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"Virginia Woolf"

LiteraturaPensamiento

¿Quién teme (leer) a Virginia Woolf?

by Nerea Aguado Alonso 29/04/2025
written by Nerea Aguado Alonso

Puede que Virginia Woolf sea una de las autoras más citadas, recomendadas e influyentes en la literatura del siglo XX. Su técnica del flujo de conciencia, la narrativa no lineal o fracturada y su búsqueda constante de una nueva voz literaria están plenamente asentadas en la narrativa del siglo actual. A nadie extraña ya una novela escrita totalmente como un monólogo interior de varios personajes ni la hibridación de géneros. Sus novelas y textos narrativos se caracterizan por su densidad, complejidad y capacidad de evocación de mundos interiores. Son un desafío y como tal me gusta llevar sus libros a la programación de los clubes de lectura. Si la vamos a citar y admirar, qué menos que leerla atentamente. Sin embargo, cuando las participantes se enfrentan a un texto de la escritora británica suelen empezar preguntando cómo hacerlo, pues les impone la fama de la autora. Empezar a leer a Woolf por su narrativa es introducirse en su amplio, multicolor y experimental estilo. Hay que atreverse, que hay que entrar en esa corriente y dejarse revolcar por sus olas una y otra vez, viajando de un sentimiento a otro. Leer su narrativa como quien lee poesía, sintiéndola primero, dejando que el ritmo, la estructura, las certeras palabras y las emociones nos bañen y volver después, con la humedad aún en la piel a mirar ese agua que ya conocemos y se aquieta para que veamos el lecho pedregoso, verde y lleno de vida. Ella misma escribió en su diario: “La manera en que creo hermosas cavernas detrás de mis personajes. Creo que esto da por resultado exactamente lo que deseaba. Humanidad, humor, profundidad. El proyecto es que las cavernas estén en comunicación entre sí, y que todas queden bajo la luz del día en el mismo instante.”[1]

Para quien no esté en disposición de una zambullida de este calibre, lo mejor será comenzar por sus ensayos breves y las transcripciones de sus charlas: “Sobre la enfermedad”, “¿Soy una esnob?”, “La torre inclinada” o la famosísima “Una habitación propia” se abren como puertas accesibles hacia su universo. La autora elige un tono casi conversacional y una estructura más directa, lo que facilita una lectura inmediata sin renunciar a la profundidad de sus reflexiones. Sobre “Una habitación propia” una perfeccionista y autocrítica Virginia escribió: “ Creo que este libro tiene cierta especie de inquieta vida; se ve a un ser en trance de arquear la espalda y galpar, aun cuando, como de costumbre, buena parte del libro es aguada, delgada y está expresada en voz excesivamente alta.”[2] Dos características de la divulgación de su pensamiento la han hecho perdurable en el tiempo: los temas arriesgados, críticos e inteligentemente estructurados y un estilo directo, más ligero pero no superficial, que corre rápido como su mente pero se posa lo suficiente para ser digerido.

Leer a Virginia Woolf es una experiencia excitante, desconcertante en ocasiones y que libera lugares de nuestra mente y nuestra imaginación de manera inesperada. Empecemos por el río que cabriolea de su narrativa o por la plácida y clara orilla de sus ensayos, una vez lo hagamos nuestra manera de leer cualquier texto habrá cambiado.

[1]Virginia Woolf, Diario de una escritora, trad. Laura Pujol (Barcelona: Lumen, 1981),91.

[2] Ibid.,199

29/04/2025 0 comments
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Literatura

Virginia Woolf: Tras las palabras, el alma desnuda

by Uve Magazine 22/08/2023
written by Uve Magazine

En el vasto panorama de la literatura del siglo XX, pocos nombres resuenan con tanta fuerza y profundidad como el de Virginia Woolf. La renombrada escritora británica dejó una marca imborrable en la historia literaria con su estilo único, su exploración audaz de la psicología humana y su contribución invaluable al modernismo. A lo largo de su vida y obra, Woolf trascendió las limitaciones convencionales de la narrativa.

