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literatura

AgendaEventosLiteratura

Arranca la 85.ª Feria del Libro de Madrid

by Valeria Cruz 28/05/2026
written by Valeria Cruz

El Retiro vuelve a convertirse este viernes 29 de mayo en el corazón literario de la capital con la inauguración oficial de la 85.ª Feria del Libro de Madrid, una de las citas culturales más esperadas del calendario. Su Majestad la Reina presidirá el acto inaugural a las 11:00 horas, dando el pistoletazo de salida a unas jornadas en las que las casetas, los autores y los lectores volverán a tomar los paseos del parque madrileño.

Una jornada inaugural con sello propio

La apertura no será solo protocolaria. La Feria ha reservado para su primer día algunos de los momentos que marcarán el tono de esta edición, empezando por la entrega del Premio Lealtad 2026, concedido este año al artista y diseñador Pep Carrió. El galardón reconoce su estrecha y prolongada vinculación con la propia Feria y con la Asociación de Librerías de Madrid, así como su aportación decisiva a la identidad visual de la gran cita literaria de la capital. Es, en el fondo, un homenaje a una relación profesional y afectiva sostenida en el tiempo.

El humor como hilo conductor

Dos de las charlas inaugurales comparten un punto de partida poco habitual en este tipo de encuentros: la risa.

En el Pabellón CaixaBank, Nuestra risa de infancia reúne a tres autores de ámbitos muy distintos —Maitena, Rodrigo Cortés y Edu Galán, con Mercedes Cebrián como moderadora— para hablar de sus referentes, de sus primeros recuerdos ligados al humor y de cómo la ironía y la sátira forman parte de su manera de mirar y contar el mundo. La actividad, organizada por la FLMadrid, podrá seguirse también en streaming.

En paralelo, el Pabellón Iberoamericano acoge La vida, ese material sospechoso, con Paulina Flores, Álvaro Carmona y Virginia Higa, bajo la moderación de Antonio Martínez Asensio. Tres voces de distintas generaciones y procedencias conversarán sobre las obsesiones que recorren sus obras —la identidad, la infancia, el pasado, el lenguaje, la migración— y sobre cómo el humor y el juego permiten mirar la realidad desde ángulos inesperados. Una charla sobre las ideas que persisten, las preguntas que no se cierran y la curiosidad entendida como forma de escritura. El encuentro cuenta con la colaboración de la Fundación Chile-España, CAF y la Embajada Argentina en España.

Memoria y homenaje

La jornada también mira hacia atrás para reivindicar una figura. Pedro Sorela: reivindicación de un europeo universal rinde tributo al escritor y periodista, autor de una obra atravesada por la reflexión, el viaje y la convivencia. En la mesa, Alfonso Armada, Álex Grijelmo y Montse Morata pondrán en valor tanto su legado literario como su papel de maestro de periodistas y referente ético para varias generaciones de profesionales. La actividad está organizada por la Embajada de Uruguay en España.

Firmas: el primer encuentro con los autores

Como cada año, el verdadero motor de la Feria son las firmas, ese momento en que el lector se acerca a la caseta y se lleva a casa un libro dedicado. La nómina del primer día es contundente y muy variada, con nombres como Ian Gibson, Siri Hustvedt, Julia Navarro, Andrés Trapiello, Elvira Navarro, Lucía Etxebarria, Elia Barceló, Marcos Giralt Torrente, Laura Ferrero, David Uclés, Sara Barquinero, Luis Zueco, Marcos Chicot o Alejandro Palomas, entre muchos otros. La ilustración también tiene su espacio con Fernando Vicente, Paco Sordo o Santiago García-Clairac, y la literatura infantil y juvenil suma a Javier Ruescas, Chiki Fabregat o Anna Morató. A ellos se añaden voces del periodismo y el ensayo como Mavi Doñate, Sergio C. Fanjul, Fernando Mairata o Juan Bellido.

28/05/2026 0 comments
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AgendaLiteratura

Feria del Libro de Madrid 2026: el humor toma El Retiro

by Uve Magazine 20/05/2026
written by Uve Magazine

Madrid se prepara para una de sus grandes citas culturales del año. La 85.ª Feria del Libro de Madrid (FLMadrid26) se celebrará del 29 de mayo al 14 de junio en el Paseo de Coches del Parque de El Retiro, y este año llega con un eje temático muy claro: el humor, la sátira y la ironía como formas de lectura crítica del presente. Bajo los hashtags #LeernosDeRisa y #Jajaja, la organización ha apostado por reunir a escritores, humoristas, ilustradores y pensadores que hacen del chiste, el absurdo o la carcajada una forma seria de ver el mundo.

“Este año en el que el humor —buena falta nos hace— ilumina la Feria, hemos invitado a gentes que son del libro porque todos y todas han publicado”, explicó Eva Orúe, directora de la FLMadrid, durante la presentación celebrada en el Ayuntamiento de Madrid. Y añadió, citando a Wenceslao Fernández Flórez, que “el humor es, sencillamente, una posición ante la vida”.

Grandes nombres a un lado y otro del Atlántico

El cartel de autores invitados es ambicioso. Desde el Reino Unido llegará Jonathan Coe, uno de los principales representantes de la sátira británica contemporánea, que conversará el 7 de junio con Carlo Padial. Desde Alemania, David Safier, autor de algunas de las novelas humorísticas más leídas de las últimas décadas. Y desde Argentina, Maitena, referente internacional del humor gráfico, que además recibirá un homenaje el 30 de mayo en el Pabellón Iberoamericano.

A ellos se suman nombres como Liniers, Kevin Johansen y Alberto Montt, que se reunirán por primera vez juntos en España para hablar de amistad, música e ilustración. También participarán Marta Sanz, Ignatius Farray, Camila Sosa Villada, Ariana Harwicz, Rodrigo Cortés, Eva Hache, Pantomima Full, Joaquín Reyes, Bob Pop, Leila Guerriero, Rodrigo Fresán, Nina Lykke, Beatriz Serrano, Edu Galán, Julián Génisson o Álvaro Carmona, entre muchos otros.

Charlas, homenajes y pódcast en directo

La programación cultural se desplegará en más de una decena de escenarios. El Pabellón CaixaBank acogerá los grandes encuentros, como “¿De qué nos reímos?”, con Eva Hache, Bernat Castany y Julián Génisson; “Instrucciones para contar un chiste”, con Iggy Rubín y Elena Beltrán; o “El humor en la herida”, diálogo entre Camila Sosa Villada y Giuseppe Caputo.

La Feria rendirá homenaje a figuras imprescindibles del humor literario y escénico: Les Luthiers, Kurt Vonnegut, Jorge Ibargüengoitia, Nicanor Parra y Rafael Azcona, así como a La conjura de los necios de John Kennedy Toole, ya un clásico contemporáneo de la sátira.

