Emily Jane Brontë nació el 30 de julio de 1818 en Thornton, un pueblo del West Yorkshire, y murió treinta años después en Haworth, la parroquia donde su padre ejercía de pastor anglicano. Publicó una sola novela, Cumbres borrascosas, y lo hizo en 1847 firmando como Ellis Bell. El apellido era inventado y el nombre, deliberadamente ambiguo. Cuando el libro apareció, casi nadie sabía que lo había escrito una mujer, y menos aún una hija de párroco que apenas había salido de los páramos.
El seudónimo fue una decisión de las tres hermanas. En 1846 Charlotte, Emily y Anne reunieron sus versos en un volumen firmado como Currer, Ellis y Acton Bell. Charlotte explicó más tarde el porqué de aquellas iniciales: buscaban nombres que no delataran su sexo, porque sospechaban que a las escritoras se las leía con condescendencia y se las medía con otra vara. El libro de poemas apenas vendió dos ejemplares. Aun así, las hermanas siguieron adelante y prepararon sus novelas.
Cumbres borrascosas se publicó a finales de 1847 y desconcertó a la mayoría de sus primeros lectores. La historia de Heathcliff y Catherine, con su crueldad y una pasión que no se apaga ni con la muerte, se leyó como una obra brutal, casi impresentable para el gusto victoriano. Más de un crítico se preguntó qué clase de hombre podía haber escrito algo tan sombrío. No lo había escrito ningún hombre.
Emily fue la más reservada de la casa. Salía poco de Haworth, y cuando lo hizo —unos meses como profesora en Law Hill, una temporada de estudios en Bruselas junto a Charlotte— volvió pronto al páramo. Escribía en cuadernos diminutos, con una letra apretada, y guardaba esos versos para sí. La novela vino después de la poesía y, en parte, gracias a ella: fue Charlotte quien en el otoño de 1845 dio por casualidad con uno de aquellos cuadernos. Emily se enfadó por la intromisión, y costó convencerla de que aquello merecía imprimirse.
Buena parte de su obra pertenece a Gondal, el reino imaginario que había inventado de niña con Anne y que nunca llegó a abandonar. Los poemas de ese ciclo son monólogos de personajes en desgracia, soberanos destronados y cautivos que hablan desde su encierro, y en ellos regresa una y otra vez a lo mismo: el viento del páramo y esa frontera porosa entre los vivos y los muertos que atraviesa también la novela. En aquel libro de 1846 firmado como Ellis Bell reunió una veintena de estos poemas.
La crítica posterior ha situado muchas veces a Emily como la mejor poeta de las tres hermanas. Sus textos más recordados tienen un tono de desafío que no se parece al de ningún contemporáneo. «No coward soul is mine», probablemente de los últimos que escribió, arranca declarando que el suyo no es un alma cobarde y avanza como una profesión de fe sin iglesia, sin más asidero que la voluntad propia. Emily Dickinson lo tenía entre sus favoritos, y se leyó en su funeral al otro lado del Atlántico.
Murió el 19 de diciembre de 1848, de tuberculosis, poco más de un año después de publicar la novela. Tenía treinta años y no llegó a ver cómo cambiaba su suerte literaria. Fue Charlotte quien, en la edición de 1850, añadió un prólogo para presentar a su hermana al público y de paso limar la fiereza del libro, como si hiciera falta pedir disculpas por él. La reivindicación llegó despacio: primero corrigió el juicio de los contemporáneos y solo con las décadas lo dio la vuelta del todo.
Hoy Cumbres borrascosas es un clásico y Ellis Bell, una nota a pie de página. El nombre que servía para no llamar la atención acabó devuelto a quien lo llevaba. De Emily Brontë quedan una novela, un puñado de poemas y muy pocos datos fiables sobre lo que de verdad pensaba. Con eso ha bastado para que se la siga leyendo doscientos ocho años después de nacer.