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simbolismo

Vidas en conflicto

Charles Baudelaire, o la belleza herida de la modernidad

by Emain Juliana 13/04/2026
written by Emain Juliana

La figura de Charles Baudelaire se suele situar bajo un rótulo que, aunque no sea falso, se queda corto: el poeta maldito, que desafió a su tiempo y pagó por ello. Todo eso forma parte de su historia, pero si uno se detiene de verdad en su vida y en su obra, lo que aparece es algo más complejo y más interesante: un escritor que comprendió con una claridad poco común que la modernidad no iba a producir solo progreso, sino también hastío, degradación moral, y una belleza inseparable ya de la ruina. Baudelaire  fue importante por escribir grandes poemas, pero también porque supo ver antes que muchos cómo se transformaba la sensibilidad moderna y encontró una forma nueva para expresarla.

Nació en París en 1821. Su padre murió cuando él era aún niño, y la posterior boda de su madre con el general Aupick fue, según suele señalarse, uno de los grandes núcleos de conflicto en su vida. No conviene explicarlo todo por ahí, pero sí entender que Baudelaire desarrolló muy pronto una relación difícil con la autoridad y con la idea del éxito social que el nuevo marido de su madre representaba tan bien. Hay en él, desde joven, una mezcla de orgullo, susceptibilidad, conciencia de sí mismo y deseo de singularidad que no encaja dentro de un orden que solo valora lo útil. Esa desazón, que en otros habría sido circunstancial, en Baudelaire se convirtió en la forma de relacionarse con lo que lo rodeaba.

Su juventud estuvo marcada por los excesos,  pero también por la férrea voluntad de construirse a sí mismo como una figura estética. El dandismo en Baudelaire no fue simplemente  vanidad o afición al lujo, aunque ambos elementos existieran, mas bien, una tentativa de afirmación en un mundo que tendía a vulgarizarlo todo. Vestirse, hablar, cultivar una actitud, hacer de la propia presencia una forma de reserva: todo eso respondía a la necesidad de no dejarse absorber por la mediocridad burguesa. El problema es que esa afirmación simbólica convivía con una dependencia económica constante. Baudelaire dilapidó buena parte de su herencia y su familia logró que se le impusiera una tutela financiera, lo que lo hirió profundamente y lo condenó durante años a vivir bajo la presión continua de la deuda.

Esa humillación material para  Baudelaire fue decisiva. Quería escribir, traducir, pensar el arte, intervenir en la cultura de su tiempo, pero debía hacerlo mientras lo acosaban los  acreedores, soportando retrasos editoriales y una sensación crónica de insuficiencia. Esa tensión no empobreció su obra y además le hizo consciente del precio de la independencia y del modo en que la vida moderna convertía incluso la sensibilidad en mercancía o en espectáculo.

Su relación con Jeanne Duval, actriz y bailarina de origen haitiano, ha sido simplificada muchas veces, ya como una historia puramente tóxica, ya como una mera fuente exótica de inspiración. Ninguna de las dos lecturas basta. Jeanne fue una presencia central en su vida y en su obra, una figura marcada por el deseo, el desgaste, la dependencia, el resentimiento y la fascinación. En muchos poemas de Las flores del mal aparece esa mezcla entre atracción corporal, idolatría, cansancio, una herida que caracteriza la experiencia amorosa baudeleriana. El amor en Baudelaire no ofrece consuelo ni redención; se presenta como una fuerza intensísima que eleva y degrada al mismo tiempo, que vuelve más viva la percepción y más dolorosa la conciencia.

Ahí conviene entrar de lleno en Las flores del mal, porque es el centro de su obra y el lugar donde su vida, su época y su imaginación se entrelazan para alcanzar la plenitud literaria. Publicado en 1857, el libro fue procesado por ofensa a la moral pública y seis de sus poemas quedaron censurados durante décadas. Ese escándalo, que todavía hoy suele repetirse como anécdota obligada, importa menos por el morbo que por lo que revela. La poesía de Baudelaire fue censurada porque rompía con la idea de que lo poético debía elevar, purificar o embellecer la experiencia. En sus versos, la belleza aparece unida a la carroña, al maquillaje, al vicio, al perfume, al cansancio, a la ciudad, al pecado, al sexo y al tedio.

