Marjane Satrapi: la mujer que dibujó las grietas de Irán

by Beatriz Menéndez Alonso

La muerte de Marjane Satrapi deja una sensación extraña, como si una ventana se hubiera cerrado de repente sobre un paisaje que todavía necesitábamos contemplar. Durante más de dos décadas, la autora franco-iraní fue una de las voces más lúcidas para explicar a Occidente las contradicciones, los dolores y las esperanzas de Irán. Lo hizo sin discursos grandilocuentes, sin manifiestos interminables y sin el lenguaje distante de los especialistas.

Lo hizo dibujando.

A veces la historia de un país puede caber en una viñeta.

Murió a los cincuenta y seis años, poco más de un año después del fallecimiento de su esposo, Mattias Ripa. Sus allegados han señalado que nunca llegó a recuperarse de aquella pérdida. Resulta inevitable pensar en la ironía de que una mujer que dedicó buena parte de su obra a combatir el olvido terminara consumida por una ausencia.

Sin embargo, los artistas no desaparecen del todo. Permanecen en aquello que lograron nombrar.

Y ella nombró un mundo entero.

Cuando apareció Persépolis a comienzos de este siglo, muchos lectores occidentales descubrieron por primera vez un Irán distinto al que aparecía en los informativos. No era el Irán abstracto de los ayatolás, los misiles o las negociaciones diplomáticas. Era el de una niña que discutía con sus profesores, escuchaba música prohibida y observaba cómo las paredes de su mundo se estrechaban lentamente alrededor de las mujeres.

Eligió el blanco y negro porque algunas experiencias parecen resistirse al color. Bajo unas viñetas de apariencia sencilla latía la memoria de una generación marcada por la Revolución Islámica de 1979, la guerra entre Irán e Irak y la imposición de una moral convertida en sistema político.

En aquellas páginas, el velo no era solamente una prenda. Era una frontera. Una línea trazada sobre el cuerpo femenino para recordar quién tenía derecho a decidir.

Sin embargo, su legado excede ampliamente los límites de Persépolis.

Si aquella obra relató una infancia atravesada por la revolución y el exilio, Bordados exploró un territorio más íntimo. Alrededor de una mesa de té, varias mujeres compartían recuerdos, secretos y confidencias que rara vez encontraban espacio en los relatos oficiales. Con humor, ironía y una extraordinaria capacidad de observación, la autora reveló un universo femenino complejo y libre, donde la resistencia adoptaba formas discretas y cotidianas.

Más tarde llegaría Pollo con ciruelas, quizá la más melancólica de sus novelas gráficas. A través de la historia del músico Nasser Ali Khan, que decide dejarse morir tras perder su instrumento, construyó una delicada meditación sobre el amor, el arte y la nostalgia; sobre aquello que permanece cuando todo lo demás parece haberse perdido. Aquella obra confirmó que su talento iba mucho más allá de la crónica política. También sabía adentrarse en las tragedias íntimas, en los deseos incumplidos y en las heridas invisibles que acompañan toda existencia.

Nunca escribió desde el resentimiento. Sus libros están llenos de contradicciones, humor y ternura. Amaba profundamente la cultura persa mientras denunciaba a quienes pretendían apropiarse de ella. Criticó al régimen sin dejar de sentirse hija de la tierra que lo había producido. Vivió el exilio como una conquista de libertad, pero también como una forma de desarraigo.

Esa tensión atraviesa toda su obra.

Persépolis (2007), de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud

PERSÉPOLIS

El título de su libro más célebre no fue una elección casual.

Persépolis fue una de las grandes capitales ceremoniales del Imperio aqueménida. Fundada por Darío I alrededor del año 518 antes de nuestra era, simbolizó durante siglos el esplendor de una de las civilizaciones más sofisticadas del mundo antiguo.

En el año 330 antes de Cristo, las tropas de Alejandro Magno incendiaron la ciudad.

Desde entonces, Persépolis quedó convertida en una ruina majestuosa.

Quizá por eso el título elegido posee una fuerza tan poderosa. No hablaba únicamente de una infancia. Hablaba de una nación cuya memoria había sido fragmentada por revoluciones, guerras y conflictos ideológicos. Hablaba de un país que conservaba bajo sus heridas contemporáneas el recuerdo de una de las culturas más antiguas y refinadas de la historia.

En cierto modo, toda su producción artística fue un diálogo entre las ruinas y el presente.

Nunca aceptó que Irán pudiera reducirse a un régimen político.

Frente al relato oficial aparecía otro país: el de los poetas y cineastas, el de las mujeres que desafiaban las imposiciones cotidianas, el de los jóvenes que escuchaban música prohibida y el de las familias que seguían imaginando un futuro distinto.

Ese Irán atraviesa todos sus libros. Está presente en Persépolis, en Bordados, en Pollo con ciruelas y también en obras menos conocidas, donde incluso la literatura infantil servía para explorar emociones universales.

