El cuento de fantasmas es, por costumbre, un género de invierno. Se cuenta junto al fuego, en las noches largas, y en la tradición inglesa quedó ligado a la Navidad: Dickens encargaba relatos de aparecidos para los números navideños de sus revistas, y M.R. James leía los suyos en voz alta a sus colegas de Cambridge en las vísperas de diciembre. El frío y la oscuridad temprana conformaban el decorado natural del miedo y terror clásico.
Y aun así, la escena fundacional del terror moderno ocurrió en verano. En junio de 1816, junto al lago de Ginebra, Lord Byron alquiló Villa Diodati y reunió allí a un grupo pequeño: Percy y Mary Shelley, Claire Clairmont y su médico, John Polidori. Aquel fue el «año sin verano» —la erupción del Tambora había enfriado el clima del hemisferio norte—, y las lluvias los dejaron encerrados. Para pasar las tardes leyeron cuentos de fantasmas alemanes recogidos en una antología francesa, la Fantasmagoriana, y Byron propuso que cada uno escribiera el suyo.
De aquella apuesta salieron dos libros que aún leemos. Mary Shelley, que entonces tenía dieciocho años, empezó lo que sería Frankenstein. Polidori escribió El vampiro, el relato que dio forma al vampiro aristocrático y seductor, modelado en el propio Byron, y que abrió el camino hasta Drácula. El verano que no fue verano dejó dos criaturas que no se han ido.
Hay otro verano en el terror, muy distinto del de Diodati: el del calor blanco y las horas muertas de la siesta. El miedo a plena luz desconcierta más que el de la medianoche, porque le falta la coartada de la oscuridad. La quietud del mediodía o una playa a deshora bastan para inquietar sin ayuda de la sombra. El género ha aprendido a servirse del sol igual que se servía de la noche.
Nada impide, además, llevarse a James a la arena. Sus historias no dependen del calendario: un erudito distraído da con un objeto antiguo que más le habría valido no tocar, y algo despierta detrás de él. En «Oh, Whistle, and I’ll Come to You, My Lad», el relato del silbato que alguien encuentra junto al mar, el escenario es una costa inglesa fuera de temporada. Leerlo en agosto, con el agua delante, no le quita nada; puede que le añada.
El calor no espanta a los fantasmas. La aparición que esperábamos en el pasillo helado llega a la hora de la siesta, cuando la casa está en silencio y todo el mundo duerme. Más de dos siglos después de Diodati, el mejor verano para leer sigue siendo el que trae un poco de frío.