Nacida el 25 de enero de 1882 en Londres, Virginia Woolf (en ese momento apellidada Stephen) creció en un entorno lleno de influencias literarias y culturales. Sin embargo, su infancia también estuvo marcada por la tragedia: la muerte de su madre cuando tenía solo 13 años dejó una impresión profunda en su joven mente. La interacción con su familia, con figuras como su padre, el escritor y filósofo Sir Leslie Stephen, y su medio hermano, el también novelista Adrian Stephen, cultivó su amor por la literatura y la escritura.

Los abusos sexuales que sufrió tanto Virginia como su hermana Vanessa a manos de sus medio hermanos George y Gerald Duckworth (los cuales Woolf recordó en sus ensayos autobiográficos A Sketch of the Past y 22 Hyde Park Gate) y los desafíos mentales que enfrentó a lo largo de su vida le dieron una comprensión única de la fragilidad y la complejidad del ser humano. Estos tormentos internos, en lugar de silenciarla, le proporcionaron la materia prima para crear obras maestras literarias que exploraban la psicología humana en toda su profundidad.

Virginia y Leonard Woolf se conocieron en la década de 1900, y su relación se desarrolló durante un período en el que ambos estaban buscando un sentido de conexión y pertenencia. Leonard era un hombre de letras, editor y político, mientras que Virginia era una escritora emergente con un enfoque experimental en la narrativa. A pesar de las diferencias en sus personalidades y antecedentes, su relación creció en torno a un profundo respeto mutuo y una comprensión compartida de la creatividad y la literatura.

Uno de los aspectos notables de su relación fue el apoyo inquebrantable de Leonard a la carrera literaria de Virginia. Leonard fundó la editorial Hogarth Press junto con Virginia, lo que les permitió publicar sus propias obras y las de otros escritores vanguardistas. Esta colaboración no solo dio a Virginia un mayor control sobre su trabajo, sino que también les brindó la oportunidad de contribuir significativamente al mundo literario.

La relación entre Virginia y Leonard también se caracterizó por su comprensión. Leonard demostró ser un apoyo constante durante los episodios de depresión y trastornos mentales de Virginia, ofreciéndole consuelo y estabilidad en momentos difíciles. La relación entre ambos fue fundamental para el bienestar de Virginia, y su apoyo emocional contribuyó en gran medida a su capacidad para continuar escribiendo.

Ambos formaron parte del Círculo de Bloomsbury, un influyente grupo intelectual y artístico que se formó en el distrito de Bloomsbury en Londres durante las primeras décadas del siglo XX. Este círculo estaba compuesto por un conjunto diverso de escritores, artistas, críticos y filósofos que compartían una afinidad por la experimentación cultural y la búsqueda de nuevas formas de expresión. Fue un entorno donde las ideas vanguardistas, el pensamiento progresista y la creatividad florecieron de manera notable. Este grupo no solo tuvo un impacto en la literatura y el arte, sino que también influyó en la sociedad y la política de la época. Algunos de sus miembros más prominentes incluían, además de a Virginia Woolf y su esposo Leonard Woolf, a el crítico literario y escritor Clive Bell, el economista John Maynard Keynes, el filósofo Bertrand Russell, la pintora Vanessa Bell (hermana de Virginia Woolf) y el artista Duncan Grant, entre otros.

El círculo se reunía en los hogares de sus miembros, particularmente en el 46 de Gordon Square, Bloomsbury, donde Virginia y Vanessa Bell vivían. Las reuniones eran conocidas por ser lugares de debates y discusiones enriquecedoras sobre literatura, arte, política y filosofía. El Círculo de Bloomsbury también tenía un enfoque en la promoción de la igualdad de género y la liberación sexual, y muchos de sus miembros abogaban por la importancia de la independencia y la autorrealización de las mujeres.

En una de las reuniones es donde en 1922 Virginia conoció a la escritora y jardinera Vita Sackville-West, esposa de Harold Nicolson. Después de un comienzo tentativo, sostuvieron una relación de amantes que duró hasta finales de la década de 1920.

La influencia del grupo de intelectuales se extendió a través de la literatura, la pintura, la filosofía y la crítica social. Los miembros del círculo colaboraron en varios proyectos creativos y compartieron ideas que desafiaban las convenciones establecidas de la época. Si bien sus enfoques individuales podían variar considerablemente, compartían un compromiso con la libre expresión y el pensamiento crítico.

