Historia de la censura en la literatura española

by Uve Magazine

La historia de la censura en la literatura española no es un episodio aislado, sino una constante que atraviesa siglos y regímenes distintos, ya que el control sobre los libros ha sido una forma de regular el pensamiento, la moral y la disidencia política. Cada época ha tenido sus mecanismos y sus justificaciones, aunque el objetivo de fondo ha sido similar: limitar la circulación de ideas consideradas peligrosas.

Edad Media y primeros controles

En la Edad Media tardía, antes incluso de la consolidación de la imprenta, el control sobre manuscritos religiosos era habitual cuando existía sospecha de desviación doctrinal. Las autoridades eclesiásticas vigilaban traducciones bíblicas no autorizadas y textos espirituales que pudieran dar lugar a interpretaciones consideradas heterodoxas. El problema no era solo el contenido, sino quién lo leía y cómo lo interpretaba. La Inquisición vigilaba manuscritos e impresos, y el Índice de libros prohibidos, conocido como Index Librorum Prohibitorum, recogía obras que no debían leerse porque cuestionaban dogmas religiosos o autoridad política. Autores humanistas y textos científicos podían ser señalados si se apartaban de la ortodoxia. La publicación requería licencias previas, lo que convertía la imprenta en un espacio supervisado.

Entre los autores afectados estuvieron textos de Erasmus of Rotterdam, cuyas ideas humanistas generaron desconfianza, y obras de pensamiento reformista que se consideraban peligrosas para la ortodoxia católica. También se vigilaban traducciones de la Biblia al castellano cuando no contaban con licencia eclesiástica, porque se temía que fomentaran lecturas autónomas alejadas del control clerical.

La censura no solo prohibía, también expurgaba. Un libro podía circular con fragmentos tachados o modificados. Este fue el caso de Lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI que, por su tono satírico y su crítica implícita a determinadas prácticas religiosas, fue incluida en el índice y obligada a circular en versiones recortadas. El texto sobrevivió, aunque alterado.

Autores del Renacimiento y del primer teatro moderno también fueron objeto de vigilancia. Obras de Bartolomé Torres Naharro y de Gil Vicente fueron observadas con atención, y determinados pasajes podían ser señalados por su tratamiento de lo religioso o lo moral. La imprenta se convirtió en un espacio supervisado donde publicar requería licencias previas.

En los siglos XVII y XVIII, aunque el control continuó, comenzaron a circular ideas ilustradas que tensionaban el sistema. La censura no desapareció, pero se volvió más compleja, ya que el Estado intentaba equilibrar modernización y control ideológico. Con el avance del liberalismo en el siglo XIX, la situación osciló según los cambios de régimen. Periodos de mayor libertad de imprenta se alternaron con etapas de restricción, especialmente cuando la estabilidad política se veía amenazada.

Siglo XX: censura franquista y control sistemático

El siglo XX marcó uno de los momentos más duros en materia de censura literaria. Tras la Guerra Civil, el régimen franquista instauró un sistema de censura previa que afectó a novelas, ensayos, teatro y poesía. Ningún libro podía publicarse sin pasar por un proceso de revisión en el que se evaluaban aspectos políticos, morales y religiosos. Autores como Camilo José Cela, Ana María Matute o Carmen Laforet vieron cómo sus textos eran corregidos, recortados o retrasados en su publicación. En algunos casos, los escritores optaron por la autocensura, modificando pasajes para evitar la prohibición.

Además de la censura directa, existió el exilio, que dejó fuera del circuito editorial español a figuras como Max Aub o Francisco Ayala, cuyas obras tardaron en circular con normalidad dentro del país. La literatura que abordaba temas como la memoria de la guerra, la represión o la crítica al régimen encontraba obstáculos constantes, lo que condicionó el desarrollo de varias generaciones de escritores.

Un caso especialmente significativo es el de Carmen de Burgos, cuya obra fue retirada y silenciada tras la instauración del franquismo. No se trató de la prohibición de un título aislado, sino de la marginación sistemática de su producción completa, que defendía reformas educativas y derechos civiles. Durante décadas su nombre quedó prácticamente fuera del canon oficial.

El régimen también limitó la circulación de autores extranjeros considerados ideológicamente peligrosos. Obras de George Orwell o Jean-Paul Sartre encontraron obstáculos para publicarse sin cortes, lo que muestra que la censura pretendía controlar tanto la producción interna como la influencia exterior.

Democracia y nuevas tensiones

Con la Constitución de 1978 desapareció la censura previa institucionalizada. Sin embargo, el debate sobre los límites de la expresión continúa en otros términos. Controversias en torno a lecturas escolares o a libros considerados ofensivos muestran que la tensión entre libertad y regulación no ha desaparecido, aunque ya no exista un aparato estatal que revise manuscritos antes de su publicación.

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