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Uve Magazine

Vidas en conflicto

Edgar Allan Poe y el precio de la obsesión

by Uve Magazine 28/03/2026
written by Uve Magazine

La vida de Edgar Allan Poe ha sido tantas veces deformada por la leyenda del escritor maldito que resulta fácil olvidar algo esencial: antes que un personaje sombrío de biografía novelesca, Poe fue un autor de una inteligencia rigurosa, un artesano de la forma y un crítico extremadamente consciente de los efectos que quería producir en el lector. Su figura quedó envuelta muy pronto en una visión de decadencia, el alcohol, la pérdida y la muerte, y es cierto que todos esos elementos marcaron su existencia, pero limitarse a ellos impide ver lo más interesante. Poe no fue únicamente un hombre acosado por la desgracia, sino también un escritor que convirtió la inestabilidad material, el duelo, la ansiedad y la conciencia del fracaso en una obra de precisión casi matemática, donde el horror rara vez es un desahogo y suele ser, más bien, una construcción cuidadosamente calculada.

Nació en Boston en 1809 y quedó huérfano siendo todavía un niño. Su padre desapareció pronto y su madre, actriz, murió cuando Poe era muy pequeño. Fue acogido por John y Frances Allan, aunque esa acogida nunca llegó a traducirse en una pertenencia plena. Vivió, por tanto, en una posición ambigua, entre el amparo y la provisionalidad, entre la educación de un joven destinado a integrarse socialmente y la fragilidad del que sabe que ese lugar no le pertenece del todo. La relación con John Allan se deterioró con el tiempo, sobre todo a causa de las deudas, las expectativas frustradas y una incompatibilidad de temperamentos que acabó dejando a Poe sin la estabilidad económica que podría haber cambiado su destino. Esta herida temprana, que mezcla desarraigo afectivo y dependencia material, resulta importante porque en Poe hay siempre personajes al borde del colapso, sujetos que intentan sustentar una identidad o una autoridad mientras todo a su alrededor se descompone.

Su paso por la Universidad de Virginia y más tarde por el ejército no resolvió nada. Arrastró dificultades económicas, tensiones personales y una sensación persistente de no encontrar un lugar duradero en el mundo. Lo decisivo, sin embargo, es que esa precariedad no lo apartó de la literatura, sino que lo obligó a vivir de ella en un momento en que hacerlo en Estados Unidos era poco menos que una condena a la estrechez. Poe trabajó en revistas, corrigió textos, escribió reseñas, cuentos, poemas y ensayos, y lo hizo dentro de un mercado literario inestable y mal pagado, que exigía rapidez, visibilidad y capacidad para atraer lectores. De ahí surgió buena parte de su versatilidad. No solo inventó o fijó recursos narrativos que tendrían continuidad en la literatura posterior, sino que además reflexionó sin descanso sobre qué era un poema, cómo debía construirse un relato breve y de qué manera la unidad de efecto era decisiva para que una obra alcanzara intensidad.

Ese aspecto teórico de Poe suele quedar desplazado por su fama de autor oscuro, cuando en realidad es central. En textos como The Philosophy of Composition o en sus reseñas y comentarios críticos aparece un escritor obsesionado con el control formal, con la economía de medios y con la necesidad de que cada elemento contribuya al resultado final. Puede discutirse hasta qué punto sus explicaciones sobre el proceso de escritura fueron sinceras o estratégicas, pero lo importante es que revelan una conciencia artística nada improvisada. Poe se opone así a la imagen del genio arrebatado que escribe empujado solo por la fiebre o la desgracia. Incluso en sus piezas más delirantes hay cálculo, estructura y una voluntad de exactitud que explica por qué sigue siendo tan legible y tan moderno.

En su poesía, esa mezcla de música, pérdida y artificio alcanza una intensidad muy particular. The Raven es el ejemplo más célebre, pero no conviene reducirlo a una pieza de atmósfera o a un poema de fácil iconografía. En él ya está la teatralidad del duelo, la obsesión verbal, la repetición como mecanismo mental y una voz poética atrapada en su propio deseo de insistir allí donde no hay respuesta posible. Algo parecido ocurre en Annabel Lee, Ulalume o Lenore, donde la muerte de la mujer amada aparece menos como simple motivo romántico que como fijación que organiza el recuerdo y deforma el presente. Es difícil no relacionar esos poemas con la enfermedad y muerte de Virginia Clemm, su esposa, cuya larga agonía marcó profundamente a Poe, pero sería un error leerlos solo como biografía cifrada. Lo que hace importante esa poesía es el modo en que convierte la pérdida en ritmo, insistencia y escena mental, de manera que el lector no contempla únicamente una desgracia, sino una conciencia incapaz de salir de ella.

