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Series y columnas

Historias del occidente

Alimañas

by Ana Vega 08/09/2025
written by Ana Vega

Recuerdo el momento exacto en que descubrí esta palabra: alimañas. Automáticamente me resultó familiar. Pensé en mi abuelo. Pensé en el momento de su muerte. Recordé su insistencia: ¿Hay dinero para el funeral? Alimañas. Desde entonces me ha parecido algo normal preguntarse si hay dinero en algún lugar, algún sitio para el funeral propio. Por eso la incineración y que arrojen tus cenizas al suelo — o al viento, mi romanticismo es cero— me parece la decisión más equitativa: la muerte igual y si no sabemos eso a estas alturas de la vida, mal vamos. Mi abuelo temía que en su cartilla no existiese suficiente dinero para pagar la caja, el funeral y todo el ritual que él sí valoraba; en el pueblo la muerte sigue siendo algo importante, velar el cadáver, darle una muerte digna, un funeral, una misa, encender varias velas (incluso hacer misas por lo que no están o esa manía que nunca he soportado de “ofrecerte” en vida a tal y cual vírgenes o iglesias de difícil acceso donde siempre se te engancha el vestido cuando te acercas a la fuente donde se encuentra la virgen milagrosa a la que tu madre te ofrece una y otra vez sin escaso logro alguno y mucho menos milagros). La muerte allí, todavía es importante. Mi abuelo tan solo deseaba una caja. Aún vivo, deseaba una buena caja donde descansar, con su dinero. Pero él sabía que quizá las alimañas no le habrían dejado ni eso. Desde entonces (y quizá mucho antes) para mí, alimañas y la familia son términos sinónimos.

Qué cómo he llegado a esta conclusión, fácil. Reconozco este hecho atroz como algo normal cuando la gente se espanta cuando un soldado arranca el colgante y el anillo más valioso a su compañero muerto. No lo siento como algo ajeno cuando veo o leo algo sobre los ladrones de cadáveres arrancar joyas y valijas al que acaba de morir y mucho menos me resulta lejano arrancar los zapatos a alguien que todavía no está ni muerto pero va en camino. Es algo habitual en las alimañas. Las humanas. Insisto. En los animales existe cierto tipo de respeto ancestral y también de duelo. Nosotros hemos construido una hipocresía moral también a través de la muerte. Ha existido y existirá siempre. Es curioso cómo la gente se sorprende ante el comportamiento primitivo de los seres humanos. Ves algo brillante y lo coges, punto. O algo suculento y lo comes, como haría un cuervo con los ojos: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. De dónde creen ustedes que se han sacado de la manga este tipo de expresiones.

Mi abuelo finalmente murió en su cama. Su ojo ya con un glaucoma muy avanzado le había otorgado al final de su vida una mirada aún más incisiva, cuando te miraba veías a través de ese color blanquecino la mirada de un animal salvaje y su conocimiento íntimo del bosque, de todos los animales que había matado, de la guerra, de toda la humanidad, cruel, atroz, bella y única que habitaba en él, para mí esa mirada llegaba al continente africano del que tanto me había hablado (a veces en árabe). Años antes él mismo había llamado al hospital para comentarles que había sufrido un ictus que él mismo se había diagnosticado con total certeza. Él pudo morir en su cama, su cama de verdad, no algunas de las que habitamos y no consideramos nuestras, y eso me da cierta calma aunque sigo notando cierta tensión y cierta guerra que he canalizado a través de los años en mil batallas al recordar este hecho: ¿Tengo dinero suficiente para el funeral? Para mí esto lo define y definió todo. Crecí en ese instante. Y nadie va a venir ahora a decirme que el mundo es un lugar idílico sin dolor. La atrocidad es un caballo que cabalga entre nosotros cada día y nunca nos abandona. Y la atrocidad en múltiples ocasiones tiene nombre y está a la vera exacta de tu cama. Lazos de sangre, y tanto que de sangre.

Mi abuela murió en su cama. Se fue apagando decía. Se fue quedando quieta, inmóvil, pequeña, diminuta. Guardo sus canciones en mi memoria intacta: “Esta cobardía de mi amor por ella, hace que la vea igual que una estrella, tan lejos, tan lejos en la inmensidad que no espero nunca poderla alcanzar…” Me define, abuela, a veces la tarareo sin querer. Se murió tranquila sin conocer hospital ni médico alguno, en su cama, con la ventana por donde siempre entraba fresco y el árbol mecía sus hojas (justo bajo el árbol donde siempre les robaban el carro para la fiesta de San Juan), con su colcha: ¿Esta tela es buena? Era su obsesión, cogía tu ropa y comprobaba que la composición era buena o mala. El dictamen siempre era el correcto. Su conocimiento textil principalmente de ropa de cama podría haber sido objeto de tesis. Comía poco pero siempre te preguntaba cuando llevabas algo en la mano: ¿Es algo bueno, es carne? El hambre marca. Y allí se pasó hambre. Mi padre siempre dice tener buena dentadura por los limones que comió, mi madre recuerda cómo se les agrandaban los ojos al ver un huevo o un poco de leche, o cómo envidiaron a mi tía América cuando enfermó del hígado y podía comer cosas que las demás hermanas (muchas, muchos hijos siempre) no podían ni tocar. Cuando enfermó llamarón a lo más parecido a un médico del pueblo y le recetó cama durante meses, a tal punto que pasados éstos mi tía ya no quería salir, entonces lo llamaron de nuevo, llegó a casa a su lado y le dijo: ¡O sales de la cama o me meto contigo dentro! Creo que fue de lo más eficaz. Del tifus sobrevivieron todas, sin embargo América superó todo pero decidió arrojarse por un precipicio. Mi tía decía sentir las olas del mar durante mucho tiempo de noche en la cama. Mi madre soñaba que América la visitaba por la noche y le decía aún mojada, salada: ¡Ayúdame, ayúdame! Mi tío decidió acompañarla un año más tarde, pero su cuerpo nunca apareció. El faro, el precipicio, solo he vuelto una sola vez. Es prácticamente imposible asimilar que allí donde has jugado de niña con quienes más amado ellos han decidido terminar con todo. Pero esto bien merece capítulo aparte porque mi América era y es luz.

Curiosamente mi tía América, cuyo cadáver apareció mucho tiempo después, su cuerpo devorado por el mar y los peces, pudieron reconocerla por el anillo de casada. Mi abuelo decía que nunca deberían haberla casado porque estaba “de los nervios” al igual que mi abuela tenía “histerismo” (todas las mujeres de la familia marcadas por este diagnóstico supremo e intangible), sin embargo, curiosamente, no solo tuvo caja y funeral sino que conservó el anillo brillante que marcó el día más feliz de su vida, el día de su boda. He ahí la diferencia entre las alimañas humanas y los animales, el mar respetó su anillo de casada, su objeto más preciado. Yo me iré sin objeto brillante alguno por deseo propio y por aprendizaje sentimental. Y sin caja. Deseo. Ruego. En caso contrario me lo extirparan todo. Doy fe.