La estructura misma del libro es reveladora. La sección de “Spleen et Idéal” plantea ya una oscilación central en Baudelaire: el impulso hacia la elevación, hacia la belleza, el arte o el éxtasis, frente al peso del hastío, de la materia, del tiempo y de la caída. El spleen no es solo aburrimiento, también es una forma de asfixia del alma y representa una conciencia muy opaca de encierro, de repetición y degradación. En poemas como “Spleen”, “El enemigo” o “La campana rota”, el tiempo no aparece como una sucesión neutra, pero si como fuerza corrosiva que vacía al sujeto y va arruinando su energía interior. Por eso su poesía tiene una gravedad tan particular: no canta solo al deseo o a la melancolía, sino al desgaste mismo de la conciencia moderna.

Al mismo tiempo, Baudelaire no se limita a lamentar esa condición. También descubre en ella una nueva materia estética. Una carroña, uno de sus poemas más conocidos, es ejemplar en este sentido. Allí el cadáver en descomposición escandaliza, pero realmente sirve para plantear una cuestión central: la belleza ya no puede separarse  del tiempo y de la muerte. El poeta mira de frente lo abyecto y desagradable y lo incorpora sin ennoblecerlo falsamente. Ese gesto cambia muchas cosas. La poesía deja de ser un lugar protegido y empieza a registrar la mezcla incómoda de fascinación y repulsión que define buena parte de la sensibilidad moderna.

También su atención a la ciudad fue decisiva. Baudelaire entendió París  como experiencia. En Cuadros parisinos  y en sus poemas en prosa aparece el flâneur, esa figura del paseante que observa la multitud, las calles, los rostros anónimos, los residuos de la vida urbana… Pero no se trata de simple costumbrismo. La ciudad en Baudelaire es el espacio donde la belleza se vuelve fugaz, donde todo pasa y desaparece y el sujeto experimenta a la vez excitación y extrañamiento. El célebre soneto “A una transeúnte” condensa muy bien esta cuestión: el deseo nace de un cruce instantáneo, de una aparición perdida en el flujo urbano, de una intensidad condenada a no cumplirse. Esa poética de lo pasajero, de lo instantáneo y de lo incompleto es una de sus grandes herencias.

No menos importante fue su trabajo como crítico de arte. Baudelaire escribió sobre Delacroix, sobre los Salones, sobre Constantin Guys y sobre la pintura de su tiempo con una lucidez que lo convierte en algo más que un poeta que opinaba sobre cuadros. En esos textos reflexionó sobre la modernidad como un problema estético, defendió la imaginación frente al naturalismo plano y supo captar que el artista moderno debía enfrentarse a un presente cambiante sin renunciar a la intensidad. Su famoso elogio de lo transitorio, de lo fugitivo y de lo contingente como parte de la belleza moderna no era una fórmula vacía, sino la definición de una tarea difícil: encontrar una forma de expresarse en medio de lo inestable.

También sus traducciones de Poe fueron fundamentales.  Baudelaire reconoció en Poe a un hermano en la lucidez herida y en la exploración de las zonas oscuras de la mente. Traducirlo fue, en cierto modo, una forma de leerse también a sí mismo. Esa relación ayuda a entender por qué su obra se mueve entre el análisis frío y la obsesión.

Los últimos años de su vida fueron duros. Siguió endeudado, enfermo, fatigado, cada vez más golpeado por el deterioro físico. En 1866 sufrió en Bélgica un accidente cerebrovascular que lo dejó gravemente afectado, con problemas de lenguaje y parálisis. Murió en 1867, sin haber conocido una estabilidad verdadera ni un reconocimiento constante. Sin embargo, esa existencia rota no quedó convertida en puro desperdicio biográfico. De ella salió una obra que cambió la poesía porque aceptó algo que su en siglo preferían obviar: que la belleza moderna está herida, que el deseo lleva dentro cansancio, que la ciudad produce visiones y vacío, y que el arte, si quiere decir algo verdadero, no puede apartar la vista de todo lo anterior.

