Yayoi Kusama: el infinito como refugio

Murió el 14 de agosto, aunque la noticia de su muerte se conoció días después. Yayoi Kusama tenía noventa y siete años y, según el comunicado difundido por su estudio, continuó pintando hasta sus últimos días. Hay algo apropiadamente kusamiano en esa última imagen: una mujer frente a un lienzo, todavía haciendo aparecer puntos, flores, calabazas y redes que comenzaron perteneciendo a un universo privado y terminaron formando parte del nuestro.

Se marcha una de las artistas más reconocibles de nuestro tiempo, pero también una pionera que entendió antes que muchos que el arte podía escapar de los museos. Podía vestirse, caminar por las calles, ocupar un escaparate, entrar en una casa. Podía multiplicarse hasta el infinito.

Kusama pasó buena parte de su vida mirando aquello que los demás no podían ver.

Desde niña experimentó alucinaciones. Las flores podían cubrir una habitación; los patrones se desprendían de los objetos y se extendían por las paredes, el techo, las ventanas y su propio cuerpo. Para otros, aquellas visiones habrían sido únicamente una amenaza. Para Kusama se convirtieron en una forma de conocimiento.

Pintó lo que veía.

Y descubrió que una obsesión podía convertirse en lenguaje.

Nació en Matsumoto, en 1929, en una familia conservadora que no recibió con entusiasmo su deseo de convertirse en artista. Más tarde llegaría Nueva York, donde en los años cincuenta y sesenta se encontró con una escena artística masculina, competitiva y extraordinariamente fértil. Kusama no llegó allí para ocupar un lugar: tuvo que inventárselo.

Lo hizo con una mezcla de obstinación y extravagancia.

Esculturas blandas de formas fálicas, performances, desnudos, redes infinitas y superficies enteras invadidas por puntos. Su obra tenía algo de juego infantil y, al mismo tiempo, algo profundamente inquietante. Parecía alegre hasta que uno se detenía a mirar.

La repetición se convirtió en su método.

Repetir una forma hasta el agotamiento. Cubrir una superficie hasta hacerla desaparecer. Multiplicar un objeto hasta que dejara de ser un objeto. El punto dejaba de ser un punto y se convertía en multitud; la multitud terminaba borrando al individuo.

Kusama llamó a este proceso self-obliteration: la desaparición del yo.

Quizá por eso sus habitaciones infinitas resultan tan hipnóticas. El espectador no contempla simplemente una obra: entra en ella. Los espejos multiplican las luces y el cuerpo hasta hacer desaparecer, durante unos instantes, la frontera entre quien mira y aquello que está mirando.

La experiencia es hermosa, pero también ligeramente inquietante.

Como casi todo en Kusama.

Yayoi Kusama. Haym of Life 1987

Su historia en Nueva York tuvo además una herida más difícil de cerrar. En una escena dominada por hombres, vio cómo determinados procedimientos que ella había explorado eran retomados por artistas masculinos que obtenían una atención y un reconocimiento que a ella le habían sido negados.

Andy Warhol, Claes Oldenburg o Lucas Samaras formaban parte de aquel mundo que Kusama observaba con una mezcla de fascinación y desconfianza.

La cuestión no era únicamente quién había llegado primero.

Era quién tenía derecho a ser escuchado.

Kusama regresó a Japón después de aquellos años y, tras un periodo de gran dificultad, ingresó voluntariamente en una institución psiquiátrica de Tokio. Allí encontró una estructura que le permitió continuar trabajando y, sobre todo, preservar una rutina artística.

Mientras el mundo del arte avanzaba sin ella, Kusama siguió pintando.

Y después, inesperadamente, el mundo regresó.

En 1993 representó a Japón en la Bienal de Venecia. Llegaron después los grandes museos, las exposiciones multitudinarias y una popularidad que acabaría desbordando el territorio del arte contemporáneo.

