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Verónica García-Peña

Verónica García-Peña

Verónica García-Peña (Oquendo, 1979) es escritora, socióloga y periodista con una sólida carrera en el ámbito literario y periodístico. Actualmente reside en Gijón (Asturias). Ha sido seleccionada en dos ocasiones entre los finalistas del Premio Planeta y en 2023 quedó prefinalista del Premio Ateneo de novela de Sevilla.

Historias de dioses y estrellas

La deserción de la luz: El pulso entre Zeus y el titán Sol

by Verónica García-Peña 08/07/2026
written by Verónica García-Peña

En los relatos de esta sección dedicada a las historias de dioses y estrellas, hemos visto cómo el firmamento, muchas veces, ha cobrado vida bajo los caprichos, pasiones y castigos de los grandes dioses olímpicos. Nos resulta sencillo alzar la vista y buscar en el cielo los rastros del arco de Artemisa, la ira desproporcionada de Apolo o las artimañas de Zeus para embaucar a cualquiera de sus amantes. Sin embargo, antes de que los códigos helenos modelaran el deseo de los nuevos inmortales, el universo ya poseía sus propios soberanos. Una estirpe primigenia nacida de la unión del Cielo y la Tierra que regulaba el pulso del cosmos. Eran los titanes.

Es, pues, en ese mapa ancestral, libre de la rigidez de las deidades olímpicas posteriores, donde debemos buscar la verdadera raíz de algunos fenómenos que estremecían a la humanidad, como, por ejemplo, cuando la luz se apagaba de forma imprevista en pleno día. Para los antiguos griegos, ese oscurecimiento súbito —lo que hoy conocemos de forma sencilla como un eclipse— guardaba una relación directa con una divinidad mucho más severa que las veleidades que dominarían después el panteón griego. Era Helios, el titán Sol, culpable de que la noche llegara antes de tiempo y se llevara con ella la luz y el calor.

Para adentrarse en la naturaleza de este miedo, es necesario viajar en el tiempo literario hasta la Teogonía de Hesíodo, gran registrador de los orígenes míticos. Allí se nos presenta a los hijos del titán Hiperión ―cuyo nombre evoca al «que camina por las alturas» y que era el fuego astral primitivo― y de su hermana Tea ―la diosa de la vista y del brillo del éter―. Estos hijos eran Selene, la personificación de la Luna; Eos, la Aurora de rosados dedos; y Helios, el Sol. Descrito este último como una divinidad infatigable coronada por un halo de rayos deslumbrantes que cruzaba el firmamento en un carro de fuego tirado por cuatro corceles flamígeros llamados Flegonte, Éoo, Pirois y Étope, que significan «el ardiente», «el amanecer», «el ígneo» y «el de la mirada encendida».

Nicolas Poussin, Selene y Endymion, 1630

A diferencia de Apolo, que en los siglos posteriores asimilaría sus atributos para convertirse en el regente solar de la poesía y la medicina, Helios era el Sol mismo. Su curso diario era la garantía del orden cósmico, la luz divina que lo veía y lo juzgaba todo sobre la Tierra. Por eso mismo, cuando esa luz universal se extinguía de pronto en mitad de la jornada, el mundo heleno se paralizaba por completo. ¿Qué era lo que pasaba con Helios? ¿Por qué desaparecía?

Para la Grecia antigua, un eclipse solar, sobre todo si este era total, no era un espectáculo astronómico digno de contemplarse solo por curiosidad. Muy al contrario, resultaba un presagio funesto de proporciones poco menos que cataclísmicas. De hecho, nuestra palabra actual «eclipse» deriva del término heleno ekleipsis, que significa literalmente «abandono» o «deserción». Cuando la corona solar desaparecía, los mortales creían que los dioses, enfurecidos por los crímenes, la soberbia o la impiedad de los hombres (hybris), habían decidido dar la espalda a la Tierra, retirando su protección y dejándolos a oscuras en un desamparo absoluto.

Este terror lo relató Archíloco de Paros, pionero de la poesía lírica griega, tras presenciar el histórico eclipse total del 6 de abril de 648 a. C.: «Nada hay más allá de la esperanza, nada que pueda jurarse imposible, nada maravilloso, desde que Zeus, padre de los olímpicos, hizo la noche desde el mediodía, ocultando la luz del sol reluciente, y un miedo doloroso cayó sobre los hombres».

Anton Raphael Mengs, Helios als Personifikation des Mittages, 1765

Para los hombres de aquella época, el poema de Archíloco encerraba un mensaje bastante más complejo de lo que parece. Nos plantea un curioso dilema de jerarquías celestes porque, ¿cómo es posible que Zeus obligara a Helios a apagar el día, si el Sol era un titán anterior a él? La respuesta la encontramos en el nuevo orden político que surgió en el panteón griego tras la guerra entre los dioses y los titanes. Cuando los dioses ganaron, Zeus perdonó a Helios y a sus hermanos ―Selene (la Luna) y Eos (la Aurora)― porque su trabajo diario era imprescindible, pero los dejó bajo su estricta supervisión. Así, cuando la humanidad desataba la furia del Olimpo, Zeus ejercía su autoridad de jefe absoluto y ordenaba retirar la luz, obligando al titán a dar la espalda a la Tierra.

Siglos más tarde, el historiador Heródoto relataría en sus Historias cómo en el año 585 a. C., en plena batalla entre los lidios y los medos, el día se convirtió de pronto en noche y ambos ejércitos interpretaron la oscuridad como una orden directa de los dioses para detener la matanza, por lo que dejaron las armas y firmaron un tratado de paz cimentado en alianzas matrimoniales. Para unir a los dos pueblos casaron a la princesa Aryenis de Lidia con el príncipe heredero Astiages de Media. Una boda de conveniencia política de la que, cosas del destino, nacería el linaje del futuro Ciro el Grande, fundador del Imperio persa.

Con el paso del tiempo, el velo del mito empezó a convivir con los primeros destellos de la razón científica y los griegos comenzaron a intuir que la desaparición de Helios no se debía a un arrebato de ira olímpica, más bien a la interposición silenciosa de su hermana Selene, la Luna, cuya órbita cruzaba la trayectoria del disco solar. No lo hacía por castigar a la humanidad, sino siguiendo el inamovible baile celeste que la llevaba a ocultar el rostro de su hermano durante unos minutos. La historia de amor y mitos de Selene es, sin duda, a mi parecer, una de las más bellas y también turbadoras del firmamento, pero esa es una crónica que dejaremos para otro día.

Ingenios posteriores como el mecanismo de Anticitera —considerado el primer ordenador analógico de la historia, inventado por sabios de la Grecia helenística hacia el siglo II a. C.— permitieron calcular estos ciclos con precisión; si bien la fascinación espiritual ante el fenómeno jamás desapareció de la cultura helena y tampoco de la del resto del mundo. En la antigua China, donde los astrónomos imperiales se jugaban la vida si fallaban en predecir estos hechos, se creía que un dragón cósmico estaba devorando el astro; y en la mitología nórdica se temía que el temible lobo Sköll —cuyo nombre significa «traición» y que encarnaba las fuerzas del caos primitivo— estuviera a punto de dar caza a la diosa solar tras una persecución incansable a través de los cielos, un triste presagio que para ellos anunciaba el fin del mundo o Ragnarök. En las sagas germánicas, la personificación del astro rey era femenina.

Así pues, el próximo 12 de agosto, al atardecer, cuando la Luna cubra el Sol y su luz se apague, os invito a recordar que ese oscurecimiento momentáneo, hoy convertido en fenómeno a retratar para compartir en redes sociales, fue durante siglos motivo de terror para millones de personas en el mundo antiguo. Contempladlo, pues, como una prueba que nos recuerda que la naturaleza sigue dictando sus propias leyes, ajena a la vanidad actual de los mortales.

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Historias de dioses y estrellasPersonajes

Apolo y Jacinto: un amor grabado en los pétalos y las estrellas

by Verónica García-Peña 04/06/2026
written by Verónica García-Peña

En el Olimpo no siempre era Zeus, rey de reyes, el que se encaprichaba de jóvenes, ninfas o criaturas terrenales a las que quería poseer a toda costa y como fuera. Otros dioses también lo hacían. Uno de los casos más llamativos, quizá por la pureza de su pasión según algunas fuentes clásicas, es el de Apolo, uno de los doce grandes dioses olímpicos que gobernaban el panteón supremo, y que se enamoró de un hermoso espartano llamado Jacinto.

