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feminismo

PensamientoPersonajes

La ciencia de la ternura: homenaje a Jane Goodall

by Beatriz Menéndez Alonso 23/10/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

En la historia de la ciencia moderna, pocas figuras han irradiado tanta humanidad como Jane Goodall, quien ha fallecido recientemente a los 91 años. Su nombre no solo está ligado al estudio de los chimpancés, sino también a una forma de mirar el mundo que devolvió a la ciencia su pulso más elemental: el del respeto. Cuando llegó a las selvas de Gombe, en Tanzania, con apenas una libreta y unos prismáticos, el planeta era otro. Las mujeres no encabezaban expediciones científicas. Y, sin embargo, fue precisamente esa mirada femenina, libre de arrogancia y de jerarquías, la que transformó para siempre nuestra comprensión del reino animal.

Goodall no tenía una formación académica tradicional cuando comenzó su investigación. Era una joven británica que había soñado, desde la infancia, con África. Criada en Bournemouth, en una familia de clase media, creció con la curiosidad de quien observa con detenimiento lo minúsculo: las lombrices, los insectos, las aves que visitaban su jardín. Fue su madre, Vanne, quien alentó esa fascinación temprana, en un tiempo en que a las niñas se les pedía más recato que preguntas. «Si quieres algo con suficiente intensidad, trabaja duro y nunca te rindas», le dijo. Aquella frase se convertiría en su brújula moral.

Su vida cambió radicalmente cuando conoció al paleontólogo Louis Leakey, quien reconoció de inmediato en ella una inteligencia intuitiva, una mezcla de sensibilidad y perseverancia poco común. Leakey la eligió para iniciar una investigación sin precedentes en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, donde observaría el comportamiento de los chimpancés en libertad. Tenía apenas 26 años y ninguna formación académica en etología, lo que provocó escepticismo entre sus colegas. Sin embargo, su metodología —basada en la paciencia, la observación directa y la empatía— transformó la disciplina para siempre.

Leakey no tardó en expandir su visión, enviando a otras dos mujeres a distintos rincones del planeta: Dian Fossey, a Ruanda, para estudiar gorilas, y Biruté Galdikas, a Borneo, para convivir con orangutanes. El trío sería conocido como los ángeles de Leakey. Tres mujeres distintas, unidas por una misma misión: comprender la inteligencia, la emoción y la estructura social de los grandes simios.

Entre ellas nació una amistad compleja, tejida por la admiración mutua y las diferencias de carácter. Goodall, más diplomática y tranquila, hallaba desde el diálogo y la educación como una vía de cambio; Fossey, apasionada y combativa, eligió el enfrentamiento directo contra los cazadores furtivos; y Galdikas, silenciosa y metódica, se internó en los pantanos de Borneo con la paciencia de quien se disuelve en la selva. Jane mantuvo con ambas una correspondencia constante. Se admiraban, se aconsejaban, se sostenían desde la distancia.

Su relación con Biruté Galdikas, en particular, fue duradera y profundamente respetuosa. Ambas compartían una comprensión íntima del vínculo entre la observación científica y el compromiso ético. Jane la consideraba «una hermana espiritual de la selva», y Galdikas, en más de una entrevista, ha dicho que Goodall fue su guía, la persona que le mostró cómo la compasión podía ser también una herramienta científica. Las unía el mismo credo: que para conocer de verdad a los animales había que compartir su mundo, su ritmo, su silencio. Cuando se reencontraban en congresos o foros ambientales, hablaban menos de teoría que de memoria: de cómo los chimpancés o los orangutanes las habían transformado, volviéndolas más humanas.

