Apolo y Jacinto: un amor grabado en los pétalos y las estrellas

En el Olimpo no siempre era Zeus, rey de reyes, el que se encaprichaba de jóvenes, ninfas o criaturas terrenales a las que quería poseer a toda costa y como fuera. Otros dioses también lo hacían. Uno de los casos más llamativos, quizá por la pureza de su pasión según algunas fuentes clásicas, es el de Apolo, uno de los doce grandes dioses olímpicos que gobernaban el panteón supremo, y que se enamoró de un hermoso espartano llamado Jacinto.

Como hijo directo de Zeus y de la titánide Leto, Apolo era el dios de la luz, el sol, la música, la poesía, la medicina y la profecía, y encarnaba la armonía y la belleza ideal. Era uno de los inmortales al que más atributos positivos se le adjudicaban en los templos, aunque también poseía, claro está, un lado oscuro marcado por una terrible ira y una sed de venganza desproporcionada. Según los primeros mitógrafos, esta oscuridad era visible en castigos tan crueles como el desollamiento del sátiro Marsias o la despiadada matanza de los catorce hijos de Níobe ―reina de Tebas que fue sancionada de tal modo por compararse con los dioses―; pero hoy no vamos a hablar de su lado oscuro. Hoy hablaremos de su luz.

El escenario de este idilio se sitúa concretamente en la mítica región de Laconia, en el sur de la península del Peloponeso. Allí, en una Esparta previa a la severidad militar que la haría famosa siglos después —pues los mitógrafos suelen situar estos acontecimientos en los tiempos legendarios previos a la Guerra de Troya—, vivía Jacinto. Según diferentes textos antiguos, se le vinculaba tanto al rey Amiclas como a la musa Clío ―la divinidad encargada de registrar la historia y la memoria de los hombres—, lo que justificaba que por sus venas corriera una mezcla de nobleza terrestre y gracia artística. El joven poseía un atractivo tan deslumbrante que no tardó en llamar la atención de Apolo quien, encandilado por su belleza, decidió abandonar temporalmente sus sagrados santuarios de Delfos y Delos para bajar a la Tierra y vivir como un mortal más.

Céfiro y Jacinto, en un vaso ático. Museo de Arte de Boston

Los poetas clásicos, como Ovidio, narran con admiración cómo el gran dios olímpico no se avergonzaba de rebajarse a portar las redes de pesca del príncipe, guiar a sus perros de caza por las laderas boscosas del monte Taigeto o acompañarlo en sus entrenamientos atléticos, entregado por completo al embelesamiento que sentía por su amante espartano. Sin embargo, aquel amor entre un dios y un mortal quedó sentenciado a morir una tarde en la que el despecho se interpuso entre ellos. ¿Cómo? ¿Qué ocurrió?

La dicha de la pareja despertó los celos de Céfiro, que era la personificación del viento del oeste, un dios menor de la naturaleza que también suspiraba en secreto por el afecto del joven espartano y no soportaba verse rechazado en favor del deslumbrante dios del sol. Así las cosas, una calurosa tarde de verano, mientras Apolo y Jacinto se ejercitaban desnudos en el lanzamiento de disco, untados en aceite como dictaba la costumbre helena —esto refleja los códigos estéticos de la cultura griega, donde el gimnasio y la desnudez atlética eran espacios sagrados en los que florecía el deseo masculino y los vínculos más profundos—, Apolo lanzó el pesado disco de bronce hacia lo alto con toda su fuerza divina para impresionar a su amante. El redondel partió las nubes demostrando su extraordinario poder, y fue en ese momento cuando Céfiro vio su oportunidad de intervenir.

La poesía épica de Ovidio en Las metamorfosis detalla cómo, con un viento furioso cargado de resentimiento, Céfiro desvió la trayectoria del disco de Apolo en pleno descenso, haciéndolo caer con fuerza sobre el rostro de Jacinto. El joven, que corría dichoso para atraparlo, no pudo reaccionar a tiempo y el impacto del metal fue tan violento que lo hirió de muerte.

