La institutriz: retrato de una de las figuras más ambiguas e incómodas de la sociedad victoriana

Hay personajes que aparecen una y otra vez en la literatura victoriana, cuya presencia dice más sobre la sociedad que los creó que sobre las propias historias en las que son protagonistas. Por ejemplo, la institutriz que vive bajo el mismo techo que la familia, educa a sus hijos y comparte parte de su vida cotidiana, pero nunca llega a formar parte de ese hogar. Tampoco pertenece al servicio como tal, aunque conviva con él. Su lugar está en un espacio intermedio en el que las diferencias de clase y de género se hacen particularmente visibles.

La proliferación de las institutrices fue consecuencia, en gran medida, de los cambios sociales que experimentó Gran Bretaña durante el siglo XIX. El crecimiento de la burguesía hizo que cada vez más familias acomodadas quisieran ofrecer una educación refinada a sus hijas sin tener que enviarlas para ello a un internado. La solución fue entonces contratar a una mujer culta que enseñara idiomas, música, dibujo, literatura y, por supuesto, buenas maneras. Para muchas jóvenes de clase media (o de clase acomodada venidas a menos), convertirse en institutriz fue una forma, de las pocas que existían, de ganarse la vida sin perder el respeto de la sociedad.

Era un trabajo considerado respetable, aunque pocas veces resultaba sencillo, pues la institutriz dependía por completo de la familia que la contrataba. Era una dependencia absoluta que condicionaba toda su vida laboral y personal. Su salario no era alto, apenas le permitía ahorrar, y su estabilidad era, entonces, bastante frágil. Bastaba con que los hijos terminaran su educación, la familia redujera gastos o cambiara de residencia para que la muchacha se quedara sin empleo. También sin casa propia ni patrimonio. Muchas pasaban años enlazando una familia con otra y dependiendo de las cartas de recomendación de sus antiguos empleadores para encontrar un nuevo destino.

Existía en todo esto una clara contradicción, ya que su función consistía en preparar a las hijas de la burguesía para ocupar un lugar privilegiado dentro de la sociedad, aunque ellas mismas nunca pudieran aspirar a él. Eran mujeres con educación y modales, pero no fortuna ni posición social. Demasiado refinadas para compartir la vida del servicio y a la vez demasiado pobres para ser aceptadas como una igual por la familia que las empleaba. Es por eso que solían comer solas o en horarios distintos y rara vez participaban de la vida social de la casa, pues debían mantener siempre una discreta distancia con quienes las rodeaban. Estaban presentes en el día a día de la familia y a la vez permanecían al margen de ella. Como si fueran una especie única de fantasma.

La precariedad de muchas institutrices y su devenir tan incierto fueron algunas de las razones por las que en 1843 se creó en Londres la Governesses’ Benevolent Institution (Institución Benéfica para Institutrices). Era una organización destinada a ayudar a quienes enfermaban, envejecían o perdían su empleo, y su existencia dice mucho sobre la vulnerabilidad de una profesión considerada respetable, si bien escasamente protegida.

De esta suerte, no es casual que muchas escritoras que conocieron esa realidad de primera mano antes de dedicarse por completo a la literatura —como es el caso de Charlotte y Anne Brontë—usaran la experiencia en sus obras. Aquel trabajo les permitió observar desde dentro las jerarquías domésticas y las contradicciones de una sociedad que concedía a las mujeres educación suficiente para formar a otros, mas no la independencia necesaria para dirigir sus propias vidas. Curioso, ¿verdad? Y a mi juicio, cruel.

Así, no tardó en convertirse, claro está, en uno de los grandes personajes de la literatura del siglo XIX, ya que su posición resultaba privilegiada. Vivía dentro de la casa, conocía la intimidad de la familia y era testigo de sus conflictos. Esa condición de observadora la hacía especialmente atractiva para los novelistas; ayer y hoy.

The Turn of the Screw, parte 1 publicada como serie en Collier's de enero a abril de 1898

En Jane Eyre (1847), Charlotte Brontë convirtió a una institutriz en protagonista de una novela que cuestionaba muchos de los valores de su tiempo. Jane no posee una belleza singular y tampoco es rica. Ella reclama algo en apariencia más sencillo como es la igualdad y, precisamente por ello, más difícil. Lo que quería era ser tratada con la misma dignidad intelectual y moral que cualquier hombre. Una revolución en toda regla. Si bien la historia de amor con el señor Rochester ha terminado ocupando gran parte del imaginario popular, la verdadera fuerza de la novela está en la defensa de una mujer que se niega a sacrificar su conciencia por seguridad o comodidad.

Ese mismo año, Anne Brontë publicó Agnes Grey, una obra mucho más cercana a la experiencia cotidiana de tantas institutrices victorianas. La hermana pequeña de las Brontë, sin apenas concesiones al romanticismo, retrató el desgaste de una joven obligada a soportar el desprecio de unos niños malcriados y la indiferencia de unos padres que apenas reconocen su autoridad. Más que una novela de aprendizaje, en realidad Agnes Grey puede leerse como el testimonio de una profesión tan respetada en la teoría como precaria en la práctica.

La literatura tampoco retrató a todas las institutrices de la misma manera, por supuesto, y como ejemplo tenemos a Becky Sharp, la inolvidable protagonista de La feria de las vanidades (1847-1848), de William Makepeace Thackeray, que comienza su trayectoria como institutriz, pero está muy lejos del ideal de humildad y sacrificio que la sociedad esperaba de estas mujeres. Inteligente, ambiciosa y dispuesta a ascender socialmente, Becky sirve como ejemplo de cómo la literatura utilizó esta figura para cuestionar algunas de las normas de su tiempo. Su personaje prueba que la institutriz podía ser también una mujer compleja, ambiciosa y digamos que moralmente ambigua, muy lejos del modelo de discreción y docilidad que defendía la sociedad victoriana.

La literatura gótica encontró igualmente en la institutriz una protagonista ideal. Su posición le permitía recorrer todos los espacios de la casa, conocer los secretos familiares y observar lo que otros personajes ignoraban. En Otra vuelta de tuerca (1898), de Henry James, una joven institutriz aislada en una mansión rural cree enfrentarse a una serie de apariciones inquietantes. Más de un siglo después (atención: spoiler) seguimos sin saber si contempla auténticos fantasmas o si asistimos al progresivo deterioro de su mente. Esa incertidumbre funciona precisamente porque la protagonista vive aislada y privada de cualquier red de apoyo.

Con el tiempo, los cambios en la educación y la incorporación de las mujeres a nuevas profesiones hicieron que la figura de la institutriz fuera poco a poco desapareciendo. Sin embargo, continúa despertando interés, sobre todo en las mentes inquietas enamoradas de la literatura victoriana, porque representa una forma muy concreta de invisibilidad. Era una mujer instruida que podía ganarse la vida gracias a su formación y, aun así, seguía ocupando un lugar ambiguo dentro de la sociedad.

Quizá por eso sigue apareciendo, como he dicho al inicio de este artículo, una y otra vez en la literatura, y no como un simple personaje literario del siglo XIX, pues es el reflejo de una pregunta que todavía hoy conserva parte de su vigencia. ¿Qué ocurre cuando una mujer posee educación, inteligencia y criterio propios, pero el mundo sigue empeñado en definirla por el lugar que ocupa en la vida de los demás?

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