El eclipse de la leona galesa

Hay voces que nacen bellas y otras que nacen verdaderas. La de Bonnie Tyler pertenecía a la segunda categoría. Incluso en su juventud sonaba como una voz que ya hubiera atravesado el humo, el cansancio y las derrotas mucho antes de alcanzar el éxito internacional. Quizá por eso sobrevivió a las modas con una naturalidad que muy pocos artistas consiguen. Con su muerte, a los setenta y cinco años, no desaparece únicamente una de las grandes voces del pop-rock; se desvanece también una forma de entender la música, cuando el exceso podía convertirse en belleza, el videoclip aspiraba a ser una obra artística y la emoción se exhibía sin complejos.

Aquella década apenas conocía la timidez. Nadie parecía interesado en la discreción. Los sintetizadores ocupaban el lugar de las orquestas, los videoclips adquirían una ambición casi cinematográfica y la moda elevaba el artificio a una categoría estética. En ese escenario apareció una mujer galesa con una melena rubia indomable, una voz que parecía haber sobrevivido a un incendio y una presencia capaz de llenar un escenario antes incluso de pronunciar una palabra.

Su forma de vestir decía tanto de ella como sus canciones. Chaquetas de cuero, botas altas, hombreras monumentales, vestidos de lentejuelas, tejidos brillantes, maquillaje intenso y aquella cabellera rubia y salvaje componían una imagen inmediatamente reconocible. Nunca persiguió la elegancia contenida que comenzaba a imponerse en otros ámbitos de la música. Entendía el escenario como un lugar donde la realidad podía exagerarse sin caer en la caricatura. Vestía como cantaba: con intensidad, convicción y sin miedo al dramatismo. Aquella estética, hoy inseparable del imaginario colectivo de los años ochenta, no era un disfraz, sino la prolongación natural de su manera de interpretar.

Quizá por eso nunca pareció una estrella fabricada por la industria. Nacida como Gaynor Hopkins en el pequeño pueblo de Skewen, al sur de Gales, encontró en la música una salida tan natural como inevitable. En 1977, una intervención para extirpar unos nódulos de las cuerdas vocales estuvo a punto de truncar una carrera que apenas comenzaba. Durante la recuperación habló antes de tiempo, desoyendo las recomendaciones médicas, y aquella imprudencia alteró para siempre el timbre de su voz. Lo que habría supuesto una desgracia para la mayoría de los cantantes terminó convirtiéndose en el origen de una identidad artística irrepetible. La ronquera dejó de ser una secuela para transformarse en una firma. Hay intérpretes que dedican toda una vida a buscar una voz propia; Bonnie Tyler la encontró precisamente cuando creyó haberla perdido.

En España su irrupción coincidió con un país que también buscaba una voz distinta.

It’s a Heartache comenzó a sonar en las emisoras, en las verbenas y en los programas musicales de finales de los setenta, convirtiéndose para muchos en la banda sonora de una sociedad que descubría nuevas formas de mirar el mundo. Aquella mujer de apariencia indómita parecía encarnar una libertad todavía reciente.

Sin embargo, la canción que la convirtió definitivamente en un icono fue Total Eclipse of the Heart. Conviene detenerse en ella porque pocas composiciones populares han conseguido escapar de su tiempo con semejante autoridad. Era una balada monumental incluso para una época enamorada de los excesos: siete minutos en su versión original —reducidos para la radio a poco más de cuatro— en los que cada acorde parecía anunciar al mismo tiempo el fin del mundo y una última posibilidad para el amor.

Nada en aquella grabación era casual. Al piano se encontraba Roy Bittan y a la batería Max Weinberg, dos pilares de la E Street Band de Bruce Springsteen, aportando al conjunto una solemnidad casi sinfónica. Sobre aquella arquitectura sonora se alzaba Bonnie Tyler, que no interpretaba la canción: la habitaba. Su voz convertía cada frase en una confesión desesperada y cada silencio en una pausa dramática perfectamente medida.

