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patrimonio cultural

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Verónica García-Peña: «El mayor miedo que tengo es el olvido»

by Emain Juliana 22/10/2026
written by Emain Juliana

La escritora Verónica García-Peña acaba de recibir el premio del II Certamen de Microrrelatos de Carreño por La historia de esos nombres, una narración en la que la memoria ocupa un lugar central. Dos veces finalista del Premio Planeta, autora de novelas, relatos y ensayos, García-Peña ha desarrollado una obra en la que el pasado, las ausencias y las historias que corren el riesgo de desaparecer adquieren especial importancia.

Con motivo de este reconocimiento y de la próxima publicación del monográfico Los fantasmas olvidados, que reúne los artículos escritos para Uve Magazine, charlamos con ella sobre los premios literarios, las exigencias de la escritura breve y esa persistente preocupación por aquello que dejamos de recordar.

Acabas de ganar el II Certamen de Microrrelatos de Carreño con La historia de esos nombres. El jurado ha destacado el tratamiento de la identidad y la memoria. ¿Qué historia hay detrás de esos nombres y por qué decidiste contarla mediante un microrrelato?

Me presenté a este concurso porque, en su momento, me enviaron las bases para que las compartiera en redes sociales y ayudara con su difusión. También me animaron a participar, aunque inicialmente no tenía intención de hacerlo. Llevaba muchísimos años sin presentarme a un certamen literario y, poco a poco, empezó a rondarme la idea.

Cuando leí detenidamente las bases, comenzó a tomar forma una historia que tenía en la cabeza y que fue creciendo hasta que finalmente la escribí.

El relato trata sobre la memoria y sobre unos nombres, porque el mayor miedo que tengo es el olvido. Es algo que suele estar muy presente en mis textos y este caso no es una excepción. La historia de esos nombres es, en realidad, la historia de su memoria.

Hay una protagonista que bien podría llamarse Penélope y que recoge todos esos nombres en un cuaderno. No quiero desvelar demasiado, porque acabaría estropeando el microrrelato, pero, en esencia, habla de la necesidad de no olvidar.

 Has sido finalista del Premio Planeta en dos ocasiones, has publicado novelas, relatos y ensayos, y ahora recibes un premio por una narración brevísima. ¿Cómo afrontas un formato tan diferente?

En el fondo no deja de ser contar una historia, aunque resulta más difícil porque tienes que hacerlo con muchas menos palabras.

Es necesario construir una historia completa o, al menos, conseguir que se comprenda en su totalidad. En una novela puedes dedicar todas las páginas que necesites a una descripción, recrearte en determinados aspectos o desarrollar los acontecimientos con mayor amplitud. En un microrrelato tienes que medir muy bien las palabras, cómo las utilizas y, sobre todo, dominar la elipsis.

Siempre he considerado este tipo de ejercicios un reto. Es una forma de demostrarte que eres capaz de construir una historia que llegue al lector dentro de unas condiciones determinadas.

En mi caso fue un desafío, pero también una oportunidad, porque llevaba tiempo dando vueltas a esa historia y, cuando comprobé que empezaba a tomar forma, me produjo una gran satisfacción.

¿Qué lugar ocupa este reconocimiento en tu trayectoria profesional?

Me hace muchísima ilusión. He sido finalista en numerosos certámenes, pero nunca había ganado uno. Este es el primero.

Además, viene del concejo de Carreño, donde siempre me han tratado muy bien y me han invitado a participar en sus actividades. Les estoy muy agradecida y, por eso, este reconocimiento tiene para mí un significado especial.

También hay algo que considero importante: se trata de un certamen de un concejo relativamente pequeño. Lo comenté el día que recibí el premio y sigo pensándolo. A veces prestamos demasiada atención a los grandes premios y a las grandes ciudades, mientras olvidamos lo que sucede en los lugares más pequeños.

¿Crees que los premios tienen una repercusión real en la carrera de un escritor?

Creo que depende. Hay dos tipos de repercusión: la pública y la privada.

