Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Copyright 2022 - All Right Reserved
Category:

Series y columnas

Amores extraños

La durmiente del velo, el reparto del corazón y siglos de oscuridad compartida

by Verónica García-Peña 08/11/2025
written by Verónica García-Peña

En marzo de 2014, el silencio sepulcral del convento de los Jacobinos en Rennes, la capital de la región de Bretaña —en el noroeste de Francia—, fue roto por la luz. Unos arqueólogos abrieron un ataúd de plomo, uno de los varios hallados en el lugar, que guardaba un secreto sellado durante casi cuatrocientos años. Dentro, intacta al paso del tiempo, encontraron a una mujer que parecía dormir y a su lado, en un relicario, un corazón humano perfectamente embalsamado que no era el suyo.

Su cuerpo, envuelto en el humilde hábito franciscano, yacía en paz, el rostro cubierto por un velo monástico, como si esperara solo el despertar en la eternidad. Sus manos, sobre el pecho, sostenían firmemente un sencillo crucifijo. Aquella durmiente era Louise de Quengo, dama bretona del siglo XVII, que murió en 1656; el corazón que la acompañaba era el de su marido, Toussaint de Perrien, Señor de Bréfeillac, muerto siete años antes.

El suyo fue un matrimonio sin hijos, lo que, en una época obsesionada con la estirpe, pudo haber cambiado el afecto que sentían hacia una comunión de almas que trascendía la herencia terrenal. Un amor diferente. Al fin y al cabo, pertenecían a una nobleza cuya vida era un tapiz donde la fe y la sombra de la muerte no se temían y se abrazaban con firmeza.

Cuando Toussaint marchó de este mundo en 1649, su cuerpo fue depositado en el convento de los Carmelitas Descalzos en Carhaix —actualmente Carhaix-Plouguer—, también en la región de Bretaña. Él había fundado ese monasterio y quiso reposar allí para siempre. Louise, con el alma rota por la pérdida, decidió que su esposo sería enterrado sin el corazón, pues este le pertenecía a ella. Mandó extraer el órgano y lo confinó en un relicario de plomo cuya inscripción no dejaba lugar a dudas: «Aquí yace el corazón de Toussaint de Perrien, caballero de Bréfeillac, cuyo cuerpo yace cerca de Carhaix en el convento de los Carmelitas Descalzos, que él fundó».

Luego, Louise ingresó como terciaria franciscana y cambió las comodidades de su castillo familiar en Bréfeillac por la austeridad y la reclusión del convento. Dedicó los siguientes años a la oración y a la espera, hasta que en 1656 murió. Entonces, el corazón de Toussaint fue depositado, tal y como ella había previsto, junto a su cuerpo en el convento de Rennes, reuniéndose en la infinitud de la muerte.

Este gesto, que hoy nos estremece, era conocido en la corte barroca francesa como el partage du cœur (el reparto del corazón). Era una especie de ritual de amor espiritual mediante el cual los cuerpos podían yacer separados en el espacio, pero los corazones, reunidos, sellaban una unión indisoluble más allá de la materia. Las excavaciones de Rennes lo confirmaron, pues se encontraron al menos otros tres corazones en distintas urnas pertenecientes a otros nobles como, por ejemplo, Catherine de Tournemine.

Los científicos que desvelaron este misterio comprobaron que el cuerpo de Louise había sido embalsamado con una técnica excepcional, preparando a la mujer del velo para su viaje eterno; y el corazón de Toussaint se conservaba como un tesoro biológico a su lado. Lo que para la ciencia fue un hallazgo único, para el amor y sus relatos, para quienes profundizamos en lo extraño de su ser y sentir, es una historia que bien podía ser una balada épica —aunque sea totalmente real— de dos almas que se juraron no separarse hasta que el plomo, en el silencio de la muerte, los reuniera de nuevo. Actualmente, el cuerpo de Louise de Quengo y el corazón de su esposo reposan juntos en el cementerio de la Chapelle-des-Fougeretz, cerca de Rennes, donde fueron enterrados nuevamente en 2015.

Tal vez, pienso, cuando descubro estas historias y, a mi manera, les devuelvo la vida, la auténtica eternidad no se encuentra en las palabras grabadas en tumbas y relicarios. Tampoco en las oraciones elevadas a un cielo que no sabemos si realmente nos responderá alguna vez. Posiblemente, la verdadera eternidad esté en ese corazón guardado que, quizá, aún palpita en mudez total para nosotros, siglo tras siglo en la oscuridad, y que solo desde el otro lado del velo se puede sentir.

08/11/2025 0 comments
5 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Un príncipe deforme, una sala de espejos y la villa de los monstruos

by Verónica García-Peña 26/10/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que el amor es capaz de levantar catedrales, pero el desamor también ha sabido construir sus propios templos. En Sicilia, al sur de Palermo, en la localidad de Bagheria, se alza uno de los más singulares. Se trata de la Villa Palagonia, conocida desde hace tres siglos como la Villa de los Monstruos. Su historia comienza en el siglo XVIII y, como casi todas las grandes pasiones, tiene algo de fábula, algo de locura y algo de verdad.

En 1715, Ferdinando Francesco I Gravina Cruyllas e Bonanni, el cuarto príncipe de Palagonia, ordenó al arquitecto Tommaso Maria Napoli construir una villa barroca para su familia, sin imaginar que, unas décadas después, su nieto transformaría aquel elegante palacio en un jardín de pesadilla lleno de monstruos, criaturas anómalas y extravagancias. Hablamos de Francesco Ferdinando II Gravina e Alliata, nacido en 1722, heredero y príncipe de Palagonia. Las crónicas lo describen como un hombre de inteligencia refinada, culto y de gustos ciertamente insólitos, pero también marcado por una fuerte deformidad física. Jorobado, de rostro asimétrico y caminar torcido, creció en una sociedad que veneraba la belleza tanto como temía la diferencia.

Por conveniencia dinástica y estratégica, como era habitual entre la nobleza siciliana,  lo casaron con Donna Anna Maria Cattolica Ruffo —hija del duque de Bagnara—, una joven de gran linaje y extraordinaria belleza. Fue, desde el inicio, un matrimonio extraño marcado por la diferencia de edad —en ese momento, él tenía 26 años y ella alrededor de 14— y la fascinación del príncipe por lo grotesco y la fealdad. De hecho, algunas crónicas de los viajeros del ‘Grand Tour’ que visitaron el Palacio, como el escocés Patrick Brydone, aseguraron que ella nunca lo amó y que su belleza servía como un contraste doloroso de la propia realidad física del príncipe. Aunque también hay quien dice que, en realidad, la excentricidad del heredero se intensificó justo tras la muerte de su esposa en 1749.

El ‘Grand Tour’ era un viaje que se hizo muy popular entre los jóvenes aristócratas del siglo XVIII. Buscaban completar su educación y formación cultural. Era considerado un rito de paso crucial, con Italia como destino principal, para conocer el arte, la cultura clásica y las costumbres del continente

El 6 de marzo de 1747 Francesco Ferdinando II asumió por testamento el título como hijo primogénito y heredero de su padre, Ignazio Gravina, y apenas dos años después, en 1749 fue cuando comenzó a encargar las grotescas esculturas que adornarían Villa Palagonia y le harían famoso. Desde ese año y durante décadas, ordenó poblar los jardines, las escalinatas y los muros de la villa con más de seiscientas esculturas grotescas. Centauros, sirenas, animales imposibles, demonios sonrientes, mujeres con cabezas de bestia, bufones congelados en gestos de burla… Una procesión de piedra que parecía salida de una auténtica pesadilla barroca.