La misma mirada llegó al cine con la adaptación animada de Persépolis, estrenada en 2007 y codirigida junto a Vincent Paronnaud. Conservando el blanco y negro de la novela gráfica, la película transformó la memoria en imágenes. Las figuras parecían moverse como sombras surgidas de un recuerdo, creando una experiencia visual tan sencilla como conmovedora.

El filme obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y fue nominado al Óscar a la mejor película de animación.

Pero su mayor logro fue otro: acercar la historia de las mujeres iraníes a millones de personas que jamás habrían abierto una novela gráfica.

Ese éxito tampoco estuvo exento de controversia. Algunos críticos le reprocharon ofrecer una visión demasiado accesible de una realidad extraordinariamente compleja, adaptada a las expectativas del público occidental. Otros, por el contrario, defendieron que precisamente en esa capacidad para convertir la experiencia iraní en un lenguaje universal residía una parte esencial de su talento. La discusión acompañó buena parte de su carrera y refleja hasta qué punto sus obras lograron intervenir en debates que iban mucho más allá de la literatura.

Aquella experiencia confirmó además que su mirada artística no estaba limitada a la página. El cine le permitió ampliar su exploración de la memoria, la identidad y el exilio. Más adelante dirigiría la adaptación de Pollo con ciruelas y proyectos tan distintos como The Voices o Radioactive, dedicada a Marie Curie, demostrando una curiosidad intelectual que desbordaba cualquier etiqueta.

Con el paso de los años, la dibujante que había contado su infancia terminó convirtiéndose en una de las intelectuales iraníes más influyentes del exilio. Defendió a artistas perseguidos por el régimen, denunció las violaciones de derechos humanos y participó activamente en campañas internacionales de solidaridad.

Su voz volvió a cobrar una especial relevancia durante las protestas desencadenadas por la muerte de Mahsa Amini en 2022.

Mientras miles de jóvenes se quitaban el velo en las calles y coreaban «Mujer, Vida, Libertad», muchos recordaron que llevaba décadas contando precisamente esa lucha.

Había sido una cronista temprana de una rebelión que todavía no tenía nombre.

Aquella implicación cristalizó en Mujer, Vida, Libertad, la obra colectiva que coordinó junto a numerosos artistas e intelectuales para documentar la revuelta iraní y preservar la memoria de quienes arriesgaban sus vidas enfrentándose a la represión. El libro puede leerse como la prolongación natural de toda una trayectoria dedicada a defender la libertad desde las historias concretas de las personas.

Por eso sorprendió poco que en enero de 2025 rechazara la Legión de Honor, la máxima condecoración francesa.

La decisión provocó un intenso debate.

Explicó entonces que no podía aceptar una distinción oficial mientras percibiera una actitud que consideraba incoherente respecto a la situación iraní. Criticó la falta de solidaridad efectiva con quienes seguían enfrentándose a la represión, especialmente mujeres y jóvenes.

Aquella negativa fue coherente con toda una vida.

No era un gesto contra Francia.

Era un gesto a favor de aquello en lo que había creído siempre.

La libertad.

La dignidad.

La responsabilidad moral de no separar las palabras de los actos.

Esa integridad explica por qué su figura trascendió los límites de la literatura, el cómic o el cine. Fue una intelectual capaz de intervenir en los grandes debates de su tiempo sin perder nunca la cercanía de quien habla desde la experiencia personal.

Ahora que ha muerto, resulta inevitable pensar en Persépolis.

No en el libro.

Ni siquiera en la película.

En la ciudad.

En aquellas columnas antiguas que han sobrevivido a imperios, invasiones, incendios y siglos de abandono.

Las ruinas de Persépolis siguen en pie porque la piedra conserva la memoria de quienes la levantaron.

Su obra posee esa misma resistencia.

Sus dibujos continuarán hablando cuando las polémicas políticas se hayan apagado. Seguirán recordando que detrás de cada revolución hay familias, detrás de cada ley hay cuerpos y detrás de cada conflicto internacional hay personas intentando vivir sus vidas.

Permanecerán las mujeres que conversan en Bordados, el músico que se deja morir en Pollo con ciruelas y las voces que recorren Mujer, Vida, Libertad. Personajes distintos, épocas distintas, heridas distintas. Todos pertenecen, sin embargo, al mismo territorio moral: el de quienes se resisten a que la historia les arrebate la memoria.

Pocas creadoras lograron explicar un país con semejante claridad sin renunciar a sus contradicciones. Su obra mostró un Irán atravesado por conflictos políticos y culturales, pero también por afectos, ironías y deseos que ningún régimen consiguió controlar por completo.

Tal vez esa sea la razón de su permanencia. No ofreció respuestas sencillas ni retrató héroes perfectos. Prefirió mostrar personas enfrentadas a circunstancias difíciles, obligadas a negociar constantemente entre la libertad y el miedo, entre la pertenencia y el exilio, entre la memoria y el olvido.

Marjane Satrapi ha muerto.

Pero los personajes que dibujó siguen habitando ese espacio incierto donde la experiencia individual se convierte en historia colectiva.

Y mientras sus páginas sigan encontrando lectores, su conversación con Irán —y con el resto del mundo— continuará abierta.

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