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Category:

Series y columnas

En cortoEntrevistasLiteratura

Entrevista a Lara Palancar, librera de La Tercera Palabra (Oviedo)

by Emain Juliana 23/03/2026
written by Emain Juliana

En la calle del Rosal, en pleno centro de Oviedo, se encuentra La Tercera Palabra, una librería independiente que abrió sus puertas hace menos de un año y que ya se ha convertido en una parada habitual para muchos lectores. Detrás del proyecto están Lara Palancar y Juan Navarro, que decidieron cambiar de rumbo vital para levantar un espacio donde los libros se eligen con cuidado y se recomiendan con conocimiento. Su catálogo se inclina especialmente hacia los clásicos, la literatura japonesa, el ensayo, infantil y algunos títulos de segunda mano, pero también hacia todo aquello que invite a leer con tranquilidad. Además de vender libros, la librería acoge clubes de lectura, talleres y presentaciones, lo que la ha transformado en un pequeño punto de encuentro cultural en el barrio. En esta entrevista, nos cuentan cómo surgió la idea, por qué apostaron por este modelo y qué tipo de lector entra hoy por su puerta.

Interior de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

Abrir una librería hoy no parece el camino más fácil. ¿Cómo nació realmente el proyecto de La Tercera Palabra?

Podríamos decir que el proyecto nace de una mezcla entre idealismo y pragmatismo.

Si bien tiene origen en mi vocación como librera , que surge de mi amor a los libros, mi experiencia durante cuatro años en una librería de Granada y mi cansancio de unas condiciones laborales deplorables; luego se junta con un proyecto de vida en Asturias junto a Juan, que es profesor de historia y geografía y opositó en esta Comunidad Autónoma.

Entonces, una idea romántica que es casi un sueño cristaliza gracias a condiciones materiales.

La librería toma su nombre de La tercera palabra, de Alejandro Casona. ¿Qué os llevó a elegir ese nombre?

Conocí a Alejandro Casona con trece años al leer Flor de leyendas gracias a un profesor de Lengua y literatura que ahora con perspectiva relaciono con esos maestros de las misiones pedagógicas cambiando el campo por un barrio de la periferia de Madrid y trabajadores rurales por pandilleros. Más adelante nos hizo actuar en La Dama del Alba, también de Casona, donde me tocó interpretar a La Peregrina. Cuando tantos años después me vi quebrándome la cabeza para elegir un nombre (me hubiese encantado La montaña mágica pero ya existía otra librería que se llamaba así) recordé a este profesor, a su vocación por difundir la literatura sin prejuicios y con cariño, a Alejandro Casona, que además era asturiano, y La Tercera Palabra, que significa amor en la obra homónima y a la que me aferré como a un tablón flotando tras un naufragio en el mar tras algunos eventos traumáticos en mi anterior trabajo. Así llegó este nombre a nosotros.

Además, tenemos que confesar que nos gusta el toque misterioso que le da a la librería.

Detalle de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

Muchos proyectos libreros nacen hoy alrededor de la novedad editorial. Vosotros habéis apostado con fuerza por los clásicos. ¿Es una elección que nace de vuestro propio gusto como lectores o también de una forma de posicionarse frente a la cultura actual?

Nace sobre todo de nuestro gusto como lectores y tiene, además, algo de posicionarnos frente a la forma de consumo cultural actual. No es exactamente frente a la cultura actual, porque sí creemos que ahora se escribe muy bien, sobre temas muy interesantes, como consecuencia natural a los tiempos que estamos viviendo. Y que además, ¡se edita muy bien!, y Asturias es muy buen ejemplo de ello, aquí hay varias editoriales muy buenas, con buen catálogo y muy cuidado.

Nosotros somos lectores principalmente de clásicos y a veces nos produce pánico la vorágine de publicaciones, producciones y sagas que se editan, se leen y muchas veces se olvidan, por eso apostamos por tener un buen fondo con libros que conocemos y depender lo mínimo posible de la novedad rotativa con la que no creamos ningún vínculo y que es más difícil conocer en profundidad y recomendar.

En una época en la que todo parece inmediato, ¿qué papel creéis que pueden tener los clásicos para un lector contemporáneo?

Calvino decía que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, también decía “que no se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para algo” y “lo deseable de un futuro que se ha de conquistar es garantizado por la memoria de un pasado perdido».” Entonces, en la época actual los clásicos pueden jugar el papel de entender mejor el mundo que nos rodea, convertirse en ancla en un momento en el que todo es líquido y pasa demasiado rápido; además tienen ese matiz de evocar lo pasado que cuadra con la nostalgia actual que nos invade un poco a todos y, por último, nos amplían la visión del mundo y esto nos hace ser mejores personas. Además cuando leemos que, por ejemplo, la protagonista de una novela de hace cien años de Emilia Pardo Bazán sufría las mismas inseguridades que nosotras o que en el siglo XII un noble japonés se enfrentaba a las mismas inseguridades, somos capaces de ver el mundo con mayor perspectiva y de sentir consuelo al relativizar ciertas cosas.

¿Qué autoras y autores pensáis que siguen estando un poco olvidados por los lectores en España?

Estamos contentos porque creemos que últimamente se están recuperando muchos escritores o escritoras pero siempre hay pequeñas joyas que pasan desapercibidas, sobre todo si son anteriores al siglo XIX. A Juan y a mí nos encanta, por ejemplo, la literatura del siglo XVI y XVII, la novela picaresca nos parece muy divertida. María de Zayas, por ejemplo, fue una escritora feminista que escribió Novelas amorosas y ejemplares, una especie de Decameron español y que casi nadie conoce o lee.

Interior de la librería. Imagen de José Antonio Pernia López

En La Tercera Palabra hay una presencia notable de literatura japonesa. ¿Qué creéis que encuentra un lector europeo en esa tradición que quizá no encuentra en la literatura occidental?

Esto lo explica muy bien Tanizaki en su ensayo Elogio de la sombra, en él, el autor hace un alegato a favor del arte, la literatura y la cultura japonesa que se desenvuelve en el matiz, lo sutil, la penumbra, lo no-nombrado; mientras la sociedad occidental responde a lo pragmático, lo claro, lo moderno, lo nuevo o lo inmediato. Y eso puede encontrarse al leer su literatura, algo que de nuevo en el momento en el que vivimos, nos puede servir para parar y ver las cosas desde otra perspectiva.

¿Qué clásico os ha sorprendido ver que sigue enganchando a lectores muy jóvenes?

La ganadora indiscutible es Jane Austen seguida de cerca, tal vez, por La metamorfosis. También hay picos  de compras que responden mucho a adaptaciones cinematográficas, como ha pasado con Frankenstein o con Cumbres borrascosas.

¿Qué os encontráis más a menudo: lectores que vienen con una idea clara o lectores que descubren un libro por el camino?

La balanza está bastante equilibrada, probablemente sean más los que descubren un libro por el camino pero muchas veces vienen con una idea clara y no les importa esperar uno o dos días a que pidas el libro si en ese momento no lo tienes en la librería.

Muchas librerías hablan de ser “espacios culturales”. En la práctica, ¿qué significa para vosotros esa expresión?

En la práctica, tenemos un espacio destinado a actividades que tengan que ver con la cultura, desde presentaciones, clubs de lectura, talleres de historia del arte a cursos sobre autoras, meteoritos o historia de Japón. Me cuesta definir este concepto sin caer en expresiones cursis, trilladas o ambiguas. Diría que de alguna forma, el que una librería sea, además un “espacio cultural”, la distingue de una mera tienda de libros a un lugar que vive con la intención de promover la cultura y los encuentros entre lectores.