Algunos aseguraban que eran caricaturas de los invitados a sus fiestas; otros, que representaban los rostros deformados de los amantes imaginarios de su esposa con los que dicen —aunque no está ni mucho menos comprobado— el príncipe estaba obsesionado. También hubo quien pensó que, en realidad, cada monstruo era un reflejo de sí mismo. Una especie de autorretrato multiplicado hasta el delirio. Si bien, el clímax de la locura barroca de la villa era la llamada Sala degli Specchi —Sala de los Espejos—, donde diferentes tipos de espejos distorsionaban burdamente a los invitados y mostraban a la aristocracia de la época, que tanto valoraba su imagen, una caricatura de sí mismos. «Specchiati in quei cristalli e nell’istessa magnificenza singolar contempla di fralezza mortal l’immago espressa» (mírate en esos cristales y, con la misma singular magnificencia, contempla la imagen que expresa la fragilidad mortal) está escrito a la entrada del salón de la villa.

Wolfgang von Goethe

¿Y qué era en realidad la villa? ¿Acaso un santuario a la fealdad? ¿Tal vez esculpió su dolor en piedra hasta convertir la villa familiar en una parodia de la humanidad? Quién sabe si no sería todo aquello solo fruto de la locura y no un altar a la imperfección y al desamor. Interpretaciones y leyendas populares que forman parte del enigma que rodea a la Villa de los Monstruos. Sea como fuere, cada esquina parece un reflejo de su excéntrico corazón. Caótico, atormentado y lleno de una melancolía retorcida.

En 1787, el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe cruzó el umbral de aquella villa. Estaba recorriendo Italia cuando decidió detenerse en Bagheria atraído por la fama del palacio. Lo que encontró, él que era un defensor de los ideales clásicos de orden y belleza, le resultó impactante y de mal gusto. En su Viaje a Italia (publicado entre 1813 y 1817) escribió que Villa Palagonia era «wahn in Stein gehauen» —literalmente, «la locura cincelada en piedra»— y lo describió como el «pináculo de la demencia y el mal gusto». Desde entonces, creció la leyenda de que aquel lugar había inspirado la noche de Walpurgis de Fausto. No hay prueba de que así fuera, pero la idea persistió, quizá porque la Villa Palagonia es un lugar donde el arte parece producto de las pesadillas, y la belleza y el espanto se confunden.

El tiempo y el mito hicieron el resto. Se cuenta, por ejemplo, que Salvador Dalí soñó con comprarla para pasar allí sus veranos debido a la admiración que sentía por las locuras arquitectónicas sicilianas, aunque no hay pruebas que lo confirmen. Lo que sí es cierto es que el pintor Renato Guttuso la recordaba como el escenario de sus juegos de infancia. En el siglo XX, el cine se rindió también a su magnetismo. Bellocchio la convirtió en el escenario de un matrimonio imposible en La Cina è vicina (1967), y Giuseppe Tornatore la incluyó en Baarìa (2009), su homenaje a Sicilia.

Hoy la villa sigue en pie. En 1885 fue adquirida por la familia Castronovo que todavía hoy permite visitarla, con sus monstruos desgastados por el tiempo pero desafiantes. Un lugar donde el barroco se vuelve desazón y donde el desamor encuentra su forma más tangible. Y quizá esa sea la verdadera rareza de esta historia: la ausencia de amor.

26/10/2025 0 comments
4 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Un amor de luto, el Mausoleo de Halicarnaso y una copa de vino y cenizas

by Verónica García-Peña 11/10/2025
written by Verónica García-Peña

En el siglo IV a. C., en la ciudad de Halicarnaso, una mujer convirtió el duelo por la muerte de su esposo en una de las siete maravillas del mundo y en una leyenda que se mueve entre el amor más devoto y, quizá, una oscura obsesión. Porque no puede haber nada más perturbador que cenizas, vino y tristeza mezcladas en una misma copa. Hablamos de Artemisia II de Caria, antigua región histórica situada al sudoeste de la actual Turquía, que llevó el amor conyugal hasta lo inconcebible.

Artemisia era esposa y hermana de Mausolo, su marido, un vínculo que puede parecernos extraño hoy, pero que en ciertas dinastías orientales era una costumbre aceptada para conservar el poder en una misma estirpe. Así, en vida compartieron trono y sangre, y en la muerte Artemisia decidió que tampoco habría separación.

Mausolo era un sátrapa de Caria —nombre que se les daba a los gobernadores de las provincias de los antiguos imperios medo y persa, incluyendo la dinastía aqueménida y varios de sus herederos— que se había convertido en un hombre de poder y se había consolidado como uno de los grandes nombres de su tiempo. Cuando falleció en el año 353 a. C., la ausencia del sátrapa se hizo insoportable para su esposa, que no quiso que el silencio del duelo ocupara el lecho, el palacio y su corazón. Por eso y para perpetuar su memoria, ordenó levantar un grandioso monumento funerario concebido como tumba y como demostración de su amor y poder compartidos. De esta suerte nació el Mausoleo de Halicarnaso, un monumento extraordinario cargado de símbolos y belleza. El Mausoleo medía unos 122 metros de circunferencia y 43 de altura, estaba rodeado por 36 columnas, y la pirámide que lo coronaba tenía por remate un carro tirado por cuatro caballos.

Obra de los arquitectos Sátiro y Piteo y decorado por escultores célebres como Escopas, la construcción era tan magnífica que es recordada como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y dio origen a la palabra que aún hoy usamos para designar tumbas monumentales: «mausoleo». Cada piedra, escultura o relieve que se colocó en aquel enterramiento era un recuerdo de y para Mausolo, y allí fue inhumado, dentro de un sarcófago, como era habitual para la élite de la época.

A pesar de la belleza del sepulcro, Artemisia no lograba calmar el duelo. La piedra no bastaba y su tristeza era tan abrumadora, tan hiriente y pesada, que, según algunas fuentes antiguas —entre ellas las de Plinio el Viejo y Valerio Máximo—, decidió que solo había una manera de intentar acallarlas. Se dice que recogió las cenizas de su amado Mausolo, las mezcló con vino y se las bebió. Cenizas, vino y tristeza mezclados en una misma copa para aquietar su dolor y llevar siempre consigo, en su interior, una parte de él. Juntos en la vida, en la piedra y en la muerte. Quiso hacerlo carne de su carne y sangre de su sangre, como si de este modo pudiera evitar que él la dejara sola para siempre.

Este suceso, oscuro y desesperado, convirtió a Artemisia en una figura que comenzó entonces a formar parte del imaginario colectivo, pues la veracidad histórica de este episodio es más leyenda que un hecho comprobado. Fue, tal vez, un acto ritual o simbólico y no un entierro real por cremación, pero la imagen de la reina que bebió a su esposo ha sobrevivido a la realidad durante siglos gracias a distintos relatos, cantares y crónicas. Además, al mirar lo que queda del Mausoleo —ruinas que hoy se alzan en Bodrum, Turquía— no cuesta imaginar a Artemisia con un cáliz en la mano, uniendo piedra y carne, lágrimas y ceniza, amor y muerte.

Durante dos años más gobernó la soberana, completamente entregada a su duelo, hasta que murió en el año 351 a. C. Dicen que fue consumida por la pena pero, para los cronistas posteriores, sobre todo por la enfermedad. Y como antes explicaba, a pesar del adorno con el que los años han querido acicalar esta historia, máxime en su parte final, este amor nos deja una pregunta que, en realidad, recorre por completo la crónica. ¿Hasta dónde puede llegar el amor que no afronta la muerte?

