Emain Juliana
Emain Juliana
Autora de Simbología de las flores. Arte, cine y literatura y Fuerzas ocultas. Edita, diseña y escribe algún artículo que otro.
El anuncio del cierre de Tipos Infames, previsto para febrero de 2026 tras quince años de actividad continuada en el barrio madrileño de Malasaña, ha actuado como un detonante que ha ido mucho más allá de la conmoción provocada por la desaparición de una librería emblemática, abriendo un debate de fondo que el sector del libro llevaba tiempo posponiendo y que ahora irrumpe con fuerza en el espacio público. No se trata únicamente de la pérdida de un enclave cultural concreto, ni siquiera de un proyecto especialmente querido por lectores, autores, editoriales y la mayoritaria cadena del libro, sino de la constatación de que un modelo de librería, consolidado, reconocido, con programación constante y con una comunidad fiel, puede dejar de ser viable sin que medie una caída abrupta del interés por la lectura ni una pérdida evidente de relevancia cultural.
La paradoja resulta difícil de ignorar si se atiende a los datos más recientes sobre hábitos de lectura y compra de libros en España, que dibujan un escenario aparentemente favorable. La población lectora crece, la lectura por ocio se mantiene como práctica habitual en una parte significativa de la ciudadanía, la compra de libros no de texto continúa al alza y las librerías físicas siguen siendo, pese a todos los cambios tecnológicos, el principal canal de adquisición. A ello se suma una producción editorial elevada y una facturación que ha superado los niveles previos a la crisis de 2008, lo que podría llevar a pensar que el sector atraviesa un momento de estabilidad. Sin embargo, esta fotografía macroeconómica, que resulta tranquilizadora en los informes y en los titulares, convive con una realidad mucho más tensa cuando se observa el funcionamiento cotidiano de la cadena del libro, especialmente en el ámbito de las editoriales y librerías independientes.
La contradicción es, en ese sentido, estructural. Se lee más, se publican más títulos y, sin embargo, los espacios que sostienen la circulación cultural del libro cierran o sobreviven en un equilibrio cada vez más precario. El caso de Tipos Infames no responde a una falta de público ni a una desconexión con su entorno, sino a una acumulación de factores que afectan de manera especialmente intensa a los proyectos culturales de proximidad, comenzando por la presión inmobiliaria. El encarecimiento sostenido de los alquileres en los centros urbanos, unido a procesos de gentrificación y turistificación que transforman radicalmente el tejido social de los barrios, ha convertido a muchas librerías en actividades difícilmente compatibles con la lógica del mercado inmobiliario actual. Para un proyecto cuya viabilidad depende de la recurrencia del lector habitual, del tiempo lento y de la construcción de comunidad, la sustitución del vecindario por un flujo constante de consumo rápido supone una erosión progresiva que no siempre se percibe de inmediato, pero que termina por hacer inviable la continuidad.
A esta transformación del entorno urbano se suma una cuestión menos visible, pero decisiva para entender la fragilidad del sector: la estructura económica real del libro. El reparto del precio de venta, cuando se analiza con detalle, explica por qué el margen de maniobra es tan reducido para quienes editan y venden. Aproximadamente un 55 % del precio de un libro se destina a cubrir el circuito de distribución y librería, a lo que hay que añadir un 4 % de IVA que sale directamente del precio final. El porcentaje restante, en torno al 41 %, debe sostener todo lo demás: el autor, que suele percibir un 10 %, y, cuando los hay, ilustradores, correctores, diseñadores y lectores editoriales, además del trabajo del editor, los costes de impresión y encuadernación, la promoción, la prensa, el marketing, los envíos, la asistencia a ferias y la gestión administrativa que permite que ese libro llegue a existir y a circular.
Este reparto convierte al libro en un producto cultural sometido a un equilibrio extremadamente delicado, en el que cada título supone una inversión significativa que solo se amortiza a medio o largo plazo, si es que llega a hacerlo, y en el que cualquier desviación, una subida de los costes de impresión, una devolución elevada, una campaña de ventas que no funciona como se esperaba, puede desajustar por completo el balance anual de una editorial pequeña. A diferencia de otros sectores, el libro no permite recortes sin consecuencias profundas, porque eliminar la corrección, el diseño o el trabajo editorial no genera eficiencia, sino empobrecimiento del texto, del objeto y, en última instancia, de la experiencia de lectura. Todo está ajustado al límite, y ese límite se toca con demasiada frecuencia.
En este contexto ya de por sí estrecho, existen además costes fijos que no dependen del número de libros vendidos ni del éxito de un título concreto, pero que pesan de manera constante en la contabilidad de las editoriales. Entre ellos, las cuotas gremiales. Los editores agremiados deben asumir pagos periódicos que se suma a una estructura de gastos fija e ineludible. La pertenencia a los gremios proporciona representación institucional, acceso a determinados servicios y participación en marcos de negociación colectiva, pero supone también una carga añadida para proyectos que ya operan con márgenes mínimos y sin capacidad real de acumulación, de modo que la profesionalización, lejos de garantizar estabilidad, se convierte a menudo en una fuente adicional de presión.
