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AgendaLiteraturaPensamiento

Uve Magazine nº 5 y «Los fantasmas olvidados» ya a la venta

by Uve Magazine 01/11/2026
written by Uve Magazine

Uve Magazine incorpora a su catálogo dos nuevas publicaciones impresas: Deshielo, floración y vendimia, el quinto número de la revista, y Los fantasmas olvidados, una edición especial que reúne los artículos de la escritora Verónica García-Peña. Ambas publicaciones ya están disponibles para su compra.

El otoño nos ha dejado dos publicaciones que teníamos muchas ganas de compartir con nuestros lectores. Por un lado, el quinto número de Uve Magazine, que continúa nuestro recorrido por la literatura, el arte y la cultura a través de entrevistas y colaboraciones. Por otro, Los fantasmas olvidados, un monográfico que recupera en papel una de las series que hemos publicado en nuestra edición digital y que, gracias a la escritura de Verónica García-Peña, nos invita a recorrer algunos de los lugares donde todavía sobreviven historias que el tiempo parecía haber borrado.

Con estas dos ediciones seguimos apostando por la revista impresa, por el trabajo de nuestros colaboradores y por la posibilidad de reunir en papel contenidos a los que merece la pena regresar.

Deshielo, floración y vendimia, el quinto número de Uve Magazine

El número 5 toma su título de los ciclos de la naturaleza, aunque sus páginas se ocupan también de los cambios que experimentamos las personas y de las historias que permanecen mientras todo lo demás se transforma. La literatura vuelve a tener un espacio importante, con un artículo de Verónica García-Peña dedicado a la figura del «ángel del hogar» y a la influencia que este ideal femenino ejerció sobre generaciones de mujeres.

Entre sus contenidos encontramos una entrevista al escritor y geólogo Jorge Ordaz, realizada por Beatriz Menéndez Alonso, en la que conversan sobre literatura, ciencia y mitología. La autora también nos acerca a Flores La Plaza, un establecimiento de Cangas del Narcea que cumple cuarenta años y cuya historia permite conocer el trabajo de quienes han dedicado buena parte de su vida a mantener un negocio familiar.

La música llega de la mano de Juan Manuel Moretti, cantante y compositor de la banda argentina Estelares, a quien Sandra Márquez entrevista coincidiendo con su gira europea y la publicación de Los Lobos. La conversación recorre más de treinta años de trayectoria musical, desde los primeros discos hasta su relación actual con las canciones y el público.

Completa esta entrega Juegos Olímpicos, un relato de Marta Pastur Rubio que nos acerca a la infancia y a esas relaciones familiares que, contempladas desde la distancia, adquieren significados diferentes.

El número incluye también una selección musical de Frecuencia Uve para acompañar su lectura.

Deshielo, floración y vendimia

  • Textos y colaboraciones: Marta Pastur, Sandra Márquez, Verónica García-Peña y Beatriz Menéndez Alonso.

  • Fotografías: José Antonio Pernia López, Martín Bonetto e iStock.

  • Ilustración, cubierta y contracubierta: Sandra Márquez.

  • Corrección: Susana Martí.

  • Diseño y edición: Uve Books.

  • ISBN: 979-13-992255-5-6.

Los fantasmas olvidados, las historias de Verónica García-Peña reunidas en papel

La segunda de nuestras novedades es Los fantasmas olvidados, un especial dedicado a la serie de artículos que Verónica García-Peña ha publicado en Uve Magazine. A lo largo de sus entregas, la escritora ha recorrido pueblos abandonados, antiguos sanatorios, hoteles y otros escenarios en los que la historia documentada convive con las leyendas que se han transmitido durante generaciones.

Sus textos parten de la figura del fantasma para hablar del temor a desaparecer de la memoria de los demás. Los lugares que visita conservan las huellas de quienes los habitaron, aunque sus nombres hayan desaparecido de los registros o apenas sobrevivan en algún relato popular. De ahí que el olvido termine convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas de la publicación.

Reunir estos artículos en una misma edición permite seguir el recorrido completo de una serie que los lectores habían conocido hasta ahora a través de entregas independientes. El monográfico ofrece así la oportunidad de regresar a esas historias y descubrir las relaciones que existen entre ellas, desde los espectros asociados a edificios abandonados hasta las leyendas de quienes parecen negarse a abandonar el mundo de los vivos.

La publicación llega después de las presentaciones celebradas en Gijón y Oviedo, donde tuvimos ocasión de conversar con Verónica García-Peña sobre sus textos y sobre la importancia que concede a la memoria en su escritura.

Dos publicaciones que ya puedes conseguir

Tanto el número 5 de Uve Magazine como el especial Los fantasmas olvidados se encuentran ya a la venta. Quienes quieran descubrir sus contenidos o incorporar ambas publicaciones a su biblioteca pueden hacerlo a través de nuestra web.

Seguimos trabajando para que Uve Magazine tenga una vida que vaya más allá de la pantalla, con nuevas ediciones impresas y encuentros que nos permitan compartir la literatura y la cultura con nuestros lectores.

Gracias por acompañarnos, por leer la revista y por hacer posible que sigamos publicando.