08/09/2025 0 comments
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Amores extraños

Un rey de cuento de hadas, castillos de fantasía y un amor imposible

by Verónica García-Peña 31/08/2025
written by Verónica García-Peña

En las tierras bávaras parece todavía flotar la leyenda de Luis II, aquel monarca que buscó en los cisnes la compañía que no hallaba en los hombres y que prefirió el rumor de la música a las intrigas de palacio. Levantó castillos destinados más al ensueño que al gobierno y la historia lo recuerda con múltiples nombres. Lo llamaron el rey loco o el rey cisne, pero quizá sea el rey de los cuentos de hadas el que mejor capture su esencia, porque su vida entera se convirtió en una ficción en la que los sueños sustituyeron la realidad.

Ludwig II

Hijo de Maximiliano II y de María de Prusia, subió al trono en 1864, con apenas dieciocho años, y desde entonces su existencia fue un pulso constante entre el deber de gobernar y el deseo de habitar un mundo de belleza, arte y fantasía. La corte esperaba de él un matrimonio ventajoso, pero Ludwig Otto Frederik Wilhelm —como en realidad se llamaba— parecía huir de cualquier compromiso. Solo se prometió una vez, en 1867, con Sofía de Baviera, hermana de la emperatriz Isabel de Austria, la célebre Sissi. El enlace nunca llegó a oficiarse porque el propio Luis rompió el compromiso antes incluso de fijar la fecha de boda. A partir de entonces, los rumores sobre su homosexualidad se extendieron, aunque nunca se reconocieron de manera abierta en un tiempo demasiado rígido para aceptar cariños distintos a lo establecido.

El gran amor de su vida fue la música y, quizá, la propia idea del amor, y entregó su corazón por completo a las creaciones de Richard Wagner después de haber quedado, en 1861, fascinado por su ópera Lohengrin. Lo conoció en 1864 y desde entonces se convirtió en su protector. Lo colmó de regalos y honores, financió sus proyectos más ambiciosos —cuando Wagner estaba al borde de la ruina— y quiso hacerlo partícipe de su vida diaria, por lo que lo instaló en Múnich. Para Wagner, amante entonces de Cosima Liszt —esposa de su amigo el director de orquesta de la ópera de Múnich, Hans von Bülow—, aquella devoción del rey fue un refugio y una fuente de recursos.

Por amor y deseo o por admiración y devoción, Wagner recibió el sustento financiero que necesitaba para sus óperas y para construir un teatro en Bayreuth. Los historiadores dicen que el compositor no se aprovechó del afecto del rey más allá de lo profesional, pero en su correspondencia mantuvo una calculada ambigüedad. Halagaba al monarca, le mostraba gratitud y cercanía, aunque sin cruzar nunca la frontera del deseo confesado. Una relación intensa y platónica, aseguran, aunque resulta difícil no preguntarse qué pensaríamos de aquellas cartas si no supiéramos de quién procedían ni a quién iban dirigidas.

Cuando Wagner fue desterrado por intrigas políticas y presiones de la corte en 1865, Luis se quedó solo, atrapado en un país agitado por las guerras y las deudas, y un amor que se desvanecía como lo hacen los fantasmas cuando ya no se cree en ellos. Entonces buscó refugio en los símbolos de su ópera predilecta y llenó palacios de heraldos alados mientras se escribía con fervor con el compositor. Se veía reflejado en Lohengrin, el caballero que llega en una barca tirada por un cisne, y convirtió aquel mito en un espejo de sí mismo. Volcó su pasión en levantar castillos que parecían escenarios de las leyendas medievales que tanto le fascinaban. Linderhof, Herrenchiemsee (inspirado en Versalles) y, sobre todo, Neuschwanstein (que significa ‘nuevo cisne de piedra’).

En Linderhof mandó construir la Gruta de Venus, una cueva artificial inspirada en la opera Tannhäuser, de Wagner, donde la tecnología más avanzada de su tiempo le permitió recrear lagos subterráneos, cascadas y juegos de luces eléctricas de colores nunca hasta entonces vistos. Allí se produjo por primera vez un intenso azul oscuro, el índigo, que después patentaría la BASF. Todos los erigió como monumentos a su mundo interior. Palacios más cercanos al ensueño que a la vida práctica, habitados por los fantasmas del deseo, la música y el amor.

La distancia con su pueblo creció y muchos en la corte lo consideraban un monarca malogrado, obsesionado con fantasías que costaban fortunas al erario y que no ayudaban al país a prosperar. En 1886, tras varios informes médicos que lo declaraban incapaz de reinar, fue depuesto y confinado en el castillo de Berg. Tan solo dos días después, al atardecer, apareció muerto en el lago de Starnberg junto al cadáver de su médico, el doctor Gudden. Nunca se esclareció qué ocurrió. La muerte generó sospechas de todo tipo. Algunos hablaron de suicidio, otros de asesinato político o accidente. ¿Qué pasó en realidad? Aún hoy es un misterio. El desenlace mágico y triste de una ópera  que provenía de la luz, pero murió en la oscuridad.

Su legado, sin embargo, no se desvaneció. Los castillos que levantó atraen hoy a millones de visitantes. Walt Disney se inspiró en Neuschwanstein para diseñar el castillo de La Bella Durmiente. ¿Cómo no asociar entonces el rostro melancólico de aquel monarca que soñaba con cisnes con la silueta chispeante de las hadas? Y el cine se ha encargado de fijar su imagen en películas como Ludwig, de Visconti (1973), o en El rey loco, de Helmut Käutner (1955). El mito de Luis II oscila entre la locura y la fantasía, entre la condena de un amor imposible y la ensoñación de un reino hecho de piedra, cisnes y música.

Amó con pasión y remordimientos, con ardor y culpa. Sus amores fueron imposibles y tal vez por eso, cuando se contempla la silueta de Neuschwanstein erguida sobre los Alpes bávaros, se puede volver a creer en el amor verdadero, como el de los cuentos, como el de la fantasía. Quizá por eso Neuschwanstein parece todavía hoy la morada de un rey que pasea de noche, iluminado por velas, mientras los ecos de Wagner resuenan en los salones.