Como hijo directo de Zeus y de la titánide Leto, Apolo era el dios de la luz, el sol, la música, la poesía, la medicina y la profecía, y encarnaba la armonía y la belleza ideal. Era uno de los inmortales al que más atributos positivos se le adjudicaban en los templos, aunque también poseía, claro está, un lado oscuro marcado por una terrible ira y una sed de venganza desproporcionada. Según los primeros mitógrafos, esta oscuridad era visible en castigos tan crueles como el desollamiento del sátiro Marsias o la despiadada matanza de los catorce hijos de Níobe ―reina de Tebas que fue sancionada de tal modo por compararse con los dioses―; pero hoy no vamos a hablar de su lado oscuro. Hoy hablaremos de su luz.

El escenario de este idilio se sitúa concretamente en la mítica región de Laconia, en el sur de la península del Peloponeso. Allí, en una Esparta previa a la severidad militar que la haría famosa siglos después —pues los mitógrafos suelen situar estos acontecimientos en los tiempos legendarios previos a la Guerra de Troya—, vivía Jacinto. Según diferentes textos antiguos, se le vinculaba tanto al rey Amiclas como a la musa Clío ―la divinidad encargada de registrar la historia y la memoria de los hombres—, lo que justificaba que por sus venas corriera una mezcla de nobleza terrestre y gracia artística. El joven poseía un atractivo tan deslumbrante que no tardó en llamar la atención de Apolo quien, encandilado por su belleza, decidió abandonar temporalmente sus sagrados santuarios de Delfos y Delos para bajar a la Tierra y vivir como un mortal más.

Céfiro y Jacinto, en un vaso ático. Museo de Arte de Boston

Los poetas clásicos, como Ovidio, narran con admiración cómo el gran dios olímpico no se avergonzaba de rebajarse a portar las redes de pesca del príncipe, guiar a sus perros de caza por las laderas boscosas del monte Taigeto o acompañarlo en sus entrenamientos atléticos, entregado por completo al embelesamiento que sentía por su amante espartano. Sin embargo, aquel amor entre un dios y un mortal quedó sentenciado a morir una tarde en la que el despecho se interpuso entre ellos. ¿Cómo? ¿Qué ocurrió?

La dicha de la pareja despertó los celos de Céfiro, que era la personificación del viento del oeste, un dios menor de la naturaleza que también suspiraba en secreto por el afecto del joven espartano y no soportaba verse rechazado en favor del deslumbrante dios del sol. Así las cosas, una calurosa tarde de verano, mientras Apolo y Jacinto se ejercitaban desnudos en el lanzamiento de disco, untados en aceite como dictaba la costumbre helena —esto refleja los códigos estéticos de la cultura griega, donde el gimnasio y la desnudez atlética eran espacios sagrados en los que florecía el deseo masculino y los vínculos más profundos—, Apolo lanzó el pesado disco de bronce hacia lo alto con toda su fuerza divina para impresionar a su amante. El redondel partió las nubes demostrando su extraordinario poder, y fue en ese momento cuando Céfiro vio su oportunidad de intervenir.

La poesía épica de Ovidio en Las metamorfosis detalla cómo, con un viento furioso cargado de resentimiento, Céfiro desvió la trayectoria del disco de Apolo en pleno descenso, haciéndolo caer con fuerza sobre el rostro de Jacinto. El joven, que corría dichoso para atraparlo, no pudo reaccionar a tiempo y el impacto del metal fue tan violento que lo hirió de muerte.

La muerte de Jacinto, óleo sobre lienzo de Jean Broc (1801, Museo Sainte-Croix, Poitiers)

La caída del joven espartano desató una desesperada carrera contra el destino. Apolo corrió a sostener el cuerpo inerte de su amante entre sus brazos, tratando de contener la hemorragia, y aplicó sobre la herida todas las hierbas medicinales y ungüentos divinos que conocía. Sin embargo, nada pudo hacer el dios de la medicina, el sanador supremo del universo clásico, ante las leyes de la muerte mortal. Una de las ironías más crueles del Olimpo. La vida de Jacinto se extinguió, pues, en sus manos como «una flor tronchada por el peso del granizo», diría Ovidio. Desolado, el dios de la luz maldijo su propia inmortalidad y, en su dolor, se rebeló contra el orden natural de la muerte. Se negó a que el alma del joven descendiera al Hades, el tenebroso reino donde iban a parar de forma irrevocable todos los muertos, fuera cual fuera su condición, y donde los reyes se convertían en iguales a los esclavos, y los héroes quedaban reducidos a sombras anónimas.

Mucho lo lloró porque, como he dicho, lo amaba. ¿Era amor de verdad o un capricho más de los dioses? Según a quién consultemos, recibimos una respuesta diferente, pero, por una vez, quiero pensar que el amor, a su manera, estuvo presente en esa relación. Después, Apolo, para arrancar el recuerdo de su amante de las garras del olvido, obró un milagro sobre la tierra empapada. De la sangre derramada del príncipe no brotó maleza alguna. Ninguna mala hierba tenía permiso para enraizar allí. En su lugar, nació una flor nueva y muy bella, de color púrpura: el jacinto. Las lágrimas de Apolo cayeron sobre la flor y escribieron en sus pétalos las letras «AI, AI» —dolor y lamento que en el griego antiguo significa «¡ay, ay!» o «¡lástima!»—, dejando grabada su pena para siempre en la naturaleza.

De hecho, este lamento estampado convirtió al jacinto en un símbolo clásico de luto y melancolía. Tanto es así que en Esparta se celebraban cada año las Jacintias, unas fiestas donde el primer día se dedicaba al recogimiento, y la flor presidía un riguroso duelo nacional. Para los poetas de la literatura clásica posterior, desde las líneas de Ovidio hasta los autores alejandrinos, el jacinto púrpura se consideró un emblema de compasión ante la muerte temprana de la juventud. Hay que aclarar que este jacinto, con probabilidad, no es el que comúnmente vemos en floristerías y otras tiendas, sino el lirio silvestre, la espuela de caballero o, dicen algunos investigadores, el gladiolo de Bizancio, cuyos pétalos parecen tener marcas que podrían ser asociadas a las letras que Apolo escribió en su flor. 

El duelo del dios del sol, no obstante, no se satisfizo con un tributo terrenal, por hermoso que este fuera, pues no quería que el tiempo, que todo lo marchita en la Tierra con sus ciclos estacionales, acabara con la flor que era el recuerdo de su amor. Trasladó su lamento hacia el firmamento, donde los mitos clásicos se vuelven inmortales. De esta forma, tal y como narra el poeta Nono de Panópolis sobre su apoteosis —esa concesión de la inmortalidad que transformaba a un mortal en un dios— y su definitivo recibimiento en el Olimpo, Apolo elevó el alma pura de Jacinto en un carro celeste, rescatándolo del olvido para siempre.

El rastro de este idilio se proyecta de forma metafórica en la constelación de la Lira, instrumento sagrado de Apolo, que descansa en el firmamento junto a la del Cisne. Estas constelaciones, junto a la del Águila, dominan el cielo septentrional formando el famoso Triángulo de Verano: una gigantesca figura geométrica imaginaria que une las estrellas más brillantes del estío, que son Vega (que corona la Lira), Deneb (en el Cisne) y Altair. Esta última es la joya de la constelación del Águila, que personifica al ave sagrada y brazo ejecutor de los caprichos de Zeus.

Bajo este cuadrante, los griegos veían pues el luto del dios Apolo, pero al otro lado del mundo, la astronomía china interpreta la estrella Vega como la tejedora celestial Zhinü, atrapada en una historia de amor prohibido y separada de su amante por el gran río de la Vía Láctea. Asimismo, los astrónomos árabes medievales veían en la Lira un águila imperial con las alas recogidas en pleno descenso; un ave llamada en su lengua al-Nasr al-Wáqi‘, que se traduce literalmente como «el águila que cae» o «el buitre que se posa». Una expresión cuya última palabra, wáqi‘ (que significa «cae» o «se posa»), derivó por deformación fonética medieval en el nombre actual de la estrella Vega.

Sin embargo, cuando el estío madura y las constelaciones alcanzan su punto más alto, para la tradición occidental, ese Triángulo de Verano sigue siendo el mapa estelar de un romance truncado. Es entonces cuando sentimos, por un momento, que el dios del sol vuelve a abrazar a su amado espartano en el lienzo eterno de la noche; un refugio definitivo donde la muerte terrenal ya no puede alcanzarlos.