El resultado de esta suma de factores es un modelo basado en la resistencia permanente. Se publica, se vende, se cobra y, en muchos casos, ese ingreso se destina de inmediato a cubrir compromisos previos, sin que llegue a consolidarse una base económica que permita crecer, invertir o simplemente amortiguar los golpes. Mientras tanto, los hábitos de consumo cultural continúan transformándose, y aunque las librerías siguen siendo el principal canal de compra, el peso creciente de la venta online y de las grandes cadenas introduce una competencia desigual que beneficia a los grupos editoriales con redes de distribución propias y capacidad de visibilidad, y deja en situación de vulnerabilidad a quienes trabajan desde la escala pequeña y el catálogo cuidado.
En este escenario, las políticas públicas parecen avanzar con dificultad, oscilando entre el reconocimiento simbólico del valor cultural de las librerías y la incapacidad para abordar los factores estructurales que condicionan su supervivencia, como el acceso a locales en condiciones asumibles o la protección efectiva del comercio cultural frente a dinámicas puramente especulativas. El cierre de Tipos Infames, leído desde esta perspectiva, deja de ser una excepción para convertirse en un síntoma que obliga a replantear de manera honesta qué lugar ocupa el libro en las ciudades y qué tipo de ecosistema cultural se está dispuesto a sostener.
Pensar el futuro de las editoriales y las librerías en España exige, por tanto, ir más allá de los indicadores optimistas y atender a la realidad material del trabajo cultural, que no existe en abstracto ni se sostiene únicamente con buenas cifras. El libro necesita espacios, tiempo, profesionales y una red de relaciones que no puede improvisarse ni sustituirse por algoritmos. Cada librería que cierra no es solo un negocio que desaparece, sino un lugar menos donde la lectura se convierte en experiencia compartida, y cuando esos lugares se pierden, lo que se erosiona no es solo la economía del libro, sino la vida cultural misma de las ciudades.
Cryptic Shift nació en Leeds en 2015, cuando Alexander Bradley y Ryan Sheperson decidieron montar una banda que no se limitara a apilar riffs imposibles, sino que aspirara a algo más ambicioso: hacer convivir el death y el thrash metal técnico con la ciencia ficción sin caer en el disfraz ni en el guiño fácil. Desde el primer momento quedó claro que el objetivo no era tocar más rápido que nadie, sino crear un universo propio en el que música y relato avanzaran juntos, empujándose mutuamente.
Esa idea cristalizó en Visitations From Enceladus (2020), un debut que los sacó del circuito local y los colocó directamente en el radar internacional. No fue solo una cuestión de virtuosismo —que lo había—, sino de cómo las estructuras progresivas y el imaginario sci-fi estaban integrados con naturalidad, sin parecer un añadido decorativo. De ahí que la banda acabara definiendo su sonido como “Phenomenal Technological Astrodeath”, una etiqueta excesiva, sí, pero sorprendentemente ajustada a lo que proponían.
Overspace & Supertime retoma ese mismo universo, aunque lo hace desde un ángulo distinto. No funciona como una secuela directa, sino como una realidad alternativa en la que el relato se estira hacia zonas más extrañas y ambiciosas. Sheperson explica que el disco empuja al personaje principal a nuevas dimensiones, con encuentros más bizarros y situaciones más extremas, mientras la banda afina todavía más la manera de soldar concepto y composición para que todo respire como un bloque único.
En el apartado sonoro, el álbum ha sido producido por Jack Helliwell y masterizado por Greg Chandler, una combinación que se traduce en un sonido compacto, amplio y muy controlado, capaz de sostener la complejidad sin perder pegada. La parte visual corre a cargo de Jesse Jacobi, con una portada inspirada en 40 Days In The Desert de Moebius, donde figuras altas y encapuchadas enmarcan el encuentro entre “The Recaller” y “The Alien Sorceress”. Incluso aquí hay diálogo con el pasado: la composición del arte remite sutilmente al debut, dejando claro que ambos discos están conectados por debajo de la superficie.
Como adelanto, la banda ha publicado el videoclip de “Hexagonal Eyes (Diverity Trepaphymphaszym)”, dirigido por Murry Deaves, una canción que funciona casi como una declaración de intenciones. Todo suena más extremo, más afilado y, al mismo tiempo, más seguro de sí mismo, con una cascada de ideas que no se desborda en ningún momento. A nivel narrativo, el tema introduce un nuevo giro: una enfermedad temporal que aparece cuando el protagonista regresa a la base lunar ya conocida por quienes siguieron el primer disco.
Lejos de buscar atajos o fórmulas más digeribles, Overspace & Supertime confirma que Cryptic Shift sigue apostando por un camino muy exigente, pero perfectamente reconocible.
Regina Salcedo Irurzun es escritora y guionista, con una trayectoria que se mueve entre la poesía, el relato y otros lenguajes narrativos como el audiovisual y el videojuego. Ha recibido numerosos premios literarios a lo largo de su carrera y, recientemente, ha sido reconocida con el Premio Internacional de Poesía José Hierro. Combina la creación con una intensa labor cultural y formativa, y mantiene una relación constante con distintos formatos y proyectos. En En corto nos acercamos a su trabajo y a lo que tiene entre manos ahora mismo.
¿Pamplona o Madrid?
Madrid fue esencial en mi formación, pero para vivir me quedo con Pamplona.
¿Poesía o narrativa?
Cada necesidad creativa pide su forma. Simplificando mucho, son dos movimientos diferentes (hacia adentro y hacia afuera) que, en cierta manera, se complementan.
¿Escribes todos los días?
Escribo cuando siento que es una necesidad real; entonces lo hago con regularidad. Puedo pasar meses sin escribir (aparte de mis cuadernos). Soy incapaz de forzarme.
¿Qué no puede faltar cuando escribes?
Ya nada. He aprendido a escribir en cualquier circunstancia. Mi habitación propia es mental, aunque sueño con una tranquila cabaña en el bosque.
¿Cuaderno o pantalla?
Cuaderno para notas, ideas y digresiones privadas. Pantalla cuando el texto ya tiene voluntad literaria.
¿Prefieres escribir por la mañana o por la noche?
Rindo mejor por la mañana, aunque, si estoy inspirada, hasta dormir es un fastidio.
¿Planificas antes de escribir o te lanzas?
Cada libro pide sus dosis personalizadas. Pero es cierto que, si lo sé todo de antemano, me aburro y abandono. Escribir siempre tiene que descubrirme algo.
¿Disfrutas corrigiendo o prefieres lo espontáneo?
Escribir es corregir. Es ir aproximándote a la verdad, a la belleza, a lo que realmente deseas expresar. Nada más satisfactorio que hallar el equilibrio entre intuición y control.
¿Lees mientras escribes?
Casi siempre. No son incompatibles; al contrario, suelen retroalimentarse y crear redes sorprendentes. Pero, si no me apetece o no tengo tiempo, tampoco pasa nada.
¿Impartir talleres es importante para ti?
Sí, porque fueron un gran aprendizaje. Actualmente me dan más pereza por la energía y entrega que demandan.
¿El Premio José Hierro llegó en buen momento?
Eso creo, porque ahora sé que los premios no aseguran ventas ni difusión, y puedo valorarlo por el reconocimiento que supone. Hace años, habría acabado decepcionada.
¿Qué te aporta crear videojuegos?
Crear en equipo mundos con reglas estrictas es un desafío al ingenio. Y es fascinante verlos cobrar vida. Lástima que sea tan difícil sacar proyectos adelante.
En videojuegos, ¿te interesa más el guion o las mecánicas?
Me encantan las aventuras con historias y personajes sólidos, que equilibran guion y juego, que te cautivan y, además, te hacen pensar e incluso tomar decisiones.
¿Qué te gustaría impulsar en el Ateneo este año?
Dar espacio a propuestas originales y de calidad, de esas que dices: «Esto lo tiene que conocer y disfrutar todo el mundo». Difundir obras que remueven e iluminan.
¿Qué te gustaría seguir explorando?
A día de hoy, me conformaría con eso: desear seguir explorando.
El calendario artístico internacional de 2026 apunta a una recuperación clara del formato expositivo de gran escala. Museos y centros culturales de referencia han anunciado programas ambiciosos que combinan retrospectivas de artistas consagrados, revisiones del canon y proyectos arquitectónicos vinculados a la actualización del patrimonio cultural.
Instituciones como el British Museum, la Tate, el Centre Pompidou o el MoMA han adelantado exposiciones que ponen el foco tanto en figuras centrales del arte contemporáneo como en lecturas renovadas de artistas históricos. El objetivo es atraer a un público amplio sin renunciar a un discurso crítico que dialogue con las preocupaciones actuales.
Entre las propuestas más destacadas se encuentran las retrospectivas dedicadas a Tracey Emin. En 2026, la Tate Modern de Londres albergará Tracey Emin: A Second Life, la exposición más ambiciosa de la artista hasta la fecha, con más de 90 obras que recorren cuatro décadas de producción. La muestra estará abierta del 26 de febrero al 31 de agosto de 2026 y presenta pintura, escultura, instalación, neón y video, integrando algunas de las piezas más emblemáticas de Emin como parte de una lectura amplia de su trayectoria.
Otra de las figuras que concentrará atención en 2026 es Frida Kahlo, presente en distintos proyectos expositivos. Uno de los más importantes es Frida: The Making of an Icon, en la Tate Modern Exhibition, del 25 de junio de 2026 al 3 de enero de 2027, que busca alejarse de la lectura iconográfica más popular para abordar su obra desde enfoques históricos, políticos y sociales. Estas exposiciones pretenden situar a Kahlo dentro de un marco más amplio, atendiendo tanto a su producción artística como a las condiciones culturales en las que fue creada.
