Una tarde entre libros con Jorge Ordaz

«La realidad no siempre necesita ser transformada: basta con mirarla desde el ángulo preciso para que revele su parte más extraña»

Memorias de un magnetizador

Mi encuentro con el escritor Jorge Ordaz tuvo lugar un sábado de principios de marzo, a una hora que ya de por sí contiene algo de poético: las cinco de la tarde. Hay horas que parecen escritas para ciertas experiencias, con una luz que inclina el tiempo y una quietud que ralentiza el pulso cotidiano; la de aquel sábado, sin duda, pertenecía a los libros y a las palabras compartidas

El escenario no podía ser más propicio: la librería La Tercera Palabra, un espacio que trasciende su función comercial para convertirse en un lugar de permanencia. No es solo una librería: es un ámbito donde la lectura adquiere una dimensión casi íntima, ajena al ritmo apresurado del exterior.

Tengo el privilegio — cada vez más valioso— de compartir amistad con sus dueños, Lara y Juan, que aquella tarde nos abrieron las puertas en su día de descanso. No es un gesto menor: una librería cerrada al público es otra cosa. No es solo un espacio sin ruido, es un espacio que se recoge sobre sí mismo, que cambia de naturaleza.

Hay algo casi íntimo —casi doméstico— en recorrer una librería vacía. Los lomos dejan de ser un catálogo y se convierten en una suerte de paisaje. Uno no busca: se deja llevar. Los títulos aparecen como señales, como guiños discretos. Y en ese deambular sin rumbo preciso comienza, sin que nadie lo anuncie, la conversación.

Antes de sentarnos, nos movemos despacio entre las estanterías, casi con una especie de respeto intuitivo, como si caminar entre libros exigiera otra velocidad, otra forma de estar. Jorge se detiene aquí y allá, reconoce títulos, los comenta al paso.

Mientras se suceden las fotografías —discretas, sin interrumpir el ritmo de la tarde— y se descorcha una botella de vino blanco, gentileza de mi amigo José María Martínez Parrondo, el tiempo parece adoptar otra cadencia. El vino no irrumpe: acompaña.

Imagen de José Antonio Pernia

Nos detenemos en la sección de literatura inglesa. Jorge toma un libro, lo hojea, lo deja, toma otro. Y entonces aparece un nombre que, hasta ese momento, no formaba parte de mi mapa lector: Anita Brookner. Hay en ese gesto —el de señalar un libro, el de compartir una lectura— una forma de complicidad que solo se da entre lectores.

Salgo de allí con Hotel du Lac bajo el brazo, sin saber todavía que será un descubrimiento luminoso.

Hablamos de La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, a quien redescubro en una reciente y cuidada edición de UVE BOOKS. Ordaz apunta entonces algo que resuena: nadie, en su época, se hubiesse atrevido a escribir una novela con semejante carga social y crítica. Quizá —dice— Benito Pérez Galdós podría haberlo hecho. Pero no lo hizo. Lo hizo ella.

Así comienza esta conversación: rodeado de su obra, casi toda publicada por la editorial Pez de Plata. Solo La mariposa en el mapa escapó a esta editorial, pero la mayoría de sus novelas descansan allí, como testigos silenciosos de una trayectoria constante, íntima y prolífica.

Pregunta: ¿Cómo te sientes al estar entre estos volúmenes, que representan tantos años de tu trabajo y de tu evolución como escritor, observando cómo cada libro refleja no solo un momento de tu carrera, sino también un fragmento de tu vida, de tus lecturas y de tus obsesiones literarias?

Jorge Ordaz: La verdad es que es un sentimiento extraño, un poco abrumador, porque uno no siempre es consciente del volumen de obra que ha generado hasta que lo ve frente a sí. Casi todos los libros están publicados por Pez de Plata, salvo La Mariposa en el mapa, que salió en otra editorial. Pero sí, al verlos alineados, uno tiene la impresión de que es mucha obra; cada libro es como un pequeño mundo encapsulado, con su propio ritmo, sus obsesiones, sus errores y sus aciertos. Me pregunto muchas veces: “¿Me ha dado tiempo a hacer todo esto?”. La respuesta, claro, es que sí, pero hay un matiz: mis libros son relativamente cortos, y eso ayuda a que pueda mantener un ritmo de publicación constante. En comparación con novelas actuales que superan las 500 o 700 páginas, los míos son más comedidos; incluso El fuego y las cenizas, que es el más largo, no alcanza las 300 páginas.

Jorge Ordáz en la Librería La Terecera Palabra en Oviedo. Imagen de José Antonio Pernia

Pregunta: ¿Crees entonces que la extensión de un libro tiene que ver con la calidad de la obra, o más bien con el estilo y el ritmo del autor? ¿Piensas que una novela excesivamente larga podría desvirtuar la esencia de tu escritura, o que incluso la riqueza de una obra no se mide por la cantidad de páginas sino por la intensidad que transmite?