La vida de Baudelaire fue complicada por las deudas, el conflicto familiar, la enfermedad, las relaciones desgastantes y el choque con la moral de su tiempo, pero lo decisivo es que de todas esas dificultades no salió una obra caótica. En sus poemas no hay desorden confesional, hay una elaboración rigurosa y una escritura exacta. Por eso sigue siendo tan central: porque no embelleció la modernidad, la observó cuando empezaba a pudrirse y encontró en esa podredumbre una forma nueva de belleza.

13/04/2026 0 comments
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Arte

El simbolismo en el arte y lo invisible

by Uve Magazine 29/12/2025
written by Uve Magazine

El simbolismo no surgió como una forma de describir el mundo visible ni para tranquilizar al espectador con escenas amables y reconocibles, sino como una respuesta deliberada a una época que confiaba de forma casi absoluta en la razón, la ciencia y el progreso técnico, y que había relegado a un segundo plano todo aquello que no podía medirse, explicarse o demostrarse. Frente a esa fe en lo tangible, los artistas simbolistas comenzaron a trabajar con imágenes cargadas de ambigüedad, referencias míticas, estados emocionales y obsesiones íntimas, convencidos de que el arte no debía limitarse a reproducir la realidad externa, sino a explorar aquello que ocurre en zonas más profundas y menos visibles de la experiencia humana. Quizá por eso, más de un siglo después, el simbolismo no solo no resulta ajeno, sino que continúa interpelándonos con una fuerza que otros movimientos, más ligados a su contexto histórico, han ido perdiendo con el tiempo.

El simbolismo, desarrollado principalmente entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX, no fue un estilo cerrado ni una escuela homogénea, sino una actitud compartida ante la creación artística, que se manifestó tanto en la pintura como en la literatura y la música, y que partía de una premisa clara: la realidad visible no agota el sentido de las cosas. Para los simbolistas, lo importante no era el objeto representado, sino la carga de ideas, sensaciones y asociaciones que ese objeto podía activar en quien lo contemplaba, de modo que la obra se convertía en un espacio abierto a la interpretación, más cercano a la experiencia del sueño que a la descripción racional. En lugar de escenas cotidianas o narrativas claras, aparecieron figuras enigmáticas, paisajes irreales, cuerpos suspendidos en estados ambiguos, imágenes que no se ofrecían como respuestas, sino como preguntas.

La aparición (1874-1876), de Gustave Moreau, Museo Gustave Moreau, París

El símbolo como rechazo de la razón dominante

El contexto histórico resulta fundamental para entender esta deriva hacia lo simbólico, ya que surge en un momento en el que Europa se encontraba profundamente marcada por el avance industrial, la confianza en el progreso científico y una concepción del mundo cada vez más mecanizada, en la que todo parecía tener una explicación lógica o una utilidad práctica. Muchos artistas percibieron ese clima como una forma de empobrecimiento espiritual, en la medida en que dejaba fuera aspectos esenciales de la vida interior, como el deseo, el miedo, la culpa, la fascinación por la muerte o la necesidad de trascendencia. Frente a la claridad racional, el simbolismo eligió la sugerencia; frente a la explicación, el misterio; frente a la objetividad, la subjetividad radical.

De ahí que los temas que atraviesan este estilo resulten tan persistentes y reconocibles, incluso para un espectador contemporáneo. La muerte aparece no como un acontecimiento heroico o solemne, sino como una presencia constante, casi cotidiana, que se manifiesta en figuras espectrales, islas solitarias, cuerpos inmóviles que parecen debatirse entre el sueño y la desaparición. El mundo onírico ocupa también un lugar central, no como evasión, sino como espacio en el que se suspenden las reglas de la lógica y afloran imágenes que condensan deseos y temores difíciles de articular de otro modo. El erotismo, a menudo atravesado por una tensión inquietante entre atracción y amenaza, se convierte en un territorio simbólico donde se mezclan placer, culpa y poder, mientras que la espiritualidad se presenta desligada de la religión institucional, más cercana a una búsqueda individual y ambigua de sentido.

