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Tag:

mujeres en la historia

LiteraturaPensamiento

Salonnières: la Ilustración tenía nombre de mujer

by Emain Juliana 17/05/2026
written by Emain Juliana

Cómo unas señoras del siglo XVIII, entre tazas de chocolate y rivalidades feroces, levantaron sin proponérselo el wifi intelectual de la Ilustración.

Madame Geoffrin Jean-Marc Nattier

En el París de mediados del XVIII, mientras Voltaire vivía en el exilio y Diderot se las arreglaba para esquivar a la censura, media Europa intelectual habría dado lo que fuera por conseguir una invitación. Pero no a Versalles, que para entonces era ya más una obligación protocolaria que un lugar donde pasaran cosas interesantes. La cita que de verdad importaba estaba en un primer piso de la rue Saint-Honoré, donde los lunes se hablaba de arte, los miércoles de filosofía, y todos los días, en voz baja, de quién no había sido invitado esa semana y por qué.

La anfitriona, Marie-Thérèse Geoffrin, era burguesa, viuda y bastante rica gracias a la manufactura de espejos de Saint-Gobain. Tenía además una habilidad para la que el siglo todavía no tenía nombre, aunque ella la practicaba como pocas: sabía orquestar una buena reunión cultural. Elegía a sus invitados con un cuidado casi de sumiller, decidiendo qué filósofo no podía sentarse al lado de qué duque, qué pintor convenía acercar a qué mecenas. Controlaba los tiempos de exposición, reconducía los debates cuando los intervinientes se acaloraban demasiado y, sobre todo, decidía quién estaba dentro y quién no. Su salón financió parte de la «Encyclopédie» y le pasaba además una pensión secreta a d’Alembert, que casualmente era hijo natural de Mme de Tencin, otra «salonnière» con la que la propia Geoffrin se había formado años atrás. Todo quedaba en familia, aunque ninguna de ellas lo fuera oficialmente.

Mademoiselle de Lespinasse. Carmontelle

La regla del juego

Lo que se hacía en aquellos salones no era exactamente lo que hoy entenderíamos por una fiesta. Era algo bastante más singular, con sus reglas implícitas, su día fijo de la semana, su lista cerrada de habituales y la obligación, para cualquier recién llegado, de presentarse con una carta de alguien que ya conociera a la anfitriona. No se permitían discursos ni monólogos: la conversación debía fluir entre los invitados. Si alguien se ponía pesado con un asunto demasiado técnico, la anfitriona intervenía con cualquier excusa para cambiar de tema. Si dos invitados parecían a punto de batirse en duelo metafórico, los separaba lanzando una pregunta a un tercero. Estaban moderando debates varios siglos antes de que existiera esa palabra.

Y todo esto sin firmar nada. Ahí está el truco, y también la trampa. No publicaban con su nombre de mujer como Mme de Lambert, que publicó sus libros prácticamente sin firmarlos. Ella decía que «para escribir bien, primero hay que pensar bien», y pensar públicamente siendo mujer seguía siendo, en el siglo de las Luces, una actividad peligrosa. No firmaban manifiestos y tampoco ocupaban sillones en la Academia. Aun así, la propia Mme de Lambert llegó a elegir desde su antesala a la mitad de los académicos franceses de su época, una antesala que la gente del momento llamaba sin ironía «l’antichambre de l’Académie».

Geoffrin, Deffand, Lespinasse: triángulo de las Bermudas ilustrado

Si Geoffrin era la institución, la marquesa Du Deffand era la rival temible. Recibía después de las seis en un piso pegado al convento de Saint-Joseph, y mezclaba aristócratas ingleses con enciclopedistas franceses con una soltura que daba envidia. Pero a los cincuenta y pico empezó a quedarse ciega y a causa de su mala salud temió que su salón perdiese interés, hasta que en un viaje a su pueblo natal se encontró con una sobrina ilegítima de la familia, Julie de Lespinasse, joven, brillantísima, sin dinero y sin demasiado futuro por delante.