En el ámbito personal, cualquier premio tiene importancia, independientemente de su dimensión. En cuanto a la repercusión pública, es evidente que los premios más conocidos ofrecen mayor visibilidad, porque aparecen en los medios de comunicación y reciben más atención.

Pero, en mi caso, ambos reconocimientos son igual de importantes.

Un escritor pasa buena parte de su vida trabajando en soledad. Después publica sus textos, que pueden tener una acogida mejor o peor, tanto entre los lectores como en el mercado. Y el mercado está como está: somos cientos de miles de personas escribiendo.

Cuando recibes un premio, sientes que se reconoce algo más que un texto concreto. Para llegar a escribirlo has necesitado años de lecturas, de escritura y de aprendizaje. Hay todo un bagaje detrás.

Por eso considero que, aunque formalmente se premie un relato, también se está reconociendo una manera de escribir, una voz literaria y una forma de contar las cosas. Y, naturalmente, emociona que se reconozca tu trabajo.

En tu obra aparece con frecuencia la preocupación por el olvido. ¿De dónde procede ese interés por recuperar personajes y acontecimientos que parecen condenados a desaparecer de la memoria?

Desde hace algún tiempo tengo la sensación de que todo se ha vuelto extraordinariamente efímero. Todo parece volátil, como si nuestra memoria funcionara igual que la memoria RAM de un ordenador.

Hay cosas que inevitablemente tienen que desaparecer, porque la vida es así, pero otras no tendrían por qué hacerlo. Me preocupa que olvidemos los recuerdos y las vidas de quienes nos precedieron.

Últimamente he reflexionado mucho sobre algo que guarda relación con esta cuestión: la manera en la que hemos cambiado nuestra relación con la muerte y, particularmente, con los enterramientos.

A veces pienso que el capitalismo también ha terminado por introducirse en la muerte. Es como si, en el futuro, solo quienes dispongan de suficientes recursos económicos pudieran conservar su historia en los cementerios. Incluso eso es relativo, porque mantener una sepultura implica unos gastos que, en algún momento, quizá nadie pueda asumir. Finalmente, los restos acaban trasladándose a un osario.

Todo esto me produce una profunda tristeza.

También pienso en la arquitectura y en la cultura de los cementerios, que constituyen un patrimonio extraordinario. Existe una riqueza artística e histórica que merece ser conservada y que parece haber dejado de desarrollarse de la misma manera.

En Los fantasmas olvidados has recorrido escenarios muy diferentes: hospitales, hoteles, pueblos abandonados y embalses. Sin embargo, tus artículos no pretenden demostrar la existencia de los fantasmas. ¿Qué te interesa realmente de estas historias y por qué elegiste el fenómeno espectral como asunto de la sección?

Porque, una vez más, volvemos al recuerdo. Los fantasmas, en muchos casos, no dejan de ser recuerdos.

Existen porque nosotros los recordamos, porque una ciudad conserva su historia o porque aparecen en los libros. En el momento en que dejamos de hablar de ellos, comenzamos a olvidarlos.

Cuando nadie habla de Belchite, de lo que sucedió en determinado hotel o de que bajo las aguas de un pantano permanece un pueblo entero, incluido su cementerio, esas historias empiezan a desaparecer de la memoria colectiva.

Los fantasmas representan, en ocasiones, nuestras propias vivencias pasadas y nuestra historia.

Por eso, estos fantasmas son una forma de reivindicar nuestro pasado, tanto si permanece bajo el agua como si se encuentra en un páramo o en los antiguos teatros que ya no existen.

 ¿Crees que inventamos fantasmas porque nos resulta insoportable aceptar que una persona pueda desaparecer sin dejar absolutamente nada?

Creo que, en parte, sí. Me parece que es una manera de conseguir que quienes han desaparecido continúen, de algún modo, entre nosotros.

Incluso cuando alguien afirma que no cree en los fantasmas, en el más allá o en cualquier forma de existencia posterior a la muerte, pienso que en el fondo puede encontrar cierto consuelo en la posibilidad de que esas cosas existan.

De alguna manera, creer en ello supone imaginar que nosotros mismos podremos disfrutar de una segunda oportunidad, que existe algo más allá de la vida que conocemos.

Aquí entraríamos en cuestiones filosóficas relacionadas con la mente, el alma o la naturaleza de nuestra existencia.

Creo que las personas tienen miedo a la muerte y, especialmente, a la posibilidad de que represente el final definitivo de todo. Por eso construimos otras explicaciones o aceptamos la posibilidad de que existan realidades diferentes, como sucede con los fantasmas.

Al fin y al cabo, ocurre algo semejante con las creencias en el cielo y el infierno.

Cuando escribes sobre la habitación 712 del parador de Cardona o sobre los antiguos pueblos sumergidos, conviven sucesos históricos, testimonios y leyendas. ¿Cómo trabajas con esas fuentes?

Lo curioso de estas historias es que, en muchas ocasiones, forman parte de los atractivos turísticos de los lugares en los que sucedieron. Por eso existe bastante información en las propias instituciones, en las páginas de turismo y en otras fuentes locales.

A partir de ahí, reviso la documentación y procuro distinguir entre los hechos que aparecen registrados y aquello que procede de testimonios, rumores o tradiciones.

Cuando no puedo determinar si algo es real, cito la fuente. Y si introduzco una interpretación personal o adopto un enfoque más narrativo, también procuro dejarlo claro.

Además, muchos de estos fenómenos han tenido bastante presencia en los medios de comunicación. Existen noticias y testimonios publicados en periódicos, revistas, pódcast e incluso libros.

Tengo varios volúmenes dedicados a la España oculta y a la España macabra en los que aparecen historias de este tipo.

En ese sentido, aunque el trabajo de documentación exige tiempo, existe una cantidad considerable de información. Curiosamente, estos fenómenos están muy registrados y, en ocasiones, resulta más sencillo encontrar referencias sobre ellos que sobre otros asuntos.

¿Has tenido que descartar alguna historia que te pareciera especialmente interesante porque no encontrabas documentación suficiente para respaldarla?

Sí. Recuerdo un caso de la comarca del Alt Camp, en Tarragona, sobre un hombre de 39 años que desapareció mientras recogía setas con tres amigos.

La Guardia Civil lo buscó y el suceso apareció publicado en medios como el Diari de Tarragona y La Vanguardia. Incluso existen atestados relacionados con la desaparición.

Encontraron su cesta de setas y su coche, pero nunca apareció él.

Era una historia muy interesante, aunque finalmente decidí descartarla porque no terminaba de encajar con el planteamiento de Los fantasmas olvidados.

Una desaparición de esas características puede responder a circunstancias muy diferentes. Podría haberse marchado voluntariamente, haber sufrido un accidente o haber sido víctima de un delito.

El caso también aparece recogido en algunas publicaciones sobre lugares malditos de Cataluña, pero me parecía que pertenecía más al ámbito de los sucesos que al de los fenómenos espectrales.

Por eso pensé que podía funcionar mejor como argumento para una novela policíaca o un thriller que como artículo de la sección.

Estamos preparando una edición monográfica dedicada a Los fantasmas olvidados. Hasta ahora, los lectores han conocido estos artículos como entregas independientes. ¿Qué impresión te produce contemplar el recorrido completo de una serie que comenzó con historias muy concretas y acaba preguntándose por la desaparición de la propia memoria?

Cuando comienzo a escribir un artículo, muchas veces no sé si terminará convirtiéndose en una serie. Sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que suelen acabar siéndolo.

Tengo la sensación de que siempre voy abriendo puertas. Comienzo tratando una cuestión concreta y descubro otros aspectos sobre los que me interesa profundizar.

En el caso de los fantasmas, podríamos hablar de ellos de una manera general, pero a mí me parecía importante explorar sus distintas manifestaciones. No es lo mismo el fantasma de un páramo que el de un pueblo o el de una gran ciudad. También cambia la forma en la que se recuerdan los acontecimientos asociados a cada lugar.

Como los artículos se escriben por separado, en ocasiones no descubres el hilo conductor hasta que los tienes todos reunidos. Es entonces cuando comprendes que has estado abordando un mismo asunto a través de protagonistas y escenarios diferentes.

