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Category:

Pensamiento

LiteraturaPensamiento

Un paseo estival por la literatura y la evasión

by Beatriz Menéndez Alonso 06/08/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Hay estaciones que son más propicias para el olvido, otras para la memoria, y otras, como el verano, para la invención. En verano se recuerda con mayor intensidad, pero también se sueña con más soltura. Es como si el tiempo —dócil, cálido, extendido— cediera por un instante a los caprichos del alma, permitiéndole vagar sin destino. La luz lo baña todo con una claridad sospechosa: no hay rincón donde esconderse. Y, sin embargo, ¿no es en ese estado de indefensión, de lentitud, de aparente insignificancia, donde nace precisamente la literatura más inquietante?

La literatura no florece en la prisa. Exige otro ritmo, uno más cercano al murmullo que al grito. Por eso no sorprende que tantos escritores hayan escrito —o al menos imaginado escribir— durante los veranos. El verano no es solo una estación climática; es una estación del espíritu. Thoreau se retiró a Walden buscando una comunión con la naturaleza que solo el ritmo solar podía ofrecerle. Vivió dos veranos escribiendo lo que sería Walden; or, Life in the Woods. Cada línea de su libro parece respirar con la humedad del bosque y la lentitud de los días largos. Y Thomas Mann, en su villa de verano en Lübeck, encontraba en el bochorno del mediodía la cadencia ideal para sumergirse en la decadencia de los Buddenbrook.

Vacaciones, decimos, y pensamos en evasión. Pero la literatura que verdaderamente se adentra en el verano lo hace con otra intención: no la de huir del mundo, sino la de escucharlo con más precisión. Lucia Berlin, por ejemplo, no necesitó grandes veranos en villas costeras para extraer oro literario del calor, del polvo, de lo que no se dice. Su prosa —seca, brillante como una botella rota al sol— transforma lo cotidiano en algo ferozmente vivo. Una lavandería bajo la canícula, una cocina desordenada donde el hielo se acaba demasiado pronto, el olor de una camisa empapada en sudor barato: sus veranos no son sublimes ni nostálgicos, son reales. Y por eso importan.

En los relatos de Lucía Berlin, como en Manual para mujeres de la limpieza, el calor nunca es solo meteorológico. Es moral. El calor aprieta y hace visible lo que en invierno se disimula: la pobreza, la adicción, la desesperación íntima. Sus personajes sudan, respiran con dificultad, improvisan ventiladores con cartones. Allí no hay contemplación bucólica sino resistencia. Y sin embargo, también hay belleza: una ternura que se cuela entre el ruido de las cigarras y los ventiladores rotos. La literatura, como el verano de Berlin, no embellece: ilumina.

Es curioso: en la literatura, el verano suele ser el escenario de las grandes transformaciones. Piénsese en Muerte en Venecia. No hay relato más inquietantemente estival. Bajo la luminosidad abrasadora de la laguna, Gustav von Aschenbach se consume, no solo de deseo, sino de revelación. El verano lo expone, lo vuelve frágil, y esa fragilidad es literaria. En El Gran Gatsby, de F.Scott  Fitzgerald, la historia no podría ocurrir en otra estación: el sudor, las fiestas, los trajes blancos, el anhelo de algo que nunca llega… todo está al borde del exceso, como si el calor hubiese diluido los límites morales. La decadencia, como el hielo en un vaso de ginebra, se derrite sin remedio. El calor se vuelve premonición de tragedia: “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Y sin embargo, seguimos pensando en las vacaciones como algo ligero, superficial, incluso banal. Una pausa para “descansar”, como si la mente pudiera desconectarse como se apaga una lámpara.

Pero los grandes escritores han intuido —como Rilke en sus cartas desde Worpswede, o Natalia Ginzburg en sus veranos italianos— que en esa aparente ociosidad se gestan los pensamientos más persistentes. El ocio no es vacío, sino laboratorio. Allí donde el reloj pierde autoridad, se cuela la voz propia. Y en esa voz, la literatura encuentra su terreno fértil.

Los libros que se leen en verano, además, nos delatan. No hay elección más íntima que la lectura vacacional. En invierno uno lee por deber, por rutina, por necesidad intelectual. En verano, en cambio, se lee por deseo. Por puro gozo o por pura melancolía. Uno se lleva a la playa Cumbres Borrascosas y termina sintiendo el viento de los páramos en pleno Mediterráneo. O se adentra en Lolita, como quien juega con fuego, y comprende que el calor puede ser también moral. Incluso los libros “ligeros” que llevamos para no pensar —novelas románticas, thrillers de aeropuerto— nos hablan, aunque no siempre queramos escucharlos. La elección de lectura estival es una forma de confesión.

Los poetas, por su parte, han hecho del verano un motivo obsesivo. Emily Dickinson, desde su encierro, escribía sobre los insectos de julio como si fueran heraldos de una verdad invisible. Sylvia Plath temía el calor porque lo asociaba con el colapso. En  La Campana de Cristal, publicada en inglés como The Bell Jar, sitúa su narración bajo un verano sofocante, asfixiante. El calor aquí no es luz, sino encierro; no es inspiración, sino prueba. Pero incluso en ese peso hay una claridad brutal. La conciencia de Esther Greenwood se agrieta bajo el sol, y a través de esa fractura escribe. Pero otros, como Cesare Pavese, veían en las vacaciones un espejo peligroso: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió, como si el ocio estival desnudara finalmente lo que todo el año hemos evitado mirar.

El verano, por tanto, no es un simple decorado. Es un agente literario. Exige lentitud, exige atención, y exige una cierta valentía para enfrentarse a lo que emerge cuando el mundo baja la voz. En los trenes que van hacia la costa, en los cafés donde el hielo se derrite, en los cuerpos que se exponen al sol, hay materia narrativa esperando ser recogida. Y quizás por eso tantos escritores necesitan huir para escribir: no por el lugar al que van, sino por el silencio que encuentran en el trayecto.

Lo que ocurre con las vacaciones —y con el verano mismo— es que, al igual que la literatura, son esencialmente inútiles en el mejor sentido del término. No producen nada tangible, no mejoran el mundo de forma inmediata, no cotizan en bolsa. Pero nos salvan. Nos devuelven a un estado más poroso, más permeable, más sensible.

El verano pasa, como todo lo vivo. Las vacaciones se disuelven, como la espuma en la arena. Pero lo que permanece —si uno ha estado verdaderamente atento— es esa transformación sutil, casi invisible, que la literatura opera cuando se la deja entrar sin apremio. Bajo el sol, entre las páginas, en medio de las tardes interminables, ocurre lo más improbable: pensamos sin querer, recordamos sin planearlo, sentimos sin protección.

Y eso, después de todo, es la esencia misma de leer. O de vivir.

06/08/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Tsunami, la ola que arrasa el tiempo

by Emain Juliana 30/07/2025
written by Emain Juliana

El tsunami, esa ola inmensa que lo traga todo, ha estado presente en el imaginario literario mucho antes de que la ciencia le pusiera un nombre. Desde los mitos más antiguos hasta los relatos modernos han descrito una fuerza descomunal que se traga la tierra, a veces se presenta como castigo, otras como limpieza o ruptura, pero siempre como algo que tras la devastación obliga a comenzar de nuevo. 