Lo que vino después es de culebrón. Du Deffand se llevó a Julie a París como dama de compañía, sin contar con que la chica poseía un gran encanto y al poco tiempo había empezado a recibir a los invitados antes de la hora oficial del salón, en su propio cuarto, para charlar con ellos en privado. Cuando Du Deffand se enteró —porque alguien se fue de la lengua, como suele pasar— la furia fue épica y la expulsó de la casa. Lo que la marquesa no esperaba era que casi todos los habituales se pasaran al bando de Julie. D’Alembert, que la adoraba, fue de los primeros. Y Geoffrin, en lugar de cerrar filas con su vieja amiga Du Deffand, vendió tres cuadros de Van Loo de su colección y le regaló el dinero a Julie para que abriera su propio salón.

Lespinasse se instaló en el número 6 de la rue Saint-Dominique y empezó a recibir todos los días, de cinco a nueve, sin cena porque no le daba el bolsillo, solo refrigerios. Y allí, sin un céntimo y sin título nobiliario, levantó uno de los salones más influyentes del siglo. Marmontel la describiría como la mente más viva, el alma más ardiente y la imaginación más inflamable que había existido «desde Safo». El marqués de Ségur lo resumió todavía mejor en una frase que ha sobrevivido a los tres salones: «A Madame Geoffrin se la temía, a Madame du Deffand se la admiraba, a Julie de Lespinasse se la amaba».

Lo que inventaron sin proponérselo

Hay algo que los manuales de filosofía no suelen contar, y es que sin estas mujeres la Ilustración tal y como la conocemos sencillamente no existiría. Ellas crearon un espacio en el que podían encontrarse las ideas de las mujeres y los hombres más representativos de la cultura del momento, chocar entre ellas, refinarse y propagarse. Inventaron, sin saberlo y desde luego sin patentarlo, algo que hoy llamaríamos red social: un sistema de conexiones selectivas con reglas implícitas, jerarquías informales y un capital reputacional que funcionaba como moneda.

Inventaron también un modelo de mecenazgo cultural que no dependía de la corte. Geoffrin mantenía a pintores, también financiaba enciclopedias y hasta pagaba pensiones. Du Deffand mantuvo durante años con Horace Walpole una correspondencia de la que se conservan más de mil cartas, una de las cumbres del género epistolar europeo. Lespinasse murió a los cuarenta y cuatro años, agotada, dejando unas cartas de amor desgarradoras que se publicaron póstumamente y que algunos consideran el germen de la novela romántica.

Y a pesar de todo eso, cuando uno abre cualquier manual al uso sobre el Siglo de las Luces las encuentra, si es que las encuentra, en una nota al pie, reducidas a la categoría de «anfitrionas», como si abrir la puerta de casa fuera lo único que hicieran. Como si producir esos encuentros, publicar proyectos editoriales que cambiaron Europa y educar a varias generaciones de pensadores fuera, en fin, cosa menor.

La próxima vez que alguien hable del nacimiento de la «esfera pública moderna», ese concepto de Habermas que tanto se cita, quizá convenga acordarse de que esa esfera olía a perfume, se tomaba el té a las seis y la gobernaba, con guante de seda y mano de hierro, una señora a la que probablemente nunca dejaron firmar nada con su nombre.

Bibliografía

  • Craveri, Benedetta. La cultura de la conversación. Siruela, 2007.
  • Goodman, Dena. The Republic of Letters: A Cultural History of the French Enlightenment. Cornell University Press, 1994.
  • Lilti, Antoine. Le monde des salons. Sociabilité et mondanité à Paris au XVIIIe siècle. Fayard, 2005.
  • Fumaroli, Marc. Quand l’Europe parlait français. Éditions de Fallois, 2001.
  • Huertas Abril, Cristina Aránzazu. «Madame du Deffand, “salonnière” e impulsora de la sociedad intelectual y mundana del siglo XVIII».
  • Lespinasse, Julie de. Cartas (edición póstuma, varias ediciones disponibles).
  • Du Deffand, Marie. Correspondance complète avec Horace Walpole
17/05/2026 0 comments
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PensamientoPersonajes

El patinete de Lady Norman: rodando entre la libertad y modernidad

by Beatriz Menéndez Alonso 08/03/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

El movimiento sufragista británico ha sido ampliamente estudiado, con especial atención a figuras emblemáticas como Emmeline Pankhurst y Millicent Fawcett. Sin embargo, existen mujeres cuya participación, aunque menos visible, fue igualmente decisiva en la transformación política y social que condujo al reconocimiento del derecho al voto femenino en el Reino Unido. Entre ellas se encuentra Lady Florence Priscilla Norman (1883–1964), aristócrata, activista y defensora de los derechos de las mujeres, cuyo trabajo dentro del ala moderada del sufragismo merece ser reconocido y contextualizado.

