En 1816 llovía sobre el lago Lemán.
Mary Shelley tenía dieciocho años y estaba allí con Percy Bysshe Shelley, Lord Byron y Claire Clairmont. El verano parecía haberse detenido bajo la lluvia y, encerrados por el mal tiempo, los jóvenes escritores comenzaron a hablar de fantasmas. Byron propuso un juego: que cada uno escribiera una historia.
De aquella noche nació Frankenstein.
Casi dos siglos después, Gonzalo Suárez volvió a aquel verano.
Lo hizo desde Asturias.
En Remando al viento, estrenada en 1988, los paisajes de Llanes y otros lugares asturianos se convierten en la Suiza, Inglaterra o Venecia de Mary Shelley. El mar, los acantilados, la niebla y la luz del norte proporcionan a la película una geografía real y soñada al mismo tiempo. El lago Lemán podía estar lejos, pero aquel paisaje húmedo y melancólico no necesitaba demasiada imaginación para convertirse en él.
Es una de las paradojas más hermosas del cine de Suárez: para contar una historia inglesa del siglo XIX no necesitó abandonar Asturias.
Y quizá no podía haber encontrado un lugar más apropiado.
Porque en Remando al viento no le interesaba tanto reconstruir la vida de Mary Shelley como detenerse en ese instante en que la imaginación comienza a tener vida propia. La escritora inventa una criatura y, poco después, descubre que ya no le pertenece. La creación empieza a devolver la mirada.
Nacido en Oviedo en 1934, Suárez fue escritor antes que cineasta y, en realidad, nunca dejó de serlo. Escribió novelas, relatos y crónicas deportivas bajo el nombre de Martín Girard; hizo teatro, pintó, escribió guiones y dirigió películas que nunca parecieron demasiado preocupadas por parecerse a las demás. Trece veces trece, Rocabruno bate a Ditirambo, Aoom, Parranda, Don Juan de los infiernos o Epílogo pertenecen a una obra difícil de ordenar precisamente porque Suárez desconfiaba de las clasificaciones.
Fue periodista deportivo en Barcelona y llegó a viajar a Milán para trabajar en el entorno del Inter de Helenio Herrera. Conoció a Sam Peckinpah, con quien mantuvo una amistad hasta la muerte del director estadounidense. Charo López, una de las actrices más vinculadas a su cine, lo describió como una mariposa que no se deja clasificar en un cartón.
La imagen le corresponde.
Suárez siempre parecía estar a punto de salir de la casilla en la que acababan de colocarlo.
Quizá porque para él literatura y cine nunca fueron territorios separados. Un periodista podía inventarse un nombre; un escritor podía convertirse en personaje; un paisaje podía cambiar de identidad. Martín Girard y Ditirambo fueron, cada uno a su manera, otras posibilidades de Gonzalo Suárez.
Su literatura compartía esa libertad. En Trece veces trece o Rocabruno bate a Ditirambo, la ficción juega consigo misma, los géneros se mezclan y los personajes parecen sospechar que alguien los está escribiendo. Lo curioso es que Suárez nunca pareció demasiado interesado en ser pionero de nada.
Prefería ser nuevo.
Decía que no le preocupaba que llamasen literario a su cine. «Todos los filmes son literarios», sostenía. Cuando alguien sale del cine y cuenta qué ha visto, explicaba, cuenta la historia. No habla necesariamente de la luz, del color o del movimiento de cámara. Cuenta qué sucedió.
Y, sin embargo, en sus películas importaba tanto lo que sucedía como aquello que podía estar ocurriendo detrás.
Por eso sus paisajes nunca son solamente paisajes. En Llanes, la costa cantábrica se convierte en un territorio romántico; la niebla borra las fronteras entre el mar y el cielo y la piedra parece guardar algo que pertenece a otro tiempo.
El paisaje no ilustra la historia: entra en ella.
Suárez desconfiaba de una realidad demasiado bien explicada. «Cuanto más de verdad parece, más mentirosa es», decía. Tal vez esa fuera su manera de defender la imaginación: no como una huida del mundo, sino como una forma distinta de mirarlo.

Después llegarían Don Juan de los infiernos, El portero, Oviedo Express y, muchos años después, El sueño de Malinche y Alas de tiniebla. Su trayectoria nunca avanzó en línea recta. Del periodismo al cine, del fútbol a la literatura, de Byron a Don Juan, de la historia a la animación. Abría una puerta y detrás aparecía otra.
Quizá por eso resulta difícil despedirlo únicamente como cineasta.
Y resulta significativo que, en febrero de 2026, cuando la Academia de Cine le concedió el Goya de Honor, fuera precisamente Remando al viento la película elegida para regresar a escena. El 20 de febrero se proyectó en la Academia y, pocos días después, la película volvió a existir de otra manera: la Academia y Radio Nacional de España la transformaron en una ficción sonora representada en directo en el Palau de la Música de Barcelona.
Era, en cierto modo, un homenaje perfectamente suareziano.
Una película nacida de la literatura volvía a convertirse en palabras. Y aquellas palabras volvían a levantar imágenes en la imaginación de quien escuchaba. Casi como si la criatura de Mary Shelley hubiera descubierto otra forma de regresar.
Suárez había encontrado en el cine otra manera de escribir.
Poco antes de morir, cuando le preguntaron qué echaba de menos con la edad, no habló de los libros, de las películas ni de los premios. Dijo que echaba de menos jugar al fútbol como interior izquierdo y marcar un gol con la zurda por el ángulo derecho.
Después de una vida entera inventando mundos, quedaba una imagen sencilla: un campo, un balón y una trayectoria imposible.
Como Mary Shelley frente al lago Lemán, mirando la lluvia y a punto de imaginar un monstruo.
Como Gonzalo Suárez frente al paisaje de Llanes, convirtiendo Asturias en otra parte del mundo.
Como el escritor ante una página en blanco, cuando todavía todo puede suceder.
El viento, al fin y al cabo, nunca deja de traernos historias.