Otra novedad destacada es el peso de los pódcast en directo. Programas como Ni tan bien (con Carolina Iglesias), Pena y Pánico, ¿Te quedas a leer?, Las Fabuladoras o La trastienda de Pérgamo se grabarán ante el público, ampliando los formatos tradicionales de la conversación literaria.

Premio Lealtad para Pep Carrió

La FLMadrid26 reconocerá este año con el Premio Lealtad al diseñador, ilustrador y artista visual Pep Carrió (Palma de Mallorca, 1963), responsable de buena parte de la identidad gráfica contemporánea de la Feria desde que firmara el cartel de la edición de 2007. La ceremonia tendrá lugar el 29 de mayo en el Pabellón CaixaBank. El cartel de este año, en cambio, lleva la firma del ilustrador barcelonés Miguel Pang, que propone una escena coral marcada por el color y los códigos del slapstick.

Una feria con vocación iberoamericana

La dimensión latinoamericana vuelve a ser uno de los pilares de la programación, con el Pabellón Iberoamericano como epicentro y colaboraciones con festivales como Centroamérica Cuenta, Festival JA!, KM América, Suigeneris o el Festival de Málaga. “Hablamos el mismo idioma, pero ¿nos reímos igual?”, se pregunta Orúe.

Cifras de una gran cita

La Feria reunirá 366 casetas distribuidas a lo largo del Paseo de Coches: 118 de librerías, 220 de editoriales, 12 de distribuidoras y 16 de organismos oficiales. Habrá además espacios específicos como Indómitas, Editoriales Singulares, Archipiélago o la Plaza de la Ciencia y las Universidades.

El horario será de 10:30 a 14:00 y de 17:00 a 21:00 de lunes a viernes, y de 10:30 a 15:00 y de 17:00 a 21:00 los fines de semana. La organización recuerda que el 7 de junio, con motivo de la visita del papa León XIV a Madrid, algunos accesos podrían verse modificados.

Apoyo institucional y sostenibilidad

CaixaBank, Iberia, VIPS y Repsol repiten como patrocinadores oficiales. Esta última instalará más de 200 placas solares en casetas y pabellones, y suministrará combustibles renovables que permitirán reducir más de 11 toneladas de CO₂. Una manera, también, de que la risa no deje huella —al menos no de carbono— en El Retiro.

20/05/2026 0 comments
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AgendaEventosLiteratura

La Feria del Libro de León vuelve al centro de la ciudad

by Uve Magazine 14/05/2026
written by Uve Magazine

La Feria del Libro de León celebra su 48.ª edición bajo el lema «HuEllas», del 14 al 24 de mayo, entre la plaza de San Marcelo y la calle Legio VII. Serán 40 casetas con horario de 12:00 a 14:00 y de 18:00 a 21:00, organizadas por la Asociación de Libreros de León y patrocinadas por el Ayuntamiento. Las actividades se reparten entre la carpa del recinto, el Salón de los Reyes y el Salón de Actos de Alfonso V.

El lema, que entiende la lectura como el rastro que deja en el lector, rinde homenaje este año a las mujeres en la literatura. La edición estrena dirección compartida —Magalí Labarta y Eva Campesino, primera vez con dos directoras al frente— y un cartel de la ilustradora leonesa Laura G. Bécares, protagonizado por una niña que sigue un sendero de huellas en un bosque de siluetas de escritoras, guiada por el «Hada del tejuelo».

El acto inaugural será el 14 de mayo a las 19:00, con pregón a cargo de la escritora y periodista Noemí Sabugal y la filóloga Janick Le Men en el Salón de Plenos del Ayuntamiento. Entre los autores anunciados para firmas y presentaciones figuran Pablo Rivero, Susana Martín Gijón, Ana Iris Simón, Bob Pop y Marta J. Serrano, junto a nombres leoneses como Tomás Sánchez Santiago, Julio Llamazares, Toño Benavides, Vicente Muñoz o Antonio Manilla. El público juvenil tendrá su tarde con Iria y Selene, Alina Not y Jara Santamaría, y los más pequeños una agenda específica coordinada por Bibliotecas Municipales. 

Once días para acercarse a las novedades y conversar con quienes hacen posible que un libro llegue a manos de un lector. Entre las editoriales presentes estará también Uve Books —pasaos a saludar—, junto a librerías, sellos independientes y proyectos culturales que durante estos días convierten San Marcelo en una excusa para detenerse, hojear y salir con un título que no estaba previsto.

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Vidas en conflicto

Edgar Allan Poe y el precio de la obsesión

by Uve Magazine 28/03/2026
written by Uve Magazine

La vida de Edgar Allan Poe ha sido tantas veces deformada por la leyenda del escritor maldito que resulta fácil olvidar algo esencial: antes que un personaje sombrío de biografía novelesca, Poe fue un autor de una inteligencia rigurosa, un artesano de la forma y un crítico extremadamente consciente de los efectos que quería producir en el lector. Su figura quedó envuelta muy pronto en una visión de decadencia, el alcohol, la pérdida y la muerte, y es cierto que todos esos elementos marcaron su existencia, pero limitarse a ellos impide ver lo más interesante. Poe no fue únicamente un hombre acosado por la desgracia, sino también un escritor que convirtió la inestabilidad material, el duelo, la ansiedad y la conciencia del fracaso en una obra de precisión casi matemática, donde el horror rara vez es un desahogo y suele ser, más bien, una construcción cuidadosamente calculada.

Nació en Boston en 1809 y quedó huérfano siendo todavía un niño. Su padre desapareció pronto y su madre, actriz, murió cuando Poe era muy pequeño. Fue acogido por John y Frances Allan, aunque esa acogida nunca llegó a traducirse en una pertenencia plena. Vivió, por tanto, en una posición ambigua, entre el amparo y la provisionalidad, entre la educación de un joven destinado a integrarse socialmente y la fragilidad del que sabe que ese lugar no le pertenece del todo. La relación con John Allan se deterioró con el tiempo, sobre todo a causa de las deudas, las expectativas frustradas y una incompatibilidad de temperamentos que acabó dejando a Poe sin la estabilidad económica que podría haber cambiado su destino. Esta herida temprana, que mezcla desarraigo afectivo y dependencia material, resulta importante porque en Poe hay siempre personajes al borde del colapso, sujetos que intentan sustentar una identidad o una autoridad mientras todo a su alrededor se descompone.

Su paso por la Universidad de Virginia y más tarde por el ejército no resolvió nada. Arrastró dificultades económicas, tensiones personales y una sensación persistente de no encontrar un lugar duradero en el mundo. Lo decisivo, sin embargo, es que esa precariedad no lo apartó de la literatura, sino que lo obligó a vivir de ella en un momento en que hacerlo en Estados Unidos era poco menos que una condena a la estrechez. Poe trabajó en revistas, corrigió textos, escribió reseñas, cuentos, poemas y ensayos, y lo hizo dentro de un mercado literario inestable y mal pagado, que exigía rapidez, visibilidad y capacidad para atraer lectores. De ahí surgió buena parte de su versatilidad. No solo inventó o fijó recursos narrativos que tendrían continuidad en la literatura posterior, sino que además reflexionó sin descanso sobre qué era un poema, cómo debía construirse un relato breve y de qué manera la unidad de efecto era decisiva para que una obra alcanzara intensidad.

