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Historia social de las mujeres

Historia social de las mujeres

El mito de «la loca del desván»

by Verónica García-Peña 14/10/2026
written by Verónica García-Peña

El reverso oscuro de la sumisión victoriana o cómo la literatura gótica y el feminismo desenterraron los secretos ocultos tras el orden doméstico

 

Cuando en la literatura decimonónica el silencio de la noche se rompe y la fachada perfecta de la respetabilidad comienza a agrietarse, no es raro que algo empiece a insinuarse en los márgenes de lo que en apariencia vemos. Así sucede en relatos en los que el crujir de la madera o una carcajada fría que parece provenir únicamente del aire delatan que algo más hay tras los muros. Durante décadas, la ficción victoriana se pobló de misterios ocultos con voz de mujer en las zonas más oscuras de la casa. Un fenómeno este que el gótico convirtió en terror y que, décadas después, se reinterpretó como una de las metáforas más poderosas sobre la reclusión y la situación de vulnerabilidad de las mujeres. Me refiero al llamado mito de «la loca del desván».

Bertha Mason confronting Jane (1890) de Edmund Henry Garrett

La expresión, que hoy es una categoría analítica, procede del ensayo La loca del desván (1979) escrito por Sandra Gilbert y Susan Gubar. Su punto de partida era una relectura de las escritoras del siglo XIX, tomando como eje central la figura de Bertha Mason (atención: spoiler), el personaje que Charlotte Brontë encerró en una habitación de la tercera planta de Thornfield Hall en Jane Eyre (1847). Gilbert y Gubar plantearon que esa presencia oculta y despojada de humanidad, violenta incluso, no era en realidad un recurso literario para generar suspense gótico; acaso una suerte de reflejo distorsionado de la propia protagonista, de Jane. Así pues, el desván no albergaba un monstruo ajeno a las mujeres de la casa, a las lectoras o incluso a otras escritoras, y podía leerse en realidad como un espejo oscuro en el que se confinaba la rabia que Jane no podía expresar sin tapujos.

¿Es esto posible? Entonces, ¿qué nos dice esta dualidad? Que la literatura femenina del siglo XIX, cómo no, estuvo marcada por las exigencias de su tiempo. Por eso, como la sociedad victoriana quería que las mujeres encajaran sí o sí en el molde puro y dócil del «ángel del hogar» —esa figura idealizada de la esposa abnegada, devota y vaciada de cualquier deseo propio—, la literatura gótica las ayudó a saltarse, en cierto modo, parte de ese tópico. Este género les ofreció un espacio desde el que representar aquello que la moral oficial intentaba mantener bajo control. El ángel y la loca podían ser, pues, dos caras de una misma moneda. Mientras la mujer ideal habitaba los salones iluminados y mostraba una estudiada pasividad, su reverso gótico encarnaba la pasión, la furia ante el encierro —físico, pero sobre todo mental— y el deseo de una libertad que tanto las leyes como las costumbres limitaban, si no prohibían directamente. El desván era, por tanto, la prisión física de los cuerpos rebeldes y, a su vez, el espacio simbólico en el que se confinaban los deseos insumisos.

Ilustración para La mujer de blanco, una litografía de Thomas Eyre Macklin

La fuerza de este mito radica, entonces, en su capacidad de traspasar los límites de las tramas de misterio para contar una realidad, tanto médica como social, en la que la enfermedad mental femenina estaba muy condicionada por las ideas de género de aquel momento. Esto es, por ejemplo, la histeria, que fue una categoría médica que durante el siglo XIX se asoció con insólita frecuencia a la imagen de la mujer y de su cuerpo. Además, en aquellos abriles, algunas instituciones psiquiátricas también recibían a mujeres cuya situación familiar, económica o social las había colocado en una posición de especial vulnerabilidad. ¿De qué situación hablo? De pobreza, falta de redes familiares, conductas consideradas «inadecuadas» para los estrechos márgenes del ideal femenino, así como conflictos matrimoniales. En no pocas ocasiones, el internamiento podía convertirse en una  herramienta de control para apartar a una esposa incómoda por cuestiones patrimoniales o amorosas, un temor que Wilkie Collins convirtió en materia de ficción en La dama de blanco (1859-1860).

Desde esta perspectiva, resulta cuando menos fascinante ver cómo la novela gótica captó este terror psicológico y lo adaptó a lo que esas mujeres sentían. Estancias cerradas con llave, pasadizos angostos y secretos familiares que no eran meros ornamentos escenográficos, pues podían convertirse en representaciones del aislamiento y de las restricciones impuestas a las mujeres que osaban disentir del mandato social.