01/11/2026 0 comments
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En cortoEntrevistasSin categoría

Verónica García-Peña: «El mayor miedo que tengo es el olvido»

by Emain Juliana 22/10/2026
written by Emain Juliana

La escritora Verónica García-Peña acaba de recibir el premio del II Certamen de Microrrelatos de Carreño por La historia de esos nombres, una narración en la que la memoria ocupa un lugar central. Dos veces finalista del Premio Planeta, autora de novelas, relatos y ensayos, García-Peña ha desarrollado una obra en la que el pasado, las ausencias y las historias que corren el riesgo de desaparecer adquieren especial importancia.

Con motivo de este reconocimiento y de la próxima publicación del monográfico Los fantasmas olvidados, que reúne los artículos escritos para Uve Magazine, charlamos con ella sobre los premios literarios, las exigencias de la escritura breve y esa persistente preocupación por aquello que dejamos de recordar.

Acabas de ganar el II Certamen de Microrrelatos de Carreño con La historia de esos nombres. El jurado ha destacado el tratamiento de la identidad y la memoria. ¿Qué historia hay detrás de esos nombres y por qué decidiste contarla mediante un microrrelato?

Me presenté a este concurso porque, en su momento, me enviaron las bases para que las compartiera en redes sociales y ayudara con su difusión. También me animaron a participar, aunque inicialmente no tenía intención de hacerlo. Llevaba muchísimos años sin presentarme a un certamen literario y, poco a poco, empezó a rondarme la idea.

Cuando leí detenidamente las bases, comenzó a tomar forma una historia que tenía en la cabeza y que fue creciendo hasta que finalmente la escribí.

El relato trata sobre la memoria y sobre unos nombres, porque el mayor miedo que tengo es el olvido. Es algo que suele estar muy presente en mis textos y este caso no es una excepción. La historia de esos nombres es, en realidad, la historia de su memoria.

Hay una protagonista que bien podría llamarse Penélope y que recoge todos esos nombres en un cuaderno. No quiero desvelar demasiado, porque acabaría estropeando el microrrelato, pero, en esencia, habla de la necesidad de no olvidar.

 Has sido finalista del Premio Planeta en dos ocasiones, has publicado novelas, relatos y ensayos, y ahora recibes un premio por una narración brevísima. ¿Cómo afrontas un formato tan diferente?

En el fondo no deja de ser contar una historia, aunque resulta más difícil porque tienes que hacerlo con muchas menos palabras.

Es necesario construir una historia completa o, al menos, conseguir que se comprenda en su totalidad. En una novela puedes dedicar todas las páginas que necesites a una descripción, recrearte en determinados aspectos o desarrollar los acontecimientos con mayor amplitud. En un microrrelato tienes que medir muy bien las palabras, cómo las utilizas y, sobre todo, dominar la elipsis.

Siempre he considerado este tipo de ejercicios un reto. Es una forma de demostrarte que eres capaz de construir una historia que llegue al lector dentro de unas condiciones determinadas.

En mi caso fue un desafío, pero también una oportunidad, porque llevaba tiempo dando vueltas a esa historia y, cuando comprobé que empezaba a tomar forma, me produjo una gran satisfacción.

¿Qué lugar ocupa este reconocimiento en tu trayectoria profesional?

Me hace muchísima ilusión. He sido finalista en numerosos certámenes, pero nunca había ganado uno. Este es el primero.

Además, viene del concejo de Carreño, donde siempre me han tratado muy bien y me han invitado a participar en sus actividades. Les estoy muy agradecida y, por eso, este reconocimiento tiene para mí un significado especial.

También hay algo que considero importante: se trata de un certamen de un concejo relativamente pequeño. Lo comenté el día que recibí el premio y sigo pensándolo. A veces prestamos demasiada atención a los grandes premios y a las grandes ciudades, mientras olvidamos lo que sucede en los lugares más pequeños.

¿Crees que los premios tienen una repercusión real en la carrera de un escritor?

Creo que depende. Hay dos tipos de repercusión: la pública y la privada.

En el ámbito personal, cualquier premio tiene importancia, independientemente de su dimensión. En cuanto a la repercusión pública, es evidente que los premios más conocidos ofrecen mayor visibilidad, porque aparecen en los medios de comunicación y reciben más atención.

Pero, en mi caso, ambos reconocimientos son igual de importantes.

Un escritor pasa buena parte de su vida trabajando en soledad. Después publica sus textos, que pueden tener una acogida mejor o peor, tanto entre los lectores como en el mercado. Y el mercado está como está: somos cientos de miles de personas escribiendo.

Cuando recibes un premio, sientes que se reconoce algo más que un texto concreto. Para llegar a escribirlo has necesitado años de lecturas, de escritura y de aprendizaje. Hay todo un bagaje detrás.

Por eso considero que, aunque formalmente se premie un relato, también se está reconociendo una manera de escribir, una voz literaria y una forma de contar las cosas. Y, naturalmente, emociona que se reconozca tu trabajo.

En tu obra aparece con frecuencia la preocupación por el olvido. ¿De dónde procede ese interés por recuperar personajes y acontecimientos que parecen condenados a desaparecer de la memoria?

Desde hace algún tiempo tengo la sensación de que todo se ha vuelto extraordinariamente efímero. Todo parece volátil, como si nuestra memoria funcionara igual que la memoria RAM de un ordenador.

