Zeus, la desterró de su círculo y la abandonó a su suerte en la espesura del bosque. La ninfa se quedó sola, sin protección divina, y fue entonces cuando la vengativa Hera, esposa legítima de Zeus, decidió castigarla también. No en vano, Hera se pasó toda su vida vengándose de todas aquellas mujeres —y algún hombre— con las que Zeus le era infiel, que no fueron precisamente pocas. Así pues, quiso despojar a la ninfa de la belleza que había atraído a su marido y la transformó en una enorme y torpe osa. Calisto conservó su mente humana pero quedó atrapada en el cuerpo de una fiera, condenada a vagar por las mismas arboledas donde antes corría libre y feliz.

El hijo de Calisto, llamado Arcas y nacido antes de que su madre fuera convertida en un animal, creció hasta convertirse en un hábil cazador. Un día, mientras recorría el bosque, se topó con la gigantesca osa. Calisto reconoció al instante a su hijo y por eso, sin pensarlo, intentó acercarse a él para abrazarlo, pero Arcas, viendo solo a una bestia salvaje abalanzándose sobre él, tensó su arco y apuntó directamente al corazón del animal. La osa huyó y se escondió en el santuario de Zeus, donde ningún mortal tenía permiso para entrar. En ese instante, para evitar el matricidio, Zeus intervino. Se los llevó consigo y los lanzó con fuerza hacia el cielo.

En este punto de la narración, los relatos clásicos difieren sobre la forma en la que el dios inmortalizó este reencuentro en el lienzo estelar, tal y como recopiló el historiador Higinio al recoger los diferentes catasterismos en sus obras Fábulas y De Astronomia. La versión más popular, y con toda probabilidad la que más conocemos, es la que dice que Calisto se transformó en la Osa Mayor cuyas siete estrellas principales son Alioth —la más brillante de todas—, Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Mizar y Alkaid.

Zeus, para que la ninfa no estuviera sola en la infinidad celeste, también convirtió a Arcas en una osa más pequeña para que acompañara siempre a su madre. Así nació pues la Osa Menor, constelación en la que, si nos fijamos, brilla la Estrella Polar, que marca la punta de la cola del pequeño osezno y sirve, ayer y hoy, como un eje inamovible que guía a todos los marineros de la Tierra. De hecho, para encontrarla en la inmensidad de la noche, basta con trazar una línea imaginaria desde las estrellas exteriores del carro de la Osa Mayor —Merak y Dubhe— y dejar que estas nos guíen directamente hacia ella.

Otros relatos de la época, que sirvieron de inspiración para las obras de poetas como Ovidio, cuentan que Arcas fue convertido en la constelación del Boyero, la cual se encuentra entre la Osa Mayor y Virgo, y representa a un pastor. Su espíritu brilla a través de una estrella llamada Arturo, cuyo nombre en griego significa literalmente «El Guardián de la Osa». Es importante no confundirla con la Estrella Polar, pues son dos astros diferentes. Arturo es una estrella gigante de tonos anaranjados que destaca más a la vista que la modesta y pálida Polar, pues es la cuarta estrella más brillante del firmamento global. Para encontrarla solo debemos prolongar el arco de la cola de la Osa Mayor.

Fuese su conversión como la de un pequeño osezno o bajo la mirada atenta del guardián Arturo, el reencuentro de madre e hijo en las alturas no sirvió para frenar la rabia de Hera. Furiosa por ver a la que consideraba su rival honrada en las alturas, acudió a los titanes marinos Tetis y Océano —deidades acuáticas de una generación más antigua que la de Poseidón, dios de los mares, los terremotos y los caballos— y les prohibió que permitieran a la Osa Mayor descansar en sus aguas. Por esa razón, tal y como el propio Homero nos cuenta en el Canto V de la Odisea, la Osa Mayor jamás se pone bajo el horizonte, lo que la obliga a girar eternamente incapaz de encontrar reposo: «(…) y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre en el mismo lugar, acecha a Orión, y es la única que no se baña en el Océano».

Sea como fuere y aunque la mitología griega nos ha regalado el relato de transformación más conocido, no es la única civilización que un día miró a estas estrellas con asombro y les proveyó de vida, pues en la tradición nórdica y germánica este mismo grupo de astros no es visto como un animal, sino como el Carro de Odín o el de Thor. Los nativos americanos, por su parte, conocen el Carro como el oso celestial.

Y la huella de este mito es tan intensa que ha trascendido el cosmos para inspirar nuestra propia literatura, pues resulta imposible no ver la sombra de este trágico nombre, que viajó desde las estrellas hasta el huerto de Melibea, en el Calisto de La Celestina, aunque nada tengan que ver más allá del antropónimo —kallistos, que significa «el más bello» o «hermosísimo»—.

Y esa sombra también recorre el cielo cada día, pero en forma de satélite, pues así llamó el astrónomo Simon Marius en el siglo XVII a una de las lunas que orbitan alrededor del planeta Júpiter, bautizado así precisamente en honor al rey de los dioses —Júpiter es Zeus en la mitología romana—. Fue el astrónomo Johannes Kepler quien sugirió la idea de asignar a los cuerpos celestes de este planeta los nombres de algunas de las amantes vinculadas al dios Zeus en los relatos mitológicos. Marius recogió esa propuesta y bautizó a las cuatro grandes lunas de ese planeta con los nombres de Ío, Europa, Ganímedes —que en realidad era un príncipe troyano que se merece, desde luego, que un día contemos su historia— y la propia Calisto que, de este modo, quedó convertida en un satélite que gira de forma perpetua alrededor de quien marcó su trágico destino.