Ilustración de Federico Granell

En Gombe, Goodall fue recibida con escepticismo por la comunidad científica. Era mujer, joven, sin doctorado, y se atrevía a afirmar que los chimpancés no eran solo sujetos de estudio, sino individuos con emociones, relaciones y una cultura propia. En 1960, cuando observó por primera vez a un chimpancé llamado David Greybeard fabricar y utilizar herramientas, la frontera entre lo humano y lo animal se desplomó. El hallazgo fue un terremoto intelectual: hasta entonces se creía que la capacidad de crear herramientas definía la humanidad. Jane demostró que no. Pero más allá del impacto científico, su método era revolucionario porque introducía un componente moral. No numeraba a los chimpancés: los nombraba. Les hablaba, los escuchaba, los comprendía.

En esos años, Goodall mantuvo correspondencia constante con Dian Fossey, la zoóloga que estudiaba los gorilas de montaña en Ruanda. Aunque trabajaban a miles de kilómetros de distancia y sus animales eran distintos, compartían algo esencial: la convicción de que la observación debía partir del respeto. Se admiraban mutuamente, aunque sus temperamentos fueran opuestos. Fossey era vehemente, combativa, a veces colérica; Goodall, en cambio, irradiaba una calma inquebrantable. Donde Fossey veía una lucha abierta contra los cazadores furtivos, Jane proponía educación, diplomacia y empatía. Sin embargo, entre ambas hubo una correspondencia intensa, casi fraternal. Cuando Fossey fue asesinada en 1985, Jane lo sintió como una herida personal. «Dian fue más valiente de lo que muchos podrían soportar ser», declaró entonces. Su muerte reforzó en Jane la certeza de que proteger la naturaleza no era una tarea romántica, sino un riesgo real.

Años más tarde, el cine inmortalizaría esa otra parte de la historia en Gorilas en la niebla, la película protagonizada por Sigourney Weaver, que rindió homenaje a Fossey y, de alguna manera, a toda una generación de mujeres que desafiaron el orden establecido. Jane asistió al estreno con discreción, sin ocupar el centro del foco, pero su presencia simbolizaba algo más grande: el triunfo de la compasión sobre el prejuicio.

Mientras tanto, su propia vida continuaba ligada a los bosques y a la defensa de los animales. En 1977 fundó el Instituto Jane Goodall, desde el cual impulsó proyectos de conservación y educación en más de cien países. De allí surgió Roots & Shoots («Raíces y brotes»), su programa más querido, destinado a que los jóvenes aprendieran a cuidar su entorno con pequeñas acciones cotidianas. La idea era sencilla y revolucionaria: el cambio empieza desde abajo, desde las raíces. «Cada persona importa, cada acción cuenta», repetía en sus charlas, convertida ya en una figura global.

Pese a su creciente fama, Goodall conservó una humildad que desconcertaba a los periodistas. En cada entrevista insistía en hablar de los chimpancés antes que de sí misma. Su tono nunca fue dogmático. Podía hablar de ética, de biología o de espiritualidad sin perder la serenidad ni el sentido del humor. Su forma de comunicarse —clara, suave, pero cargada de convicción— la convirtió en una oradora magnética. Incluso en sus últimos años, cuando la fragilidad física comenzaba a notarse, su voz seguía siendo firme, llena de un tipo de autoridad que no nace del poder, sino de la coherencia.

Su vida personal fue tan discreta como apasionante. En 1964 se casó con el fotógrafo holandés Hugo van Lawick, quien trabajaba para National Geographic documentando su trabajo en Gombe. De su unión nació su único hijo, Hugo Eric Louis, conocido cariñosamente como Grub. La pareja se separó en 1974, pero mantuvo una relación amistosa hasta la muerte de él, en 2002. Jane volvió a casarse brevemente con Derek Bryceson, político tanzano y director de parques nacionales, quien falleció poco después, víctima de cáncer. A pesar de las pérdidas, Jane nunca abandonó su vocación. Su vida, marcada por la soledad y la entrega, fue una cadena de renuncias personales en nombre de un compromiso mayor.