Analizar la trayectoria de Lady Norman implica adentrarse en un universo donde la clase social, la política y la modernidad se entrelazan. Su posición aristocrática le brindó acceso a espacios de poder; su estilo de vida poco convencional le permitió desafiar normas sociales; y sus estrategias de acción, discretas pero firmes, consolidaron avances que el activismo más estridente a veces no alcanzaba. Lady Norman encarnaba un feminismo que no se alza en barricadas, sino que se desliza con precisión y elegancia por los corredores del poder, demostrando que incluso los gestos silenciosos pueden tener un peso decisivo.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el movimiento sufragista en Gran Bretaña estaba dividido en dos grandes vertientes: el ala moderada, encabezada por la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS) de Millicent Fawcett, que promovía métodos constitucionales y pacíficos; y el ala radical, representada por la Women’s Social and Political Union (WSPU) de Emmeline y Christabel Pankhurst, que recurría a la acción directa y, a veces, a la violencia. Lady Norman se alineó con la NUWSS y organizaciones similares, defendiendo un progreso gradual mediante el diálogo político, la escritura, la organización social y el compromiso institucional. Esta línea de acción, aunque menos mediática, fue clave para la consolidación de los derechos femeninos tras la Primera Guerra Mundial.

Florence Priscilla (de soltera McLaren), Lady Norman. Impresión en bromuro de Bassano Ltd. , 1917.

Lady Norman: una figura moderada en el movimiento sufragista británico. Compromiso social y modernidad simbólica

Florence Priscilla McLaren nació en 1883, hija del político liberal Charles McLaren, barón de Aberconway, y de Laura Elizabeth Pochin, también activista por los derechos de las mujeres. En 1907 se casó con Sir Henry Norman, periodista, político liberal y defensor del progreso social. Desde joven, Florence se movió en círculos culturales y políticos, desarrollando una mirada crítica sobre el lugar de la mujer en la sociedad británica.

Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como administradora en hospitales militares, experiencia que consolidó su liderazgo y compromiso con el servicio público. Fue condecorada por su labor y, tras la guerra, continuó su activismo en organizaciones feministas, de salud pública y de memoria histórica. Presidió el Women’s Work Subcommittee en el Imperial War Museum, promoviendo el reconocimiento del papel de las mujeres durante el conflicto.

Más allá de sus logros institucionales, Lady Norman proyectaba una imagen de mujer moderna y autónoma, poco común en su clase y época.

Pero fue el patinete motorizado el que inmortalizó su espíritu. En 1916, fue fotografiada desplazándose sola por las calles de Londres sobre aquel vehículo, regalo de su esposo. Con vestido largo, sombrero elegante y mirada resuelta, la aristócrata desafiaba las normas sin violencia, reivindicando una libertad que no pedía permiso: movilidad, independencia y autonomía femenina encapsuladas en un gesto cotidiano.

Se desliza por las calles como si la ciudad le perteneciera, aunque pertenecer no sea la palabra justa; más bien, la ciudad se abre ante ella, no porque le deba algo, sino porque ella decide ocupar su espacio, porque su cuerpo se mueve con la seguridad de quien sabe que cada giro de rueda es un acto de afirmación, que cada calle recorrida es un desafío silencioso a un orden que no fue pensado para mujeres como ella.

La figura de Lady Norman representa un activismo menos visible pero estratégico. Su enfoque incluía participación en comités, organización de eventos sociales con fines políticos, presencia en debates parlamentarios y escritura de cartas abiertas. Lejos de rechazar las estructuras de poder, influyó desde dentro, usando su estatus como plataforma para amplificar la causa sufragista.