Artistas como Odilon Redon, con sus figuras flotantes y sus criaturas imposibles, o Arnold Böcklin, cuya Isla de los muertos condensa como pocas imágenes la sensación de tránsito y soledad, entendieron el arte como una forma de visualización de lo invisible, un medio para dar forma a aquello que no puede decirse con palabras. Gustave Moreau recurrió a la mitología y a los relatos bíblicos no para ilustrarlos, sino para convertirlos en escenarios mentales densos y cargados de significado, mientras que figuras como Fernand Khnopff exploraron la introspección, el aislamiento y la distancia emocional a través de composiciones silenciosas y perturbadoras. Incluso Gustav Klimt, frecuentemente asociado a otros movimientos, participó de esta sensibilidad simbolista al convertir el cuerpo, el oro y la ornamentación en vehículos de reflexión sobre la vida, la muerte y el deseo.

Floresta sagrada (1882), de Arnold Böcklin, Kunstmuseum, Basilea

Por qué el simbolismo sigue siendo actual

Que el simbolismo continúe funcionando hoy no es una cuestión de nostalgia, sino de afinidad con un presente que, pese a su aparente transparencia informativa, sigue atravesado por incertidumbres profundas y contradicciones no resueltas. En un entorno saturado de imágenes inmediatas y mensajes explícitos, el simbolismo propone una experiencia opuesta, que exige tiempo, atención y una disposición a aceptar lo ambiguo, lo incompleto y lo inquietante. Su influencia se percibe con claridad en el cine contemporáneo, especialmente en aquellas obras que renuncian a explicaciones cerradas, así como en la música, la fotografía o el arte actual, donde el uso de símbolos sigue siendo una herramienta fundamental para abordar cuestiones relacionadas con la identidad, el trauma, la memoria o el deseo.

Acercarse a una obra simbolista no implica descifrar un código oculto ni encontrar un significado único, sino aceptar que el sentido se construye en la relación entre la imagen y quien la observa, y que esa relación puede cambiar con el tiempo, también supone dejarse afectar por ella, permitir que genere preguntas más que respuestas, y reconocer que hay experiencias que no pueden reducirse a una interpretación cerrada. En ese gesto, que va a contracorriente de la necesidad constante de claridad y rapidez, reside buena parte de su vigencia.

En última instancia, puede entenderse como una forma de resistencia silenciosa frente a un mundo que exige explicaciones inmediatas y resultados medibles, y que deja poco espacio para lo incierto, lo contradictorio o lo profundo. Al reivindicar la sugerencia, la pausa y el misterio, el simbolismo no solo habla de su tiempo, sino también del nuestro, recordándonos que no todo lo valioso es transparente ni fácil de nombrar, y que quizá ahí, en esa zona oscura y ambigua, sigue estando una de las funciones esenciales del arte.

El carro de Apolo (1905-1914), de Odilon Redon, Museo de Orsay, París
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AgendaArteEventosNoticias

Hammershøi en el Thyssen: la poética del silencio

by Emain Juliana 23/12/2025
written by Emain Juliana

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta, del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026, Hammershøi. El ojo que escucha, la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi (1864–1916). Comisariada por Clara Marcellán, la exposición reúne cerca de noventa óleos y dibujos del artista —junto a obras de algunos de sus contemporáneos— y ofrece una lectura amplia y matizada de una producción breve pero singular: algo más de cuatrocientas piezas realizadas a lo largo de apenas cincuenta y un años de vida.

Hammershøi ocupa un lugar central en la pintura danesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque su nombre quedó eclipsado durante décadas tras la consolidación de las vanguardias. Desde los años ochenta del pasado siglo, varias exposiciones internacionales han reactivado el interés por su obra, pero en España su presencia había sido hasta ahora fragmentaria. Esta retrospectiva corrige esa ausencia y permite comprender la coherencia y radicalidad de un pintor que hizo del silencio, la contención y la depuración formal un lenguaje propio.