Además, en las series que publico en Uve Magazine, el último artículo suele funcionar como cierre. Me gusta trabajar de esa manera, porque permite completar el recorrido que comenzó con el primer texto.

En realidad, sobre fantasmas podríamos seguir escribiendo indefinidamente, pero había que encontrar una forma de concluir la serie.

Me pareció que hablar del fantasma de un fantasma era una manera original de hacerlo, porque nos lleva precisamente a la cuestión que ha estado presente durante todo el recorrido: qué sucede cuando ni siquiera el propio fantasma es recordado.

¿Hay alguna historia que lleves intentando contar y para la que todavía no hayas encontrado la forma adecuada?

Tengo una historia que todavía no ha encontrado su momento. La historia existe, pero considero que aún no ha llegado el tiempo adecuado para contarla.

También tengo, como supongo que les ocurre a muchos escritores, varias historias comenzadas que en algún momento decidí detener y que permanecen sin concluir.

Hay otra idea que tengo en mente y que estoy convencida de que terminaré escribiendo. No sé cuándo ni quiero establecer una fecha.

Precisamente hablábamos antes de la velocidad a la que parece que tenemos que hacer todo. La gente vive corriendo, pero no se puede escribir de esa manera.

Quiero desarrollar esa historia con tiempo y calma, sin prisas y sin imponerme plazos. La escribiré cuando corresponda.

En cuanto a las historias que uno decide no contar, quizá en algún momento haya descartado alguna por autocensura, porque he pensado que no podía escribirla. Pero no recuerdo ningún caso concreto. Y, si he terminado olvidándolo, probablemente tampoco sería tan importante.

22/10/2026 0 comments
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Literatura

La desaparición de las bibliotecas

by Uve Magazine 01/01/2026
written by Uve Magazine

Las bibliotecas rara vez desaparecen de golpe, suele suceder a través de una acumulación de daños, decisiones erróneas, abandonos y violencias que, con el tiempo, las vacían de contenido o las hacen desaparecer. Cuando una biblioteca se pierde, no solo se esfuman los libros que contenía, ni siquiera un fondo valioso de manuscritos o ediciones singulares: se pierde una manera concreta de organizar el saber y la relación entre textos, lenguas, épocas y lectores, algo que no puede reconstruirse una vez roto.

A lo largo de la historia, las bibliotecas han sido tratadas tanto como tesoros a proteger como amenazas a neutralizar. Allí donde el saber ha sido percibido como una herramienta de poder, de pensamiento crítico o de continuidad cultural, también ha sido visto como algo peligroso. Por eso, las grandes pérdidas bibliográficas no responden únicamente a accidentes o catástrofes naturales, sino que suelen estar vinculadas a conflictos políticos, religiosos o ideológicos, así como a procesos más lentos y silenciosos de negligencia, saqueo o desmantelamiento.

El caso de la Biblioteca de Alejandría sigue siendo un símbolo precisamente porque encarna una pérdida imposible de medir. Fue un proyecto cultural sostenido durante siglos, cuyo objetivo era reunir, traducir y conservar el conocimiento del mundo conocido. Su desaparición no se produjo en un solo incendio ni puede atribuirse a un único culpable, sino al resultado de guerras, cambios de poder, abandono institucional y destrucciones parciales que, acumuladas, hicieron inviable su continuidad. Lo verdaderamente inquietante no es solo lo que se perdió, sino que nunca sabremos exactamente qué contenía, qué ideas quedaron truncadas ni qué líneas de pensamiento desaparecieron sin dejar rastro.

Mucho menos presente en el imaginario occidental, pero igualmente devastadora, fue la destrucción de la biblioteca de Nalanda, uno de los mayores centros de conocimiento del mundo antiguo, situado en la actual India. Durante siglos, Nalanda albergó miles de manuscritos dedicados a disciplinas como la medicina, la astronomía, las matemáticas, la lógica o la filosofía, y funcionó como un espacio de intercambio intelectual internacional. Fue incendiada en el siglo XII durante una invasión, las fuentes hablan de un fuego que ardió durante meses, alimentado por la enorme cantidad de manuscritos acumulados. No se trató de una pérdida colateral, sino de una acción deliberada, basada en la convicción de que ese saber debía desaparecer porque representaba una visión incompatible con el nuevo poder.