La muerte de Jacinto, óleo sobre lienzo de Jean Broc (1801, Museo Sainte-Croix, Poitiers)

La caída del joven espartano desató una desesperada carrera contra el destino. Apolo corrió a sostener el cuerpo inerte de su amante entre sus brazos, tratando de contener la hemorragia, y aplicó sobre la herida todas las hierbas medicinales y ungüentos divinos que conocía. Sin embargo, nada pudo hacer el dios de la medicina, el sanador supremo del universo clásico, ante las leyes de la muerte mortal. Una de las ironías más crueles del Olimpo. La vida de Jacinto se extinguió, pues, en sus manos como «una flor tronchada por el peso del granizo», diría Ovidio. Desolado, el dios de la luz maldijo su propia inmortalidad y, en su dolor, se rebeló contra el orden natural de la muerte. Se negó a que el alma del joven descendiera al Hades, el tenebroso reino donde iban a parar de forma irrevocable todos los muertos, fuera cual fuera su condición, y donde los reyes se convertían en iguales a los esclavos, y los héroes quedaban reducidos a sombras anónimas.

Mucho lo lloró porque, como he dicho, lo amaba. ¿Era amor de verdad o un capricho más de los dioses? Según a quién consultemos, recibimos una respuesta diferente, pero, por una vez, quiero pensar que el amor, a su manera, estuvo presente en esa relación. Después, Apolo, para arrancar el recuerdo de su amante de las garras del olvido, obró un milagro sobre la tierra empapada. De la sangre derramada del príncipe no brotó maleza alguna. Ninguna mala hierba tenía permiso para enraizar allí. En su lugar, nació una flor nueva y muy bella, de color púrpura: el jacinto. Las lágrimas de Apolo cayeron sobre la flor y escribieron en sus pétalos las letras «AI, AI» —dolor y lamento que en el griego antiguo significa «¡ay, ay!» o «¡lástima!»—, dejando grabada su pena para siempre en la naturaleza.

De hecho, este lamento estampado convirtió al jacinto en un símbolo clásico de luto y melancolía. Tanto es así que en Esparta se celebraban cada año las Jacintias, unas fiestas donde el primer día se dedicaba al recogimiento, y la flor presidía un riguroso duelo nacional. Para los poetas de la literatura clásica posterior, desde las líneas de Ovidio hasta los autores alejandrinos, el jacinto púrpura se consideró un emblema de compasión ante la muerte temprana de la juventud. Hay que aclarar que este jacinto, con probabilidad, no es el que comúnmente vemos en floristerías y otras tiendas, sino el lirio silvestre, la espuela de caballero o, dicen algunos investigadores, el gladiolo de Bizancio, cuyos pétalos parecen tener marcas que podrían ser asociadas a las letras que Apolo escribió en su flor.

El duelo del dios del sol, no obstante, no se satisfizo con un tributo terrenal, por hermoso que este fuera, pues no quería que el tiempo, que todo lo marchita en la Tierra con sus ciclos estacionales, acabara con la flor que era el recuerdo de su amor. Trasladó su lamento hacia el firmamento, donde los mitos clásicos se vuelven inmortales. De esta forma, tal y como narra el poeta Nono de Panópolis sobre su apoteosis —esa concesión de la inmortalidad que transformaba a un mortal en un dios— y su definitivo recibimiento en el Olimpo, Apolo elevó el alma pura de Jacinto en un carro celeste, rescatándolo del olvido para siempre.

El rastro de este idilio se proyecta de forma metafórica en la constelación de la Lira, instrumento sagrado de Apolo, que descansa en el firmamento junto a la del Cisne. Estas constelaciones, junto a la del Águila, dominan el cielo septentrional formando el famoso Triángulo de Verano: una gigantesca figura geométrica imaginaria que une las estrellas más brillantes del estío, que son Vega (que corona la Lira), Deneb (en el Cisne) y Altair. Esta última es la joya de la constelación del Águila, que personifica al ave sagrada y brazo ejecutor de los caprichos de Zeus.

Bajo este cuadrante, los griegos veían pues el luto del dios Apolo, pero al otro lado del mundo, la astronomía china interpreta la estrella Vega como la tejedora celestial Zhinü, atrapada en una historia de amor prohibido y separada de su amante por el gran río de la Vía Láctea. Asimismo, los astrónomos árabes medievales veían en la Lira un águila imperial con las alas recogidas en pleno descenso; un ave llamada en su lengua al-Nasr al-Wáqi‘, que se traduce literalmente como «el águila que cae» o «el buitre que se posa». Una expresión cuya última palabra, wáqi‘ (que significa «cae» o «se posa»), derivó por deformación fonética medieval en el nombre actual de la estrella Vega.

Sin embargo, cuando el estío madura y las constelaciones alcanzan su punto más alto, para la tradición occidental, ese Triángulo de Verano sigue siendo el mapa estelar de un romance truncado. Es entonces cuando sentimos, por un momento, que el dios del sol vuelve a abrazar a su amado espartano en el lienzo eterno de la noche; un refugio definitivo donde la muerte terrenal ya no puede alcanzarlos.

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