El recorrido se abre con una obertura que sitúa los primeros años del artista. Tras su formación académica y su paso por las Frie Studieskoler, Hammershøi define muy pronto los motivos y la paleta que lo acompañarán siempre: interiores austeros, figuras ensimismadas, paisajes deshabitados y una gama restringida de blancos, grises, marrones y negros. Obras como Retrato de Ida Ilsted (1890) o Tarde en el salón. La madre y la mujer del artista (1891) muestran ya esa inclinación por escenas suspendidas, próximas al simbolismo y al esteticismo de Whistler, a quien conoció a través de grabados y de la Exposición Universal de París de 1889.

Retrato de Ida

Los retratos y figuras constituyen aproximadamente una cuarta parte de su producción y permiten reconstruir su entorno inmediato: artistas, músicos y amigos. La música, la espera o el recuerdo de un concierto se convierten en motivos recurrentes, como en El violonchelista. Retrato de Henry Bramsen. Hammershøi elimina cualquier elemento narrativo superfluo y recurre a fondos neutros que refuerzan la sensación de tiempo detenido. En Tres mujeres jóvenes (1895), Ida y sus cuñadas aparecen reunidas en una escena doméstica que parece ajena a toda anécdota.

La figura de Ida Ilsted atraviesa buena parte de la exposición. Esposa del pintor desde 1891, aparece tanto como presencia idealizada como desde una cercanía más frágil. Los retratos dobles de la pareja le sirven a Hammershøi para explorar la relación entre figuras, desde composiciones frontales de inspiración clásica hasta soluciones más complejas, como Dos figuras, donde el propio artista se representa de espaldas, separado de Ida por una mesa.

Sala de estar, madre y mujer

El núcleo más conocido de su obra, los interiores, se despliega en dos vertientes: habitaciones con figuras y espacios completamente vacíos. Las estancias de sus viviendas —especialmente el apartamento de Strandgade 30, donde vivió entre 1898 y 1909— funcionan como laboratorio pictórico. Mujeres de espaldas, puertas entreabiertas, paredes desnudas y una luz medida con precisión construyen escenas de una intensidad contenida. En los interiores vacíos, Hammershøi insiste en una misma vista, alterando mínimos detalles. En Rayos de sol o luz del sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol (1900), la escena se reduce a una puerta cerrada, una ventana y una luz que convierte lo cotidiano en algo casi abstracto.

Los paisajes y vistas urbanas prolongan esa misma lógica. Copenhague aparece desierta y elevada, alejada de cualquier agitación real. Plazas, edificios y calles adquieren una quietud casi irreal. También los paisajes rurales daneses, planos y sobrios, comparten esa ausencia humana, apenas interrumpida por caminos o construcciones. Sus vistas de Londres, escasas pero significativas, conectan con el simbolismo europeo, especialmente con figuras como Fernand Khnopff.

En los años finales, Hammershøi recupera el estudio del cuerpo humano en grandes desnudos y vuelve al autorretrato tras casi quince años de silencio. En 1911 se pinta pincel en mano, afirmando su condición de pintor. Poco después, instalado en Strandgade 25, continuará explorando ese lenguaje depurado hasta su muerte en 1916.

Tras su paso por Madrid, la exposición viajará a la Kunsthaus Zürich. Una oportunidad decisiva para entender a un artista que hizo de la contención una forma de intensidad y de la calma una postura radical frente a su tiempo.

Violonchelista

Vida y obra de Vilhelm Hammershøi

Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 15 de mayo de 1864 – 13 de febrero de 1916) fue uno de los pintores daneses más singulares de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Procedente de una familia acomodada, recibió formación artística desde joven y estudió en la Real Academia Danesa de Bellas Artes, completando su aprendizaje en las Frie Studieskoler, donde empezó a alejarse del academicismo dominante y a definir un lenguaje propio.

Desde muy temprano encontró los motivos que marcarían toda su trayectoria: interiores domésticos austeros, figuras ensimismadas, retratos sobrios y paisajes deshabitados, resueltos con una paleta muy restringida de grises, blancos, negros y marrones. Su pintura, aparentemente serena, evita la anécdota y la narración explícita, y se apoya en la luz, el espacio y la repetición de motivos para generar una tensión silenciosa. Estas características lo han vinculado tanto al simbolismo como a la tradición de los maestros holandeses del siglo XVII, así como a la obra de James McNeill Whistler, a quien conoció a través de grabados y exposiciones internacionales.