Jorge Ordaz: Exactamente, no creo que la longitud defina la calidad de una obra. Para mí, si me pidieran escribir una novela de 500 páginas, probablemente no podría. Mi estilo no se presta a la sobrecarga descriptiva. En novelas largas, normalmente uno debe introducir extensas descripciones para sostener la narrativa, y yo prefiero sintetizar, dar pinceladas, sugerir más que mostrar en exceso. La extensión siempre debe ir de la mano del ritmo y del estilo que buscas, no al revés. Otros autores tienen facilidad para extenderse y recrearse en largas escenas descriptivas; yo busco la precisión y la intensidad. Creo que cada escritor debe respetar su propia voz, la escritura funciona como un espejo: refleja lo que puedes y quieres hacer, y traicionarte a ti mismo, haciendo algo que no te nace, rara vez funciona.

Pregunta: Jorge, muchos de tus libros parecen nacer de tus pasiones personales y de tus aficiones, como la música y la ópera en Bella Donna, donde reconstruyes la vida de una cantante del belcanto, o el mar como escenario recurrente en tus aventuras, desde La Perla de Oriente hasta otras novelas que exploran rutas marítimas y tradiciones mediterráneas. Incluso tu interés por la geología y la paleontología dio lugar a la idea de un personaje cazador de dinosaurios en El Cazador de Dinosaurios. ¿Podrías hablarnos de cómo estas pasiones personales influyen en tu proceso creativo y cómo logras convertir tus intereses en escenarios, personajes y tramas literarias que al mismo tiempo sean rigurosos, atractivos y sorprendan al lector? Además, ¿crees que esta afinidad con tus propios temas te permite explorar mundos más auténticos y cercanos a ti, o representa también un desafío para no caer en la repetición o el exceso de detalle especializado?

Jorge Ordaz: La creación de una novela comienza con una idea, pero no basta solo con eso. Primero surge un tema que me interesa explorar, algo que me genere ganas de escribir y de investigar. A partir de ahí, hay que situar la época, la trama, definir personajes y documentarse. La documentación es fundamental; muchas veces ocupa más tiempo que la propia escritura. Por ejemplo, en Memorias de un magnetizador, tuve que estudiar frenología y sumergirme en el mundo del esoterismo para poder dar verosimilitud a la historia, aunque el libro no pretende ser un tratado científico. De manera similar, en Las confesiones de un bibliófago exploré con detalle el universo de los bibliófilos, un mundo pequeño pero apasionante, donde los libros se valoran más como objetos de colección que como simples textos de lectura. Otros temas coinciden con mis aficiones que han marcado profundamente mi manera de escribir y la elección de los temas. Cuando abordo un proyecto, parto de algo que me interesa de manera genuina; si no hay un motor personal, es difícil mantener la energía necesaria para desarrollar una novela.

Lo mismo sucede con mi formación científica y la Geología. La idea de un paleontólogo que busca dinosaurios me permitió crear El Cazador de Dinosaurios, un personaje que mezcla aventura, rigor científico y un cierto espíritu de exploración al estilo de un Indiana Jones, pero con base en conocimiento real. Mi formación me impone respeto por los detalles: los datos geológicos, la paleontología, la historia natural deben ser correctos, aunque estén envueltos en una narrativa de ficción. Esa combinación de rigor y creatividad me gusta; creo que ofrece al lector un viaje verosímil pero sorprendente.

Al final, escribir sobre mis intereses me permite crear mundos ricos y coherentes, pero también me obliga a ser disciplinado. Debe haber un equilibrio entre la pasión personal y la mirada del lector, entre lo que a mí me fascina y lo que hace avanzar la trama. Esa tensión, lejos de limitarme, me motiva; cada novela es un ejercicio de precisión, imaginación y estilo. Y es precisamente esa autenticidad —el hecho de que los temas coincidan con mis propios intereses— la que creo que da a mis libros un pulso más cercano, más vivido, sin sacrificar la aventura ni el misterio que toda buena narrativa requiere.

Pregunta: Otro de tus intereses es el cine, especialmente de los años 40, 50 y 60. ¿Cómo influye en tu narrativa?