A lo largo del tiempo, las olas gigantes no se han visto solo como un fenómeno natural, sino como algo que escapa a cualquier intento de control. En Japón, por ejemplo, forman parte de la memoria colectiva, de una experiencia vivida y repetida con cierta asiduidad. En Europa, en cambio, han representado más bien el miedo a lo desconocido, la sensación de que por muy avanzada que sea una sociedad, la naturaleza siempre puede imponerse. En los libros, el tsunami ha servido para hablar de eso que irrumpe y lo destruye todo, sin previo aviso.

En los textos antiguos, lo que hoy llamaríamos un tsunami aparece muchas veces disfrazado de diluvio. No como un fenómeno aislado, sino como una especie de reset cósmico. En La epopeya de Gilgamesh, uno de los primeros relatos escritos de la humanidad, los dioses deciden exterminar a los hombres con una gran inundación, pero solo Utnapishtim, advertido a tiempo, logra construir una embarcación y sobrevivir. La historia es muy parecida a la del Génesis bíblico, donde Noé también se salva del castigo divino construyendo un arca. En la mitología griega, Deucalión y Pirra escapan de la gran ola enviada por Zeus, y en la tradición hindú, el sabio Manú recibe el aviso de un pez que resulta ser una deidad. En todos los casos, el agua aparece como lo que borra lo anterior y deja espacio para algo nuevo. El mar no solo castiga, también limpia, y lo que llegará después será distinto, aunque no necesariamente mejor.

En Japón, donde los tsunamis forman parte de la historia nacional, la relación con el mar es distinta. No es una figura mitológica ni una metáfora lejana, es una realidad que se repite de manera bastante cotidiana. Desde el siglo VIII, los registros dan cuenta de terremotos y olas gigantes, durante el periodo Edo, se documentaron con detalle en crónicas, mapas y grabados, pero también en canciones populares y en la poesía. La literatura japonesa, especialmente el haiku, ha sabido expresar ese miedo con una sobriedad conmovedora. No hace falta nombrar la ola para que se sienta su peso, a veces está en el silencio previo al desastre, en la arena que se ensancha, en el grito que se apaga. El tsunami, en estos versos tan breves, no es una catástrofe ruidosa, sino una ausencia de sonido. Un momento suspendido en el tiempo que se vuelve irreversible.

En Europa, no se tomó conciencia del tsunami como un fenómeno real hasta el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa en 1755. Aquel día, la ciudad fue sacudida por un seísmo brutal, arrasada por un maremoto y devorada por el fuego, fallecieron decenas de miles de personas. El desastre fue tan inmenso que no cabía en los esquemas mentales de la época, y para colmo sucedió en el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas. Muchos se preguntaron por qué una ciudad tan religiosa era castigada así. ¿Dónde estaba Dios? ¿Qué lógica podía tener aquello? Voltaire, en Cándido, se burla de quienes decían que todo sucede para bien. El terremoto y el tsunami hicieron añicos la idea de que el mundo era un lugar ordenado y justo, y desde entonces la naturaleza empezó a verse no solo como algo hermoso o admirable, sino también como una fuerza capaz de arrasar sin un motivo, simplemente porque sí.

El Romanticismo abrazó esa visión. El mar se convirtió en el escenario de tormentas interiores, de pérdidas, de luchas imposibles. Lord Byron escribió sobre mares embravecidos donde «el alma se disuelve». Víctor Hugo, en Los trabajadores del mar, convirtió al océano en un personaje: un adversario poderoso e indiferente. El mar ya no era solo un decorado de fondo, sino algo que tomaba protagonismo, como un personaje más, capaz de reflejar lo insignificante que puede llegar a ser el ser humano.

En el siglo XX, los tsunamis dejaron de ser un mito para convertirse en hechos documentados y analizados por sismógrafos, observados por científicos y periodistas. En Japón, el gran tsunami de Sanriku en 1933 provocó más de tres mil muertes, y aunque las narraciones que surgieron de aquel desastre no alcanzaron gran difusión internacional, marcaron un cambio en el tono, empezó a ser contado como herida y trauma, como un acontecimiento que transforma para siempre la relación de una comunidad con su territorio. La literatura reflejó ese giro, no siempre a través de novelas, pero sí mediante memorias, poemas, canciones populares o diarios personales que luego circularon como parte de lo vivido.

En Occidente, mientras tanto, encontró un nuevo espacio en la literatura especulativa; en novelas como The Drowned World de J. G. Ballard (1962), el mundo ya no es arrasado por una ola puntual, sino que queda sumergido por completo: las ciudades reposan bajo el agua, el paisaje es una ruina líquida y ya no hay castigo, ni juicio, ni drama moral, sino transformación. En estas narraciones, la ola no representa un final, sino una mutación, y lo que surge después no es lo que había antes, sino otra cosa: otro mundo, otro cuerpo  y otro orden.

En el siglo XXI, se convirtió en una realidad inmediata, vivida en directo a través de las televisiones, porque la tragedia del océano Índico en 2004, seguida por el desastre de Fukushima en 2011, transformó para siempre la forma en que se perciben estos fenómenos. Ya no se trataba de imaginar la destrucción, sino de verla avanzar en tiempo real mientras arrasaba ciudades, y esa visibilidad cambió también su lugar en la literatura, que comenzó a responder no solo desde la ficción sino también desde la necesidad de dar testimonio. Obras como Wave de Sonali Deraniyagala, donde la autora relata la pérdida de toda su familia en Sri Lanka, o antologías como March Was Made of Yarn, que recogen testimonios tras Fukushima, no buscan explicar lo ocurrido sino sostener lo que queda, hablar sobre el duelo y el miedo persistente, la reconstrucción lenta y los silencios que apenas se pueden nombrar.

Desde entonces, la escritura ha convertido estas catástrofes en una presencia real, en memoria colectiva. Ya no se representa como un giro dramático o un evento distante, sino como una vida partida en dos, con un antes y un después que es imposible de borrar. En este nuevo ciclo, las olas recuperan su protagonismo no como escenario romántico ni como fondo simbólico, sino como una fuerza que es tangible y su impacto influye no solo por lo que destruyen, sino por todo lo que obligan a reconstruir: el lenguaje, los vínculos, la memoria, el paisaje y las certezas. De este modo, lo verdaderamente devastador no siempre es el agua en movimiento, sino el vacío que deja cuando todo ya ha quedado en silencio.

30/07/2025 0 comments
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Pensamiento

Sobre lo de Santos Cerdán

by Emain Juliana 14/06/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo conversaciones con familiares y con buenos amigos, especialmente esos debates espontáneos que surgen después de las comidas, durante la sobremesa, en los que mencionar la política se convierte en una especie de cataclismo. De pronto el ambiente se vuelve incómodo y tenso, las posiciones se encienden, las palabras se afilan como cuchillos y ya no queda mucho espacio para escuchar o entender, solo importa defender el color propio frente al ajeno. Esta dinámica refleja muy bien lo que el psicólogo Leon Festinger llamó «disonancia cognitiva»: la cuál consiste en «una sensación de malestar interno que experimentamos cuando nos enfrentamos a una información que desafía o contradice nuestras creencias y convicciones». Para reducir ese malestar, solemos rechazar automáticamente las evidencias contrarias o justificar rápidamente los errores de nuestro partido, por flagrantes que sean.

Así, sin darnos cuenta, adoptamos la posición del hincha en las gradas, celebrando las victorias superficiales y protestando por las derrotas injustas. La comparación social —otra teoría central de Festinger— refuerza aún más esta dinámica: al interactuar principalmente con quienes piensan de una manera muy parecida a nosotros, fortalecemos nuestras posiciones iniciales y perdemos la capacidad crítica, creyendo que el otro siempre está completamente equivocado o que tiene malas intenciones. Todo se reduce entonces a una batalla en la que el enemigo siempre es el otro, el culpable de todos los males, mientras el nuestro es siempre quien lucha por el bien común.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, la calidad democrática se erosiona lentamente; las instituciones que deberían estar al servicio de todos se convierten en trofeos temporales del partido ganador, utilizadas más como plataformas para perpetuarse en el poder que como herramientas para solucionar problemas reales. De hecho, en los últimos días, los titulares han sido claros: casos de corrupción, líderes cuestionados internamente, mociones de censura, crisis en el PSOE y rumores de adelanto electoral. Sin embargo, lo curioso es que esta tormenta apenas parece afectar a las bases de apoyo electoral, pues la mayoría de los ciudadanos permanece en su trinchera ideológica, inmunizada ante los escándalos que afectan a su partido favorito, justificando, tolerando o simplemente mirando hacia otro lado. Se perpetúa así la ilusión del votante que cree defender valores limpios y claros, aunque en realidad esté defendiendo una construcción basada en propaganda cuidadosamente gestionada. Esta situación no es casual, ya que la política moderna está cada vez más personalizada en figuras concretas. Constantemente hablamos de Sánchez o Feijóo como si fueran actores principales de una serie de Netflix, por lo que el debate político se reduce al carisma o al rechazo que generan estas figuras mediáticas, olvidando que detrás de ellas hay decisiones, leyes y medidas concretas que afectan directamente la vida diaria. Como resultado, los votantes acaban apoyando o rechazando no ideas o proyectos, sino líderes cuya imagen se construye desde un relato muy emocional y cuidadosamente elaborado. Y lo más preocupante es que, mientras esta teatralización política avanza, las instituciones pierden eficacia y se vuelven débiles a las presiones partidistas, a las luchas internas por el poder y a la corrupción, que se tolera con demasiada frecuencia como una parte inevitable del juego. Esta erosión institucional no sucede de golpe, sino lentamente, como pequeñas gotas de agua que, con el tiempo, acaban destruyendo la roca por completo.

Esto no es exclusivo de España, por supuesto, pero se ha vuelto más notorio aquí debido a cuánto nos aferramos a nuestras identidades políticas, como si votar fuera proteger una parte de nuestra identidad personal y cuestionarlo significara perder alguna parte fundamental de uno mismo. De ahí que resulte tan difícil romper este círculo vicioso, pues nos aferramos al partido como quien se aferra a una identidad cultural, incapaces de aceptar que las personas a las que hemos votado también cometen errores, traicionan sus principios y sucumben a sus propios intereses. No obstante, la solución no es abandonar nuestras convicciones políticas, sino en asumirlas desde una perspectiva crítica, preguntándonos si realmente esas personas representan los ideales que dicen defender o si estamos atrapados en una ilusión muy cómoda y reconfortante, incapaces de admitir que las promesas y los discursos que nos sedujeron en un principio ya no se corresponden con la realidad.

Quizás, por tanto, sea el momento de despolitizarnos un poco, de dar un paso atrás y observar desde fuera con algo más de serenidad. Para lograrlo, necesitamos ser ciudadanos críticos que exijan resultados reales a los políticos, que no permitan que las instituciones sean rehenes de intereses partidistas y que sean capaces de apoyar o rechazar propuestas independientemente de quién las haga. En definitiva, necesitamos ser menos fanáticos políticos y más ciudadanos comprometidos con la democracia y la verdad. Al fin y al cabo, la verdadera política nunca debería ser una batalla de colores, sino un ejercicio constante de reflexión y responsabilidad colectiva; recuperar este principio básico es la tarea más urgente que debemos llevar a cabo como sociedad. Por tanto, dejar atrás la lógica del estadio, abandonar el fanatismo que nos ciega y volver a dialogar desde la razón y desde la honestidad, no será sencillo, porque los hábitos se arraigan profundamente, pero al menos podemos empezar a intentarlo. Nuestras instituciones merecen más que simples colores partidistas: merecen ciudadanos despiertos, atentos y exigentes.

14/06/2025 0 comments
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ArtePensamiento

Volver a conectar con lo bello

by Valeria Cruz 12/05/2025
written by Valeria Cruz

La palabra "belleza" proviene del latín bellus, que significa "bello, agradable, hermoso", aunque su raíz es aún más compleja: algunos filólogos la vinculan con benulus, diminutivo de bonus —bueno—, lo que sugiere que, en su origen, lo bello no solo remitía a lo placentero, sino también a lo valioso, a aquello que participa de un orden deseable, armonioso, incluso vital. En la tradición griega, esta idea se refuerza: para Platón, lo bello (kalón) era el reflejo visible de una verdad más profunda. La belleza no era adorno, sino señal; no superficialidad, sino manifestación de lo esencial.

Durante siglos, esta concepción sustentó una parte importante de la creación artística, del pensamiento filosófico y de la experiencia como seres humanos. La belleza era comprendida como una forma de conocimiento. A través de ella, se desarrollaban la atención, el juicio, la sensibilidad ética y la memoria. Reconocer lo bello no era un acto frívolo, sino un ejercicio intelectual y moral. La contemplación estética ofrecía una vía legítima para comprender el mundo. Este marco, sin embargo, comenzó a erosionarse en el siglo XX, en parte como respuesta a los grandes traumas históricos. El pensamiento crítico desplazó la belleza para dar prioridad a lo útil, funcional y urgente. Se temía que lo bello actuara como una cortina que encubría la violencia o el conflicto. Desde entonces, hablar de belleza se volvió sospechoso, casi incómodo, como si su sola mención implicara un alejamiento de la realidad. El arte, la teoría y la cultura han tendido a privilegiar la disrupción, la ironía, lo conceptual. En este contexto, lo bello se fue marginando, reducido a una experiencia secundaria o meramente decorativa.

En el presente, esa marginación se acentúa. Vivimos en un entorno saturado de estímulos, marcado por la velocidad, la visibilidad y la productividad. Todo compite por captar la atención en el menor tiempo posible. Lo bello, que requiere pausa, disposición y sensibilidad, no encaja fácilmente en ese sistema. No genera rendimiento. No se impone. Solo se revela cuando alguien se detiene lo suficiente para percibirlo. En un tiempo que valora lo medible por encima de lo significativo, esa forma de experiencia se vuelve rara.

Pero rara no significa irrelevante. Todo lo contrario. Recuperar la belleza como una experiencia válida es, hoy, más necesario que nunca. No se trata de idealizar una estética concreta ni de volver a cánones pasados. Se trata de defender una manera de relacionarse con el mundo que no esté gobernada por la utilidad inmediata. Lo bello no responde a un fin práctico. No sirve para otra cosa que para provocar una forma distinta de presencia, nos sitúa en un estado de atención expandida, nos saca del automatismo y hace que vivamos el instante con más conciencia. Y eso, en un entorno de fragmentación y exceso, es profundamente transformador. Porque lo que está en juego no es simplemente una categoría estética, sino una forma de percepción. Cuando dejamos de valorar lo bello, también perdemos una parte de nuestra capacidad de sentir de manera plena y pasamos por encima de las cosas. La belleza, en cambio, nos obliga a prestar una verdadera atención.

