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lectura

LiteraturaPensamiento

Lecturas para una atención cada vez más breve

by Emain Juliana 18/03/2026
written by Emain Juliana

Cada cierto tiempo surge una idea que prende rápido porque parte de una inquietud bastante extendida: que cuesta concentrarse, que se lee de otra manera y que los libros, como casi todo, también se están adaptando a ese cambio. Ayer he leído un artículo publicado por El Cultural  que argumenta que las novelas son hoy más simples porque el promedio de palabras por frase ha ido bajando durante el último siglo. La afirmación llama la atención, y no del todo sin motivo, aunque conviene examinarlo con un poco mas de detenimiento.

La base del asunto no es ficción. Sí existen análisis recientes que apuntan a que, al menos en una parte importante de la narrativa comercial en inglés, las oraciones se han ido acortando con el paso de las décadas. The Economist publicó en 2025 un análisis sobre centenares de superventas del New York Times y señalaba precisamente esa tendencia: la prosa de muchos títulos populares es hoy más breve y más directa que hace varias décadas. Es decir, el artículo acierta de pleno al detectar un cambio de ritmo en uno de los sectores más visibles del mercado editorial.

Lo que ya no resulta tan convincente es convertir ese dato en una prueba empírica de que las novelas son peores, más pobres o menos inteligentes. Una frase corta no vuelve simple a una novela por sí sola, del mismo modo que una frase larga no la vuelve mejor. La escritura no funciona como una tabla de medidas. Hay textos de apariencia limpia que esconden bastante complejidad y otros mucho más cargados que, cuando uno los lee, solo son estilo y lingüística, y por tanto, no contienen tanto como prometen. Los estudios sobre complejidad textual llevan tiempo insistiendo en que la dificultad de un texto depende de más cosas: el vocabulario, la estructura, la densidad de ideas, la forma de relacionarlas y también el tipo de lector al que ese texto se enfrenta.

El debate se vuelve más interesante cuando se desplaza un poco el foco. Quizá la pregunta no sea si las novelas son ahora más simples, sino qué tipo de lectura encaja mejor en nuestro presente. Leer hoy no se parece demasiado a leer hace cincuenta años. Leémos entre interrupciones constantes, con menos continuidad, con menos silencio y una competencia feroz por la atención. En ese contexto, no sorprende que buena parte del mercado empuje hacia libros que entren muy rápido, avancen pronto pero no exijan demasiada paciencia en las primeras páginas. Ahí sí hay una transformación clara, y seguramente bastante más reveladora que el simple recuento de palabras por frase.

Los datos sobre hábitos de lectura ayudan a entender mejor el marco. Un estudio publicado en iScience mostró que la lectura diaria por placer en Estados Unidos cayó más de un 40% entre 2003 y 2023. En el Reino Unido, una encuesta de YouGov señaló que un 40% de los adultos no había leído ni escuchado ningún libro en los últimos doce meses. En España el panorama es menos áspero, aunque tampoco invita al triunfalismo: el Barómetro de Hábitos de Lectura de 2025 situó en el 66,2% el porcentaje de población mayor de catorce años que lee libros por ocio. No estamos, por tanto, ante una desaparición de la lectura, pero sí ante una relación más frágil e irregular y también más condicionada por el entorno digital.

Por eso el problema quizá no esté en que la literatura haya perdido valor, sino en que el contexto castiga cada vez más todo lo que requiere cierta demora. No hace falta caer en el dramatismo para reconocer el cambio de pradigma. Un libro que pide tiempo y atención durante horas compite hoy con formas de consumo mucho más instantáneas que generan dopamina en minutos o incluso segundos. Eso influye en cómo leen las personas, en cómo editan las editoriales y en cómo escriben muchos autores y autoras que saben que, si no enganchan enseguida a los lectores y lectoras, su obra puede pasar desapercibida desde el principio.

