La Fundación Canal reúne en Madrid las interpretaciones que Gustave Doré y Robert Rauschenberg realizaron del Infierno de Dante Alighieri. A través de 111 obras gráficas, la exposición permite descubrir cómo un mismo texto literario dio lugar a dos concepciones del arte separadas por casi un siglo.
Cuando Dante Alighieri escribió la Divina comedia a principios del siglo XIV, difícilmente podía imaginar hasta qué punto su descripción del infierno determinaría la representación artística del castigo y la condenación. Su viaje por los nueve círculos del inframundo, acompañado por el poeta Virgilio, ofrecía una geografía precisa del pecado, poblada por personajes históricos, criaturas mitológicas y almas sometidas a tormentos que guardaban relación con sus faltas. Más de siete siglos después, ese universo continúa proporcionando materia de trabajo a los artistas.

La Fundación Canal de Madrid presenta, del 7 de octubre de 2026 al 5 de enero de 2027, El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg, una exposición comisariada por Lola Durán Úcar que reúne las dos series completas que Gustave Doré (1832-1883) y Robert Rauschenberg (1925-2008) dedicaron a la primera parte del poema. Aunque ambos partieron del mismo texto, sus imágenes responden a preocupaciones artísticas y sociales considerablemente distintas.
En 1861, Gustave Doré publicó sus célebres ilustraciones del Infierno, una serie de 75 xilografías que terminaría convirtiéndose en una de las representaciones más conocidas de la obra de Dante. Su interpretación, vinculada al Romanticismo, construye un paisaje de montañas, precipicios, bosques y arquitecturas imposibles, donde las figuras humanas parecen insignificantes frente a la inmensidad del escenario.
Doré prestó especial atención a los contrastes entre luces y sombras, a la anatomía de los condenados y a la expresividad de sus gestos. Sus ilustraciones fueron concebidas como una narración visual que acompaña el avance de Dante y Virgilio, deteniéndose en los episodios de mayor intensidad. Para ejecutarlas contó con grabadores especializados, entre ellos Héliodore Pisan, responsable de las estampas de la edición de Hachette de 1862 que puede contemplarse en la exposición.
Uno de los ejemplos más conocidos es el encuentro con Paolo y Francesca, los amantes condenados a girar eternamente arrastrados por una tormenta. Doré los representa abrazados, suspendidos en el aire, mientras otros cuerpos se retuercen a su alrededor. La composición transforma el episodio literario en una imagen de enorme dramatismo, en la que el sufrimiento convive con la belleza de las figuras.
Casi cien años después, Robert Rauschenberg emprendió una interpretación completamente diferente. Entre 1958 y 1960 realizó sus XXXIV dibujos para el Infierno de Dante, una serie en la que incorporó fotografías procedentes de revistas, imágenes publicitarias, dibujos, pintura y transferencias sobre papel.
En lugar de reconstruir visualmente el mundo medieval, Rauschenberg trasladó los personajes y conflictos del poema a la sociedad estadounidense de mediados del siglo XX. Dante puede aparecer representado mediante la fotografía de un hombre corriente extraída de un anuncio de ropa interior, mientras que Virgilio adopta ocasionalmente la apariencia de un atleta o un hombre de negocios. Entre los condenados surgen políticos, militares y figuras reconocibles de la cultura de masas.

Su interpretación introduce cuestiones relacionadas con el poder político, la violencia institucional y la sociedad de consumo. En el círculo de los fraudulentos, por ejemplo, los demonios que amenazan a Dante y Virgilio son sustituidos por fuerzas policiales antidisturbios. En otros pasajes aparecen referencias a la Guerra Fría y a las tensiones militares de la época.
La exposición presenta las 35 litografías offset de la edición Macorini de 1965, que reproducen los 34 dibujos originales del artista, conservados actualmente en el MoMA, además de la portada de la serie. El ejemplar expuesto pertenece a una tirada de 250.
El contraste entre ambos autores resulta especialmente evidente en el último círculo del infierno, donde Dante sitúa a los traidores y al propio Lucifer, atrapados en un inmenso lago helado. Doré representa al demonio como una criatura gigantesca, inmóvil y abatida, cuyas alas ocupan buena parte del espacio. Rauschenberg, en cambio, introduce referencias a la amenaza nuclear y a la destrucción asociada al conflicto político del siglo XX.
Organizada siguiendo el descenso por los nueve círculos, la muestra permite comparar las soluciones que cada artista encontró para representar los mismos acontecimientos. El diseño expositivo, realizado por Enrique Bonet, incorpora fragmentos del poema que ayudan a situar las escenas dentro de la narración.
Más allá de las diferencias técnicas, El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg plantea una cuestión que atraviesa buena parte de la historia del arte: cómo una obra literaria puede adquirir significados diferentes según la época en la que se interpreta. Doré encontró en Dante un universo apropiado para desarrollar los ideales estéticos del Romanticismo; Rauschenberg utilizó ese mismo relato para examinar algunas de las contradicciones de la sociedad contemporánea.
La distancia entre ambas propuestas demuestra también que los grandes clásicos literarios no permanecen encerrados en el periodo histórico en el que fueron escritos. Cada nueva interpretación incorpora las inquietudes de su tiempo. Y, en el caso de Dante, el infierno continúa ofreciendo suficientes imágenes y conflictos humanos como para que artistas de siglos distintos encuentren en él algo que contar.
Información de la exposición
El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg