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proceso creativo

EntrevistasLiteratura

Una tarde entre libros con Jorge Ordaz

by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«La realidad no siempre necesita ser transformada: basta con mirarla desde el ángulo preciso para que revele su parte más extraña»

Memorias de un magnetizador

Mi encuentro con el escritor Jorge Ordaz tuvo lugar un sábado de principios de marzo, a una hora que ya de por sí contiene algo de poético: las cinco de la tarde. Hay horas que parecen escritas para ciertas experiencias, con una luz que inclina el tiempo y una quietud que ralentiza el pulso cotidiano; la de aquel sábado, sin duda, pertenecía a los libros y a las palabras compartidas

El escenario no podía ser más propicio: la librería La Tercera Palabra, un espacio que trasciende su función comercial para convertirse en un lugar de permanencia. No es solo una librería: es un ámbito donde la lectura adquiere una dimensión casi íntima, ajena al ritmo apresurado del exterior.

Tengo el privilegio — cada vez más valioso— de compartir amistad con sus dueños, Lara y Juan, que aquella tarde nos abrieron las puertas en su día de descanso. No es un gesto menor: una librería cerrada al público es otra cosa. No es solo un espacio sin ruido, es un espacio que se recoge sobre sí mismo, que cambia de naturaleza.

Hay algo casi íntimo —casi doméstico— en recorrer una librería vacía. Los lomos dejan de ser un catálogo y se convierten en una suerte de paisaje. Uno no busca: se deja llevar. Los títulos aparecen como señales, como guiños discretos. Y en ese deambular sin rumbo preciso comienza, sin que nadie lo anuncie, la conversación.

Antes de sentarnos, nos movemos despacio entre las estanterías, casi con una especie de respeto intuitivo, como si caminar entre libros exigiera otra velocidad, otra forma de estar. Jorge se detiene aquí y allá, reconoce títulos, los comenta al paso.

Mientras se suceden las fotografías —discretas, sin interrumpir el ritmo de la tarde— y se descorcha una botella de vino blanco, gentileza de mi amigo José María Martínez Parrondo, el tiempo parece adoptar otra cadencia. El vino no irrumpe: acompaña.

Imagen de José Antonio Pernia

Nos detenemos en la sección de literatura inglesa. Jorge toma un libro, lo hojea, lo deja, toma otro. Y entonces aparece un nombre que, hasta ese momento, no formaba parte de mi mapa lector: Anita Brookner. Hay en ese gesto —el de señalar un libro, el de compartir una lectura— una forma de complicidad que solo se da entre lectores.

Salgo de allí con Hotel du Lac bajo el brazo, sin saber todavía que será un descubrimiento luminoso.

Hablamos de La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, a quien redescubro en una reciente y cuidada edición de UVE BOOKS. Ordaz apunta entonces algo que resuena: nadie, en su época, se hubiesse atrevido a escribir una novela con semejante carga social y crítica. Quizá —dice— Benito Pérez Galdós podría haberlo hecho. Pero no lo hizo. Lo hizo ella.

Así comienza esta conversación: rodeado de su obra, casi toda publicada por la editorial Pez de Plata. Solo La mariposa en el mapa escapó a esta editorial, pero la mayoría de sus novelas descansan allí, como testigos silenciosos de una trayectoria constante, íntima y prolífica.

 

Pregunta: ¿Cómo te sientes al estar entre estos volúmenes, que representan tantos años de tu trabajo y de tu evolución como escritor, observando cómo cada libro refleja no solo un momento de tu carrera, sino también un fragmento de tu vida, de tus lecturas y de tus obsesiones literarias?

Jorge Ordaz: La verdad es que es un sentimiento extraño, un poco abrumador, porque uno no siempre es consciente del volumen de obra que ha generado hasta que lo ve frente a sí. Casi todos los libros están publicados por Pez de Plata, salvo La Mariposa en el mapa, que salió en otra editorial. Pero sí, al verlos alineados, uno tiene la impresión de que es mucha obra; cada libro es como un pequeño mundo encapsulado, con su propio ritmo, sus obsesiones, sus errores y sus aciertos. Me pregunto muchas veces: “¿Me ha dado tiempo a hacer todo esto?”. La respuesta, claro, es que sí, pero hay un matiz: mis libros son relativamente cortos, y eso ayuda a que pueda mantener un ritmo de publicación constante. En comparación con novelas actuales que superan las 500 o 700 páginas, los míos son más comedidos; incluso El fuego y las cenizas, que es el más largo, no alcanza las 300 páginas.

 

Jorge Ordáz en la Librería La Terecera Palabra en Oviedo. Imagen de José Antonio Pernia

Pregunta: ¿Crees entonces que la extensión de un libro tiene que ver con la calidad de la obra, o más bien con el estilo y el ritmo del autor? ¿Piensas que una novela excesivamente larga podría desvirtuar la esencia de tu escritura, o que incluso la riqueza de una obra no se mide por la cantidad de páginas sino por la intensidad que transmite?

Jorge Ordaz: Exactamente, no creo que la longitud defina la calidad de una obra. Para mí, si me pidieran escribir una novela de 500 páginas, probablemente no podría. Mi estilo no se presta a la sobrecarga descriptiva. En novelas largas, normalmente uno debe introducir extensas descripciones para sostener la narrativa, y yo prefiero sintetizar, dar pinceladas, sugerir más que mostrar en exceso. La extensión siempre debe ir de la mano del ritmo y del estilo que buscas, no al revés. Otros autores tienen facilidad para extenderse y recrearse en largas escenas descriptivas; yo busco la precisión y la intensidad. Creo que cada escritor debe respetar su propia voz, la escritura funciona como un espejo: refleja lo que puedes y quieres hacer, y traicionarte a ti mismo, haciendo algo que no te nace, rara vez funciona.

Pregunta: Jorge, muchos de tus libros parecen nacer de tus pasiones personales y de tus aficiones, como la música y la ópera en Bella Donna, donde reconstruyes la vida de una cantante del belcanto, o el mar como escenario recurrente en tus aventuras, desde La Perla de Oriente hasta otras novelas que exploran rutas marítimas y tradiciones mediterráneas. Incluso tu interés por la geología y la paleontología dio lugar a la idea de un personaje cazador de dinosaurios en El Cazador de Dinosaurios. ¿Podrías hablarnos de cómo estas pasiones personales influyen en tu proceso creativo y cómo logras convertir tus intereses en escenarios, personajes y tramas literarias que al mismo tiempo sean rigurosos, atractivos y sorprendan al lector? Además, ¿crees que esta afinidad con tus propios temas te permite explorar mundos más auténticos y cercanos a ti, o representa también un desafío para no caer en la repetición o el exceso de detalle especializado?

Jorge Ordaz: La creación de una novela comienza con una idea, pero no basta solo con eso. Primero surge un tema que me interesa explorar, algo que me genere ganas de escribir y de investigar. A partir de ahí, hay que situar la época, la trama, definir personajes y documentarse. La documentación es fundamental; muchas veces ocupa más tiempo que la propia escritura. Por ejemplo, en Memorias de un magnetizador, tuve que estudiar frenología y sumergirme en el mundo del esoterismo para poder dar verosimilitud a la historia, aunque el libro no pretende ser un tratado científico. De manera similar, en Las confesiones de un bibliófago exploré con detalle el universo de los bibliófilos, un mundo pequeño pero apasionante, donde los libros se valoran más como objetos de colección que como simples textos de lectura. Otros temas coinciden con mis aficiones que han marcado profundamente mi manera de escribir y la elección de los temas. Cuando abordo un proyecto, parto de algo que me interesa de manera genuina; si no hay un motor personal, es difícil mantener la energía necesaria para desarrollar una novela.

Lo mismo sucede con mi formación científica y la Geología. La idea de un paleontólogo que busca dinosaurios me permitió crear El Cazador de Dinosaurios, un personaje que mezcla aventura, rigor científico y un cierto espíritu de exploración al estilo de un Indiana Jones, pero con base en conocimiento real. Mi formación me impone respeto por los detalles: los datos geológicos, la paleontología, la historia natural deben ser correctos, aunque estén envueltos en una narrativa de ficción. Esa combinación de rigor y creatividad me gusta; creo que ofrece al lector un viaje verosímil pero sorprendente.