Jim Steinman, uno de los grandes arquitectos del rock teatral, había concebido originalmente la pieza para un musical inspirado en Nosferatu. El proyecto nunca llegó a estrenarse y la canción terminó, casi por azar, en manos de Bonnie Tyler. Meat Loaf jamás ocultó el disgusto que le produjo perder aquella composición destinada, según creía, a su propio repertorio. El tiempo resolvió la disputa con la serenidad que solo poseen los clásicos. Resulta difícil imaginar otra voz capaz de sostener semejante edificio emocional. Más de cuatro décadas después, Total Eclipse of the Heart continúa sumando cientos de millones de reproducciones en las plataformas digitales, demostrando que algunas canciones dejan de pertenecer a una generación para convertirse en patrimonio sentimental de varias.

El videoclip tampoco conocía la moderación. Era un pequeño relato gótico donde convivían internados victorianos, corredores interminables, niños de mirada espectral y una iluminación que no pretendía asustar a nadie; simplemente daba por hecho que los muertos seguían formando parte del reparto. Fue rodado en el antiguo Holloway Sanatorium, en Surrey. Ella recordaría años después que ni siquiera los perros que vagaban por el recinto se atrevían a entrar en algunas habitaciones de la planta baja. Ella atribuía aquella extraña resistencia al recuerdo de los tratamientos de electroshock practicados allí décadas atrás.

Tal vez fuera una simple anécdota; tal vez una superstición alimentada por la memoria del lugar. En cualquier caso, aquel escenario terminó reforzando la atmósfera inquietante de un videoclip que hoy forma parte inseparable de la cultura visual de su tiempo.

Vista desde la distancia, Bonnie Tyler representa una paradoja extraordinaria. Fue una estrella internacional que nunca perdió el aire de cantante de pub. Mientras el Reino Unido tendía a considerarla un enorme fenómeno comercial antes que una artista de prestigio, encontró un público extraordinariamente fiel en España, Portugal, Francia, Alemania y los países escandinavos.

Nunca dejó de girar. Cuando le preguntaban por qué seguía aceptando conciertos respondía con la sencillez de quien jamás olvidó sus orígenes: era una mujer de clase trabajadora y trabajar seguía pareciéndole un privilegio.

Esa misma actitud quedó reflejada en 2013, cuando aceptó representar al Reino Unido en Eurovisión con Believe in Me. Habían pasado más de treinta años desde que conquistara el mundo con Total Eclipse of the Heart y podría haberse refugiado cómodamente en la nostalgia. Prefirió hacer lo contrario. Se presentó ante millones de espectadores con la naturalidad de quien todavía se consideraba una artista en activo y no una reliquia de otra época. El resultado —decimonovena posición— fue discreto, pero aquel gesto decía mucho más de ella que la clasificación final. Mientras otros músicos protegen cuidadosamente su leyenda evitando cualquier riesgo, Bonnie Tyler decidió seguir sometiendo su voz al juicio del presente.

Tal vez esa sea la razón por la que su legado permanece intacto. Escuchar hoy sus canciones no significa únicamente regresar al pasado. Significa recordar un tiempo en el que las baladas podían ser desmesuradas sin pedir disculpas, los videoclips aspiraban a contar historias y la intensidad sentimental todavía era considerada una virtud.

Bonnie Tyler nunca intentó convertirse en un símbolo. Permaneció fiel a una voz imperfecta, a una imagen inolvidable y a una manera apasionada de entender la música. Para quienes crecieron entre cintas de casete, programas musicales de televisión y videoclips que parecían pequeñas películas, seguirá siendo la mujer de cabello indomable y voz irrepetible que convirtió un eclipse en una de las canciones más memorables de la música popular. Algunas voces pertenecen a una época. Otras terminan perteneciendo a la memoria.

Beatriz Menéndez Alonso

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