El cielo nocturno es, pues, un recordatorio de que, tanto en el juego de los antiguos dioses como en los caprichos del corazón humano, los inocentes son los que a menudo pagan el precio más alto.

 

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Historias de dioses y estrellasSeries y columnas

Orión, el gigante que se convirtió en estrellas

by Verónica García-Peña 22/04/2026
written by Verónica García-Peña

La historia del cazador que recorría los océanos antes de que el ser humano soñara con el espacio

¿Qué tienen que ver Artemisa y Orión para haber compartido la última misión de la NASA, la misma que nos ha permitido asomarnos al lado oculto de la Luna? La respuesta es un hilo invisible que une el metal de hoy con una historia de hace milenios.

Según algunas tradiciones, Orión era hijo de Poseidón, dios del mar, y de la gorgona Euríale —una de las tres hijas de las deidades marinas Forcis y Ceto—, conocida por su naturaleza inmortal y su fuerza arrolladora. El nacimiento de Orión fue, pues, el resultado de un idilio que desafiaba el matrimonio del dios del mar con la nereida Anfítrite, una divinidad muy poderosa. De su madre, Orión heredó una naturaleza salvaje y una fuerza descomunal, mientras que de su padre recibió el extraordinario don de caminar sobre las aguas como si estas fueran tierra firme. Dice el estudioso J. Humbert sobre esto que un poeta dejó escrito que «cuando Orión caminaba a través de los mares más profundos, sus hombros sobresalían por encima de las aguas». Esa condición de híbrido lo convirtió, desde el principio, en un ser errante que era mirado con recelo.

Al no encajar en los palacios de su padre ni en las ciudades de los hombres, se convirtió en una suerte de paria que recorría los confines del mundo sin un objetivo claro, hasta que llegó a los dominios de Artemisa. Ella lo eligió para que formara parte de su séquito y le confirió los primeros empleos de su corte, prodigándole claras muestras de su protección bienhechora. Juntos compartieron el silencio de las cacerías nocturnas, unidos por una naturaleza indomable. Homero lo describía en la Odisea como un cazador incansable incluso después de la muerte.

Todo parecía, pues, dicha para el guerrero y la diosa, pero el destino rara vez permite que dos fuerzas tan libres permanezcan juntas. Tal como recogen los versos de Hesíodo, el final del gigante llegó cuando su orgullo superó todos los límites, y su vanidad fue la causa de su ruina. Orión afirmó que era capaz de exterminar a todas las fieras de la tierra porque no había monstruo alguno sobre el cual no pudiera triunfar. Ante tal amenaza, una de las versiones más extendidas dice que Gea —la Madre Tierra—, enfurecida por su jactancia, envió un pequeño escorpión cuya mordedura lo mató.

Tras su muerte, el relato de su ascenso a los cielos se rompe en diferentes interpretaciones. Mientras que el poeta astrónomo Arato de Solos sostiene que la propia Gea decidió colocar a ambos (Orión y Escorpio) en el firmamento para que la persecución fuera eterna, otras fuentes aseguran que el catasterismo (el proceso por el cual un héroe, animal u objeto es transformado en estrella) fue una concesión de Zeus a Artemisa que, desconsolada por la muerte de uno de sus más intrépidos cazadores, le rogó que lo convirtiera en una. El resultado es la silueta de un imponente guerrero que parece congelado en plena batalla y que forma una de las más brillantes constelaciones de nuestro firmamento.

Tiene forma de gigante. Hay puntos de luz que dibujan sus hombros, su cabeza y sus brazos. En uno sostiene una maza —aunque a veces se interpreta como espada— y en el otro una piel de león que, extendida, hace las veces de escudo frente a la constelación de Tauro. También se trazan sus piernas, y en el centro destaca el Cinturón de Orión, tres estrellas alineadas llamadas Alnitak, Alnilam y Mintaka, y que son, quizá, el rasgo más llamativo de nuestro cielo invernal en el hemisferio norte. De este cinturón cuelga su espada, trazada por un grupo de estrellas más tenues.

Allí permanece desde entonces, huyendo siempre del escorpión que lo acecha desde el extremo opuesto del horizonte, porque cuando la constelación de Escorpio sale por el este, la de Orión se oculta por el oeste. No se las puede ver juntas, ya que Orión es una constelación de invierno y Escorpio es una de verano. Y cuando uno fija la mirada en el cielo y descubre a Orión, es casi imposible observarlo sin recordar a Roy Batty en Blade Runner, cuando explicaba cómo había visto naves ardiendo más allá de Orión y rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. No hablaba el replicante de coordenadas astronómicas, aunque también, sino de la frontera final de la memoria y de esas maravillas que pueden acabar perdidas en el tiempo si nadie las recuerda.

En este momento, el rastro de la última misión espacial empieza a desdibujarse de nuestra retentiva, pero Orión sigue ahí arriba. El cazador permanece en su parcela de estrellas, con su maza en alto y su cinturón de fuego, a la espera, tal vez, de que el ser humano se atreva a cruzar el próximo umbral.

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