¿Qué se pierde cuando desaparece una librería de barrio?

Ay, esta pregunta es algo dolorosa. Por un lado, se pierde lo que se pierde cuando cierra cualquier comercio de barrio. La cercanía, el trato personal, el asesoramiento de una persona especializada en su campo… Pero además en el caso de una librería se pierde esa oportunidad de acceso a la cultura, oportunidad para descubrir mundos nuevos. El otro día escuchaba decir a otro librero de Galicia que en el barrio donde él se había criado, que no tenía biblioteca, ni cine, ni museos… tenía una sola librería donde de pequeño se compraba los clásicos en ediciones de bolsillo y así comenzó su pasión por los libros de una persona que terminó siendo también librero. ¡Cuánto hubiera perdido él si esa librería de su barrio hubiese cerrado!

Si tuvierais que explicar a alguien que nunca entra en librerías por qué debería hacerlo, ¿qué le diríais?

Juan siempre dice que se tiene todo que ganar y nada que perder al entrar en una librería. Tiene algo de lo que tiene entrar en un museo, se te ofrecen centenares de pequeñas obras y puedes curiosear y, de verdad lo creemos, puedes descubrir tantas cosas.

Y una última pregunta inevitable para libreros: si hoy tuvierais que poner un solo libro en manos de alguien que empieza a tomarse en serio la lectura, ¿cuál sería y por qué?

Normalmente hago unas pocas preguntas a cada lector para saber qué libro recomendar pero si me tengo que tirar a la piscina… probablemente por los tiempo que corren se me viene a la cabeza Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, que además de ser una novela entrañable, con una escritura cálida y personajes inolvidables, es a su vez un homenaje a quienes viven por y para la literatura y una obra que habla del compromiso social y político cuando la historia se tuerce. Por si fuera poco, todo esto tiene uno de mis inicios preferidos de la literatura:

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. (…) Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería a los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo.

Con esta entrevista he querido acercarme a una librería reciente que, pese a su corta trayectoria, ya deja ver una forma muy definida de entender el oficio. En las respuestas de La Tercera Palabra aparecen cuestiones que van más allá de la apertura de un nuevo espacio: el criterio con el que se elige un fondo, la relación con los lectores, las dificultades del presente y la voluntad de sostener un proyecto propio sin plegarse del todo a la lógica de la prisa. Leerlas permite entender mejor no solo cómo nace una librería independiente, sino también qué clase de lugar aspira a ser.

23/03/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde el olvido se olvida: El fantasma del fantasma

by Verónica García-Peña 22/03/2026
written by Verónica García-Peña

Si pensamos que un fantasma es, en realidad, el eco de una vida que se resiste a convertirse por completo en silencio, el fantasma del fantasma es el vacío absoluto que queda cuando ya no hay nadie para contar su historia. Es, por tanto, la muerte de la memoria; y por eso hoy no vamos a visitar un lugar físico concreto. Visitaremos el umbral en el que el espectro mismo pierde su nombre y se convierte en nada. Es lo que algunos antropólogos llaman la «segunda muerte», esa que ocurre cuando se apaga el último recuerdo que sobre nosotros queda.

Esa soledad final ya la anticipó Bécquer en sus Rimas: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!». Sin embargo, no hablaba el sevillano de la soledad del sepulcro o del abandono. Lo hacía de la soledad del olvido cuando al final se pregunta: «¿todo es vil materia, podredumbre y cieno?».

El fantasma del fantasma es entonces, pienso, la inexistencia de quien ya no tiene quién le rece, quien le tema o quien, al menos, invente una leyenda sobre su sombra. Es una desaparición total que ni siquiera deja un pequeño rastro de migas en los expedientes, artículos y noticias que he consultado para escribir sobre los distintos espíritus que han poblado esta revista durante meses. Personas que se han convertido en aire y que, al final, ni siquiera el viento las recuerda, porque incluso los muertos mueren.

Pero, quizá, de este viaje por la España herida y olvidada, lo que realmente he comprendido es que los fantasmas existen porque nosotros, los vivos, decidimos que así sea. Porque nosotros, los vivos, los recordamos. Son una forma de resistencia contra lo inevitable. Sufrimos de un hambre de inmortalidad tan voraz, decía Unamuno, que elegimos imaginar, soñar, tal vez invocar una presencia, bien aterradora o bien triste y melancólica, en cualquiera de los muchos lugares por los que en esta sección hemos deambulado, antes que aceptar el vacío absoluto. Porque nosotros, los vivos, los recordamos para no sentirnos solos en nuestra propia finitud.

Bajo esa premisa, cabe preguntarse si acaso morir es dormir, como sugería Hamlet en su duda más célebre. No lo sabemos, y esa incertidumbre, ese «tal vez soñar», es razón harto poderosa para poblar la oscuridad con figuras que nos acompañen y nos den, a su manera, consuelo. Es el miedo a que nada nos espere tras el sueño lo que nos empuja a hacerlo. Preferimos la amenaza de un ánima que mueve los muebles en la habitación 712 de un hotel a la certeza de que, tras esa puerta, solo hay partículas de polvo suspendidas en un rayo de sol.

Julio Llamazares nos recordó que la memoria es un paisaje que se borra. Describió esa soledad final del que se queda solo en el mundo, custodiando los fantasmas de los demás hasta que él mismo se desvanece. Y hoy, esa desaparición es más voraz que nunca. Formamos una legión de futuros olvidados, sesenta millones cada año, que camina hacia el borrado absoluto sin dejar una sola huella que sobreviva a la segunda generación. Ni siquiera este rastro digital que tanto nos obsesiona garantiza la permanencia.

Somos nosotros los que proyectamos nuestra necesidad de trascendencia en los muros de Belchite o en las habitaciones de Cardona, mientras buscamos un rastro de humanidad entre los escombros, el agua, el erial o el recuerdo. Lo hacemos para convencernos de que, cuando alguna vez nos toque partir, alguien nos convertirá en un espectro, una visión, para no dejarnos morir del todo. Sin embargo, si hoy olvidamos lo que pasó ayer un cincuenta por ciento más rápido que hace apenas una década, y nuestra capacidad de retención ya se agota con lo vivo, ¿qué esperanza tienen aquellos que solo son una presencia en un pueblo abandonado? ¿Qué esperanza tiene una mujer de blanco que camina por el cementerio de Comillas entre las tumbas de los relegados?

Habrá quien con esto no coincida. Habrá quien piense que los fantasmas nunca podrán tener su propio fantasma porque siempre habrá alguien que los rescate del silencio; que la memoria, en realidad, no morirá del todo mientras el recuerdo permanezca grabado en la piedra o en la palabra. Y tal vez tengan razón. Ojalá la tengan. No obstante, en nuestro mundo, devorado por la inmediatez y el murmullo constante de la ligereza, cada vez parece haber menos espacio para ellos, para los muertos y sus espíritus. Y cómo  terminaba Bécquer su rima, terminaré yo: «¡No sé; pero hay algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, / al dejar tan tristes, / tan solos los muertos!».