También conviene desconfiar un poco del gesto nostálgico que suele colarse en este tipo de debates. La literatura popular del pasado tampoco fue un territorio lleno de obras densas y exigentes en su totalidad.  Siempre de todo: libros concebidos para vender mucho, fórmulas repetidas, historias de lectura ágil y una escritura más funcional. Un buen ejemplo es Rocambole, uno de los primeros super ventas, el personaje literario creado en el siglo XIX por el prolífico escritor francés Pierre Alexis Ponson du Terrail, que, a medio camino entre el aventurero y el ladrón de guante blanco, llegó a convertirse en una figura central de la narrativa popular de su tiempo. Aunque hoy su obra apenas conserve presencia entre el gran público, Ponson du Terrail ocupó un lugar importante en la transición entre la novela gótica, el folletín y la consolidación del héroe moderno de aventuras. No es casual, de hecho, que del nombre de su protagonista naciera el adjetivo «rocambolesco», con el que todavía hoy se designa algo extraordinario, exagerado o inverosímil. La diferencia entre la época de Rocambole y nuestro días es que ahora este tipo de literatura se ve venir con más claridad y se extiende en un ecosistema donde todo circula más deprisa y todo parece necesitar una entrada inmediata. 

A decir verdad, lo más interesante de todo esto no está en discutir si una novela con frases cortas vale menos, sino en preguntarse qué clase de cultura favorece o dificulta una lectura más atenta. Porque una sociedad no se empobrece solo cuando sus libros cambian de ritmo, sino cuando cada vez cuesta más reunir la atención que exigen para interiorizarlos y comprenderlos de verdad. Y esa cuestión va mucho más allá del estilo: afecta a la educación, a la propia cultura, a la tecnología, al trabajo, al ocio y a la vorágine de la inmediatez en la que nos vemos inmersos cada día.

Muchas novelas comerciales tienden hoy a una prosa mucho más breve y más directa. Sí, los hábitos de lectura han cambiado y en bastantes casos se han debilitado. Lo que no queda demostrado de manera automática es que la literatura contemporánea sea, por ello, más simple en cuanto a la temática y a la profundidad. Quizá lo que tenemos delante no sea una literatura menor, sino una literatura hecha a la medida de su tiempo, de una época que se lleva muy mal con la tranquilidad, la lentitud y todo aquello que exige demorarse un poco más de la cuenta. Y eso, más que cerrar el debate, lo vuelve bastante más interesante.

18/03/2026 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Un paseo estival por la literatura y la evasión

by Beatriz Menéndez Alonso 06/08/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Hay estaciones que son más propicias para el olvido, otras para la memoria, y otras, como el verano, para la invención. En verano se recuerda con mayor intensidad, pero también se sueña con más soltura. Es como si el tiempo —dócil, cálido, extendido— cediera por un instante a los caprichos del alma, permitiéndole vagar sin destino. La luz lo baña todo con una claridad sospechosa: no hay rincón donde esconderse. Y, sin embargo, ¿no es en ese estado de indefensión, de lentitud, de aparente insignificancia, donde nace precisamente la literatura más inquietante?

La literatura no florece en la prisa. Exige otro ritmo, uno más cercano al murmullo que al grito. Por eso no sorprende que tantos escritores hayan escrito —o al menos imaginado escribir— durante los veranos. El verano no es solo una estación climática; es una estación del espíritu. Thoreau se retiró a Walden buscando una comunión con la naturaleza que solo el ritmo solar podía ofrecerle. Vivió dos veranos escribiendo lo que sería Walden; or, Life in the Woods. Cada línea de su libro parece respirar con la humedad del bosque y la lentitud de los días largos. Y Thomas Mann, en su villa de verano en Lübeck, encontraba en el bochorno del mediodía la cadencia ideal para sumergirse en la decadencia de los Buddenbrook.

Vacaciones, decimos, y pensamos en evasión. Pero la literatura que verdaderamente se adentra en el verano lo hace con otra intención: no la de huir del mundo, sino la de escucharlo con más precisión. Lucia Berlin, por ejemplo, no necesitó grandes veranos en villas costeras para extraer oro literario del calor, del polvo, de lo que no se dice. Su prosa —seca, brillante como una botella rota al sol— transforma lo cotidiano en algo ferozmente vivo. Una lavandería bajo la canícula, una cocina desordenada donde el hielo se acaba demasiado pronto, el olor de una camisa empapada en sudor barato: sus veranos no son sublimes ni nostálgicos, son reales. Y por eso importan.

En los relatos de Lucía Berlin, como en Manual para mujeres de la limpieza, el calor nunca es solo meteorológico. Es moral. El calor aprieta y hace visible lo que en invierno se disimula: la pobreza, la adicción, la desesperación íntima. Sus personajes sudan, respiran con dificultad, improvisan ventiladores con cartones. Allí no hay contemplación bucólica sino resistencia. Y sin embargo, también hay belleza: una ternura que se cuela entre el ruido de las cigarras y los ventiladores rotos. La literatura, como el verano de Berlin, no embellece: ilumina.