En la narrativa breve es donde su genio se vuelve más evidente. Poe entendió muy pronto que el cuento no debía ser una novela en miniatura, sino una forma específica, cerrada sobre sí misma, donde cada detalle actuase con intensidad. En relatos como The Fall of the House of Usher, Ligeia, Berenice o The Black Cat, la descomposición física y moral no aparece como un simple catálogo de horrores, sino como el modo en que la mente percibe un mundo que ha dejado de ser estable. Sus narradores suelen estar heridos por la culpa, la obsesión, el miedo o el autoengaño, y precisamente por eso el terror en Poe no depende tanto de monstruos externos como de una percepción alterada, de una sensibilidad que se vuelve incapaz de sostener la realidad sin deformarla. La casa de Usher no es solo un escenario gótico memorable, sino una extensión enfermiza de la conciencia; el corazón que late bajo el suelo en The Tell-Tale Heart no es únicamente un efecto macabro, sino la forma acústica de la culpa.

Ahí reside buena parte de su modernidad. Poe desplaza el centro del espanto desde lo sobrenatural hacia la psicología, aunque nunca renuncie del todo a la ambigüedad. Lo terrible no siempre consiste en que ocurra algo imposible, sino en que la razón empiece a resquebrajarse y el sujeto ya no pueda fiarse ni de lo que ve ni de lo que piensa. Ese camino lo convertiría en una referencia decisiva para la literatura fantástica posterior, para el simbolismo, para el decadentismo e incluso para formas del terror contemporáneo que siguen explorando el deterioro mental como fuente de inquietud.

Pero Poe no solo transformó el relato de terror. También abrió el camino del cuento detectivesco con The Murders in the Rue Morgue, The Mystery of Marie Rogêt y The Purloined Letter, textos en los que Auguste Dupin inaugura una inteligencia analítica que más tarde cristalizaría en Sherlock Holmes y en toda una tradición posterior. Lo notable es que esta invención surge del mismo autor que escribía sobre enterramientos prematuros, criptas y dobles. Lejos de ser facetas incompatibles, ambas revelan una misma obsesión: penetrar en lo oculto, reconstruir un orden invisible, demostrar que el caos puede leerse si se descifra bien la superficie. En Poe conviven así la fascinación por lo irracional y el placer del análisis, la pesadilla y el método, y esa convivencia lo vuelve especialmente rico.

Su vida siguió siendo desordenada y dura. Nunca consiguió verdadera seguridad económica, sus relaciones profesionales fueron tensas, su salud era frágil y su vínculo con el alcohol agravó una vulnerabilidad que ya existía. La muerte de Virginia lo dejó devastado y sus últimos años fueron erráticos. Murió en 1849, en circunstancias todavía discutidas, después de haber sido hallado en muy mal estado en Baltimore. La posteridad, además, quedó condicionada por la campaña hostil de Rufus Griswold, que ayudó a fijar la imagen de Poe como un ser degenerado y autodestructivo, imagen que tardó mucho en corregirse.

Sin embargo, lo verdaderamente perdurable en Poe no es el escándalo biográfico, sino la densidad de una obra que supo convertir la inestabilidad en forma. Fue un escritor que vivió bajo asedio, por las deudas, por el duelo, por la humillación social y por sus propias fracturas, pero que respondió a ese asedio no con desorden expresivo, sino con una disciplina artística extraordinaria. En sus mejores páginas hay belleza, sí, pero una belleza inseparable de la presión, del encierro y del temblor. En Poe, la literatura convierte la pérdida, la obsesión y el miedo en una estructura verbal de gran precisión, donde el desorden de la vida adquiere forma sin desaparecer del todo.

28/03/2026 0 comments
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ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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Literatura

La Tribuna y la promesa de la revolución

by Emain Juliana 27/02/2026
written by Emain Juliana

Cuando Emilia Pardo Bazán publica La Tribuna en 1883, decide situar la acción en los años que rodean la Revolución de 1868 porque en ese momento histórico se extendió la idea de que la política podía transformar la vida de la gente común. Antes de que el levantamiento obligara a abandonar el trono a Isabel II, el país llevaba tiempo atravesando un desgaste político que había erosionado la confianza en el sistema constitucional, cuyo funcionamiento dependía de una alternancia pactada entre facciones que manipulaban los procesos electorales y restringían la participación a quienes cumplían determinados requisitos económicos.

A medida que avanzaba la década de 1860, el descontento político se unió a una crisis económica que afectó con fuerza a las ciudades y que dejó claro que el sistema no ofrecía seguridad ni estabilidad para buena parte de la población. En ese contexto comenzó a organizarse una oposición que reunía a grupos distintos pero que coincidía en una idea básica: el régimen estaba agotado y era necesario iniciar un proceso que ampliara la representación política. El Pacto de Ostende fue el paso decisivo para coordinar esa estrategia y preparó el levantamiento de septiembre de 1868, que muchos interpretaron como la oportunidad real de cambiar el rumbo del país.

La Constitución de 1869 estableció el sufragio universal masculino y reconoció libertades que ampliaron el debate público. Por primera vez, muchos hombres que habían quedado fuera del sistema podían participar formalmente en la vida política. Las mujeres, en cambio, seguían excluidas del voto, pero la revolución extendió la idea de que el cambio era posible, aunque el poder siguiera concentrado en los mismos espacios de siempre.

Pero ¿de qué va La Tribuna?

«En una ciudad portuaria del norte de España, Amparo, joven cigarrera de carácter vehemente y gran facilidad de palabra, se convierte en líder espontánea de sus compañeras de fábrica en los años convulsos que preceden a la Primera República. Su fe apasionada en la igualdad, la justicia social y la República federal crece al mismo tiempo que su relación con Baltasar Sobrado, un burgués que la desea pero no está dispuesto a reconocerla como igual. Cuando Amparo queda embarazada y es abandonada, la distancia entre los ideales revolucionarios y la realidad social se vuelve irreparable. Emilia Pardo Bazán construye una novela lúcida y amarga sobre clase, género y poder, donde la proclamación de la República no supone la redención personal ni colectiva, sino un nuevo escenario para viejas injusticias».

En ciudades como A Coruña, donde la Fábrica de Tabacos reunía a muchas mujeres con salario propio, la prensa empezó a tener un papel real en la vida diaria. Los periódicos circulaban y se leían en grupo, de modo que el trabajo se convertía también en un espacio de debate político. Cuando Amparo lee en voz alta y explica las noticias a sus compañeras, extiende idea de que la política podía dar acceso a un mundo que antes parecía reservado a otros. En ese momento histórico se expande la creencia de que el cambio político podía influir también en la vida personal, especialmente en la de las trabajadoras y la novela recoge esa idea con confianza.

Después del derrocamiento de Isabel II y durante el periodo en el que gobernó Amadeo I de Saboya, junto con la experiencia republicana, quedó claro que cambiar la forma del Estado no modificaba por sí mismo las desigualdades sociales. El debate era más amplio y la prensa tenía más libertad, pero las mujeres seguían apartadas de las decisiones políticas y las diferencias entre clases seguían limitando las oportunidades reales. En ese contexto se entiende el conflicto de La Tribuna, donde la confianza plena en la revolución convive con una realidad que limita las posibilidades reales de la protagonista.

El contexto político no es un simple escenario. Es la razón por la que Amparo cree que su destino puede cambiar. Sin ese clima de apertura y de confianza en la revolución, no se entendería ni su implicación política ni la experiencia que atraviesa cuando descubre que el poder sigue estando donde siempre ha estado.

27/02/2026 0 comments
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MúsicaNoticias

El regreso del hijo pródigo del rock al Teatro Conde Toreno

by Beatriz Menéndez Alonso 17/02/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la penumbra elegante del patio de butacas, bajo la respiración contenida de un público que no era solo público sino familia, amigos, vecinos —pueblo entero—, se proyectó por primera vez en Europa el documental I Took the Road Less Traveled. Y no podía ser en otro lugar que, en Cangas del Narcea, tierra natal de Diego Avello, conocido artísticamente como Bull, ese obstinado rockero que un día decidió cruzar el océano persiguiendo una quimera eléctrica llamada sueño americano.

La cita fue este domingo 15 de febrero en el histórico Teatro Conde Toreno, corazón cultural del suroccidente asturiano.

La tarde del estreno en el Teatro Conde Toreno fue una ovación prolongada. No era solo la celebración del éxito artístico, sino el reconocimiento a la perseverancia. El público comprendía que aquella historia hablaba también de ellos: de emigración, de identidad, de la necesidad de elegir, a veces, el camino menos transitado.

