Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Copyright 2022 - All Right Reserved
Tag:

Edgar Allan Poe

LiteraturaPensamiento

¿Quién yace en la tumba de un poeta?

by Beatriz Menéndez Alonso 23/04/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Un nombre, sin duda. Una piedra, una fecha, tal vez dos. Un epitafio cuidadosamente cincelado en letras doradas que prometen eternidad. Pero en el fondo, ¿qué hay? Nada. Polvo, si acaso. El poeta no está allí. Nunca estuvo. La tumba, como las palabras, guarda apenas un simulacro de presencia.

Las tumbas de los poetas constituyen un fenómeno que desborda el simple acto funerario. Allí no termina la vida literaria del autor, sino que —en muchos casos— comienza otra: una vida póstuma hecha de lecturas, visitas, evocaciones, inscripciones, apropiaciones simbólicas. Frente a estos sepulcros no se trata solo de recordar, sino de leer. No es el duelo lo que funda su singularidad, sino el texto. La tumba de un poeta es un lugar donde la muerte se convierte en literatura y la literatura, en un ritual persistente de memoria activa.

En apariencia, una tumba conserva. Conserva un cuerpo, una memoria, un nombre. Pero en el caso del poeta, la tumba conserva poco o nada del sujeto que fue. El cuerpo desaparece —es bien sabido—, y el poeta, reducido a polvo, no yace de verdad allí. Y, sin embargo, la tumba se llena de significado. ¿Por qué?

La tumba como texto

Porque la poesía, a diferencia de otras formas de discurso, no termina con la vida de quien la escribió. La poesía no se agota. Y así como la voz del poeta no muere del todo, su tumba tampoco es un silencio. Se convierte en texto. No es casual que muchos epitafios hayan sido redactados por los propios escritores. La lápida funciona como un último gesto literario: una frase breve destinada a sobrevivir a quien la escribió.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en la tumba de William Shakespeare, en Stratford-upon-Avon:

“Blessed be the man that spares these stones,
And cursed be he that moves my bones”.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito quien mueva mis huesos.

La advertencia tiene algo de conjuro. Durante siglos nadie se atrevió a exhumar sus restos. Pero más allá de su función protectora, el epitafio produce un efecto literario evidente: incluso después de muerto, Shakespeare sigue hablando.

La tumba no guarda silencio. La tumba recita.

En la tradición española, Mariano José de Larra representa una de las figuras más potentes de esta intersección entre literatura y muerte. Su suicidio en 1837, a los 27 años, fue interpretado por la posteridad como un acto estético, romántico y casi programático. Su tumba, en el cementerio de San Justo, ha sido visitada, evocada y citada desde entonces.

Especialmente notable es la visita de Gustavo Adolfo Bécquer, quien, según la tradición, acudió a la tumba de Larra en la noche del 13 de febrero, aniversario de su muerte, y escribió una de sus leyendas más conocidos, El miserere, donde la voz de los muertos se mezcla con la música espectral. Larra se convierte, así, en un símbolo: no solo del fracaso político de su tiempo, sino de la persistencia de la palabra más allá de la vida.

En este sentido, su tumba opera como una especie de palimpsesto emocional y literario. Sobre ella se inscriben no solo epitafios, sino también interpretaciones, afectos, lecturas. El lector que se acerca a Larra muerto no busca únicamente los restos del hombre, sino el rastro del escritor. Lee en la tumba como si fuera una página.

No es casual que escritores del siglo XX —como Azorín o Unamuno— siguieran evocándolo y leyéndolo. Su tumba opera como un nodo de significación. Un lugar de lectura y de relectura.

Si la tumba puede convertirse en texto, también puede ocurrir lo contrario: que el texto sustituya completamente a la tumba.

El caso de Federico García Lorca en este sentido resulta ejemplar. Asesinado en 1936 durante los primeros días de la Guerra Civil española, su cuerpo nunca fue encontrado con certeza. No existe una tumba identificable.

Sin embargo, su presencia cultural es extraordinariamente intensa.

La ausencia física del sepulcro no ha impedido la construcción de un espacio simbólico de memoria. Al contrario, la falta de tumba ha reforzado el carácter espectral de su figura.

La obra de Lorca funciona como una tumba textual: un lugar donde su voz continúa resonando.