Un amor extraño, sin duda. El de una reina que no aceptó que la vida y la muerte fueran fronteras y prefirió beberlas en un mismo vaso.

11/10/2025 0 comments
5 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Una reina implacable, banquetes de sangre y el duelo convertido en venganza

by Verónica García-Peña 15/09/2025
written by Verónica García-Peña

La venganza tiene un aroma propio y en la historia de Olga de Kiev es el de la sangre y las cenizas. Nació de la muerte de su esposo y se convirtió en una de las venganzas más terribles que han quedado registradas en las crónicas medievales. Viuda demasiado joven, madre de un heredero aún niño, su duelo dio lugar a banquetes de sangre y fuego

Olga estaba casada con Ígor de Kiev, hijo de Rúrik, fundador de la dinastía Rúrika. Era un matrimonio arreglado, algo muy común en aquellos años, pero que se convirtió en una alianza poderosa, según consta en las crónicas eslavas. Hacia el año 945, durante una expedición de tributo, Ígor fue capturado por los drevlianos —un pueblo de eslavos orientales que habitaba las densas zonas boscosas de lo que hoy es el norte de Ucrania— y ejecutado de manera sumamente cruel. Lo ataron a dos árboles curvados que, al soltarse, desgarraron su cuerpo. Olga quedó viuda con un hijo aún menor, Sviatoslav, y un reino convulso, por lo que asumió el gobierno como regente y, desde el poder, urdió una feroz venganza.

El enemigo pensó que la joven viuda era presa fácil, por lo que le propusieron casarse con su príncipe Mal. Como si el amor pudiera sustituirse al igual que se intercambian algunas cartas en un juego de naipes. Estaban seguros de que así dominarían Kiev. Olga los escuchó, como Medea en su ardiente deseo de represalia, y aceptó recibirlos, pero en secreto planeó su primer castigo. Cuando los emisarios drevlianos llegaron a sus tierras, los enterró vivos dentro de sus embarcaciones. Era el primer movimiento de un juego de poder que no dejaría supervivientes; el preludio de la furia que estaba por desatarse.

St Olga. Nesterov, 1892

El segundo acto llegó en forma de un banquete funerario que simulaba reconciliación. Según la Crónica Primaria — compilación de mitos, leyendas y documentos que narran la historia de la región eslava desde aproximadamente el año 850 hasta 1110—, Olga invitó a otro grupo de drevlianos a una celebración en honor a Ígor. Durante el festín, los invitados brindaron, bebieron y se entregaron a la música, confiados en la aparente hospitalidad de la regente, y cuando estuvieron ebrios, esta ordenó cerrar las puertas y mandó que fueran masacrados. La leyenda dice que unos 5000 hombres cayeron aquella noche y aunque algunos aseguran que tantos no pudieron ser, fue, desde luego, un banquete de sangre abrigado de venganza y traición. Una escena que nos recuerda a la crueldad de ciertos relatos de honor y deshonor en la literatura épica y también, a ciertos banquetes shakesperianos donde pocos eran los que se salvaban.

No sería, sin embargo este convite la última escena del castigo de Olga. Un tercer grupo de ilustres drevlianos viajó a Kiev para unirse a las negociaciones. La reina los recibió y, bajo la promesa de un ritual de purificación, los encerró en una casa de baños,  prendió fuego al lugar y los quemó vivos.

Más tarde, no satisfecha aún su venganza, exigió un tributo peculiar. Cercó la ciudad de Iskorósten, capital de los drevlianos, y después de un año de asedio, exigió un último gravamen. Les pidió tres palomas y tres gorriones por cada casa. Los habitantes, creyendo que aquello era un precio irrisorio a cambio de que la reina los dejara en paz, entregaron las aves sin protesta. Olga ordenó entonces atar a los animales trozos de tela con azufre ardiente en las patas y, al anochecer, los soltó. Los pájaros regresaron a sus nidos en los tejados de la ciudad. Así, su luto se tornó fuego y la ciudad ardió. La imagen de esas aves incendiarias se repetiría en cantares y leyendas eslavas durante siglos, convirtiendo el acto de la viuda en un símbolo de pena y venganza.

La princesa enlutada se convirtió en una regente temida y, siglos más tarde, aunque pueda parecer increíble, en Santa de la Iglesia ortodoxa. Olga, alrededor del año 957, viajó a Constantinopla y se hizo cristiana —una decisión de fe y política— siendo bautizada como Yelena por el mismísimo emperador Constantino VII, mas su nuevo credo no importó a la Iglesia Ortodoxa Rusa, que la canonizó formalmente en 1547. Es una contradicción fascinante. Aquella que llevó su duelo hasta la destrucción fue y es venerada como modelo de piedad, aunque su vida esté más cerca de Lady Macbeth que de una mártir.

Su historia es la de una reina viuda que vivió con el fuego del odio en su interior. Fuego con el que devastó a aquellos que la habían dañado y robado el amor. ¿Era amor de verdad lo que Olga sentía por Ígor? Quién sabe pero, desde luego, la pérdida de ese querer, auténtico o no, se convirtió en llamas. Es por tanto esta la historia de una viuda que prefirió llenar el mundo de cenizas antes que aceptar el olvido.

El bautismo de Olga, por Sergei Kirillov
15/09/2025 0 comments
3 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Historias del occidente

Alimañas

by Ana Vega 08/09/2025
written by Ana Vega

Recuerdo el momento exacto en que descubrí esta palabra: alimañas. Automáticamente me resultó familiar. Pensé en mi abuelo. Pensé en el momento de su muerte. Recordé su insistencia: ¿Hay dinero para el funeral? Alimañas. Desde entonces me ha parecido algo normal preguntarse si hay dinero en algún lugar, algún sitio para el funeral propio. Por eso la incineración y que arrojen tus cenizas al suelo — o al viento, mi romanticismo es cero— me parece la decisión más equitativa: la muerte igual y si no sabemos eso a estas alturas de la vida, mal vamos. Mi abuelo temía que en su cartilla no existiese suficiente dinero para pagar la caja, el funeral y todo el ritual que él sí valoraba; en el pueblo la muerte sigue siendo algo importante, velar el cadáver, darle una muerte digna, un funeral, una misa, encender varias velas (incluso hacer misas por lo que no están o esa manía que nunca he soportado de “ofrecerte” en vida a tal y cual vírgenes o iglesias de difícil acceso donde siempre se te engancha el vestido cuando te acercas a la fuente donde se encuentra la virgen milagrosa a la que tu madre te ofrece una y otra vez sin escaso logro alguno y mucho menos milagros). La muerte allí, todavía es importante. Mi abuelo tan solo deseaba una caja. Aún vivo, deseaba una buena caja donde descansar, con su dinero. Pero él sabía que quizá las alimañas no le habrían dejado ni eso. Desde entonces (y quizá mucho antes) para mí, alimañas y la familia son términos sinónimos.

Qué cómo he llegado a esta conclusión, fácil. Reconozco este hecho atroz como algo normal cuando la gente se espanta cuando un soldado arranca el colgante y el anillo más valioso a su compañero muerto. No lo siento como algo ajeno cuando veo o leo algo sobre los ladrones de cadáveres arrancar joyas y valijas al que acaba de morir y mucho menos me resulta lejano arrancar los zapatos a alguien que todavía no está ni muerto pero va en camino. Es algo habitual en las alimañas. Las humanas. Insisto. En los animales existe cierto tipo de respeto ancestral y también de duelo. Nosotros hemos construido una hipocresía moral también a través de la muerte. Ha existido y existirá siempre. Es curioso cómo la gente se sorprende ante el comportamiento primitivo de los seres humanos. Ves algo brillante y lo coges, punto. O algo suculento y lo comes, como haría un cuervo con los ojos: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. De dónde creen ustedes que se han sacado de la manga este tipo de expresiones.

