En el Palacio de los Deportes de Gijón, Patti Smith convirtió un concierto en una celebración de la poesía, la memoria y la libertad. A sus 79 años, la artista, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026, sigue cantando contra la resignación y a favor de la vida. Entre el rugido punk de Gloria, los homenajes a sus compañeros de viaje y un mar de luces al final de la noche, volvió a recordarnos que el futuro empieza ahora.
Hay artistas a las que el tiempo no les resta fuerza, sino que les añade significado. Patti Smith pertenece a esa estirpe. La madrina del punk conserva esa manera de habitar el escenario como si todavía estuviera a punto de suceder algo capaz de cambiarlo todo. Y quizá sea precisamente eso lo que sigue haciendo: recordarnos que la música, cuando nace de una necesidad verdadera, nunca es solamente música.
El miércoles 21 de octubre tuve la oportunidad de verla en directo en el Palacio de los Deportes de la Guía «presidente Adolfo Suárez», en Gijón. La actuación, titulada 50 años después, formaba parte de los actos organizados con motivo de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 y conmemoraba el cincuenta aniversario de su primera actuación en España.
Ante un público entregado, ofreció mucho más que un recital. Fue un encuentro entre generaciones, una conversación entre canciones y recuerdos y una invitación a no confundir el paso del tiempo con la renuncia a nuestros ideales.
No necesita artificios para llenar un escenario. Su presencia, su voz y esa mezcla de fragilidad y determinación que la acompaña desde los años setenta bastan para establecer una comunicación inmediata con quienes la escuchan. Hay algo magnético en sus movimientos, en sus silencios, en sus manos, que parecen dibujar en el aire aquello que las palabras no alcanzan a decir.
El concierto arrancó con People Have the Power, una elección que contenía buena parte del espíritu de la noche. Publicada en 1988, la canción se ha convertido en uno de los grandes himnos de su repertorio: una defensa del poder de las personas para actuar juntas frente a aquello que parece inamovible.

«El futuro es ahora», nos recuerda la artista. También la necesidad de reconstruir el mundo, de usar nuestra propia voz y de defender una libertad que no debería depender de ningún gobierno ni corporación. En un tiempo en el que tantas palabras parecen desgastarse antes incluso de ser pronunciadas, escucharla reivindicar la vida —«La vida es lo más preciado que tenemos»— tuvo algo de manifiesto y de confesión.
Para comprender a la artista que vimos en Gijón hay que regresar a los libros.
Antes de convertirse en una figura fundamental del punk neoyorquino, ya había encontrado en la literatura una forma de mirar el mundo. La poesía no fue un adorno añadido a su música, sino uno de sus cimientos.
Arthur Rimbaud ocupa un lugar esencial en esa genealogía. Smith descubrió su obra durante la adolescencia y quedó fascinada por su lenguaje, su juventud y su manera de desafiar las convenciones. En el poeta francés encontró algo más que una influencia literaria: un compañero imaginario, una forma de entender la creación como una experiencia radical, capaz de alterar la percepción de la realidad. Federico García Lorca fue otra de sus grandes referencias. La propia artista ha explicado que ambos la introdujeron en un territorio donde la belleza del lenguaje convivía con las preguntas políticas y espirituales.
No es casual que su trayectoria haya desbordado siempre las fronteras entre disciplinas. En sus canciones, la palabra conserva la densidad de un poema, pero adquiere el pulso de una guitarra eléctrica; en sus libros, la memoria personal se convierte en una manera de interrogar la Historia; en sus dibujos y fotografías, la mirada continúa buscando aquello que permanece oculto en las cosas.
Hay un episodio de su infancia que ilumina esa vocación. Cuando tenía doce años, contempló obras de Pablo Picasso y descubrió que quería ser artista. Décadas después, El Guernica se convertiría para ella en una imagen especialmente cercana, una obra a la que regresa cada vez que visita Madrid y en la que reconoce una de las representaciones más poderosas de la devastación de la guerra. En esa admiración se encuentran dos dimensiones inseparables de su sensibilidad: la fascinación por la forma y la convicción de que el arte puede contener una verdad incómoda sobre el mundo.
Quizá por eso, cuando la vi deshacerse las coletas y dejar caer el pelo antes de interpretar Gloria, tuve la impresión de que asistíamos a algo más que un gesto escénico. La artista parecía desprenderse de cualquier distancia para volver al origen, a aquella energía primigenia con la que irrumpió en la escena musical.
Su versión de la canción de Van Morrison, incorporada a su repertorio y convertida en una de sus señas de identidad, conserva intacta su capacidad provocadora. Los versos iniciales —«Jesus died for somebody’s sins but not mine»— condensan una declaración de independencia frente a la culpa heredada y las verdades impuestas. En ellos sigue latiendo la joven que quiso ser poeta, mujer y artista sin pedir permiso para ocupar un lugar propio.