En la literatura inglesa, la muerte del poeta ha sido una escena intensamente dramatizada. John Keats, cuya tumba en el cementerio protestante de Roma reza “Here lies one whose name was writ in water”, Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua, encarna la fragilidad del genio joven, incomprendido y precozmente desaparecido. El agua borra toda inscripción; nada permanece en ella. Sin embargo, la historia literaria produjo una ironía notable: el nombre de Keats no se disolvió. Se convirtió en uno de los pilares de la poesía romántica inglesa.

Algo similar ocurre con Percy Bysshe Shelley, también enterrado en Roma, cerca de Keats, y cuya muerte trágica en el mar refuerza la estética de la ruina romántica. Su epitafio cita The Tempest de Shakespeare:

“Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange”.

Nada de él se desvanece,
sino que sufre una transformación marina
en algo rico y extraño.

En el caso de Oscar Wilde, la tumba adopta una forma aún más singular. Su sepulcro en el cementerio de Père-Lachaise, en París, es una escultura monumental del artista Jacob Epstein: un ángel alado de líneas geométricas, casi futuristas. Durante décadas, los visitantes dejaron sobre la piedra miles de marcas de lápiz labial como gesto de homenaje. La tumba se convirtió en una superficie de escritura colectiva.

No era un gesto trivial. Wilde había escrito en The Ballad of Reading Gaol (La Balada de la cárcel de Reading es un poema escrito por Oscar Wilde durante su exilio en  Berneval, Francia, tras su liberación de la prisión de Reading en torno al 19 de mayo de 1897) una de las meditaciones más intensas sobre la muerte y el castigo:

“Yet each man kills the thing he loves.”

Y, sin embargo, cada hombre mata aquello que ama.

La tumba de Wilde, cubierta durante años de besos y de nombres, demuestra hasta qué punto la memoria literaria se construye también mediante gestos corporales, afectivos y rituales.

Algo semejante podría decirse de Edgar Allan Poe, cuya tumba en Baltimore fue durante mucho tiempo un lugar modesto, casi olvidado. Con el paso de los años, sin embargo, se convirtió en un sitio de peregrinación literaria. Durante décadas, un visitante anónimo —conocido como the Poe Toaster (Brindador de Poe)— acudía cada 19 de enero, aniversario del nacimiento del poeta, para dejar tres rosas y una botella de coñac sobre la lápida.

El ritual, repetido durante más de medio siglo, demuestra que la tumba de un poeta no pertenece únicamente al pasado. Es también una escena ritual que se reactiva periódicamente. Un acto de lectura silenciosa, de memoria reiterada.

Su tumba, como la de Keats, Shelley, Wilde, no es solo un lugar de descanso, sino una prolongación del texto que dejaron. Ambos sepulcros son visitados, fotografiados, leídos. Son, como diría Roland Barthes, textos abiertos a la interpretación.

Lord Byron, por su parte, murió lejos de Inglaterra, en Missolonghi (o Mesolongi, Grecia), luchando por la independencia griega. Su cuerpo regresó, pero su mito se había vuelto transnacional. La tumba de Byron —y más aún su ausencia simbólica en Westminster Abbey, donde durante mucho tiempo se le negó sepultura— demuestra que el cuerpo del poeta no siempre encuentra su lugar en la patria, pero su palabra sí la encuentra en la posteridad.

Si retrocedemos aún más en el tiempo, encontramos el caso paradigmático de Dante Alighieri. Su tumba se encuentra en Rávena, no en Florencia, la ciudad que lo vio nacer y de la que fue exiliado. Durante siglos, Florencia intentó recuperar sus restos sin éxito.

La inscripción de su sepulcro recuerda su condición de desterrado:

“Parvi Florentia mater amoris”.

Florencia, madre de poco amor.

La tumba de Dante materializa una tensión fundamental entre ciudad, memoria y literatura. El poeta que escribió la Divina Comedia —uno de los textos fundacionales de la literatura occidental— descansa lejos de su patria. Sin embargo, su obra constituye un territorio simbólico mucho más vasto que cualquier ciudad.

Oscar Wilde

Frente a estas tumbas, el lector no solo recuerda, sino que lee. No lee únicamente lo escrito en mármol, sino lo que resuena en la memoria colectiva. El lugar físico de la tumba se convierte en una página más del archivo literario.

Desde una perspectiva filosófica, la persistencia de los poetas después de su muerte puede pensarse a partir del concepto de espectralidad desarrollado por Jacques Derrida. En su obra Specters of Marx, Derrida introduce la idea de que toda escritura posee una dimensión espectral: algo que continúa actuando incluso cuando la presencia material del autor ha desaparecido. La escritura no pertenece del todo al presente ni al pasado; opera en un tiempo diferido, en una zona intermedia donde la voz se repite sin coincidir plenamente con quien la pronunció.