Algo similar ocurrió en Bagdad con la Casa de la Sabiduría, un centro intelectual que durante siglos había sido clave para la traducción, conservación y desarrollo del pensamiento científico y filosófico. Allí se tradujeron textos griegos, persas e indios, que produjeron avances fundamentales en campos como la medicina o las matemáticas. La invasión mongola de 1258 destruyó la ciudad y arrasó con ese archivo acumulado durante generaciones. La imagen, repetida hasta el exceso, de los libros arrojados al río Tigris hasta teñir sus aguas de negro por la tinta, sigue siendo un recordatorio de que el progreso intelectual no garantiza protección cuando el poder político cambia de manos.

La caída de Constantinopla en 1453 supuso otro tipo de pérdida, menos concentrada pero igualmente profunda. Durante siglos, la ciudad había acumulado manuscritos bizantinos que conectaban directamente con la tradición clásica. Tras su caída, parte de ese material se dispersó por Europa, influyendo en el Renacimiento, pero otra parte se perdió, se destruyó o quedó abandonada. En este caso, la desaparición no se produjo solo por la violencia inmediata, sino por la fragmentación: bibliotecas enteras fueron saqueadas, vendidas o desmembradas, y al perder su unidad también perdieron su sentido cultural original.

En tiempos más recientes, la destrucción de la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, mostró hasta qué punto las bibliotecas siguen siendo objetivos simbólicos. El edificio ardió durante días tras ser bombardeado, y las imágenes de personas intentando salvar libros entre las llamas recorrieron el mundo. No se trataba de un archivo antiguo y polvoriento, sino de una institución viva, que contenía manuscritos, periódicos y documentos que daban cuenta de la historia multicultural del país. Su destrucción no fue accidental: borrar la memoria compartida era parte del conflicto.

Sin embargo, no todas las bibliotecas desaparecen entre llamas visibles. Muchas se pierden de forma silenciosa, a través de procesos de saqueo sistemático que acompañaron a la expansión colonial europea. Manuscritos africanos, americanos y asiáticos fueron extraídos de sus contextos originales y trasladados a archivos extranjeros, donde sobrevivieron como piezas aisladas, separadas de las comunidades que los habían producido. En estos casos, los libros no desaparecen físicamente, pero la biblioteca, entendida como unidad cultural, sí lo hace. Se conserva el objeto, pero se pierde el sistema de conocimiento al que pertenecía.

A esta forma de pérdida se suma otra, aún más difícil de señalar: la negligencia. Bibliotecas enteras se han deteriorado por falta de recursos, por edificios inadecuados, por humedad, insectos o incendios evitables. La idea de que el conocimiento es algo estable, siempre disponible, ha provocado que durante siglos se subestime la necesidad de cuidarlo. Los libros, como cualquier otro objeto material, necesitan mantenimiento, inversión y atención constante. Sin ello, incluso las colecciones más valiosas se desmoronan sin dejar huella y no solo se pierden textos, se pierden anotaciones marginales, traducciones únicas, versiones no canónicas, errores que permitían comprender cómo se pensaba en otra época. Se pierde la relación entre los libros, el modo en que dialogaban entre sí, el contexto que daba sentido a su convivencia en un mismo espacio. Cada biblioteca es, en el fondo, un mapa mental colectivo, y cuando ese mapa se destruye, el campo de lo pensable se reduce.

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LiteraturaNoticiasPersonajes

El legado de Lorca entra en la era digital

by Valeria Cruz 09/12/2025
written by Valeria Cruz

La digitalización del archivo de Federico García Lorca marca uno de los hitos culturales más relevantes de los últimos años en España. Manuscritos, cartas, dibujos, fotografías, programas teatrales y documentos personales del poeta han pasado del papel frágil a la pantalla, abriendo un acceso sin precedentes a uno de los legados literarios más importantes del siglo XX. Sin embargo, esta apertura convive con una realidad más compleja: el archivo está vivo, en expansión, y sigue incompleto.