A lo largo de su carrera, Goodall recibió innumerables reconocimientos: el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales (hoy Princesa de Asturias), el título de Dama del Imperio Británico y la Medalla Presidencial de la Libertad, entre muchos otros. Sin embargo, ella nunca permitió que las distinciones opacaran la causa. Cuando recibió el premio en Oviedo, en 2021, dedicó su discurso «a los chimpancés que me enseñaron la humildad y el valor de escuchar». La ovación fue larga, pero Jane sonrió apenas, como si toda la gloria del mundo fuera menor que el sonido del bosque al amanecer.

En sus últimos años, su rostro se volvió familiar en documentales, conferencias y entrevistas. Su figura —delgada, de cabello blanco recogido, mirada luminosa— se convirtió en símbolo de una sabiduría serena, de una espiritualidad laica que unía ciencia y compasión. Le gustaba recordar que el ser humano no está por encima del resto de los seres vivos, sino dentro de un tejido común. «No somos los amos del planeta —decía—, somos sus guardianes temporales». Esa frase, sencilla y profunda, resume una ética que hoy resulta más urgente que nunca.

Jane Goodall no fue una científica en el sentido convencional. Fue, más bien, una mediadora entre mundos: el de la selva y el de la civilización, el del instinto y el de la razón, el de lo humano y lo animal. En un siglo marcado por la explotación del planeta, su ejemplo encarna una forma distinta de conocimiento: la que nace de la observación, del respeto y del silencio.

Hoy, cuando los bosques se reducen y las especies desaparecen a un ritmo vertiginoso, su legado se agiganta. No solo nos enseñó a comprender a los chimpancés, sino a comprendernos a nosotros mismos. Su historia es, en el fondo, una parábola sobre la posibilidad de reconciliación: entre la ciencia y la emoción, entre la humanidad y la naturaleza, entre la curiosidad y la ternura.

En una de sus últimas entrevistas, le preguntaron qué consejo daría a quienes quisieran seguir su camino. Respondió sin vacilar:
«Empiecen por mirar a su alrededor. El cambio comienza cuando uno decide cuidar lo que tiene cerca».

23/10/2025 0 comments
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CineLiteratura

La advertencia incómoda de Margaret Atwood

by Emain Juliana 08/05/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo la primera vez que me adentré en El cuento de la criada de Margaret Atwood: una sensación de malestar crecía página tras página, como si la propia historia se apoderara del espacio a mi alrededor y no hubiera escapatoria. No es un libro para leer a la ligera, ni para despachar con frases como “distopía feminista” o “crítica al patriarcado”. Es mucho más incómodo que eso, más pegajoso. Hay algo en la forma en que Atwood te sumerge en la República de Gilead —ese régimen donde la teocracia, la represión y la infertilidad han trazado un destino atroz para las mujeres— que resulta casi físico. No hay respiros. La narradora, Defred, cuenta su historia desde un lugar de sumisión absoluta, donde hasta su nombre ha dejado de ser suyo y se ha convertido en una etiqueta de propiedad, “De Fred”, perteneciente a su comandante. Lo que más desarma no es la violencia visible, sino la sutil: esa lógica siniestra en la que todo está perfectamente engranado para que la opresión se perciba como una especie de orden natural. Atwood no necesita mostrar sangre o torturas explícitas todo el tiempo; le basta con colocar al lector en la piel de una mujer a la que han despojado de su humanidad y, lo que es más doloroso, de su capacidad para imaginar un futuro diferente.

La eficacia de la novela está en ese mundo construido a partir de piezas reales. Lo que Atwood inventa no es tanto la situación concreta como la combinación de elementos que, por separado, han existido o existen aún. La infertilidad masiva provocada por el desastre ambiental, el uso político de la religión para justificar el control social, la segregación extrema de funciones entre las mujeres, el despojo total de derechos… Ninguno de estos horrores es nuevo, y esa es precisamente la advertencia que sobrevuela cada página. Leemos la historia de Defred sabiendo que las semillas de Gilead están plantadas en nuestro propio suelo, aunque a veces nos resulte más cómodo pensar que se trata de ciencia ficción o de un futuro remoto y ajeno.