22/03/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde el silencio reclama su casa: Los fantasmas de los pueblos abandonados

by Verónica García-Peña 27/02/2026
written by Verónica García-Peña

Más allá de la crónica de la despoblación y el abandono rural, el olvido tiene una arquitectura propia, hecha de muros que se desmoronan y ventanas que miran al vacío con la fijeza de un cadáver. Y en estas calles yermas, los fantasmas de los que departimos normalmente en esta sección, cambian, pues son el rumor de una España que se niega a desaparecer y que sobrevive a su propio desahucio a través del misterio.

Pueblo Viejo de Belchite, Zaragoza

Nos detenemos, pues, ante las costillas al aire del Pueblo Viejo de Belchite, en Zaragoza, que quedó destruido tras una cruenta batalla acontecida en 1937. Sus ruinas se quedaron como un bosquejo de piedra, congelado, sin que nadie pudiera hacer nada con ellas salvo contemplarlas. Fue una orden, un decreto de diciembre de 1939 por el cual el Estado adoptaba la villa. ¿Qué significa esto de adoptar? Que el pueblo dejó de pertenecer a sus vecinos y pasó a ser propiedad del régimen franquista. Fue un desahucio administrativo que lo convirtió, por de contado, en un símbolo de la guerra. Esta decisión, gestionada por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, prohibió la reconstrucción del núcleo poblacional original donde, desde entonces, el tiempo se hacina sin principio ni final.

Mas el interés por esta localidad comenzó realmente en octubre de 1986, cuando el equipo de investigadores aragoneses ZERCA (Zaragoza Estudios y Recopilación de Ciencias Anómalas), accedió al recinto para investigar lo que algunos lugareños y visitantes habían descrito como fenómenos extraños. Las crónicas de la época en el Heraldo de Aragón recogen estas visitas, que tanta expectación levantaron, y la captación de sonidos cuanto menos especiales.

Los audios, emitidos en Radio Heraldo, eran ruidos que se asemejaban a motores de aviones, silbidos de proyectiles y voces humanas. ¿Las voces, tal vez, de aquellos que en el pueblo murieron durante la contienda nacional? Nadie lo sabe. ¿Voces de un pueblo muerto salvo por los espíritus que permanecen allí, quizá atrapados, como testigos de lo que en aquel lugar ocurrió? No en vano los historiadores estiman que perecieron entre 4.000 y 6.000 personas durante un asedio que duró quince días de fuego ininterrumpido. En 1954 el pueblo nuevo fue inaugurado, y el viejo Belchite se quedó solo para sus fantasmas y leyendas.

Iglesia de San Agustín. Belchite, Aragón

Por su parte, en el Condado de Treviño, en Burgos, existe uno de los parajes más especiales de nuestra geografía o, al menos, uno de los más famosos a este respecto. Se trata de Ochate, que alcanzó notoriedad nacional en 1982, tras la publicación de un reportaje en la revista Mundo Desconocido. Fue gracias a un artículo, firmado por un exempleado de banca, Prudencio Muguruza, titulado «Luces en la puerta secreta» que estaba ilustrado con una supuesta fotografía de un ovni.

Muguruza sostenía que el pueblo fue víctima de tres plagas selectivas: viruela (1860), tifus (1864) y cólera (1870). Sin embargo, investigadores posteriores como Enrique Echazarra, a través de sus crónicas en la edición alavesa del diario El Correo, demostraron que el abandono fue un proceso migratorio común y que las fechas de las plagas no coinciden con los registros de defunción del Archivo Diocesano de Vitoria ni con el registro civil del Condado de Treviño. Si bien, pese a la desmitificación histórica, el misterio persiste.

De hecho, en la necrópolis altomedieval de San Vítores, situada en los alrededores, la leyenda se funde con la arqueología. Allí, en tumbas antropomorfas talladas en la roca entre los siglos IX y XII, algunos visitantes aseguran haber visto figuras difuminadas. Son formas sin rasgos definidos que parecen emerger o fundirse con la piedra misma. ¿Salen o entran de sus tumbas? Quizá, pienso al leer algunos testimonios en prensa local, blogs y otras páginas, no puedan hacer ni una cosa ni la otra. ¿Y si son simples prisioneros de la pareidolia?

Ermita de Burgondo, Otxate

El mito de Ochate se ha nutrido durante años, además, de relatos que aseguran que algunos soldados del Ejército de Tierra, de la base militar de Araca, que durante los años ochenta realizaban maniobras en la zona, vieron una silueta femenina de coloración pálida que se desplazaba sin emitir sonido alguno cerca de la torre de San Miguel, situada en lo alto del pueblo. Una presencia que nos devuelve el reflejo de La dama de blanco de Wilkie Collins en un simple parpadeo, pero que en el silencio de Treviño late acompasada, en realidad, con la angustia de los personajes de Henry James. Una silueta que camina por el velo del mundo y que no sabe o no puede morir, como la que describe Susan Hill en su libro La mujer de negro.

Estos testimonios fueron analizados por los investigadores Antonio Arroyo y Julio Corral en su monografía Ochate: Realidad y leyenda del pueblo maldito, en la que señalan que no existe ningún parte oficial o documento que recoja avistamientos de figuras blancas o fenómenos anómalos por parte de patrullas en la zona. Atribuyen estas historias a la transmisión oral y al impacto que tuvo el artículo original de 1982. Es decir, que tal vez Ochate no tenga fantasmas más allá de lo que nosotros, los humanos, decidimos achacarle; si bien los fantasmas son, por definición, entes libres de transitar la frontera entre lo que la ciencia mide y lo que el alma siente. Y es que la imaginación es demasiado fértil para dejar quieta estas historias.

Dos lugares emblemáticos de nuestra geografía marcados por el abandono y por el misterio, pero también, pienso, por la pena y la soledad. El periodismo exige confrontar el mito y la leyenda con los documentos y los testimonios, y en estos enclaves, la ruina arquitectónica va de la mano de mucho ruido, pero también, de la intención genuina, pienso, de creer.

¿Qué parte es realidad y cuál responde al hambre de nuestra propia imaginación? Quizá escribimos sobre ellos por la necesidad, casi física, de no dejar que los fantasmas de nuestro pasado, nuestros fantasmas, mueran y desaparezcan por completo en un mundo en el que, sobre todo hoy en día, parece que cada vez hay menos espacio para su existencia.

27/02/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde los huéspedes son eternos: El fantasma del hotel

by Verónica García-Peña 08/02/2026
written by Verónica García-Peña

Vamos a hacer las maletas y a viajar a hoteles y paradores que, bajo las luces del lujo o el silencio de la piedra antigua, funcionan como bruñidas prisiones para viejos fantasmas. Son estos espectros más clásicos que los hasta ahora descritos en esta sección, pues arrastran cadenas, asustan y tienden a enredarse en la vida de los vivos. Así pues, hoy nos adentramos en pasillos de moquetas rojas y puertas numeradas tras las que late un miedo que, a diferencia del viajero habitual, no tiene ninguna prisa por marcharse.

Vamos a empezar nuestro viaje en el Parador de Cardona, Barcelona. Un gigante de piedra que vigila el valle con plante medieval, y cuyo corazón guarda una habitación de la que pocos quieren hablar: la 712. No es esta la costumbrista historia de hotel encantado con fantasmas susurrantes, apariciones o velas que se apagan solas, porque aquí los testimonios, basados en décadas de relatos de clientes y trabajadores, relatan un fenómeno físico y, en ocasiones, violento. Al despertar, los huéspedes de la 712 encuentran los muebles de la estancia amontonados en el centro, como si una fuerza invisible hubiera intentado levantar una barricada contra, quizá, el mundo de los vivos.