 

04/06/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellas

Ganímedes y el precio de la belleza eterna

by Verónica García-Peña 26/05/2026
written by Verónica García-Peña

En los relatos griegos, tendemos a pensar que los caprichos de los dioses se ensañan únicamente con las mujeres de la Tierra, sean estas mortales o no. Sin embargo, el Olimpo también extendió su apetito sobre la juventud masculina, dejando claro que ningún destello de hermosura estaba a salvo de la voracidad divina. Uno de los ejemplos más distintivos de este asedio lo encarna Ganímedes, un príncipe troyano cuyo atractivo no le procuró gloria, ni reinos ni herederos, como cabría suponer. Convertido en un gran exponente del deseo homoerótico en el imaginario heleno, su belleza cautivó de tal forma al rey del Olimpo que lo transformó en el más célebre amante mortal varón al que se concedió la inmortalidad.

Para adentrarse en este mito, es necesario viajar en el tiempo hasta las llanuras de la mítica Troya, mucho antes de que sus murallas fueran pasto de las llamas. Si atendemos a la cronología mítica, la vida de nuestro protagonista se situaría en algún punto del siglo XIV antes de nuestra era. Allí vivía Ganímedes, hijo del rey Tros —el monarca que daría nombre a la propia ciudad— junto a sus hermanos mayores Ilo y Asáraco. Los poetas antiguos, desde Homero en el canto XX de su Ilíada hasta Virgilio en la Eneida, coinciden en describirlo como el ser mortal más hermoso que jamás hubiera pisado la Tierra. Su belleza poseía una gracia pura, una luz que encandilaba a cuantos lo miraban mientras pastoreaba los rebaños de su padre en las laderas boscosas del monte Ida.

En el mundo antiguo, destacar entre los demás por cualquier cualidad —ya sea la fuerza o la hermosura— equivale a ponerse en el punto de mira de los dioses. Bastó por lo tanto una sola mirada de Zeus para que este pensara que aquel joven tan bello era un objeto precioso que debía pertenecerle.

En la versión más difundida del mito, recogida por Ovidio en Las metamorfosis, el rey del Olimpo decidió transformarse en una inmensa águila de poderosas garras y plumaje oscuro. Descendió de los cielos como un torbellino de viento sobre el monte Ida y, antes de que el joven pudiera siquiera entender lo que estaba pasando, se lo llevó consigo. Los textos antiguos destacan que el ave, a pesar de su fuerza y velocidad, lo elevó con tal delicadeza que sus afiladas garras ni siquiera rasgaron la piel del príncipe ni vertieron una sola gota de su sangre.

El rapto de Ganimedes, de Rubens (1636-1638).

Tras el rapto, Ganímedes fue transportado a las cumbres del monte Olimpo. Aquel viaje borró de golpe el futuro de un infante que ya nunca llegaría a gobernar su tierra, y al que se le arrebató la oportunidad de tener una vida normal o de envejecer junto a su familia. En su lugar, Zeus le concedió la inmortalidad y la eterna juventud, lo que podría parecernos un privilegio divino, pero que no lo fue en absoluto. Ganímedes sustituyó a Hebe —diosa de la juventud e hija de Zeus y Hera— en la tarea de escanciar el néctar y la ambrosía en las copas de los dioses. Una servidumbre que sería perpetua.

Mientras tanto, abajo, en la Tierra, el rey Tros pasó días llorando la misteriosa desaparición de su hijo menor, sin saber si estaba vivo o muerto. Al ver su llanto, tal y como relata Homero en la Ilíada, y como se recoge también en los Himnos Homéricos, «Zeus se apiadó de él y le dio como rescate por su hijo unos caballos de paso ligero, de los que transportan a los inmortales», y envió a Hermes —el dios mensajero de los olímpicos— para explicarle que el joven sería inmortal y estaría exento de la vejez. De este modo, el luto del rey se transformó en orgullo dinástico, aceptando los caballos y la glorificación de su hijo como el mayor honor al que su linaje podía aspirar.

Sin embargo, el Olimpo nunca fue un jardín de paz para los recién llegados. La presencia del joven troyano desató la furia de Hera, esposa legítima de Zeus, porque Ganímedes compartía el lecho de su esposo y, además, le había usurpado el puesto de copera a su hija Hebe. Desde entonces, el príncipe tuvo que aprender a caminar sobre el mármol del palacio bajo la siempre peligrosa mirada de Hera, pues sabía que su vida (aunque fuera inmortal) dependía exclusivamente de la voluble fascinación de su captor.

El tiempo, que en el Olimpo no transcurre pero en la Tierra todo lo transforma, acabó por reubicar este particular arrobamiento en las estrellas. Ganímedes sirvió fielmente como copero durante generaciones, viendo pasar la historia de los hombres desde la distancia divina, mientras la furia de Hera se apaciguaba con los siglos. El final de su servidumbre en el palacio no llegó a causa de un castigo o de una muerte trágica, como suele ser habitual en el universo griego. Fue el propio Zeus quien no quiso que el joven troyano se marchitara o volviera a la Tierra una vez agotada su función junto a los olímpicos, por lo que prefirió inmortalizarlo en las estrellas.

Por un lado, el soberano elevó al firmamento la constelación del Águila (Aquila), que brilla con fuerza en el cielo septentrional durante los meses de verano y otoño en el hemisferio norte. Este grupo de estrellas, coronado por el brillo de Altair (la más brillante), Alshain y Tarazed, inmortaliza para siempre la silueta del ave imperial en la que Zeus se transformó para raptar a Ganímedes en el monte Ida. Por otro, transformó al joven troyano en la constelación de Acuario, el portador del agua. En los mapas celestes, el joven aparece dibujado vertiendo siempre el néctar de los dioses hacia la constelación del Pez Austral (Piscis Austrinus). El chorro de luz apunta de forma directa a su estrella principal, Fomalhaut, cuyo nombre proviene del árabe y significa literalmente «la boca del pez».

Mientras los griegos imaginaban a un copero, pueblos africanos como los bosquimanos San alzaban la vista a esa misma sección del cielo para identificar en sus destellos la silueta de !Khwa, la deidad del agua. Según sus tradiciones, este ser adoptaba en el firmamento la forma del Toro de la Lluvia, una colosal criatura celestial que derramaba su líquido vital sobre la sabana para marcar el inicio de la temporada de abundancia. Al otro lado del mundo, diversas culturas de la América precolombina interpretaban la llegada de estas constelaciones en el firmamento como el aviso natural del inicio de la estación de lluvias y la renovación de la tierra. Así pues, para la humanidad, sea cual fuera su territorio, mirar a este rincón del cielo siempre ha significado la búsqueda del agua, ya sea en forma de lluvia vital para los cultivos o como el néctar inmortal de los dioses griegos.

Asimismo, la huella de este mito es tan honda que ha esculpido nuestro propio lenguaje. Durante siglos, la literatura ha utilizado el término «catamita» para referirse específicamente a los jóvenes masculinos que se convertían en objeto de deseo, dejando así una constancia histórica de la naturaleza de su rapto. ¿Por qué? Porque el nombre original del príncipe troyano sufrió numerosas transformaciones al ser adoptado primero por los etruscos y, posteriormente por los romanos, cuyo latín derivó el nombre en Catamitus. Dado que en la antigua Roma se utilizaba esta figura para describir el rol pasivo o el objeto de deseo en las relaciones masculinas, con el tiempo la palabra se desligó del personaje original y el término pasó a la literatura como un sustantivo común para referirse a ese perfil específico de joven.

Pero este rastro no quedó encerrado únicamente en los diccionarios. Si alejamos la vista de las palabras y de las titilantes constelaciones y miramos hacia el gigante planeta Júpiter —el Zeus de los romanos—, descubriremos un pequeño punto brillante que danza a su alrededor. Es Ganímedes, la mayor de las lunas galileanas y el satélite más grande de nuestro sistema solar. Un mundo de roca y hielo atrapado de forma eterna por la gravitación de su colosal captor, recordándonos que, a veces, tal vez los hilos de la gravedad y de la mitología obedecen a la misma lógica de arrastre.

26/05/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellas

El asedio de las Pléyades: las siete ninfas que huyeron hacia la eternidad

by Verónica García-Peña 07/05/2026
written by Verónica García-Peña

Mirar al cielo en una noche despejada nos produce siempre, es inevitable, una sensación de misterio, especialmente si fijamos la vista en un punto muy concreto dentro de la constelación de Tauro. Allí brilla un apretado grupo de estrellas que parece formar una pequeña neblina luminosa. Son las Pléyades, conocidas popularmente como las siete hermanas. A pesar de su reducido tamaño en la inmensidad celeste, este cúmulo esconde una de las historias más ricas y dramáticas del mundo antiguo.