Junto a estas grandes figuras, el calendario de 2026 incluye la recuperación de artistas cuya obra ha sido tradicionalmente considerada marginal o secundaria. Es el caso de Beryl Cook, cuya pintura figurativa y de carácter popular está siendo objeto de una reevaluación crítica en distintos museos europeos. Entre estas propuestas destaca Beryl Cook: Pride and Joy, en The Box (Plymouth), del 24 de enero al 31 de mayo de 2026. Este tipo de iniciativas refleja una tendencia creciente a revisar el canon artístico desde criterios más amplios y diversos.
En el ámbito del arte moderno, 2026 contará también con una cita destacada en torno a Mark Rothko. La Fondazione Palazzo Strozzi, en Florencia, presentará Rothko in Florence, del 14 de marzo al 23 de agosto de 2026, una retrospectiva de gran escala que reunirá más de setenta obras procedentes de colecciones internacionales. La muestra propone un diálogo entre la pintura de Rothko y el contexto artístico florentino, extendiéndose a otros espacios de la ciudad y abordando su relación con la tradición pictórica europea.
En el ámbito del Barroco español, Francisco de Zurbarán protagonizará una de las citas más relevantes del año con una exposición monográfica en la National Gallery de Londres, que se celebrará del 2 de mayo al 23 de agosto de 2026. La muestra reunirá un amplio conjunto de obras procedentes de colecciones internacionales y propondrá una lectura contextual de su producción, situando a Zurbarán dentro del desarrollo del Barroco europeo y atendiendo tanto a su dimensión espiritual como a su rigor formal.
El año 2026 también será relevante en el ámbito de la arquitectura cultural. Numerosos proyectos de ampliación, rehabilitación y nueva construcción de museos están previstos para los próximos meses, con un énfasis especial en la integración del edificio en su entorno urbano y en la sostenibilidad de los espacios. En este contexto, se anuncian iniciativas vinculadas a la reinterpretación del legado arquitectónico de Antoni Gaudí, especialmente en Barcelona, con motivo del centenario de su muerte, que se conmemorará a lo largo de 2026 mediante exposiciones, intervenciones contemporáneas y programas públicos en distintos espacios patrimoniales, así como actuaciones en edificios históricos vinculados a su obra, así como intervenciones contemporáneas en edificios históricos.
Estos proyectos no se limitan a ampliar la oferta expositiva, sino que plantean nuevas formas de relación entre el público y las instituciones culturales. La arquitectura pasa a desempeñar un papel activo en la experiencia del visitante, reforzando el valor simbólico y narrativo del espacio.
Otro de los rasgos destacados del calendario expositivo de 2026 es su carácter internacional. Junto a los grandes centros europeos y norteamericanos, ciudades de Asia y Oriente Medio consolidan su presencia como polos culturales de primer orden, con exposiciones capaces de atraer atención mediática y público internacional. Este desplazamiento geográfico amplía el mapa cultural y diversifica los discursos presentes en las grandes instituciones.
Desde el punto de vista mediático, las grandes exposiciones continúan siendo uno de los contenidos culturales con mayor capacidad de atracción. Suelen generar un volumen elevado de búsquedas, visitas y compartidos, especialmente cuando se presentan en formatos de guía, agenda o análisis contextual. Además, se trata de contenidos con una vigencia prolongada, que mantienen el interés del público durante meses.
La programación artística de 2026 confirma una tendencia ya visible en años anteriores: la necesidad de equilibrar el atractivo visual y la experiencia expositiva con un discurso sólido y contextualizado. Las exposiciones que logren combinar ambos aspectos serán las que definan el panorama cultural del año.
A medida que se vayan concretando fechas y sedes, el calendario se completará con nuevas propuestas. La atención se centrará no solo en la magnitud de los proyectos, sino en su capacidad para aportar lecturas relevantes sobre el arte, la historia y el presente cultural.
En los últimos meses han salido discos muy visibles y otros que han funcionado especialmente bien dentro de la escena, dejando un panorama bastante interesante. Esta lista recoge algunos de los que mejor lo representan y que, además, han sido nuestros favoritos.
Testament. Para Bellum
Los veteranos del thrash demuestran que siguen teniendo algo que decir. Riffs afilados, tempos contundentes y una producción que no suena a despedida, sino a reafirmación.
Trauma Bond. Summer Ends. Some Are Long Gone.
Uno de los discos más extremos y comentados del año en la escena grindcore y noise-metal. Caótico, incómodo y deliberadamente abrasivo.
Deftones. Private Music
Atmosférico, oscuro y reconocible desde el primer minuto. Deftones siguen jugando en su propio terreno, sin competir con nadie, y por eso siguen siendo relevantes.
Spiritbox . Tsunami Sea
Metal moderno bien producido, con equilibrio entre brutalidad y melodía. Un disco que ha conectado escenas distintas y ha ampliado su público sin diluir identidad.