31/08/2025 0 comments
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Historias del occidente

LLUME

by Ana Vega 23/08/2025
written by Ana Vega

Mi abuelo siempre nos advirtió de los peligros del fuego, del agua y de las crecidas del río, de la tormenta y los rayos (cómo protegernos si nos cogía desprevenidos en el monte), pero sobre todo del fuego. Recuerdo que mi tío, mi tía y mis primos cuando había tormenta siempre se metían en el coche y esperaban a que pasara. Mi abuelo nos enseñó a contar y así podíamos saber la distancia y el tiempo del que disponíamos para librarlos de lo peor. La cocina de leña se atizaba siempre, invierno y verano, era donde se cocinaba, cada día, y donde se preparan las empanadas para la fiesta, se asaba la carne los domingos y donde mi abuelo echaba leña todas las noches mientras nos contaba historias y miraba de lado por la ventana el puente para ver el movimiento de la pesca nocturna (en teoría prohibida pero el pueblo siempre fue ciudad sin ley). La leña era importante, y evidentemente los árboles que había que talar. Recuerdo el olor del eucalipto, también ir a coger avellanas, manzanas, naranjas, después del comer no íbamos a la nevera nunca, salíamos a coger el postre fuera de casa. Recuerdo perfectamente el olor de las naranjas, agrias, fuertes, las naranjas más hermosas que he visto nunca y que probaré en toda mi vida. Años más tarde, menos mal que él no lo vio, llegó la venta de los montes,  la tala desmedida, la plantación de eucaliptos, el exterminio del monte por herencias, dinero, egoísmo humano y el paisaje cambió porque decidimos matarlo lentamente. Si un conejo podía encontrar el camino a casa cuando lo soltaban por sarna muchos pueblos más lejos, cómo lo encontraría ahora me preguntaba.

De niña, según mi madre, me pasaba el día quieta. “No da guerra ninguna” decía — supongo que la guerra la daría después— pero sin embargo mi hermano era un “el mismo demonio”.  Mi madre decía que me daba un molino de café y yo le daba vueltas y vueltas sin decir ni mu (algo que más tarde me han recordado muchas veces en el hospital: “no te mueves y no te quejas, nos preocupas”). Se ve que el escándalo es símbolo de vida y el sigilo cosa de muerte grave. Toda la familia recuerda sus travesuras (y sus caídas: en una ocasión su bicicleta lo arrojó de cabeza al riachuelo y allí quedó clavado según mi madre hasta que tirando y tirando de él lograron sacarlo, a modo fórceps, fue un extraño renacimiento en la cuneta), en otra ocasión como a mi abuela le daba por sacudir una y otra vez el mantel de la cocina se le ocurrió clavar con puntas cada esquina, a mi abuela la pobre casi le da algo, y llegó al máximo de su ingenio cuando decidió junto a mi prima colocar en la cama de mi abuelo una culebra de plástico. Qué hizo mi abuelo, pues echar todo tipo de juramentos por la boca (allí era muy habitual acordarse de todos los santos para bien y para mal) y coger la escopeta de caza y ponerse a disparar a las sábanas sin atender a razones. Ese era nuestro mundo.

Pero la travesura más grave fue la que tuvo que ver con el fuego. En el pajar se guardaba la hierba seca, mi sitio favorito porque las gatas solían esconderse allí para parir a sus crías y yo me pasaba horas con ellas mimándolas y alimentándolas con mi madre de fondo gritándome por traer más gatos al pueblo (mi abuela metía a los gatos pequeños en una bolsa o un saco y los tiraba al río, a veces con golpes otras sin ellos, pero era muy normal matarlos a palos, darles de comer alfileres o tirarles tiros); pues bien, mientras yo miraba que ninguna víbora me mordiese los pies mientras me tendía en la hierba seca (¿existe un olor más dulce?) a mi hermano se le ocurrió una no muy brillante idea aunque temeraria a nivel máximo.

Era verano, época de hierba seca, así que mi abuelo y toda mi familia se encontraban al otro lado del pueblo. Entonces mi abuelo cogió su sombrero y comenzó a mirar hacia nuestra casa, vio cómo el humo crecía y crecía, comenzó a gritar y a decir que mi hermano había prendido fuego al pajar que se iba a quemar el pueblo entero. Y sí, efectivamente, mi hermano tuvo a bien prender fuego en el pajar con lo cual montó un buen espectáculo. Por suerte llegaron a tiempo y la cosa no fue a más, pero mi abuelo lo contaba como la mayor tragedia de su vida (después de África y Alhucemas se ve que llegó mi hermano de improvisto). El fuego, cuidado con el fuego nos decía. Y aún hoy los que sigue en pie de aquella estirpe y de aquel legado nos insisten: apaga el enchufe, no dejes nada encendido, cuidado con las velas… Porque saben que el fuego devora todo, se come la tierra, acaba con la leña, los animales, tu casa y eso implica la devastación de una familia entera.

Tengo dos imágenes en mi memoria. Una, cuando comenzó el fuego lejos pero veíamos el humo, siempre estábamos atentas al cambio de viento, al monte, si giraba, entonces vimos un corzo pasar justo delante de nosotros y arrojarse al río, jamás lo olvidaré, el animal más hermoso que he visto en mi vida. Y la segunda imagen, cuando el fuego muchos años más tarde llegó a las casas, cómo intentábamos comunicarnos con el resto de las casas, cómo avanzaba como en las crecidas al segundo, cómo las llamas atravesaban las copas de los árboles y la imagen que nunca olvidaré, cuando llegué meses más tarde, y caminé por un bosque de ceniza, ese día se me rompió el corazón de árbol. Cuántos pedazos de corazón podemos llevar rotos y seguir viviendo…Ni un solo animal, ni el canto de un pájaro, nada y los árboles centenarios no milenarios aguantando el embiste de las llamas. Me pareció la imagen más triste del mundo y nosotros los seres más bajos del universo.

En mi tierra nos enseñaron a quitar las malas hierbas, a tener mucha precaución con las quemas, mirar siempre los índices de incendio, ver pastar las vacas, caballos y cabras, comprobar los marcos del monte, estar muy al tanto los días de calor, enseguida levantar la cabeza y pensar si realmente olía a humo o era el miedo. Así aprendimos lo que es el fuego. Pena que esa educación se haya perdido y nuestra conexión con nuestra hermana tierra.

Cuando mi abuelo nos visitaba siempre me decía, estos edificios no me gustan nada, no se respira nada (no bien, nada) y si hay un incendio acuérdate, las llamas suben hacia arriba así que tienes que atar así las cortinas arrojarlas por la ventana y bajar con mucho cuidado para que no se rompa, es mejor que te des un buen coscorrón a que te quemes viva. No lo olvides. Y jamás lo olvidaré.

23/08/2025 0 comments
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Amores extraños

Una bolsa roja, una cabeza embalsamada y un amor que venció a la muerte

by Verónica García-Peña 17/08/2025
written by Verónica García-Peña

En un rincón de Inglaterra, una bolsa de terciopelo rojo guardó durante casi tres décadas un secreto: la cabeza embalsamada de Sir Walter Raleigh. Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, su esposa, la conservó desde el día de la ejecución de este en 1618 hasta que ella murió, como símbolo de un amor que no se podía matar.