Hay cosas que inevitablemente tienen que desaparecer, porque la vida es así, pero otras no tendrían por qué hacerlo. Me preocupa que olvidemos los recuerdos y las vidas de quienes nos precedieron.

Últimamente he reflexionado mucho sobre algo que guarda relación con esta cuestión: la manera en la que hemos cambiado nuestra relación con la muerte y, particularmente, con los enterramientos.

A veces pienso que el capitalismo también ha terminado por introducirse en la muerte. Es como si, en el futuro, solo quienes dispongan de suficientes recursos económicos pudieran conservar su historia en los cementerios. Incluso eso es relativo, porque mantener una sepultura implica unos gastos que, en algún momento, quizá nadie pueda asumir. Finalmente, los restos acaban trasladándose a un osario.

Todo esto me produce una profunda tristeza.

También pienso en la arquitectura y en la cultura de los cementerios, que constituyen un patrimonio extraordinario. Existe una riqueza artística e histórica que merece ser conservada y que parece haber dejado de desarrollarse de la misma manera.

En Los fantasmas olvidados has recorrido escenarios muy diferentes: hospitales, hoteles, pueblos abandonados y embalses. Sin embargo, tus artículos no pretenden demostrar la existencia de los fantasmas. ¿Qué te interesa realmente de estas historias y por qué elegiste el fenómeno espectral como asunto de la sección?

Porque, una vez más, volvemos al recuerdo. Los fantasmas, en muchos casos, no dejan de ser recuerdos.

Existen porque nosotros los recordamos, porque una ciudad conserva su historia o porque aparecen en los libros. En el momento en que dejamos de hablar de ellos, comenzamos a olvidarlos.

Cuando nadie habla de Belchite, de lo que sucedió en determinado hotel o de que bajo las aguas de un pantano permanece un pueblo entero, incluido su cementerio, esas historias empiezan a desaparecer de la memoria colectiva.

Los fantasmas representan, en ocasiones, nuestras propias vivencias pasadas y nuestra historia.

Por eso, estos fantasmas son una forma de reivindicar nuestro pasado, tanto si permanece bajo el agua como si se encuentra en un páramo o en los antiguos teatros que ya no existen.

 ¿Crees que inventamos fantasmas porque nos resulta insoportable aceptar que una persona pueda desaparecer sin dejar absolutamente nada?

Creo que, en parte, sí. Me parece que es una manera de conseguir que quienes han desaparecido continúen, de algún modo, entre nosotros.

Incluso cuando alguien afirma que no cree en los fantasmas, en el más allá o en cualquier forma de existencia posterior a la muerte, pienso que en el fondo puede encontrar cierto consuelo en la posibilidad de que esas cosas existan.

De alguna manera, creer en ello supone imaginar que nosotros mismos podremos disfrutar de una segunda oportunidad, que existe algo más allá de la vida que conocemos.

Aquí entraríamos en cuestiones filosóficas relacionadas con la mente, el alma o la naturaleza de nuestra existencia.

Creo que las personas tienen miedo a la muerte y, especialmente, a la posibilidad de que represente el final definitivo de todo. Por eso construimos otras explicaciones o aceptamos la posibilidad de que existan realidades diferentes, como sucede con los fantasmas.

Al fin y al cabo, ocurre algo semejante con las creencias en el cielo y el infierno.

Cuando escribes sobre la habitación 712 del parador de Cardona o sobre los antiguos pueblos sumergidos, conviven sucesos históricos, testimonios y leyendas. ¿Cómo trabajas con esas fuentes?

Lo curioso de estas historias es que, en muchas ocasiones, forman parte de los atractivos turísticos de los lugares en los que sucedieron. Por eso existe bastante información en las propias instituciones, en las páginas de turismo y en otras fuentes locales.

A partir de ahí, reviso la documentación y procuro distinguir entre los hechos que aparecen registrados y aquello que procede de testimonios, rumores o tradiciones.

Cuando no puedo determinar si algo es real, cito la fuente. Y si introduzco una interpretación personal o adopto un enfoque más narrativo, también procuro dejarlo claro.

Además, muchos de estos fenómenos han tenido bastante presencia en los medios de comunicación. Existen noticias y testimonios publicados en periódicos, revistas, pódcast e incluso libros.

Tengo varios volúmenes dedicados a la España oculta y a la España macabra en los que aparecen historias de este tipo.

En ese sentido, aunque el trabajo de documentación exige tiempo, existe una cantidad considerable de información. Curiosamente, estos fenómenos están muy registrados y, en ocasiones, resulta más sencillo encontrar referencias sobre ellos que sobre otros asuntos.

¿Has tenido que descartar alguna historia que te pareciera especialmente interesante porque no encontrabas documentación suficiente para respaldarla?

Sí. Recuerdo un caso de la comarca del Alt Camp, en Tarragona, sobre un hombre de 39 años que desapareció mientras recogía setas con tres amigos.

La Guardia Civil lo buscó y el suceso apareció publicado en medios como el Diari de Tarragona y La Vanguardia. Incluso existen atestados relacionados con la desaparición.

Encontraron su cesta de setas y su coche, pero nunca apareció él.

Era una historia muy interesante, aunque finalmente decidí descartarla porque no terminaba de encajar con el planteamiento de Los fantasmas olvidados.