Bull llenó la pantalla con su presencia magnética. Carismático y humilde. Firme y vulnerable. Un asturiano que ha sabido navegar entre dos culturas sin traicionarse.

El documental, dirigido con sensibilidad y pulso narrativo por Budro Partida, arranca en la Cangas de los años de instituto, cuando Diego ya lucía con orgullo camisetas de la bandera estadounidense y escuchaba con devoción a Elvis Presley, Johnny Cash y Jerry Lee Lewis. Aquella pasión no era estética: era vocacional. Era la certeza íntima de que su lugar en el mundo estaba ligado al rock and roll y a la cultura americana. Lo que el documental demuestra es que entre el sueño y la realidad media un territorio áspero.

Budro construye un relato más humano que musical, más íntimo que biográfico. No estamos ante el clásico documental de ascenso y caída, sino ante la anatomía de una perseverancia. La cámara observa sin juzgar, acompaña sin invadir. Uno de los grandes aciertos del documental es no romantizar la experiencia migratoria. I Took the Road Less Traveled pone el foco en la realidad actual de los emigrantes en Estados Unidos: la dificultad de obtener visados de permanencia, la burocracia implacable, la incertidumbre constante.

Estados Unidos no regala nada. Puedes tocar el cielo —llenar salas, recibir premios, ser reconocido por la crítica— y, al mismo tiempo, vivir pendiente de un permiso administrativo que determine tu continuidad en el país. Puedes cumplir el sueño tantas veces ansiado desde otras órbitas… o perderlo todo en el intento.

La lucha es feroz. El mercado es competitivo hasta el extremo. Y la legislación migratoria convierte cada paso en una carrera de obstáculos. Esa tensión atraviesa el documental y dota al relato de una dimensión contemporánea y política que lo eleva más allá de la simple biografía artística.

En cada testimonio se percibe la misma idea: la obstinación de Diego es el eje que lo sostiene todo. Colaboradores, amigos, profesionales del sector y familiares coinciden en señalar su resistencia, su ética de trabajo, su negativa a rendirse cuando el sistema parecía cerrar puertas.

Entre dos ríos, entre dos mundos. La voz que une las dos orillas

Hay una imagen poderosa que atraviesa el filme. Bull habla de su infancia “entre dos ríos”: el Río Luiña y el Río Narcea, que confluyen bajo la mirada protectora de la Ermita del Carmen. Dos corrientes que se unen para hacerse más fuertes, más bellas.

Esa metáfora fluvial resume su identidad: Así es Bull: español y americano. Cangues de pura cepa y músico forjado en la dureza del circuito estadounidense. Su lado español —arraigo, comunidad, memoria— y su lado americano —ambición, individualismo creativo, hambre de escenario— conviven sin imposturas. No hay disfraz. No hay caricatura. Hay integración.

Un Ulises moderno que ha cruzado océanos de tiempo sin extraviar su sueño.

El documental cuenta con la producción y la voz en off de L.A. Lloyd, figura reconocida del panorama radiofónico rockero en Estados Unidos. Su narración actúa como hilo conductor, como puente entre E.E.U.U. y Asturias, entre la épica americana y la raíz rural del suroccidente asturiano.

Estos días, Lloyd ha compartido con el equipo jornadas de celebración por Cangas, reencontrándose con el paisaje y con la hospitalidad de un concejo que ya los acogió en 2024, cuando llegaron para rodar las primeras escenas en la villa. Se percibe en él —y en todo el equipo— una admiración profunda por la persona que hay detrás del personaje.

La película ha cosechado un notable éxito en el circuito de festivales estadounidenses, incluyendo el reconocimiento como Mejor Documental Internacional en el Austin International Film Festival. Un logro que confirma la dimensión universal de una historia profundamente local.

Sin embargo, el equipo eligió Cangas del Narcea para su primer pase europeo. Un gesto cargado de simbolismo: antes de conquistar nuevos territorios, había que rendir cuentas con la tierra madre.

Desde Uve Magazine, tuvimos además el privilegio de acompañar la antesala de este estreno en la Librería Treito, en un encuentro cercano que sirvió de prólogo íntimo a la gran noche. Entre amigos y conversación, ya se intuía que lo que estaba por venir sería más que una proyección.

Invitación abierta: que el viaje continúe

El público llenó el teatro. Familias, amigos, vecinos, curiosos. La acogida fue cálida, sostenida, emocionada. No era solo la celebración del éxito de un músico en Estados Unidos; era el reconocimiento de una actitud ante la vida.