Ese aspecto teórico de Poe suele quedar desplazado por su fama de autor oscuro, cuando en realidad es central. En textos como The Philosophy of Composition o en sus reseñas y comentarios críticos aparece un escritor obsesionado con el control formal, con la economía de medios y con la necesidad de que cada elemento contribuya al resultado final. Puede discutirse hasta qué punto sus explicaciones sobre el proceso de escritura fueron sinceras o estratégicas, pero lo importante es que revelan una conciencia artística nada improvisada. Poe se opone así a la imagen del genio arrebatado que escribe empujado solo por la fiebre o la desgracia. Incluso en sus piezas más delirantes hay cálculo, estructura y una voluntad de exactitud que explica por qué sigue siendo tan legible y tan moderno.

En su poesía, esa mezcla de música, pérdida y artificio alcanza una intensidad muy particular. The Raven es el ejemplo más célebre, pero no conviene reducirlo a una pieza de atmósfera o a un poema de fácil iconografía. En él ya está la teatralidad del duelo, la obsesión verbal, la repetición como mecanismo mental y una voz poética atrapada en su propio deseo de insistir allí donde no hay respuesta posible. Algo parecido ocurre en Annabel Lee, Ulalume o Lenore, donde la muerte de la mujer amada aparece menos como simple motivo romántico que como fijación que organiza el recuerdo y deforma el presente. Es difícil no relacionar esos poemas con la enfermedad y muerte de Virginia Clemm, su esposa, cuya larga agonía marcó profundamente a Poe, pero sería un error leerlos solo como biografía cifrada. Lo que hace importante esa poesía es el modo en que convierte la pérdida en ritmo, insistencia y escena mental, de manera que el lector no contempla únicamente una desgracia, sino una conciencia incapaz de salir de ella.

En la narrativa breve es donde su genio se vuelve más evidente. Poe entendió muy pronto que el cuento no debía ser una novela en miniatura, sino una forma específica, cerrada sobre sí misma, donde cada detalle actuase con intensidad. En relatos como The Fall of the House of Usher, Ligeia, Berenice o The Black Cat, la descomposición física y moral no aparece como un simple catálogo de horrores, sino como el modo en que la mente percibe un mundo que ha dejado de ser estable. Sus narradores suelen estar heridos por la culpa, la obsesión, el miedo o el autoengaño, y precisamente por eso el terror en Poe no depende tanto de monstruos externos como de una percepción alterada, de una sensibilidad que se vuelve incapaz de sostener la realidad sin deformarla. La casa de Usher no es solo un escenario gótico memorable, sino una extensión enfermiza de la conciencia; el corazón que late bajo el suelo en The Tell-Tale Heart no es únicamente un efecto macabro, sino la forma acústica de la culpa.

Ahí reside buena parte de su modernidad. Poe desplaza el centro del espanto desde lo sobrenatural hacia la psicología, aunque nunca renuncie del todo a la ambigüedad. Lo terrible no siempre consiste en que ocurra algo imposible, sino en que la razón empiece a resquebrajarse y el sujeto ya no pueda fiarse ni de lo que ve ni de lo que piensa. Ese camino lo convertiría en una referencia decisiva para la literatura fantástica posterior, para el simbolismo, para el decadentismo e incluso para formas del terror contemporáneo que siguen explorando el deterioro mental como fuente de inquietud.

Pero Poe no solo transformó el relato de terror. También abrió el camino del cuento detectivesco con The Murders in the Rue Morgue, The Mystery of Marie Rogêt y The Purloined Letter, textos en los que Auguste Dupin inaugura una inteligencia analítica que más tarde cristalizaría en Sherlock Holmes y en toda una tradición posterior. Lo notable es que esta invención surge del mismo autor que escribía sobre enterramientos prematuros, criptas y dobles. Lejos de ser facetas incompatibles, ambas revelan una misma obsesión: penetrar en lo oculto, reconstruir un orden invisible, demostrar que el caos puede leerse si se descifra bien la superficie. En Poe conviven así la fascinación por lo irracional y el placer del análisis, la pesadilla y el método, y esa convivencia lo vuelve especialmente rico.

Su vida siguió siendo desordenada y dura. Nunca consiguió verdadera seguridad económica, sus relaciones profesionales fueron tensas, su salud era frágil y su vínculo con el alcohol agravó una vulnerabilidad que ya existía. La muerte de Virginia lo dejó devastado y sus últimos años fueron erráticos. Murió en 1849, en circunstancias todavía discutidas, después de haber sido hallado en muy mal estado en Baltimore. La posteridad, además, quedó condicionada por la campaña hostil de Rufus Griswold, que ayudó a fijar la imagen de Poe como un ser degenerado y autodestructivo, imagen que tardó mucho en corregirse.

Sin embargo, lo verdaderamente perdurable en Poe no es el escándalo biográfico, sino la densidad de una obra que supo convertir la inestabilidad en forma. Fue un escritor que vivió bajo asedio, por las deudas, por el duelo, por la humillación social y por sus propias fracturas, pero que respondió a ese asedio no con desorden expresivo, sino con una disciplina artística extraordinaria. En sus mejores páginas hay belleza, sí, pero una belleza inseparable de la presión, del encierro y del temblor. En Poe, la literatura convierte la pérdida, la obsesión y el miedo en una estructura verbal de gran precisión, donde el desorden de la vida adquiere forma sin desaparecer del todo.

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Los fantasmas olvidados

Donde los muertos no siempre se van: El fantasma del cementerio

by Verónica García-Peña 24/01/2026
written by Verónica García-Peña

Aunque los fantasmas parecen siempre estar vinculados a estos lugares, lo cierto es que nadie se adentra en un cementerio con la idea de encontrarse con uno. Se hace para dejar flores, recordar y, a veces, contar secretos a quienes ya no pueden responder. Los camposantos son terrenos de orden con calles rectas, nombres alineados y fechas que parecen reglar el tiempo como si así se pudiera domesticar. No obstante, basta cruzar la verja para notar cómo la atención se afina y el gesto se ensombrece. Se baja la voz de forma refleja y, entre murmullos, se camina por el terreno con la sensación de que ahí, donde los muertos reposan, hay en realidad cientos de fantasmas que nos acompañan.