Una desaparición de esas características puede responder a circunstancias muy diferentes. Podría haberse marchado voluntariamente, haber sufrido un accidente o haber sido víctima de un delito.

El caso también aparece recogido en algunas publicaciones sobre lugares malditos de Cataluña, pero me parecía que pertenecía más al ámbito de los sucesos que al de los fenómenos espectrales.

Por eso pensé que podía funcionar mejor como argumento para una novela policíaca o un thriller que como artículo de la sección.

Estamos preparando una edición monográfica dedicada a Los fantasmas olvidados. Hasta ahora, los lectores han conocido estos artículos como entregas independientes. ¿Qué impresión te produce contemplar el recorrido completo de una serie que comenzó con historias muy concretas y acaba preguntándose por la desaparición de la propia memoria?

Cuando comienzo a escribir un artículo, muchas veces no sé si terminará convirtiéndose en una serie. Sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que suelen acabar siéndolo.

Tengo la sensación de que siempre voy abriendo puertas. Comienzo tratando una cuestión concreta y descubro otros aspectos sobre los que me interesa profundizar.

En el caso de los fantasmas, podríamos hablar de ellos de una manera general, pero a mí me parecía importante explorar sus distintas manifestaciones. No es lo mismo el fantasma de un páramo que el de un pueblo o el de una gran ciudad. También cambia la forma en la que se recuerdan los acontecimientos asociados a cada lugar.

Como los artículos se escriben por separado, en ocasiones no descubres el hilo conductor hasta que los tienes todos reunidos. Es entonces cuando comprendes que has estado abordando un mismo asunto a través de protagonistas y escenarios diferentes.

Además, en las series que publico en Uve Magazine, el último artículo suele funcionar como cierre. Me gusta trabajar de esa manera, porque permite completar el recorrido que comenzó con el primer texto.

En realidad, sobre fantasmas podríamos seguir escribiendo indefinidamente, pero había que encontrar una forma de concluir la serie.

Me pareció que hablar del fantasma de un fantasma era una manera original de hacerlo, porque nos lleva precisamente a la cuestión que ha estado presente durante todo el recorrido: qué sucede cuando ni siquiera el propio fantasma es recordado.

¿Hay alguna historia que lleves intentando contar y para la que todavía no hayas encontrado la forma adecuada?

Tengo una historia que todavía no ha encontrado su momento. La historia existe, pero considero que aún no ha llegado el tiempo adecuado para contarla.

También tengo, como supongo que les ocurre a muchos escritores, varias historias comenzadas que en algún momento decidí detener y que permanecen sin concluir.

Hay otra idea que tengo en mente y que estoy convencida de que terminaré escribiendo. No sé cuándo ni quiero establecer una fecha.

Precisamente hablábamos antes de la velocidad a la que parece que tenemos que hacer todo. La gente vive corriendo, pero no se puede escribir de esa manera.

Quiero desarrollar esa historia con tiempo y calma, sin prisas y sin imponerme plazos. La escribiré cuando corresponda.

En cuanto a las historias que uno decide no contar, quizá en algún momento haya descartado alguna por autocensura, porque he pensado que no podía escribirla. Pero no recuerdo ningún caso concreto. Y, si he terminado olvidándolo, probablemente tampoco sería tan importante.

22/10/2026 0 comments
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Eventos

Uve Magazine presentó su quinto número en Flores La Plaza

by Uve Magazine 29/09/2026
written by Uve Magazine

El sábado 26 de septiembre presentamos en Flores La Plaza, en Cangas del Narcea, el quinto número de Uve Magazine: Deshielo, floración y vendimia. La revista sigue el paso de las estaciones para hablar de los cambios en la naturaleza y en nuestras vidas, y reúne literatura, música, entrevistas e historias vinculadas al territorio.

Imagen de José Antonio Pernia López

Flores La Plaza ocupa un lugar especial en este número. Durante la presentación conversamos con Kiti y Alberto sobre los cuarenta años del negocio, sus comienzos y los cambios que han vivido en Cangas. Fue una ocasión para continuar, junto a ellos y al público, ahondando en la historia y el futuro del negocio que habíamos iniciado al preparar el reportaje.

La próxima presentación será el 16 de octubre en La Tercera Palabra. Nos acompañarán Marta Pastur, Jorge Ordaz, Beatriz Menéndez y Sandra Márquez para hablar de sus colaboraciones y de las historias que componen este quinto número. ¡Os esperamos!

Imagen de José Antonio Pernia López
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AgendaEventos

Uve Magazine nº 5: deshielo, floración y vendimia

by Uve Magazine 22/09/2026
written by Uve Magazine

Hay revistas que se construyen alrededor de un tema y otras que, cuando empiezan a tomar forma, encuentran una relación entre textos que en principio parecían ir por caminos distintos. El número 5 de Uve Magazine pertenece a las segundas. Su título, Deshielo, floración y vendimia, terminó apareciendo casi como una consecuencia natural de sus páginas: aquello que cambia, aquello que crece y aquello que, después de un tiempo, está preparado para recogerse.

El número incluye además una playlist propia de Uve Magazine para acompañar esta entrega.

Verónica García-Peña escribe sobre la figura del «ángel del hogar» y sobre todo lo que ese ideal femenino dejó en la literatura y en la vida de muchas mujeres.