El documental nos recuerda que tomar el camino menos transitado implica perder certezas, comodidades, seguridades. Implica pagar un precio. Pero también demuestra que ese precio puede merecer la pena si lo que se gana es la fidelidad a uno mismo.

Bull no es solo un artista que ha tocado el techo del éxito en un mercado extranjero. Es el ejemplo de que la obstinación, cuando se combina con trabajo y talento, puede atravesar fronteras físicas y burocráticas.

I Took the Road Less Traveled prepara ahora su salto al circuito de festivales europeos y españoles. Ojalá podamos disfrutarlo pronto en nuestras pantallas, en nuevos teatros, en nuevas ciudades.

Mientras tanto, la invitación es clara: seguir el recorrido del documental a través de sus redes, acompañar su camino, compartir esta historia que habla de emigración, de identidad, de perseverancia y de sueños que no se negocian.

Magnífico trabajo el de Budro Partida, de L.A. Lloyd y de todo el equipo de producción. Magnífica la entrega de Bull. Y ejemplar la respuesta de un pueblo que supo acoger, celebrar y reconocer a quien nunca dejó de ser suyo.

Porque en tiempos donde la comodidad parece imponerse como norma, historias como la de Diego Avello —Bull— nos recuerdan que aún existen quienes prefieren la intemperie del intento a la tibieza de la renuncia.

17/02/2026 0 comments
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AgendaEventosMúsicaNoticias

Bull presenta en Cangas del Narcea el documental I Took the Road Less Traveled

by Uve Magazine 02/02/2026
written by Uve Magazine

El músico Diego Avello, conocido como Bull, ha desarrollado su carrera entre Asturias, México y Estados Unidos, con el rock como eje central y como espacio de trabajo. Desde sus primeros pasos en Cangas del Narcea hasta su actual actividad en el circuito estadounidense, su trayectoria se ha ido construyendo a partir de desplazamientos geográficos y decisiones profesionales que han condicionado su forma de componer, de tocar y de situarse dentro del género.

Ese recorrido es el punto de partida de I Took the Road Less Traveled, un documental dirigido por Brudo Partida, que toma como base el itinerario vital y musical de Bull para articular un relato centrado en el proceso y en los contextos que lo rodean. La película acompaña al músico en distintos lugares clave de su carrera, desde Asturias hasta Estados Unidos, pasando por México, y propone una mirada sobre el trabajo musical entendido como una actividad que se desarrolla en diálogo constante con el entorno.

El documental no se presenta como una retrospectiva cerrada ni como un retrato definitivo, sino como una aproximación a una trayectoria en marcha. A través del seguimiento de Bull y de su entorno, la película sitúa el foco en cuestiones como la movilidad, la identidad cultural y el modo en que un músico europeo se abre camino en un género profundamente ligado a la tradición anglosajona. La presencia del rock como lenguaje compartido funciona aquí como hilo conductor, más allá de etiquetas o expectativas externas.

dEn el proyecto participa también L. A. Lloyd, profesional vinculado desde hace décadas a la radio de rock en Estados Unidos, que ejerce como coproductor. Su implicación aporta una visión interna del contexto musical norteamericano y del funcionamiento de un sector en el que la visibilidad, el reconocimiento y la continuidad dependen de factores diversos, tanto artísticos como industriales. El documental recoge este marco sin establecer lecturas concluyentes, dejando espacio a la observación y al diálogo.

Con motivo de este trabajo, el próximo 13 de febrero tendrá lugar un encuentro previo a la proyección del documental en Librería Treito. La cita contará con la participación de Bull, del director Brudo Partida y el co-productor L. A. Lloyd, y se plantea como una conversación abierta sobre el proceso de creación del documental, el trabajo musical en contextos distintos y la experiencia de desarrollar una carrera artística entre países, estará presentada por la editora Sandra Márquez y la redactora cultural Beatriz Menéndez Alonso, quienes guiarán el diálogo en torno al origen del proyecto y a las cuestiones que lo atraviesan.

El encuentro se enmarca dentro de las actividades culturales impulsadas por Uve Magazine y propone un espacio para compartir el origen y las claves del proyecto antes de su exhibición. Más que ofrecer una lectura cerrada sobre la película, la conversación permitirá conocer cómo se ha construido el documental, desde qué motivaciones surge y qué cuestiones pone sobre la mesa en torno a la música, el desplazamiento y el oficio artístico.

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