Se trata de una presencia discreta, pero también obstinada. Este fantasma se niega a desaparecer por mucho que de él, en ocasiones, ya no se sepa nada. Lápidas sin nombre, fecha o recuerdo. Espíritus y aparecidos, sombras y espectros son algunas de las denominaciones más comunes que esta especial ánima recibe cuando se habla o se escribe sobre ella; cuando se la imagina, pues es su terreno una de las más prolíficas atmósferas creativas del mundo. Universal como los páramos de las Brontë, el desolado fosal de Dickens en los pantanos o los terrenos de Stephen King donde la tierra se niega a guardar a sus muertos; y es que no hay cementerios, reales o imaginarios, sin historias.

En España, los camposantos comenzaron a construirse fuera de los núcleos urbanos a finales del siglo XVIII, tras la Real Cédula de Carlos III de 1787, que prohibía los enterramientos dentro de iglesias por razones sanitarias. Antes, se inhumaba a la gente en atrios y criptas. Aquella decisión, en apariencia solo práctica, tuvo como consecuencia el desplazamiento del vínculo cotidiano con la muerte, pues los muertos fueron apartados, organizados y alineados, pero lejos. En ese tránsito, algo quedó suspendido y tal vez por eso las leyendas de aparecidos que anhelaban regresar a casa, de espíritus que se sentían abandonados o de muertos que salían de su tumba cada noche crecieron.

Los archivos parroquiales y municipales, así como la memoria oral de nuestra geografía, atesoran informes y leyendas cuanto menos inquietantes sobre estos fantasmas. En el cementerio de San José, por ejemplo —edificado sobre los restos del antiguo palacio nazarí de los Alixares e integrado en el conjunto histórico de la Alhambra, en Granada—, se dice que, desde los años setenta, los vigilantes del lugar ven luminarias que recorren los nichos y escuchan pasos en las galerías vacías. En el norte, por su parte, en el fosal de Derio, en Vizcaya, la prensa local ha recogido durante décadas testimonios de trabajadores que evitan las zonas de panteones familiares clausurados tras la Guerra Civil. Allí, donde el silencio casi se puede tocar, se habla de golpes rítmicos desde el interior de las criptas. Relatos que el tiempo no ha borrado y que los propios sepultureros transmiten, pues en Derio el pasado nunca termina de callarse.

Panteones del patio primero del Cementerio de San José en Granada (España). El panteón de la familia Herrera

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, muchos enterramientos fueron hechos sin nombre, lápida y sin un registro. Epidemias, fusilamientos, suicidios que se ocultaban por vergüenza familiar, niños muertos sin bautizar… Vidas que entraron en la tierra sin una despedida y sin un relato. Quizá por eso, pienso, este espectro nunca se marcha. A mí, que me encanta visitar camposantos de todo tipo y pasear por sus calles sin prisa, también me gusta imaginar las vidas de aquellos que habitan estos lugares; de los muertos que ya no quieren saber nada de los vivos e igualmente de los otros, de los que, sospecho, por qué no, pueden aún vagar por el lugar confundiéndose con nosotros.

Cementerio Municipal de Paterna

En el cementerio de Paterna, en Valencia, conocido trágicamente como ‘El Paredón de España’, más de dos mil doscientas personas fueron fusiladas y arrojadas a fosas comunes, la inmensa mayoría durante la represión de la posguerra, entre 1939 y 1956. Hoy, mientras los forenses trabajan para devolverles sus nombres y con ellos sus historias, tanto los vecinos como los que cuidan el lugar han descrito figuras que deambulan al amanecer junto al muro, en el que aún pueden verse las marcas de las balas. No piden nada a quienes los ven, dicen. Solo marchan de un lado al otro de la tapia, a la espera probablemente de recuperar su nombre y salir del olvido de la tierra.

Algo similar ocurre en el cementerio de Comillas, en Cantabria, bajo la sombra del imponente Ángel Exterminador —obra de Joseph Llimona—. Allí, desde finales del siglo XIX, se habla de una figura femenina que aparece junto a las tumbas más antiguas, aquellas que ya no reciben flores ni visitas. ¿Qué quiere? Nadie lo sabe con exactitud. ¿Y qué busca? Tampoco hay respuesta. Sí hay, claro, muchas hipótesis, pues buena es la imaginación para dejar tranquila una leyenda como esta. Los libros de defunciones de la parroquia mencionan que varias mujeres murieron solas en el pueblo, enterradas sin familia conocida. Sirvientas o acompañantes que llegaron de lejos y nunca regresaron a sus casas. Quizá la tradición oral las fundió en una única presencia; esa mujer que deambula por la necrópolis y cuida de los olvidados. Una conciencia hecha de restos. Una presencia coral en uno de los escenarios más bellos y melancólicos del modernismo español.

Quien ha pasado tiempo en un cementerio sabe que el aire allí se percibe diferente y no es porque en verdad lo sea. Con seguridad, he de admitir, es más sugestión que otra cosa; si bien, de esta forma se siente porque cada duelo deja un poso y cada visita incompleta o conversación interrumpida, cada promesa que no se cumplió, un lastre.

Cemeterio de Montijuïc

En el cementerio de Montjuïc, en Barcelona, los sistemas de seguridad han registrado, desde los años noventa, anomalías en las zonas de beneficencia. Son avisos recurrentes de sensores que se activan en zonas cerradas donde no hay nadie, o no debería haberlo. Siempre en los mismos puntos y siempre sin causa aparente. Los vigilantes hablan de un hombre que camina por los pasillos de los no reclamados. Es una presencia que no parece pertenecer a un solo muerto. Como ocurre en Comillas, es el peso acumulado de tantos óbitos sin un adiós.

Los cementerios guardan cuerpos, sí, pero también custodian finales y silencios que no descansan. Por eso, al salir de ellos, si se mira atrás, no es miedo lo que se siente. Es la sensación de que, entre lápidas y cipreses, entre mausoleos ornamentados y cruces sin nombre, alguien espera a que su historia sea contada o, tal vez, escrita.

24/01/2026 0 comments
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Literatura

Cinco lecturas para una Navidad literaria

by Emain Juliana 06/12/2025
written by Emain Juliana

Tradición, misterio y un viaje al Polo Norte

La Navidad es una estación que invita a leer de otra manera. Cuando el ritmo baja, las luces cambian y el frío obliga a recogerse, muchos lectores buscan historias que acompañen esa atmósfera. No se trata solo de libros ambientados en diciembre: hay relatos que, por su tono, su calidez o su capacidad de detener el tiempo, parecen escritos para ser leídos con una manta cerca. Entre ellos destacan cinco títulos muy distintos entre sí, pero unidos por algo esencial: todos capturan de un modo u otro el espíritu invernal. Tradición, familia, misterio, fantasía… cinco puertas de entrada a una Navidad literaria.