En 1891 se casó con Ida Ilsted, que se convirtió en una presencia constante en su obra, ya fuera como retrato íntimo o como figura anónima integrada en sus interiores. Ese mismo año participó en la fundación de la Frie Udstilling, un salón independiente creado como alternativa a los circuitos oficiales daneses, donde su pintura había generado rechazo y admiración a partes iguales.

Hammershøi desarrolló la mayor parte de su producción en Copenhague, especialmente en los apartamentos de la calle Strandgade, que utilizó como vivienda y estudio y que se convirtieron en el escenario casi exclusivo de sus interiores más conocidos. Aunque viajó por Europa y expuso en ciudades como París, Berlín o Londres, apenas pintó paisajes fuera de Dinamarca, con la excepción de algunas vistas londinenses de atmósfera brumosa.

Tras su muerte, su obra cayó progresivamente en el olvido, eclipsada por la irrupción de las vanguardias. No fue hasta finales del siglo XX cuando comenzó a ser redescubierta y revalorizada internacionalmente. Hoy Hammershøi es reconocido como un artista radical en su contención, capaz de transformar lo cotidiano y lo aparentemente inmóvil en una experiencia profundamente inquietante.

23/12/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Tsunami, la ola que arrasa el tiempo

by Emain Juliana 30/07/2025
written by Emain Juliana

El tsunami, esa ola inmensa que lo traga todo, ha estado presente en el imaginario literario mucho antes de que la ciencia le pusiera un nombre. Desde los mitos más antiguos hasta los relatos modernos han descrito una fuerza descomunal que se traga la tierra, a veces se presenta como castigo, otras como limpieza o ruptura, pero siempre como algo que tras la devastación obliga a comenzar de nuevo. 

A lo largo del tiempo, las olas gigantes no se han visto solo como un fenómeno natural, sino como algo que escapa a cualquier intento de control. En Japón, por ejemplo, forman parte de la memoria colectiva, de una experiencia vivida y repetida con cierta asiduidad. En Europa, en cambio, han representado más bien el miedo a lo desconocido, la sensación de que por muy avanzada que sea una sociedad, la naturaleza siempre puede imponerse. En los libros, el tsunami ha servido para hablar de eso que irrumpe y lo destruye todo, sin previo aviso.

En los textos antiguos, lo que hoy llamaríamos un tsunami aparece muchas veces disfrazado de diluvio. No como un fenómeno aislado, sino como una especie de reset cósmico. En La epopeya de Gilgamesh, uno de los primeros relatos escritos de la humanidad, los dioses deciden exterminar a los hombres con una gran inundación, pero solo Utnapishtim, advertido a tiempo, logra construir una embarcación y sobrevivir. La historia es muy parecida a la del Génesis bíblico, donde Noé también se salva del castigo divino construyendo un arca. En la mitología griega, Deucalión y Pirra escapan de la gran ola enviada por Zeus, y en la tradición hindú, el sabio Manú recibe el aviso de un pez que resulta ser una deidad. En todos los casos, el agua aparece como lo que borra lo anterior y deja espacio para algo nuevo. El mar no solo castiga, también limpia, y lo que llegará después será distinto, aunque no necesariamente mejor.

En Japón, donde los tsunamis forman parte de la historia nacional, la relación con el mar es distinta. No es una figura mitológica ni una metáfora lejana, es una realidad que se repite de manera bastante cotidiana. Desde el siglo VIII, los registros dan cuenta de terremotos y olas gigantes, durante el periodo Edo, se documentaron con detalle en crónicas, mapas y grabados, pero también en canciones populares y en la poesía. La literatura japonesa, especialmente el haiku, ha sabido expresar ese miedo con una sobriedad conmovedora. No hace falta nombrar la ola para que se sienta su peso, a veces está en el silencio previo al desastre, en la arena que se ensancha, en el grito que se apaga. El tsunami, en estos versos tan breves, no es una catástrofe ruidosa, sino una ausencia de sonido. Un momento suspendido en el tiempo que se vuelve irreversible.