Estas siete jóvenes, llamadas Maya, Electra, Taigete, Celeno, Alcíone, Estérope y Mérope, eran ninfas de las montañas e hijas de la oceánide Pléyone y del titán Atlas —el gigante que lideró la guerra de los titanes contra los dioses olímpicos y a quien Zeus condenó a cargar la bóveda celeste sobre sus hombros tras perder—. Al igual que otras ninfas como Calisto —convertida en la Osa Mayor—, formaban parte del cortejo sagrado de Artemisa. La diosa de la luna y de la caza exigía a sus seguidoras que conservaran su pureza intacta, obligándolas a mantener una devota castidad. Sin embargo, en el mundo de los mitos griegos, ni el amparo divino bastaba para escapar del deseo de los dioses, la ambición de los humanos o de la carnal mirada de gigantes como Orión.

Para quienes se acerquen por primera vez a estos mitos, cabe recordar que este gigante era un arquero de fuerza y belleza extraordinarias, cuya soberbia le llevó a la muerte y a convertirse en una de las constelaciones más famosas del firmamento. Pero antes de que esto pasara, y según la tradición clásica recogida por Higino en su Astronomía, el cazador se obsesionó en extremo con las siete hermanas tras encontrarlas junto a su madre en un claro del bosque, y comenzó a perseguirlas sin tregua a través de Beocia, región situada en la Grecia central.

Elihu Vedder, The Pleiades,1885

Desesperadas por el acoso y temiendo que el gigante mancillara su pureza, las jóvenes suplicaron ayuda, pero Artemisa no intervino. La diosa, fascinada por las habilidades de Orión y compartiendo con él un profundo afecto —el poeta Ovidio en sus Fastos sugiere que lo veía como su único igual—, prefirió ignorar el deseo que consumía, día tras día, a su gigante compañero. Esta inacción divina dejó a las hermanas en una vulnerabilidad absoluta frente al cazador y a otros que también las miraban con ojos anhelantes.

La persecución se prolongó durante años y, agotadas de huir a pie y sin ayuda, las ninfas decidieron saltarse la jerarquía de su señora y suplicaron ayuda directamente al rey del Olimpo. Una ayuda que, según la célebre Biblioteca mitológica de Apolodoro, llegó tarde para proteger su castidad, ya que, lejos de mantenerse vírgenes, ya habían sido forzadas a unirse con dioses poderosos durante la huida.

Así pues, tres de las siete hermanas sufrieron los caprichos del propio Zeus. En el caso de Taigete, el historiador Pausanias relata que el dios la forzó aprovechando su debilidad física debido a la caza de Orión. De este encuentro nació Lacedemón, que sería el héroe fundador de Esparta. Por su parte, la mayor de las hermanas, Maya, fue poseída en la profunda oscuridad de una cueva del monte Cilene, situado en la montañosa región de Arcadia. Fruto de esta unión nació Hermes, dios mensajero y protector de los comerciantes y pastores, y también de los ladrones. La tercera fue Electra, sobre quien Zeus impuso su divina autoridad engendrando a Dárdano, antepasado directo de los reyes de la futura Troya.

Mas el asedio divino no terminó ahí, pues otras dos de las hermanas, Celeno y Alcíone, fueron tomadas por Poseidón, dios del mar y hermano de Zeus. Como resultado nacieron Lico y Eurípilo en el caso de Celeno, e Hirieo en el de Alcíone; hombres que se convertirían en monarcas y fundadores de ciudades míticas. Estérope, por su parte, se unió a Ares, el dios de la guerra, alianza de la que nacería el rey Enómao de Pisa. La única que no se entregó a una deidad fue Mérope, quien se casó con un rey mortal, Sísifo. En consecuencia, la castidad jurada desapareció porque el mundo al que fueron expulsadas, por culpa de la persecución de Orión, se la arrebató. No obstante, tenemos que tener claro que no todas las uniones aquí narradas pertenecen a un mismo relato, sino a diferentes momentos y leyendas que el tiempo fue entrelazando alrededor de sus nombres y su historia.

De regreso al acoso de Orión, su fijación por unas mujeres que ya eran las madres de algunos hijos de Zeus fue lo que finalmente impulsó al rey del Olimpo a actuar. Escuchó las plegarias de las ninfas y las transformó primero en palomas —las peleiades, juego de palabras recurrente en los textos griegos— para que pudieran remontar el vuelo y alejarse del gigante. Como esto no era suficiente porque el perseguidor aún podía alcanzarlas, según cuenta el propio Apolodoro, finalmente las elevó al firmamento en forma de estrellas. Las colocó en la constelación de Tauro, donde hoy podemos verlas. Un toro que las guarda y que para algunos representa al propio Zeus disfrazado.

Pleiades Sidereus Nuncius Galileo

Conviene señalar que, como suele ocurrir en la mitología clásica, la de las Pléyades no es la única historia posible para justificar lo que vemos en el cielo. Otras leyendas totalmente distintas se dibujaron sobre la constelación de Tauro para explicar la presencia de este imponente animal. Es el caso del rapto de la princesa Europa —como recogen Eratóstenes o Higino—, la de la amada Ío transformada en ternera para ocultarla de Hera —según los versos de Ovidio—, o el indomable Toro de Creta al que se enfrentó Hércules y que detalló Apolodoro en sus crónicas. Pero esas… esas son ya otras historias.

Mas el firmamento es caprichoso y, al margen de estas leyendas, nos dejó una suerte de recordatorio de la obsesión del gigante Orión por las ninfas, pues a pesar de que el ascenso del cazador a los cielos respondió a su propio e independiente mito de muerte, si nos fijamos bien al mirar a lo alto, su imponente constelación parece perseguir siempre a las Pléyades en su viaje diario por el horizonte, mientras el Toro se interpone para defenderlas de su acoso.

Toda esta red de uniones e historias cruzadas alimentó la literatura del mundo antiguo y trajo también consecuencias celestes directas; y es que si algo fascina a los astrónomos es que este cúmulo de estrellas es conocido universalmente como las siete hermanas, pero a simple vista el ojo humano solo suele percibir con claridad seis de ellas. ¿Por qué? Para dar respuesta a esta anomalía visual distintas culturas han creado sus propias interpretaciones. Los helenos justificaban esta ausencia afirmando que Mérope era la estrella que brilla con menor intensidad debido a la vergüenza y tristeza que sentía por haberse casado con un mortal en lugar de con un dios. Otras versiones, sin embargo, sugieren que la desaparecida es Electra, quien se cubrió el rostro con un velo tras la caída de Troya, la ciudad que fundó su propio hijo.

Esta misma fascinación por ‘la hermana perdida’ despertó la imaginación de otros pueblos muy alejados del Mediterráneo. En Norteamérica, la tradición del pueblo Nez Perce, una tribu indígena de las mesetas de los actuales estados de Idaho y Oregón, cuenta una historia muy similar sobre la estrella que falta. Según sus relatos, una de las siete jóvenes se enamoró perdidamente de un hombre mortal. Tras la muerte de este, el dolor de la ninfa y las burlas de sus propias compañeras hicieron que se cubriera el rostro con un velo, ocultando para siempre su brillo de los ojos del mundo.

 Como curiosidad, en el folklore aborigen de Australia también existe el mito de las ‘Siete Hermanas’ —conocido en muchas comunidades como Kungkarangkalpa—, donde se dice que la séptima está escondida o asustada huyendo de un acosador celeste llamado Nyiru, quien se asocia a menudo con la figura de Orión. Por otro lado, en el antiguo Egipto, se referían a ellas como las Pesedjet y las vinculaban con las ‘Siete Hathors’, deidades que determinaban el destino de los recién nacidos. También en la Biblia hay referencias explícitas a las Pléyades cuando se dice en el libro de Job que «Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades, y los lugares secretos del Sur (…)».

Así pues, estas hermanas sirven como guía para navegantes y calendarios agrícolas desde la antigüedad. El poeta Hesíodo, en su obra Los trabajos y los días, advertía que su salida al alba marcaba el inicio de la siega, mientras que su puesta indicaba el momento de arar. También el propio Homero las menciona tanto en la Ilíada —al describir el escudo de Aquiles— como en la Odisea, donde las sitúa como brújulas celestes para que Odiseo regrese a casa. Además, están representadas incluso en algunas de las manifestaciones artísticas más antiguas que conservamos. En las Cuevas de Lascaux, en la región francesa de la Dordoña, por ejemplo, algunos investigadores creen identificar un posible conjunto de puntos asociado a las Pléyades en pinturas magdalenienses datadas en torno al 17.000 a. e. c. (antes de la era común). Esto convertiría a este cúmulo en uno de los primeros objetos celestes documentados por el ser humano.