Sir Walter Raleigh fue explorador, corsario, capitán de expediciones navales contra la España imperial y poeta, además de un hábil espía y tan leal a su país que incluso participó en la matanza de Smerwick (1580), lo que no deja de ser, en cierto modo, paradójico, pues, según el folclore de la zona, muchos de los cautivos fueron decapitados en un terreno conocido como Gort a’ Ghearráin (Campo de corte). También dicen que pudo ser, en realidad, el verdadero autor de algunas de las obras de Shakespeare, aunque esto último es más bien una hipótesis muy minoritaria y rechazada por la mayoría de especialistas.

Raleigh era, aparte de lo dicho, uno de los cortesanos favoritos de la reina virgen, como llamaban a Isabel I, que lo colmaba de privilegios y encargos. Fue nombrado caballero en 1585. Sin embargo, este vínculo se resquebrajó cuando, en un acto de pasión e indudable temeridad, contrajo matrimonio en secreto con Elizabeth ‘Bess’ Throckmorton, dama de compañía de la reina.

Sir Walter Raleigh

Esta unión, celebrada hacia 1591, en cualquier otra circunstancia habría sido solo un asunto privado, pero en la corte isabelina las voluntades personales estaban sometidas al capricho de la monarca. Ella tenía el control absoluto sobre la vida de sus cortesanos y exigía explícitamente que ninguna dama contrajera matrimonio sin su permiso. Raleigh y Bess lo hicieron, lo que marcó para siempre sus destinos.

Cuando la noticia llegó a oídos de la soberana, el matrimonio fue arrestado y conducido a la Torre de Londres. ¿Estaba la reina enamorada de Raleigh? ¿Era aquel matrimonio una desobediencia o una traición amorosa? Quién sabe, pero en la torre pasaron meses, humillados y privados de toda influencia, mientras la corte murmuraba y sus enemigos crecían. Y aunque la pareja recuperó la libertad gracias a la mediación de algunos aliados, Raleigh nunca volvió a tener el favor de su majestad ni la certeza de haber sido perdonado.

Tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, Raleigh intentó restituir su crédito, pero los vientos habían cambiado. Jacobo I, que nunca había confiado en él, lo acusó en 1603 de participar en un complot para derrocarlo y lo sentenció a muerte. Por fortuna, la ejecución se aplazó y Raleigh pasó trece años prisionero en la Torre de Londres, hasta 1617, año en el que se le permitió organizar un viaje a Guayana en busca de oro bajo la promesa de no enfrentarse a los españoles. No obstante, la empresa fracasó y el hombre regresó a Inglaterra sin el preciado metal y con una enemistad renovada con España. En consecuencia, la sentencia de muerte se reactivó.

El 29 de octubre de 1618, Raleigh fue conducido al cadalso en el Old Palace Yard de Westminster. Vestía con dignidad, dicen, y ante la multitud examinó el hacha que lo mataría y se permitió incluso bromear sobre su destino. Justo después, el verdugo cumplió su cometido.

Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de St. Margaret, junto a la abadía de Westminster, y su cabeza, cuidadosamente embalsamada, fue entregada a su amada Bess. La leyenda —respaldada por algunos inventarios familiares— asegura que, durante el resto de su vida, la viuda conservó aquel triste recuerdo envuelto en una bolsa roja, llevándolo siempre consigo, manteniéndolo cerca, como si de esta suerte pudiera burlar a la muerte.

¿Acaso le susurraba versos que solo ella podía escuchar? Quizá le recitó El amor del océano por Cynthia o le desveló el final de Historia del mundo, una obra que Raleigh escribía y que quedó incompleta tras su muerte. Sea como fuere, con la cabeza de su adorado esposo viajó de residencia en residencia, desde Londres hasta West Horsley Place, la casa de campo donde pasaría sus últimos años.

Bess murió en 1647 y fue enterrada junto a su familia en St. Mary the Virgin, Beddington, Surrey, donde reposan los Throckmorton. La cabeza de Raleigh, según se cree, fue entonces llevada junto al resto de su cuerpo para que descansara en paz. Y aún hoy, en West Horsley Place, se conserva una antigua bolsa roja que podría coincidir con aquella que guardó la cabeza. Un objeto silente tejido de amor, secretos y venganza. También, quizá, de locura.

La historia de Raleigh y Bess, como sucede con tantos amores extraños, ha inspirado leyendas, pero también obras como la tragedia Sir Walter Raleigh (1719), de George Sewell, o la novela Lady in Waiting (1956, sin edición en español), de Rosemary Sutcliff. En el cine, Clive Owen interpretó al famoso explorador en Elizabeth: la edad de oro (2007), una película de Shekhar Kapur en la que la reina fue encarnada por Cate Blanchett. Antes, en el filme The Virgin Queen (1955) —El favorito de la reina en España—, Elizabeth Throckmorton fue interpretada por Joan Collins y la reina Isabel por Bette Davis.

Podríamos decir, pues, que esta es la historia de un amor que nació en secreto, desafió a una reina, la sobrevivió, aunque no pudo con la traición política y que, sin embargo —el mito así lo narra—, de algún modo, venció a la propia muerte.

17/08/2025 0 comments
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Historias del occidente

El puente del río

by Ana Vega 08/08/2025
written by Ana Vega

La figura de mi abuelo siempre me resultó fascinante, creo que he vivido más tiempo junto a él y sus historias que he vivido fuera de ese mundo; es un tiempo distinto, cuyo aprendizaje comprendí más tarde, mucho más tarde. Mi abuelo nos obligó a aprender de memoria nuestro primer poema y yo aprendí a contar historias escuchando las que me contaba:

LOS ÁRBOLES SON TESOROS

(por Honoria Pérez Marín)

 

Son los árboles tesoros

que en la tierra puso Dios,

grandes bienes para el hombre

que para él aseguró.

Tiene el aire por el árbol

saludable condición,

ecos dulces de las aves,

de las flores grato olor.

Dan los árboles la fruta,

dan madera, dan carbón,

la lluvia fecunda atraen,

las hojas tapan el sol.

Debe el niño bien criado

a los árboles amor,

defender los brotes nuevos

y evitar la destrucción

y así crecerán a un tiempo:

árbol, niño y los dos

serán útiles al mundo

y tendrán su bendición.