En Europa, no se tomó conciencia del tsunami como un fenómeno real hasta el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa en 1755. Aquel día, la ciudad fue sacudida por un seísmo brutal, arrasada por un maremoto y devorada por el fuego, fallecieron decenas de miles de personas. El desastre fue tan inmenso que no cabía en los esquemas mentales de la época, y para colmo sucedió en el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas. Muchos se preguntaron por qué una ciudad tan religiosa era castigada así. ¿Dónde estaba Dios? ¿Qué lógica podía tener aquello? Voltaire, en Cándido, se burla de quienes decían que todo sucede para bien. El terremoto y el tsunami hicieron añicos la idea de que el mundo era un lugar ordenado y justo, y desde entonces la naturaleza empezó a verse no solo como algo hermoso o admirable, sino también como una fuerza capaz de arrasar sin un motivo, simplemente porque sí.

El Romanticismo abrazó esa visión. El mar se convirtió en el escenario de tormentas interiores, de pérdidas, de luchas imposibles. Lord Byron escribió sobre mares embravecidos donde «el alma se disuelve». Víctor Hugo, en Los trabajadores del mar, convirtió al océano en un personaje: un adversario poderoso e indiferente. El mar ya no era solo un decorado de fondo, sino algo que tomaba protagonismo, como un personaje más, capaz de reflejar lo insignificante que puede llegar a ser el ser humano.

En el siglo XX, los tsunamis dejaron de ser un mito para convertirse en hechos documentados y analizados por sismógrafos, observados por científicos y periodistas. En Japón, el gran tsunami de Sanriku en 1933 provocó más de tres mil muertes, y aunque las narraciones que surgieron de aquel desastre no alcanzaron gran difusión internacional, marcaron un cambio en el tono, empezó a ser contado como herida y trauma, como un acontecimiento que transforma para siempre la relación de una comunidad con su territorio. La literatura reflejó ese giro, no siempre a través de novelas, pero sí mediante memorias, poemas, canciones populares o diarios personales que luego circularon como parte de lo vivido.

En Occidente, mientras tanto, encontró un nuevo espacio en la literatura especulativa; en novelas como The Drowned World de J. G. Ballard (1962), el mundo ya no es arrasado por una ola puntual, sino que queda sumergido por completo: las ciudades reposan bajo el agua, el paisaje es una ruina líquida y ya no hay castigo, ni juicio, ni drama moral, sino transformación. En estas narraciones, la ola no representa un final, sino una mutación, y lo que surge después no es lo que había antes, sino otra cosa: otro mundo, otro cuerpo  y otro orden.

En el siglo XXI, se convirtió en una realidad inmediata, vivida en directo a través de las televisiones, porque la tragedia del océano Índico en 2004, seguida por el desastre de Fukushima en 2011, transformó para siempre la forma en que se perciben estos fenómenos. Ya no se trataba de imaginar la destrucción, sino de verla avanzar en tiempo real mientras arrasaba ciudades, y esa visibilidad cambió también su lugar en la literatura, que comenzó a responder no solo desde la ficción sino también desde la necesidad de dar testimonio. Obras como Wave de Sonali Deraniyagala, donde la autora relata la pérdida de toda su familia en Sri Lanka, o antologías como March Was Made of Yarn, que recogen testimonios tras Fukushima, no buscan explicar lo ocurrido sino sostener lo que queda, hablar sobre el duelo y el miedo persistente, la reconstrucción lenta y los silencios que apenas se pueden nombrar.

Desde entonces, la escritura ha convertido estas catástrofes en una presencia real, en memoria colectiva. Ya no se representa como un giro dramático o un evento distante, sino como una vida partida en dos, con un antes y un después que es imposible de borrar. En este nuevo ciclo, las olas recuperan su protagonismo no como escenario romántico ni como fondo simbólico, sino como una fuerza que es tangible y su impacto influye no solo por lo que destruyen, sino por todo lo que obligan a reconstruir: el lenguaje, los vínculos, la memoria, el paisaje y las certezas. De este modo, lo verdaderamente devastador no siempre es el agua en movimiento, sino el vacío que deja cuando todo ya ha quedado en silencio.

30/07/2025 0 comments
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