Jorge Ordaz:  Efectivamente otra de mis grandes pasiones es el cine, y al pensar en posibles novelas, me atrae la idea de explorar ese mundo desde dentro, pero no desde la perspectiva de los actores, sino de todo lo que queda detrás de la pantalla. Los guionistas, los técnicos, los personajes que aparecen solo en los créditos… Ese universo que para muchos permanece invisible me resulta fascinante. Me interesa especialmente el cine de las décadas de los 40, 50 y finales de los 60, que para mí constituye una época espléndida, llena de creatividad y riesgo estético. Últimamente, por comodidad, veo mucho cine en plataformas digitales, pero la mayor parte del cine contemporáneo no me interesa; lo que realmente me apasiona es aquel que viví cuando era niño, las películas que quedan grabadas en la memoria y que, al revisarlas años después, conservan intacta su fuerza y su magia.

Recuerdo con claridad cuando iba al cine de niño en Barcelona: no había móviles, internet ni televisión, y para mí, ir al cine era una verdadera diversión. En el colegio, los jueves por la tarde eran libres y nos llevaban a los cines de barrio: empezaban a las cuatro con dos películas seguidas y salíamos a las siete y media. Normalmente proyectaban primero la película “mala” en blanco y negro, normalmente española y luego la “buena” en color y americana. Durante la función, nos daban nuestra merienda; eran tardes que hoy me parecen idílicas y completamente diferentes al cine de ahora. Me fascinaban aquellas películas que, aunque en el momento parecieran corrientes, conservaban intacta su fuerza y se convertían en un pequeño tesoro de cine clásico en mi memoria.

La literatura funciona de manera muy parecida. Los libros que lees en la infancia y en la adolescencia te marcan de un modo especial; algunos los vuelves a leer y mantienen intacta su fascinación, mientras que otros se deslizan entre los dedos con el tiempo. Yo pertenezco a la generación de Las aventuras de Guillermo, un muchacho travieso y un poco malote, protagonista de varias series de libros infantiles. Allí se hablaba, por ejemplo, de pasteles de jengibre, algo que ahora parece muy cercano, pero que para mi imaginación infantil era absolutamente seductor y exótico. Hay libros que es mejor no volver a tocar, porque los recuerdos y la experiencia de la lectura los han hecho perfectos; otros, aunque los leas muchas veces, conservan intacta su fuerza; y algunos, quizá, se caen un poco de las manos, pero aun así forman parte inseparable de tu educación literaria y emocional.

Pregunta: Hablando de tus primeros libros, como Gabinete de Ciencias Asturales, que es una colección de relatos cortos que escribiste junto a tu colega Biólogo Juan Luis Martínez de la Universidad, y con quien coincidías en muchos gustos literarios… Cuéntanos un poco de los ingredientes de tu manera de hacer, tu modus operandi.

Jorge Ordaz: Sí, esos relatos fueron realmente un punto de partida. Mi manera de trabajar se ha ido definiendo con el tiempo, pero hay tres elementos que siempre están presentes: la ironía, el humor y una erudición que puede ser genuina o construida para la historia. Ese libro, de hecho, ya representaba mi forma de escribir y coincidía bastante con el estilo de Luis, mi compañero. Empecé por el relato corto, que es un territorio muy exigente, mucho más de lo que la gente cree.

Pregunta: La literatura es seducción. ¿Cómo seduces al lector desde la primera línea?

Jorge Ordaz: Eso es complicado. La verdad es que nunca sabes cómo va a responder el lector, pero lo primero es convencerte a ti mismo. Si lo que escribes te convence y estás seguro de ello, entonces puedes pensar que quizá convencerá a los demás. Si no te convence a ti, es prácticamente imposible que funcione con quien lee. Por eso, para mí, escribir es también un acto de confianza: confianza en tu propia voz y en la capacidad de transmitir algo que sea singular y convincente.

Pregunta: Jorge, en La Sacavera observamos cómo Oviedo se convierte en algo más que un simple escenario: la ciudad se transforma en un personaje más, con su historia, su geografía y su atmósfera propia. La novela combina personajes históricos del siglo XVIII —como Feijoo, Doctor Casal o Gil de Jaz— con personajes de ficción, y construye una trama que mezcla misterio y documentación histórica. Me interesa mucho saber cómo surgió esta idea de “sacar” la novela a las calles de Oviedo, creando una ruta literaria que permita a los lectores recorrer físicamente los lugares de la historia, y cómo trabajaste para mantener la fidelidad histórica y al mismo tiempo la libertad narrativa.

Jorge Ordaz:  La idea de convertir Oviedo en un personaje más surgió de una doble necesidad: por un lado, llevaba viviendo en la ciudad más de cincuenta años y, sorprendentemente, nunca había aparecido directamente en mis libros. Por otro, me fascinaba la época del siglo XVIII, que coincide con otra de mis grandes aficiones, y me pregunté cómo sería Oviedo entonces, qué personajes reales circulaban por sus calles y cómo podía entrelazarlos con personajes de ficción para construir una trama intrigante. Así nació la historia: tras una gran tormenta, un extranjero aparece muerto en la puerta de Gascona.