Al final, escribir sobre mis intereses me permite crear mundos ricos y coherentes, pero también me obliga a ser disciplinado. Debe haber un equilibrio entre la pasión personal y la mirada del lector, entre lo que a mí me fascina y lo que hace avanzar la trama. Esa tensión, lejos de limitarme, me motiva; cada novela es un ejercicio de precisión, imaginación y estilo. Y es precisamente esa autenticidad —el hecho de que los temas coincidan con mis propios intereses— la que creo que da a mis libros un pulso más cercano, más vivido, sin sacrificar la aventura ni el misterio que toda buena narrativa requiere.

Pregunta: Otro de tus intereses es el cine, especialmente de los años 40, 50 y 60. ¿Cómo influye en tu narrativa?

Jorge Ordaz:  Efectivamente otra de mis grandes pasiones es el cine, y al pensar en posibles novelas, me atrae la idea de explorar ese mundo desde dentro, pero no desde la perspectiva de los actores, sino de todo lo que queda detrás de la pantalla. Los guionistas, los técnicos, los personajes que aparecen solo en los créditos… Ese universo que para muchos permanece invisible me resulta fascinante. Me interesa especialmente el cine de las décadas de los 40, 50 y finales de los 60, que para mí constituye una época espléndida, llena de creatividad y riesgo estético. Últimamente, por comodidad, veo mucho cine en plataformas digitales, pero la mayor parte del cine contemporáneo no me interesa; lo que realmente me apasiona es aquel que viví cuando era niño, las películas que quedan grabadas en la memoria y que, al revisarlas años después, conservan intacta su fuerza y su magia.

Recuerdo con claridad cuando iba al cine de niño en Barcelona: no había móviles, internet ni televisión, y para mí, ir al cine era una verdadera diversión. En el colegio, los jueves por la tarde eran libres y nos llevaban a los cines de barrio: empezaban a las cuatro con dos películas seguidas y salíamos a las siete y media. Normalmente proyectaban primero la película “mala” en blanco y negro, normalmente española y luego la “buena” en color y americana. Durante la función, nos daban nuestra merienda; eran tardes que hoy me parecen idílicas y completamente diferentes al cine de ahora. Me fascinaban aquellas películas que, aunque en el momento parecieran corrientes, conservaban intacta su fuerza y se convertían en un pequeño tesoro de cine clásico en mi memoria.

La literatura funciona de manera muy parecida. Los libros que lees en la infancia y en la adolescencia te marcan de un modo especial; algunos los vuelves a leer y mantienen intacta su fascinación, mientras que otros se deslizan entre los dedos con el tiempo. Yo pertenezco a la generación de Las aventuras de Guillermo, un muchacho travieso y un poco malote, protagonista de varias series de libros infantiles. Allí se hablaba, por ejemplo, de pasteles de jengibre, algo que ahora parece muy cercano, pero que para mi imaginación infantil era absolutamente seductor y exótico. Hay libros que es mejor no volver a tocar, porque los recuerdos y la experiencia de la lectura los han hecho perfectos; otros, aunque los leas muchas veces, conservan intacta su fuerza; y algunos, quizá, se caen un poco de las manos, pero aun así forman parte inseparable de tu educación literaria y emocional.

Pregunta: Hablando de tus primeros libros, como Gabinete de Ciencias Asturales, que es una colección de relatos cortos que escribiste junto a tu colega Biólogo Juan Luis Martínez de la Universidad, y con quien coincidías en muchos gustos literarios… Cuéntanos un poco de los ingredientes de tu manera de hacer, tu modus operandi.

Jorge Ordaz: Sí, esos relatos fueron realmente un punto de partida. Mi manera de trabajar se ha ido definiendo con el tiempo, pero hay tres elementos que siempre están presentes: la ironía, el humor y una erudición que puede ser genuina o construida para la historia. Ese libro, de hecho, ya representaba mi forma de escribir y coincidía bastante con el estilo de Luis, mi compañero. Empecé por el relato corto, que es un territorio muy exigente, mucho más de lo que la gente cree.