La primera parada es Vieja Navidad, de Washington Irving, un clásico que recupera las celebraciones tradicionales de la Inglaterra rural. Irving describe banquetes, villancicos y escenas hogareñas con una calidez que resiste extraordinariamente el paso del tiempo. No hay un conflicto dramático fuerte ni un gran giro argumental; lo importante es el retrato costumbrista. La narración tiene la capacidad de envolver completamente al lector en un ambiente que, aunque desaparecido, sigue resultando familiar: la fiesta entendida como reunión y como ritual. Es un libro breve, muy amable y perfecto para quien busque una lectura que funcione como refugio.

De ese ambiente casi museístico pasamos a la energía emocional de Mujercitas, de Louisa May Alcott, una novela que muchas personas asocian directamente a la Navidad, incluso sin recordarlo conscientemente. Varias de sus escenas más memorables transcurren en estas fechas: el entusiasmo infantil por los regalos, la renuncia voluntaria para ayudar a otros, la ilusión modesta de una familia que atraviesa dificultades pero no pierde cohesión. Alcott retrata la alegría y el cansancio de crecer, el lugar de la familia en un mundo incierto y, sobre todo, la importancia de los gestos pequeños. En invierno, Mujercitas siempre se siente más cerca, quizá porque es una novela que habla de la calidez humana en medio de la carencia.

La Navidad también puede ser un llamado a la reflexión ética, y ahí Cuento de Navidad, de Charles Dickens, sigue siendo insuperable. La historia de Ebenezer Scrooge es ya un mito moderno: un hombre avaro, encerrado en sí mismo, obligado a enfrentarse a su pasado, su presente y su futuro en una sola noche. La fuerza del relato no está solo en el elemento sobrenatural, sino en la manera en que Dickens expone la desigualdad social, el egoísmo cotidiano y la posibilidad real del cambio. La redención de Scrooge funciona porque no es complaciente: se trata de ver lo que uno ha hecho y asumir el coste. Cada relectura revela una capa nueva, y quizás sea eso lo que lo mantiene vivo cada Navidad.

Pero no todo son buenas intenciones. Para quienes prefieren una celebración con cuchillo escondido, Navidades trágicas de Agatha Christie ofrece el contrapunto perfecto. Un patriarca tiránico reúne a su familia para las fiestas, y el resultado es un crimen en una casa encerrada bajo el frío invernal. Poirot llega a un ambiente cargado de rencores, secretos y décadas de cuentas pendientes. Christie utiliza la iconografía navideña para potenciar el contraste: mientras todo invita a la armonía, la casa estalla. Es una lectura ágil, inteligente y muy eficaz para romper con el exceso de dulzura propio de estas semanas.

El viaje termina con Las cartas de Papá Noel, de J. R. R. Tolkien, quizá el libro más genuinamente navideño de todos. Durante más de veinte años, Tolkien escribió e ilustró cartas para sus hijos haciéndolas pasar por mensajes enviados desde el Polo Norte. En ellas conviven humor, travesuras, fantasía y un universo propio en expansión, con osos polares despistados, elfos de nieve, accidentes cómicos y pequeñas aventuras. Lo que hace especial al libro es la ternura que lo sostiene: es un puente entre el mundo adulto y el infantil, una demostración íntima de cómo la imaginación puede convertirse en tradición familiar. Es, también, un recordatorio de que la Navidad puede ser un acto de invención y de cariño.

Cinco libros, cinco sensibilidades y un mismo paisaje: el del invierno que invita a entrar en historias que reconfortan, sorprenden o iluminan. Este año, cualquier camino que elijas entre estos cinco te llevará a un lugar cálido. Y en estas fechas, eso es casi todo lo que se puede pedir.

06/12/2025 0 comments
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Historias del occidente

LLUME

by Ana Vega 23/08/2025
written by Ana Vega

Mi abuelo siempre nos advirtió de los peligros del fuego, del agua y de las crecidas del río, de la tormenta y los rayos (cómo protegernos si nos cogía desprevenidos en el monte), pero sobre todo del fuego. Recuerdo que mi tío, mi tía y mis primos cuando había tormenta siempre se metían en el coche y esperaban a que pasara. Mi abuelo nos enseñó a contar y así podíamos saber la distancia y el tiempo del que disponíamos para librarlos de lo peor. La cocina de leña se atizaba siempre, invierno y verano, era donde se cocinaba, cada día, y donde se preparan las empanadas para la fiesta, se asaba la carne los domingos y donde mi abuelo echaba leña todas las noches mientras nos contaba historias y miraba de lado por la ventana el puente para ver el movimiento de la pesca nocturna (en teoría prohibida pero el pueblo siempre fue ciudad sin ley). La leña era importante, y evidentemente los árboles que había que talar. Recuerdo el olor del eucalipto, también ir a coger avellanas, manzanas, naranjas, después del comer no íbamos a la nevera nunca, salíamos a coger el postre fuera de casa. Recuerdo perfectamente el olor de las naranjas, agrias, fuertes, las naranjas más hermosas que he visto nunca y que probaré en toda mi vida. Años más tarde, menos mal que él no lo vio, llegó la venta de los montes,  la tala desmedida, la plantación de eucaliptos, el exterminio del monte por herencias, dinero, egoísmo humano y el paisaje cambió porque decidimos matarlo lentamente. Si un conejo podía encontrar el camino a casa cuando lo soltaban por sarna muchos pueblos más lejos, cómo lo encontraría ahora me preguntaba.

De niña, según mi madre, me pasaba el día quieta. “No da guerra ninguna” decía — supongo que la guerra la daría después— pero sin embargo mi hermano era un “el mismo demonio”.  Mi madre decía que me daba un molino de café y yo le daba vueltas y vueltas sin decir ni mu (algo que más tarde me han recordado muchas veces en el hospital: “no te mueves y no te quejas, nos preocupas”). Se ve que el escándalo es símbolo de vida y el sigilo cosa de muerte grave. Toda la familia recuerda sus travesuras (y sus caídas: en una ocasión su bicicleta lo arrojó de cabeza al riachuelo y allí quedó clavado según mi madre hasta que tirando y tirando de él lograron sacarlo, a modo fórceps, fue un extraño renacimiento en la cuneta), en otra ocasión como a mi abuela le daba por sacudir una y otra vez el mantel de la cocina se le ocurrió clavar con puntas cada esquina, a mi abuela la pobre casi le da algo, y llegó al máximo de su ingenio cuando decidió junto a mi prima colocar en la cama de mi abuelo una culebra de plástico. Qué hizo mi abuelo, pues echar todo tipo de juramentos por la boca (allí era muy habitual acordarse de todos los santos para bien y para mal) y coger la escopeta de caza y ponerse a disparar a las sábanas sin atender a razones. Ese era nuestro mundo.