Lo que más me impresionó durante la lectura fue cómo la novela retrata la descomposición de lo cotidiano. El terror no llega de golpe, sino que se infiltra poco a poco, como una enfermedad que uno no detecta hasta que es demasiado tarde. En los recuerdos fragmentarios de Defred, vemos cómo la vida antes del régimen se iba deteriorando de manera casi imperceptible: primero prohíben a las mujeres manejar dinero, luego les quitan sus trabajos, después empiezan las redadas. El proceso no es repentino, sino gradual, lo que provoca en la lectora un desasosiego permanente. Y es imposible no hacerse la pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo tardaríamos nosotras en darnos cuenta de que algo parecido está ocurriendo? ¿Con qué rapidez nos acostumbramos a lo intolerable cuando sucede en pequeñas dosis?

Atwood también introduce un matiz bastante preocupante: la complicidad de algunas mujeres dentro del sistema. Las Tías, encargadas de adoctrinar a las criadas, representan ese poder delegado que reproduce y refuerza la opresión desde dentro. No son víctimas pasivas, sino ejecutoras entusiastas de las normas de Gilead. Y ahí la autora da un golpe maestro al recordarnos que la opresión, a veces, se perpetúa a través de quienes están en la misma situación, porque llegan a aceptarla como si fuera su única salida.

Lo notable es que El cuento de la criada no tira de heroicidades ni de finales exagerados. Defred no es una líder revolucionaria, ni busca convertirse en símbolo de nada. Su resistencia es mínima, casi invisible: recordar su nombre verdadero, susurrar en la oscuridad, escribir una frase a escondidas. Y, sin embargo, en esa minúscula rebelión se encuentra la fuerza más devastadora del libro. Porque lo que Atwood pone sobre la mesa es que, en situaciones extremas, la memoria y la dignidad son actos de insubordinación. La posibilidad de narrar la propia historia, aun cuando la voz esté rota, es un hilo que conecta al ser humano con su libertad más profunda.

Otro aspecto que es muy importante en este libro es el modo en que se analiza el lenguaje. La prohibición de leer y escribir para las mujeres no es solo una medida práctica para controlar la información: es un arma más eficaz que cualquier muro o cualquier guardia. Privarlas del lenguaje significa privarlas de la capacidad de pensar con claridad, de articular una visión crítica, de concebir otras realidades posibles. El poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre las palabras. En Gilead, incluso las bendiciones y las despedidas están codificadas por el Estado, y hasta los carteles públicos son sustituidos por imágenes para evitar que las criadas —las más vigiladas— accedan al conocimiento escrito. La deshumanización se consolida así de manera casi perfecta.

No se puede negar el impacto que ha tenido la novela, sobre todo desde que se estrenó la serie en 2017.  Las imágenes de las mujeres vestidas con túnicas rojas y cofias blancas se han convertido en símbolo de protesta en las calles, en un recordatorio visual de hasta qué punto la ficción de Atwood ha pasado de ser solo una novela a formar parte del debate público sobre derechos y libertades. Esta apropiación del símbolo no es trivial: demuestra que El cuento de la criada ha sabido poner palabras —y ahora también imágenes— a temores y amenazas que parecían difusas.

¿Es entonces un libro pesimista? Creo que esa pregunta es demasiado simple. Atwood no ofrece consuelo fácil, pero tampoco cae en el nihilismo. Lo que hace es plantear un espejo incómodo en el que mirarse, y a partir de ahí la reacción queda en manos del lector. La advertencia está hecha, las claves están ahí. En ese sentido, el libro es más que literatura: es una forma de vigilancia, una alarma que se oye mientras creemos estar a salvo.

Cada vez que termino de leerlo —ya van varias— siento lo mismo: un nudo en la garganta y una urgencia silenciosa por proteger todo aquello que damos por garantizado. Porque El cuento de la criada no nos habla del futuro; nos habla, sobre todo, del presente que todavía es moldeable, si no nos dormimos mientras la historia se pliega sobre sí misma.