Castell de Cardona

Para comprender el miedo que emana de esta habitación, es necesario mirar al pasado y concretamente a la Torre Minjona, esa atalaya de granito del siglo XI que señala al cielo desde el patio del hotel. Allí, la joven Adalés, hija del Vizconde Bermon, fue condenada en el año 1086 por su propio padre a una reclusión perpetua por amar a un príncipe musulmán, Abdalà, del cercano Castillo de Aguilar de Segarra. Según recogen National Geographic y La Vanguardia, el tiempo no ha logrado, al parecer, diluir la pena de la muchacha y no la ha transformado en melancolía; acaso en rabia. Y esa ira ha colonizado la habitación 712, convirtiéndola en una especie de campo de batalla sombrío en el que los grifos escupen agua hirviendo ante la mirada atónita de los huéspedes. Es, aseguran, el alma de Adalés. Por ello, la propia dirección de Paradores ha retirado la habitación del sistema de reservas online y así, como han confirmado algunos exdirectores del centro en La Vanguardia, la estancia permanece cerrada por defecto. «Una decisión de gestión que responde al bienestar de los huéspedes y al respeto por una presencia que el personal de limpieza se niega a enfrentar en solitario», aseguran.

La habitación 712 es, por tanto, una celda de lujo donde el tiempo se detuvo por un castigo familiar, pero ese eco de cautiverio no es exclusivo de las alturas de Cardona. Si descendemos hacia el sur, hasta las murallas de Toledo, el encierro deja de ser una cuestión de linaje para convertirse en una sentencia de fe. En el Hostal del Cardenal se ofrece buen cobijo y también, es inevitable teniendo en cuenta sus orígenes, un encuentro directo con las sombras de nuestra historia. Este antiguo palacio del siglo XVIII, mandado construir por el Cardenal Lorenzana sobre los cimientos de la muralla árabe, custodia en sus muros la memoria de una ciudad que fue epicentro del Santo Oficio. No es esto ficción, y las crónicas de Eduardo Sánchez Butragueño en el archivo de Toledo Olvidado, así como las investigaciones de campo de expertos como Luis Rodríguez Bausá, han documentado relatos de huéspedes que describen una figura de hábito oscuro deambulando por los Jardines de Bisagra, el vergel privado del hotel que linda con la emblemática puerta de entrada a la ciudad.

Puerta nueva de Bisagra. Toledo

Este fenómeno ha pasado de ser pues una leyenda local a crónica nacional en prensa estatal. Diarios como ABC, por ejemplo, han recogido testimonios sobre un ruido metálico que recorre los pasillos y hiela la sangre de quienes allí se alojan. Es como un eco residual de grilletes. No en vano, el hotel se asienta sobre una zona de paso de reos que eran conducidos desde las prisiones eclesiásticas hacia el juicio o el patíbulo a través de la muralla, una vez condenados por, verbigracia, herejes, apóstatas o nigromantes. Como señala la plataforma Rutas de Toledo, ese rincón de suelo que hoy pisan los turistas es el mismo por el que los condenados arrastraban su desesperación, dejando un residuo sonoro que el granito parece haber recogido para la eternidad.

Por su parte, los muros del antiguo Corona de Aragón se han quedado impregnados por un elemento mucho más voraz como es el fuego y un humo que no termina de disiparse. En Zaragoza, en la habitación 510 del actual Hotel INNSiDE (antes conocido como el Hotel Corona de Aragón), el pasado hiede a ceniza. Tras el devastador incendio del 12 de julio de 1979, que se cobró la vida de al menos 78 personas, la estancia se ha convertido en un imán para lo inexplicable. Los clientes reportan opresión en el pecho y una falta de aire que les obliga a huir de la habitación de madrugada. Se dice, así lo han recogido crónicas de El Heraldo de Aragón, que si se deja un vaso de agua sobre la mesilla, al amanecer se encontrará ceniza flotando en él, como si de la escoria espectral de un fuego pasado se tratara. Un fuego que se apagó hace décadas y que, sin embargo, ahí sigue, a la espera de nuevas vidas que lo contemplen y así no lo olviden.

El edificio del antiguo Hotel Corona de Aragón, actual Hotel Meliá

Mientras que en la habitación 510 el pasado se manifiesta a través de un silencio ceniciento, en Navarra el recuerdo ruge. En Estella, en el Hotel Condes de Albrit, actualmente integrado en la cadena Sercotel, los aplausos de un público inexistente rompen el silencio de la noche. El edificio se asienta sobre el solar del antiguo Teatro Cine San Agustín, un emblema cultural de la posguerra inaugurado en los años 40 ―según los archivos de memoria histórica de Navarra, alma de la ciudad durante décadas—, cuyas funciones parecen haber quedado atrapadas en las paredes. Su transformación definitiva en hotel fue en 1998 y desde entonces se recoge en prensa, como en el Diario de Navarra, que ‘la memoria de las tablas’ se niega a desaparecer. Hay quien asegura percibir olor a maquillaje y escuchar el roce de pesados telones en zonas donde hoy solo hay pasillos modernos por los que transitan los huéspedes.

Olvidar… Quizá el mensaje de estos fantasmas, eternos huéspedes, sea igual que el de todos los demás, no ser olvidados, y lo que sucede en estos y otros hoteles es un recordatorio persistente de que somos nosotros, los vivos, los que en realidad estamos de paso. Porque no hay nada más aterrador y humano, y que nos haga sentir más vívidamente nuestra fragilidad, que cerrar la puerta con llave y comprender que nunca hemos estado solos en la habitación.

08/02/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde los muertos no siempre se van: El fantasma del cementerio

by Verónica García-Peña 24/01/2026
written by Verónica García-Peña

Aunque los fantasmas parecen siempre estar vinculados a estos lugares, lo cierto es que nadie se adentra en un cementerio con la idea de encontrarse con uno. Se hace para dejar flores, recordar y, a veces, contar secretos a quienes ya no pueden responder. Los camposantos son terrenos de orden con calles rectas, nombres alineados y fechas que parecen reglar el tiempo como si así se pudiera domesticar. No obstante, basta cruzar la verja para notar cómo la atención se afina y el gesto se ensombrece. Se baja la voz de forma refleja y, entre murmullos, se camina por el terreno con la sensación de que ahí, donde los muertos reposan, hay en realidad cientos de fantasmas que nos acompañan.

Se trata de una presencia discreta, pero también obstinada. Este fantasma se niega a desaparecer por mucho que de él, en ocasiones, ya no se sepa nada. Lápidas sin nombre, fecha o recuerdo. Espíritus y aparecidos, sombras y espectros son algunas de las denominaciones más comunes que esta especial ánima recibe cuando se habla o se escribe sobre ella; cuando se la imagina, pues es su terreno una de las más prolíficas atmósferas creativas del mundo. Universal como los páramos de las Brontë, el desolado fosal de Dickens en los pantanos o los terrenos de Stephen King donde la tierra se niega a guardar a sus muertos; y es que no hay cementerios, reales o imaginarios, sin historias.

En España, los camposantos comenzaron a construirse fuera de los núcleos urbanos a finales del siglo XVIII, tras la Real Cédula de Carlos III de 1787, que prohibía los enterramientos dentro de iglesias por razones sanitarias. Antes, se inhumaba a la gente en atrios y criptas. Aquella decisión, en apariencia solo práctica, tuvo como consecuencia el desplazamiento del vínculo cotidiano con la muerte, pues los muertos fueron apartados, organizados y alineados, pero lejos. En ese tránsito, algo quedó suspendido y tal vez por eso las leyendas de aparecidos que anhelaban regresar a casa, de espíritus que se sentían abandonados o de muertos que salían de su tumba cada noche crecieron.