 Lo recuerdo como cántico, sigue en mi memoria intacto aunque apenas recuerde ya todos los versos. Curiosamente toda mi familia salta como un perro ante un silbato en cuanto escucha la palabra árbol y todos cual coro sagrado susurra: “tesoros que en la tierra puso Dios…” Mi abuelo marcó ahí la diferencia de su legado: los árboles como el elemento clave de nuestras vidas. Y así lo fue uno en especial, vínculo y parte fundamental de toda nuestra familia: “a naranxeira (naranjo)” que estaba situada justo frente su casa. Recuerdo el sabor exacto de sus naranjas, agrias pero deliciosas, recuerdo trepar por él, recuerdo los pájaros sobre sus ramas, recuerdo cada foto con el naranja de fondo y justo al lado un bidón que yo desde pequeña definí como “el bidón de petróleo” porque siempre me pareció un elemento horrible (intenté derribarlo varias veces pero un día me dijeron que bajo él se encontraba un nido de culebras y eso para mí era sagrado). De niña me rodeaba de todo tipo de insectos, anfibios, perros, gatos y si podía algún reptil, también (cuando estaba a punto de coger una culebra siempre había alguien que me paraba: “Ni se te ocurra”). Mi abuelo me enseñó la primera lección reptil: “Cuidado con las víboras, se quedan con tu cara y te perseguirán”. Convivíamos con ellas de modo natural con el nido frente a la casa. Por un lado estaban las víboras y por otro las culebras del río, pero lo que yo siempre deseé encontrar fue la culebra del camino de “Las tres Calles” que decían medía más de un metro —yo calificaba las serpientes marrones grandes como serpientes marrones grandes y punto— pero nunca logré verla.

Mi abuelo tenía un trabajo que mis ojos de niña veían como algo mágico: era el guardián del río. Cada día, a la misma hora, salíamos de casa a saltos, atravesábamos varias praderas y riachuelos con cuidado de no caernos entre las piedras ni mojarnos en los riachuelos hasta llegar al lugar más hermoso del mundo: la caseta del río. Había un puente lleno de moho que atravesaba el río, los árboles parecían arrojarse sobre el río y la caseta y acogernos al llegar entre sus ramas. Yo me detenía siempre cuando subía y al bajar, me sentaba en la escalera y escuchaba el río y los árboles, por el ruido del río sabíamos cómo iba la corriente, si había peligro de crecida o no, luego íbamos a la caseta y veíamos el gráfico —aunque yo estaba siempre más interesada en la araña negra más grande que he visto en mi vida y su tela de araña que duró yo creo que unos cien años—, apuntábamos lo que señalaba el gráfico y mirábamos con mi abuelo lo que marcaba el cauce con una especie de métrica que yo no reconocía pero sí sabía bien cuando había crecido. Luego volvíamos felices. Yo no comprendía bien por qué si era el guardián del río se cargaba a sus truchas y salmones. Sigo sin entenderlo.

En el pueblo había un miedo ancestral a las crecidas, mi madre nos contó cómo la más grande se llevó medio pueblo y la familia entera se escondió en la cocina. Se veían troncos, caballos, vacas, pasar, decía mi madre y el ruido era estruendoso. Cuando el agua lo había desbordado todo comenzó a bajar el agua por los montes por lo que el pueblo quedó atrapado. Por eso aprendí siempre a mirar a los lados, arriba y abajo y a estar muy atenta en todas partes. Vi en alguna ocasión crecer el río y cómo éste aumentaba en minutos, y el ruido, ese ruido ensordecedor del agua arrasando todo, llegando a la puerta de la casa… Mi abuelo siempre nos enseñó las lecciones más básicas de supervivencia. Cuando nos visitaba en la ciudad siempre nos decía: “¿Y si hay fuego por dónde bajáis? Acuérdate, trenza con las cortinas una cuerda y baja por la ventana”. También como chupar ciertas amapolas, cuál era el pan de las culebras, comer fresas salvajes y ciertas otras cosas inexplicables como que bañarse mucho era malo al igual que el tomate. Misterios. Mi abuelo aprendió a nadar cuando le cayó el sombrero mientras observaba un salmón en el “Pozo del Penedo”. No sabía nadar pero se arrojó al agua para cogerlo y comenzó a mover los pies como un perro hasta que lo cogió y salió a la superficie. Y así aprendió a nadar de paso. En mi familia solo él sabía nadar. También era el único que tocaba el acordeón porque toda la familia por parte de mi abuelo eran músicos (venimos de una familia de músicos ambulantes) y mi abuelo decía que no podía aguantar escuchar música sin que “se le levantasen las piernas del suelo”. Y juro por dios que se le levantaban siempre.

A mi abuela le gustaba más cantar. Se sentaba en las escaleras a pelar patatas y ver los tomates al sol y mientras tanto cantaba. Me llamaba siempre Belén. Recuerdo que nos arropaba de noche aunque fuese verano hasta el cuello, muy fuerte, mientras que mi abuelo atizaba el fuego de la cocina de leña, aunque fuese verano también. Antes de dormir nos sentábamos con él junto al fuego y nos contaba sus historias: la guerra, su experiencia en África, cómo se tiró de un camión en marcha para huir, los lugares en el monte donde se había escondido la gente…

De noche, a veces, escuchábamos cómo alguien le lanzaba piedras a la ventana. Corríamos a asomarnos a la ventana y veíamos cómo se hacían señales desde el río con una linterna: alguien había puesto una línea o avisaba de que había material para el guardián del río, para mi tío o para otros. Luego mi abuelo cogía la emisora. La ilegalidad era algo normal y evidente. Supongo que ahí comprendí por qué en este mundo se calificaba de listos precisamente a quien no se debía calificar de listo sino más bien de delincuente. La cosa se ve que no ha cambiado, más bien ha ido a peor.

La relación con el río era tan tremenda que era visitado por gente de todas partes. Yo no comprendía bien cómo podía aparecer en mi pueblo de la nada un coche negro de gente rica que venían a ver mi abuelo. Mucho más tarde me enteré de que mi abuelo pescaba para personas conocidas de la ciudad que no pescaban pero que luego lucían los triunfos del río de mi abuelo. No me gustaba esa gente. Y sigue sin gustarme.

Prefería a sus extraños amigos. El que venía pero apenas oía nada con un rudimentario aparato en la oreja con una especie de sonidos e interferencias que yo siempre atribuí a cuestiones alienígenas, el que bajaba de noche desde otro pueblo y nos contaba si había visto lobos o zorros al bajar y jugaba a las cartas o al parchís hasta las tantas, tantos amigos de los  que aprender tantas cosas… Al final, lo importante de las cosas, sin más. Realmente no solo era el guardián del río sino también de los árboles y de un mundo que ahora veo ha desaparecido por completo.

Recuerdo que un día salió a la puerta, miró al cielo y me dijo: “Se fundió la atmósfera”. Creo que estaba definiendo el futuro de la humanidad.