El núcleo del legado está custodiado por la Fundación Federico García Lorca, con sede en el Centro Federico García Lorca de Granada. Allí se conserva el mayor conjunto documental del autor: materiales literarios, documentos personales, correspondencia, bocetos, carteles, libros anotados y fotografías que recorren su vida creativa y su entorno intelectual. Desde 2020, este archivo cuenta con la máxima protección legal al haber sido declarado Bien de Interés Cultural, lo que garantiza su preservación y control institucional.

El proceso de digitalización no es nuevo, pero ha alcanzado ahora una fase decisiva. Parte sustancial del archivo ya puede consultarse a través de plataformas digitales de la Fundación y proyectos asociados como Edad de Plata, una iniciativa que reúne fondos documentales de los grandes intelectuales de principios del siglo XX. Esta digitalización permite que investigadores, lectores, estudiantes y centros culturales de todo el mundo accedan directamente a los documentos originales sin depender de desplazamientos físicos ni de permisos complejos.

El valor de este acceso es enorme. Por primera vez, se pueden estudiar borradores de poemas, tachaduras, correcciones manuscritas, diseños escénicos y cartas privadas que revelan la cocina creativa de Lorca. El escritor deja de ser solo una figura mitificada de los manuales escolares para convertirse en un autor tangible, contradictorio, obsesivo, vulnerable. La digitalización no solo conserva: humaniza.

Pero el archivo no es un conjunto cerrado. Una investigación reciente ha demostrado que aún faltan piezas relevantes del legado. Grabaciones sonoras de la voz del poeta, determinadas cartas, manuscritos teatrales completos y otros documentos siguen sin aparecer o permanecen dispersos en colecciones privadas de difícil acceso. La propia historia del archivo está marcada por traslados, conflictos legales, herencias y décadas de opacidad que han condicionado su conservación.

Esa condición fragmentaria se hizo visible con especial fuerza en la exposición «Lorca y el archivo. Memoria en movimiento», celebrada en Granada, que reunió alrededor de 460 piezas procedentes de más de cincuenta archivos de España y América. El proyecto puso de relieve hasta qué punto el legado de Lorca está repartido por el mundo y cómo su reconstrucción sigue siendo una tarea abierta, casi arqueológica.

La digitalización, por tanto, no es solo una operación técnica: es una herramienta de reparación histórica. Durante décadas, el cuerpo documental de Lorca estuvo marcado por el trauma de su asesinato, la censura, el exilio de su familia y la dispersión forzada de sus papeles. Convertir ese legado en patrimonio accesible supone devolverlo a la comunidad cultural y a la ciudadanía.

Desde el ámbito académico, el impacto ya es notable. El acceso digital facilita estudios comparativos entre versiones de textos, análisis genéticos de las obras y nuevas lecturas críticas que antes eran inviables por las restricciones físicas del archivo. En el ámbito educativo, permite que institutos y universidades trabajen directamente con fuentes primarias, rompiendo la distancia entre el alumnado y los documentos originales.

Sin embargo, la digitalización también abre debates incómodos: ¿hasta qué punto debe exponerse la vida privada de un autor?, ¿todo documento debe hacerse público?, ¿quién decide qué se digitaliza primero?, ¿qué ocurre con los fondos aún en manos particulares? El archivo de Lorca no es solo una herencia literaria; es también un territorio de poder simbólico, económico y político.

A día de hoy, puede afirmarse que una parte sustancial del legado ya está preservada en formato digital y al alcance del público. Pero también es cierto que el archivo sigue incompleto y que su reconstrucción continúa. Nuevas cartas aparecen, nuevos documentos se identifican, nuevos fondos salen a subasta. El archivo de Lorca no es un monumento estático: es un organismo en movimiento.

Quizá esa condición inacabada sea, paradójicamente, la forma más fiel de representar al propio Lorca: una figura abierta, atravesada por el deseo, el conflicto, la belleza y la herida. La digitalización no cierra su historia. La mantiene viva.

09/12/2025 0 comments
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