Su contribución fue clave para la aprobación del Representation of the People Act en 1918, que otorgó el derecho al voto a mujeres mayores de 30 años con ciertos requisitos de propiedad. Posteriormente, en 1928, se alcanzó el sufragio pleno.

El análisis de su figura muestra cómo la clase social condicionó tanto las oportunidades de acción política de las mujeres como la manera en que sus aportes fueron recordados. Su privilegio, lejos de ser un obstáculo, definió su forma de actuar: nunca enfrentó prisión ni persecución, a diferencia de las sufragistas radicales, lo que ha llevado a que su figura quede relegada en la historiografía del feminismo militante. Reconocer su labor implica comprender que la historia del sufragismo no se construyó solo en las barricadas, sino también en salones, comités y calles recorridas con decisión y estilo. Lady Norman sirvió de puente entre la política masculina establecida y las demandas emergentes de las mujeres, mostrando que el feminismo podía ser discreto, elegante y profundamente transformador.

Su imagen sobre el patinete encarna un feminismo que combina modernidad y respeto por las formas sociales, desafiando expectativas sin romperlas del todo. Y mientras giraba su patinete por Fleet Street, mientras observaba la ciudad que se movía con indiferencia, pensaba en las otras mujeres: las que aún no podían desplazarse, las que esperaban permiso para existir, las que no tenían ruedas ni libertad para rodar. «Mi privilegio no es solo mío», se repetía, «es un puente, un instrumento, un testimonio, una responsabilidad».

Recordarla no es solo rescatar un nombre del archivo, sino contemplar la manera en que las mujeres, aún vestidas de normas, eligen desobedecer con elegancia. Lady Norman avanzó con paso firme, montada en su patinete, desafiando sin palabras el mandato de la quietud. Su activismo tejió puentes entre privilegio y justicia, entre deber y libertad. En ese gesto de rodar por Londres, ligera, autónoma, moderna, dejó una imagen que todavía hoy, más de un siglo después, nos interpela: ¿cuántas formas tiene la valentía cuando se viste de mujer?

08/03/2026 0 comments
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Amores extrañosPersonajes

Una reina, un cortejo fúnebre y doce cruces de amor

by Verónica García-Peña 20/07/2025
written by Verónica García-Peña

En el invierno de 1290, un cortejo fúnebre emprendió un lento caminar hacia Londres. Portaban el cuerpo de Leonor de Castilla, reina consorte de Inglaterra y esposa de Eduardo I. Acababa de morir en Harby, Nottinghamshire, a los cuarenta y nueve años, y su cuerpo era llevado a la abadía de Westminster, lugar escogido por su marido para el reposo eterno de esa mujer que le había acompañado durante treinta y seis años. Así, abrigado de lluvia y niebla, el rey la escoltó más de trescientos kilómetros y, en cada punto donde el cortejo se detuvo a pasar la noche, ordenó levantar una cruz de piedra en honor a su amada, The Eleanor Crosses. Doce cruces que dibujaron una peregrinación de dolor y ausencia, como si aquel hombre, rey y viudo, quisiera marcar con piedra, para la historia, el mapa de su pérdida.

Leonor y Eduardo se casaron en 1254 en la abadía de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) siendo unos niños. Él tenía quince años y ella, según algunas crónicas de la época, trece. El matrimonio respondía, como tantos otros de aquellos tiempos, a una estrategia política. Leonor era hija de Fernando III de Castilla y Juana de Danmartín, y al matrimoniar con Eduardo, entonces todavía príncipe, sellaba la paz entre Castilla e Inglaterra por la disputa de la gobernación de Gascuña, entre otros asuntos.

La alianza les convenía a ambas familias; si bien, al parecer, lo que empezó como un pacto dinástico, fue transformándose en algo más, pues Leonor no se conformó con el papel de reina consorte, madre de reyes y garante del linaje castellano en la corte anglosajona. Ella decidió viajar con su marido a las cruzadas, en campañas militares, y se mantuvo siempre cerca de los centros de poder. Compartieron cama, decisiones y pérdidas, ya que tuvieron al menos dieciséis hijos, aunque solo seis alcanzaron la edad adulta.

