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Series y columnas

Historias del occidente

SARNA. Una historia de Ana Vega

by Ana Vega 26/07/2025
written by Ana Vega

Mi tío vivía cerca del río. La casa tenía unas escaleras desde donde podías ver las jaulas de los perros de caza, los coches abandonados y destartalados, las furgonetas que ya no utilizaba para vender el pescado. Y el viejo jeep verde. Recuerdo el olor a pescado muerto. Truchas y salmones en la bañera, en la cocina. Todos los días. Cada día.

Mi abuelo fue un cazador y pescador muy conocido en la comarca. Siempre tengo en mente su foto con el gran lobo muerto: había sido el único capaz de matar al lobo que devoraba al ganado en el pueblo. Pero mi abuelo tenía la sabiduría del campo. Mi tío tan solo había heredado el legado de maldad y violencia de toda la estirpe familiar. Era «listo», como decían.

Volvamos a su casa. Desde las escaleras podías ver la casa de enfrente. Allí vivía una anciana, familia de mi tía, su mujer. Llevaba un pañuelo blanco siempre sobre su pelo enmarañado. Decían que no hablaba pero juro que yo la escuché quejarse y gemir y alzar la voz cuando él le arrojaba la comida desde la escalera al suelo. Sí, cuando llegaba la hora de comer ella se acercaba junto a los perros y los gatos y él le tiraba la comida en el suelo, le daba la vuelta al cuenco y caía en la tierra, entre los perros, la basura. Y juro que ella alzaba la voz. A todos les parecía normal e incluso se reían. Nunca he compartido sentido del humor alguno con ningún miembro de mi familia.

Los gatos tenían sarna y tiña. También los perros. Aprendí muy rápido esas dos palabras: tiña y sarna. Mi madre cuando reposaba en cama de otra de mis eternas dolencias de niña me trajo un pájaro recién nacido. A ella eso también le pareció normal. Yo creí que simplemente deseaba ver la sarna en mis manos. Pero cogí la tiña, no la sarna. Una especie de medallones entre violeta, rojo y negro llenaron mi cuerpo. Tuve suerte, no me tocó la cabeza —allá donde te toca no te crece el pelo más, decían— pero sí las piernas y los brazos. De la sarna me libré aunque siempre anduve cerca de la tuberculosis, una enfermedad que me lleva rozando toda la vida. Supongo que es la enfermedad más adecuada por carácter y escritura. «Viene por las cartas» decía mi tío medio sacerdote, medio cartero. El médico del pueblo simplemente te preguntaba por la vacas.

Cuando estaba más delgada, mi tío —el pescadero— solía gritarme: «Mete piedras en los bolsos que te va a llevar el aire a San Juan». En San Juan se encontraba el cementerio y nuestros familiares muertos. Aún hoy a veces siento cierta sensación de culpa al recordar mi respuesta: «Probablemente vayas tú antes». Mi tío se llamaba Ángel. Era el favorito de mi abuela. Las mujeres de mi familia siempre han tenido un hijo favorito y han detestado profundamente a sus hijas. Mi abuela perseguía a mi madre con unas tijeras para matarla. También era normal. Decían que una bruja la había hechizado (una mujer rubia que había vivido en una casa cercana) nadie pensó que los golpes recibidos por mi abuelo y las infidelidades (infidelidad, digo, en aquellos tiempos…) tenía sentido. Mi madre también es así, odia a la hija, adora al hijo. No nos soportan. Más aún si hemos decidido rebelarnos contra el legado familiar. Es un modo de ser. Nos dan vida pero desean vernos muertas.

Por eso de pequeña siempre estaba con los animales, los gatos, las lagartijas, los perros, los caballos (ay, los caballos…), las vacas, los conejos, los árboles y las flores, entendían mi lenguaje, no había violencia allí. Caminaban siempre a mi lado, me acompañaban a hacer ondas al río donde veía saltar los salmones que luego mi familia abría en canal. Era digna de odio evidentemente. Y me gustaba bailar. No comprendo porque nadie no me clavó un anzuelo y me metió en la bañera junto al resto de peces. De todos modos lo siguen intentando.