Al observar el cielo, pues, comprendemos que el firmamento es, además de un mapa de navegación, un libro infinito en el que moran los miedos, amores y lealtades de la humanidad, así como sus más grandes leyendas. Por favor, levantad la vista más a menudo hacia él. Las Pléyades siguen ahí, brillando tímidas en su rincón de Tauro, para recordarnos que las historias nunca mueren si alguien se detiene a mirarlas.

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Historias de dioses y estrellas

La ninfa de Arcadia atrapada en la Osa Mayor

by Verónica García-Peña 29/04/2026
written by Verónica García-Peña

El firmamento es un enorme lienzo en el que, además de la memoria de grandes héroes y cazadores, reposan las tragedias de quienes, por caprichos olímpicos, lo perdieron todo. Entre la inmensidad de las constelaciones que dominan el hemisferio norte, la Osa Mayor brilla con una luz ciertamente señorial; sin embargo, detrás de sus siete estrellas principales no hay una bestia salvaje. Tan solo el alma rota de una ninfa llamada Calisto.

Calisto era una de las ninfas predilectas del séquito de Artemisa, diosa de la luna y de la caza e hija de Zeus, con la que compartía voto de castidad. Ambas recorrían los bosques de Arcadia, libres de las ataduras del amor y de las exigencias de la carne. Arcadia era una región montañosa de Grecia que para los antiguos representaba una suerte de paraíso terrenal, de naturaleza virgen y vida pastoril alejada de la civilización. Calisto era muy hermosa y el soberano del Olimpo se fijó en ella. Como Zeus sabía de su compromiso célibe, según explica Ovidio en Las metamorfosis, recurrió a una artimaña en verdad retorcida, pues adoptó la forma física de la propia Artemisa para acercarse a la ninfa. Esta, engañada, bajó la guardia ante la que creía su señora y protectora; sin embargo, la mentira pronto se descubrió. El dios mostró su verdadero rostro y la forzó a pesar de la resistencia de la joven, cambiando su destino para siempre.

El castigo por perder su pureza no tardó en llegar y, a pesar de lo que uno pudiera creer, fue establecido por quien ella menos pensaba: Artemisa. La diosa, al descubrir que Calisto estaba embarazada de Zeus, la desterró de su círculo y la abandonó a su suerte en la espesura del bosque. La ninfa se quedó sola, sin protección divina, y fue entonces cuando la vengativa Hera, esposa legítima de Zeus, decidió castigarla también. No en vano, Hera se pasó toda su vida vengándose de todas aquellas mujeres —y algún hombre— con las que Zeus le era infiel, que no fueron precisamente pocas. Así pues, quiso despojar a la ninfa de la belleza que había atraído a su marido y la transformó en una enorme y torpe osa. Calisto conservó su mente humana pero quedó atrapada en el cuerpo de una fiera, condenada a vagar por las mismas arboledas donde antes corría libre y feliz.

El hijo de Calisto, llamado Arcas y nacido antes de que su madre fuera convertida en un animal, creció hasta convertirse en un hábil cazador. Un día, mientras recorría el bosque, se topó con la gigantesca osa. Calisto reconoció al instante a su hijo y por eso, sin pensarlo, intentó acercarse a él para abrazarlo, pero Arcas, viendo solo a una bestia salvaje abalanzándose sobre él, tensó su arco y apuntó directamente al corazón del animal. La osa huyó y se escondió en el santuario de Zeus, donde ningún mortal tenía permiso para entrar. En ese instante, para evitar el matricidio, Zeus intervino. Se los llevó consigo y los lanzó con fuerza hacia el cielo.

En este punto de la narración, los relatos clásicos difieren sobre la forma en la que el dios inmortalizó este reencuentro en el lienzo estelar, tal y como recopiló el historiador Higinio al recoger los diferentes catasterismos en sus obras Fábulas y De Astronomia. La versión más popular, y con toda probabilidad la que más conocemos, es la que dice que Calisto se transformó en la Osa Mayor cuyas siete estrellas principales son Alioth —la más brillante de todas—, Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Mizar y Alkaid.

Zeus, para que la ninfa no estuviera sola en la infinidad celeste, también convirtió a Arcas en una osa más pequeña para que acompañara siempre a su madre. Así nació pues la Osa Menor, constelación en la que, si nos fijamos, brilla la Estrella Polar, que marca la punta de la cola del pequeño osezno y sirve, ayer y hoy, como un eje inamovible que guía a todos los marineros de la Tierra. De hecho, para encontrarla en la inmensidad de la noche, basta con trazar una línea imaginaria desde las estrellas exteriores del carro de la Osa Mayor —Merak y Dubhe— y dejar que estas nos guíen directamente hacia ella.

Otros relatos de la época, que sirvieron de inspiración para las obras de poetas como Ovidio, cuentan que Arcas fue convertido en la constelación del Boyero, la cual se encuentra entre la Osa Mayor y Virgo, y representa a un pastor. Su espíritu brilla a través de una estrella llamada Arturo, cuyo nombre en griego significa literalmente «El Guardián de la Osa». Es importante no confundirla con la Estrella Polar, pues son dos astros diferentes. Arturo es una estrella gigante de tonos anaranjados que destaca más a la vista que la modesta y pálida Polar, pues es la cuarta estrella más brillante del firmamento global. Para encontrarla solo debemos prolongar el arco de la cola de la Osa Mayor.

Fuese su conversión como la de un pequeño osezno o bajo la mirada atenta del guardián Arturo, el reencuentro de madre e hijo en las alturas no sirvió para frenar la rabia de Hera. Furiosa por ver a la que consideraba su rival honrada en las alturas, acudió a los titanes marinos Tetis y Océano —deidades acuáticas de una generación más antigua que la de Poseidón, dios de los mares, los terremotos y los caballos— y les prohibió que permitieran a la Osa Mayor descansar en sus aguas. Por esa razón, tal y como el propio Homero nos cuenta en el Canto V de la Odisea, la Osa Mayor jamás se pone bajo el horizonte, lo que la obliga a girar eternamente incapaz de encontrar reposo: «(…) y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre en el mismo lugar, acecha a Orión, y es la única que no se baña en el Océano».

Sea como fuere y aunque la mitología griega nos ha regalado el relato de transformación más conocido, no es la única civilización que un día miró a estas estrellas con asombro y les proveyó de vida, pues en la tradición nórdica y germánica este mismo grupo de astros no es visto como un animal, sino como el Carro de Odín o el de Thor. Los nativos americanos, por su parte, conocen el Carro como el oso celestial.

Y la huella de este mito es tan intensa que ha trascendido el cosmos para inspirar nuestra propia literatura, pues resulta imposible no ver la sombra de este trágico nombre, que viajó desde las estrellas hasta el huerto de Melibea, en el Calisto de La Celestina, aunque nada tengan que ver más allá del antropónimo —kallistos, que significa «el más bello» o «hermosísimo»—.

Y esa sombra también recorre el cielo cada día, pero en forma de satélite, pues así llamó el astrónomo Simon Marius en el siglo XVII a una de las lunas que orbitan alrededor del planeta Júpiter, bautizado así precisamente en honor al rey de los dioses —Júpiter es Zeus en la mitología romana—. Fue el astrónomo Johannes Kepler quien sugirió la idea de asignar a los cuerpos celestes de este planeta los nombres de algunas de las amantes vinculadas al dios Zeus en los relatos mitológicos. Marius recogió esa propuesta y bautizó a las cuatro grandes lunas de ese planeta con los nombres de Ío, Europa, Ganímedes —que en realidad era un príncipe troyano que se merece, desde luego, que un día contemos su historia— y la propia Calisto que, de este modo, quedó convertida en un satélite que gira de forma perpetua alrededor de quien marcó su trágico destino.

El cielo nocturno es, pues, un recordatorio de que, tanto en el juego de los antiguos dioses como en los caprichos del corazón humano, los inocentes son los que a menudo pagan el precio más alto.

 

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Historias de dioses y estrellasSeries y columnas

Orión, el gigante que se convirtió en estrellas

by Verónica García-Peña 22/04/2026
written by Verónica García-Peña

La historia del cazador que recorría los océanos antes de que el ser humano soñara con el espacio

¿Qué tienen que ver Artemisa y Orión para haber compartido la última misión de la NASA, la misma que nos ha permitido asomarnos al lado oculto de la Luna? La respuesta es un hilo invisible que une el metal de hoy con una historia de hace milenios.