En noviembre de 1290, durante uno de sus desplazamientos oficiales, Leonor enfermó de forma repentina y murió. La causa exacta no se conoce —se ha hablado de fiebre o de complicaciones tras su último parto—, pero su muerte supuso un duro golpe para el soberano inglés, lo que dio lugar a las doce cruces de Leonor. Doce cruces originalmente de madera, luego de piedra, ricamente adornadas, que marcaban puntos de duelo, un alto en el camino, un lugar donde Leonor descansó por unas horas mientras su esposo permanecía a su lado; mientras su esposo la rezaba y, quizá a sabiendas o quizá no, convertía su amor en leyenda. Eran monumentos de oración, pero también, pienso, de amor. Últimos reposos nocturnos compartidos.

Cruz de Leonor en Northampton

Una vía de luto, pero también de memoria, que recorre Geddington, Grantham, Stamford, Hardingstone, Northampton, Stony Stratford, Woburn, Dunstable, St. Albans, Waltham, Cheapside y Charing —donde hoy se alza Charing Cross—.

De estos monumentos góticos, levantados entre 1291 y 1295, al presente solo se conservan tres, los de Geddington, Hardingstone (cerca de Northampton) y Waltham Cross. Las demás cruces han sido demolidas, saqueadas o sustituidas por réplicas. Sin embargo, la senda permanece como si fuera el mapa de un rey enamorado o, al menos, profundamente unido a su reina. Altares al aire libre que susurraban una historia de amor, tal vez auténtica —¿por qué no?— al pragmático viento medieval.

Como era costumbre entre la realeza, tras su muerte, el cuerpo de Leonor fue dividido. Su corazón, símbolo del alma y el amor, reposó en Blackfriars; sus entrañas fueron depositadas en la catedral de Lincoln y el cuerpo fue sepultado en la abadía de Westminster. Tres lugares distintos para una sola reina. Hoy, solo la tumba en Westminster, en la capilla de San Eduardo el Confesor, permanece. Es obra de Richard Crundale, y cuenta con una efigie de bronce dorado fundida por el orfebre William Torel en 1291. La losa de la tumba y las almohadas bajo su cabeza están cubiertas con los emblemas de Castilla y León. La inscripción en francés normando alrededor del cofre de la tumba dice: «Aquí yace Leonor, quien fuera reina de Inglaterra, esposa del rey Eduardo, hijo del rey Enrique, e hija del rey de España y condesa de Ponthieu, de cuya alma Dios, en su compasión, tenga misericordia. Amén».

El rey también ordenó que se mantuvieran dos cirios encendidos junto a su tumba, tanto de día como de noche. Orden que se cumplió durante más de dos siglos, hasta que la Reforma protestante los apagó. Las leyendas dicen que el corazón del propio Eduardo fue enterrado con ella, pero la historia —esa que suele ser más sobria y plúmbea— indica que tras morir en 1307, a los sesenta y ocho años, fue sepultado, entero, en la Capilla de San Eduardo de Westminster junto a su esposa.

Este tipo de amores, extraños, dramáticos, tienen algo de perturbador, he de reconocer, pero son igualmente hipnóticos. Amores que parecen nadar entre el fervor y la necesidad de transcendencia, y cuyas historias, más o menos acicaladas por el pincel del tiempo —experto en embellecer tanto las más sombrías como las más bellas narraciones de amor—, sobreviven. Incluso alimentan la pluma de la ficción para dar lugar a novelas como la escrita en 1979 por Decca Warrington sobre esta misma historia, titulada The Eleanor Crosses.

Y no sé si Eduardo amó a Leonor como los poetas dicen que se ama, pero la acompañó en la muerte y la convirtió en inmortal en una época en la que muchas reinas desaparecían del relato oficial en cuanto cumplían su función dinástica. No le escribió versos —que sepamos—, pero talló en piedra su ausencia, como si no quisiera permitir que el tiempo la borrara. Un amor que recuerda a otros que la literatura ha sabido recoger a su personal manera como el que Poe sentía por su Annabel Lee. Un amor que le llevaba a dormir junto al sepulcro de su amada, junto al rumor del mar, convencido de que ni los ángeles pueden separar a quienes han amado de verdad.

20/07/2025 0 comments
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