Sin embargo imaginaba, he ahí mi gran poder, crecí feliz escuchando las historias de mi abuelo sobre «la encantada» que se peina con su peine de oro y soñando con llegar a ver la culebra del puente de la Curbeira y que cual dragón me llevase lejos.

Pese a todo. Hay tantas historias y aprendizaje en todo lo que viví en esa infancia atrozmente bella que me dispongo a contarlo por vez primera. Quizá no pueda, quizá sí.

26/07/2025 0 comments
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Amores extrañosPersonajes

Una reina, un cortejo fúnebre y doce cruces de amor

by Verónica García-Peña 20/07/2025
written by Verónica García-Peña

En el invierno de 1290, un cortejo fúnebre emprendió un lento caminar hacia Londres. Portaban el cuerpo de Leonor de Castilla, reina consorte de Inglaterra y esposa de Eduardo I. Acababa de morir en Harby, Nottinghamshire, a los cuarenta y nueve años, y su cuerpo era llevado a la abadía de Westminster, lugar escogido por su marido para el reposo eterno de esa mujer que le había acompañado durante treinta y seis años. Así, abrigado de lluvia y niebla, el rey la escoltó más de trescientos kilómetros y, en cada punto donde el cortejo se detuvo a pasar la noche, ordenó levantar una cruz de piedra en honor a su amada, The Eleanor Crosses. Doce cruces que dibujaron una peregrinación de dolor y ausencia, como si aquel hombre, rey y viudo, quisiera marcar con piedra, para la historia, el mapa de su pérdida.

Leonor y Eduardo se casaron en 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) siendo unos niños. Él tenía quince años y ella, según algunas crónicas de la época, trece. El matrimonio respondía, como tantos otros de aquellos tiempos, a una estrategia política. Leonor era hija de Fernando III de Castilla y Juana de Danmartín, y al matrimoniar con Eduardo, entonces todavía príncipe, sellaba la paz entre Castilla e Inglaterra por la disputa de la gobernación de Gascuña, entre otros asuntos.

La alianza les convenía a ambas familias; si bien, al parecer, lo que empezó como un pacto dinástico, fue transformándose en algo más, pues Leonor no se conformó con el papel de reina consorte, madre de reyes y garante del linaje castellano en la corte anglosajona. Ella decidió viajar con su marido a las cruzadas, en campañas militares, y se mantuvo siempre cerca de los centros de poder. Compartieron cama, decisiones y pérdidas, ya que tuvieron al menos dieciséis hijos, aunque solo seis alcanzaron la edad adulta.

En noviembre de 1290, durante uno de sus desplazamientos oficiales, Leonor enfermó de forma repentina y murió. La causa exacta no se conoce —se ha hablado de fiebre o de complicaciones tras su último parto—, pero su muerte supuso un duro golpe para el soberano inglés, lo que dio lugar a las doce cruces de Leonor. Doce cruces originalmente de madera, luego de piedra, ricamente adornadas, que marcaban puntos de duelo, un alto en el camino, un lugar donde Leonor descansó por unas horas mientras su esposo permanecía a su lado; mientras su esposo la rezaba y, quizá a sabiendas o quizá no, convertía su amor en leyenda. Eran monumentos de oración, pero también, pienso, de amor. Últimos reposos nocturnos compartidos.

Cruz de Leonor en Northampton

Una vía de luto, pero también de memoria, que recorre Geddington, Grantham, Stamford, Hardingstone, Northampton, Stony Stratford, Woburn, Dunstable, St. Albans, Waltham, Cheapside y Charing —donde hoy se alza Charing Cross—.

De estos monumentos góticos, levantados entre 1291 y 1295, al presente solo se conservan tres, los de Geddington, Hardingstone (cerca de Northampton) y Waltham Cross. Las demás cruces han sido demolidas, saqueadas o sustituidas por réplicas. Sin embargo, la senda permanece como si fuera el mapa de un rey enamorado o, al menos, profundamente unido a su reina. Altares al aire libre que susurraban una historia de amor, tal vez auténtica —¿por qué no?— al pragmático viento medieval.