Beatriz Menéndez Alonso entrevista a Jorge Ordaz, geólogo y escritor, con quien habla de sus libros, de ciencia, de mitología, de literatura, de Asturias y de los autores que han formado parte de su vida como lector, y visita Flores La Plaza, un establecimiento que cumple cuarenta años en Cangas del Narcea y cuya historia permite hablar de oficio, continuidad y de los cambios que se han producido a su alrededor durante estas cuatro décadas. Imágenes de José Antonio Pernia López.

La música ocupa un lugar importante en este número. Sandra Márquez entrevista a Juan Manuel Moretti, cantante, guitarrista y compositor de Estelares, una de las bandas con una trayectoria más larga de la escena argentina. Coincide con su gira europea y con la publicación de Los Lobos, y recorre más de treinta años de canciones, discos y conciertos.

Moretti habla de cómo han cambiado Estelares y también de todo lo que permanece después de tantos años trabajando juntos: la escritura de las canciones, la relación con el público, los directos, las giras y una forma de entender la música que ha ido creciendo sin perder del todo el vínculo con sus primeros discos.  Imágenes de Martín Bonetto.

Y Marta Pastur Rubio firma Juegos Olímpicos, un relato en el que infancia y códigos familiares construyen una historia que parece sencilla hasta que empieza a mostrar todo lo que guarda detrás.

Todos estos contenidos encuentran un hilo común en Deshielo, floración y vendimia: lo que cambia, lo que crece y lo que, después de un tiempo, puede por fin recogerse.

El próximo 26 de septiembre, a las 12:00 h, presentaremos este nuevo número de Uve Magazine en Flores La Plaza, en Cangas del Narcea.

Nos encantará compartir la mañana con quienes queráis acompañarnos.

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NoticiasPensamiento

La burocracia del bosque

by Sandra Marquez 16/09/2026
written by Sandra Marquez

Otro verano más repetimos las mismas imágenes. Montañas envueltas en humo, vecinos desalojados, brigadas luchando contra frentes imposibles y miles de hectáreas reducidas a cenizas. Cambian los lugares, otros se repiten, aumentan las cifras de hectárias quemadas, pero el relato apenas varía de un año a otro. Hablamos de temperaturas extremas, de olas de calor y del cambio climático, factores que favorecen la propagación del fuego, aunque la mayoría de los incendios tienen un origen humano.

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En cortoEntrevistasEventosMúsicaNoticiasPersonajes

Manuel Moretti (Estelares): “Lo único que me importa es la verdad que esconde una melodía

by Sandra Marquez 05/09/2026
written by Sandra Marquez

Estelares está de gira por Europa presentando Los Lobos, su décimo álbum de estudio: empiezan el 3 de septiembre en Barcelona, dentro de Cosquín Rock, y en cuatro días pasan por Madrid, Londres y Berlín. Aprovechando su paso por Barcelona, hemos hablado con Manuel Moretti, líder y compositor de la banda, sobre la gira, el nuevo disco y treinta años de carrera. Este es un adelanto; la entrevista completa se publicará en el próximo número impreso de Uve Magazine.

Empezáis esta gira europea el 3 de septiembre en Barcelona y, en cuatro días, pasáis por Madrid, Londres y Berlín. ¿Cómo afrontáis una gira tan concentrada y con públicos que, en principio, pueden ser bastante diferentes entre sí?

Manuel Moretti: Mirá, a esta altura de nuestras vidas lo afrontamos, ante todo, con mucha gratitud y como un hermoso juego de resistencia. Es verdad que es una locura: cuatro ciudades en cuatro días, cambiar de hotel, de idioma, de clima mental. Pero el público, en el fondo, no es tan distinto si viene a buscar lo mismo. Nosotros hacemos canciones populares y tanto en Londres como en Berlín tocaremos en salas de 400 personas principalmente para un público argentino. Estelares es una banda de pop-rock que busca la emoción, y la emoción es un lenguaje universal.

La gira llega con Los Lobos, vuestro décimo álbum de estudio. Después de tantos discos, ¿qué tenía que aportar este para que sintierais que valía la pena grabar otro álbum de Estelares?

MM: Cada disco nuevo es, ante todo, una necesidad biológica y de salud mental para mí. Yo compongo todo el tiempo para ganarle a la neurosis, para ordenar el caos que tengo en la cabeza. Los Lobos tenía que aportar frescura y, sobre todo, verdad. No queríamos repetir fórmulas mecánicas. Sentíamos que después de la densidad y el aire apocalíptico de Un mar de soles rojos (que fue un disco muy pandémico), necesitábamos volver a juntarnos como manada a tocar el rock y el pop que nos gusta, con más aire, con más espacio para que respiren los instrumentos.

En tus influencias conviven músicos como Spinetta, Miguel Abuelo o Lou Reed con Leonardo Favio, Roberto Carlos o la tradición de la canción romántica. ¿Te has considerado siempre un músico de rock o te reconoces más como un compositor de canciones?