Deafheaven. Lonely People With Power (2025)
Deafheaven vuelve a tensar el equilibrio entre el black metal, el post-metal y la épica emocional, con un disco más áspero y expansivo que sus trabajos recientes. Lonely People With Power recupera intensidad y ambición sin perder sutileza, y confirma a la banda como uno de los nombres clave del metal contemporáneo.
Ghost. Skeletá
Metal teatral, ganchos claros y una puesta en escena que vuelve a funcionar. No es su disco más arriesgado, pero sí uno de los más efectivos del año.
Sleep Token. Even in Arcadia
Uno de los lanzamientos más discutidos de 2025. Amor y rechazo a partes iguales, pero imposible de ignorar por impacto, alcance y conversación generada.
Corpus Offal. Corpus Offal
Metal extremo directo y sin concesiones. Brutalidad bien ejecutada y una identidad clara que lo ha colocado en muchas listas especializadas.
Judas Priest. Invincible Shield II
Heavy metal clásico hecho con oficio y energía. No pretende reinventar nada, pero confirma que Judas Priest sigue siendo un nombre central del género.
Blood Incantation. Absolute Elsewhere
Uno de los discos más respetados del año dentro del metal extremo. Death metal técnico y atmosférico con ambición conceptual y peso real en la escena.
Perry Archangelo Bamonte murió a los 65 años, en su casa y tras una breve enfermedad, durante los días de Navidad, una circunstancia que The Cure confirmó con un comunicado escueto y contenido, en el que hablaban de «enorme tristeza» y recordaban a Bamonte como una presencia creativa, cercana y fundamental dentro de la historia del grupo. La noticia obliga a detenerse y mirar con más atención una figura que nunca fue protagonista, pero sin la cual una parte esencial del sonido de The Cure resulta difícil de explicar.
Bamonte no encaja en la categoría de músico icónico, y esa es precisamente la clave de su importancia. No llegó a la banda como un fichaje estelar ni como un revulsivo mediático, sino desde la trastienda, desde el trabajo invisible que sostiene a los grupos en la carretera. Se incorporó al entorno de The Cure en 1984 como parte del equipo técnico, primero afinando instrumentos, preparando escenarios y acompañando a Robert Smith como asistente directo, aprendiendo de cerca no solo cómo se tocaban las canciones, sino cómo se construía el clima emocional que definía al grupo tanto en estudio como en directo. Ese aprendizaje silencioso explica que, cuando a comienzos de los años noventa pasó a formar parte oficial de la banda, su presencia no alterara el equilibrio, sino que lo reforzara de una manera casi natural.
El Cure de los noventa: capas, exceso y una identidad en tensión
La etapa de Perry Bamonte como miembro pleno coincide con uno de los momentos más complejos de The Cure, cuando la banda se encontraba atrapada entre el peso de su propio legado y la necesidad de no convertirse en una caricatura de sí misma. Tras Disintegration (1989), considerado por muchos como su gran obra definitiva, cualquier movimiento posterior estaba condenado a ser leído como insuficiente o innecesario. Wish (1992) fue la respuesta a esa presión, un disco emocionalmente intenso, físico, casi abrasivo, en el que las guitarras no buscan delicadeza sino empuje, acumulación, insistencia.
En ese contexto, la aportación de Bamonte resulta esencial precisamente porque no se manifiesta de forma evidente. The Cure de los noventa suena grande, amplio, a veces excesivo, y esa sensación no nace de una única mano, sino de la suma de capas que se superponen hasta crear un espacio reconocible, casi físico, en el que la voz de Robert Smith puede moverse con libertad.
Ese papel se hace todavía más visible en Wild Mood Swings (1996), probablemente el disco más discutido de la banda, recibido en su momento como irregular y desconcertante. Con la distancia del tiempo, el álbum se revela como el reflejo honesto de un grupo cansado de su propia identidad, probando registros dispares sin una dirección clara, oscilando entre estilos, tonos y estados de ánimo sin intentar disimular la contradicción. Bamonte encaja ahí porque es un músico flexible, capaz de adaptarse a esa inestabilidad sin forzar una cohesión artificial, permitiendo que el disco avance sin romperse del todo.
Aunque The Cure había definido ya buena parte del imaginario del rock gótico con obras como Pornography (1982), un álbum extremo, opresivo y cargado de imágenes autodestructivas, la banda nunca se limitó a ese territorio. Su historia está marcada por una tensión constante entre la oscuridad y la ligereza, entre la melancolía más densa y el pop inmediato, y es precisamente esa dualidad la que explica su alcance cultural. Canciones como Friday I’m in Love demuestran que el grupo podía moverse hacia la luminosidad sin perder credibilidad, y Bamonte supo habitar ese espacio ambiguo, reforzando tanto los pasajes más sombríos como los más accesibles sin que el conjunto se resintiera.
Cierres y regresos
Con Bloodflowers (2000), The Cure parece consciente de estar cerrando un ciclo. El disco funciona como un balance, un trabajo introspectivo que dialoga con álbumes anteriores desde la madurez y el desgaste, sin la urgencia de demostrar nada a nadie. Aquí, de nuevo, la aportación de Bamonte se percibe como atmósfera, como una línea de temperatura constante que atraviesa todo el álbum y refuerza su carácter de despedida, aunque no definitiva.