Los textos de Virginia Woolf reflejaba el espíritu de innovación y experimentación. Su estilo narrativo único, que exploraba la psicología interna de los personajes y desafiaba las estructuras tradicionales, estaba en línea con las ideas progresistas y la búsqueda de nuevas formas de representar la experiencia humana.

Las obras de Virginia Woolf se caracterizan por su enfoque en la interioridad de los personajes y la subjetividad de la experiencia humana. En novelas como La señora Dalloway (1925), Orlando (1928) y Al Faro (1927), Woolf revolucionó la narrativa al introducir la técnica de corriente de conciencia. Esta técnica literaria permitía a los lectores adentrarse en la mente de los personajes y experimentar sus pensamientos y emociones de manera directa.

Una de sus obras más destacadas, “Al Faro”, es un testimonio vívido de la maestría de Woolf en la exploración de la subjetividad. Publicada en 1927, la novela está dividida en tres partes: El Cuarto, El Paseo y El Faro. A través de estos segmentos, Woolf explora la vida de la familia Ramsay y cómo sus esperanzas, deseos y anhelos se entrelazan con el paso del tiempo y la influencia del entorno.

La novela se convirtió en un ícono del modernismo literario y dejó una marca duradera en la forma en que se abordaba la narrativa y la exploración de la subjetividad. Su influencia se extiende a autores posteriores, como James Joyce y Marcel Proust, quienes también se aventuraron en la profundidad de la mente humana.

Después del trágico suicidio de Virginia Woolf en 1941, Leonard continuó manteniendo viva su memoria y su legado literario. Su devoción a la obra de Virginia y su labor en la preservación de su legado contribuyeron en gran medida a la perpetuación de su importancia en la historia literaria.

Virginia Woolf fue mucho más que una escritora; fue una exploradora de las profundidades de la mente humana y una pionera en la narrativa literaria. Su vida y su obra están entrelazadas de manera íntima, y su legado trasciende el tiempo y las barreras culturales. A través de obras Woolf nos recuerda que la literatura tiene el poder de sondear los rincones más oscuros y luminosos del alma humana, y que a través de las palabras podemos comprender, sanar y crecer.

22/08/2023 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Woolf y Plath. Dos jardines, dos miradas

by Uve Magazine 18/03/2025
written by Uve Magazine

Para aquellos que trabajan con la palabra, la imagen o la música, un jardín no es solo un espacio físico, sino una metáfora de la mente y la memoria. En él, los pensamientos germinan, maduran o se marchitan, y las ideas encuentran su propio ritmo de crecimiento. Quizá por eso, tantos escritores han encontrado en los jardines su mejor espacio de creación, entre ellos Virginia Woolf y Sylvia Plath, dos autoras que miraron la naturaleza con ojos distintos, pero que vieron en ella un reflejo de su propio mundo interior.

Virginia Woolf tenía una relación simbólica y estética con el jardín, que se refleja tanto en su vida como en su obra. Su casa en Monk’s House, en Sussex, contaba con un exuberante jardín que ella y su esposo, Leonard Woolf, cuidaban con esmero. Ese espacio no solo era un refugio físico, sino también un universo simbólico en el que la escritora exploraba la conexión entre la naturaleza, la memoria y la identidad.

El jardín de Woolf era un lugar de contemplación y de escritura. Desde su estudio, una cabaña separada de la casa principal, tenía vistas a la vegetación y a los juegos de luz en las hojas y flores. En sus diarios, menciona con frecuencia el proceso de cultivar plantas y el placer de observar los cambios de las estaciones. Esa atención a la naturaleza se filtra en sus novelas, donde los espacios verdes funcionan como metáforas de la vida interior de los personajes.

En Al faro, por ejemplo, la naturaleza aparece en su dimensión cíclica, reflejando el paso del tiempo y la inevitabilidad del cambio. La maleza que crece en la casa vacía simboliza la huella del tiempo y la forma en que la ausencia transforma los espacios. En La señora Dalloway, el parque de Regent’s Park y los jardines urbanos sirven como puntos de conexión entre los personajes, un espacio donde los pensamientos fluyen libremente y donde las barreras sociales parecen difuminarse por un momento.