Lo más difícil, quizá, no es reconocer la belleza, sino disponer del tiempo necesario para acogerla, porque lo bello no irrumpe como un mensaje, no se impone como una consigna. Aparece con discreción: en un gesto mínimo, en una forma inesperada, en un momento que no estaba previsto.  Su potencia radica precisamente en eso: en su capacidad de afectarnos sin violencia, de tocarnos sin invadirnos, de quedarse sin ruido.

Por eso, reivindicar la belleza hoy no es una forma de evasión, sino un acto de resistencia. Una manera de afirmar que no todo tiene que traducirse en rendimiento o utilidad. Que hay experiencias valiosas por sí mismas. Que la sensibilidad también es pensamiento. Y que permitirnos ser atravesados por lo bello —sin defensas, sin escepticismo— es una forma legítima de comprender y de habitar el mundo.

No necesitamos que la belleza nos devuelva una armonía imposible ni que endulce lo que duele. Lo que necesitamos es recordarla como parte de la vida. Como una presencia activa, capaz de afinar nuestra percepción y de recordarnos que lo importante no siempre es lo que brilla más fuerte, sino lo que permanece cuando todo se ha apagado.

12/05/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

¿Quién teme (leer) a Virginia Woolf?

by Nerea Aguado Alonso 29/04/2025
written by Nerea Aguado Alonso

Puede que Virginia Woolf sea una de las autoras más citadas, recomendadas e influyentes en la literatura del siglo XX. Su técnica del flujo de conciencia, la narrativa no lineal o fracturada y su búsqueda constante de una nueva voz literaria están plenamente asentadas en la narrativa del siglo actual. A nadie extraña ya una novela escrita totalmente como un monólogo interior de varios personajes ni la hibridación de géneros. Sus novelas y textos narrativos se caracterizan por su densidad, complejidad y capacidad de evocación de mundos interiores. Son un desafío y como tal me gusta llevar sus libros a la programación de los clubes de lectura. Si la vamos a citar y admirar, qué menos que leerla atentamente. Sin embargo, cuando las participantes se enfrentan a un texto de la escritora británica suelen empezar preguntando cómo hacerlo, pues les impone la fama de la autora. Empezar a leer a Woolf por su narrativa es introducirse en su amplio, multicolor y experimental estilo. Hay que atreverse, que hay que entrar en esa corriente y dejarse revolcar por sus olas una y otra vez, viajando de un sentimiento a otro. Leer su narrativa como quien lee poesía, sintiéndola primero, dejando que el ritmo, la estructura, las certeras palabras y las emociones nos bañen y volver después, con la humedad aún en la piel a mirar ese agua que ya conocemos y se aquieta para que veamos el lecho pedregoso, verde y lleno de vida. Ella misma escribió en su diario: “La manera en que creo hermosas cavernas detrás de mis personajes. Creo que esto da por resultado exactamente lo que deseaba. Humanidad, humor, profundidad. El proyecto es que las cavernas estén en comunicación entre sí, y que todas queden bajo la luz del día en el mismo instante.”[1]

Para quien no esté en disposición de una zambullida de este calibre, lo mejor será comenzar por sus ensayos breves y las transcripciones de sus charlas: “Sobre la enfermedad”, “¿Soy una esnob?”, “La torre inclinada” o la famosísima “Una habitación propia” se abren como puertas accesibles hacia su universo. La autora elige un tono casi conversacional y una estructura más directa, lo que facilita una lectura inmediata sin renunciar a la profundidad de sus reflexiones. Sobre “Una habitación propia” una perfeccionista y autocrítica Virginia escribió: “ Creo que este libro tiene cierta especie de inquieta vida; se ve a un ser en trance de arquear la espalda y galpar, aun cuando, como de costumbre, buena parte del libro es aguada, delgada y está expresada en voz excesivamente alta.”[2] Dos características de la divulgación de su pensamiento la han hecho perdurable en el tiempo: los temas arriesgados, críticos e inteligentemente estructurados y un estilo directo, más ligero pero no superficial, que corre rápido como su mente pero se posa lo suficiente para ser digerido.

Leer a Virginia Woolf es una experiencia excitante, desconcertante en ocasiones y que libera lugares de nuestra mente y nuestra imaginación de manera inesperada. Empecemos por el río que cabriolea de su narrativa o por la plácida y clara orilla de sus ensayos, una vez lo hagamos nuestra manera de leer cualquier texto habrá cambiado.

[1]Virginia Woolf, Diario de una escritora, trad. Laura Pujol (Barcelona: Lumen, 1981),91.

[2] Ibid.,199

29/04/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Woolf y Plath. Dos jardines, dos miradas

by Uve Magazine 18/03/2025
written by Uve Magazine

Para aquellos que trabajan con la palabra, la imagen o la música, un jardín no es solo un espacio físico, sino una metáfora de la mente y la memoria. En él, los pensamientos germinan, maduran o se marchitan, y las ideas encuentran su propio ritmo de crecimiento. Quizá por eso, tantos escritores han encontrado en los jardines su mejor espacio de creación, entre ellos Virginia Woolf y Sylvia Plath, dos autoras que miraron la naturaleza con ojos distintos, pero que vieron en ella un reflejo de su propio mundo interior.

Virginia Woolf tenía una relación simbólica y estética con el jardín, que se refleja tanto en su vida como en su obra. Su casa en Monk’s House, en Sussex, contaba con un exuberante jardín que ella y su esposo, Leonard Woolf, cuidaban con esmero. Ese espacio no solo era un refugio físico, sino también un universo simbólico en el que la escritora exploraba la conexión entre la naturaleza, la memoria y la identidad.

El jardín de Woolf era un lugar de contemplación y de escritura. Desde su estudio, una cabaña separada de la casa principal, tenía vistas a la vegetación y a los juegos de luz en las hojas y flores. En sus diarios, menciona con frecuencia el proceso de cultivar plantas y el placer de observar los cambios de las estaciones. Esa atención a la naturaleza se filtra en sus novelas, donde los espacios verdes funcionan como metáforas de la vida interior de los personajes.

En Al faro, por ejemplo, la naturaleza aparece en su dimensión cíclica, reflejando el paso del tiempo y la inevitabilidad del cambio. La maleza que crece en la casa vacía simboliza la huella del tiempo y la forma en que la ausencia transforma los espacios. En La señora Dalloway, el parque de Regent’s Park y los jardines urbanos sirven como puntos de conexión entre los personajes, un espacio donde los pensamientos fluyen libremente y donde las barreras sociales parecen difuminarse por un momento.

Por otro lado, en la obra de Sylvia Plath, la naturaleza adquiere un carácter inquietante y simbólico, alejado de la contemplación serena que ofrece el jardín de Virginia Woolf. Mientras que Woolf encontraba en el paisaje un espacio de fluidez y reflexión sobre la identidad y el tiempo, Plath transforma la naturaleza en una imagen de tensión emocional, de lucha y conflicto interno. En sus poemas, las flores y los paisajes vegetales no son simples adornos o fuentes de belleza, sino metáforas de la transformación, la opresión y la muerte. En Ariel, los caballos desbocados al amanecer encarnan una energía salvaje e incontrolable, los tulipanes aparecen como presencias demasiado vivas, casi agresivas en su color, y la colmena se convierte en un símbolo ambivalente de feminidad y poder, a la vez productivo y amenazante. A diferencia de Woolf, cuyo jardín servía como reflejo del transcurrir del tiempo y la conexión con el mundo exterior, en Plath la naturaleza es más visceral, más afilada, reflejando la batalla interna con la identidad y la enfermedad mental. En La campana de cristal, la protagonista, Esther Greenwood, percibe la naturaleza con una mezcla de fascinación y repulsión, en una búsqueda desesperada por encontrar su lugar en un mundo que le resulta extraño y ajeno. Así, mientras Woolf cultivaba su jardín como un espacio de introspección y armonía con lo efímero, Plath lo convertía en un espejo de sus propias inquietudes, donde la belleza se entrelazaba con la amenaza y lo natural se tornaba en una presencia inquietante, casi opresiva.