Pregunta: La literatura es seducción. ¿Cómo seduces al lector desde la primera línea?

Jorge Ordaz: Eso es complicado. La verdad es que nunca sabes cómo va a responder el lector, pero lo primero es convencerte a ti mismo. Si lo que escribes te convence y estás seguro de ello, entonces puedes pensar que quizá convencerá a los demás. Si no te convence a ti, es prácticamente imposible que funcione con quien lee. Por eso, para mí, escribir es también un acto de confianza: confianza en tu propia voz y en la capacidad de transmitir algo que sea singular y convincente.

Pregunta: Jorge, en La Sacavera observamos cómo Oviedo se convierte en algo más que un simple escenario: la ciudad se transforma en un personaje más, con su historia, su geografía y su atmósfera propia. La novela combina personajes históricos del siglo XVIII —como Feijoo, Doctor Casal o Gil de Jaz— con personajes de ficción, y construye una trama que mezcla misterio y documentación histórica. Me interesa mucho saber cómo surgió esta idea de “sacar” la novela a las calles de Oviedo, creando una ruta literaria que permita a los lectores recorrer físicamente los lugares de la historia, y cómo trabajaste para mantener la fidelidad histórica y al mismo tiempo la libertad narrativa.

Jorge Ordaz:  La idea de convertir Oviedo en un personaje más surgió de una doble necesidad: por un lado, llevaba viviendo en la ciudad más de cincuenta años y, sorprendentemente, nunca había aparecido directamente en mis libros. Por otro, me fascinaba la época del siglo XVIII, que coincide con otra de mis grandes aficiones, y me pregunté cómo sería Oviedo entonces, qué personajes reales circulaban por sus calles y cómo podía entrelazarlos con personajes de ficción para construir una trama intrigante. Así nació la historia: tras una gran tormenta, un extranjero aparece muerto en la puerta de Gascona.

Para mí, trabajar con personajes históricos dentro de un marco de ficción es un acto de equilibrio constante entre respeto por la realidad y libertad narrativa. Primero, parto de lo que sí sé: nombres, fechas, cargos, anécdotas documentadas. Por ejemplo, sé que Feijoo vivió en Oviedo, que el Doctor Casal ocupaba cierta posición social y que Gil de Jaz tenía determinadas inquietudes culturales. Esto me da una base sólida, casi tangible, sobre la que construir. A partir de ahí, empiezo a imaginar cómo podrían haberse comportado en situaciones concretas de la trama.

El truco está en que los personajes históricos conservan su esencia: no les hago actuar de manera que rompan lo que sabemos de ellos, pero sí los pongo en escenarios donde sus decisiones y reacciones pueden entrelazarse con los personajes ficticios. Los inventados, en cambio, tienen más libertad, porque dependen de la historia que quiero contar: su psicología, sus secretos, sus motivaciones, todo se diseña para que la interacción con los históricos sea creíble y, al mismo tiempo, sirva a la intriga.

Cuando decido qué elementos históricos incluir, busco aquellos que aporten textura y credibilidad a la novela: costumbres, detalles arquitectónicos, procesos judiciales, ceremonias o costumbres urbanas. Todo lo que no aparece documentado con certeza puedo inventarlo, siempre dentro de un marco que respete el espíritu de la época. Por ejemplo, en La Sacavera, la muerte del extranjero y su entierro en el cementerio de peregrinos me permitió explorar un choque cultural y religioso muy verosímil, aunque el personaje y su historia sean ficticios.

En cuanto a la coherencia narrativa, la clave está en la documentación previa y en la planificación de la trama: antes de escribir, sé qué lugares y qué personajes reales aparecerán, qué sucesos históricos puedo integrar y cómo mis personajes inventados se moverán dentro de ese contexto. Esto me permite que la ciudad y sus habitantes —reales y ficticios— se sientan vivos, que la historia respire y que el lector tenga la sensación de pasear por un Oviedo auténtico, aunque algunos elementos sean fruto de la imaginación.