Por otro lado, en la obra de Sylvia Plath, la naturaleza adquiere un carácter inquietante y simbólico, alejado de la contemplación serena que ofrece el jardín de Virginia Woolf. Mientras que Woolf encontraba en el paisaje un espacio de fluidez y reflexión sobre la identidad y el tiempo, Plath transforma la naturaleza en una imagen de tensión emocional, de lucha y conflicto interno. En sus poemas, las flores y los paisajes vegetales no son simples adornos o fuentes de belleza, sino metáforas de la transformación, la opresión y la muerte. En Ariel, los caballos desbocados al amanecer encarnan una energía salvaje e incontrolable, los tulipanes aparecen como presencias demasiado vivas, casi agresivas en su color, y la colmena se convierte en un símbolo ambivalente de feminidad y poder, a la vez productivo y amenazante. A diferencia de Woolf, cuyo jardín servía como reflejo del transcurrir del tiempo y la conexión con el mundo exterior, en Plath la naturaleza es más visceral, más afilada, reflejando la batalla interna con la identidad y la enfermedad mental. En La campana de cristal, la protagonista, Esther Greenwood, percibe la naturaleza con una mezcla de fascinación y repulsión, en una búsqueda desesperada por encontrar su lugar en un mundo que le resulta extraño y ajeno. Así, mientras Woolf cultivaba su jardín como un espacio de introspección y armonía con lo efímero, Plath lo convertía en un espejo de sus propias inquietudes, donde la belleza se entrelazaba con la amenaza y lo natural se tornaba en una presencia inquietante, casi opresiva.

Jardines de papel, la simbología del paisaje en la literatura

En definitiva, los jardines han sido desde siempre espacios de inspiración, refugio y contemplación. En su quietud, ofrecen un ritmo distinto al del mundo exterior, uno marcado por el crecimiento lento de las plantas, la transformación de las estaciones y la presencia constante de la naturaleza en sus ciclos de muerte y renacimiento. Un jardín florecido invita a la expansión de los sentidos, con colores, perfumes y la sensación de vida en su máximo esplendor. Es un escenario para la creatividad, donde la luz y las sombras juegan en las hojas, y la imaginación puede divagar con la misma libertad con la que se entrelazan las ramas.

Ambas escritoras, a su manera, utilizaron la naturaleza como un espejo de su mundo interior, construyendo solidos paisajes literarios que rememoramos fielmente en sus textos.

18/03/2025 0 comments
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Uve Magazine N.3

by Uve Magazine 28/12/2025
written by Uve Magazine

Un viaje entre raíces y mareas, entre lo que crece y lo que se aleja.

En Botánica y singladuras exploramos la naturaleza como refugio, memoria y resistencia. Desde los huertos familiares de Marta Pastur Rubio hasta la Naturaleza interior de Ana Vega, entrevistada por Emain Juliana, donde cuerpo y bosque comparten savia, esta edición entrelaza tierra, agua y palabra.

Verónica García-Peña firma una nueva entrega de su sección Amores extraños: Una cortesana emperatriz. La púrpura como mortaja y un legado para mujeres libres. Una crónica apasionada sobre Teodora y Justiniano I, el poder en el corazón del Imperio Bizantino y el legado de una mujer que cambió las leyes para proteger a otras.

Nerea Aguado Alonso nos guía en una lectura esencial de Virginia Woolf, Hans Christian Andersen nos recuerda la compasión del mundo vegetal con La margarita, y Beatriz Menéndez conversa con Federico Granell sobre arte, luz y raíces.
Sandra Márquez escribe sobre las artistas médiums que pintaron lo invisible mucho antes de ser reconocidas, y Clara Belmonte cierra el número con una selección de lecturas perfectas para este tiempo de cambio y recogimiento.

Este número sigue el pulso de las estaciones: germinación, plenitud y declive. La primavera se disuelve, el verano respira su último calor y el otoño se insinúa con su calma. En medio de ese tránsito florecen las voces, las imágenes y las ideas que dan forma a esta nueva entrega.

Y para acompañar el recorrido, Frecuencia UVE: una banda sonora de nueve canciones que atraviesan el mismo ciclo —de My Sanctuary a Deranged for Rock & Roll— con Lord of the Lost, Arctic Monkeys, Ghost, Greta Van Fleet, Aurora, Florence + The Machine, Kaleo, Depeche Mode y Chelsea Wolfe.
Música para lo que nace y lo que muere, para lo que sigue moviéndose bajo la piel del tiempo.