Jardines de papel, la simbología del paisaje en la literatura

En definitiva, los jardines han sido desde siempre espacios de inspiración, refugio y contemplación. En su quietud, ofrecen un ritmo distinto al del mundo exterior, uno marcado por el crecimiento lento de las plantas, la transformación de las estaciones y la presencia constante de la naturaleza en sus ciclos de muerte y renacimiento. Un jardín florecido invita a la expansión de los sentidos, con colores, perfumes y la sensación de vida en su máximo esplendor. Es un escenario para la creatividad, donde la luz y las sombras juegan en las hojas, y la imaginación puede divagar con la misma libertad con la que se entrelazan las ramas.

Ambas escritoras, a su manera, utilizaron la naturaleza como un espejo de su mundo interior, construyendo solidos paisajes literarios que rememoramos fielmente en sus textos.

18/03/2025 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

Ante la ley, relato de Franz Kafka

by Uve Magazine 07/02/2025
written by Uve Magazine

Ante la ley de Franz Kafka (1915) es una breve parábola que encapsula la angustia existencial y la burocracia impenetrable, temas recurrentes en la obra del autor.

Este cuento, incluido en El proceso, ilustra la impotencia del individuo frente a sistemas inescrutables y sugiere la inutilidad de la espera pasiva ante las barreras impuestas por el poder. Su ambigüedad ha dado pie a múltiples interpretaciones, desde una lectura existencialista hasta una alegoría sobre la inaccesibilidad de la verdad o la justicia.

Ante la ley se alza un guardián. Llega un hombre del campo y solicita entrar en la ley. Pero el guardián le dice que, por ahora, no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se le permitirá entrar.

—Es posible —dice el guardián—, pero no ahora.

Puesto que la puerta de la ley está abierta, como siempre, y el guardián se aparta a un lado, el hombre se inclina para mirar a través de la puerta, hacia el interior. Al notar esto, el guardián suelta una carcajada y dice:

—Si tanto te tienta, prueba a entrar a pesar de mi prohibición.

—Pero advierte: soy poderoso. Y no soy más que el primer guardián. Entre las salas hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar la mirada del tercero.

El hombre del campo no esperaba tales dificultades; la ley debería estar siempre accesible para todos, piensa. Pero al observar más detenidamente al guardián, su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda, su larga y fina barba negra tártara, decide aguardar hasta obtener el permiso para entrar.

El guardián le entrega un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta.

Allí se sienta durante días y años. Hace innumerables intentos por ser admitido y fatiga al guardián con sus súplicas. Este, de vez en cuando, le somete a pequeños interrogatorios, le pregunta por su tierra natal y por muchas otras cosas, pero tales cuestiones son indiferentes, como las que formulan los grandes señores, y al final siempre le repite que aún no puede dejarle entrar.

El hombre, que ha emprendido su viaje bien provisto, emplea cuanto posee, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero dice:

—Solo lo tomo para que no pienses que has dejado de hacer algo.

A lo largo de los años, el hombre ha observado casi sin descanso al guardián. Poco a poco, olvida a los otros guardianes, y este primero le parece el único obstáculo para entrar en la ley.

Maldice la desdichada coincidencia, al principio con impaciencia y a grandes voces; más tarde, cuando envejece, solo gruñe para sí mismo. Se vuelve infantil, y como en sus años de observación del guardián ha llegado incluso a distinguir las pulgas en el cuello de piel de su abrigo, les ruega también a ellas que le ayuden y logren ablandar el corazón del guardián.

Con el tiempo, su vista se debilita, y ya no sabe si la oscuridad a su alrededor es real o si sus ojos le engañan. Pero ahora, en medio de las tinieblas, distingue un resplandor que se filtra inexorablemente a través de la puerta de la ley.

No le queda ya mucho tiempo de vida.

Antes de su muerte, todas las experiencias de aquellos años se condensan en su mente en una única pregunta que hasta entonces no había formulado al guardián. Le hace una seña, pues ya no puede enderezar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse profundamente hacia él, pues con los años la diferencia de tamaño ha cambiado en gran perjuicio del hombre.

—¿Qué más quieres saber ahora? —pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos aspiran a entrar en la ley —dice el hombre—, ¿cómo es posible, entonces, que en todos estos años nadie, salvo yo, haya solicitado entrar?

El guardián, viendo que el hombre se halla en su último aliento, le grita al oído:

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta puerta estaba destinada solo para ti. Ahora voy a cerrarla.

Marino Costa

07/02/2025 0 comments
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ArteLiteraturaPensamiento

¿Qué es el libro objeto?

by Sandra Marquez 05/08/2024
written by Sandra Marquez

Son libros capaces de transmitir, de comunicar, promulgar ideas, sentimientos, pensamientos, ocultar secretos, denunciar injusticias… su comunicación visual  es el resultado de la intervención del artista, que ha tomado al libro como expresión y haciendo uso de una o varias técnicas, juega con la disposición de los elementos, incluye nuevos materiales, técnicas, texturas, objetos incrustados, papel plegado, rasgado… y nos invita a reconstruir su mensaje de una manera distinta, a fascinarnos con una propuesta artística,  a integrar todos nuestros sentidos al momento de leer

 

Los registros visuales que los componen, los matices diferenciados y su reconocida capacidad universal a la hora de difundir conocimientos. El procedimiento de transformación está delimitado sólo por la imaginación del artista, buscando posibilidades y claves expresivas de impacto visual, por tanto, los libros objeto son muy variados y responden a las necesidades e inquietudes de cada artista, además adquieren la pluralidad suficiente como para elaborar discursos propios.

05/08/2024 0 comments
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LiteraturaPensamientoSin categoría

El arte de cuidar nuestros libros

by Clara Belmonte 29/07/2024
written by Clara Belmonte

Los libros son más que simples objetos; son tesoros que guardan historias, conocimientos y emociones. En muchas casas, ocupan un lugar destacado, no solo como fuentes de entretenimiento y aprendizaje, sino también como elementos decorativos que reflejan nuestra personalidad y gustos. Para mantener nuestros libros en perfectas condiciones y presumir de una colección envidiable, es fundamental seguir una serie de cuidados. Aquí te ofrecemos algunos consejos prácticos y fáciles de implementar.

1. Protección contra la luz solar

La exposición directa a la luz solar es uno de los enemigos más grandes de los libros. Los rayos UV pueden causar la decoloración del lomo y la cubierta, además de resecar y amarillear las páginas. Para evitar estos daños, es recomendable situar las estanterías lejos de ventanas sin protección o utilizar cortinas, persianas o estores que bloqueen la luz directa. De esta forma, tus libros conservarán sus colores y calidad por mucho más tiempo.