MM: Yo me reconozco, ante todo y por sobre todas las cosas, como un hacedor de canciones. El rock es una actitud, es una cultura en la que me crié y que me encanta, por supuesto. Adoro a Lou Reed y a Charly García. Pero a mí me conmueve el melodrama, la canción popular melódica. Para mí, Leonardo Favio o Roberto Carlos son tan rockeros y tan inmensos como Spinetta. Lo que yo busco es la melodía perfecta que te estruje el corazón, esa que escuchás en la radio mientras lavás los platos y te hace llorar. Los géneros son etiquetas para las disquerías; a mí lo único que me importa es la verdad que esconde una melodía.

Cuando vuelves a cantar una canción escrita por el Manuel Moretti de hace veinticinco o treinta años, ¿sigues reconociendo a la persona que la escribió o hay momentos en los que te resulta casi ajena?

MM: Es una pregunta muy profunda. Hay momentos en los que me da un poco de pudor o ternura escuchar al Manuel de los 90, porque veo a un tipo roto, desesperado, buscando la salvación a los gritos. A veces me siento ajeno a esa desesperación porque hoy tengo una vida más ordenada, tengo a mis hijas, tengo otra paz. Pero cuando canto esos temas arriba del escenario, la conexión vuelve a ser total. Es como mirar una foto vieja: cambiaste, tenés más arrugas, pero los ojos siguen siendo los mismos.

La entrevista completa a Manuel Moretti, muy pronto, en el próximo número impreso de Uve Magazine.

Imagen de Martín Bonetto

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Historias de dioses y estrellasSeries y columnas

Orión, el gigante que se convirtió en estrellas

by Verónica García-Peña 22/04/2026
written by Verónica García-Peña

La historia del cazador que recorría los océanos antes de que el ser humano soñara con el espacio

¿Qué tienen que ver Artemisa y Orión para haber compartido la última misión de la NASA, la misma que nos ha permitido asomarnos al lado oculto de la Luna? La respuesta es un hilo invisible que une el metal de hoy con una historia de hace milenios.

Según algunas tradiciones, Orión era hijo de Poseidón, dios del mar, y de la gorgona Euríale —una de las tres hijas de las deidades marinas Forcis y Ceto—, conocida por su naturaleza inmortal y su fuerza arrolladora. El nacimiento de Orión fue, pues, el resultado de un idilio que desafiaba el matrimonio del dios del mar con la nereida Anfítrite, una divinidad muy poderosa. De su madre, Orión heredó una naturaleza salvaje y una fuerza descomunal, mientras que de su padre recibió el extraordinario don de caminar sobre las aguas como si estas fueran tierra firme. Dice el estudioso J. Humbert sobre esto que un poeta dejó escrito que «cuando Orión caminaba a través de los mares más profundos, sus hombros sobresalían por encima de las aguas». Esa condición de híbrido lo convirtió, desde el principio, en un ser errante que era mirado con recelo.

Al no encajar en los palacios de su padre ni en las ciudades de los hombres, se convirtió en una suerte de paria que recorría los confines del mundo sin un objetivo claro, hasta que llegó a los dominios de Artemisa. Ella lo eligió para que formara parte de su séquito y le confirió los primeros empleos de su corte, prodigándole claras muestras de su protección bienhechora. Juntos compartieron el silencio de las cacerías nocturnas, unidos por una naturaleza indomable. Homero lo describía en la Odisea como un cazador incansable incluso después de la muerte.

Todo parecía, pues, dicha para el guerrero y la diosa, pero el destino rara vez permite que dos fuerzas tan libres permanezcan juntas. Tal como recogen los versos de Hesíodo, el final del gigante llegó cuando su orgullo superó todos los límites, y su vanidad fue la causa de su ruina. Orión afirmó que era capaz de exterminar a todas las fieras de la tierra porque no había monstruo alguno sobre el cual no pudiera triunfar. Ante tal amenaza, una de las versiones más extendidas dice que Gea —la Madre Tierra—, enfurecida por su jactancia, envió un pequeño escorpión cuya mordedura lo mató.

Tras su muerte, el relato de su ascenso a los cielos se rompe en diferentes interpretaciones. Mientras que el poeta astrónomo Arato de Solos sostiene que la propia Gea decidió colocar a ambos (Orión y Escorpio) en el firmamento para que la persecución fuera eterna, otras fuentes aseguran que el catasterismo (el proceso por el cual un héroe, animal u objeto es transformado en estrella) fue una concesión de Zeus a Artemisa que, desconsolada por la muerte de uno de sus más intrépidos cazadores, le rogó que lo convirtiera en una. El resultado es la silueta de un imponente guerrero que parece congelado en plena batalla y que forma una de las más brillantes constelaciones de nuestro firmamento.

Tiene forma de gigante. Hay puntos de luz que dibujan sus hombros, su cabeza y sus brazos. En uno sostiene una maza —aunque a veces se interpreta como espada— y en el otro una piel de león que, extendida, hace las veces de escudo frente a la constelación de Tauro. También se trazan sus piernas, y en el centro destaca el Cinturón de Orión, tres estrellas alineadas llamadas Alnitak, Alnilam y Mintaka, y que son, quizá, el rasgo más llamativo de nuestro cielo invernal en el hemisferio norte. De este cinturón cuelga su espada, trazada por un grupo de estrellas más tenues.