Un número donde la escritura florece, el arte respira y el pensamiento navega.

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CineMúsicaPersonajes

Venecia se disuelve en una luz enferma

by Beatriz Menéndez Alonso 04/11/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

El mar golpea apenas los muros húmedos, como si temiera derrumbarlos.
Sobre la arena del Lido, un adolescente camina hacia el horizonte, mientras un hombre maduro —ya vencido— lo observa morir en belleza. Así termina Muerte en Venecia (1971), la película con la que Luchino Visconti quiso atrapar lo que Thomas Mann había escrito medio siglo antes: la imposibilidad de poseer lo perfecto sin caer en la ruina.

Esta semana, a los setenta años, ha muerto Björn Andrésen, aquel muchacho que el mundo conoció como Tadzio, «el chico más bello del mundo». Y con él se apaga una de las imágenes más perturbadoras del siglo XX: la del ideal de belleza convertido en espejo de la muerte.

El eco de Thomas Mann

Cuando Thomas Mann escribió Der Tod in Venedig en 1912, ya intuía que la belleza era un veneno. Su protagonista, Gustav von Aschenbach, era un escritor disciplinado, rígido, casi ascético. Viaja a Venecia buscando descanso, y allí lo encuentra a él: un joven polaco de rostro angelical y graciosamente reservado, la nariz rectilínea, la boca adorable… Tadzio, cuya sola presencia lo empuja a una pasión silenciosa y mortal.

Nada sucede entre ambos —ni palabras ni contacto—, pero todo arde. Mann no narra un amor, sino una contemplación extrema, un deseo sublimado hasta la fiebre. En Aschenbach conviven el orden apolíneo del artista con el desbordamiento dionisíaco del deseo. Su enfermedad moral y física es la metáfora de Europa, de un siglo que presiente su decadencia.

Tadzio es más que un muchacho: es la idea platónica de la belleza, un reflejo de la forma pura que condena a quien la mira. En la novela, la epidemia de cólera que azota Venecia es el síntoma de una corrupción más profunda: la del alma que se atreve a desear lo que debería permanecer intocable.

Mann, con su ironía helada, nos enseña que el arte —ese intento de fijar lo efímero— puede ser un acto de orgullo, incluso de soberbia. Quien aspira a lo perfecto desafía la naturaleza. Y la naturaleza, tarde o temprano, responde con la muerte.

Visconti, gran artífice de atmósferas, llega al texto de Mann con una sensibilidad voluptuosa y una ambición visual tan enorme como la novela lo demanda. Su película, Death in Venice (1971), adapta el relato al cine con algunos cambios: el Aschenbach de Visconti es compositor, no escritor, aludiendo de un modo más nítido al mundo musical de la melancolía —en alusión quizá a Gustav Mahler— que ya estaba presente en la novela.

Las aguas de Venecia, los salones dorados, el Lido… todo deviene símbolo. La cámara contempla al joven Tadzio (interpretado por Andrésen) en su blancura febril, lo rodea de luz y de sudor, lo fija en cámara lenta, como un objeto de museo que se revela. Algunos críticos han señalado que, en la traducción cinematográfica, Visconti reduce la ambigüedad de Mann: el deseo del viejo hacia el joven se vuelve más explícito, la posesión más evidente.

Pero esa densidad es también su fuerza: Visconti no teme al peligro de mostrar lo prohibido, al estatismo de la belleza, al pecado de la contemplación. La música, los encuadres, la languidez de la cámara, todo conspira para que el espectador se sienta ese adulto que observa desde el otro lado del vaso. Lo que la novela mantenía en el pensamiento, la película lo convierte en imagen.

Y entonces aparece Björn Andrésen. Tenía apenas quince años. Su rostro, descubierto en un casting sueco, parecía esculpido en mármol y a punto de quebrarse. Visconti lo maquilló, lo peinó, lo vistió de blanco. Lo colocó frente a Dirk Bogarde, y el resto es historia: el mito de Tadzio nacía no en la ficción, sino en la mirada que lo convertía en objeto.