En resumen, se trata de un delicado juego de fidelidad histórica y libertad creativa: la historia real proporciona la base sólida, mientras que la ficción introduce misterio, emoción y dinamismo. Es como componer una partitura: los personajes históricos son las notas fijas, y los ficticios son los matices que hacen que la música cobre vida. Así Oviedo se convierte no solo en un escenario, sino en un territorio emocional y literario en el que realidad e imaginación conviven y se retroalimentan.

Jorge, para cerrar esta conversación, cuéntanos brevemente: ¿cómo surgió la idea de llevar la novela a las calles y, de paso, para los que aún no lo saben, ¿qué es exactamente una sacavera?

Jorge Ordaz: (Ríe) Pues mira, la idea de llevar la novela a las calles surgió gracias a los amigos lectores y colaboradores que me propusieron crear una ruta literaria. La primera edición fue más histórica que literaria, un paseo por la Oviedo del siglo XVIII, pero ahora la ruta sigue referencias directas de la novela, leyendo fragmentos en lugares concretos. La intención siempre fue hacer un Oviedo reconocible, que no fuera Vetusta, mostrando casas, negocios y edificios emblemáticos, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un personaje más, con su historia, su arquitectura, su leyenda y su memoria colectiva.

Y la sacavera… La sacavera es una salamandra típica de Oviedo, negra y amarilla, con unas características muy particulares.

Para mí, se convirtió en un símbolo perfecto: el negro representa las sombras, el misterio, y el dorado, la luz, la claridad, la revelación. Además, tiene una fama oscura en el mundo rural, estigmatizada porque “saca los ojos”, lo que encajaba perfectamente con el tono misterioso de la novela. Puedes verla por los alrededores del claustro de la catedral, en el Monasterio de San Pelayo o en el Monasterio de San Vicente, ambos situados en el casco histórico de la ciudad; es una subespecie con dibujos muy particulares que hacen que el negro y el dorado de la ilustración funcionen como símbolos de tinieblas y luz.

La portada, con la mujer semidesnuda, la salamandra, los símbolos de masonería y los vampiros, fue un acierto visual que refuerza la atmósfera de la historia. Incluso hubo cierta confusión con mi editor, Salvador, que no sabía exactamente qué era una sacavera, pero eso le dio un toque anecdótico. Curiosamente, tras la publicación, los lectores comenzaron a fijarse en las salamandras que habitan distintos barrios de la ciudad y me enviaban fotos de sacaveras desde Pumarin, el casco histórico y otras zonas de Oviedo, ¡algo que jamás habría imaginado!

Entrevista completa en nuestro próximo número en papel.

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ArteEntrevistasPersonajes

ENTREVISTA: Federico Granell

by Beatriz Menéndez Alonso 26/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

«El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una
imaginación desencadenada
que actúa sin freno…»

Friedrich Hegel 

Comencemos esta entrevista desandando los pasos de la memoria, en busca del momento en que empezaste a pintar no solo lo que veías, sino lo que intuías. A menudo el camino del artista se traza desde la copia hacia la invención, desde la observación externa hacia un imaginario más interior. ¿Cuándo sentiste que habías dejado atrás esa etapa inicial para empezar a pintar lo que, sin saberlo del todo, ya habitaba en ti?

Más o menos siempre pinté parecido. Desde el principio tuve muy claro lo que me gustaba y lo que no. Con el tiempo empecé a investigar sobre los personajes, la gente, el viaje, la música que nos habita… y quise juntar todo eso para crear algo reconocible. Esa es la parte difícil del arte: trazar tu propio estilo y que quien vea tu obra la identifique de inmediato. 
El proceso fluyó de manera muy natural, casi instintiva, pero con el respaldo de años de aprendizaje y observación. Es cierto que hice un trabajo previo de investigación sobre el color, con referencias visuales y con la base sólida de mi formación en la Escuela de Bellas Artes de Salamanca. Pero si tuviera que señalar un momento clave en la definición de mi estilo, sería mi primer viaje a Londres, ya fuera del marco académico. Allí empecé a reconciliar lo aprendido con la búsqueda de mi propia identidad como artista. Y fue en Roma, gracias a una Beca de Pintura, donde se confirmó absolutamente mi vocación: supe con total claridad que quería ser pintor y, aún más, vivir de mi pasión. Es un trabajo diario que exige mucha dedicación, pero siempre supe que no me iba a aburrir haciendo lo que hago, ni a tirar la toalla, porque tenía muchas cosas que contar. 