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Amores extraños

Una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada

by Verónica García-Peña 03/08/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que nadie en la corte pudo escapar a aquella escena; que cuando Inés de Castro fue desenterrada, vestida con ropas reales y sentada en el trono, la corte entera tuvo que desfilar ante ella para rendirle homenaje; que el rey Pedro I obligó a todos a besar la mano helada de la reina muerta sin vacilar ni apartar la mirada, a pesar del horror de aquel acto. Estamos en Portugal, en 1360, y esta es una historia real de amor, muerte y poder.

Pedro, heredero al trono, estaba casado con Constanza de Castilla desde 1336, e Inés, dama de compañía de su esposa, era su amante. La relación comenzó hacia 1340-41 y con la muerte de Constanza, en 1345, se intensificó. Inés dio al príncipe al menos tres hijos y, así, su presencia en la corte —más aún por sus vínculos con la nobleza castellana— se volvió peligrosa.

Por eso, en enero de 1355, el rey Alfonso IV el Bravo, padre de Pedro, ordenó a tres de sus consejeros —Pedro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco— que la mataran. Inés fue decapitada en la Quinta das Lágrimas, en presencia de sus hijos, acusada de ambición y de alterar los equilibrios de la corona. Tenía unos treinta años.

Pedro enloqueció de dolor y desató una guerra civil contra su padre que se prolongó hasta la muerte este en 1357. Entonces, llegó la venganza. Pedro hizo capturar a dos de los asesinos —el tercero huyó a Castilla y escapó— y los ejecutó públicamente, arrancándoles el corazón con sus propias manos como declaración simbólica de que su revancha no era militar ni diplomática. Era personal y, además, no terminaba ahí.

The Coronation of Inês de Castro in 1361 (c. 1849) by Pierre-Charles Comte

Después, Pedro quiso devolverle a Inés lo que el poder le había negado y, según la leyenda, ordenó exhumar su cuerpo, vestirla de reina, sentarla en el trono y, en una ceremonia celebrada en la catedral de Coímbra, obligó a todos los nobles a besar su mano cadavérica en señal de fidelidad. Algunos historiadores dudan del episodio, ya que no se recoge en crónicas medievales, y no aparece hasta mucho tiempo después en cancioneros y obras teatrales. También explican que, de ocurrir, es probable que fuera una efigie de cera o una representación lo que subió al trono, y no el cuerpo real de Inés en estado de descomposición avanzada.

Sea como fuere, tras la coronación, Pedro organizó un cortejo fúnebre para trasladar a Inés al monasterio de Alcobaça, y mandó construir dos tumbas de mármol blanco, con sus efigies enfrentadas, con la intención de que, al llegar el Juicio Final, sus cuerpos despertaran uno frente al otro. Pedro I murió en 1367 en Estremoz y fue enterrado junto a Inés. Allí permanecen hoy juntos los dos, con una inscripción que dice: «Até o fim do mundo —Hasta el fin del mundo».

La historia de Pedro e Inés ha sido contada y recontada durante siglos. Convertida en mito nacional portugués, fue recogida por Fernão Lopes en el siglo XV y consagrada poéticamente en Os Lusíadas, de Camões. También inspiró a Almeida Garrett, Antoine Houdar de La Motte, Victor Hugo y a novelistas, músicos y cineastas contemporáneos.

Pedro e Inés —como tantas figuras trágicas reales— ya no pertenecen del todo a la Historia. Habitan ese espacio incierto que es la imaginación colectiva. Su leyenda es un cuento gótico, una escena en la que lo macabro se tiñe de romanticismo y la belleza convive con el espanto. Un amor que desafía el poder, la ley e incluso la muerte. Es, en definitiva, la historia de una reina muerta, una coronación póstuma y una mano helada.

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Historias del occidente

SARNA. Una historia de Ana Vega

by Ana Vega 26/07/2025
written by Ana Vega

Mi tío vivía cerca del río. La casa tenía unas escaleras desde donde podías ver las jaulas de los perros de caza, los coches abandonados y destartalados, las furgonetas que ya no utilizaba para vender el pescado. Y el viejo jeep verde. Recuerdo el olor a pescado muerto. Truchas y salmones en la bañera, en la cocina. Todos los días. Cada día.

Mi abuelo fue un cazador y pescador muy conocido en la comarca. Siempre tengo en mente su foto con el gran lobo muerto: había sido el único capaz de matar al lobo que devoraba al ganado en el pueblo. Pero mi abuelo tenía la sabiduría del campo. Mi tío tan solo había heredado el legado de maldad y violencia de toda la estirpe familiar. Era «listo», como decían.

Volvamos a su casa. Desde las escaleras podías ver la casa de enfrente. Allí vivía una anciana, familia de mi tía, su mujer. Llevaba un pañuelo blanco siempre sobre su pelo enmarañado. Decían que no hablaba pero juro que yo la escuché quejarse y gemir y alzar la voz cuando él le arrojaba la comida desde la escalera al suelo. Sí, cuando llegaba la hora de comer ella se acercaba junto a los perros y los gatos y él le tiraba la comida en el suelo, le daba la vuelta al cuenco y caía en la tierra, entre los perros, la basura. Y juro que ella alzaba la voz. A todos les parecía normal e incluso se reían. Nunca he compartido sentido del humor alguno con ningún miembro de mi familia.

Los gatos tenían sarna y tiña. También los perros. Aprendí muy rápido esas dos palabras: tiña y sarna. Mi madre cuando reposaba en cama de otra de mis eternas dolencias de niña me trajo un pájaro recién nacido. A ella eso también le pareció normal. Yo creí que simplemente deseaba ver la sarna en mis manos. Pero cogí la tiña, no la sarna. Una especie de medallones entre violeta, rojo y negro llenaron mi cuerpo. Tuve suerte, no me tocó la cabeza —allá donde te toca no te crece el pelo más, decían— pero sí las piernas y los brazos. De la sarna me libré aunque siempre anduve cerca de la tuberculosis, una enfermedad que me lleva rozando toda la vida. Supongo que es la enfermedad más adecuada por carácter y escritura. «Viene por las cartas» decía mi tío medio sacerdote, medio cartero. El médico del pueblo simplemente te preguntaba por la vacas.

Cuando estaba más delgada, mi tío —el pescadero— solía gritarme: «Mete piedras en los bolsos que te va a llevar el aire a San Juan». En San Juan se encontraba el cementerio y nuestros familiares muertos. Aún hoy a veces siento cierta sensación de culpa al recordar mi respuesta: «Probablemente vayas tú antes». Mi tío se llamaba Ángel. Era el favorito de mi abuela. Las mujeres de mi familia siempre han tenido un hijo favorito y han detestado profundamente a sus hijas. Mi abuela perseguía a mi madre con unas tijeras para matarla. También era normal. Decían que una bruja la había hechizado (una mujer rubia que había vivido en una casa cercana) nadie pensó que los golpes recibidos por mi abuelo y las infidelidades (infidelidad, digo, en aquellos tiempos…) tenía sentido. Mi madre también es así, odia a la hija, adora al hijo. No nos soportan. Más aún si hemos decidido rebelarnos contra el legado familiar. Es un modo de ser. Nos dan vida pero desean vernos muertas.