2. Control de la humedad y temperatura

Los libros requieren un ambiente con niveles de humedad y temperatura estables. La humedad excesiva puede provocar que las páginas se ondulen y se deformen, mientras que un ambiente demasiado seco puede hacer que el papel se vuelva quebradizo. Además, los cambios constantes de temperatura pueden causar la dilatación y contracción de los materiales del libro, afectando su integridad. Es aconsejable evitar colocar estanterías cerca de ventanas, radiadores, estufas o aires acondicionados. También, mantén las plantas alejadas de tus libros, ya que pueden aumentar la humedad y atraer insectos.

3. Limpieza regular del polvo

El polvo es un enemigo silencioso que se acumula lentamente. Es recomendable limpiar el polvo de los libros regularmente con un plumero o una aspiradora. Además, es bueno ventilar la habitación de vez en cuando para renovar el aire. Una limpieza más a fondo cada tres meses, pasando un paño seco o una brocha por las tapas y cantos, ayudará a mantenerlos en buen estado. Aprovecha esta limpieza para revisar tus libros y asegurarte de que no tienen hongos o insectos. Si encuentras algún libro afectado, aíslalo inmediatamente y busca una solución para evitar que el problema se propague.

4. Colocación adecuada en las estanterías

La manera en que colocas tus libros en las estanterías es crucial. Los libros deben estar de pie y agrupados por tamaño para formar un conjunto uniforme. Esto ayuda a mantener el encolado de la encuadernación y evita la deformación de las páginas. No deben estar demasiado apretados ni demasiado sueltos. Los libros pesados pueden colocarse horizontalmente para evitar que el peso deforme el lomo. Deja un pequeño espacio detrás de los libros para facilitar la ventilación.

5. Uso cuidadoso de los libros

A la hora de leer, es importante no forzar la apertura del libro más allá del ángulo que permite su encuadernación. Lo ideal es abrirlos a 90 grados para evitar dañar el lomo. Además, evita subrayar, escribir, doblar las esquinas de las páginas o utilizar marcadores inapropiados, como flores o post-its. Estos hábitos pueden deteriorar tus libros con el tiempo.

6. Evita comer o beber mientras lees

Comer o beber mientras lees puede resultar en manchas de grasa, líquidos o restos de comida entre las páginas, lo que es difícil de reparar. Es recomendable lavarse y secarse bien las manos antes de empezar a leer, para evitar transferir restos de alimentos o aceites a las páginas.

7. Cuidado al transportar libros

Cuando lleves libros fuera de casa, protégelos adecuadamente para evitar daños. Utiliza una funda y, si es necesario, una bolsa con cierre hermético en caso de lluvia. Trata de evitar situaciones donde los libros puedan doblarse o mancharse.

8. Devuelve los libros a su lugar

Un libro fuera de su lugar es un libro expuesto a riesgos innecesarios. Cada vez que termines de leer, devuelve el libro a su estantería. Esto evitará que alguien lo trate de manera descuidada o que sufra accidentes.

9. Préstamo responsable

Si decides prestar tus libros, hazlo solo a personas de confianza que los cuidarán como tú lo harías. Explica la importancia de seguir los cuidados adecuados para mantener los libros en buen estado.

Siguiendo estos consejos, podrás disfrutar de tu colección de libros por muchos años. No importa si eres un bibliófilo experimentado o un aficionado reciente, estos cuidados básicos te ayudarán a conservar tus tesoros literarios en perfectas condiciones, permitiéndote disfrutar y compartir tu pasión por la lectura con otros.

29/07/2024 0 comments
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EntrevistasLiteraturaPensamiento

ENTREVISTA. Marta Pastur. El valor de la diferencia

by Ana Vega 03/07/2024
written by Ana Vega

La editorial Uve Books nos ofrece no solo una maravillosa historia de superación gracias a la cooperación, el apoyo mutuo y la solidaridad sino también un ejemplo de cómo la diferencia puede ser transformada en referente de cambio para cualquier comunidad o sociedad y también un canto a la esperanza en unos tiempos en que la velocidad no nos permite detenernos en algo tan importante como aquello que nos ofrece la diferencia: el valor de unir y crecer de un modo conjunto. Su autora, Marta Pastur, así nos lo demuestra, a través de esta bella historia. Nacida en un Día del Libro en Oviedo, Asturias, adquiere su formación en la facultad de Pedagogía y Educación en la Universidad de Oviedo y completa su formación con un máster en Neuropsicología en el ámbito de la educación en la Universidad de Alcalá de Henares. Algo que demuestra no solo en su escritura y la creación de sus personajes sino también en la construcción de esta historia que esconde un profundo conocimiento del ámbito educativo y la neuropsicología, rescatando aquí el valor de la narración oral y su poder transformador como agente de cambio, de enseñanza ancestral. El poder de contar historias y con ellas cambiar el mundo. He aquí la esperanza en forma de valiente rinoceronte.

La escritura se convierte para Marta Pastur muy pronto en una absoluta pasión gracias a su abuelo, que alimenta su curiosidad e inquietud literaria y se convierte en faro que cobija y empuja este amor por la escritura de su nieta. Obtiene varios galardones en concursos de literatura juvenil de ámbito local y nacional.

Marta Pastur sigue avanzando en su pasión por la enseñanza y la escritura hasta dirigir Pollitos, una academia de español en Copenhague, donde logra desempeñar su pasión: la educación, la infancia y también la escritura y la lectura (contar historias se convierte en herramienta profesional y personal). Como no podía ser de otra forma, Marta Pastur, utiliza la literatura como medio de estimulación creativa, fomento del pensamiento crítico y encuentro con la lengua materna.

La mayor parte de los relatos que escribe están inspirados por niños y niñas, sin ir más lejos, la musa del libro que nos ocupa — Victoria sin cuerno— está inspirado en su hermana pequeña, una persona valiente que enfrenta las dificultades sin esconderse.

Sin lugar a dudas, Marta Pastur, ha logrado que tanto el público infantil como adulto reflexione de forma profunda y activa sobre la importancia de la diversidad y la inclusión a través de su relato: Victoria sin cuerno.

En esta historia descubrimos a nuestra protagonista, Victoria, un alma valiente que gracias a la confianza, la valentía y el apoyo fundamental de otros animales, que en ningún caso juzgan su apariencia ni mucho menos diferencia (al tratarse de un rinoceronte que no posee ningún cuerno como el resto de su especie), logra superar todo obstáculo y barrera hasta conseguir sus objetivos. El relato anima al público infantil a reflexionar sobre la diversidad, desarrollar su capacidad crítica y comprobar, a través de esta historia, que todos y todas podemos aportar con nuestros valores y diferencias herramientas valiosas a la comunidad a la que pertenecemos para poder crecer en conjunto y llegar a conseguir nuestros logros a través de la transformación de la diferencia no en algo que nos separa sino en todo lo contrario: aquello que nos enriquece y por tanto nos une. Formar por tanto, una sociedad más inclusiva y respetuosa.

El respeto es aquí la clave fundamental, el valor y la cooperación, los estereotipos se quiebran y desaparecen para crear una comunidad en la que la igualdad se teje de un modo natural y sencillo. La empatía, el situarnos en el lugar del otro, la amistad y el apoyo mutuo nos muestran, a través de esta historia, no solo una lección de aprendizaje vital para los más pequeños sino también para los adultos, quienes quizá encontremos en este relato y este libro un manual de vida más que necesario y fundamental para colocar ya en nuestra estantería como libro de cabecera imprescindible. Loable labor la que Marta Pastur ha realizado al escribir esta historia, labor nuestra ahora, llevar a cabo las acciones necesarias para construir una sociedad más justa, más igualitaria y valorar realmente el absoluto poder transformador que esconde toda diferencia.