Según algunas tradiciones, Orión era hijo de Poseidón, dios del mar, y de la gorgona Euríale —una de las tres hijas de las deidades marinas Forcis y Ceto—, conocida por su naturaleza inmortal y su fuerza arrolladora. El nacimiento de Orión fue, pues, el resultado de un idilio que desafiaba el matrimonio del dios del mar con la nereida Anfítrite, una divinidad muy poderosa. De su madre, Orión heredó una naturaleza salvaje y una fuerza descomunal, mientras que de su padre recibió el extraordinario don de caminar sobre las aguas como si estas fueran tierra firme. Dice el estudioso J. Humbert sobre esto que un poeta dejó escrito que «cuando Orión caminaba a través de los mares más profundos, sus hombros sobresalían por encima de las aguas». Esa condición de híbrido lo convirtió, desde el principio, en un ser errante que era mirado con recelo.

Al no encajar en los palacios de su padre ni en las ciudades de los hombres, se convirtió en una suerte de paria que recorría los confines del mundo sin un objetivo claro, hasta que llegó a los dominios de Artemisa. Ella lo eligió para que formara parte de su séquito y le confirió los primeros empleos de su corte, prodigándole claras muestras de su protección bienhechora. Juntos compartieron el silencio de las cacerías nocturnas, unidos por una naturaleza indomable. Homero lo describía en la Odisea como un cazador incansable incluso después de la muerte.

Todo parecía, pues, dicha para el guerrero y la diosa, pero el destino rara vez permite que dos fuerzas tan libres permanezcan juntas. Tal como recogen los versos de Hesíodo, el final del gigante llegó cuando su orgullo superó todos los límites, y su vanidad fue la causa de su ruina. Orión afirmó que era capaz de exterminar a todas las fieras de la tierra porque no había monstruo alguno sobre el cual no pudiera triunfar. Ante tal amenaza, una de las versiones más extendidas dice que Gea —la Madre Tierra—, enfurecida por su jactancia, envió un pequeño escorpión cuya mordedura lo mató.

Tras su muerte, el relato de su ascenso a los cielos se rompe en diferentes interpretaciones. Mientras que el poeta astrónomo Arato de Solos sostiene que la propia Gea decidió colocar a ambos (Orión y Escorpio) en el firmamento para que la persecución fuera eterna, otras fuentes aseguran que el catasterismo (el proceso por el cual un héroe, animal u objeto es transformado en estrella) fue una concesión de Zeus a Artemisa que, desconsolada por la muerte de uno de sus más intrépidos cazadores, le rogó que lo convirtiera en una. El resultado es la silueta de un imponente guerrero que parece congelado en plena batalla y que forma una de las más brillantes constelaciones de nuestro firmamento.

Tiene forma de gigante. Hay puntos de luz que dibujan sus hombros, su cabeza y sus brazos. En uno sostiene una maza —aunque a veces se interpreta como espada— y en el otro una piel de león que, extendida, hace las veces de escudo frente a la constelación de Tauro. También se trazan sus piernas, y en el centro destaca el Cinturón de Orión, tres estrellas alineadas llamadas Alnitak, Alnilam y Mintaka, y que son, quizá, el rasgo más llamativo de nuestro cielo invernal en el hemisferio norte. De este cinturón cuelga su espada, trazada por un grupo de estrellas más tenues.

Allí permanece desde entonces, huyendo siempre del escorpión que lo acecha desde el extremo opuesto del horizonte, porque cuando la constelación de Escorpio sale por el este, la de Orión se oculta por el oeste. No se las puede ver juntas, ya que Orión es una constelación de invierno y Escorpio es una de verano. Y cuando uno fija la mirada en el cielo y descubre a Orión, es casi imposible observarlo sin recordar a Roy Batty en Blade Runner, cuando explicaba cómo había visto naves ardiendo más allá de Orión y rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. No hablaba el replicante de coordenadas astronómicas, aunque también, sino de la frontera final de la memoria y de esas maravillas que pueden acabar perdidas en el tiempo si nadie las recuerda.

En este momento, el rastro de la última misión espacial empieza a desdibujarse de nuestra retentiva, pero Orión sigue ahí arriba. El cazador permanece en su parcela de estrellas, con su maza en alto y su cinturón de fuego, a la espera, tal vez, de que el ser humano se atreva a cruzar el próximo umbral.

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ArteLiteratura

Artemisa: la diosa de la Luna reclama su trono

by Verónica García-Peña 11/04/2026
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La cazadora del arco de plata que hoy da nombre al regreso de la humanidad al espacio

Más de medio siglo después de que Apolo abandonara la superficie lunar, su hermana gemela reclama el trono. La NASA ha bautizado su misión más ambiciosa como Artemis II (Artemisa en castellano), rescatando del sitial de los mitos a la cazadora del arco de plata. Pero, ¿quién es esta deidad que hoy da nombre a una gesta que nos permitirá ver, por primera vez en la historia, el lado oculto de la Luna?

Artemisa es, en la mitología griega, la personificación de la Luna y la dueña absoluta de todo lo que permanece salvaje. Hija de Zeus y Leto, el rasgo que mejor la define es la autonomía. Su madre no era una deidad menor, sino una Titánide, una de las figuras de la generación anterior a los dioses del Olimpo que, para su desgracia, conoció muy de cerca el peso del castigo divino. Su historia es la de una madre que tuvo que vagar por medio mundo perseguida y sin encontrar un lugar donde cobijarse para dar a luz. La razón era el odio que Hera, la esposa de Zeus, le tenía por su embarazo. Tanto es así que lanzó una maldición prohibiendo a cualquier tierra firme u hogar bajo el sol que acogiera a Leto para que esta pudiera parir. Al final, Leto encontró refugio en la errante isla de Delos, un trozo de roca flotante que, al no estar anclado al fondo marino, técnicamente no incumplía el castigo de la reina de los dioses.

En ese mundo del Olimpo donde el destino de las mujeres solía ser la sumisión, el matrimonio forzoso o la violencia directa —disfrazada a menudo de romance en muchos textos clásicos—, Artemisa nació aprendiendo que el control sobre su propia existencia era su mejor escudo. Por eso pidió a su padre el don de la soltería eterna y la libertad para vivir fuera del Olimpo, armada con un arco y un carcaj de flechas, lejos de las estructuras que convertían a otras como ella en constantes objetos de deseo o moneda de cambio. El poeta Calímaco, en su Himno a Artemisa, relata que siendo apenas una niña, sentada en las rodillas de Zeus, ya tenía claro que mantener su independencia (es decir, su virginidad) era la única forma de no pertenecer a nadie.

Esa libertad y firmeza definen también su faceta como diosa de la caza, pues ella rastrea, no se rinde ante lo salvaje y protege su territorio con una ferocidad implacable. Su famoso arco de plata —fabricado específicamente para ella por los Cíclopes, que eran los artesanos de los dioses— tiene una curva que los antiguos identificaban con la luna creciente. Ese arco le servía tanto para abatir presas como para marcar una frontera imposible de traspasar, pues nadie podía cruzar sus dominios sin su permiso.

De hecho, acercarse a Artemisa siempre tuvo un precio y su belleza funcionaba como una advertencia. El mito de Acteón —un célebre héroe y cazador tebano entrenado por el centauro Quirón— es el recordatorio más crudo de ese carácter. Tras ser pillado in fraganti mientras espiaba a la diosa bañándose desnuda en un manantial, fue transformado por Artemisa en un ciervo. Incapaz de hablar, Acteón terminó siendo devorado por su propia jauría de perros, que no lograron reconocer a su amo bajo la piel del animal. Artemisa no perdonaba la invasión de su intimidad porque su libertad no era negociable.

La diosa vivía en las montañas acompañada por un séquito de ninfas que su padre le regaló: sesenta oceánides (hijas de Océano) y veinte ninfas amnisíades (de los ríos de Creta). Según detalla Calímaco, estas últimas eran las encargadas de cuidar de sus sandalias y de sus perros cuando la diosa descansaba. Eran sus compañeras y amigas que, como la propia Artemisa, decidieron que no necesitaban a nadie para ser ellas mismas.

Esta conexión con la naturaleza más pura se extiende a todos sus elementos. En la tradición clásica, Artemisa era la protectora de los manantiales y las fuentes ocultas; se creía que ella custodiaba el agua que daba vida a los bosques bajo el manto de las sombras. Hoy, la ciencia busca en la Luna ese mismo recurso vital que la diosa siempre protegió en la espesura.

