El mito de «la loca del desván»

El reverso oscuro de la sumisión victoriana o cómo la literatura gótica y el feminismo desenterraron los secretos ocultos tras el orden doméstico

Cuando en la literatura decimonónica el silencio de la noche se rompe y la fachada perfecta de la respetabilidad comienza a agrietarse, no es raro que algo empiece a insinuarse en los márgenes de lo que en apariencia vemos. Así sucede en relatos en los que el crujir de la madera o una carcajada fría que parece provenir únicamente del aire delatan que algo más hay tras los muros. Durante décadas, la ficción victoriana se pobló de misterios ocultos con voz de mujer en las zonas más oscuras de la casa. Un fenómeno este que el gótico convirtió en terror y que, décadas después, se reinterpretó como una de las metáforas más poderosas sobre la reclusión y la situación de vulnerabilidad de las mujeres. Me refiero al llamado mito de «la loca del desván».

Bertha Mason confronting Jane (1890) de Edmund Henry Garrett

La expresión, que hoy es una categoría analítica, procede del ensayo La loca del desván (1979) escrito por Sandra Gilbert y Susan Gubar. Su punto de partida era una relectura de las escritoras del siglo XIX, tomando como eje central la figura de Bertha Mason (atención: spoiler), el personaje que Charlotte Brontë encerró en una habitación de la tercera planta de Thornfield Hall en Jane Eyre (1847). Gilbert y Gubar plantearon que esa presencia oculta y despojada de humanidad, violenta incluso, no era en realidad un recurso literario para generar suspense gótico; acaso una suerte de reflejo distorsionado de la propia protagonista, de Jane. Así pues, el desván no albergaba un monstruo ajeno a las mujeres de la casa, a las lectoras o incluso a otras escritoras, y podía leerse en realidad como un espejo oscuro en el que se confinaba la rabia que Jane no podía expresar sin tapujos.

¿Es esto posible? Entonces, ¿qué nos dice esta dualidad? Que la literatura femenina del siglo XIX, cómo no, estuvo marcada por las exigencias de su tiempo. Por eso, como la sociedad victoriana quería que las mujeres encajaran sí o sí en el molde puro y dócil del «ángel del hogar» —esa figura idealizada de la esposa abnegada, devota y vaciada de cualquier deseo propio—, la literatura gótica las ayudó a saltarse, en cierto modo, parte de ese tópico. Este género les ofreció un espacio desde el que representar aquello que la moral oficial intentaba mantener bajo control. El ángel y la loca podían ser, pues, dos caras de una misma moneda. Mientras la mujer ideal habitaba los salones iluminados y mostraba una estudiada pasividad, su reverso gótico encarnaba la pasión, la furia ante el encierro —físico, pero sobre todo mental— y el deseo de una libertad que tanto las leyes como las costumbres limitaban, si no prohibían directamente. El desván era, por tanto, la prisión física de los cuerpos rebeldes y, a su vez, el espacio simbólico en el que se confinaban los deseos insumisos.

Ilustración para La mujer de blanco, una litografía de Thomas Eyre Macklin

La fuerza de este mito radica, entonces, en su capacidad de traspasar los límites de las tramas de misterio para contar una realidad, tanto médica como social, en la que la enfermedad mental femenina estaba muy condicionada por las ideas de género de aquel momento. Esto es, por ejemplo, la histeria, que fue una categoría médica que durante el siglo XIX se asoció con insólita frecuencia a la imagen de la mujer y de su cuerpo. Además, en aquellos abriles, algunas instituciones psiquiátricas también recibían a mujeres cuya situación familiar, económica o social las había colocado en una posición de especial vulnerabilidad. ¿De qué situación hablo? De pobreza, falta de redes familiares, conductas consideradas «inadecuadas» para los estrechos márgenes del ideal femenino, así como conflictos matrimoniales. En no pocas ocasiones, el internamiento podía convertirse en una  herramienta de control para apartar a una esposa incómoda por cuestiones patrimoniales o amorosas, un temor que Wilkie Collins convirtió en materia de ficción en La dama de blanco (1859-1860).

Desde esta perspectiva, resulta cuando menos fascinante ver cómo la novela gótica captó este terror psicológico y lo adaptó a lo que esas mujeres sentían. Estancias cerradas con llave, pasadizos angostos y secretos familiares que no eran meros ornamentos escenográficos, pues podían convertirse en representaciones del aislamiento y de las restricciones impuestas a las mujeres que osaban disentir del mandato social.

Este cautiverio simbólico cruzó fronteras y reinados —demostrando que la reclusión de la identidad femenina no fue un fenómeno exclusivo de la Gran Bretaña victoriana—, y encontró una de sus formas más crudas en el relato estadounidense El papel pintado amarillo (1892), de Charlotte Perkins Gilman. En sus páginas, la protagonista es confinada por su propio esposo —médico de profesión— en una habitación de la planta superior bajo el pretexto de una cura de reposo. La mujer tiene prohibido trabajar y escribir, aunque continúa haciéndolo a escondidas. La imposibilidad de desarrollar cualquier actividad intelectual, unida al aislamiento, en lugar de ayudarla a mejorar, agrava su estado hasta desembocar en una ruptura total con la realidad. Al final del relato (atención spoiler), la protagonista arranca el papel de las paredes porque cree distinguir detrás de él a una mujer atrapada con la que se identifica. Gilman nos enseñó que el famoso desván victoriano no necesita fantasmas para destruir a una mujer, ya que bastaba con el encierro impuesto en nombre, verbigracia, de la ciencia o del cuidado conyugal. El relato bebe de la propia experiencia de la autora, quien sufrió los estragos de este asfixiante tratamiento médico tras el nacimiento de su hija.

Ilustración de 'La dama de blanco' (Wilkie Collins) por Sir John Gilbert 1861

Fueron muchas las escritoras del siglo XIX que recurrieron al gótico para dar forma literaria a conflictos que estaban presentes en sus propias vidas. Escondida en una habitación, en un desván o detrás de una puerta cerrada, la mujer podía gritar, romper cosas e incluso prender fuego a la propiedad del hombre, y llevar a cabo así una suerte de venganza poética. Escribir al monstruo era una manera de dar forma a la disidencia interna que la respetabilidad exigía mantener bajo control.

Así, pues, el mito de «la loca del desván» con frecuencia nace del reverso de una sociedad preocupada en exceso por controlar la conducta femenina, y a la que le parecía más sencillo convertir en monstruosa a una mujer que asumir lo que en verdad su desobediencia revelaba.

Y aunque los desvanes y las llaves de forja parecen pertenecer al pasado, este mito nos plantea, sin embargo, temas incómodos sobre nuestro hoy, porque nos obliga a cuestionar bajo qué nuevos conceptos —mala madre, mujer conflictiva o la etiqueta de la inestabilidad emocional— seguimos intentando recluir y silenciar a aquellas que se niegan a encajar en el orden establecido. Al fin y al cabo, cuando una habitación se cierra desde fuera, lo que convendría preguntarse es quién decidió que la mujer encerrada dentro estaba loca y quién tenía interés en que nadie escuchara lo que tenía que decir.

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