Pero la travesura más grave fue la que tuvo que ver con el fuego. En el pajar se guardaba la hierba seca, mi sitio favorito porque las gatas solían esconderse allí para parir a sus crías y yo me pasaba horas con ellas mimándolas y alimentándolas con mi madre de fondo gritándome por traer más gatos al pueblo (mi abuela metía a los gatos pequeños en una bolsa o un saco y los tiraba al río, a veces con golpes otras sin ellos, pero era muy normal matarlos a palos, darles de comer alfileres o tirarles tiros); pues bien, mientras yo miraba que ninguna víbora me mordiese los pies mientras me tendía en la hierba seca (¿existe un olor más dulce?) a mi hermano se le ocurrió una no muy brillante idea aunque temeraria a nivel máximo.

Era verano, época de hierba seca, así que mi abuelo y toda mi familia se encontraban al otro lado del pueblo. Entonces mi abuelo cogió su sombrero y comenzó a mirar hacia nuestra casa, vio cómo el humo crecía y crecía, comenzó a gritar y a decir que mi hermano había prendido fuego al pajar que se iba a quemar el pueblo entero. Y sí, efectivamente, mi hermano tuvo a bien prender fuego en el pajar con lo cual montó un buen espectáculo. Por suerte llegaron a tiempo y la cosa no fue a más, pero mi abuelo lo contaba como la mayor tragedia de su vida (después de África y Alhucemas se ve que llegó mi hermano de improvisto). El fuego, cuidado con el fuego nos decía. Y aún hoy los que sigue en pie de aquella estirpe y de aquel legado nos insisten: apaga el enchufe, no dejes nada encendido, cuidado con las velas… Porque saben que el fuego devora todo, se come la tierra, acaba con la leña, los animales, tu casa y eso implica la devastación de una familia entera.

Tengo dos imágenes en mi memoria. Una, cuando comenzó el fuego lejos pero veíamos el humo, siempre estábamos atentas al cambio de viento, al monte, si giraba, entonces vimos un corzo pasar justo delante de nosotros y arrojarse al río, jamás lo olvidaré, el animal más hermoso que he visto en mi vida. Y la segunda imagen, cuando el fuego muchos años más tarde llegó a las casas, cómo intentábamos comunicarnos con el resto de las casas, cómo avanzaba como en las crecidas al segundo, cómo las llamas atravesaban las copas de los árboles y la imagen que nunca olvidaré, cuando llegué meses más tarde, y caminé por un bosque de ceniza, ese día se me rompió el corazón de árbol. Cuántos pedazos de corazón podemos llevar rotos y seguir viviendo…Ni un solo animal, ni el canto de un pájaro, nada y los árboles centenarios no milenarios aguantando el embiste de las llamas. Me pareció la imagen más triste del mundo y nosotros los seres más bajos del universo.

En mi tierra nos enseñaron a quitar las malas hierbas, a tener mucha precaución con las quemas, mirar siempre los índices de incendio, ver pastar las vacas, caballos y cabras, comprobar los marcos del monte, estar muy al tanto los días de calor, enseguida levantar la cabeza y pensar si realmente olía a humo o era el miedo. Así aprendimos lo que es el fuego. Pena que esa educación se haya perdido y nuestra conexión con nuestra hermana tierra.

Cuando mi abuelo nos visitaba siempre me decía, estos edificios no me gustan nada, no se respira nada (no bien, nada) y si hay un incendio acuérdate, las llamas suben hacia arriba así que tienes que atar así las cortinas arrojarlas por la ventana y bajar con mucho cuidado para que no se rompa, es mejor que te des un buen coscorrón a que te quemes viva. No lo olvides. Y jamás lo olvidaré.

23/08/2025 0 comments
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EventosPensamiento

Cuando arde la memoria

by Emain Juliana 18/08/2025
written by Emain Juliana

Hoy, cada incendio que arrasa hectáreas de Castilla y León, Galicia, Extremadura o Asturias no es un accidente aislado, sino un síntoma. Es la expresión de una fractura entre lo urbano y lo rural, es la expresión de una fractura social y ambiental que nace del abandono del territorio y de una gestión forestal insuficiente, agravada por el impacto del cambio climático, pero también hay que decir que en torno al noventa y seis por ciento de los incendios son provocados. No hablamos solo de negligencias, descuidos o accidentes, sino también de acciones totalmente deliberadas, de intereses económicos ocultos y de una violencia ejercida contra la tierra que se traduce en humo y devastación. El fuego, en su mayor parte, no es fruto del azar ni de la naturaleza indómita, lo que lo convierte en un espejo aún más duro de nuestra responsabilidad colectiva.

No es casualidad que los lugares más afectados sean a menudo los mismos que cargan con décadas de abandono y despoblación: aldeas donde apenas queda una veintena de vecinos, pueblos que vieron marchar a sus jóvenes hacia las ciudades, campos convertidos en maleza porque ya no hay manos que los limpien. El fuego encuentra allí su camino, y al avanzar no solo destruye paisajes, sino también la débil red de vínculos que todavía mantenía en pie la vida comunitaria.

Desde un punto de vista social, los incendios también exponen la desigualdad territorial. Allí donde hay pueblos pequeños y recursos escasos, la defensa contra el fuego depende en gran medida de la ayuda estatal o de la solidaridad improvisada de los vecinos. En cambio, en zonas turísticas o próximas a áreas urbanas, la respuesta es más rápida, más contundente. Esto genera una herida de fondo: la sensación de que hay vidas que valen menos, territorios que pueden arder sin que al conjunto de la sociedad le importe demasiado. Ese sentimiento alimenta el desencanto y el resentimiento de la España rural, que percibe cómo sus tragedias solo se hacen visibles cuando adquieren la magnitud suficiente para convertirse en espectáculo mediático.

Las cifras oficiales hablan de hectáreas quemadas, número de efectivos desplegados, de millones de euros en pérdidas, carreteras y líneas de tren cortadas pero lo que rara vez reflejan son las vidas rotas tras cada incendio. Las víctimas no son una abstracción: son familias que ven cómo las llamas devoran sus casas en cuestión de minutos, pequeños negocios que desaparecen sin posibilidad de una reconstrucción inmediata, agricultores y ganaderos que pierden la base de su sustento, ancianos que deben abandonar de golpe el lugar donde han vivido siempre. Los desalojados cargan con la incertidumbre de no saber si podrán regresar, y quienes logran salvar la vida llevan consigo una herida invisible, hecha de miedo y desarraigo. En cada incendio hay nombres y rostros concretos que el fuego convierte en exiliados de su propia tierra, y ese impacto humano es la parte más dolorosa y menos reparable de la tragedia.

No quisiera cerrar estas líneas como si la cuestión estuviera concluida, porque no lo está. Cerrar sería una forma de dar por terminada una historia que en realidad permanece abierta, y tal vez la única honestidad posible sea dejar estas palabras así, incompletas. Y no lo cierro tampoco porque sé que volverá a suceder, siempre sucede, porque no se invierte en prevención, las personas no se hacen responsables de sus actos y ahora mismo todo se siente como si el incendio formara ya parte inevitable de nuestra manera de vivir y de recordar.