Como era costumbre entre la realeza, tras su muerte, el cuerpo de Leonor fue dividido. Su corazón, símbolo del alma y el amor, reposó en Blackfriars; sus entrañas fueron depositadas en la catedral de Lincoln y el cuerpo fue sepultado en la abadía de Westminster. Tres lugares distintos para una sola reina. Hoy, solo la tumba en Westminster, en la capilla de San Eduardo el Confesor, permanece. Es obra de Richard Crundale, y cuenta con una efigie de bronce dorado fundida por el orfebre William Torel en 1291. La losa de la tumba y las almohadas bajo su cabeza están cubiertas con los emblemas de Castilla y León. La inscripción en francés normando alrededor del cofre de la tumba dice: «Aquí yace Leonor, quien fuera reina de Inglaterra, esposa del rey Eduardo, hijo del rey Enrique, e hija del rey de España y condesa de Ponthieu, de cuya alma Dios, en su compasión, tenga misericordia. Amén».

El rey también ordenó que se mantuvieran dos cirios encendidos junto a su tumba, tanto de día como de noche. Orden que se cumplió durante más de dos siglos, hasta que la Reforma protestante los apagó. Las leyendas dicen que el corazón del propio Eduardo fue enterrado con ella, pero la historia —esa que suele ser más sobria y plúmbea— indica que tras morir en 1307, a los sesenta y ocho años, fue sepultado, entero, en la Capilla de San Eduardo de Westminster junto a su esposa.

Este tipo de amores, extraños, dramáticos, tienen algo de perturbador, he de reconocer, pero son igualmente hipnóticos. Amores que parecen nadar entre el fervor y la necesidad de transcendencia, y cuyas historias, más o menos acicaladas por el pincel del tiempo —experto en embellecer tanto las más sombrías como las más bellas narraciones de amor—, sobreviven. Incluso alimentan la pluma de la ficción para dar lugar a novelas como la escrita en 1979 por Decca Warrington sobre esta misma historia, titulada The Eleanor Crosses.

Y no sé si Eduardo amó a Leonor como los poetas dicen que se ama, pero la acompañó en la muerte y la convirtió en inmortal en una época en la que muchas reinas desaparecían del relato oficial en cuanto cumplían su función dinástica. No le escribió versos —que sepamos—, pero talló en piedra su ausencia, como si no quisiera permitir que el tiempo la borrara. Un amor que recuerda a otros que la literatura ha sabido recoger a su personal manera como el que Poe sentía por su Annabel Lee. Un amor que le llevaba a dormir junto al sepulcro de su amada, junto al rumor del mar, convencido de que ni los ángeles pueden separar a quienes han amado de verdad.

20/07/2025 0 comments
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Amores extraños

Una mujer, un corazón y una caja de marfil

by Verónica García-Peña 06/07/2025
written by Verónica García-Peña

Hay historias que parecen leyendas nacidas al calor de la imaginación desbordante de algún literato al que las narraciones de amores extraños y extravagantes no le dejan descansar el ingenio. Mas no es este el caso porque esta historia —desconcertante y literaria, hay que admitir— sucedió de verdad. Es la historia de una mujer que decidió conservar el corazón embalsamado de su marido en una caja de marfil y llevarlo consigo durante años. De hecho, hasta su muerte. Ocurrió en Escocia, en el siglo XIII, en una época en la que el matrimonio era casi siempre una cuestión de alianzas y territorios, y su protagonista se llamaba Devorgilla de Galloway.

Hija de Alan de Galloway, príncipe señor de aquellas tierras, y Margaret de Huntingdon, fue una noble instruida, generosa y con poder. Casada con John de Balliol, un noble anglonormando vinculado a la corte de Enrique III, su matrimonio forjó una alianza estratégica entre Escocia e Inglaterra. Devorgilla fue una figura muy influyente en su tiempo. Madre de un futuro rey de Escocia —Juan de Balliol, también conocido como Juan I de Escocia—, fundó colegios, financió monasterios, gestionó territorios y actuó como mecenas; si bien, por lo que es recordada no es por su generosidad. Lo es por su manera de amar y, más concretamente, por su forma de hacer visible ese amor. Algo que convirtió su vida en leyenda.

Cuando su esposo, John de Balliol, murió en 1268 o 1269 (la fecha no está clara), Devorgilla mandó extraer su corazón, lo hizo embalsamar y lo guardó en una arqueta de marfil decorada con plata que llevó consigo durante las dos décadas que le sobrevivió. No se sabe si dormía con el corazón o solo lo dejaba cerca cada noche, pero sí se repite —en crónicas y leyendas— que no se separaba nunca de aquella caja que parecía, dicen algunos, un ataúd en miniatura en cuyo interior latía algo que ya no debía latir.