Los archivos parroquiales y municipales, así como la memoria oral de nuestra geografía, atesoran informes y leyendas cuanto menos inquietantes sobre estos fantasmas. En el cementerio de San José, por ejemplo —edificado sobre los restos del antiguo palacio nazarí de los Alixares e integrado en el conjunto histórico de la Alhambra, en Granada—, se dice que, desde los años setenta, los vigilantes del lugar ven luminarias que recorren los nichos y escuchan pasos en las galerías vacías. En el norte, por su parte, en el fosal de Derio, en Vizcaya, la prensa local ha recogido durante décadas testimonios de trabajadores que evitan las zonas de panteones familiares clausurados tras la Guerra Civil. Allí, donde el silencio casi se puede tocar, se habla de golpes rítmicos desde el interior de las criptas. Relatos que el tiempo no ha borrado y que los propios sepultureros transmiten, pues en Derio el pasado nunca termina de callarse.

Panteones del patio primero del Cementerio de San José en Granada (España). El panteón de la familia Herrera

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, muchos enterramientos fueron hechos sin nombre, lápida y sin un registro. Epidemias, fusilamientos, suicidios que se ocultaban por vergüenza familiar, niños muertos sin bautizar… Vidas que entraron en la tierra sin una despedida y sin un relato. Quizá por eso, pienso, este espectro nunca se marcha. A mí, que me encanta visitar camposantos de todo tipo y pasear por sus calles sin prisa, también me gusta imaginar las vidas de aquellos que habitan estos lugares; de los muertos que ya no quieren saber nada de los vivos e igualmente de los otros, de los que, sospecho, por qué no, pueden aún vagar por el lugar confundiéndose con nosotros.

Cementerio Municipal de Paterna

En el cementerio de Paterna, en Valencia, conocido trágicamente como ‘El Paredón de España’, más de dos mil doscientas personas fueron fusiladas y arrojadas a fosas comunes, la inmensa mayoría durante la represión de la posguerra, entre 1939 y 1956. Hoy, mientras los forenses trabajan para devolverles sus nombres y con ellos sus historias, tanto los vecinos como los que cuidan el lugar han descrito figuras que deambulan al amanecer junto al muro, en el que aún pueden verse las marcas de las balas. No piden nada a quienes los ven, dicen. Solo marchan de un lado al otro de la tapia, a la espera probablemente de recuperar su nombre y salir del olvido de la tierra.

Algo similar ocurre en el cementerio de Comillas, en Cantabria, bajo la sombra del imponente Ángel Exterminador —obra de Joseph Llimona—. Allí, desde finales del siglo XIX, se habla de una figura femenina que aparece junto a las tumbas más antiguas, aquellas que ya no reciben flores ni visitas. ¿Qué quiere? Nadie lo sabe con exactitud. ¿Y qué busca? Tampoco hay respuesta. Sí hay, claro, muchas hipótesis, pues buena es la imaginación para dejar tranquila una leyenda como esta. Los libros de defunciones de la parroquia mencionan que varias mujeres murieron solas en el pueblo, enterradas sin familia conocida. Sirvientas o acompañantes que llegaron de lejos y nunca regresaron a sus casas. Quizá la tradición oral las fundió en una única presencia; esa mujer que deambula por la necrópolis y cuida de los olvidados. Una conciencia hecha de restos. Una presencia coral en uno de los escenarios más bellos y melancólicos del modernismo español.

Quien ha pasado tiempo en un cementerio sabe que el aire allí se percibe diferente y no es porque en verdad lo sea. Con seguridad, he de admitir, es más sugestión que otra cosa; si bien, de esta forma se siente porque cada duelo deja un poso y cada visita incompleta o conversación interrumpida, cada promesa que no se cumplió, un lastre.

Cemeterio de Montijuïc

En el cementerio de Montjuïc, en Barcelona, los sistemas de seguridad han registrado, desde los años noventa, anomalías en las zonas de beneficencia. Son avisos recurrentes de sensores que se activan en zonas cerradas donde no hay nadie, o no debería haberlo. Siempre en los mismos puntos y siempre sin causa aparente. Los vigilantes hablan de un hombre que camina por los pasillos de los no reclamados. Es una presencia que no parece pertenecer a un solo muerto. Como ocurre en Comillas, es el peso acumulado de tantos óbitos sin un adiós.

Los cementerios guardan cuerpos, sí, pero también custodian finales y silencios que no descansan. Por eso, al salir de ellos, si se mira atrás, no es miedo lo que se siente. Es la sensación de que, entre lápidas y cipreses, entre mausoleos ornamentados y cruces sin nombre, alguien espera a que su historia sea contada o, tal vez, escrita.

24/01/2026 0 comments
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Los fantasmas olvidados

Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio

by Verónica García-Peña 10/01/2026
written by Verónica García-Peña

España todavía conserva, como cicatrices mal cerradas, los huesos de sus antiguos sanatorios. Son edificios levantados en el silencio, allí donde la medicina de finales del XIX y principios del XX dictaba que el aire puro y la helioterapia —la exposición directa al sol para fortalecer la sangre y aniquilar bacterias— eran la única cura posible para algunas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, el raquitismo o la anemia crónica. Por eso sus fachadas estaban presididas por amplios corredores y soláriums orientados al mediodía. Estructuras concebidas para captar hasta el último rayo de sol y permitir que los enfermos recibieran baños de luz en laderas boscosas y montes batidos por el viento. Aire, aislamiento y disciplina. Ese era el lema, y con él se protege el fantasma del sanatorio.

Bajo el pretexto de la salud, en aquellos lugares fueron a parar cuerpos enfermos y otros, en realidad rotos. Se mezclaban tuberculosos, hombres ‘agotados’, niños de pecho débil, mujeres ‘nerviosas’, y pobres que no tenían más techo que el de la caridad pública. Entraban con un diagnóstico confuso y salían, en muchas ocasiones, convertidos en un expediente cerrado y guardado bajo llave.

Sanatorio antituberculoso de Agramonte.

En las faldas del Moncayo, el Sanatorio de Agramonte (Zaragoza) permanece hoy como un resto fósil de una época en la que la enfermedad era motivo de destierro. Su historia guarda una ironía que no sé si calificar de cruel, pero que, desde luego, es chocante. Este edificio nació en 1911 como el ‘Gran Hotel del Moncayo’, un destino de lujo para la burguesía que buscaba aire puro por placer; mas, tras la Guerra Civil, el lujo fue desmantelado y las habitaciones se llenaron de camas de hierro para mujeres y niños sin recursos. De hotel a sanatorio; de la luz a la sombra. Sus archivos son, a mi juicio, un inventario de soledades. Documentan defunciones que nadie reclamó y remiten a un pequeño cementerio, hoy devorado por la maleza a pocos metros del recinto, donde los cuerpos terminaron bajo lápidas sin nombre o en el olvido de la caridad pública.

Cuando la estreptomicina —el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis— comenzó a llegar a España de forma regular, entre los años 1946 y 1950, estos gigantes de piedra perdieron su sentido casi de la noche a mañana. El milagro de la medicina vació los pasillos, pero el cierre definitivo de algunos, como el de Agramonte, por ejemplo, que lo hizo en 1978, tardó en llegar; y cuando sus puertas se cerraron, el tiempo, en cierto modo, quedó suspendido. Permanecieron las camas alineadas y la sensación de que todavía hoy, alguien, sentado en un pasillo vacío, sigue esperando una visita que nunca llega.