Es curioso: en la literatura, el verano suele ser el escenario de las grandes transformaciones. Piénsese en Muerte en Venecia. No hay relato más inquietantemente estival. Bajo la luminosidad abrasadora de la laguna, Gustav von Aschenbach se consume, no solo de deseo, sino de revelación. El verano lo expone, lo vuelve frágil, y esa fragilidad es literaria. En El Gran Gatsby, de F.Scott  Fitzgerald, la historia no podría ocurrir en otra estación: el sudor, las fiestas, los trajes blancos, el anhelo de algo que nunca llega… todo está al borde del exceso, como si el calor hubiese diluido los límites morales. La decadencia, como el hielo en un vaso de ginebra, se derrite sin remedio. El calor se vuelve premonición de tragedia: “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Y sin embargo, seguimos pensando en las vacaciones como algo ligero, superficial, incluso banal. Una pausa para “descansar”, como si la mente pudiera desconectarse como se apaga una lámpara.

Pero los grandes escritores han intuido —como Rilke en sus cartas desde Worpswede, o Natalia Ginzburg en sus veranos italianos— que en esa aparente ociosidad se gestan los pensamientos más persistentes. El ocio no es vacío, sino laboratorio. Allí donde el reloj pierde autoridad, se cuela la voz propia. Y en esa voz, la literatura encuentra su terreno fértil.

Los libros que se leen en verano, además, nos delatan. No hay elección más íntima que la lectura vacacional. En invierno uno lee por deber, por rutina, por necesidad intelectual. En verano, en cambio, se lee por deseo. Por puro gozo o por pura melancolía. Uno se lleva a la playa Cumbres Borrascosas y termina sintiendo el viento de los páramos en pleno Mediterráneo. O se adentra en Lolita, como quien juega con fuego, y comprende que el calor puede ser también moral. Incluso los libros “ligeros” que llevamos para no pensar —novelas románticas, thrillers de aeropuerto— nos hablan, aunque no siempre queramos escucharlos. La elección de lectura estival es una forma de confesión.

Los poetas, por su parte, han hecho del verano un motivo obsesivo. Emily Dickinson, desde su encierro, escribía sobre los insectos de julio como si fueran heraldos de una verdad invisible. Sylvia Plath temía el calor porque lo asociaba con el colapso. En  La Campana de Cristal, publicada en inglés como The Bell Jar, sitúa su narración bajo un verano sofocante, asfixiante. El calor aquí no es luz, sino encierro; no es inspiración, sino prueba. Pero incluso en ese peso hay una claridad brutal. La conciencia de Esther Greenwood se agrieta bajo el sol, y a través de esa fractura escribe. Pero otros, como Cesare Pavese, veían en las vacaciones un espejo peligroso: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió, como si el ocio estival desnudara finalmente lo que todo el año hemos evitado mirar.

El verano, por tanto, no es un simple decorado. Es un agente literario. Exige lentitud, exige atención, y exige una cierta valentía para enfrentarse a lo que emerge cuando el mundo baja la voz. En los trenes que van hacia la costa, en los cafés donde el hielo se derrite, en los cuerpos que se exponen al sol, hay materia narrativa esperando ser recogida. Y quizás por eso tantos escritores necesitan huir para escribir: no por el lugar al que van, sino por el silencio que encuentran en el trayecto.

Lo que ocurre con las vacaciones —y con el verano mismo— es que, al igual que la literatura, son esencialmente inútiles en el mejor sentido del término. No producen nada tangible, no mejoran el mundo de forma inmediata, no cotizan en bolsa. Pero nos salvan. Nos devuelven a un estado más poroso, más permeable, más sensible.

El verano pasa, como todo lo vivo. Las vacaciones se disuelven, como la espuma en la arena. Pero lo que permanece —si uno ha estado verdaderamente atento— es esa transformación sutil, casi invisible, que la literatura opera cuando se la deja entrar sin apremio. Bajo el sol, entre las páginas, en medio de las tardes interminables, ocurre lo más improbable: pensamos sin querer, recordamos sin planearlo, sentimos sin protección.

Y eso, después de todo, es la esencia misma de leer. O de vivir.