Poco después, Bamonte abandona la banda, y lo hace de la misma manera en que había estado siempre, sin estridencias y sin convertir su salida en un relato épico. The Cure ha sobrevivido a múltiples cambios de formación, pero no todos pesan lo mismo. La ausencia de un músico que trabaja desde la estructura y desde lo invisible, se nota precisamente porque altera el equilibrio general, porque el sonido pierde parte de esa cualidad envolvente que había definido al grupo durante más de una década.
Años más tarde, Bamonte regresó puntualmente para momentos simbólicos y, más recientemente, para giras en las que The Cure recuperó una intensidad que sorprendió incluso a sus seguidores más veteranos. La propia banda llegó a afirmar que algunos de esos conciertos estuvieron entre los mejores de su historia.
Bamonte participó en cientos de conciertos y en varios de los discos más representativos de The Cure de los noventa y principios de los dos mil como parte estructural de una etapa decisiva. Su legado no se mide en iconografía ni en protagonismo, sino en equilibrio, en su capacidad de integrarse dentro de la canción para que esta funcione. Hablar hoy de Perry Bamonte es recordar que las grandes bandas no se sostienen solo sobre nombres visibles, sino sobre músicos que entienden la música como un espacio compartido, donde el ego se subordina al clima emocional. En The Cure, donde ese clima ha sido siempre la verdadera esencia, su aportación resulta imposible de ignorar.
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta, del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026, Hammershøi. El ojo que escucha, la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi (1864–1916). Comisariada por Clara Marcellán, la exposición reúne cerca de noventa óleos y dibujos del artista —junto a obras de algunos de sus contemporáneos— y ofrece una lectura amplia y matizada de una producción breve pero singular: algo más de cuatrocientas piezas realizadas a lo largo de apenas cincuenta y un años de vida.
Hammershøi ocupa un lugar central en la pintura danesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque su nombre quedó eclipsado durante décadas tras la consolidación de las vanguardias. Desde los años ochenta del pasado siglo, varias exposiciones internacionales han reactivado el interés por su obra, pero en España su presencia había sido hasta ahora fragmentaria. Esta retrospectiva corrige esa ausencia y permite comprender la coherencia y radicalidad de un pintor que hizo del silencio, la contención y la depuración formal un lenguaje propio.
El recorrido se abre con una obertura que sitúa los primeros años del artista. Tras su formación académica y su paso por las Frie Studieskoler, Hammershøi define muy pronto los motivos y la paleta que lo acompañarán siempre: interiores austeros, figuras ensimismadas, paisajes deshabitados y una gama restringida de blancos, grises, marrones y negros. Obras como Retrato de Ida Ilsted (1890) o Tarde en el salón. La madre y la mujer del artista (1891) muestran ya esa inclinación por escenas suspendidas, próximas al simbolismo y al esteticismo de Whistler, a quien conoció a través de grabados y de la Exposición Universal de París de 1889.
Los retratos y figuras constituyen aproximadamente una cuarta parte de su producción y permiten reconstruir su entorno inmediato: artistas, músicos y amigos. La música, la espera o el recuerdo de un concierto se convierten en motivos recurrentes, como en El violonchelista. Retrato de Henry Bramsen. Hammershøi elimina cualquier elemento narrativo superfluo y recurre a fondos neutros que refuerzan la sensación de tiempo detenido. En Tres mujeres jóvenes (1895), Ida y sus cuñadas aparecen reunidas en una escena doméstica que parece ajena a toda anécdota.
La figura de Ida Ilsted atraviesa buena parte de la exposición. Esposa del pintor desde 1891, aparece tanto como presencia idealizada como desde una cercanía más frágil. Los retratos dobles de la pareja le sirven a Hammershøi para explorar la relación entre figuras, desde composiciones frontales de inspiración clásica hasta soluciones más complejas, como Dos figuras, donde el propio artista se representa de espaldas, separado de Ida por una mesa.
El núcleo más conocido de su obra, los interiores, se despliega en dos vertientes: habitaciones con figuras y espacios completamente vacíos. Las estancias de sus viviendas —especialmente el apartamento de Strandgade 30, donde vivió entre 1898 y 1909— funcionan como laboratorio pictórico. Mujeres de espaldas, puertas entreabiertas, paredes desnudas y una luz medida con precisión construyen escenas de una intensidad contenida. En los interiores vacíos, Hammershøi insiste en una misma vista, alterando mínimos detalles. En Rayos de sol o luz del sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol (1900), la escena se reduce a una puerta cerrada, una ventana y una luz que convierte lo cotidiano en algo casi abstracto.
Los paisajes y vistas urbanas prolongan esa misma lógica. Copenhague aparece desierta y elevada, alejada de cualquier agitación real. Plazas, edificios y calles adquieren una quietud casi irreal. También los paisajes rurales daneses, planos y sobrios, comparten esa ausencia humana, apenas interrumpida por caminos o construcciones. Sus vistas de Londres, escasas pero significativas, conectan con el simbolismo europeo, especialmente con figuras como Fernand Khnopff.