Hay, además, un detalle biográfico que la hace, si cabe, todavía más poderosa. Aunque su hermano gemelo Apolo llegara antes a la Luna, con la histórica misión de 1969, ella nació primero. Los relatos clásicos dicen que, nada más nacer, ayudó a su propia madre en el difícil alumbramiento de su hermano. Fue la primera partera, la que permitió que la luz solar existiera, pues Apolo es el dios del Sol. Por eso me resulta justo que ahora sea ella quien abra el camino hacia el futuro. No es un detalle menor que el programa lleve el nombre femenino de la protectora de las mujeres, rompiendo un monopolio masculino histórico que parecía inamovible, además de ser ella la diosa del elemento a investigar.

Ese cohete que durante estos días ha cruzado el cielo nocturno es, en realidad, un reencuentro. Una excusa para volver a mirar hacia arriba con la misma mezcla de respeto y curiosidad que sentían quienes, hace miles de años, levantaban la vista y creían ver en la Luna el arco de una cazadora tenaz.

11/04/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde el olvido se olvida: El fantasma del fantasma

by Verónica García-Peña 22/03/2026
written by Verónica García-Peña

Si pensamos que un fantasma es, en realidad, el eco de una vida que se resiste a convertirse por completo en silencio, el fantasma del fantasma es el vacío absoluto que queda cuando ya no hay nadie para contar su historia. Es, por tanto, la muerte de la memoria; y por eso hoy no vamos a visitar un lugar físico concreto. Visitaremos el umbral en el que el espectro mismo pierde su nombre y se convierte en nada. Es lo que algunos antropólogos llaman la «segunda muerte», esa que ocurre cuando se apaga el último recuerdo que sobre nosotros queda.

Esa soledad final ya la anticipó Bécquer en sus Rimas: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!». Sin embargo, no hablaba el sevillano de la soledad del sepulcro o del abandono. Lo hacía de la soledad del olvido cuando al final se pregunta: «¿todo es vil materia, podredumbre y cieno?».

El fantasma del fantasma es entonces, pienso, la inexistencia de quien ya no tiene quién le rece, quien le tema o quien, al menos, invente una leyenda sobre su sombra. Es una desaparición total que ni siquiera deja un pequeño rastro de migas en los expedientes, artículos y noticias que he consultado para escribir sobre los distintos espíritus que han poblado esta revista durante meses. Personas que se han convertido en aire y que, al final, ni siquiera el viento las recuerda, porque incluso los muertos mueren.

Pero, quizá, de este viaje por la España herida y olvidada, lo que realmente he comprendido es que los fantasmas existen porque nosotros, los vivos, decidimos que así sea. Porque nosotros, los vivos, los recordamos. Son una forma de resistencia contra lo inevitable. Sufrimos de un hambre de inmortalidad tan voraz, decía Unamuno, que elegimos imaginar, soñar, tal vez invocar una presencia, bien aterradora o bien triste y melancólica, en cualquiera de los muchos lugares por los que en esta sección hemos deambulado, antes que aceptar el vacío absoluto. Porque nosotros, los vivos, los recordamos para no sentirnos solos en nuestra propia finitud.

Bajo esa premisa, cabe preguntarse si acaso morir es dormir, como sugería Hamlet en su duda más célebre. No lo sabemos, y esa incertidumbre, ese «tal vez soñar», es razón harto poderosa para poblar la oscuridad con figuras que nos acompañen y nos den, a su manera, consuelo. Es el miedo a que nada nos espere tras el sueño lo que nos empuja a hacerlo. Preferimos la amenaza de un ánima que mueve los muebles en la habitación 712 de un hotel a la certeza de que, tras esa puerta, solo hay partículas de polvo suspendidas en un rayo de sol.

Julio Llamazares nos recordó que la memoria es un paisaje que se borra. Describió esa soledad final del que se queda solo en el mundo, custodiando los fantasmas de los demás hasta que él mismo se desvanece. Y hoy, esa desaparición es más voraz que nunca. Formamos una legión de futuros olvidados, sesenta millones cada año, que camina hacia el borrado absoluto sin dejar una sola huella que sobreviva a la segunda generación. Ni siquiera este rastro digital que tanto nos obsesiona garantiza la permanencia.

Somos nosotros los que proyectamos nuestra necesidad de trascendencia en los muros de Belchite o en las habitaciones de Cardona, mientras buscamos un rastro de humanidad entre los escombros, el agua, el erial o el recuerdo. Lo hacemos para convencernos de que, cuando alguna vez nos toque partir, alguien nos convertirá en un espectro, una visión, para no dejarnos morir del todo. Sin embargo, si hoy olvidamos lo que pasó ayer un cincuenta por ciento más rápido que hace apenas una década, y nuestra capacidad de retención ya se agota con lo vivo, ¿qué esperanza tienen aquellos que solo son una presencia en un pueblo abandonado? ¿Qué esperanza tiene una mujer de blanco que camina por el cementerio de Comillas entre las tumbas de los relegados?

Habrá quien con esto no coincida. Habrá quien piense que los fantasmas nunca podrán tener su propio fantasma porque siempre habrá alguien que los rescate del silencio; que la memoria, en realidad, no morirá del todo mientras el recuerdo permanezca grabado en la piedra o en la palabra. Y tal vez tengan razón. Ojalá la tengan. No obstante, en nuestro mundo, devorado por la inmediatez y el murmullo constante de la ligereza, cada vez parece haber menos espacio para ellos, para los muertos y sus espíritus. Y cómo  terminaba Bécquer su rima, terminaré yo: «¡No sé; pero hay algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, / al dejar tan tristes, / tan solos los muertos!».

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LiteraturaPensamiento

¿Quién es Sibyl Vane?

by Verónica García-Peña 10/03/2026
written by Verónica García-Peña

La mujer que delató al monstruo

El polvo flota bajo la luz ambarina de las lámparas de gas en el teatro Holborn, un edificio que huele a ginebra barata y humedad en un barrio de clase baja del entorno del East End londinense, desprovisto de belleza estética. «Un lugar miserable y anodino», diría en su momento Dorian Gray. Y allí, entre las tablas astilladas del escenario, una muchacha de diecisiete años arrastra pesados vestidos de terciopelo marchito para dar vida a Julieta y a muchas otras heroínas shakespearianas, como Ofelia, Desdémona o Cordelia. Sus mejillas están pintadas de rojo carmín, el sudor le corre por el cuello, pero su voz logra silenciar a un patio de butacas ruidoso y al que poco le importan esas trágicas protagonistas que nunca se salvan. Se llama Sibyl Vane y, sin ella, el rostro más célebre que Oscar Wilde una vez imaginó jamás habría comenzado a pudrirse.

Resulta cuanto menos curioso cómo la mayoría de aquellos que se asoman a la historia literaria en la que Sibyl habita, la olvidan con frecuencia. Al evocar El retrato de Dorian Gray (1891), la mente dibuja de inmediato la opulencia de los salones de Mayfair, el humo de los cigarrillos turcos y el cinismo afilado de Lord Henry Wotton. El cuadro envejeciendo en la buhardilla acapara el terror y la fascinación lectora a partes iguales, pero todos se olvidan de ella. Sibyl queda relegada a una mancha en la biografía de la vanidad masculina. Una joven actriz cuya vida y cuya muerte constituye el punto de fractura exacto de la novela. ¿Cómo es posible?

Lo cierto es que Dorian, que tanto frecuentaba su camerino y le regalaba promesas eternas de cariño, nunca la amó. Su devoción jamás rozó a la adolescente de carne y hueso que cosía sus propios vestidos entre corrientes de aire. Su devoción le pertenecía en exclusiva a las heroínas de Shakespeare que ella encarnaba bajo los focos; soñaba con Julieta o con Ofelia, nunca con la muchacha pobre y vulnerable. Sibyl, por el contrario, se enamoró del hombre, al margen de la riqueza y la fachada del joven apuesto. Por eso, convencida de que el afecto sincero bastaba, decidió despojarse del artificio de su profesión y salir a escena sin máscaras, pero aquella noche su actuación resultó torpe, carente de magia, porque ya no interpretaba a nadie; porque por primera vez en su vida era solo Sibyl. Le entregó a Dorian su verdadero yo, y recibió a cambio desprecio. Al dejar caer el velo de la ficción, la actriz perdió todo valor a los ojos del esteta.

Se cumplió de esta suerte el peor de los presagios y, al igual que las mujeres trágicas a las que daba vida, Sibyl Vane terminó muriendo por culpa de un hombre. Se suicidó. Un acto de desesperación luctuosamente común en las crónicas de sucesos del Londres victoriano, donde las coristas y actrices de los bajos fondos a menudo terminaban sus días engullidas por la miseria o el abandono. En la trama de Wilde, este hecho cumple un cargo fundacional, pues es el inicio de la maldición del retrato. La primera alteración que sufre el óleo que Basil Hallward le había pintado y regalado a Dorian fue una sutil mueca de crueldad que deforma los labios, y aparece justo la misma noche en la que Sibyl perece. Su muerte es el cincel que esculpe la verdadera naturaleza del protagonista. Su muerte delata al monstruo.

¿Y cómo es posible que una mujer cuyo final desencadena realmente la historia, se olvide con tanta facilidad? El proceso de borrado lo inicia el propio texto. Lord Henry interviene de madrugada, tras lo sucedido, para anestesiar la culpa de su protegido Dorian y convierte el cadáver aún caliente de Sibyl en una bella metáfora. Le insta a reservar sus lágrimas para la Ofelia literaria, lo que suprime de inmediato el duelo por la joven actriz. Al estetizar su muerte, es innegable, le arrebata la humanidad y la convierte en los propios personajes que la joven interpretaba. Después, generaciones de lectores, seducidos por la brillantez dialéctica de Wotton, han caído en la misma trampa que Dorian, y han olvidado la dureza de una vida obrera truncada por el capricho de un aristócrata.

Hacer justicia a Sibyl Vane exige apartar la vista del lienzo maldito, de la estética y el amor por lo sublime, y dirigirla hacia los callejones del distrito de Tower Hamlets. Implica sentir la aspereza de las tablas del escenario, el calor de los focos y el olor a sudor y ginebra de quienes te miran sin saber que Ofelia y Julieta fueron la misma, y que Sibyl era todas ellas. Exige reconocer que el mito de la eterna juventud cobró vida por primera vez gracias al cuerpo de una adolescente enamorada (y muerta).

Hoy, el polvo vuelve a asentarse bajo las luces de gas apagadas de algún teatro, cubriendo los restos de algún vestido de terciopelo marchito. Hoy, mientras el mundo sigue fascinado por el pigmento que se pudre en el desván, su nombre permanece en los márgenes. Es una deuda pendiente. ¿Quién es Sibyl Vane? La mujer que delató al monstruo.

 

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Los fantasmas olvidados

Donde el silencio reclama su casa: Los fantasmas de los pueblos abandonados

by Verónica García-Peña 27/02/2026
written by Verónica García-Peña

Más allá de la crónica de la despoblación y el abandono rural, el olvido tiene una arquitectura propia, hecha de muros que se desmoronan y ventanas que miran al vacío con la fijeza de un cadáver. Y en estas calles yermas, los fantasmas de los que departimos normalmente en esta sección, cambian, pues son el rumor de una España que se niega a desaparecer y que sobrevive a su propio desahucio a través del misterio.

Pueblo Viejo de Belchite, Zaragoza

Nos detenemos, pues, ante las costillas al aire del Pueblo Viejo de Belchite, en Zaragoza, que quedó destruido tras una cruenta batalla acontecida en 1937. Sus ruinas se quedaron como un bosquejo de piedra, congelado, sin que nadie pudiera hacer nada con ellas salvo contemplarlas. Fue una orden, un decreto de diciembre de 1939 por el cual el Estado adoptaba la villa. ¿Qué significa esto de adoptar? Que el pueblo dejó de pertenecer a sus vecinos y pasó a ser propiedad del régimen franquista. Fue un desahucio administrativo que lo convirtió, por de contado, en un símbolo de la guerra. Esta decisión, gestionada por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, prohibió la reconstrucción del núcleo poblacional original donde, desde entonces, el tiempo se hacina sin principio ni final.

Mas el interés por esta localidad comenzó realmente en octubre de 1986, cuando el equipo de investigadores aragoneses ZERCA (Zaragoza Estudios y Recopilación de Ciencias Anómalas), accedió al recinto para investigar lo que algunos lugareños y visitantes habían descrito como fenómenos extraños. Las crónicas de la época en el Heraldo de Aragón recogen estas visitas, que tanta expectación levantaron, y la captación de sonidos cuanto menos especiales.

Los audios, emitidos en Radio Heraldo, eran ruidos que se asemejaban a motores de aviones, silbidos de proyectiles y voces humanas. ¿Las voces, tal vez, de aquellos que en el pueblo murieron durante la contienda nacional? Nadie lo sabe. ¿Voces de un pueblo muerto salvo por los espíritus que permanecen allí, quizá atrapados, como testigos de lo que en aquel lugar ocurrió? No en vano los historiadores estiman que perecieron entre 4.000 y 6.000 personas durante un asedio que duró quince días de fuego ininterrumpido. En 1954 el pueblo nuevo fue inaugurado, y el viejo Belchite se quedó solo para sus fantasmas y leyendas.

Iglesia de San Agustín. Belchite, Aragón

Por su parte, en el Condado de Treviño, en Burgos, existe uno de los parajes más especiales de nuestra geografía o, al menos, uno de los más famosos a este respecto. Se trata de Ochate, que alcanzó notoriedad nacional en 1982, tras la publicación de un reportaje en la revista Mundo Desconocido. Fue gracias a un artículo, firmado por un exempleado de banca, Prudencio Muguruza, titulado «Luces en la puerta secreta» que estaba ilustrado con una supuesta fotografía de un ovni.

Muguruza sostenía que el pueblo fue víctima de tres plagas selectivas: viruela (1860), tifus (1864) y cólera (1870). Sin embargo, investigadores posteriores como Enrique Echazarra, a través de sus crónicas en la edición alavesa del diario El Correo, demostraron que el abandono fue un proceso migratorio común y que las fechas de las plagas no coinciden con los registros de defunción del Archivo Diocesano de Vitoria ni con el registro civil del Condado de Treviño. Si bien, pese a la desmitificación histórica, el misterio persiste.

De hecho, en la necrópolis altomedieval de San Vítores, situada en los alrededores, la leyenda se funde con la arqueología. Allí, en tumbas antropomorfas talladas en la roca entre los siglos IX y XII, algunos visitantes aseguran haber visto figuras difuminadas. Son formas sin rasgos definidos que parecen emerger o fundirse con la piedra misma. ¿Salen o entran de sus tumbas? Quizá, pienso al leer algunos testimonios en prensa local, blogs y otras páginas, no puedan hacer ni una cosa ni la otra. ¿Y si son simples prisioneros de la pareidolia?

Ermita de Burgondo, Otxate

El mito de Ochate se ha nutrido durante años, además, de relatos que aseguran que algunos soldados del Ejército de Tierra, de la base militar de Araca, que durante los años ochenta realizaban maniobras en la zona, vieron una silueta femenina de coloración pálida que se desplazaba sin emitir sonido alguno cerca de la torre de San Miguel, situada en lo alto del pueblo. Una presencia que nos devuelve el reflejo de La dama de blanco de Wilkie Collins en un simple parpadeo, pero que en el silencio de Treviño late acompasada, en realidad, con la angustia de los personajes de Henry James. Una silueta que camina por el velo del mundo y que no sabe o no puede morir, como la que describe Susan Hill en su libro La mujer de negro.

Estos testimonios fueron analizados por los investigadores Antonio Arroyo y Julio Corral en su monografía Ochate: Realidad y leyenda del pueblo maldito, en la que señalan que no existe ningún parte oficial o documento que recoja avistamientos de figuras blancas o fenómenos anómalos por parte de patrullas en la zona. Atribuyen estas historias a la transmisión oral y al impacto que tuvo el artículo original de 1982. Es decir, que tal vez Ochate no tenga fantasmas más allá de lo que nosotros, los humanos, decidimos achacarle; si bien los fantasmas son, por definición, entes libres de transitar la frontera entre lo que la ciencia mide y lo que el alma siente. Y es que la imaginación es demasiado fértil para dejar quieta estas historias.

Dos lugares emblemáticos de nuestra geografía marcados por el abandono y por el misterio, pero también, pienso, por la pena y la soledad. El periodismo exige confrontar el mito y la leyenda con los documentos y los testimonios, y en estos enclaves, la ruina arquitectónica va de la mano de mucho ruido, pero también, de la intención genuina, pienso, de creer.

¿Qué parte es realidad y cuál responde al hambre de nuestra propia imaginación? Quizá escribimos sobre ellos por la necesidad, casi física, de no dejar que los fantasmas de nuestro pasado, nuestros fantasmas, mueran y desaparezcan por completo en un mundo en el que, sobre todo hoy en día, parece que cada vez hay menos espacio para su existencia.

27/02/2026 0 comments
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