06/08/2025 0 comments
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Literatura

El boom de los libros juveniles

by Emain Juliana 02/04/2025
written by Emain Juliana

Por qué enganchan tanto (y por qué nos dejan con dudas)

En los últimos años, los libros juveniles y Young Adult (YA) han estado por todas partes. Librerías, redes sociales, recomendaciones boca a boca. Da igual la edad: mucha gente se ha dejado atrapar por estas historias rápidas, intensas, muchas veces emocionales. Algunos los adoran; otros, en cambio, miran con cierto recelo ese éxito tan masivo. Y no es raro: el tema tiene miga. Son libros que se leen solos, sí, pero también que nos dejan pensando si ese viaje exprés por sus páginas vale realmente la pena.

Una buena parte de quienes los leen ya dejaron el instituto hace tiempo. Puede que se acerquen a ellos por nostalgia, por desconexión o simplemente porque son fáciles de leer. Entran bien, a veces, demasiado bien. Están diseñados para que no los sueltes: capítulos cortos, tramas con ritmo, emociones en primer plano. Y eso, en principio, no suena mal. Lo preocupante llega cuando descubres que muchas historias parecen cortadas por la misma tijera. Mismo esquema, mismos giros, mismas frases incluso. ¿Estoy leyendo una historia nueva o una variación de lo de siempre?

No hay que escarbar mucho para encontrar patrones. Ella es distinta (aunque no lo sepa), él es enigmático, hay un secreto, una amenaza, una relación imposible que lo cambia todo. El final puede ser feliz o dramático, pero el camino ya lo conocemos. Y lo reconocemos con tanta claridad que a veces nos sentimos un poco estafados. Hay libros dentro del YA que se arriesgan, claro que sí. Algunos se cuelan en tu memoria por una frase, una escena, una manera distinta de mirar el mundo o porque sucede alguna trama inesperada, pero hay otros que parecen escritos con el piloto automático. Libros pensados para funcionar, no para decir nada nuevo.

Y en medio de todo esto, TikTok. O mejor dicho, BookTok, esa especie de altavoz viral que ha conseguido que miles de personas vuelvan a leer… o al menos a comprar libros. Allí, si un libro te hace llorar, es buena señal. Se premia la intensidad, el drama, las emociones fuertes. Eso puede ser catártico, incluso bonito, pero también refuerza una forma de leer que se parece mucho a ver series en bucle: necesitas que te conmuevan, pero no te apetece complicarte demasiado. ¿Y qué pasa con los libros que no quieren hacerte llorar, sino pensar? ¿Qué lugar les queda? En paralelo, hemos visto cómo el YA se convertía en un espacio de representación. Aparecen más protagonistas queer, racializados, con problemas de salud mental, que viven en contextos sociales reales y duros. Esto ha sido un paso adelante necesario. Pero a veces da la sensación de que esa diversidad se queda en la superficie, como si formara parte de una lista de requisitos para agradar. Y eso, lejos de ayudar, banaliza. Representar no es solo poner a un personaje con determinada identidad, es hacerlo creíble, complejo, humano. Si no, se convierte en decorado. Quizá lo que más ruido hace en todo este fenómeno es la sospecha de que muchos libros YA han sido pensados como productos, no como historias que alguien necesitaba contar, sino como algo que encaje en el molde. Portadas “bonitas”, títulos que suenan igual, promesas emocionales recicladas. Y aunque leer por placer está bien, incluso necesario, también lo está preguntarse de vez en cuando qué tipo de placer estamos buscando. ¿Queremos emocionarnos o simplemente evadirnos un rato? ¿Queremos sentir algo o que nos digan exactamente qué sentir?

No todo es blanco o negro. El YA ha traído cosas buenas. Ha hecho que mucha gente se acerque a la lectura por primera vez, ha abierto puertas a autoras que antes no tenían hueco, ha generado comunidad y entusiasmo. Todo eso merece celebrarse, pero también es importante señalar sus puntos flacos: la repetición, la falta de riesgo, la superficialidad de algunas propuestas.

Quizá lo que toca ahora es mirar con ojos un poco menos entusiastas y más críticos. Darse cuenta de que no todo lo que emociona merece ser canonizado y que no pasa nada por exigirle a la literatura algo más que facilidad y rapidez.

Porque leer también es una forma de detenerse, observar con más atención y decidir con qué historias queremos quedarnos.

02/04/2025 0 comments
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