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La Odisea

Cine

Christopher Nolan y el regreso de Odiseo: cuando el mito vuelve a casa

by Beatriz Menéndez Alonso 01/08/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Antes de que existiera el cine, Homero ya había imaginado la primera gran superproducción de la historia. Bastaron unos miles de versos para levantar tempestades, monstruos, dioses, ciudades incendiadas y un hombre condenado a descubrir que el viaje más difícil no consistía en atravesar el Mediterráneo, sino en regresar a casa. Desde entonces, cada época ha filmado su propia Odisea.

Mario Camerini convirtió a Kirk Douglas en el héroe musculoso del Hollywood clásico; Andrei Konchalovsky buscó una adaptación mucho más cercana al poema; y Uberto Pasolini, en The Return, encontró en Ralph Fiennes a un rey envejecido, más preocupado por las heridas de la guerra que por la gloria del pasado.

Christopher Nolan no parece querer competir con ninguno de ellos. Su ambición parece otra: dialogar con Homero para volver a contar una historia que, después de casi tres mil años, continúa revelando algo esencial sobre la condición humana.

Conviene aclarar una cuestión que suele generar confusión. El héroe de Homero se llama Odiseo (Odysseus) en griego. Fueron los romanos quienes transformaron su nombre en Ulises (Ulixes), la forma que terminó imponiéndose en gran parte de la literatura occidental. No son dos personajes distintos, sino dos nombres para un mismo hombre.

Sin embargo, ambos evocan tradiciones diferentes. “Odiseo” nos remite al héroe de Homero; “Ulises”, al personaje que han reinventado Dante, Tennyson, Joyce o Kazantzakis. El primero pertenece al mundo del mito griego; el segundo representa la larga sombra cultural que ese mito proyectó sobre Occidente.

La primera imagen de Nolan ya deja claras sus intenciones. No aparece ningún personaje. Lo primero que vemos es el caballo de Troya, semienterrado en la arena, convertido en una reliquia arqueológica.

Durante unos segundos resulta imposible no pensar en aquella inolvidable secuencia final de El planeta de los simios, cuando la Estatua de la Libertad emerge entre los restos de una civilización extinguida. Allí contemplábamos el final de un mundo; aquí observamos la memoria petrificada de una guerra que continúa habitando a quienes sobrevivieron.

Es un comienzo extraordinario porque desplaza el centro del relato. Nolan apenas se interesa por la conquista de Troya. Lo que realmente le importa son las cicatrices que dejó la victoria.

La estructura narrativa también ha sido objeto de numerosas críticas. Nolan sitúa la acción años después del conflicto y reconstruye el viaje mediante continuos saltos temporales. Muchos han visto en ello otra de sus habituales piruetas narrativas, pero basta regresar al poema para descubrir que Homero ya utilizaba una lógica semejante.

Odiseo nunca cuenta su historia de forma lineal. La recuerda, la reconstruye desde la memoria, la ordena mientras intenta comprenderla. El director simplemente traslada esa estructura al lenguaje cinematográfico y convierte el recuerdo en la verdadera arquitectura de la película.

En ese sentido, La Odisea resulta mucho más homérica de lo que algunos de sus detractores parecen admitir.

Matt Damon interpreta un Odiseo inesperadamente frágil. Carece de la insolencia física de Kirk Douglas, de la autoridad heroica de Armand Assante o del tono elegíaco que Ralph Fiennes imprimía al personaje en The Return. Su Ulises parece un hombre agotado, casi vencido; alguien que empieza a comprender que regresar puede resultar más difícil que conquistar una ciudad.

No es una interpretación irreprochable. Damon transmite con solvencia el cansancio físico y moral del personaje, pero rara vez consigue proyectar aquello que convierte a Odiseo en uno de los grandes protagonistas de la literatura universal: una inteligencia capaz de dominar cualquier situación.

Nunca termina de aparecer plenamente esa mezcla de astucia, liderazgo, orgullo y autoridad que explica que Homero lo llamara repetidamente “el de los muchos recursos”. Durante buena parte del metraje resulta más sencillo creer que estamos viendo a un náufrago exhausto que al rey de Ítaca.

Frente a él, Anne Hathaway construye probablemente la Penélope más interesante que ha ofrecido el cine contemporáneo.

Consigue algo extraordinariamente difícil: hacer que la espera posea tanta intensidad dramática como el viaje. Mientras Odiseo sobrevive gracias al ingenio, Penélope mantiene en pie un reino utilizando otra forma de inteligencia mucho más silenciosa.