Mi abuelo finalmente murió en su cama. Su ojo ya con un glaucoma muy avanzado le había otorgado al final de su vida una mirada aún más incisiva, cuando te miraba veías a través de ese color blanquecino la mirada de un animal salvaje y su conocimiento íntimo del bosque, de todos los animales que había matado, de la guerra, de toda la humanidad, cruel, atroz, bella y única que habitaba en él, para mí esa mirada llegaba al continente africano del que tanto me había hablado (a veces en árabe). Años antes él mismo había llamado al hospital para comentarles que había sufrido un ictus que él mismo se había diagnosticado con total certeza. Él pudo morir en su cama, su cama de verdad, no algunas de las que habitamos y no consideramos nuestras, y eso me da cierta calma aunque sigo notando cierta tensión y cierta guerra que he canalizado a través de los años en mil batallas al recordar este hecho: ¿Tengo dinero suficiente para el funeral? Para mí esto lo define y definió todo. Crecí en ese instante. Y nadie va a venir ahora a decirme que el mundo es un lugar idílico sin dolor. La atrocidad es un caballo que cabalga entre nosotros cada día y nunca nos abandona. Y la atrocidad en múltiples ocasiones tiene nombre y está a la vera exacta de tu cama. Lazos de sangre, y tanto que de sangre.

Mi abuela murió en su cama. Se fue apagando decía. Se fue quedando quieta, inmóvil, pequeña, diminuta. Guardo sus canciones en mi memoria intacta: “Esta cobardía de mi amor por ella, hace que la vea igual que una estrella, tan lejos, tan lejos en la inmensidad que no espero nunca poderla alcanzar…” Me define, abuela, a veces la tarareo sin querer. Se murió tranquila sin conocer hospital ni médico alguno, en su cama, con la ventana por donde siempre entraba fresco y el árbol mecía sus hojas (justo bajo el árbol donde siempre les robaban el carro para la fiesta de San Juan), con su colcha: ¿Esta tela es buena? Era su obsesión, cogía tu ropa y comprobaba que la composición era buena o mala. El dictamen siempre era el correcto. Su conocimiento textil principalmente de ropa de cama podría haber sido objeto de tesis. Comía poco pero siempre te preguntaba cuando llevabas algo en la mano: ¿Es algo bueno, es carne? El hambre marca. Y allí se pasó hambre. Mi padre siempre dice tener buena dentadura por los limones que comió, mi madre recuerda cómo se les agrandaban los ojos al ver un huevo o un poco de leche, o cómo envidiaron a mi tía América cuando enfermó del hígado y podía comer cosas que las demás hermanas (muchas, muchos hijos siempre) no podían ni tocar. Cuando enfermó llamarón a lo más parecido a un médico del pueblo y le recetó cama durante meses, a tal punto que pasados éstos mi tía ya no quería salir, entonces lo llamaron de nuevo, llegó a casa a su lado y le dijo: ¡O sales de la cama o me meto contigo dentro! Creo que fue de lo más eficaz. Del tifus sobrevivieron todas, sin embargo América superó todo pero decidió arrojarse por un precipicio. Mi tía decía sentir las olas del mar durante mucho tiempo de noche en la cama. Mi madre soñaba que América la visitaba por la noche y le decía aún mojada, salada: ¡Ayúdame, ayúdame! Mi tío decidió acompañarla un año más tarde, pero su cuerpo nunca apareció. El faro, el precipicio, solo he vuelto una sola vez. Es prácticamente imposible asimilar que allí donde has jugado de niña con quienes más amado ellos han decidido terminar con todo. Pero esto bien merece capítulo aparte porque mi América era y es luz.

Curiosamente mi tía América, cuyo cadáver apareció mucho tiempo después, su cuerpo devorado por el mar y los peces, pudieron reconocerla por el anillo de casada. Mi abuelo decía que nunca deberían haberla casado porque estaba “de los nervios” al igual que mi abuela tenía “histerismo” (todas las mujeres de la familia marcadas por este diagnóstico supremo e intangible), sin embargo, curiosamente, no solo tuvo caja y funeral sino que conservó el anillo brillante que marcó el día más feliz de su vida, el día de su boda. He ahí la diferencia entre las alimañas humanas y los animales, el mar respetó su anillo de casada, su objeto más preciado. Yo me iré sin objeto brillante alguno por deseo propio y por aprendizaje sentimental. Y sin caja. Deseo. Ruego. En caso contrario me lo extirparan todo. Doy fe.

08/09/2025 0 comments
1 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Un rey de cuento de hadas, castillos de fantasía y un amor imposible

by Verónica García-Peña 31/08/2025
written by Verónica García-Peña

En las tierras bávaras parece todavía flotar la leyenda de Luis II, aquel monarca que buscó en los cisnes la compañía que no hallaba en los hombres y que prefirió el rumor de la música a las intrigas de palacio. Levantó castillos destinados más al ensueño que al gobierno y la historia lo recuerda con múltiples nombres. Lo llamaron el rey loco o el rey cisne, pero quizá sea el rey de los cuentos de hadas el que mejor capture su esencia, porque su vida entera se convirtió en una ficción en la que los sueños sustituyeron la realidad.

Ludwig II

Hijo de Maximiliano II y de María de Prusia, subió al trono en 1864, con apenas dieciocho años, y desde entonces su existencia fue un pulso constante entre el deber de gobernar y el deseo de habitar un mundo de belleza, arte y fantasía. La corte esperaba de él un matrimonio ventajoso, pero Ludwig Otto Frederik Wilhelm —como en realidad se llamaba— parecía huir de cualquier compromiso. Solo se prometió una vez, en 1867, con Sofía de Baviera, hermana de la emperatriz Isabel de Austria, la célebre Sissi. El enlace nunca llegó a oficiarse porque el propio Luis rompió el compromiso antes incluso de fijar la fecha de boda. A partir de entonces, los rumores sobre su homosexualidad se extendieron, aunque nunca se reconocieron de manera abierta en un tiempo demasiado rígido para aceptar cariños distintos a lo establecido.

El gran amor de su vida fue la música y, quizá, la propia idea del amor, y entregó su corazón por completo a las creaciones de Richard Wagner después de haber quedado, en 1861, fascinado por su ópera Lohengrin. Lo conoció en 1864 y desde entonces se convirtió en su protector. Lo colmó de regalos y honores, financió sus proyectos más ambiciosos —cuando Wagner estaba al borde de la ruina— y quiso hacerlo partícipe de su vida diaria, por lo que lo instaló en Múnich. Para Wagner, amante entonces de Cosima Liszt —esposa de su amigo el director de orquesta de la ópera de Múnich, Hans von Bülow—, aquella devoción del rey fue un refugio y una fuente de recursos.

Por amor y deseo o por admiración y devoción, Wagner recibió el sustento financiero que necesitaba para sus óperas y para construir un teatro en Bayreuth. Los historiadores dicen que el compositor no se aprovechó del afecto del rey más allá de lo profesional, pero en su correspondencia mantuvo una calculada ambigüedad. Halagaba al monarca, le mostraba gratitud y cercanía, aunque sin cruzar nunca la frontera del deseo confesado. Una relación intensa y platónica, aseguran, aunque resulta difícil no preguntarse qué pensaríamos de aquellas cartas si no supiéramos de quién procedían ni a quién iban dirigidas.