Hospital Tórax de Tarrasa

Algo similar ocurre con el Hospital del Tórax de Terrassa, inaugurado oficialmente el 8 de junio de 1952. Allí, la tuberculosis y la silicosis devoraron a centenares de obreros inmigrantes. Hoy, aquel inmenso complejo ha cambiado su función. Tras su cierre definitivo a finales de los noventa, el complejo fue reconvertido e incluido dentro del Parque Audiovisual de Cataluña. Donde antes hubo silencio y enfermedad, hoy hay platós de cine y estudios de televisión, aunque la estructura original sigue recordando su pasado clínico.

Si bajamos la mirada hacia el sur, hacia el Preventorio Infantil de Aigües de Busot (1936-1967), en Alicante, encontraremos las ruinas de un purgatorio. El edificio fue originalmente, como el Sanatorio de Agramonte, un hotel de lujo, el Hotel Miramar, pero se convirtió en preventorio antituberculoso en 1936; si bien, su mayor actividad se dio tras la Guerra Civil. Allí enviaban a los niños a ‘fortalecerse’, lejos del abrazo materno. Los archivos del Patronato Nacional Antituberculoso reflejan una triste realidad, la de los niños que fallecieron allí y cuyas familias, por falta de recursos o por la distancia, nunca pudieron reclamar sus restos. Se quedaron para siempre en la tierra del sanatorio acompañados tan solo por la que llaman la Dama Blanca.  

¿Quién es la Dama Blanca? Según algunas leyendas de la zona, recogidas en diversas crónicas de misterio y la tradición oral alicantina, se trata de la esposa de uno de los antiguos dueños del hotel, cuya presencia parece haber quedado atrapada en los espejos del edificio. Los testigos hablan de una figura etérea, vestida de gala, que recorre las estancias con una mezcla de melancolía y una sonrisa inquietante, como si el tiempo del lujo y el de la tragedia convivieran en el mismo reflejo. Para otros, como recoge la Guía de la España Misteriosa, de Pedro Amorós, es en realidad el alma de una madre que, tras perder a su hijo en el preventorio, quedó atrapada en los espejos del antiguo salón de baile, esperando eternamente un reencuentro que la muerte le negó. Espejos de hoy que muestran el ayer congelado o, quizá, espejos de ayer que muestran un hoy constante. Sin pasado ni futuro. Solo un hoy eterno congelado en el cristal.

Preventorio Busot

El fantasma del sanatorio, en cierto modo, me recuerda al del páramo, pues no vaga de forma errante porque está anclado a un lugar; a su lugar en el mundo cuando estaba vivo. Se sienta al borde de una cama y espera. Se asoma a un espejo y espera. Baja unas escaleras y espera. Es el espectro de quienes fueron ingresados para curarse y acabaron fundidos con el olor sedante de las paredes y el silencio de las sábanas albas, tal como retrató Camilo José Cela en su novela Pabellón de reposo (1943), donde los pacientes contaban los días en una espera infinita. Escrita desde su propia experiencia como paciente tuberculoso, Cela describe ese limbo donde el nombre del enfermo se borra y solo queda el número de la habitación. Una espera infinita donde el final es el olvido.

Hospital Isla Pedrosa

Durante la postguerra, estos lugares —junto a psiquiátricos como el de Santa Isabel en Leganés o La Barranca en Navacerrada, cuyos muros fueron finalmente derribados en 2024— se convirtieron también en el último refugio para los olvidados. A ellos iban a parar mujeres diagnosticadas de histeria, hombres rotos por el frente o ancianos sin recursos. Muchos murieron allí dentro sin que quedara más rastro de ellos que una fecha, y se cuenta que en algunos de estos lugares, aunque hoy el bosque haya recuperado su sitio o los edificios hayan cambiado de nombre, las luces se encienden en alas completamente vacías para alumbrar las vidas de los fantasmas que las habitan. Espectros que se niegan a marcharse porque son, en el fondo, como una historia sin final.

10/01/2026 0 comments
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En corto

Regina Salcedo Irurzun

by Emain Juliana 09/01/2026
written by Emain Juliana

Regina Salcedo Irurzun es escritora y guionista, con una trayectoria que se mueve entre la poesía, el relato y otros lenguajes narrativos como el audiovisual y el videojuego. Ha recibido numerosos premios literarios a lo largo de su carrera y, recientemente, ha sido reconocida con el Premio Internacional de Poesía José Hierro. Combina la creación con una intensa labor cultural y formativa, y mantiene una relación constante con distintos formatos y proyectos. En En corto nos acercamos a su trabajo y a lo que tiene entre manos ahora mismo.

¿Pamplona o Madrid?

Madrid fue esencial en mi formación, pero para vivir me quedo con Pamplona.

¿Poesía o narrativa?

Cada necesidad creativa pide su forma. Simplificando mucho, son dos movimientos diferentes (hacia adentro y hacia afuera) que, en cierta manera, se complementan.

¿Escribes todos los días?

Escribo cuando siento que es una necesidad real; entonces lo hago con regularidad. Puedo pasar meses sin escribir (aparte de mis cuadernos). Soy incapaz de forzarme.

¿Qué no puede faltar cuando escribes?

Ya nada. He aprendido a escribir en cualquier circunstancia. Mi habitación propia es mental, aunque sueño con una tranquila cabaña en el bosque.

¿Cuaderno o pantalla?

Cuaderno para notas, ideas y digresiones privadas. Pantalla cuando el texto ya tiene voluntad literaria.

¿Prefieres escribir por la mañana o por la noche?

Rindo mejor por la mañana, aunque, si estoy inspirada, hasta dormir es un fastidio.

¿Planificas antes de escribir o te lanzas?

Cada libro pide sus dosis personalizadas. Pero es cierto que, si lo sé todo de antemano, me aburro y abandono. Escribir siempre tiene que descubrirme algo.

¿Disfrutas corrigiendo o prefieres lo espontáneo?

Escribir es corregir. Es ir aproximándote a la verdad, a la belleza, a lo que realmente deseas expresar. Nada más satisfactorio que hallar el equilibrio entre intuición y control.

¿Lees mientras escribes?

Casi siempre. No son incompatibles; al contrario, suelen retroalimentarse y crear redes sorprendentes. Pero, si no me apetece o no tengo tiempo, tampoco pasa nada.

¿Impartir talleres es importante para ti?

Sí, porque fueron un gran aprendizaje. Actualmente me dan más pereza por la energía y entrega que demandan.

¿El Premio José Hierro llegó en buen momento?

Eso creo, porque ahora sé que los premios no aseguran ventas ni difusión, y puedo valorarlo por el reconocimiento que supone. Hace años, habría acabado decepcionada.

¿Qué te aporta crear videojuegos?

Crear en equipo mundos con reglas estrictas es un desafío al ingenio. Y es fascinante verlos cobrar vida. Lástima que sea tan difícil sacar proyectos adelante.

En videojuegos, ¿te interesa más el guion o las mecánicas?

Me encantan las aventuras con historias y personajes sólidos, que equilibran guion y juego, que te cautivan y, además, te hacen pensar e incluso tomar decisiones.

¿Qué te gustaría impulsar en el Ateneo este año?

Dar espacio a propuestas originales y de calidad, de esas que dices: «Esto lo tiene que conocer y disfrutar todo el mundo». Difundir obras que remueven e iluminan.