Siempre me ha fascinado pensar que el caballo de Troya y el telar de Penélope representan exactamente la misma idea: vencer gracias a la inteligencia cuando la fuerza resulta insuficiente.

Quizá ahí resida el auténtico corazón de La Odisea.

La desaparición de Nausícaa y de buena parte del episodio de los feacios resulta significativa.

Nolan parece haber sacrificado esas etapas para concentrar toda la tensión emocional en el regreso a Ítaca y en el reencuentro con Penélope. Es una elección discutible, pero coherente con la película que desea construir.

La Odisea suele recordarse por sus episodios más espectaculares —Polifemo, las sirenas, Circe o el descenso al Hades—, pero Homero construye el poema sobre un principio mucho más profundo: la hospitalidad, la xenia.

La xenia no era una simple norma de cortesía, sino una institución sagrada protegida por Zeus Xenios, que regulaba la relación entre el extranjero y quien lo recibía. En un mundo donde el viajero dependía de la generosidad ajena para sobrevivir, respetar al huésped equivalía a preservar el propio orden de la civilización.

Cada encuentro de Odiseo pone a prueba ese principio. Los feacios representan su expresión más elevada: acogen al desconocido antes incluso de preguntarle su nombre, lo alimentan, lo escuchan y finalmente lo conducen hasta Ítaca cargado de regalos. Eumeo, el porquerizo, repite ese mismo gesto en una humilde cabaña, demostrando que la nobleza moral no depende del rango social.

Incluso Menelao y Helena reciben a Telémaco conforme a ese antiguo código: las preguntas pueden esperar; primero debe atenderse la necesidad del viajero.

Frente a ellos, Polifemo representa la negación absoluta de la xenia. El cíclope desprecia las leyes de Zeus, rechaza cualquier obligación hacia el extranjero y convierte al huésped en alimento. Su barbarie no reside únicamente en el canibalismo, sino en algo más profundo: su incapacidad para reconocer que existe un deber hacia el otro.

La estancia de Odiseo con Calipso introduce una dimensión más compleja. La ninfa salva al náufrago y le ofrece refugio, pero transforma esa acogida en cautiverio al impedirle regresar a Ítaca. Homero muestra así que incluso el cuidado puede convertirse en una forma de dominación cuando priva al huésped de su libertad.

La mayor transgresión de este principio, sin embargo, ocurre en la propia casa de Odiseo. Los pretendientes ocupan durante años su palacio, consumen sus bienes y utilizan en su beneficio las obligaciones de la hospitalidad. No son simplemente invitados insolentes: son usurpadores que corrompen el fundamento mismo de la xenia. Por eso su castigo final no aparece únicamente como una venganza personal, sino como la restauración de un orden moral quebrantado.

Todo indica que Nolan ha comprendido la importancia de este eje ético y lo coloca en el centro de su adaptación.

 Más allá de los monstruos, las tormentas y las grandes escenas épicas, la historia termina planteando una pregunta sorprendentemente contemporánea: cómo tratamos al extranjero, qué significa abrir la puerta de nuestra casa y hasta qué punto una civilización puede definirse por la manera en que recibe a quien llega desde lejos.

No todo funciona con la misma eficacia.

La primera hora resulta excesivamente pausada y cuesta que la historia encuentre su ritmo. Algunos personajes secundarios parecen poco integrados en el universo clásico y Charlize Theron, impecable desde el punto de vista visual, aparece por momentos más cercana a una imagen publicitaria de alta costura que a una figura surgida de la tragedia griega.

También resulta discutible el tratamiento de Atenea.

En el poema homérico, la diosa no es únicamente una protectora de héroes: es una fuerza activa que dirige buena parte del relato. Ella persuade a Zeus para favorecer el regreso de Odiseo, guía a Telémaco durante su transformación, interviene en los momentos decisivos y representa la inteligencia estratégica que permite que el héroe sobreviva allí donde la fuerza resulta insuficiente.

La Atenea de Nolan conserva su papel de protectora, pero transmite una presencia mucho más contenida y terrenal. Pierde parte de la majestuosidad, la autoridad y el peso simbólico que posee en Homero. La diosa que en el poema encarna la razón superior que ordena el caos aparece aquí más como una acompañante del destino de Odiseo que como una de las grandes arquitectas de su regreso.

Esta diferencia resulta importante porque modifica la naturaleza del héroe. En Homero, Odiseo nunca está completamente solo: su inteligencia humana dialoga constantemente con una inteligencia divina que lo guía. Al reducir la presencia de Atenea, la película convierte el viaje en una experiencia más íntima y psicológica, pero también pierde parte de la dimensión mitológica original.