En los años finales, Hammershøi recupera el estudio del cuerpo humano en grandes desnudos y vuelve al autorretrato tras casi quince años de silencio. En 1911 se pinta pincel en mano, afirmando su condición de pintor. Poco después, instalado en Strandgade 25, continuará explorando ese lenguaje depurado hasta su muerte en 1916.
Tras su paso por Madrid, la exposición viajará a la Kunsthaus Zürich. Una oportunidad decisiva para entender a un artista que hizo de la contención una forma de intensidad y de la calma una postura radical frente a su tiempo.
Vida y obra de Vilhelm Hammershøi
Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 15 de mayo de 1864 – 13 de febrero de 1916) fue uno de los pintores daneses más singulares de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Procedente de una familia acomodada, recibió formación artística desde joven y estudió en la Real Academia Danesa de Bellas Artes, completando su aprendizaje en las Frie Studieskoler, donde empezó a alejarse del academicismo dominante y a definir un lenguaje propio.
Desde muy temprano encontró los motivos que marcarían toda su trayectoria: interiores domésticos austeros, figuras ensimismadas, retratos sobrios y paisajes deshabitados, resueltos con una paleta muy restringida de grises, blancos, negros y marrones. Su pintura, aparentemente serena, evita la anécdota y la narración explícita, y se apoya en la luz, el espacio y la repetición de motivos para generar una tensión silenciosa. Estas características lo han vinculado tanto al simbolismo como a la tradición de los maestros holandeses del siglo XVII, así como a la obra de James McNeill Whistler, a quien conoció a través de grabados y exposiciones internacionales.
En 1891 se casó con Ida Ilsted, que se convirtió en una presencia constante en su obra, ya fuera como retrato íntimo o como figura anónima integrada en sus interiores. Ese mismo año participó en la fundación de la Frie Udstilling, un salón independiente creado como alternativa a los circuitos oficiales daneses, donde su pintura había generado rechazo y admiración a partes iguales.
Hammershøi desarrolló la mayor parte de su producción en Copenhague, especialmente en los apartamentos de la calle Strandgade, que utilizó como vivienda y estudio y que se convirtieron en el escenario casi exclusivo de sus interiores más conocidos. Aunque viajó por Europa y expuso en ciudades como París, Berlín o Londres, apenas pintó paisajes fuera de Dinamarca, con la excepción de algunas vistas londinenses de atmósfera brumosa.
Tras su muerte, su obra cayó progresivamente en el olvido, eclipsada por la irrupción de las vanguardias. No fue hasta finales del siglo XX cuando comenzó a ser redescubierta y revalorizada internacionalmente. Hoy Hammershøi es reconocido como un artista radical en su contención, capaz de transformar lo cotidiano y lo aparentemente inmóvil en una experiencia profundamente inquietante.
Tradición, misterio y un viaje al Polo Norte
La Navidad es una estación que invita a leer de otra manera. Cuando el ritmo baja, las luces cambian y el frío obliga a recogerse, muchos lectores buscan historias que acompañen esa atmósfera. No se trata solo de libros ambientados en diciembre: hay relatos que, por su tono, su calidez o su capacidad de detener el tiempo, parecen escritos para ser leídos con una manta cerca. Entre ellos destacan cinco títulos muy distintos entre sí, pero unidos por algo esencial: todos capturan de un modo u otro el espíritu invernal. Tradición, familia, misterio, fantasía… cinco puertas de entrada a una Navidad literaria.
La primera parada es Vieja Navidad, de Washington Irving, un clásico que recupera las celebraciones tradicionales de la Inglaterra rural. Irving describe banquetes, villancicos y escenas hogareñas con una calidez que resiste extraordinariamente el paso del tiempo. No hay un conflicto dramático fuerte ni un gran giro argumental; lo importante es el retrato costumbrista. La narración tiene la capacidad de envolver completamente al lector en un ambiente que, aunque desaparecido, sigue resultando familiar: la fiesta entendida como reunión y como ritual. Es un libro breve, muy amable y perfecto para quien busque una lectura que funcione como refugio.
De ese ambiente casi museístico pasamos a la energía emocional de Mujercitas, de Louisa May Alcott, una novela que muchas personas asocian directamente a la Navidad, incluso sin recordarlo conscientemente. Varias de sus escenas más memorables transcurren en estas fechas: el entusiasmo infantil por los regalos, la renuncia voluntaria para ayudar a otros, la ilusión modesta de una familia que atraviesa dificultades pero no pierde cohesión. Alcott retrata la alegría y el cansancio de crecer, el lugar de la familia en un mundo incierto y, sobre todo, la importancia de los gestos pequeños. En invierno, Mujercitas siempre se siente más cerca, quizá porque es una novela que habla de la calidez humana en medio de la carencia.