La cámara lo ama con devoción religiosa. Lo filma entre rayos de sol, reflejos de agua, notas de Mahler. Y mientras Aschenbach se derrumba en la playa, Tadzio se adentra en el mar. El artista muere, el ideal continúa. La forma vence al cuerpo.

Pero Visconti sabía que esa victoria era una trampa. En su lente, la belleza está siempre a punto de pudrirse. Lo bello, para él, es un lujo condenado a la decadencia. Muerte en Venecia es, más que una historia, un réquiem por la pureza.

Björn Andrésen y el precio de un mito

Después del estreno, el joven actor fue arrastrado a una fama que nunca pidió. Visconti lo exhibió como trofeo: lo llevó a Cannes, lo presentó en fiestas, lo mostró ante un público que lo adoraba con una mezcla de deseo y devoción. Tenía quince años y ya cargaba con un título que no se puede sostener: «el chico más bello del mundo».

Andrésen se convirtió en símbolo de algo que el mundo necesitaba —la belleza absoluta—, pero que ninguna persona real podía habitar. Con el tiempo, esa imagen lo persiguió. En entrevistas confesó sentirse «como un trozo de carne lanzado a los lobos». Nunca pudo escapar del espectro de Tadzio.

Décadas después, en el documental homónimo de 2021, se observa el rastro de aquel adolescente que se había vuelto mito: un hombre melancólico, ensombrecido por su propio reflejo. En su mirada hay una especie de fatiga sagrada, la de quien ha visto de cerca cómo la adoración se convierte en jaula.

Björn Andrésen no murió en Venecia, pero Venecia nunca lo soltó. Su vida entera fue un eco del personaje que encarnó: alguien que, sin buscarlo, representó el límite entre la contemplación y la destrucción.

En el fondo, «Muerte en Venecia» —la novela, la película— es una reflexión sobre la mirada. ¿Qué ocurre cuando observamos algo demasiado bello? ¿Qué sucede cuando esa belleza no nos pertenece, cuando solo podemos venerarla a distancia?

Aschenbach mira a Tadzio con la intensidad del artista que busca sentido. No hay contacto, pero hay posesión: la mirada transforma al otro en idea. Lo convierte en símbolo, en obra. El joven deja de ser persona y se vuelve reflejo de una obsesión.

Eso mismo le ocurrió a Andrésen. El mundo lo miró hasta borrarlo. Cada espectador de Visconti se convirtió en un nuevo Aschenbach, fascinado y culpable. Su imagen sigue flotando en la memoria colectiva como un recordatorio incómodo: cuando idealizamos la belleza, la matamos.

El cine —esa máquina de mirar— convierte en eterno lo que en la vida solo dura un instante. Pero esa eternidad es una falsificación. La cámara inmortaliza, sí, pero también petrifica.

La poética del ocaso

Virginia Woolf escribió que «la belleza del mundo tiene dos filos: uno de risa, otro de angustia, cortando el corazón en dos». «Muerte en Venecia» encarna exactamente eso: la alegría de ver y el dolor de saber que todo se perderá.

Visconti construyó su película como una sinfonía de atardeceres. Cada plano parece bañado en el oro del fin del día, esa hora en que lo bello se confunde con lo muerto. Las sombras avanzan sobre el Lido, los turistas abandonan el balneario y la peste —esa metáfora de lo inevitable— se propaga con discreción.

Aschenbach, enfermo, tiñe su cabello, pinta sus labios, intenta recuperar una juventud que no le pertenece. En una de las escenas finales, su maquillaje se derrite bajo el sol. Su rostro, máscara agrietada, es el rostro de Europa, de un arte que se deshace bajo su propio artificio.

Tadzio, en cambio, sigue caminando hacia el mar, ajeno, luminoso, eterno. Su figura, levantando un brazo hacia el horizonte, es la última visión del artista moribundo. La belleza se aleja y el hombre muere.

Ningún lugar podía ser más adecuado para esta historia. Venecia es la ciudad de la apariencia, del esplendor que se hunde lentamente en el agua. Cada canal refleja una fachada que oculta su podredumbre. Allí todo es máscara, eco, humedad.

Mann la describió como «una ciudad que flota entre el sueño y la descomposición». Visconti, que la amaba, la filmó con la mirada de quien asiste a un funeral. Sus palacios brillan, pero detrás de sus muros se esconde la peste.