08/05/2025 0 comments
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Literatura

Sylvia Plath entre la intensidad y la creación

by Sara Petricor 11/02/2025
written by Sara Petricor

Sylvia Plath encarna la complejidad de una mente brillante atrapada en el contraste entre el mundo interior y las expectativas externas. Su obra no puede desligarse de su vida, pues la una nutrió a la otra con una intensidad pocas veces vista en la literatura del siglo XX. Poeta, novelista, madre, esposa y eterna buscadora de una identidad que le permitiera existir sin los corsés de su tiempo, su legado es el resultado de una lucha constante entre la genialidad y el dolor.

Desde su infancia, la relación con su madre y la pérdida temprana de su padre marcaron su desarrollo emocional y creativo. En su escritura temprana ya se evidenciaba la obsesión por la perfección, una autoexigencia que la llevaría tanto al éxito académico como a crisis emocionales. Su incursión en la literatura comenzó con poemas y cuentos que revelaban una mente minuciosa y detallista, siempre en busca de reconocimiento y validación.

Durante sus años universitarios en Smith College, destacó como una estudiante brillante, aunque sus diarios revelan la presión que sentía por cumplir con las expectativas impuestas por la sociedad y por ella misma. La dualidad entre la joven socialmente aceptable y la artista atormentada se acentuó con el tiempo. Fue en este período cuando sufrió su primera gran crisis depresiva, reflejada en La campana de cristal, una novela que disecciona el impacto de la rigidez social en la mente de una joven talentosa pero alienada.

El encuentro con Ted Hughes en Cambridge fue un punto de inflexión en su vida. La pasión con la que se entregó a su relación con Hughes parecía reflejarse en su producción poética. Sin embargo, la complejidad de su carácter y la dificultad de compartir su espacio creativo con otra figura literaria fuerte generaron tensiones que no tardaron en convertirse en conflictos irreconciliables.

La maternidad trajo consigo un nuevo dilema: la lucha entre su identidad como madre y su necesidad de escribir. Si bien su vida familiar le proporcionó momentos de felicidad, también intensificó su sensación de pérdida de sí misma. Su poesía se tornó más oscura, más descarnada, y alcanzó una calidad sin precedentes en los meses previos a su muerte. Ariel, su obra póstuma, es testimonio de una voz que se alzó contra el mundo con una fuerza arrolladora y una honestidad radical.

La producción literaria de Sylvia Plath es vasta y compleja, marcada por una evolución constante de su estilo y sus temáticas. The Colossus and Other Poems (1960), su primer poemario, exhibe una técnica depurada y un dominio del lenguaje que ya anticipaban su grandeza. Sin embargo, es en Ariel (1965) donde su poesía alcanza una intensidad feroz y descarnada, explorando temas como la muerte, la identidad y la maternidad con imágenes impactantes y un ritmo cortante que redefine la lírica contemporánea. Su novela La campana de cristal (1963), con tintes autobiográficos, retrata la lucha de una joven contra las imposiciones sociales y la enfermedad mental, convirtiéndose en un referente del realismo psicológico. Sus diarios y correspondencia, publicados póstumamente, arrojan luz sobre el proceso creativo y la angustia existencial que marcaron su vida, consolidando su figura como una de las voces más relevantes del siglo XX.

Las circunstancias de su muerte no pueden desvincularse de su arte, pero reducir su legado a su trágico final sería injusto. Sylvia Plath fue más que una poeta atormentada; fue una escritora visionaria cuya obra sigue inspirando a generaciones de lectores que encuentran en sus palabras un espejo de su propia vulnerabilidad y fuerza.