Allí permanece desde entonces, huyendo siempre del escorpión que lo acecha desde el extremo opuesto del horizonte, porque cuando la constelación de Escorpio sale por el este, la de Orión se oculta por el oeste. No se las puede ver juntas, ya que Orión es una constelación de invierno y Escorpio es una de verano. Y cuando uno fija la mirada en el cielo y descubre a Orión, es casi imposible observarlo sin recordar a Roy Batty en Blade Runner, cuando explicaba cómo había visto naves ardiendo más allá de Orión y rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. No hablaba el replicante de coordenadas astronómicas, aunque también, sino de la frontera final de la memoria y de esas maravillas que pueden acabar perdidas en el tiempo si nadie las recuerda.

En este momento, el rastro de la última misión espacial empieza a desdibujarse de nuestra retentiva, pero Orión sigue ahí arriba. El cazador permanece en su parcela de estrellas, con su maza en alto y su cinturón de fuego, a la espera, tal vez, de que el ser humano se atreva a cruzar el próximo umbral.

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Música

I Took the Road Less Traveled gana dos premios en EE. UU

by Emain Juliana 20/04/2026
written by Emain Juliana

El documental I Took the Road Less Traveled, centrado en la trayectoria del músico cangués Diego Avello, Bull, sigue ampliando su recorrido después de su estreno europeo en el Teatro Conde Toreno de Cangas del Narcea, celebrado el pasado 15 de febrero. La película, dirigida por Budro Partida, reconstruye el itinerario vital y musical del artista desde Asturias hasta Estados Unidos, con paso por México, y pone el foco no solo en su carrera, sino también en el esfuerzo, la emigración y las dificultades de abrirse camino fuera de su lugar de origen.

Ahora, el filme suma además dos nuevos premios que confirman la fuerza de su recorrido. Según ha compartido el propio equipo en redes, I Took the Road Less Traveled acaba de ganar el Best Documentary Feature en AustinIFF y el People’s Choice Award en el Fiesta SATX Film & Music Festival.

La proyección en Cangas tuvo un valor especial por tratarse de la primera presentación europea del documental en la tierra natal de Bull, un gesto cargado de sentido para una historia que parte de la memoria personal y termina convirtiéndose en un relato sobre identidad, perseverancia y fidelidad a una vocación. Uve Magazine ya había destacado además la dimensión internacional del proyecto y su recepción en Estados Unidos, donde el filme había comenzado a reunir atención dentro del ámbito festivalero.

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Vidas en conflicto

Edgar Allan Poe y el precio de la obsesión

by Uve Magazine 28/03/2026
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La vida de Edgar Allan Poe ha sido tantas veces deformada por la leyenda del escritor maldito que resulta fácil olvidar algo esencial: antes que un personaje sombrío de biografía novelesca, Poe fue un autor de una inteligencia rigurosa, un artesano de la forma y un crítico extremadamente consciente de los efectos que quería producir en el lector. Su figura quedó envuelta muy pronto en una visión de decadencia, el alcohol, la pérdida y la muerte, y es cierto que todos esos elementos marcaron su existencia, pero limitarse a ellos impide ver lo más interesante. Poe no fue únicamente un hombre acosado por la desgracia, sino también un escritor que convirtió la inestabilidad material, el duelo, la ansiedad y la conciencia del fracaso en una obra de precisión casi matemática, donde el horror rara vez es un desahogo y suele ser, más bien, una construcción cuidadosamente calculada.

Nació en Boston en 1809 y quedó huérfano siendo todavía un niño. Su padre desapareció pronto y su madre, actriz, murió cuando Poe era muy pequeño. Fue acogido por John y Frances Allan, aunque esa acogida nunca llegó a traducirse en una pertenencia plena. Vivió, por tanto, en una posición ambigua, entre el amparo y la provisionalidad, entre la educación de un joven destinado a integrarse socialmente y la fragilidad del que sabe que ese lugar no le pertenece del todo. La relación con John Allan se deterioró con el tiempo, sobre todo a causa de las deudas, las expectativas frustradas y una incompatibilidad de temperamentos que acabó dejando a Poe sin la estabilidad económica que podría haber cambiado su destino. Esta herida temprana, que mezcla desarraigo afectivo y dependencia material, resulta importante porque en Poe hay siempre personajes al borde del colapso, sujetos que intentan sustentar una identidad o una autoridad mientras todo a su alrededor se descompone.

Su paso por la Universidad de Virginia y más tarde por el ejército no resolvió nada. Arrastró dificultades económicas, tensiones personales y una sensación persistente de no encontrar un lugar duradero en el mundo. Lo decisivo, sin embargo, es que esa precariedad no lo apartó de la literatura, sino que lo obligó a vivir de ella en un momento en que hacerlo en Estados Unidos era poco menos que una condena a la estrechez. Poe trabajó en revistas, corrigió textos, escribió reseñas, cuentos, poemas y ensayos, y lo hizo dentro de un mercado literario inestable y mal pagado, que exigía rapidez, visibilidad y capacidad para atraer lectores. De ahí surgió buena parte de su versatilidad. No solo inventó o fijó recursos narrativos que tendrían continuidad en la literatura posterior, sino que además reflexionó sin descanso sobre qué era un poema, cómo debía construirse un relato breve y de qué manera la unidad de efecto era decisiva para que una obra alcanzara intensidad.