¿Qué parte de ti —emocional, simbólica o incluso física— queda en cada obra? ¿Y qué determina que una pieza te implique más profundamente que otra?

Mucho. En algunas más que en otras, porque te implicas más, o porque estás más vulnerable en ese momento, y eso se refleja.
En otras, por ejemplo, cuando preparas una exposición, tienes que contar una historia, y como en toda historia, hay capítulos más lentos, más calmados, menos trepidantes. No todo puede estar siempre en la cúspide de la emoción. 
Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti. Recuerdo en este sentido un cuadro muy especial para mí, que forma parte de la Exposición «Para Iluminar un bosque», que estuvo en el Centro de Cultura del Antiguo Instituto de Gijón entre el año 2020 y 2021: Se trata de un friso con personajes en la noche, portando velas en las manos, en el que quise inmortalizar a varios compañeros de gremio. Esa imagen me acompañó durante años, y cuando por fin la pinté fue una experiencia emocionalmente muy explosiva para mí. 

«Mi pintura es contenida, tranquila. No hay grandes explosiones. Pero siempre hay una obra que tiene más fuerza porque has dejado más de ti».

Obra en el estudio del artista. Imagen de José Antonio Pernia López

En tus obras aparecen figuras solitarias que parecen extraídas de un sueño o de una escena infantil congelada en el tiempo: recortables, marionetas, personajes que no hablan, pero se dejan observar. Hay en ellas una quietud llena de intención, una presencia muda que inquieta y atrae a la vez. ¿De dónde vienen estos personajes? ¿Qué diálogo secreto mantienes con esas presencias? ¿Te acompañan, te confrontan, te hablan…? ¿Cómo son realmente?

Son ante todo obedientes. Me siento como un escenógrafo que dirige un pequeño universo en miniatura: las coloco cuidadosamente, las organizo, las acomodo en el espacio como si fueran actores en una escena teatral. Juego con ellas, buscando siempre lo más potente y expresivo de cada composición, porque para mí cada pieza —y en especial las esculturas— tienen una carga profundamente narrativa. No las veo como objetos estáticos, sino como elementos vivos que pueden transformarse, evolucionar y adoptar nuevos significados según el contexto en el que las ubique. Por eso las reutilizo, las reciclo, las transformo y las vuelvo a poner en escena una y otra vez. Este proceso, por me permite pensar y repensar mis ideas desde diferentes ángulos, dándoles una riqueza y profundidad que no existirían si se quedaran fijas en una única forma.
La fotografía es una herramienta fundamental en ese recorrido. Me permite documentar cada etapa, registrar la evolución de la pieza y fijar la idea que quiero trabajar desde el principio hasta la finalización. A través de las imágenes puedo observar detalles que en la tridimensionalidad pasan desapercibidos, y también construir un relato visual que acompaña y completa el trabajo escultórico.
Son un poco Frankenstein, ensambladas a partir de partes de otras piezas o moldes que hago yo mismo. A veces me piden Lilys, otras, simplemente parecen querer salir al jardín a jugar. Al final cada una encuentra su propio camino , su propia voz, y yo solo las acompaño en este tránsito.

En este universo de pequeños rituales visuales, la música no actúa como un simple fondo. Es una presencia constante, un latido invisible que acompaña el gesto artístico. El silencio, lejos de ser neutral, parece casi incómodo; la música, en cambio, se convierte en una forma de sostén.
¿Qué lugar ocupa la música en tu proceso de creación? ¿ Funciona como una atmósfera emocional o como un estímulo narrativo? 