18/08/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Un paseo estival por la literatura y la evasión

by Beatriz Menéndez Alonso 06/08/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Hay estaciones que son más propicias para el olvido, otras para la memoria, y otras, como el verano, para la invención. En verano se recuerda con mayor intensidad, pero también se sueña con más soltura. Es como si el tiempo —dócil, cálido, extendido— cediera por un instante a los caprichos del alma, permitiéndole vagar sin destino. La luz lo baña todo con una claridad sospechosa: no hay rincón donde esconderse. Y, sin embargo, ¿no es en ese estado de indefensión, de lentitud, de aparente insignificancia, donde nace precisamente la literatura más inquietante?

La literatura no florece en la prisa. Exige otro ritmo, uno más cercano al murmullo que al grito. Por eso no sorprende que tantos escritores hayan escrito —o al menos imaginado escribir— durante los veranos. El verano no es solo una estación climática; es una estación del espíritu. Thoreau se retiró a Walden buscando una comunión con la naturaleza que solo el ritmo solar podía ofrecerle. Vivió dos veranos escribiendo lo que sería Walden; or, Life in the Woods. Cada línea de su libro parece respirar con la humedad del bosque y la lentitud de los días largos. Y Thomas Mann, en su villa de verano en Lübeck, encontraba en el bochorno del mediodía la cadencia ideal para sumergirse en la decadencia de los Buddenbrook.

Vacaciones, decimos, y pensamos en evasión. Pero la literatura que verdaderamente se adentra en el verano lo hace con otra intención: no la de huir del mundo, sino la de escucharlo con más precisión. Lucia Berlin, por ejemplo, no necesitó grandes veranos en villas costeras para extraer oro literario del calor, del polvo, de lo que no se dice. Su prosa —seca, brillante como una botella rota al sol— transforma lo cotidiano en algo ferozmente vivo. Una lavandería bajo la canícula, una cocina desordenada donde el hielo se acaba demasiado pronto, el olor de una camisa empapada en sudor barato: sus veranos no son sublimes ni nostálgicos, son reales. Y por eso importan.

En los relatos de Lucía Berlin, como en Manual para mujeres de la limpieza, el calor nunca es solo meteorológico. Es moral. El calor aprieta y hace visible lo que en invierno se disimula: la pobreza, la adicción, la desesperación íntima. Sus personajes sudan, respiran con dificultad, improvisan ventiladores con cartones. Allí no hay contemplación bucólica sino resistencia. Y sin embargo, también hay belleza: una ternura que se cuela entre el ruido de las cigarras y los ventiladores rotos. La literatura, como el verano de Berlin, no embellece: ilumina.

Es curioso: en la literatura, el verano suele ser el escenario de las grandes transformaciones. Piénsese en Muerte en Venecia. No hay relato más inquietantemente estival. Bajo la luminosidad abrasadora de la laguna, Gustav von Aschenbach se consume, no solo de deseo, sino de revelación. El verano lo expone, lo vuelve frágil, y esa fragilidad es literaria. En El Gran Gatsby, de F.Scott  Fitzgerald, la historia no podría ocurrir en otra estación: el sudor, las fiestas, los trajes blancos, el anhelo de algo que nunca llega… todo está al borde del exceso, como si el calor hubiese diluido los límites morales. La decadencia, como el hielo en un vaso de ginebra, se derrite sin remedio. El calor se vuelve premonición de tragedia: “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Y sin embargo, seguimos pensando en las vacaciones como algo ligero, superficial, incluso banal. Una pausa para “descansar”, como si la mente pudiera desconectarse como se apaga una lámpara.

Pero los grandes escritores han intuido —como Rilke en sus cartas desde Worpswede, o Natalia Ginzburg en sus veranos italianos— que en esa aparente ociosidad se gestan los pensamientos más persistentes. El ocio no es vacío, sino laboratorio. Allí donde el reloj pierde autoridad, se cuela la voz propia. Y en esa voz, la literatura encuentra su terreno fértil.

Los libros que se leen en verano, además, nos delatan. No hay elección más íntima que la lectura vacacional. En invierno uno lee por deber, por rutina, por necesidad intelectual. En verano, en cambio, se lee por deseo. Por puro gozo o por pura melancolía. Uno se lleva a la playa Cumbres Borrascosas y termina sintiendo el viento de los páramos en pleno Mediterráneo. O se adentra en Lolita, como quien juega con fuego, y comprende que el calor puede ser también moral. Incluso los libros “ligeros” que llevamos para no pensar —novelas románticas, thrillers de aeropuerto— nos hablan, aunque no siempre queramos escucharlos. La elección de lectura estival es una forma de confesión.

Los poetas, por su parte, han hecho del verano un motivo obsesivo. Emily Dickinson, desde su encierro, escribía sobre los insectos de julio como si fueran heraldos de una verdad invisible. Sylvia Plath temía el calor porque lo asociaba con el colapso. En  La Campana de Cristal, publicada en inglés como The Bell Jar, sitúa su narración bajo un verano sofocante, asfixiante. El calor aquí no es luz, sino encierro; no es inspiración, sino prueba. Pero incluso en ese peso hay una claridad brutal. La conciencia de Esther Greenwood se agrieta bajo el sol, y a través de esa fractura escribe. Pero otros, como Cesare Pavese, veían en las vacaciones un espejo peligroso: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió, como si el ocio estival desnudara finalmente lo que todo el año hemos evitado mirar.

El verano, por tanto, no es un simple decorado. Es un agente literario. Exige lentitud, exige atención, y exige una cierta valentía para enfrentarse a lo que emerge cuando el mundo baja la voz. En los trenes que van hacia la costa, en los cafés donde el hielo se derrite, en los cuerpos que se exponen al sol, hay materia narrativa esperando ser recogida. Y quizás por eso tantos escritores necesitan huir para escribir: no por el lugar al que van, sino por el silencio que encuentran en el trayecto.

Lo que ocurre con las vacaciones —y con el verano mismo— es que, al igual que la literatura, son esencialmente inútiles en el mejor sentido del término. No producen nada tangible, no mejoran el mundo de forma inmediata, no cotizan en bolsa. Pero nos salvan. Nos devuelven a un estado más poroso, más permeable, más sensible.

El verano pasa, como todo lo vivo. Las vacaciones se disuelven, como la espuma en la arena. Pero lo que permanece —si uno ha estado verdaderamente atento— es esa transformación sutil, casi invisible, que la literatura opera cuando se la deja entrar sin apremio. Bajo el sol, entre las páginas, en medio de las tardes interminables, ocurre lo más improbable: pensamos sin querer, recordamos sin planearlo, sentimos sin protección.

Y eso, después de todo, es la esencia misma de leer. O de vivir.