Este cautiverio simbólico cruzó fronteras y reinados —demostrando que la reclusión de la identidad femenina no fue un fenómeno exclusivo de la Gran Bretaña victoriana—, y encontró una de sus formas más crudas en el relato estadounidense El papel pintado amarillo (1892), de Charlotte Perkins Gilman. En sus páginas, la protagonista es confinada por su propio esposo —médico de profesión— en una habitación de la planta superior bajo el pretexto de una cura de reposo. La mujer tiene prohibido trabajar y escribir, aunque continúa haciéndolo a escondidas. La imposibilidad de desarrollar cualquier actividad intelectual, unida al aislamiento, en lugar de ayudarla a mejorar, agrava su estado hasta desembocar en una ruptura total con la realidad. Al final del relato (atención spoiler), la protagonista arranca el papel de las paredes porque cree distinguir detrás de él a una mujer atrapada con la que se identifica. Gilman nos enseñó que el famoso desván victoriano no necesita fantasmas para destruir a una mujer, ya que bastaba con el encierro impuesto en nombre, verbigracia, de la ciencia o del cuidado conyugal. El relato bebe de la propia experiencia de la autora, quien sufrió los estragos de este asfixiante tratamiento médico tras el nacimiento de su hija.

Ilustración de 'La dama de blanco' (Wilkie Collins) por Sir John Gilbert 1861

Fueron muchas las escritoras del siglo XIX que recurrieron al gótico para dar forma literaria a conflictos que estaban presentes en sus propias vidas. Escondida en una habitación, en un desván o detrás de una puerta cerrada, la mujer podía gritar, romper cosas e incluso prender fuego a la propiedad del hombre, y llevar a cabo así una suerte de venganza poética. Escribir al monstruo era una manera de dar forma a la disidencia interna que la respetabilidad exigía mantener bajo control.

Así, pues, el mito de «la loca del desván» con frecuencia nace del reverso de una sociedad preocupada en exceso por controlar la conducta femenina, y a la que le parecía más sencillo convertir en monstruosa a una mujer que asumir lo que en verdad su desobediencia revelaba.

Y aunque los desvanes y las llaves de forja parecen pertenecer al pasado, este mito nos plantea, sin embargo, temas incómodos sobre nuestro hoy, porque nos obliga a cuestionar bajo qué nuevos conceptos —mala madre, mujer conflictiva o la etiqueta de la inestabilidad emocional— seguimos intentando recluir y silenciar a aquellas que se niegan a encajar en el orden establecido. Al fin y al cabo, cuando una habitación se cierra desde fuera, lo que convendría preguntarse es quién decidió que la mujer encerrada dentro estaba loca y quién tenía interés en que nadie escuchara lo que tenía que decir.

14/10/2026 0 comments
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Historia social de las mujeresSeries y columnas

La institutriz: retrato de una de las figuras más ambiguas e incómodas de la sociedad victoriana

by Verónica García-Peña 23/09/2026
written by Verónica García-Peña

Hay personajes que aparecen una y otra vez en la literatura victoriana, cuya presencia dice más sobre la sociedad que los creó que sobre las propias historias en las que son protagonistas. Por ejemplo, la institutriz que vive bajo el mismo techo que la familia, educa a sus hijos y comparte parte de su vida cotidiana, pero nunca llega a formar parte de ese hogar. Tampoco pertenece al servicio como tal, aunque conviva con él. Su lugar está en un espacio intermedio en el que las diferencias de clase y de género se hacen particularmente visibles.

La proliferación de las institutrices fue consecuencia, en gran medida, de los cambios sociales que experimentó Gran Bretaña durante el siglo XIX. El crecimiento de la burguesía hizo que cada vez más familias acomodadas quisieran ofrecer una educación refinada a sus hijas sin tener que enviarlas para ello a un internado. La solución fue entonces contratar a una mujer culta que enseñara idiomas, música, dibujo, literatura y, por supuesto, buenas maneras. Para muchas jóvenes de clase media (o de clase acomodada venidas a menos), convertirse en institutriz fue una forma, de las pocas que existían, de ganarse la vida sin perder el respeto de la sociedad.

Era un trabajo considerado respetable, aunque pocas veces resultaba sencillo, pues la institutriz dependía por completo de la familia que la contrataba. Era una dependencia absoluta que condicionaba toda su vida laboral y personal. Su salario no era alto, apenas le permitía ahorrar, y su estabilidad era, entonces, bastante frágil. Bastaba con que los hijos terminaran su educación, la familia redujera gastos o cambiara de residencia para que la muchacha se quedara sin empleo. También sin casa propia ni patrimonio. Muchas pasaban años enlazando una familia con otra y dependiendo de las cartas de recomendación de sus antiguos empleadores para encontrar un nuevo destino.

Existía en todo esto una clara contradicción, ya que su función consistía en preparar a las hijas de la burguesía para ocupar un lugar privilegiado dentro de la sociedad, aunque ellas mismas nunca pudieran aspirar a él. Eran mujeres con educación y modales, pero no fortuna ni posición social. Demasiado refinadas para compartir la vida del servicio y a la vez demasiado pobres para ser aceptadas como una igual por la familia que las empleaba. Es por eso que solían comer solas o en horarios distintos y rara vez participaban de la vida social de la casa, pues debían mantener siempre una discreta distancia con quienes las rodeaban. Estaban presentes en el día a día de la familia y a la vez permanecían al margen de ella. Como si fueran una especie única de fantasma.