Para mí, trabajar con personajes históricos dentro de un marco de ficción es un acto de equilibrio constante entre respeto por la realidad y libertad narrativa. Primero, parto de lo que sí sé: nombres, fechas, cargos, anécdotas documentadas. Por ejemplo, sé que Feijoo vivió en Oviedo, que el Doctor Casal ocupaba cierta posición social y que Gil de Jaz tenía determinadas inquietudes culturales. Esto me da una base sólida, casi tangible, sobre la que construir. A partir de ahí, empiezo a imaginar cómo podrían haberse comportado en situaciones concretas de la trama.

El truco está en que los personajes históricos conservan su esencia: no les hago actuar de manera que rompan lo que sabemos de ellos, pero sí los pongo en escenarios donde sus decisiones y reacciones pueden entrelazarse con los personajes ficticios. Los inventados, en cambio, tienen más libertad, porque dependen de la historia que quiero contar: su psicología, sus secretos, sus motivaciones, todo se diseña para que la interacción con los históricos sea creíble y, al mismo tiempo, sirva a la intriga.

Cuando decido qué elementos históricos incluir, busco aquellos que aporten textura y credibilidad a la novela: costumbres, detalles arquitectónicos, procesos judiciales, ceremonias o costumbres urbanas. Todo lo que no aparece documentado con certeza puedo inventarlo, siempre dentro de un marco que respete el espíritu de la época. Por ejemplo, en La Sacavera, la muerte del extranjero y su entierro en el cementerio de peregrinos me permitió explorar un choque cultural y religioso muy verosímil, aunque el personaje y su historia sean ficticios.

En cuanto a la coherencia narrativa, la clave está en la documentación previa y en la planificación de la trama: antes de escribir, sé qué lugares y qué personajes reales aparecerán, qué sucesos históricos puedo integrar y cómo mis personajes inventados se moverán dentro de ese contexto. Esto me permite que la ciudad y sus habitantes —reales y ficticios— se sientan vivos, que la historia respire y que el lector tenga la sensación de pasear por un Oviedo auténtico, aunque algunos elementos sean fruto de la imaginación.

En resumen, se trata de un delicado juego de fidelidad histórica y libertad creativa: la historia real proporciona la base sólida, mientras que la ficción introduce misterio, emoción y dinamismo. Es como componer una partitura: los personajes históricos son las notas fijas, y los ficticios son los matices que hacen que la música cobre vida. Así Oviedo se convierte no solo en un escenario, sino en un territorio emocional y literario en el que realidad e imaginación conviven y se retroalimentan.

Jorge, para cerrar esta conversación, cuéntanos brevemente: ¿cómo surgió la idea de llevar la novela a las calles y, de paso, para los que aún no lo saben, ¿qué es exactamente una sacavera?

Jorge Ordaz: (Ríe) Pues mira, la idea de llevar la novela a las calles surgió gracias a los amigos lectores y colaboradores que me propusieron crear una ruta literaria. La primera edición fue más histórica que literaria, un paseo por la Oviedo del siglo XVIII, pero ahora la ruta sigue referencias directas de la novela, leyendo fragmentos en lugares concretos. La intención siempre fue hacer un Oviedo reconocible, que no fuera Vetusta, mostrando casas, negocios y edificios emblemáticos, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un personaje más, con su historia, su arquitectura, su leyenda y su memoria colectiva.

Y la sacavera… La sacavera es una salamandra típica de Oviedo, negra y amarilla, con unas características muy particulares.

Para mí, se convirtió en un símbolo perfecto: el negro representa las sombras, el misterio, y el dorado, la luz, la claridad, la revelación. Además, tiene una fama oscura en el mundo rural, estigmatizada porque “saca los ojos”, lo que encajaba perfectamente con el tono misterioso de la novela. Puedes verla por los alrededores del claustro de la catedral, en el Monasterio de San Pelayo o en el Monasterio de San Vicente, ambos situados en el casco histórico de la ciudad; es una subespecie con dibujos muy particulares que hacen que el negro y el dorado de la ilustración funcionen como símbolos de tinieblas y luz.

La portada, con la mujer semidesnuda, la salamandra, los símbolos de masonería y los vampiros, fue un acierto visual que refuerza la atmósfera de la historia. Incluso hubo cierta confusión con mi editor, Salvador, que no sabía exactamente qué era una sacavera, pero eso le dio un toque anecdótico. Curiosamente, tras la publicación, los lectores comenzaron a fijarse en las salamandras que habitan distintos barrios de la ciudad y me enviaban fotos de sacaveras desde Pumarin, el casco histórico y otras zonas de Oviedo, ¡algo que jamás habría imaginado!

Entrevista completa en nuestro próximo número en papel.

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