Una constelación de nombres propios
La noche estuvo atravesada también por la memoria y los afectos. Jim Morrison, Federico García Lorca, Bob Dylan y Fred «Sonic» Smith, su compañero de vida, forman parte de ese mapa sentimental y artístico que ha ido construyendo a lo largo de las décadas.
Durante los pasajes dedicados a esas referencias, sus gestos adquirieron una cualidad casi ritual. Había en ellos algo indómito, una manera de dejar que el cuerpo prolongase la música.
En esa convivencia entre la poeta y la intérprete reside una de las singularidades de su trayectoria. Smith no ha utilizado la literatura para ennoblecer el rock, ni el rock para hacer más accesible la poesía. Ha conseguido que ambos lenguajes se transformen mutuamente, hasta volver difícil distinguir dónde termina uno y comienza el otro.
Hubo espacio, además, para la imperfección, esa cualidad que hace que una experiencia en directo sea irrepetible. En algunos momentos pareció perder el hilo de la letra y pidió disculpas al público. La respuesta fue inmediata: «We love you, Patti!». Su nombre comenzó a resonar por todo el recinto, multiplicado por las voces de quienes estábamos allí.
Ella escuchó aquella ovación y respondió con una frase que convirtió el instante en uno de los más hermosos de la noche: «Nunca mi nombre se oyó tan bonito».
En esa sencilla respuesta cabía toda la cercanía de la artista. No había una estrella distante recibiendo el homenaje de sus admiradores, sino una mujer emocionada al descubrir que, después de tantos años, sus canciones seguían encontrando un lugar en la vida de los demás.
Después llegó Because the Night, la canción que escribió junto a Bruce Springsteen y que se convirtió en uno de los grandes temas de su repertorio. «Because the night belongs to lovers»: Pocas canciones consiguen expresar con tanta sencillez esa intimidad en la que el deseo parece suspender, al menos durante unas horas, las obligaciones del mundo.
Al final, las luces de los teléfonos móviles comenzaron a encenderse entre el público. Miles de pequeños puntos luminosos dibujaron una constelación en la oscuridad. Nos pidió que volviéramos a levantarlos, esta vez para que su hija pudiera grabar aquel momento. Todos obedecimos, felices de participar en una imagen que ya no pertenecía únicamente a la artista, sino también a quienes estábamos allí.
Quizá la esperanza consista también en eso: en descubrir que todavía podemos compartir una emoción, reconocernos en una canción y levantar la mirada al mismo tiempo.
Salimos del Palacio con la sensación de haber presenciado algo más que el concierto de una leyenda. Habíamos visto a una mujer que, después de toda una vida dedicada a la creación, continúa defendiendo la posibilidad de empezar de nuevo.
Federico Granell: dibujar el universo de una artista
El homenaje asturiano a la creadora estadounidense no se agotó en el escenario. En la antigua Fábrica de Armas de La Vega, en Oviedo, la instalación Ya no somos tan niños, abierta del 16 al 24 de octubre dentro de la programación cultural de los Premios Princesa de Asturias, propuso un recorrido por su universo artístico, biográfico y poético. Fotografías, pinturas, textos y otros materiales originales convivían con las interpretaciones de artistas asturianos. Entre ellas, la aportación de Federico Granell establece un diálogo visual con una creadora cuya obra ha hecho de la mezcla de lenguajes una forma de expresión.
El trabajo de Granell permite acercarse a ese universo desde otra perspectiva. Sus dibujos e ilustraciones inspirados en las canciones, los poemas y la lírica de Smith trasladan al papel una sensibilidad que no pertenece exclusivamente a la música. La imagen se convierte así en una forma de escucha: una manera de interpretar ritmos, palabras y atmósferas sin necesidad de reproducirlos literalmente.
Resulta significativo que este encuentro tenga lugar en un espacio como La Fábrica de Armas de la Vega, donde la memoria industrial de Oviedo se abre, por unos días, a nuevas formas de creación.
El diálogo entre el artista asturiano y la autora estadounidense recuerda que una obra nunca permanece inmóvil: cada generación vuelve a ella, la interroga y encuentra nuevos significados.
El Premio Princesa de Asturias de las Artes reconoce una trayectoria excepcional, pero también nos invita a detenernos en aquello que la mantiene viva. En este caso, la capacidad de una artista para hacer convivir poesía, música, imagen y experiencia personal, y para seguir inspirando a otros creadores medio siglo después de su primera actuación en España.