Cuando Wagner fue desterrado por intrigas políticas y presiones de la corte en 1865, Luis se quedó solo, atrapado en un país agitado por las guerras y las deudas, y un amor que se desvanecía como lo hacen los fantasmas cuando ya no se cree en ellos. Entonces buscó refugio en los símbolos de su ópera predilecta y llenó palacios de heraldos alados mientras se escribía con fervor con el compositor. Se veía reflejado en Lohengrin, el caballero que llega en una barca tirada por un cisne, y convirtió aquel mito en un espejo de sí mismo. Volcó su pasión en levantar castillos que parecían escenarios de las leyendas medievales que tanto le fascinaban. Linderhof, Herrenchiemsee (inspirado en Versalles) y, sobre todo, Neuschwanstein (que significa ‘nuevo cisne de piedra’).

En Linderhof mandó construir la Gruta de Venus, una cueva artificial inspirada en la opera Tannhäuser, de Wagner, donde la tecnología más avanzada de su tiempo le permitió recrear lagos subterráneos, cascadas y juegos de luces eléctricas de colores nunca hasta entonces vistos. Allí se produjo por primera vez un intenso azul oscuro, el índigo, que después patentaría la BASF. Todos los erigió como monumentos a su mundo interior. Palacios más cercanos al ensueño que a la vida práctica, habitados por los fantasmas del deseo, la música y el amor.

La distancia con su pueblo creció y muchos en la corte lo consideraban un monarca malogrado, obsesionado con fantasías que costaban fortunas al erario y que no ayudaban al país a prosperar. En 1886, tras varios informes médicos que lo declaraban incapaz de reinar, fue depuesto y confinado en el castillo de Berg. Tan solo dos días después, al atardecer, apareció muerto en el lago de Starnberg junto al cadáver de su médico, el doctor Gudden. Nunca se esclareció qué ocurrió. La muerte generó sospechas de todo tipo. Algunos hablaron de suicidio, otros de asesinato político o accidente. ¿Qué pasó en realidad? Aún hoy es un misterio. El desenlace mágico y triste de una ópera  que provenía de la luz, pero murió en la oscuridad.

Su legado, sin embargo, no se desvaneció. Los castillos que levantó atraen hoy a millones de visitantes. Walt Disney se inspiró en Neuschwanstein para diseñar el castillo de La Bella Durmiente. ¿Cómo no asociar entonces el rostro melancólico de aquel monarca que soñaba con cisnes con la silueta chispeante de las hadas? Y el cine se ha encargado de fijar su imagen en películas como Ludwig, de Visconti (1973), o en El rey loco, de Helmut Käutner (1955). El mito de Luis II oscila entre la locura y la fantasía, entre la condena de un amor imposible y la ensoñación de un reino hecho de piedra, cisnes y música.

Amó con pasión y remordimientos, con ardor y culpa. Sus amores fueron imposibles y tal vez por eso, cuando se contempla la silueta de Neuschwanstein erguida sobre los Alpes bávaros, se puede volver a creer en el amor verdadero, como el de los cuentos, como el de la fantasía. Quizá por eso Neuschwanstein parece todavía hoy la morada de un rey que pasea de noche, iluminado por velas, mientras los ecos de Wagner resuenan en los salones.

31/08/2025 0 comments
4 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Historias del occidente

LLUME

by Ana Vega 23/08/2025
written by Ana Vega

Mi abuelo siempre nos advirtió de los peligros del fuego, del agua y de las crecidas del río, de la tormenta y los rayos (cómo protegernos si nos cogía desprevenidos en el monte), pero sobre todo del fuego. Recuerdo que mi tío, mi tía y mis primos cuando había tormenta siempre se metían en el coche y esperaban a que pasara. Mi abuelo nos enseñó a contar y así podíamos saber la distancia y el tiempo del que disponíamos para librarlos de lo peor. La cocina de leña se atizaba siempre, invierno y verano, era donde se cocinaba, cada día, y donde se preparan las empanadas para la fiesta, se asaba la carne los domingos y donde mi abuelo echaba leña todas las noches mientras nos contaba historias y miraba de lado por la ventana el puente para ver el movimiento de la pesca nocturna (en teoría prohibida pero el pueblo siempre fue ciudad sin ley). La leña era importante, y evidentemente los árboles que había que talar. Recuerdo el olor del eucalipto, también ir a coger avellanas, manzanas, naranjas, después del comer no íbamos a la nevera nunca, salíamos a coger el postre fuera de casa. Recuerdo perfectamente el olor de las naranjas, agrias, fuertes, las naranjas más hermosas que he visto nunca y que probaré en toda mi vida. Años más tarde, menos mal que él no lo vio, llegó la venta de los montes,  la tala desmedida, la plantación de eucaliptos, el exterminio del monte por herencias, dinero, egoísmo humano y el paisaje cambió porque decidimos matarlo lentamente. Si un conejo podía encontrar el camino a casa cuando lo soltaban por sarna muchos pueblos más lejos, cómo lo encontraría ahora me preguntaba.

De niña, según mi madre, me pasaba el día quieta. “No da guerra ninguna” decía — supongo que la guerra la daría después— pero sin embargo mi hermano era un “el mismo demonio”.  Mi madre decía que me daba un molino de café y yo le daba vueltas y vueltas sin decir ni mu (algo que más tarde me han recordado muchas veces en el hospital: “no te mueves y no te quejas, nos preocupas”). Se ve que el escándalo es símbolo de vida y el sigilo cosa de muerte grave. Toda la familia recuerda sus travesuras (y sus caídas: en una ocasión su bicicleta lo arrojó de cabeza al riachuelo y allí quedó clavado según mi madre hasta que tirando y tirando de él lograron sacarlo, a modo fórceps, fue un extraño renacimiento en la cuneta), en otra ocasión como a mi abuela le daba por sacudir una y otra vez el mantel de la cocina se le ocurrió clavar con puntas cada esquina, a mi abuela la pobre casi le da algo, y llegó al máximo de su ingenio cuando decidió junto a mi prima colocar en la cama de mi abuelo una culebra de plástico. Qué hizo mi abuelo, pues echar todo tipo de juramentos por la boca (allí era muy habitual acordarse de todos los santos para bien y para mal) y coger la escopeta de caza y ponerse a disparar a las sábanas sin atender a razones. Ese era nuestro mundo.

Pero la travesura más grave fue la que tuvo que ver con el fuego. En el pajar se guardaba la hierba seca, mi sitio favorito porque las gatas solían esconderse allí para parir a sus crías y yo me pasaba horas con ellas mimándolas y alimentándolas con mi madre de fondo gritándome por traer más gatos al pueblo (mi abuela metía a los gatos pequeños en una bolsa o un saco y los tiraba al río, a veces con golpes otras sin ellos, pero era muy normal matarlos a palos, darles de comer alfileres o tirarles tiros); pues bien, mientras yo miraba que ninguna víbora me mordiese los pies mientras me tendía en la hierba seca (¿existe un olor más dulce?) a mi hermano se le ocurrió una no muy brillante idea aunque temeraria a nivel máximo.