Para poder acercarnos más a esta utopía más alcance de nuestras manos de lo que realmente creemos, hemos charlado con la autora para conocer mejor su trabajo y cómo surge la creación de esta historia.

         1— Comencemos por tu trayectoria profesional estrechamente vinculada al ámbito educativo y pedagógico, aunque tus estudios se amplían hacia un conocimiento más profundo como es la neuropsicología: ¿Qué crees que aporta esta última disciplina al ámbito educativo y qué recursos y herramientas puede ofrecer en la enseñanza y formación tanto a profesionales como alumnado, cuál es tu experiencia personal en este ámbito?

Tener conocimientos en neuropsicología me ha ayudado enormemente a entender y relacionarme con los niños y las niñas. Aprendí algo fundamental: el funcionamiento del cerebro infantil. Estos conocimientos son útiles para comprender, empatizar y validar sus emociones. Aplicando estos conocimientos en el campo de la educación, he comprendido que existen diferentes maneras de aprender, diversas necesidades y ventanas de aprendizaje.

Esto me ha permitido ser más flexible, imaginativa y creativa al buscar formas en que los niños aprendan disfrutando, jugando y relacionando los conocimientos con experiencias positivas. Cuando el aprendizaje es placentero, se consolida de manera más efectiva.

2— Diriges una de la escuelas más importantes de español en Copenhague, “Pollitos”, la imaginación, lectura y escritura son armas fundamentales en la enseñanza tal y como comentábamos anteriormente y muy especialmente la educación en valores, algo que rescatas y describes con gran maestría en tu libro, en donde tratas la puesta en valor de la diferencia como algo que lejos de restar, suma, junto al apoyo mutuo o la empatía: ¿Es quizá esta apuesta por el crecimiento conjunto en igualdad y suma una de las claves tanto de tu trabajo profesional en tu escuela como en tu escritura y este último trabajo?

Creo que formamos parte de una sociedad conectada en la que el apoyo mutuo, la igualdad y el respeto son fundamentales. Esto es clave en mi trabajo profesional. Uno de los objetivos principales de Pollitos es crear comunidad, tanto entre los niños como entre las familias. Ser parte de una red donde se puede encontrar apoyo, consejos y ayuda, compartiendo la misma lengua en un país extranjero, es esencial. Fomentamos esto en las clases, creando un espacio seguro para que los niños y niñas se expresen sin miedo, opinen, jueguen y sean ellos mismos sin temor a ser juzgados.

Esto también se refleja en mi forma de escribir, ya que no concibo un mundo individualista. Prefiero crear situaciones e historias donde los personajes estén conectados con su comunidad. Al abrir este tipo de conversaciones con los niños y niñas y darles la oportunidad de identificarse con estos personajes, fomentamos que, en el futuro, puedan reproducir estos valores.

7— Tu libro nos ofrece una maravillosa mirada hacia el poder de la diferencia, la valentía que encierra, transformando lo que quizá la sociedad o la norma rechaza como algo que realmente nos enriquece. La diversidad, por tanto, se ofrece aquí como un valor importante, fundamental, para lograr unos objetivos comunes, invitando a realizar tanto para el público infantil como adulto una lectura más crítica: “¿Es necesario rescatar el pensamiento crítico quizá un tanto olvidado y fomentar su desarrollo en los más jóvenes para poder ofrecer una mirada inclusiva más solidaria y real sobre aquello que nos rodea pero que quizá la norma rechaza por desconocido o inusual?

Sin duda, rescatar y fomentar el pensamiento crítico en los niños es esencial para ofrecer una mirada inclusiva, solidaria y real sobre la diversidad. En un mundo donde lo desconocido o inusual a menudo se rechaza, es crucial enseñar a los niños a valorar las diferencias y a comprender que estas nos enriquecen. Mi cuento pretende precisamente eso: mostrar que la diversidad es un valor fundamental que nos ayuda a alcanzar objetivos comunes y a crear una sociedad más justa y empática. Al leer y reflexionar sobre estas historias, tanto niños como adultos pueden desarrollar una actitud más crítica y abierta hacia lo que nos rodea. La educación y la literatura deben ir de la mano para fomentar valores, empatía y pensamiento crítico desde la infancia, asegurando así que las nuevas generaciones aprecien y celebren la diversidad.

8— Como bien se indica en la contraportada de tu libro, es necesario “valorar las diferencias y aprender que la verdadera victoria reside en la unidad y el respeto mutuo”: ¿Cómo nace o surge la protagonista de este libro, Victoria, cuya especie (los rinocerontes) se definen exactamente por algo de lo que ella carece: su cuerno? ¿Qué valores representa?

En una ocasión le conté a un amigo que iba a publicar un cuento, y al comentarle que iba sobre un rinoceronte sin cuerno, me dijo: osea, que es el típico personaje con el que los otros animales se meten, desdichado y excluido. El mensaje no puede ser más antagónico, pues los valores que representa es que se puede ser diferente, feliz e imprescindible para la sociedad.

9— La protagonista de tu historia cuenta con el apoyo de otros personajes con cuya ayuda logra alcanzar sus objetivos: ¿Crees que en la actualidad es más necesario que nunca rescatar la necesidad del apoyo mutuo, de la construcción colectiva, ante una sociedad de crispación donde quizá llama más la atención aquello que nos separa más allá de todo lo que nos une?

En la actualidad, esta necesidad es más urgente que nunca. Vivimos en una sociedad donde la crispación y las divisiones parecen destacar, pero es crucial recordar y fomentar lo que nos une. El apoyo mutuo, la solidaridad y la cooperación son valores esenciales para enfrentar desafíos comunes y construir un futuro más inclusivo y empático. La literatura, especialmente en la infancia, juega un papel vital en transmitir estos valores y enseñar a los niños la importancia de la comunidad y la colaboración.

10— Tras este maravilloso libro: ¿Existen otros proyectos futuros en los que estás trabajando o tal vez sueños por cumplir, tanto en narrativa como en otros registros, para público infantil, juvenil o adulto?

Estoy trabajando en una compilación de relatos cortos que exploran y reflexionan sobre el universo de la infancia. Estas historias sirven como ventana para apreciar la inocencia de los niños, así como su capacidad para sorprenderse y razonar sobre su mundo. Estos relatos también abordan situaciones que merecen ser denunciadas. En ellos, se plantean cuestiones relevantes que afectan a los más pequeños, desde injusticias hasta adversidades, poniendo de relieve la importancia de proteger y cuidar el bienestar de la infancia en nuestra sociedad.

 

La charla con Marta Pastur, nos ha dejado absolutamente impacientes ante sus nuevos proyectos, con sed de lecturas que nos ofrecen no solo palabras sino lecciones de vida más necesarias que nunca, puesto que con libros, historias y autoras como Marta, realmente, otro mundo sí es posible;  para educar a un niño o niña no solo es necesaria una tribu entera, sino también personas cuyo compromiso se demuestra en escritura, profesión, vocación y alma como es el caso de Marta y también de Victoria, ejemplo y referente.