Más discutibles son algunas ausencias.

Desaparece el célebre episodio de “Mi nombre es Nadie”, uno de los momentos más brillantes de toda la literatura occidental. El enfrentamiento con Polifemo pierde precisamente aquello que definía a Odiseo: su capacidad para vencer mediante la palabra, la astucia y el engaño.

En el poema, el héroe no derrota al cíclope por fuerza física, sino porque entiende que el lenguaje puede convertirse en un arma. Su nombre falso no es únicamente un recurso narrativo; es una declaración de principios: sobrevivir depende de saber leer el mundo y manipular sus reglas.

Las sirenas, por su parte, apenas tienen tiempo para desarrollar la poderosa metáfora que representan. En Homero simbolizan el conocimiento absoluto y la tentación de abandonar el camino por el deseo de escuchar aquello que ningún hombre debería conocer. Nolan privilegia el impacto visual frente a la complejidad simbólica de estos episodios.

Es una decisión legítima, aunque revela una de las tensiones centrales de cualquier adaptación de un clásico: cuanto más se concentra la historia en su dimensión emocional, más elementos míticos quedan necesariamente relegados.

Existe además una cuestión que trasciende la propia película: el formato.

Vista en una sala convencional, la experiencia transmite la sensación de contemplar una imagen constantemente limitada. Nolan vuelve a diseñar su cine para un reducido número de salas IMAX capaces de mostrar el encuadre completo, una decisión que ya había marcado algunas de sus obras anteriores.

El resultado es paradójico: millones de espectadores acceden a una versión técnicamente incompleta de una película concebida para otro tipo de exhibición. Es una apuesta artística coherente con su defensa de la experiencia cinematográfica tradicional, pero también plantea una contradicción evidente: una obra pensada para recuperar la grandeza del cine puede terminar siendo parcialmente inaccesible para buena parte del público.

Y, sin embargo, sería injusto reducir La Odisea a la suma de sus defectos.

Vivimos un momento en el que el cine parece debatirse entre franquicias diseñadas para prolongarse indefinidamente y una inteligencia artificial que promete fabricar imágenes mediante simples instrucciones de texto. En ese contexto resulta casi emocionante que un director decida construir un caballo de Troya a escala real para trasladarlo por una playa auténtica o levantar una gigantesca marioneta para representar al cíclope en lugar de delegar cada elemento en una pantalla digital.

No se trata únicamente de nostalgia. Es una defensa del propio lenguaje cinematográfico: del peso de los objetos, de la textura de los decorados, de la imperfección de la materia y de la capacidad de una imagen real para transmitir una sensación que ningún efecto digital puede sustituir completamente.

En una época dominada por la simulación, Nolan parece recordar que el cine nació precisamente de la fascinación por capturar aquello que existe delante de una cámara.

Ningún director puede adaptar La Odisea respetando cada verso de Homero. Adaptar nunca ha significado copiar; significa interpretar. Cada época vuelve al mito porque necesita encontrar en él sus propias preguntas.

Nolan lo hace desde una sensibilidad contemporánea, sacrificando episodios, modificando ritmos y desplazando el centro del relato hacia la memoria, la pérdida y el deseo de regresar. Su película no busca reproducir el poema, sino dialogar con él.

No estamos ante una obra perfecta ni ante la adaptación definitiva de Homero. Tiene imperfecciones evidentes, decisiones discutibles y algunas pérdidas dolorosas para quienes conocen el texto original. La ausencia de determinados episodios, la menor presencia de Atenea o la transformación de un Odiseo menos dominante de lo esperado pueden generar debate entre los espectadores más cercanos al poema.

Pero posee una virtud extraordinariamente rara en el cine actual: cree en la grandeza de los mitos y en la inteligencia del espectador.

En un tiempo en el que muchas historias parecen construidas para ser consumidas rápidamente y olvidadas poco después, Nolan decide mirar hacia atrás, hacia una obra escrita hace casi tres mil años, para recordar que seguimos habitando las mismas preguntas.

Quizá por eso el verdadero viaje de Odiseo nunca fue atravesar mares, enfrentarse a monstruos o escapar de los dioses. El verdadero viaje fue comprender quién era después de haberlo perdido casi todo.

Y esa es la razón por la que Homero sigue hablándonos.

En una época obsesionada con llegar cada vez más lejos, Christopher Nolan ha decidido recordarnos algo mucho más antiguo: que todos los viajes, incluso los más extraordinarios, terminan conduciendo hacia una misma pregunta.

Quiénes somos.

Qué significa volver a casa.

Y cuánto estamos dispuestos a perder durante el camino.

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