Trabajar sin música me deprime, me pesa. A veces ni la escuchó, pero sé que está ahí, me genera tranquilidad, tiene ese tono neutro necesario para concentrarme. 
En mi exposición Las canciones que vienen al caso, presentada en la Casa de las Artes y las Ciencias de Bueño, partí de los cuadernos de canciones que dibujo. Se ampliaron y expusieron unas 55 imágenes aproximadamente, que son las acuarelas originales. En un primer instante, la imagen se formó con nitidez en mi mente, como si ya existiera desde antes, aguardando ser descubierta. Sin embargo, el espacio —ese entorno cambiante, cargado de significados y vacíos— interviene inevitablemente. La obra, aunque concebida con claridad, se transforma al situarse en un contexto, al enfrentarse con la luz, las proporciones, las texturas y hasta con la mirada del espectador. Fue precisamente este diálogo con el espacio lo que prolongó el proceso mucho más de lo que inicialmente había previsto. Cada rincón, cada dimensión, cada incidencia de la luz obligaba a reconsiderar detalles, a reajustar escalas y a replantear la disposición de las piezas. Lo que parecía una idea clara y sencilla en la mente, se reveló complejo y cambiante al momento de traducirse en el lugar físico. Así, la obra no solo se construyó, sino que se fue gestando en un continuo ajuste, donde el espacio no fue un mero soporte, sino un verdadero coautor que exigió paciencia, atención y respeto. Las imágenes son canciones, y las esculturas dialogan con ese universo musical: auriculares, vinilos, tocadiscos… etc Todo contribuye a ese mundo. El montaje, las piezas y los vídeos del proceso creativo aportan una serenidad y manualidad que siempre persigo alcanzar. Me gustó especialmente que se hiciera un catálogo ligado a la obra, algo que por desgracia se está perdiendo y que considero fundamental.

¿Qué música escuchas mientras trabajas? ¿Qué artistas y bandas te inspiran? 
Cigarettes After Sex me parecen perfectos para pintar, su sonido es muy envolvente, tranquilo casi hipnótico, ideal para dejar que la creatividad fluya. Incluso mis alumnos los escuchan. Además, me encanta la bossa nova. Artistas como Astrud Gilberto y Rita Lee tienen un toque especial, esa mezcla de suavidad y ritmo que siempre me inspira. Me fascina cómo han abordado incluso versiones de los Beatles, dándoles un aire nuevo y fresco, con una elegancia y calidez muy características de ese género.
Recientemente he descubierto a Fat Dog, que me parecen pura energía. Son una banda que aporta mucha fuerza y dinamismo, algo que a veces necesito para salir de la rutina y darle un impulso más vibrante a mi proceso creativo.
También soy fan de Floating Points, que tienen un estilo muy adictivo y sofisticado, con capas sonoras que invitan a sumergirse en su música y explorar nuevas sensaciones.

¿Y tus incunables? 
Hay ciertas bandas y artistas a los que siempre vuelvo, porque forman parte de mi ADN musical y emocional. Family, Los Planetas, Stone Roses, Klaus & Kinski, La Bien Querida, Pulp, New Order… Todos ellos me remiten inevitablemente a Radio 3, que era mi compañía fiel cuando estudiaba en Salamanca.

Federico Granell en su estudio. Imagen de José Antonio Pernia López

El estudio es refugio, pero también un espacio de búsqueda. Lo habitas como se habita una casa: con memoria, con costumbre, con alegría. Aun así, te defines como un artista itinerante, capaz de trabajar donde te lleve la necesidad o el impulso. ¿Es el estudio, para ti, un lugar físico o un estado mental? ¿Qué supone abrirlo a otros a través de las clases de pintura?