Venecia es el espejo del alma de Aschenbach: una superficie resplandeciente bajo la cual se pudre la carne. También lo fue para Andrésen: un escenario que lo convirtió en imagen para siempre, atrapado entre el mármol y la sal.

Hoy, con la muerte de Björn Andrésen, la historia parece cerrarse como un círculo perfecto. Tadzio vuelve al mar y la mirada de Aschenbach —la nuestra— se queda en la orilla.

Su partida nos recuerda algo que el siglo XXI tiende a olvidar: que la belleza no se posee, se contempla. Que lo efímero vale precisamente porque muere. Que convertir a alguien en ideal es arrancarle la humanidad.

En una época obsesionada con la imagen, con la juventud perpetua, con los filtros que disimulan el paso del tiempo, «Muerte en Venecia» resuena como advertencia. Visconti y Mann lo entendieron: la belleza absoluta es una forma del abismo.

Björn Andrésen, en su inocencia, encarnó ese abismo con una pureza que hoy resulta insoportable. No fue solo actor: fue símbolo, sacrificio, espejo de un deseo colectivo.

Quizás el arte consista en aprender a mirar sin destruir. En aceptar la fugacidad como parte de lo sagrado. Aschenbach no pudo hacerlo; nosotros seguimos intentándolo.

En su silla de playa, el artista muere mientras Tadzio levanta el brazo hacia el horizonte. Esa imagen —que durante décadas se confundió con el rostro mismo de la belleza— es también una despedida. Una forma de decir: lo bello no es lo eterno, sino lo que está a punto de desaparecer.

Björn Andrésen se ha ido, pero su figura seguirá flotando entre las aguas del Lido, en ese instante suspendido donde el deseo y la muerte se tocan.

04/11/2025 0 comments
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LiteraturaReseñas

Una cuerda sobre el abismo

by Beatriz Menéndez Alonso 29/07/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso
Hay cuerdas colgando del cielo.
Preparadas, listas, para cegar
cabezas con un nudo.
Hay cuerdas que se convierten
en soga y cuerdas invisibles
que anudan las manos.

Lectura introspectiva del poemario La cuerda de Ana Vega

Hay libros que no se leen, no en el sentido corriente de avanzar línea por línea hasta cerrar la última página —no—, hay libros que se cruzan como se cruza una habitación oscura, tanteando con las manos, escuchando el crujido de la madera bajo los pasos, oliendo la humedad, temiendo, sí, pero también esperando que algo, al fin, suceda. La cuerda, de Ana Vega, es uno de esos libros. Un poemario, dicen. Yo diría: una confesión a media voz, un hilo tenso entre la palabra y el precipicio.

Qué extraño es el modo en que habla. No grita. No se impone. No proclama. Y sin embargo —o por eso mismo— su voz nos alcanza más allá del oído. En algún rincón remoto del pecho —ese lugar donde una vez estuvo el alma o el temblor— se escucha un eco. Y ese eco es de mujer. Y ese eco duele.

Ana Vega no nos ofrece poesía, no en la forma pulida y ceremonial en que algunos la entienden, sino una suerte de desgarro estilizado, una arquitectura construida con los restos de un derrumbe. Cada poema —y no son muchos, pero sí suficientes— es como un nudo en la cuerda: algo que atestigua que se ha roto y vuelto a anudar. Cada palabra parece escrita no con tinta, sino con una lágrima contenida, un temblor de muñeca, una exhalación larga después del miedo.

¿Qué cuerda es esta? ¿Qué cuelga de ella? ¿Qué sostiene? Uno piensa en la cuerda que une madre e hija. En la cuerda que amarra un secreto al cuerpo. En la cuerda que alguien, alguna vez, usó para callar a otra. La simbología vibra, no como un ejercicio mental, sino como algo corpóreo: el lector lo siente en las costillas, como si algo invisible se le ciñera de pronto en la garganta.