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LiteraturaPensamiento

Tsunami, la ola que arrasa el tiempo

by Emain Juliana 30/07/2025
written by Emain Juliana

El tsunami, esa ola inmensa que lo traga todo, ha estado presente en el imaginario literario mucho antes de que la ciencia le pusiera un nombre. Desde los mitos más antiguos hasta los relatos modernos han descrito una fuerza descomunal que se traga la tierra, a veces se presenta como castigo, otras como limpieza o ruptura, pero siempre como algo que tras la devastación obliga a comenzar de nuevo. 

A lo largo del tiempo, las olas gigantes no se han visto solo como un fenómeno natural, sino como algo que escapa a cualquier intento de control. En Japón, por ejemplo, forman parte de la memoria colectiva, de una experiencia vivida y repetida con cierta asiduidad. En Europa, en cambio, han representado más bien el miedo a lo desconocido, la sensación de que por muy avanzada que sea una sociedad, la naturaleza siempre puede imponerse. En los libros, el tsunami ha servido para hablar de eso que irrumpe y lo destruye todo, sin previo aviso.

En los textos antiguos, lo que hoy llamaríamos un tsunami aparece muchas veces disfrazado de diluvio. No como un fenómeno aislado, sino como una especie de reset cósmico. En La epopeya de Gilgamesh, uno de los primeros relatos escritos de la humanidad, los dioses deciden exterminar a los hombres con una gran inundación, pero solo Utnapishtim, advertido a tiempo, logra construir una embarcación y sobrevivir. La historia es muy parecida a la del Génesis bíblico, donde Noé también se salva del castigo divino construyendo un arca. En la mitología griega, Deucalión y Pirra escapan de la gran ola enviada por Zeus, y en la tradición hindú, el sabio Manú recibe el aviso de un pez que resulta ser una deidad. En todos los casos, el agua aparece como lo que borra lo anterior y deja espacio para algo nuevo. El mar no solo castiga, también limpia, y lo que llegará después será distinto, aunque no necesariamente mejor.

En Japón, donde los tsunamis forman parte de la historia nacional, la relación con el mar es distinta. No es una figura mitológica ni una metáfora lejana, es una realidad que se repite de manera bastante cotidiana. Desde el siglo VIII, los registros dan cuenta de terremotos y olas gigantes, durante el periodo Edo, se documentaron con detalle en crónicas, mapas y grabados, pero también en canciones populares y en la poesía. La literatura japonesa, especialmente el haiku, ha sabido expresar ese miedo con una sobriedad conmovedora. No hace falta nombrar la ola para que se sienta su peso, a veces está en el silencio previo al desastre, en la arena que se ensancha, en el grito que se apaga. El tsunami, en estos versos tan breves, no es una catástrofe ruidosa, sino una ausencia de sonido. Un momento suspendido en el tiempo que se vuelve irreversible.

En Europa, no se tomó conciencia del tsunami como un fenómeno real hasta el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa en 1755. Aquel día, la ciudad fue sacudida por un seísmo brutal, arrasada por un maremoto y devorada por el fuego, fallecieron decenas de miles de personas. El desastre fue tan inmenso que no cabía en los esquemas mentales de la época, y para colmo sucedió en el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas. Muchos se preguntaron por qué una ciudad tan religiosa era castigada así. ¿Dónde estaba Dios? ¿Qué lógica podía tener aquello? Voltaire, en Cándido, se burla de quienes decían que todo sucede para bien. El terremoto y el tsunami hicieron añicos la idea de que el mundo era un lugar ordenado y justo, y desde entonces la naturaleza empezó a verse no solo como algo hermoso o admirable, sino también como una fuerza capaz de arrasar sin un motivo, simplemente porque sí.

El Romanticismo abrazó esa visión. El mar se convirtió en el escenario de tormentas interiores, de pérdidas, de luchas imposibles. Lord Byron escribió sobre mares embravecidos donde «el alma se disuelve». Víctor Hugo, en Los trabajadores del mar, convirtió al océano en un personaje: un adversario poderoso e indiferente. El mar ya no era solo un decorado de fondo, sino algo que tomaba protagonismo, como un personaje más, capaz de reflejar lo insignificante que puede llegar a ser el ser humano.

En el siglo XX, los tsunamis dejaron de ser un mito para convertirse en hechos documentados y analizados por sismógrafos, observados por científicos y periodistas. En Japón, el gran tsunami de Sanriku en 1933 provocó más de tres mil muertes, y aunque las narraciones que surgieron de aquel desastre no alcanzaron gran difusión internacional, marcaron un cambio en el tono, empezó a ser contado como herida y trauma, como un acontecimiento que transforma para siempre la relación de una comunidad con su territorio. La literatura reflejó ese giro, no siempre a través de novelas, pero sí mediante memorias, poemas, canciones populares o diarios personales que luego circularon como parte de lo vivido.

En Occidente, mientras tanto, encontró un nuevo espacio en la literatura especulativa; en novelas como The Drowned World de J. G. Ballard (1962), el mundo ya no es arrasado por una ola puntual, sino que queda sumergido por completo: las ciudades reposan bajo el agua, el paisaje es una ruina líquida y ya no hay castigo, ni juicio, ni drama moral, sino transformación. En estas narraciones, la ola no representa un final, sino una mutación, y lo que surge después no es lo que había antes, sino otra cosa: otro mundo, otro cuerpo  y otro orden.

En el siglo XXI, se convirtió en una realidad inmediata, vivida en directo a través de las televisiones, porque la tragedia del océano Índico en 2004, seguida por el desastre de Fukushima en 2011, transformó para siempre la forma en que se perciben estos fenómenos. Ya no se trataba de imaginar la destrucción, sino de verla avanzar en tiempo real mientras arrasaba ciudades, y esa visibilidad cambió también su lugar en la literatura, que comenzó a responder no solo desde la ficción sino también desde la necesidad de dar testimonio. Obras como Wave de Sonali Deraniyagala, donde la autora relata la pérdida de toda su familia en Sri Lanka, o antologías como March Was Made of Yarn, que recogen testimonios tras Fukushima, no buscan explicar lo ocurrido sino sostener lo que queda, hablar sobre el duelo y el miedo persistente, la reconstrucción lenta y los silencios que apenas se pueden nombrar.

Desde entonces, la escritura ha convertido estas catástrofes en una presencia real, en memoria colectiva. Ya no se representa como un giro dramático o un evento distante, sino como una vida partida en dos, con un antes y un después que es imposible de borrar. En este nuevo ciclo, las olas recuperan su protagonismo no como escenario romántico ni como fondo simbólico, sino como una fuerza que es tangible y su impacto influye no solo por lo que destruyen, sino por todo lo que obligan a reconstruir: el lenguaje, los vínculos, la memoria, el paisaje y las certezas. De este modo, lo verdaderamente devastador no siempre es el agua en movimiento, sino el vacío que deja cuando todo ya ha quedado en silencio.

30/07/2025 0 comments
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