La Navidad también puede ser un llamado a la reflexión ética, y ahí Cuento de Navidad, de Charles Dickens, sigue siendo insuperable. La historia de Ebenezer Scrooge es ya un mito moderno: un hombre avaro, encerrado en sí mismo, obligado a enfrentarse a su pasado, su presente y su futuro en una sola noche. La fuerza del relato no está solo en el elemento sobrenatural, sino en la manera en que Dickens expone la desigualdad social, el egoísmo cotidiano y la posibilidad real del cambio. La redención de Scrooge funciona porque no es complaciente: se trata de ver lo que uno ha hecho y asumir el coste. Cada relectura revela una capa nueva, y quizás sea eso lo que lo mantiene vivo cada Navidad.
Pero no todo son buenas intenciones. Para quienes prefieren una celebración con cuchillo escondido, Navidades trágicas de Agatha Christie ofrece el contrapunto perfecto. Un patriarca tiránico reúne a su familia para las fiestas, y el resultado es un crimen en una casa encerrada bajo el frío invernal. Poirot llega a un ambiente cargado de rencores, secretos y décadas de cuentas pendientes. Christie utiliza la iconografía navideña para potenciar el contraste: mientras todo invita a la armonía, la casa estalla. Es una lectura ágil, inteligente y muy eficaz para romper con el exceso de dulzura propio de estas semanas.
El viaje termina con Las cartas de Papá Noel, de J. R. R. Tolkien, quizá el libro más genuinamente navideño de todos. Durante más de veinte años, Tolkien escribió e ilustró cartas para sus hijos haciéndolas pasar por mensajes enviados desde el Polo Norte. En ellas conviven humor, travesuras, fantasía y un universo propio en expansión, con osos polares despistados, elfos de nieve, accidentes cómicos y pequeñas aventuras. Lo que hace especial al libro es la ternura que lo sostiene: es un puente entre el mundo adulto y el infantil, una demostración íntima de cómo la imaginación puede convertirse en tradición familiar. Es, también, un recordatorio de que la Navidad puede ser un acto de invención y de cariño.
Cinco libros, cinco sensibilidades y un mismo paisaje: el del invierno que invita a entrar en historias que reconfortan, sorprenden o iluminan. Este año, cualquier camino que elijas entre estos cinco te llevará a un lugar cálido. Y en estas fechas, eso es casi todo lo que se puede pedir.
El viernes 10 de octubre, la Sala H de Ponferrada se llenó de público con ganas de metal. No era para menos: Tim “Ripper” Owens, el vocalista que un día se puso al frente de Judas Priest, volvía a pisar un escenario español. El ambiente era el que se espera cuando se junta a un público hambriento de directo con un artista que no necesita presentación: expectación, ruido, cerveza y una energía que se notaba incluso antes de que se apagara la primera luz.
La noche comenzó con Black Bomber, banda local que jugaba en casa y lo aprovechó desde el primer minuto. Con Isi Gallego a la batería, Roberto Prieto al bajo, Pedro Megatherion y Javi LesPaul a las guitarras, y Migui Albatross al micrófono, presentaron temas de su disco Blacklisted y adelantaron material del álbum que están preparando. Su sonido no tiene florituras: riffs directos, actitud, y ese aire sucio y contundente que bebe de Motörhead pero también del punk más salvaje. El público, respondió con el mismo pulso.
Con la sala ya completamente entregada, llegó el momento que todos esperaban. José Pineda y Miguel Salvatierra se colocaron en sus puestos de guitarra, Rafael Vázquez afinó su bajo, Fran Santamaría marcó el ritmo en la batería… y entonces, Tim “Ripper” Owens entró el último. La sala estalló en aplausos y gritos antes incluso de que sonara una nota.
El sonido fue rotundo desde el inicio, y la voz de Owens —tan afilada como siempre— se impuso con una claridad que sorprendió incluso a quienes ya lo habían visto en directo. No hay truco: lo suyo es potencia y precisión.
Empezó con temas de KK’s Priest e Iced Earth y terminó con los de Judas Priest. No hubo postureo ni grandes discursos, solo ganas de tocar y pasarlo bien. Owens estuvo cercano, agradecido, y se movió por el escenario con la tranquilidad de quien sabe perfectamente lo que hace. La banda sonó ajustada y potente, con guitarras que se entendían al vuelo y una base rítmica firme, sin fisuras. Todo fluyó con una claridad sorprendente, sin excesos ni vacíos. A mitad del concierto quedaba claro que el heavy metal sigue siendo imparable.
El público respondió con ganas y Owens, visiblemente cómodo, devolvía la energía con una sonrisa y una voz que no se agota.
El concierto terminó como había empezado: con fuerza, sin artificios. Cuando se encendieron las luces, quedaba en el aire esa mezcla de cansancio e inmensa satisfacción que deja un muy buen directo. Owens, con la voz intacta y el aplomo de quien lleva toda la vida sobre un escenario, disfrutó, y el público también. No hizo falta más para que la noche saliera redonda; lo dejó claro en Ponferrada.