El 18 de agosto de 1936 Federico García Lorca fue asesinado entre Víznar y Alfacar. Noventa años después, el lugar exacto en el que se encuentran sus restos continúa sin conocerse. Esa ausencia forma ya parte de su historia, pero también ha contribuido a que, en muchas ocasiones, su muerte ocupe tanto espacio como su obra.
Lorca continúa en los escenarios, en las canciones, en las aulas, en los murales y en los libros. Cada generación parece encontrar una manera distinta de acercarse a él y, con frecuencia, de utilizarlo para formular sus propias preguntas. En este 2026, cuando se cumplen noventa años de su asesinato, las conmemoraciones se han sucedido en distintos lugares de España. Granada volvió a recordarlo en Alfacar, muy cerca del lugar en el que fue ejecutado, mientras Madrid organizó un recorrido nocturno por los espacios de la ciudad relacionados con su vida y su obra.
Hay pocos escritores españoles del siglo XX cuya figura haya sobrevivido de una manera semejante. No se trata únicamente de que Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba continúen representándose, ni de que el Romancero gitano siga formando parte de las lecturas escolares. Lorca ha desbordado hace tiempo el ámbito de la literatura. Sus versos han pasado al flamenco, al rock y al pop, y han sido retomados por intérpretes de generaciones muy distintas. Camarón convirtió La leyenda del tiempo en uno de los encuentros más importantes entre la poesía lorquiana y la música popular, mientras artistas posteriores han seguido recurriendo a sus textos o a su imaginario. En los últimos años, nombres como Rosalía, Rozalén, Dellafuente o Lola Índigo han vuelto a acercarse, de formas muy diferentes, a ese universo.

Esta presencia constante en ámbitos muy distintos ayuda a entender por qué Lorca sigue siendo un autor tan leído y representado. No quedó limitado a la poesía o al teatro: también se interesó por la música, el dibujo y la cultura popular, y buena parte de su obra nació de esa relación entre distintas formas de creación. Con La Barraca, el proyecto de teatro universitario ambulante creado durante la Segunda República, recorrió pueblos españoles representando obras del Siglo de Oro. Detrás de aquella iniciativa había una idea sencilla: llevar el teatro a lugares donde apenas existía acceso a este tipo de propuestas culturales.
Sin embargo, la importancia que han adquirido su biografía, su asesinato y todo lo que su figura representa puede hacer que, en ocasiones, se hable más de Lorca que de sus libros.
Su nombre está ligado a la memoria de la Guerra Civil, a la represión franquista y también a la historia de la homosexualidad en España. En Lorca confluyen varias formas de violencia y de silencio que marcaron buena parte del siglo XX español.
Fue detenido y asesinado en agosto de 1936, pocas semanas después del comienzo de la Guerra Civil. Desde entonces, su muerte ha quedado unida a la violencia política de aquellos primeros meses y a la represión ejercida en la zona sublevada. El hecho de que sus restos no hayan sido localizados ha reforzado todavía más esa relación entre su figura y la cuestión de los desaparecidos, porque Lorca no es únicamente una víctima conocida: su caso remite a miles de personas cuyos cuerpos siguen en fosas o cuyo paradero nunca llegó a esclarecerse. Por eso, cada intento de localizar sus restos ha tenido una dimensión que supera lo biográfico.
Durante la dictadura, además, su figura quedó sometida a una lectura parcial. Lorca era demasiado importante para desaparecer por completo del panorama cultural, pero determinados aspectos de su vida y de su obra resultaban incómodos para el Régimen. Se podía hablar del poeta, del dramaturgo o del autor del Romancero gitano, pero no tanto sobre las circunstancias de su asesinato y, sobre todo, su homosexualidad. Durante años, esa parte de su vida fue tratada con rodeos y se evitaba nombrarla de forma directa.
Ese silencio condicionó también la lectura de su obra. En algunas de sus obras más personales, el deseo aparece unido al secreto, a la imposibilidad de vivir abiertamente y al conflicto entre lo que una persona siente y lo que la sociedad le permite expresar. El público es quizá el ejemplo más evidente, porque cuestiona de forma abierta las convenciones sexuales y sociales de su tiempo, mientras que los Sonetos del amor oscuro muestran un amor que durante décadas fue presentado de manera mucho más ambigua de lo que permiten leer los propios poemas.
Lorca fue también un escritor que experimentó con formas teatrales y poéticas que todavía hoy exigen una lectura atenta.
La casa de Bernarda Alba, por ejemplo, puede leerse como un drama rural marcado por las convenciones sociales de su tiempo, pero también como una historia sobre el control ejercido sobre el cuerpo y el deseo. Yerma permite hablar de maternidad, frustración y mandato social desde una mirada muy diferente de la que podía tener un espectador en los años treinta. Poeta en Nueva York parece escrito desde un mundo anterior al nuestro y, sin embargo, algunas de sus imágenes sobre la deshumanización de la ciudad moderna resultan sorprendentemente próximas.
Ahí se encuentra probablemente una de las razones de la supervivencia de Lorca. Sus textos siguen admitiendo nuevas lecturas.