Victoria sin cuerno

3— ¿Crees necesario rescatar el poder de la imaginación y el fomento del pensamiento crítico ya en la educación infantil para poder alcanzar una sociedad más saludable, comprensiva y difícil de manipular en estos tiempos en que tal vez una mirada más humanista hacia la educación o cultura han sido arrastrados por las nuevas tecnologías? ¿Volver a la lectura puede ser una herramienta de cambio?

Existe un pensamiento extendido de que los niños pequeños no se enteran de nada y que hay que esperar a que sean mayores para explicarles las cosas. Sin embargo, los primeros años de vida son los de mayor plasticidad cerebral, es decir, los más propensos para el aprendizaje y en los que se forman las estructuras neuronales que nos acompañarán a lo largo de la vida. Los adultos tenemos la responsabilidad de cuidar este desarrollo, facilitando situaciones enriquecedoras de juego, diversión y aprendizaje. Hay que pasar tiempo con los niños jugando y siendo un buen modelo a seguir. Los niños aprenden por imitación. Un buen gesto con un extraño, una palabra cariñosa o leer en lugar de estar con el móvil son ejemplos muy potentes. Está demostrado que la exposición a las pantallas, especialmente en edades tempranas, reduce la capacidad de atención y la imaginación. La lectura de cuentos en voz alta para los más pequeños ha sido y será una herramienta de cambio. Mediante la lectura se transmiten valores, se ordena el pensamiento y se fomenta el pensamiento crítico.

4— Tu pasión por la escritura comienza muy pronto, de la mano de tu abuelo y por tanto de la narración oral: ¿Cómo recuerdas ese primer descubrimiento de la escritura y lectura a través de ese encuentro y formación a través del legado familiar? ¿Y una vez que se aviva en la niña la llama de la escritura cómo surge en ti el deseo de escribir, de narrar o contar tus propias historias?

Si pienso en mi descubrimiento de la escritura, la primera imagen que me viene a la mente es la de mi abuelo, sentado en el sofá junto a la ventana, concentrado, con sus gafas a punto de deslizarse por la nariz y leyendo uno de mis relatos. Él me ayudaba a editar, alentándome a trabajar las palabras, reflexionar, recurrir al diccionario, revisar y, sobre todo, a adquirir el hábito de escribir constantemente para que no se me “oxidara el don”. Siempre respetando mi voz, mis ideas y, al final, acompañándome en el camino de encontrar mi estilo de escritura.

Ya de adulta, con estos recuerdos y formando parte de un grupo de escritura creativa en Copenhague, el deseo de escribir sobre mi hermana pequeña, Victoria, fue tan potente que me impulsó a narrar con el objetivo de publicar y contar su historia. Creo que el motor de contar mis propias historias, ahora centradas en la infancia, es el deseo de transmitir algo diferente, de que los niños no se queden indiferentes, de aportar, de crear conversaciones o aprendizajes que puedan producir un cambio.

5— Según tu propia experiencia, imagino que para ti es más fácil reconocer la importancia de la lectura y escritura en el desarrollo del lenguaje de cualquier ser humano y también en su formación educativa en todos los ámbitos como recurso fundamental del desarrollo humano; algo que probablemente en tu caso te ha acompañado desde niña tanto a nivel personal y profesional: ¿Qué papel ocupa por tanto en tu vida tanto personal como profesional la escritura y lectura?

La lectura siempre me ha acompañado. Recuerdo mi casa llena de libros, seguí la pasión de mi madre y mi hermana mayor como lectoras. En la ESO, era la niña que leía las lecturas obligatorias y luego les contaba a los demás de qué iba el libro para que aprobaran el examen. Ya de adulta, disfruté mucho leyendo durante la carrera, y hoy la lectura es una fuente de aprendizaje y desconexión en mi rutina.

En cuanto a la escritura, siempre he plasmado situaciones que me sorprenden, reflexiones sobre los niños, mi vida como inmigrante y las historias que me cuentan mis amigas. Me gusta escribir un diario, sin la pretensión de publicar, dándome la libertad de expresarme y recoger esas vivencias. Esto me ayuda a recordar y a mantener activo el hábito de escribir.

6— Tras ganar varios concursos y certámenes: ¿Cómo surge el libro que has publicado recientemente con la editorial Uve Books, “Victoria sin Cuerno”? ¿Y por qué decides adentrarte en el mundo de la literatura infantil, quizá el más hermoso pero también el más complejo puesto que los ávidos lectores y lectoras son un público muy agradecido pero sincero en sus gustos, su atención tan solo se deriva hacia aquello que realmente logra cautivarlos?

“Victoria sin Cuerno” surge gracias a mi hermana pequeña, Victoria. Nació una mañana decembrina en la que mis hermanas y yo esperábamos intranquilas por las complicaciones pronosticadas en el parto. El conocido tono del teléfono nos sobresaltó, y mi hermana Ester fue la encargada de escuchar las noticias: Están las dos bien. Victoria tiene Síndrome de Down. Automáticamente se puso a llorar. Recuerdo consolarla, pues estar familiarizada con el mundo de la discapacidad por mis estudios y haber desechado la idea de no volver a ver a mi madre o de no conocer a la última de mis hermanas me ayudó a apaciguar mis temores.

Las reacciones en la familia fueron diferentes, como la de mi abuela insinuándole a mi madre una posible aventura con un asiático, la de mi padre que años más tarde nos confesó que el pánico a la incertidumbre del futuro le ocasionó un sentimiento similar al de Ester, o la reconciliación de algún miembro de la familia que se encaminó al hospital después de años de silencio.

Y con tal estreno en el mundo Victoria no ha parado de ser una mina de lecciones. Una de las frases que grabé como norte en el proceso de escritura es: Victoria no se esconde. En un trayecto en coche con mi hermana Teresa me confesó que Victoria le inspiraba porque la inmensa mayoría de las personas tratamos de encubrir nuestros defectos, lo que se nos da mal, lo que desconocemos. Victoria es auténtica, se presenta tal y como es, no disfraza sus dificultades y con humor y personalidad se embolsa a las personas que a ella le interesa.

Otro de los aspectos que quería reflejar, alejándome plenamente del paternalismo e infantilización sobre las personas con discapacidad, es que Victoria atesora una fuerza de voluntad de hierro que le permite aprender y avanzar. Me acuerdo de sus infatigables intentos para aprender a caminar acompañada por su hipotonía. Se levantaba, daba un pasito, caía, y se volvía a levantar insistiendo infinitas veces. Ahora sigue practicando con la misma ilusión para, por ejemplo, aprender a leer y escribir.

Por eso el personaje del cuento busca formas de valerse por sí misma esforzándose, buscando nuevas rutas y concienciando de la existencia y validez de multitud de maneras de ser.

Decantarme por el género infantil me resultó natural, al estar en constante contacto con cuentos por mi trabajo. Observé que los libros en los que hay un personaje diferente suele estar acompañado de emociones tristes, o en algún momento se aleja de su comunidad. Por este motivo, quise aportar una mirada alegre, tierna y potente sobre las diferencias. Los peques de Pollitos también me ayudaron mucho en el proceso de escritura. Les conté el cuento mientras lo escribía, observando en qué partes perdían la atención o se aburrían y en cuáles estaban con los ojos muy abiertos, sin perder detalle. Esto me permitió ajustar la historia para poder transmitir el mensaje y que disfrutaran de la lectura.

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