¿Qué te gustaría seguir explorando?

A día de hoy, me conformaría con eso: desear seguir explorando.

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EventosLos fantasmas olvidados

Donde el agua guarda nombres: El Fantasma del Pantano

by Verónica García-Peña 14/12/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que el agua es una tumba paciente que espera; y mientras espera, guarda. En los pantanos de nuestra geografía, tan comunes y tranquilos a primera vista, encontramos pueblos hundidos, vidas cambiadas y nombres que jamás hallaron lugar donde reposar. Entre muros sumergidos y campanas muertas que ya no repican, surge un espectro distinto que no vaga entre la niebla. Un espectro que se agita en un nimbo líquido cuyos ojos, hechos por entero de rocío, no saben más que llorar. Se trata del fantasma del pantano.

Entre 1933 y 1970, España vivió una de las mayores oleadas de infraestructuras hidráulicas de Europa. El llamado ‘Plan Nacional de Obras Hidráulicas’ —primero de la II República y retomado con fuerza durante el franquismo— anegó pueblos enteros como Riaño, La Muedra, Mediano, Mansilla de la Sierra, Portomarín, Benagéber, y decenas más. Documentos del Instituto Geográfico Nacional y los listados oficiales de la Confederación Hidrográfica del Duero y del Ebro recogen más de 60 localidades desplazadas o sumergidas. Hubo iglesias que fueron trasladadas piedra a piedra, pero algunos de sus cementerios, en cambio, nadie los pudo mover. Muertos y casas, escuelas y comercios, que desaparecieron bajo una profundidad medida en metros y también en silencios.

Cuando el pantano de Mediano, en Huesca, baja lo suficiente —como ocurrió en los veranos de 1993, 2007 o 2022— de las tierras empapadas emerge la torre románica de la que fue su iglesia. Solitaria, desnuda, rasga el cielo con sus piedras marcadas por el desgaste incesante del agua. Los vecinos dicen que, cuando asoma, es como si el pasado se desordenara y lo que tenía que estar enterrado se despierta, como lo hacen los recuerdos. Los buenos y los malos. Todos ellos. Lo mismo sucede en Riaño Viejo, donde el cierre de la presa se produjo a finales de 1987. Las familias tuvieron solo cinco días para abandonar sus casas. Sus ruinas reaparecieron en 2017. Calles enteras volvieron como si el tiempo hubiese respirado hacia atrás y devuelto evocaciones de un ayer que es hoy imposible.

Imagen de Verónica García-Peña

Y es en estas ocasiones en las que el embalse pierde su máscara de agua y deja ver lo que en realidad esconde, cuando el fantasma del pantano aparece. No tiene nombre, porque su nombre es el de todos los que allí moran bajo una tierra eternalmente húmeda, aunque el murmullo popular, a veces, le ponga rostro. En Ávila, por ejemplo, los lugareños del pantano de El Burguillo hablan del espíritu de un capataz que pereció durante la obra. Dicen que su figura solitaria se yergue junto a lo que antes fueron los muros de una casa, ancorados sus pies en el camino hundido.

Algunos testigos como pescadores, operarios o senderistas han descrito, en diferentes entrevistas que se pueden leer en cabeceras locales como El Heraldo de Aragón o La Nueva Crónica, la misma sensación en otros lugares. La de un reflejo extraño que no armoniza con ninguna cara concreta, una sombra que no debería estar ahí y un aire frío y pastoso que no proviene del viento sino del fondo. Dicen también que, cuando aparece, el agua de los alrededores se queda completamente quieta. Como si escuchara. No es un fantasma que se acerque. Se queda inmóvil, a la espera, siempre a la espera, y señala.

Esta idea me recuerda, quizá, a La tierra de Alvargonzález, de Machado. A aquellos hermanos parricidas que arrojaron su crimen a la Laguna Negra de Soria creyendo que el agua lo sepultaría para siempre. Mas, si la literatura puede destilar la culpa en verso, los pantanos del mundo real abrazan la memoria con un fango tan espeso que jamás permite que el pasado se asiente.

Imagen de Verónica García- Peña

En Portomarín, parte del cementerio quedó bajo el agua y su historia es un rumor firme que viaja con la corriente. Cuando las aguas del Miño se retiran, dejando ver las entrañas de la tierra acuosa, se desvela el contorno difuso de lo que fue un último lugar de reposo. No es piedra lo que emerge. Es la certeza de que bajo esa capa líquida, a merced de las nimias corrientes de un agua estancada, recordación convertida en légamo, hay algo que no termina de descansar. Los vecinos, por respeto, evitan bogar sobre esa zona, sabedores de que el embalse es un hipogeo que, a veces, devuelve los nombres que un día tragó.

El fantasma del pantano nace de ese no descanso. Es el resultado de los que no pudieron salir, de los que nunca se trasladaron y permanecen allí, olvidados, y se manifiesta cuando la sequía deja ver las cicatrices del fondo. Es entonces cuando alguien asegura verlo en el límite del agua, como si aún intentara orientarse en un pueblo presentemente ahogado. A veces mira hacia un lugar concreto, como si buscara la puerta de su casa. Otras, permanece de espaldas, contemplando un horizonte que solo él conoce. Su figura es una frontera entre lo que hubo y lo que queda; entre lo que se enterró y lo que insiste en salir a flote.

Dicen que todo pantano es doble porque está lo que se ve y lo que no. Tal vez por eso este fantasma, cuando el agua vuelve a subir, se hunde con ella, paciente, como si supiera que tarde o temprano regresará, pues nada se entierra del todo en el humedal. Ni los pueblos. Ni los nombres. Ni los que, desde el fondo, siguen esperando ser recordados.

Imagen de Verónica García-Peña
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Los fantasmas olvidados

Donde los pueblos mueren: El Solitario del Páramo

by Verónica García-Peña 28/11/2025
written by Verónica García-Peña

Como bien saben los lectores de esta revista, el amor más extraño no reside en el delirio, acaso en la fatalidad, y con los fantasmas ocurre lo mismo. Dicen que existen porque alguien los recuerda, pero también porque alguien, un día, los olvidó. Quizá ni siquiera reparó en que ya no estaban. En los páramos de nuestra geografía, vastos como el silencio antiguo, habita una estirpe de espectros cuyo poder no responde al ruido de cadenas ni a la sombra que sus sábanas proyectan, si las llevan. Su poder nace, en verdad, del olvido.

Tierra reseca, sin árboles, abierta al cielo como una herida. Un purgatorio laico que avanza en llanura sin un solo refugio. Son los páramos un territorio en el que el olvido se condensa hasta adquirir forma. Un lugar barrido por un viento que recita. ¿Qué declama? Nombres que ya no figuran en ninguna parte.

En las comarcas de Campos de Salamanca y Tierra del Pan, según registran los anuarios estadísticos del siglo XIX, los censos parroquiales y los archivos diocesanos de Zamora, existen cerca de una treintena de aldeas que desaparecieron entre 1850 y 1920. Pueblos arrasados por la emigración, la miseria o la simple imposibilidad de seguir viviendo allí. Chaguaceda, Argusino, Salce, Salto de Castro, etc. Lugares que conservan solo los muros, las iglesias vacías y los caminos por los que ya nadie transita. Acaso algún despistado y acaso, dicen, algún alma perdida. También dicen que, en ocasiones, se escucha el toque de muerto, a deshoras, en la lejanía. Un repique que nadie tañe, pero que todos oyen. Y allí, en esos caminos y en esos hablares, nace y vive El Solitario del Páramo.