Por eso de pequeña siempre estaba con los animales, los gatos, las lagartijas, los perros, los caballos (ay, los caballos…), las vacas, los conejos, los árboles y las flores, entendían mi lenguaje, no había violencia allí. Caminaban siempre a mi lado, me acompañaban a hacer ondas al río donde veía saltar los salmones que luego mi familia abría en canal. Era digna de odio evidentemente. Y me gustaba bailar. No comprendo porque nadie no me clavó un anzuelo y me metió en la bañera junto al resto de peces. De todos modos lo siguen intentando.

Sin embargo imaginaba, he ahí mi gran poder, crecí feliz escuchando las historias de mi abuelo sobre «la encantada» que se peina con su peine de oro y soñando con llegar a ver la culebra del puente de la Curbeira y que cual dragón me llevase lejos.

Pese a todo. Hay tantas historias y aprendizaje en todo lo que viví en esa infancia atrozmente bella que me dispongo a contarlo por vez primera. Quizá no pueda, quizá sí.

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Amores extrañosPersonajes

Una reina, un cortejo fúnebre y doce cruces de amor

by Verónica García-Peña 20/07/2025
written by Verónica García-Peña

En el invierno de 1290, un cortejo fúnebre emprendió un lento caminar hacia Londres. Portaban el cuerpo de Leonor de Castilla, reina consorte de Inglaterra y esposa de Eduardo I. Acababa de morir en Harby, Nottinghamshire, a los cuarenta y nueve años, y su cuerpo era llevado a la abadía de Westminster, lugar escogido por su marido para el reposo eterno de esa mujer que le había acompañado durante treinta y seis años. Así, abrigado de lluvia y niebla, el rey la escoltó más de trescientos kilómetros y, en cada punto donde el cortejo se detuvo a pasar la noche, ordenó levantar una cruz de piedra en honor a su amada, The Eleanor Crosses. Doce cruces que dibujaron una peregrinación de dolor y ausencia, como si aquel hombre, rey y viudo, quisiera marcar con piedra, para la historia, el mapa de su pérdida.

Leonor y Eduardo se casaron en 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) siendo unos niños. Él tenía quince años y ella, según algunas crónicas de la época, trece. El matrimonio respondía, como tantos otros de aquellos tiempos, a una estrategia política. Leonor era hija de Fernando III de Castilla y Juana de Danmartín, y al matrimoniar con Eduardo, entonces todavía príncipe, sellaba la paz entre Castilla e Inglaterra por la disputa de la gobernación de Gascuña, entre otros asuntos.

La alianza les convenía a ambas familias; si bien, al parecer, lo que empezó como un pacto dinástico, fue transformándose en algo más, pues Leonor no se conformó con el papel de reina consorte, madre de reyes y garante del linaje castellano en la corte anglosajona. Ella decidió viajar con su marido a las cruzadas, en campañas militares, y se mantuvo siempre cerca de los centros de poder. Compartieron cama, decisiones y pérdidas, ya que tuvieron al menos dieciséis hijos, aunque solo seis alcanzaron la edad adulta.

En noviembre de 1290, durante uno de sus desplazamientos oficiales, Leonor enfermó de forma repentina y murió. La causa exacta no se conoce —se ha hablado de fiebre o de complicaciones tras su último parto—, pero su muerte supuso un duro golpe para el soberano inglés, lo que dio lugar a las doce cruces de Leonor. Doce cruces originalmente de madera, luego de piedra, ricamente adornadas, que marcaban puntos de duelo, un alto en el camino, un lugar donde Leonor descansó por unas horas mientras su esposo permanecía a su lado; mientras su esposo la rezaba y, quizá a sabiendas o quizá no, convertía su amor en leyenda. Eran monumentos de oración, pero también, pienso, de amor. Últimos reposos nocturnos compartidos.

Cruz de Leonor en Northampton

Una vía de luto, pero también de memoria, que recorre Geddington, Grantham, Stamford, Hardingstone, Northampton, Stony Stratford, Woburn, Dunstable, St. Albans, Waltham, Cheapside y Charing —donde hoy se alza Charing Cross—.

De estos monumentos góticos, levantados entre 1291 y 1295, al presente solo se conservan tres, los de Geddington, Hardingstone (cerca de Northampton) y Waltham Cross. Las demás cruces han sido demolidas, saqueadas o sustituidas por réplicas. Sin embargo, la senda permanece como si fuera el mapa de un rey enamorado o, al menos, profundamente unido a su reina. Altares al aire libre que susurraban una historia de amor, tal vez auténtica —¿por qué no?— al pragmático viento medieval.

Como era costumbre entre la realeza, tras su muerte, el cuerpo de Leonor fue dividido. Su corazón, símbolo del alma y el amor, reposó en Blackfriars; sus entrañas fueron depositadas en la catedral de Lincoln y el cuerpo fue sepultado en la abadía de Westminster. Tres lugares distintos para una sola reina. Hoy, solo la tumba en Westminster, en la capilla de San Eduardo el Confesor, permanece. Es obra de Richard Crundale, y cuenta con una efigie de bronce dorado fundida por el orfebre William Torel en 1291. La losa de la tumba y las almohadas bajo su cabeza están cubiertas con los emblemas de Castilla y León. La inscripción en francés normando alrededor del cofre de la tumba dice: «Aquí yace Leonor, quien fuera reina de Inglaterra, esposa del rey Eduardo, hijo del rey Enrique, e hija del rey de España y condesa de Ponthieu, de cuya alma Dios, en su compasión, tenga misericordia. Amén».

El rey también ordenó que se mantuvieran dos cirios encendidos junto a su tumba, tanto de día como de noche. Orden que se cumplió durante más de dos siglos, hasta que la Reforma protestante los apagó. Las leyendas dicen que el corazón del propio Eduardo fue enterrado con ella, pero la historia —esa que suele ser más sobria y plúmbea— indica que tras morir en 1307, a los sesenta y ocho años, fue sepultado, entero, en la Capilla de San Eduardo de Westminster junto a su esposa.

Este tipo de amores, extraños, dramáticos, tienen algo de perturbador, he de reconocer, pero son igualmente hipnóticos. Amores que parecen nadar entre el fervor y la necesidad de transcendencia, y cuyas historias, más o menos acicaladas por el pincel del tiempo —experto en embellecer tanto las más sombrías como las más bellas narraciones de amor—, sobreviven. Incluso alimentan la pluma de la ficción para dar lugar a novelas como la escrita en 1979 por Decca Warrington sobre esta misma historia, titulada The Eleanor Crosses.