Ese aspecto teórico de Poe suele quedar desplazado por su fama de autor oscuro, cuando en realidad es central. En textos como The Philosophy of Composition o en sus reseñas y comentarios críticos aparece un escritor obsesionado con el control formal, con la economía de medios y con la necesidad de que cada elemento contribuya al resultado final. Puede discutirse hasta qué punto sus explicaciones sobre el proceso de escritura fueron sinceras o estratégicas, pero lo importante es que revelan una conciencia artística nada improvisada. Poe se opone así a la imagen del genio arrebatado que escribe empujado solo por la fiebre o la desgracia. Incluso en sus piezas más delirantes hay cálculo, estructura y una voluntad de exactitud que explica por qué sigue siendo tan legible y tan moderno.

En su poesía, esa mezcla de música, pérdida y artificio alcanza una intensidad muy particular. The Raven es el ejemplo más célebre, pero no conviene reducirlo a una pieza de atmósfera o a un poema de fácil iconografía. En él ya está la teatralidad del duelo, la obsesión verbal, la repetición como mecanismo mental y una voz poética atrapada en su propio deseo de insistir allí donde no hay respuesta posible. Algo parecido ocurre en Annabel Lee, Ulalume o Lenore, donde la muerte de la mujer amada aparece menos como simple motivo romántico que como fijación que organiza el recuerdo y deforma el presente. Es difícil no relacionar esos poemas con la enfermedad y muerte de Virginia Clemm, su esposa, cuya larga agonía marcó profundamente a Poe, pero sería un error leerlos solo como biografía cifrada. Lo que hace importante esa poesía es el modo en que convierte la pérdida en ritmo, insistencia y escena mental, de manera que el lector no contempla únicamente una desgracia, sino una conciencia incapaz de salir de ella.

En la narrativa breve es donde su genio se vuelve más evidente. Poe entendió muy pronto que el cuento no debía ser una novela en miniatura, sino una forma específica, cerrada sobre sí misma, donde cada detalle actuase con intensidad. En relatos como The Fall of the House of Usher, Ligeia, Berenice o The Black Cat, la descomposición física y moral no aparece como un simple catálogo de horrores, sino como el modo en que la mente percibe un mundo que ha dejado de ser estable. Sus narradores suelen estar heridos por la culpa, la obsesión, el miedo o el autoengaño, y precisamente por eso el terror en Poe no depende tanto de monstruos externos como de una percepción alterada, de una sensibilidad que se vuelve incapaz de sostener la realidad sin deformarla. La casa de Usher no es solo un escenario gótico memorable, sino una extensión enfermiza de la conciencia; el corazón que late bajo el suelo en The Tell-Tale Heart no es únicamente un efecto macabro, sino la forma acústica de la culpa.

Ahí reside buena parte de su modernidad. Poe desplaza el centro del espanto desde lo sobrenatural hacia la psicología, aunque nunca renuncie del todo a la ambigüedad. Lo terrible no siempre consiste en que ocurra algo imposible, sino en que la razón empiece a resquebrajarse y el sujeto ya no pueda fiarse ni de lo que ve ni de lo que piensa. Ese camino lo convertiría en una referencia decisiva para la literatura fantástica posterior, para el simbolismo, para el decadentismo e incluso para formas del terror contemporáneo que siguen explorando el deterioro mental como fuente de inquietud.

Pero Poe no solo transformó el relato de terror. También abrió el camino del cuento detectivesco con The Murders in the Rue Morgue, The Mystery of Marie Rogêt y The Purloined Letter, textos en los que Auguste Dupin inaugura una inteligencia analítica que más tarde cristalizaría en Sherlock Holmes y en toda una tradición posterior. Lo notable es que esta invención surge del mismo autor que escribía sobre enterramientos prematuros, criptas y dobles. Lejos de ser facetas incompatibles, ambas revelan una misma obsesión: penetrar en lo oculto, reconstruir un orden invisible, demostrar que el caos puede leerse si se descifra bien la superficie. En Poe conviven así la fascinación por lo irracional y el placer del análisis, la pesadilla y el método, y esa convivencia lo vuelve especialmente rico.

Su vida siguió siendo desordenada y dura. Nunca consiguió verdadera seguridad económica, sus relaciones profesionales fueron tensas, su salud era frágil y su vínculo con el alcohol agravó una vulnerabilidad que ya existía. La muerte de Virginia lo dejó devastado y sus últimos años fueron erráticos. Murió en 1849, en circunstancias todavía discutidas, después de haber sido hallado en muy mal estado en Baltimore. La posteridad, además, quedó condicionada por la campaña hostil de Rufus Griswold, que ayudó a fijar la imagen de Poe como un ser degenerado y autodestructivo, imagen que tardó mucho en corregirse.

Sin embargo, lo verdaderamente perdurable en Poe no es el escándalo biográfico, sino la densidad de una obra que supo convertir la inestabilidad en forma. Fue un escritor que vivió bajo asedio, por las deudas, por el duelo, por la humillación social y por sus propias fracturas, pero que respondió a ese asedio no con desorden expresivo, sino con una disciplina artística extraordinaria. En sus mejores páginas hay belleza, sí, pero una belleza inseparable de la presión, del encierro y del temblor. En Poe, la literatura convierte la pérdida, la obsesión y el miedo en una estructura verbal de gran precisión, donde el desorden de la vida adquiere forma sin desaparecer del todo.

28/03/2026 0 comments
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ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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