No sabemos su nombre real, pero algunos cuadernos parroquiales de finales del XIX, en los que aparece una nota marginal del tipo «desaparecido durante la siega. Nunca hallado», lo llaman Lucas Gil. No es un nombre extraordinario, cierto, si bien es una presencia que condensa muchas otras. Representa a todos los que desaparecieron del mundo sin hacer apenas ruido. Jornaleros sin lápida, pastores sin rebaño, mujeres que nunca regresaron de la fuente y hombres que salieron a por leña y se volvieron niebla.

La tradición oral de Villalpando, Manganeses de la Lampreana y Castrogonzalo, recogida en los años 20 del siglo pasado por cualesquiera maestros rurales —algunos de esos librillos todavía se conservan en la Biblioteca Pública del Estado en Zamora o en archivos provinciales—, menciona a «un hombre alto, de abrigo oscuro, que anda de espaldas cuando cae la noche». De espaldas, como si el propio páramo le negara el descanso.

Quienes lo han visto, pastores, caminantes o carreteros que cruzaban la estepa antes de que hubiera carreteras asfaltadas, coinciden en tres cosas: frío repentino, sensación de compañía, como si el aire respirara con uno, y la visión de una silueta. Alta, flaca, desdibujada, siempre mirando hacia otro tiempo.

Las crónicas locales de El Adelanto de Salamanca y La Opinión de Zamora (especialmente las publicadas entre 1893 y 1908 sobre desaparecidos rurales) hablan de vidas borradas antes de tiempo, de cuerpos que no aparecían hasta meses después o no aparecían nunca y de disputas sobre tierras que abruptamente terminaban porque nadie había ya con quien pelearlas. Acababan convertidos en silencios suspendidos entre un siglo y el siguiente. Ese vacío, esa falta de cierre, alimentó durante décadas la idea de un espectro que camina para reclamar un trozo del páramo y de la historia; para reclamar un lugar. La extensa documentación recopilada en el trabajo de investigación de Jairo Prieto sobre despoblación y patrimonio rural en la provincia, o estudios etnográficos de la Diputación de Salamanca reflejan este fenómeno social y cultural.

El Solitario del Páramo se manifiesta donde antes hubo un hogar y ya no queda más que piedra; donde hubo un nombre y ya no lo recoge ningún papel; donde una vida quedó suspendida entre la niebla y el olvido. Su presencia permanece fría y persistente, como la escarcha que cae sobre la meseta incluso en primavera.

Hoy, cuando el páramo sigue despoblándose, cuando pueblos enteros se quedan sin niños, sin médico, sin luz, sin voces, su figura vuelve a percibirse. Camina despacio, siempre al anochecer, con la misma luz gris que ha acompañado a los que jamás tuvieron tumba ni responso No avanza hacia los vivos ni hacia los muertos, sino hacia ese lugar intermedio donde habitan quienes esperan ser recordados.

28/11/2025 0 comments
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Amores extraños

La durmiente del velo, el reparto del corazón y siglos de oscuridad compartida

by Verónica García-Peña 08/11/2025
written by Verónica García-Peña

En marzo de 2014, el silencio sepulcral del convento de los Jacobinos en Rennes, la capital de la región de Bretaña —en el noroeste de Francia—, fue roto por la luz. Unos arqueólogos abrieron un ataúd de plomo, uno de los varios hallados en el lugar, que guardaba un secreto sellado durante casi cuatrocientos años. Dentro, intacta al paso del tiempo, encontraron a una mujer que parecía dormir y a su lado, en un relicario, un corazón humano perfectamente embalsamado que no era el suyo.

Su cuerpo, envuelto en el humilde hábito franciscano, yacía en paz, el rostro cubierto por un velo monástico, como si esperara solo el despertar en la eternidad. Sus manos, sobre el pecho, sostenían firmemente un sencillo crucifijo. Aquella durmiente era Louise de Quengo, dama bretona del siglo XVII, que murió en 1656; el corazón que la acompañaba era el de su marido, Toussaint de Perrien, Señor de Bréfeillac, muerto siete años antes.

El suyo fue un matrimonio sin hijos, lo que, en una época obsesionada con la estirpe, pudo haber cambiado el afecto que sentían hacia una comunión de almas que trascendía la herencia terrenal. Un amor diferente. Al fin y al cabo, pertenecían a una nobleza cuya vida era un tapiz donde la fe y la sombra de la muerte no se temían y se abrazaban con firmeza.

Cuando Toussaint marchó de este mundo en 1649, su cuerpo fue depositado en el convento de los Carmelitas Descalzos en Carhaix —actualmente Carhaix-Plouguer—, también en la región de Bretaña. Él había fundado ese monasterio y quiso reposar allí para siempre. Louise, con el alma rota por la pérdida, decidió que su esposo sería enterrado sin el corazón, pues este le pertenecía a ella. Mandó extraer el órgano y lo confinó en un relicario de plomo cuya inscripción no dejaba lugar a dudas: «Aquí yace el corazón de Toussaint de Perrien, caballero de Bréfeillac, cuyo cuerpo yace cerca de Carhaix en el convento de los Carmelitas Descalzos, que él fundó».

Luego, Louise ingresó como terciaria franciscana y cambió las comodidades de su castillo familiar en Bréfeillac por la austeridad y la reclusión del convento. Dedicó los siguientes años a la oración y a la espera, hasta que en 1656 murió. Entonces, el corazón de Toussaint fue depositado, tal y como ella había previsto, junto a su cuerpo en el convento de Rennes, reuniéndose en la infinitud de la muerte.

Este gesto, que hoy nos estremece, era conocido en la corte barroca francesa como el partage du cœur (el reparto del corazón). Era una especie de ritual de amor espiritual mediante el cual los cuerpos podían yacer separados en el espacio, pero los corazones, reunidos, sellaban una unión indisoluble más allá de la materia. Las excavaciones de Rennes lo confirmaron, pues se encontraron al menos otros tres corazones en distintas urnas pertenecientes a otros nobles como, por ejemplo, Catherine de Tournemine.

Los científicos que desvelaron este misterio comprobaron que el cuerpo de Louise había sido embalsamado con una técnica excepcional, preparando a la mujer del velo para su viaje eterno; y el corazón de Toussaint se conservaba como un tesoro biológico a su lado. Lo que para la ciencia fue un hallazgo único, para el amor y sus relatos, para quienes profundizamos en lo extraño de su ser y sentir, es una historia que bien podía ser una balada épica —aunque sea totalmente real— de dos almas que se juraron no separarse hasta que el plomo, en el silencio de la muerte, los reuniera de nuevo. Actualmente, el cuerpo de Louise de Quengo y el corazón de su esposo reposan juntos en el cementerio de la Chapelle-des-Fougeretz, cerca de Rennes, donde fueron enterrados nuevamente en 2015.

Tal vez, pienso, cuando descubro estas historias y, a mi manera, les devuelvo la vida, la auténtica eternidad no se encuentra en las palabras grabadas en tumbas y relicarios. Tampoco en las oraciones elevadas a un cielo que no sabemos si realmente nos responderá alguna vez. Posiblemente, la verdadera eternidad esté en ese corazón guardado que, quizá, aún palpita en mudez total para nosotros, siglo tras siglo en la oscuridad, y que solo desde el otro lado del velo se puede sentir.

08/11/2025 0 comments
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