Ambas cosas. Es mi segunda casa, pero también un estado mental. Puedo trabajar en cualquier sitio si la idea es clara, si estoy conectado con lo que quiero hacer. Aun así, el estudio tiene un valor muy especial para mí: me permite hacer obras más grandes, desarrollar esculturas, experimentar con materiales y formatos que en otros lugares no podría abordar.
Vengo feliz al estudio. Es una prolongación de mi casa y casi una réplica, no sólo en lo físico, sino en lo emocional. Está lleno de objetos, de libros, de cosas que me acompañan. Soy muy acumulador —me gusta rodearme de cosas—, pero no es una acumulación al azar: cada objeto que guardo me dice algo, me transmite una pequeña chispa, una referencia, un recuerdo. Son disparadores visuales y afectivos.
Y es también un lugar para compartir. Doy clases de pintura aquí desde hace años, y eso me conecta con otras miradas, otras formas de entender el arte. Es un intercambio muy enriquecedor. Me gusta acompañar procesos, ayudar a que otros descubran su voz plástica, sin imponer la mía. Me interesa más sugerir que corregir, más guiar que marcar un camino único. Y a la vez, aprender. Porque enseñar también es una manera de seguir afinando la propia mirada.

¿Existen temas, motivos o formatos que prefieres evitar? ¿Hay algo que sientas que no pintarías nunca, no por prejuicio, sino porque simplemente no conecta contigo como creador?

No diría que hay algo que nunca pintaría, pero sí hay ciertos temas que, por lo general, evito. Los retratos, por ejemplo. Creo que, salvo que seas Velázquez, envejecen mal. Tengo algunos, claro, porque a veces surgen casi inevitablemente, pero los considero más bien excepciones. Tampoco me atraen mucho los bodegones o las naturalezas muertas; no conecto con ese tipo de representación, no me despierta nada especial. Y en cuanto a los encargos, especialmente cuando se trata de retratos, suelo evitarlos porque me condicionan demasiado. Me siento limitado, como si tuviera que responder a expectativas ajenas más que seguir mi propio impulso. En resumen, aunque no cierro la puerta por completo, hay ciertos caminos que prefiero no tomar. 

El tema del fracaso aparece, como siempre en todos los procesos creativos, no como una derrota, sino como parte del trayecto. Me interesa ese otro lado de la práctica artística: los límites, los bloqueos, la mirada del otro. ¿Cómo convives con los momentos de duda o de frustración? ¿Te afecta la opinión ajena? ¿Qué lugar ocupa para ti el error dentro del proceso?

La mirada del otro me importa, sí. La sigo de cerca, tanto en redes sociales como en exposiciones. Escucho con atención lo que dice el público, lo que comentan otros artistas, amigos, gente que ve la obra con ojos distintos a los míos. Muchas veces, de esas conversaciones surgen ideas nuevas, o maneras de mirar lo que uno estaba haciendo y no terminaba de entender del todo. No se trata de complacer, pero sí de estar abierto, porque la pintura, aunque sea un acto íntimo, también se completa cuando alguien la observa. Esa mirada externa a veces te confirma intuiciones, y otras veces te obliga a replantearte cosas. Me transforma, claro que sí. 
En cuanto al fracaso, creo que está siempre presente, en distintas formas. Hay muchos cuadros que se quedan a medias, que no avanzan, que se estancan. Es frustrante, porque inviertes tiempo, energía, entusiasmo… y sientes que no llegan a donde querías llevarlos.
Pero con el tiempo aprendí a ver ese tipo de fracaso como algo relativo. Aunque el cuadro no funcione, algo deja: una idea, un gesto, una enseñanza técnica, o simplemente la conciencia de un límite. A veces hay que fracasar para entender por qué un camino no era el adecuado 
Me da pena cuando un cuadro no prospera, claro, pero también pienso que todo tiene su razón. No todo lo que uno pinta tiene que ver la luz. Hay piezas que simplemente son parte del proceso. Y para mí, el verdadero éxito es ese: poder seguir pintando después de 25 años y, además, vivir de ello. Poder sostener una práctica artística en el tiempo, con todo lo que eso implica —dudas, cambios, fracasos, momentos de claridad—, ya es un triunfo. Porque no se trata solo de hacer obra, sino de sostener una forma de vida.

La entrevista continúa en la edición en papel del número 3 de nuestra revista Botánica y singladuras.

Imágenes de José Antonio Pernia López

26/03/2026 0 comments
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