La precariedad de muchas institutrices y su devenir tan incierto fueron algunas de las razones por las que en 1843 se creó en Londres la Governesses’ Benevolent Institution (Institución Benéfica para Institutrices). Era una organización destinada a ayudar a quienes enfermaban, envejecían o perdían su empleo, y su existencia dice mucho sobre la vulnerabilidad de una profesión considerada respetable, si bien escasamente protegida.

De esta suerte, no es casual que muchas escritoras que conocieron esa realidad de primera mano antes de dedicarse por completo a la literatura —como es el caso de Charlotte y Anne Brontë—usaran la experiencia en sus obras. Aquel trabajo les permitió observar desde dentro las jerarquías domésticas y las contradicciones de una sociedad que concedía a las mujeres educación suficiente para formar a otros, mas no la independencia necesaria para dirigir sus propias vidas. Curioso, ¿verdad? Y a mi juicio, cruel.

Así, no tardó en convertirse, claro está, en uno de los grandes personajes de la literatura del siglo XIX, ya que su posición resultaba privilegiada. Vivía dentro de la casa, conocía la intimidad de la familia y era testigo de sus conflictos. Esa condición de observadora la hacía especialmente atractiva para los novelistas; ayer y hoy.

The Turn of the Screw, parte 1 publicada como serie en Collier's de enero a abril de 1898

En Jane Eyre (1847), Charlotte Brontë convirtió a una institutriz en protagonista de una novela que cuestionaba muchos de los valores de su tiempo. Jane no posee una belleza singular y tampoco es rica. Ella reclama algo en apariencia más sencillo como es la igualdad y, precisamente por ello, más difícil. Lo que quería era ser tratada con la misma dignidad intelectual y moral que cualquier hombre. Una revolución en toda regla. Si bien la historia de amor con el señor Rochester ha terminado ocupando gran parte del imaginario popular, la verdadera fuerza de la novela está en la defensa de una mujer que se niega a sacrificar su conciencia por seguridad o comodidad.

Ese mismo año, Anne Brontë publicó Agnes Grey, una obra mucho más cercana a la experiencia cotidiana de tantas institutrices victorianas. La hermana pequeña de las Brontë, sin apenas concesiones al romanticismo, retrató el desgaste de una joven obligada a soportar el desprecio de unos niños malcriados y la indiferencia de unos padres que apenas reconocen su autoridad. Más que una novela de aprendizaje, en realidad Agnes Grey puede leerse como el testimonio de una profesión tan respetada en la teoría como precaria en la práctica.

La literatura tampoco retrató a todas las institutrices de la misma manera, por supuesto, y como ejemplo tenemos a Becky Sharp, la inolvidable protagonista de La feria de las vanidades (1847-1848), de William Makepeace Thackeray, que comienza su trayectoria como institutriz, pero está muy lejos del ideal de humildad y sacrificio que la sociedad esperaba de estas mujeres. Inteligente, ambiciosa y dispuesta a ascender socialmente, Becky sirve como ejemplo de cómo la literatura utilizó esta figura para cuestionar algunas de las normas de su tiempo. Su personaje prueba que la institutriz podía ser también una mujer compleja, ambiciosa y digamos que moralmente ambigua, muy lejos del modelo de discreción y docilidad que defendía la sociedad victoriana.

La literatura gótica encontró igualmente en la institutriz una protagonista ideal. Su posición le permitía recorrer todos los espacios de la casa, conocer los secretos familiares y observar lo que otros personajes ignoraban. En Otra vuelta de tuerca (1898), de Henry James, una joven institutriz aislada en una mansión rural cree enfrentarse a una serie de apariciones inquietantes. Más de un siglo después (atención: spoiler) seguimos sin saber si contempla auténticos fantasmas o si asistimos al progresivo deterioro de su mente. Esa incertidumbre funciona precisamente porque la protagonista vive aislada y privada de cualquier red de apoyo.

Con el tiempo, los cambios en la educación y la incorporación de las mujeres a nuevas profesiones hicieron que la figura de la institutriz fuera poco a poco desapareciendo. Sin embargo, continúa despertando interés, sobre todo en las mentes inquietas enamoradas de la literatura victoriana, porque representa una forma muy concreta de invisibilidad. Era una mujer instruida que podía ganarse la vida gracias a su formación y, aun así, seguía ocupando un lugar ambiguo dentro de la sociedad.

Quizá por eso sigue apareciendo, como he dicho al inicio de este artículo, una y otra vez en la literatura, y no como un simple personaje literario del siglo XIX, pues es el reflejo de una pregunta que todavía hoy conserva parte de su vigencia. ¿Qué ocurre cuando una mujer posee educación, inteligencia y criterio propios, pero el mundo sigue empeñado en definirla por el lugar que ocupa en la vida de los demás?

23/09/2026 0 comments
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