Cinco años después de la muerte de su marido, fundó una abadía cisterciense en su memoria. Está en el sur de Escocia, en el condado histórico de Kirkcudbrightshire en Dumfries y Galloway, y aún hoy puede visitarse, aunque el lugar se encuentra en ruinas. El pueblo que se levanta junto a los restos del monasterio se conoce como New Abbey. Cuando ella murió en 1290, fue allí enterrada junto a ese corazón que había guardado y llevado consigo a todas partes como el suyo propio y, desde entonces, la abadía se conoce como Sweetheart Abbey o Dulce Cor (del latín «dulce corazón»).

Puede todo esto parecer una leyenda, pero, como digo, no lo es. Está documentado, ocurrió de verdad y, si bien con el paso del tiempo y las estaciones los detalles se han embellecido o adornado, el hecho central permanece intacto. Un corazón en una caja, una mujer que lo guarda y una iglesia que lo alberga. Un amor extraño que llevó a Devorgilla a acompañarse de un latir que, tal vez, solo escuchara ella. El palpitar de un sentimiento reservado solo para una viva y un muerto; para un muerto y una viva que no quería dejar marchar ni al amor ni al hombre.

Esta historia no ha generado, que yo sepa o haya encontrado, una novela o cuento directo —aunque todo es empezar, porque la semilla, desde luego, es fértil y podría dar un buen fruto—, pero sí podemos ver su sombra en algunas de las ficciones más obsesivas de la tradición occidental. Encontrar el fantasma de Devorgilla en mujeres de la literatura que se aferran a una ausencia hasta convertirla en materia.

¿Acaso no hay señal de ese amor perturbador en Catherine y Heathcliff, en Cumbres borrascosas, incapaces de separarse ni siquiera después de la muerte? Lo vemos en la señora Rochester, en Jane Eyre; incluso en Lucy de La novia de Lammermoor, nacida de la pluma de Walter Scott que, por cierto, escribió parte de su obra en esas mismas tierras. Todas ellas cargan, de alguna forma, con un corazón que ya no late pero que tampoco se va. La diferencia es que Devorgilla lo hizo de verdad. ¿Mas no palpita el mismo impulso de fijar el amor a toda costa, de conservar lo que ya no vive, en las figuras del romanticismo gótico?

Hay también quienes comparan su historia con la de Romeo y Julieta, como si Escocia tuviera su propia tragedia romántica. Yo no creo que lo suyo fuera exactamente eso. Lo de Devorgilla no respondía a un impulso juvenil ni a un drama de familias enfrentadas. Quizá se tratara más bien de un duelo sin renuncia, de no querer aceptar que el amor tuviera que desaparecer con la muerte. Un gesto extremo, incluso turbador, porque habita en una zona intermedia entre la devoción, la obsesión y la ternura más feroz; porque no es habitual —ni siquiera entonces— que alguien convierta el corazón del otro en reliquia. Y esa rareza hace que, lo que podía haber sido una nota a pie de página en un libro de historia, se convierta en una imagen poderosa. Tenemos una mujer caminando con un corazón ajeno entre sus manos. Un corazón real, conservado, enterrado junto a ella siglos antes de que algunos de los más famosos poetas románticos hicieran del exceso su bandera.

La abadía que ella mandó levantar también se ha convertido en una leyenda viva. La Abadía del Dulce Corazón, con sus muros rojizos consumido por la caída incesante de las hojas de los calendarios —han pasado 752 años desde que se construyó—, es hoy un lugar abierto al cielo. La vegetación se cuela por los arcos, pero el nombre se mantiene, y allí, bajo su tierra y su piedra, están Devorgilla y el corazón de su amado John.

La historia de Devorgilla puede hacernos imaginar, crear y escribir nuestras propias ficciones; sin embargo, ella no escribió ninguna. No dejó cartas, diarios ni confesiones al respecto. Lo que tenemos es una mujer, un corazón y una caja de marfil.

06/07/2025 0 comments
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