11/02/2025 0 comments
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ArteLiteratura

Carmen de Burgos y María Lejárraga, voces que transformaron España

by Uve Magazine 04/10/2024
written by Uve Magazine

La Biblioteca Nacional de España, en colaboración con el Ministerio de Política Territorial, Memoria Democrática y Acción Cultural Española (ACE), presenta dos exposiciones que rinden homenaje a Carmen de Burgos y María Lejárraga, figuras clave en la historia cultural y social de España. Estas muestras, que también cuentan con el apoyo del Gobierno de La Rioja, se desarrollan como parte de la conmemoración del 150º aniversario del nacimiento de Lejárraga y del 50º aniversario de su fallecimiento.

Ambas exposiciones, abiertas desde el 27 de septiembre de 2024 hasta el 5 de enero de 2025, comparten el espacio de la sala Recoletos-Jorge Juan de la Biblioteca Nacional en Madrid. A pesar de su individualidad, la proximidad física y temporal de ambas exposiciones subraya las similitudes entre estas dos escritoras, que destacaron no solo por su talento literario, sino también por su compromiso con la lucha por los derechos de las mujeres y la modernización de la sociedad española.

Dos mujeres comprometidas con el progreso y la igualdad

Carmen de Burgos y María Lejárraga fueron protagonistas de una época marcada por cambios sociales y políticos en España, pero también sufrieron las limitaciones impuestas por su condición de mujeres. Ambas destacaron como escritoras prolíficas, maestras y activistas feministas, luchando por derechos como el voto femenino y el divorcio en una sociedad que no siempre estaba preparada para sus ideas. Sin embargo, la guerra, el exilio y la desigualdad de género contribuyeron a que sus logros fueran relegados al olvido durante décadas. Estas exposiciones pretenden rectificar esa omisión, devolviendo a estas autoras el lugar que merecen en la historia.

Carmen de Burgos: pionera del periodismo y defensora de los derechos de la mujer

Carmen de Burgos, conocida también como Colombine, fue una de las primeras mujeres en ocupar un lugar destacado en el periodismo español. En 1903 se convirtió en la primera redactora con una columna diaria, y en 1909 fue la primera corresponsal de guerra española. A lo largo de su carrera, publicó miles de artículos en prensa nacional e internacional, defendiendo la educación de las mujeres, el divorcio y el sufragio femenino.

La exposición dedicada a Burgos, comisariada por Concepción Núñez Rey, recorre su prolífica trayectoria a través de obras que incluyen sus novelas, ensayos y biografías. Entre los elementos destacados, figura su retrato pintado por Julio Romero de Torres, símbolo de su relevancia en la vida cultural de la época. Además de su producción literaria, la muestra destaca su papel como una de las voces más influyentes en el feminismo español, contribuyendo con campañas en prensa a favor de la igualdad.

Por su parte, María Lejárraga es recordada no solo por su obra literaria, sino también por la peculiar circunstancia de que muchos de sus escritos fueron firmados por su marido, Gregorio Martínez Sierra. A pesar de esta invisibilidad pública, Lejárraga fue una de las escritoras más prolíficas de su tiempo, autora de libretos, novelas y dramas que hoy son reconocidos como fundamentales en la historia de la literatura española.

Comisariada por Carmen Domingo, la exposición dedicada a Lejárraga explora las múltiples facetas de su vida a través de manuscritos, fotografías y objetos personales. Entre las piezas más significativas se encuentra el documento en el que Gregorio Martínez Sierra reconoce que sus obras fueron escritas en colaboración con su esposa. Además, se expone el libreto de El amor brujo, escrito en colaboración con Manuel de Falla, como ejemplo del importante legado cultural que dejó tras de sí.

Un reconocimiento a su legado

Estas exposiciones no solo buscan poner en valor la obra literaria de Carmen de Burgos y María Lejárraga, sino también destacar su papel como pioneras del feminismo en España. A través de un recorrido por sus logros, se pretende recuperar su legado y hacer justicia a su impacto en la modernización de la sociedad española, así como en la defensa de los derechos de la mujer.

04/10/2024 0 comments
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