Era verano, época de hierba seca, así que mi abuelo y toda mi familia se encontraban al otro lado del pueblo. Entonces mi abuelo cogió su sombrero y comenzó a mirar hacia nuestra casa, vio cómo el humo crecía y crecía, comenzó a gritar y a decir que mi hermano había prendido fuego al pajar que se iba a quemar el pueblo entero. Y sí, efectivamente, mi hermano tuvo a bien prender fuego en el pajar con lo cual montó un buen espectáculo. Por suerte llegaron a tiempo y la cosa no fue a más, pero mi abuelo lo contaba como la mayor tragedia de su vida (después de África y Alhucemas se ve que llegó mi hermano de improvisto). El fuego, cuidado con el fuego nos decía. Y aún hoy los que sigue en pie de aquella estirpe y de aquel legado nos insisten: apaga el enchufe, no dejes nada encendido, cuidado con las velas… Porque saben que el fuego devora todo, se come la tierra, acaba con la leña, los animales, tu casa y eso implica la devastación de una familia entera.

Tengo dos imágenes en mi memoria. Una, cuando comenzó el fuego lejos pero veíamos el humo, siempre estábamos atentas al cambio de viento, al monte, si giraba, entonces vimos un corzo pasar justo delante de nosotros y arrojarse al río, jamás lo olvidaré, el animal más hermoso que he visto en mi vida. Y la segunda imagen, cuando el fuego muchos años más tarde llegó a las casas, cómo intentábamos comunicarnos con el resto de las casas, cómo avanzaba como en las crecidas al segundo, cómo las llamas atravesaban las copas de los árboles y la imagen que nunca olvidaré, cuando llegué meses más tarde, y caminé por un bosque de ceniza, ese día se me rompió el corazón de árbol. Cuántos pedazos de corazón podemos llevar rotos y seguir viviendo…Ni un solo animal, ni el canto de un pájaro, nada y los árboles centenarios no milenarios aguantando el embiste de las llamas. Me pareció la imagen más triste del mundo y nosotros los seres más bajos del universo.

En mi tierra nos enseñaron a quitar las malas hierbas, a tener mucha precaución con las quemas, mirar siempre los índices de incendio, ver pastar las vacas, caballos y cabras, comprobar los marcos del monte, estar muy al tanto los días de calor, enseguida levantar la cabeza y pensar si realmente olía a humo o era el miedo. Así aprendimos lo que es el fuego. Pena que esa educación se haya perdido y nuestra conexión con nuestra hermana tierra.

Cuando mi abuelo nos visitaba siempre me decía, estos edificios no me gustan nada, no se respira nada (no bien, nada) y si hay un incendio acuérdate, las llamas suben hacia arriba así que tienes que atar así las cortinas arrojarlas por la ventana y bajar con mucho cuidado para que no se rompa, es mejor que te des un buen coscorrón a que te quemes viva. No lo olvides. Y jamás lo olvidaré.

23/08/2025 0 comments
2 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Una bolsa roja, una cabeza embalsamada y un amor que venció a la muerte

by Verónica García-Peña 17/08/2025
written by Verónica García-Peña

En un rincón de Inglaterra, una bolsa de terciopelo rojo guardó durante casi tres décadas un secreto: la cabeza embalsamada de Sir Walter Raleigh. Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, su esposa, la conservó desde el día de la ejecución de este en 1618 hasta que ella murió, como símbolo de un amor que no se podía matar.

Sir Walter Raleigh fue explorador, corsario, capitán de expediciones navales contra la España imperial y poeta, además de un hábil espía y tan leal a su país que incluso participó en la matanza de Smerwick (1580), lo que no deja de ser, en cierto modo, paradójico, pues, según el folclore de la zona, muchos de los cautivos fueron decapitados en un terreno conocido como Gort a’ Ghearráin (Campo de corte). También dicen que pudo ser, en realidad, el verdadero autor de algunas de las obras de Shakespeare, aunque esto último es más bien una hipótesis muy minoritaria y rechazada por la mayoría de especialistas.

Raleigh era, aparte de lo dicho, uno de los cortesanos favoritos de la reina virgen, como llamaban a Isabel I, que lo colmaba de privilegios y encargos. Fue nombrado caballero en 1585. Sin embargo, este vínculo se resquebrajó cuando, en un acto de pasión e indudable temeridad, contrajo matrimonio en secreto con Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, dama de compañía de la reina.

Sir Walter Raleigh

Esta unión, celebrada hacia 1591, en cualquier otra circunstancia habría sido solo un asunto privado, pero en la corte isabelina las voluntades personales estaban sometidas al capricho de la monarca. Ella tenía el control absoluto sobre la vida de sus cortesanos y exigía explícitamente que ninguna dama contrajera matrimonio sin su permiso. Raleigh y Bess lo hicieron, lo que marcó para siempre sus destinos.

Cuando la noticia llegó a oídos de la soberana, el matrimonio fue arrestado y conducido a la Torre de Londres. ¿Estaba la reina enamorada de Raleigh? ¿Era aquel matrimonio una desobediencia o una traición amorosa? Quién sabe, pero en la torre pasaron meses, humillados y privados de toda influencia, mientras la corte murmuraba y sus enemigos crecían. Y aunque la pareja recuperó la libertad gracias a la mediación de algunos aliados, Raleigh nunca volvió a tener el favor de su majestad ni la certeza de haber sido perdonado.

Tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, Raleigh intentó restituir su crédito, pero los vientos habían cambiado. Jacobo I, que nunca había confiado en él, lo acusó en 1603 de participar en un complot para derrocarlo y lo sentenció a muerte. Por fortuna, la ejecución se aplazó y Raleigh pasó trece años prisionero en la Torre de Londres, hasta 1617, año en el que se le permitió organizar un viaje a Guayana en busca de oro bajo la promesa de no enfrentarse a los españoles. No obstante, la empresa fracasó y el hombre regresó a Inglaterra sin el preciado metal y con una enemistad renovada con España. En consecuencia, la sentencia de muerte se reactivó.

El 29 de octubre de 1618, Raleigh fue conducido al cadalso en el Old Palace Yard de Westminster. Vestía con dignidad, dicen, y ante la multitud examinó el hacha que lo mataría y se permitió incluso bromear sobre su destino. Justo después, el verdugo cumplió su cometido.

Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de St. Margaret, junto a la abadía de Westminster, y su cabeza, cuidadosamente embalsamada, fue entregada a su amada Bess. La leyenda —respaldada por algunos inventarios familiares— asegura que, durante el resto de su vida, la viuda conservó aquel triste recuerdo envuelto en una bolsa roja, llevándolo siempre consigo, manteniéndolo cerca, como si de esta suerte pudiera burlar a la muerte.

¿Acaso le susurraba versos que solo ella podía escuchar? Quizá le recitó El amor del océano por Cynthia o le desveló el final de Historia del mundo, una obra que Raleigh escribía y que quedó incompleta tras su muerte. Sea como fuere, con la cabeza de su adorado esposo viajó de residencia en residencia, desde Londres hasta West Horsley Place, la casa de campo donde pasaría sus últimos años.

Bess murió en 1647 y fue enterrada junto a su familia en St. Mary the Virgin, Beddington, Surrey, donde reposan los Throckmorton. La cabeza de Raleigh, según se cree, fue entonces llevada junto al resto de su cuerpo para que descansara en paz. Y aún hoy, en West Horsley Place, se conserva una antigua bolsa roja que podría coincidir con aquella que guardó la cabeza. Un objeto silente tejido de amor, secretos y venganza. También, quizá, de locura.