Hay versos donde la sangre parece apenas secarse. Otros donde se entrevé el intento de luz, una rendija. Pero lo más asombroso no es el tema —la violencia, el dolor, la memoria— sino el tono: un tono que no suplica ni denuncia, sino que afirma, simplemente, que el dolor existe y ha dejado forma. Como Virginia Woolf en Las olas, donde los personajes son más flujo que carne, Ana Vega construye un espacio sin bordes, sin nombres, sin tiempo. El yo poético se desdibuja, y sin embargo es más real que nunca.

No hay un principio claro, ni un final definitivo. Todo ocurre como en una casa donde ha habido gritos y ya no queda nadie. El poema entra y sale, abre una puerta, encuentra una carta quemada, una muñeca sin cabeza, un zapato de niña, y se va. No explica. No consuela. No concluye. Solo muestra.

Se necesita valor para escribir así. Y aún más para leerlo. Porque La cuerda no es una cuerda de salvación: es una cuerda de memoria. Una cuerda tensa entre el dolor y el lenguaje. El lector debe decidir: ¿la trepa o la corta?

Ana Vega no da instrucciones. Solo deja allí la cuerda. Y se retira. En silencio. Como quien ya ha dicho todo lo que debía decir.

El lugar de la cita: no ornamento, sino estructura

Lo que hace Ana Vega con la cita es singular. En lugar de usarlas como epígrafes ilustrativos, las integra en el tejido emocional y ético de los poemas. Las voces externas —académicas, filosóficas, clínicas— no irrumpen desde fuera, sino que dialogan desde dentro. Son como testigos en un juicio íntimo.

Zimbardo habla del mal que se vuelve rutina. Freud murmura sobre el trauma no elaborado. Frankl sugiere que incluso en el sufrimiento hay posibilidad de sentido. Camus, por su parte, susurra que hablar —decir el dolor— es ya una forma de reparación. Vega no cita para impresionar: cita para dar contexto ético a su herida.

Esta decisión tiene un peso político. En una época donde la lírica a veces flota en la abstracción, La cuerda apuesta por un poema con conciencia. Un poema que nombra el abuso, que se atreve a mirar el daño sin disfrazarlo, que señala el silencio no como estética, sino como omisión cómplice.

Y por eso las citas importan: porque nos sitúan. No estamos ante una experiencia individual encapsulada en belleza literaria. Estamos ante una escritura situada, informada, que ha leído, que ha pensado, que se ha armado de palabras ajenas para entender el dolor propio.

Las citas hacen visibles las raíces de una violencia que muchas veces se oculta tras nombres inocuos: familia, normalidad, deber, silencio. Lo que se le infligió —y lo que se inflige aún a muchas mujeres y niñas— no es una anécdota ni una metáfora: es historia estructural. Por eso se cita. Para que no se diga luego que no se sabía.

Y en medio de todo eso, la cuerda: como soga, como nudo, como herencia, como vínculo. Una cuerda invisible que se va apretando entre estrofa y estrofa. Las citas son los clavos que la fijan al techo de la memoria colectiva. El poema se balancea entre ellas. Y el lector, inevitablemente, queda suspendido también.

En La cuerda, la cita no interrumpe el poema: lo afila, lo arma, lo contextualiza. Ana Vega no escribe “pese a” la teoría: escribe con ella, desde ella. Sus versos no flotan en el vacío de la emoción pura. Están atados —y eso es bueno— a una genealogía del pensamiento, del psicoanálisis, de la ética. Como si dijera: “Mi dolor es mío, pero también es histórico. Y si no lo nombramos, si no lo pensamos, se repetirá”.

Con La cuerda, Vega propone una poesía que no solo siente, sino que piensa el dolor. Y eso, en estos tiempos, es más necesario que nunca.

29/07/2025 0 comments
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Selección de los editores

Charles Baudelaire, o la belleza herida de la modernidad
by Emain Juliana 13/04/2026
Artemisa: la diosa de la Luna reclama su trono
by Verónica García-Peña 11/04/2026
Una tarde entre libros con Jorge Ordaz
by Beatriz Menéndez Alonso 08/04/2026

Artículos aleatorios

El Guggenheim Bilbao convierte el arte en un acto de regeneración con Artes de la Tierra
by Valeria Cruz 13/11/2025
Ayako Rokkaku o el arte como paraíso fugaz
by Uve Magazine 23/05/2025
Reseña: Un mundo feliz, de Aldous Huxley
by Uve Magazine 12/03/2025

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