Y no sé si Eduardo amó a Leonor como los poetas dicen que se ama, pero la acompañó en la muerte y la convirtió en inmortal en una época en la que muchas reinas desaparecían del relato oficial en cuanto cumplían su función dinástica. No le escribió versos —que sepamos—, pero talló en piedra su ausencia, como si no quisiera permitir que el tiempo la borrara. Un amor que recuerda a otros que la literatura ha sabido recoger a su personal manera como el que Poe sentía por su Annabel Lee. Un amor que le llevaba a dormir junto al sepulcro de su amada, junto al rumor del mar, convencido de que ni los ángeles pueden separar a quienes han amado de verdad.

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Amores extraños

Una mujer, un corazón y una caja de marfil

by Verónica García-Peña 06/07/2025
written by Verónica García-Peña

Hay historias que parecen leyendas nacidas al calor de la imaginación desbordante de algún literato al que las narraciones de amores extraños y extravagantes no le dejan descansar el ingenio. Mas no es este el caso porque esta historia —desconcertante y literaria, hay que admitir— sucedió de verdad. Es la historia de una mujer que decidió conservar el corazón embalsamado de su marido en una caja de marfil y llevarlo consigo durante años. De hecho, hasta su muerte. Ocurrió en Escocia, en el siglo XIII, en una época en la que el matrimonio era casi siempre una cuestión de alianzas y territorios, y su protagonista se llamaba Devorgilla de Galloway.

Hija de Alan de Galloway, príncipe señor de aquellas tierras, y Margaret de Huntingdon, fue una noble instruida, generosa y con poder. Casada con John de Balliol, un noble anglonormando vinculado a la corte de Enrique III, su matrimonio forjó una alianza estratégica entre Escocia e Inglaterra. Devorgilla fue una figura muy influyente en su tiempo. Madre de un futuro rey de Escocia —Juan de Balliol, también conocido como Juan I de Escocia—, fundó colegios, financió monasterios, gestionó territorios y actuó como mecenas; si bien, por lo que es recordada no es por su generosidad. Lo es por su manera de amar y, más concretamente, por su forma de hacer visible ese amor. Algo que convirtió su vida en leyenda.

Cuando su esposo, John de Balliol, murió en 1268 o 1269 (la fecha no está clara), Devorgilla mandó extraer su corazón, lo hizo embalsamar y lo guardó en una arqueta de marfil decorada con plata que llevó consigo durante las dos décadas que le sobrevivió. No se sabe si dormía con el corazón o solo lo dejaba cerca cada noche, pero sí se repite —en crónicas y leyendas— que no se separaba nunca de aquella caja que parecía, dicen algunos, un ataúd en miniatura en cuyo interior latía algo que ya no debía latir.

Cinco años después de la muerte de su marido, fundó una abadía cisterciense en su memoria. Está en el sur de Escocia, en el condado histórico de Kirkcudbrightshire en Dumfries y Galloway, y aún hoy puede visitarse, aunque el lugar se encuentra en ruinas. El pueblo que se levanta junto a los restos del monasterio se conoce como New Abbey. Cuando ella murió en 1290, fue allí enterrada junto a ese corazón que había guardado y llevado consigo a todas partes como el suyo propio y, desde entonces, la abadía se conoce como Sweetheart Abbey o Dulce Cor (del latín «dulce corazón»).

Puede todo esto parecer una leyenda, pero, como digo, no lo es. Está documentado, ocurrió de verdad y, si bien con el paso del tiempo y las estaciones los detalles se han embellecido o adornado, el hecho central permanece intacto. Un corazón en una caja, una mujer que lo guarda y una iglesia que lo alberga. Un amor extraño que llevó a Devorgilla a acompañarse de un latir que, tal vez, solo escuchara ella. El palpitar de un sentimiento reservado solo para una viva y un muerto; para un muerto y una viva que no quería dejar marchar ni al amor ni al hombre.

Esta historia no ha generado, que yo sepa o haya encontrado, una novela o cuento directo —aunque todo es empezar, porque la semilla, desde luego, es fértil y podría dar un buen fruto—, pero sí podemos ver su sombra en algunas de las ficciones más obsesivas de la tradición occidental. Encontrar el fantasma de Devorgilla en mujeres de la literatura que se aferran a una ausencia hasta convertirla en materia.

¿Acaso no hay señal de ese amor perturbador en Catherine y Heathcliff, en Cumbres borrascosas, incapaces de separarse ni siquiera después de la muerte? Lo vemos en la señora Rochester, en Jane Eyre; incluso en Lucy de La novia de Lammermoor, nacida de la pluma de Walter Scott que, por cierto, escribió parte de su obra en esas mismas tierras. Todas ellas cargan, de alguna forma, con un corazón que ya no late pero que tampoco se va. La diferencia es que Devorgilla lo hizo de verdad. ¿Mas no palpita el mismo impulso de fijar el amor a toda costa, de conservar lo que ya no vive, en las figuras del romanticismo gótico?

Hay también quienes comparan su historia con la de Romeo y Julieta, como si Escocia tuviera su propia tragedia romántica. Yo no creo que lo suyo fuera exactamente eso. Lo de Devorgilla no respondía a un impulso juvenil ni a un drama de familias enfrentadas. Quizá se tratara más bien de un duelo sin renuncia, de no querer aceptar que el amor tuviera que desaparecer con la muerte. Un gesto extremo, incluso turbador, porque habita en una zona intermedia entre la devoción, la obsesión y la ternura más feroz; porque no es habitual —ni siquiera entonces— que alguien convierta el corazón del otro en reliquia. Y esa rareza hace que, lo que podía haber sido una nota a pie de página en un libro de historia, se convierta en una imagen poderosa. Tenemos una mujer caminando con un corazón ajeno entre sus manos. Un corazón real, conservado, enterrado junto a ella siglos antes de que algunos de los más famosos poetas románticos hicieran del exceso su bandera.

La abadía que ella mandó levantar también se ha convertido en una leyenda viva. La Abadía del Dulce Corazón, con sus muros rojizos consumido por la caída incesante de las hojas de los calendarios —han pasado 752 años desde que se construyó—, es hoy un lugar abierto al cielo. La vegetación se cuela por los arcos, pero el nombre se mantiene, y allí, bajo su tierra y su piedra, están Devorgilla y el corazón de su amado John.

La historia de Devorgilla puede hacernos imaginar, crear y escribir nuestras propias ficciones; sin embargo, ella no escribió ninguna. No dejó cartas, diarios ni confesiones al respecto. Lo que tenemos es una mujer, un corazón y una caja de marfil.

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