La historia de Raleigh y Bess, como sucede con tantos amores extraños, ha inspirado leyendas, pero también obras como la tragedia Sir Walter Raleigh (1719), de George Sewell, o la novela Lady in Waiting (1956, sin edición en español), de Rosemary Sutcliff. En el cine, Clive Owen interpretó al famoso explorador en Elizabeth: la edad de oro (2007), una película de Shekhar Kapur en la que la reina fue encarnada por Cate Blanchett. Antes, en el filme The Virgin Queen (1955) —El favorito de la reina en España—, Elizabeth Throckmorton fue interpretada por Joan Collins y la reina Isabel por Bette Davis.

Podríamos decir, pues, que esta es la historia de un amor que nació en secreto, desafió a una reina, la sobrevivió, aunque no pudo con la traición política y que, sin embargo —el mito así lo narra—, de algún modo, venció a la propia muerte.

17/08/2025 0 comments
6 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Historias del occidente

El puente del río

by Ana Vega 08/08/2025
written by Ana Vega

La figura de mi abuelo siempre me resultó fascinante, creo que he vivido más tiempo junto a él y sus historias que he vivido fuera de ese mundo; es un tiempo distinto, cuyo aprendizaje comprendí más tarde, mucho más tarde. Mi abuelo nos obligó a aprender de memoria nuestro primer poema y yo aprendí a contar historias escuchando las que me contaba:

LOS ÁRBOLES SON TESOROS

(por Honoria Pérez Marín)

 

Son los árboles tesoros

que en la tierra puso Dios,

grandes bienes para el hombre

que para él aseguró.

Tiene el aire por el árbol

saludable condición,

ecos dulces de las aves,

de las flores grato olor.

Dan los árboles la fruta,

dan madera, dan carbón,

la lluvia fecunda atraen,

las hojas tapan el sol.

Debe el niño bien criado

a los árboles amor,

defender los brotes nuevos

y evitar la destrucción

y así crecerán a un tiempo:

árbol, niño y los dos

serán útiles al mundo

y tendrán su bendición.

 Lo recuerdo como cántico, sigue en mi memoria intacto aunque apenas recuerde ya todos los versos. Curiosamente toda mi familia salta como un perro ante un silbato en cuanto escucha la palabra árbol y todos cual coro sagrado susurra: “tesoros que en la tierra puso Dios…” Mi abuelo marcó ahí la diferencia de su legado: los árboles como el elemento clave de nuestras vidas. Y así lo fue uno en especial, vínculo y parte fundamental de toda nuestra familia: “a naranxeira (naranjo)” que estaba situada justo frente su casa. Recuerdo el sabor exacto de sus naranjas, agrias pero deliciosas, recuerdo trepar por él, recuerdo los pájaros sobre sus ramas, recuerdo cada foto con el naranja de fondo y justo al lado un bidón que yo desde pequeña definí como “el bidón de petróleo” porque siempre me pareció un elemento horrible (intenté derribarlo varias veces pero un día me dijeron que bajo él se encontraba un nido de culebras y eso para mí era sagrado). De niña me rodeaba de todo tipo de insectos, anfibios, perros, gatos y si podía algún reptil, también (cuando estaba a punto de coger una culebra siempre había alguien que me paraba: “Ni se te ocurra”). Mi abuelo me enseñó la primera lección reptil: “Cuidado con las víboras, se quedan con tu cara y te perseguirán”. Convivíamos con ellas de modo natural con el nido frente a la casa. Por un lado estaban las víboras y por otro las culebras del río, pero lo que yo siempre deseé encontrar fue la culebra del camino de “Las tres Calles” que decían medía más de un metro —yo calificaba las serpientes marrones grandes como serpientes marrones grandes y punto— pero nunca logré verla.

Mi abuelo tenía un trabajo que mis ojos de niña veían como algo mágico: era el guardián del río. Cada día, a la misma hora, salíamos de casa a saltos, atravesábamos varias praderas y riachuelos con cuidado de no caernos entre las piedras ni mojarnos en los riachuelos hasta llegar al lugar más hermoso del mundo: la caseta del río. Había un puente lleno de moho que atravesaba el río, los árboles parecían arrojarse sobre el río y la caseta y acogernos al llegar entre sus ramas. Yo me detenía siempre cuando subía y al bajar, me sentaba en la escalera y escuchaba el río y los árboles, por el ruido del río sabíamos cómo iba la corriente, si había peligro de crecida o no, luego íbamos a la caseta y veíamos el gráfico —aunque yo estaba siempre más interesada en la araña negra más grande que he visto en mi vida y su tela de araña que duró yo creo que unos cien años—, apuntábamos lo que señalaba el gráfico y mirábamos con mi abuelo lo que marcaba el cauce con una especie de métrica que yo no reconocía pero sí sabía bien cuando había crecido. Luego volvíamos felices. Yo no comprendía bien por qué si era el guardián del río se cargaba a sus truchas y salmones. Sigo sin entenderlo.

En el pueblo había un miedo ancestral a las crecidas, mi madre nos contó cómo la más grande se llevó medio pueblo y la familia entera se escondió en la cocina. Se veían troncos, caballos, vacas, pasar, decía mi madre y el ruido era estruendoso. Cuando el agua lo había desbordado todo comenzó a bajar el agua por los montes por lo que el pueblo quedó atrapado. Por eso aprendí siempre a mirar a los lados, arriba y abajo y a estar muy atenta en todas partes. Vi en alguna ocasión crecer el río y cómo éste aumentaba en minutos, y el ruido, ese ruido ensordecedor del agua arrasando todo, llegando a la puerta de la casa… Mi abuelo siempre nos enseñó las lecciones más básicas de supervivencia. Cuando nos visitaba en la ciudad siempre nos decía: “¿Y si hay fuego por dónde bajáis? Acuérdate, trenza con las cortinas una cuerda y baja por la ventana”. También como chupar ciertas amapolas, cuál era el pan de las culebras, comer fresas salvajes y ciertas otras cosas inexplicables como que bañarse mucho era malo al igual que el tomate. Misterios. Mi abuelo aprendió a nadar cuando le cayó el sombrero mientras observaba un salmón en el “Pozo del Penedo”. No sabía nadar pero se arrojó al agua para cogerlo y comenzó a mover los pies como un perro hasta que lo cogió y salió a la superficie. Y así aprendió a nadar de paso. En mi familia solo él sabía nadar. También era el único que tocaba el acordeón porque toda la familia por parte de mi abuelo eran músicos (venimos de una familia de músicos ambulantes) y mi abuelo decía que no podía aguantar escuchar música sin que “se le levantasen las piernas del suelo”. Y juro por dios que se le levantaban siempre.

A mi abuela le gustaba más cantar. Se sentaba en las escaleras a pelar patatas y ver los tomates al sol y mientras tanto cantaba. Me llamaba siempre Belén. Recuerdo que nos arropaba de noche aunque fuese verano hasta el cuello, muy fuerte, mientras que mi abuelo atizaba el fuego de la cocina de leña, aunque fuese verano también. Antes de dormir nos sentábamos con él junto al fuego y nos contaba sus historias: la guerra, su experiencia en África, cómo se tiró de un camión en marcha para huir, los lugares en el monte donde se había escondido la gente…

De noche, a veces, escuchábamos cómo alguien le lanzaba piedras a la ventana. Corríamos a asomarnos a la ventana y veíamos cómo se hacían señales desde el río con una linterna: alguien había puesto una línea o avisaba de que había material para el guardián del río, para mi tío o para otros. Luego mi abuelo cogía la emisora. La ilegalidad era algo normal y evidente. Supongo que ahí comprendí por qué en este mundo se calificaba de listos precisamente a quien no se debía calificar de listo sino más bien de delincuente. La cosa se ve que no ha cambiado, más bien ha ido a peor.