La artista que había trabajado durante décadas en los márgenes se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la cultura popular.

Yayoi Kusama. Every Day I Pray For Love, 2023
With All My Love for the Tulips, I Pray Forever, 2013

El museo salió a la calle

Fue su encuentro con Louis Vuitton el que llevó esa transformación a una escala global. Marc Jacobs, entonces director creativo de la maison, conoció a Kusama en Tokio y quedó fascinado por su energía creativa. En 2012, sus lunares llegaron a bolsos, vestidos, abrigos, zapatos y accesorios, mientras los escaparates de Louis Vuitton se transformaban en grandes superficies cubiertas por su universo visual.

Lo interesante de aquella colaboración no era solamente que el arte apareciera sobre objetos de lujo. Era que la propia frontera entre obra y objeto comenzaba a desaparecer.

El museo había salido a la calle.

La influencia de Kusama alcanzó también la belleza. En 2011 colaboró con Lancôme en una edición limitada de Juicy Tubes. Sus formas podían pasar de una instalación monumental a un objeto pequeño, cotidiano, destinado a las manos.

Kusama había conseguido algo extraordinariamente difícil: convertir un lenguaje profundamente personal en un código universal.

Sus puntos podían habitar una sala de espejos o un bolso. Una calabaza podía convertirse en una escultura monumental o en una imagen reproducida sobre cualquier superficie.

La obra ya no necesitaba un pedestal.

Podía acompañarnos.

La paradoja del infinito

Las redes sociales encontraron en sus instalaciones un escenario perfecto. Los visitantes entraban en las habitaciones de espejos y salían con una fotografía. El infinito se convertía en fondo; la desaparición del yo, en una imagen destinada precisamente a conservarlo.

No deja de ser una ironía.

Kusama quería disolver el yo.

Instagram quería conservarlo.

Pero incluso ahí persistía la lógica de su obra. La repetición podía hacer desaparecer las cosas, pero también podía hacerlas soportables. Una flor repetida cien veces deja de ser una flor. Mil flores pueden convertirse en una superficie. Un millón, en una especie de cielo.

Quizá pintar consistía para Kusama en eso: llenar el mundo de signos hasta que dejara de resultar amenazante.

Entre todos sus símbolos, la calabaza ocupa un lugar singular.

Frente al infinito, la calabaza es humilde. Tiene peso, forma, tierra. Kusama decía que las calabazas le hablaban y que le proporcionaban estabilidad y paz.

En Naoshima, una enorme calabaza roja espera junto al mar.

El mar no tiene puntos.

El cielo tampoco.

Pero Kusama puso lunares sobre la calabaza como quien coloca pequeñas señales en mitad de una extensión demasiado grande.

Durante muchos años, el mundo consideró a Yayoi Kusama una extravagancia. Después la convirtió en una celebridad. Finalmente, quizá empezó a comprenderla.

No fue simplemente la mujer de la peluca roja, los lunares y las habitaciones infinitas. Fue una artista que convirtió su experiencia interior en una disciplina y aquello que la separaba de los demás en un lenguaje que los demás podían reconocer.

Su vida estuvo marcada por una palabra sencilla: volver.

Volver al pincel.
Volver al punto.
Volver al espejo.
Volver a la flor.
Volver a la calabaza.

Hasta el final.

Hay algo conmovedor en saber que continuó pintando durante sus últimos días. Como si, a los noventa y siete años, todavía quedara algo que añadir a aquella interminable conversación con el infinito.

Se ha ido Yayoi Kusama.

Pero sus puntos permanecen.

En los museos, en los escaparates, en los vestidos, en los espejos y en la memoria de quienes alguna vez entraron en una de sus habitaciones y dejaron de saber, durante unos minutos, dónde terminaban ellos y dónde empezaba el mundo.

Quizá eso sea lo más parecido a la eternidad que puede ofrecernos un artista.

No permanecer.

Sino multiplicarse.

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