La relación con el río era tan tremenda que era visitado por gente de todas partes. Yo no comprendía bien cómo podía aparecer en mi pueblo de la nada un coche negro de gente rica que venían a ver mi abuelo. Mucho más tarde me enteré de que mi abuelo pescaba para personas conocidas de la ciudad que no pescaban pero que luego lucían los triunfos del río de mi abuelo. No me gustaba esa gente. Y sigue sin gustarme.

Prefería a sus extraños amigos. El que venía pero apenas oía nada con un rudimentario aparato en la oreja con una especie de sonidos e interferencias que yo siempre atribuí a cuestiones alienígenas, el que bajaba de noche desde otro pueblo y nos contaba si había visto lobos o zorros al bajar y jugaba a las cartas o al parchís hasta las tantas, tantos amigos de los  que aprender tantas cosas… Al final, lo importante de las cosas, sin más. Realmente no solo era el guardián del río sino también de los árboles y de un mundo que ahora veo ha desaparecido por completo.

Recuerdo que un día salió a la puerta, miró al cielo y me dijo: “Se fundió la atmósfera”. Creo que estaba definiendo el futuro de la humanidad.

08/08/2025 0 comments
2 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Amores extraños

Una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada

by Verónica García-Peña 03/08/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que nadie en la corte pudo escapar a aquella escena; que cuando Inés de Castro fue desenterrada, vestida con ropas reales y sentada en el trono, la corte entera tuvo que desfilar ante ella para rendirle homenaje; que el rey Pedro I obligó a todos a besar la mano helada de la reina muerta sin vacilar ni apartar la mirada, a pesar del horror de aquel acto. Estamos en Portugal, en 1360, y esta es una historia real de amor, muerte y poder.

Pedro, heredero al trono, estaba casado con Constanza de Castilla desde 1336, e Inés, dama de compañía de su esposa, era su amante. La relación comenzó hacia 1340-41 y con la muerte de Constanza, en 1345, se intensificó. Inés dio al príncipe al menos tres hijos y, así, su presencia en la corte —más aún por sus vínculos con la nobleza castellana— se volvió peligrosa.

Por eso, en enero de 1355, el rey Alfonso IV el Bravo, padre de Pedro, ordenó a tres de sus consejeros —Pedro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco— que la mataran. Inés fue decapitada en la Quinta das Lágrimas, en presencia de sus hijos, acusada de ambición y de alterar los equilibrios de la corona. Tenía unos treinta años.

Pedro enloqueció de dolor y desató una guerra civil contra su padre que se prolongó hasta la muerte este en 1357. Entonces, llegó la venganza. Pedro hizo capturar a dos de los asesinos —el tercero huyó a Castilla y escapó— y los ejecutó públicamente, arrancándoles el corazón con sus propias manos como declaración simbólica de que su revancha no era militar ni diplomática. Era personal y, además, no terminaba ahí.

The Coronation of Inês de Castro in 1361 (c. 1849) by Pierre-Charles Comte

Después, Pedro quiso devolverle a Inés lo que el poder le había negado y, según la leyenda, ordenó exhumar su cuerpo, vestirla de reina, sentarla en el trono y, en una ceremonia celebrada en la catedral de Coímbra, obligó a todos los nobles a besar su mano cadavérica en señal de fidelidad. Algunos historiadores dudan del episodio, ya que no se recoge en crónicas medievales, y no aparece hasta mucho tiempo después en cancioneros y obras teatrales. También explican que, de ocurrir, es probable que fuera una efigie de cera o una representación lo que subió al trono, y no el cuerpo real de Inés en estado de descomposición avanzada.

Sea como fuere, tras la coronación, Pedro organizó un cortejo fúnebre para trasladar a Inés al monasterio de Alcobaça, y mandó construir dos tumbas de mármol blanco, con sus efigies enfrentadas, con la intención de que, al llegar el Juicio Final, sus cuerpos despertaran uno frente al otro. Pedro I murió en 1367 en Estremoz y fue enterrado junto a Inés. Allí permanecen hoy juntos los dos, con una inscripción que dice: «Até o fim do mundo —Hasta el fin del mundo».

La historia de Pedro e Inés ha sido contada y recontada durante siglos. Convertida en mito nacional portugués, fue recogida por Fernão Lopes en el siglo XV y consagrada poéticamente en Os Lusíadas, de Camões. También inspiró a Almeida Garrett, Antoine Houdar de La Motte, Victor Hugo y a novelistas, músicos y cineastas contemporáneos.

Pedro e Inés —como tantas figuras trágicas reales— ya no pertenecen del todo a la Historia. Habitan ese espacio incierto que es la imaginación colectiva. Su leyenda es un cuento gótico, una escena en la que lo macabro se tiñe de romanticismo y la belleza convive con el espanto. Un amor que desafía el poder, la ley e incluso la muerte. Es, en definitiva, la historia de una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada.

03/08/2025 0 comments
5 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Newer Posts
Older Posts

Apúntate a nuestra newsletter

Recibe las novedades de cada semana en tu email

Artículos populares

  • 1

    Luis XIV. El esplendor y la sombra del Rey Sol

    15/05/2024
  • 2

    I Took the Road Less Traveled gana dos premios en EE. UU

    20/04/2026
  • 3

    ENTREVISTA: Federico Granell

    26/03/2026
  • 4

    Donde los huéspedes son eternos: El fantasma del hotel

    08/02/2026
  • 5

    Los 50 Libros más Leídos de todos los tiempos

    03/06/2024
  • 6

    Antoni Gaudí y su legado inmortal

    10/06/2024

Categorias

  • Agenda
  • Amores extraños
  • Arte
  • Cine
  • En corto
  • Entrevistas
  • Eventos
  • Historias de dioses y estrellas
  • Historias del occidente
  • Literatura
  • Los fantasmas olvidados
  • Música
  • Noticias
  • Pensamiento
  • Personajes
  • Reseñas
  • Series y columnas
  • Sin categoría
  • Vidas en conflicto

Selección de los editores

Orión, el gigante que se convirtió en estrellas
by Verónica García-Peña 22/04/2026
Flandes en el Thyssen
by Uve Magazine 22/04/2026
I Took the Road Less Traveled gana dos premios en EE. UU
by Emain Juliana 20/04/2026

Artículos aleatorios

¿Por qué escribí el papel amarillo?
by Emain Juliana 08/03/2022
La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma
by Emain Juliana 03/06/2025
Helen Frankenthaler. Pintura sin reglas
by Uve Magazine 16/03/2025

Categorías populares

  • Literatura (105)
  • Arte (102)
  • Eventos (72)
  • Agenda (54)
  • Música (53)
  • Personajes (41)
  • Noticias (37)
  • Pensamiento (31)
  • Sin categoría (22)
  • Cine (21)

Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

¿Quieres proponer una colaboración, un texto o una idea para un evento?
Puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Leemos todo.

 

Las opiniones, juicios y afirmaciones expresadas en los artículos publicados en este sitio web corresponden únicamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura de este medio. El portal no asume responsabilidad alguna, directa o indirecta, por los contenidos, consecuencias o posibles reclamaciones derivadas de dichos textos, que son de exclusiva responsabilidad de quienes los firman.

Facebook Instagram

@2025 – Uve Magazine. All Right Reserved.

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
  • Contacto
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
@2026 – Uve Magazine. All Right Reserved.

Carrito

Cerrar

No hay productos en el carrito.

Cerrar