Este desfase constituye una de las condiciones fundamentales de la literatura. Cuando un lector abre un libro escrito hace siglos, la voz que encuentra no proviene de un sujeto vivo en sentido inmediato, pero tampoco está completamente extinguida. Se trata de una presencia sin cuerpo, una forma de supervivencia discursiva que se activa cada vez que el texto es leído. El poema habla, pero quien habla ya no está.

La escritura, en este sentido, funciona como una tecnología del aplazamiento. Permite que la palabra sobreviva a la vida biológica de quien la produjo. Allí donde la voz oral desaparece con el hablante, el texto permanece disponible para futuras reactivaciones. Cada lectura reabre la escena de la enunciación.

Por eso el autor, una vez muerto, adquiere inevitablemente una dimensión espectral. No desaparece por completo; se transforma en una figura que habita el espacio ambiguo de la memoria cultural. Su presencia se manifiesta en citas, interpretaciones, ediciones, traducciones, discusiones críticas. El autor se dispersa en las múltiples formas que adopta su obra dentro de la tradición literaria.

Las tumbas de los poetas hacen visible esta paradoja de manera particularmente intensa. En principio, un sepulcro señala una ausencia: indica que un cuerpo ha dejado de existir. Pero cuando ese sepulcro pertenece a un poeta, el significado del lugar se modifica. La lápida afirma la muerte del individuo, mientras que la obra continúa generando nuevas lecturas.

El cementerio, espacio asociado habitualmente al silencio, se convierte entonces en un lugar atravesado por el lenguaje.

23/04/2026 0 comments
0 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Vidas en conflicto

Edgar Allan Poe y el precio de la obsesión

by Uve Magazine 28/03/2026
written by Uve Magazine

La vida de Edgar Allan Poe ha sido tantas veces deformada por la leyenda del escritor maldito que resulta fácil olvidar algo esencial: antes que un personaje sombrío de biografía novelesca, Poe fue un autor de una inteligencia rigurosa, un artesano de la forma y un crítico extremadamente consciente de los efectos que quería producir en el lector. Su figura quedó envuelta muy pronto en una visión de decadencia, el alcohol, la pérdida y la muerte, y es cierto que todos esos elementos marcaron su existencia, pero limitarse a ellos impide ver lo más interesante. Poe no fue únicamente un hombre acosado por la desgracia, sino también un escritor que convirtió la inestabilidad material, el duelo, la ansiedad y la conciencia del fracaso en una obra de precisión casi matemática, donde el horror rara vez es un desahogo y suele ser, más bien, una construcción cuidadosamente calculada.

Nació en Boston en 1809 y quedó huérfano siendo todavía un niño. Su padre desapareció pronto y su madre, actriz, murió cuando Poe era muy pequeño. Fue acogido por John y Frances Allan, aunque esa acogida nunca llegó a traducirse en una pertenencia plena. Vivió, por tanto, en una posición ambigua, entre el amparo y la provisionalidad, entre la educación de un joven destinado a integrarse socialmente y la fragilidad del que sabe que ese lugar no le pertenece del todo. La relación con John Allan se deterioró con el tiempo, sobre todo a causa de las deudas, las expectativas frustradas y una incompatibilidad de temperamentos que acabó dejando a Poe sin la estabilidad económica que podría haber cambiado su destino. Esta herida temprana, que mezcla desarraigo afectivo y dependencia material, resulta importante porque en Poe hay siempre personajes al borde del colapso, sujetos que intentan sustentar una identidad o una autoridad mientras todo a su alrededor se descompone.

Su paso por la Universidad de Virginia y más tarde por el ejército no resolvió nada. Arrastró dificultades económicas, tensiones personales y una sensación persistente de no encontrar un lugar duradero en el mundo. Lo decisivo, sin embargo, es que esa precariedad no lo apartó de la literatura, sino que lo obligó a vivir de ella en un momento en que hacerlo en Estados Unidos era poco menos que una condena a la estrechez. Poe trabajó en revistas, corrigió textos, escribió reseñas, cuentos, poemas y ensayos, y lo hizo dentro de un mercado literario inestable y mal pagado, que exigía rapidez, visibilidad y capacidad para atraer lectores. De ahí surgió buena parte de su versatilidad. No solo inventó o fijó recursos narrativos que tendrían continuidad en la literatura posterior, sino que además reflexionó sin descanso sobre qué era un poema, cómo debía construirse un relato breve y de qué manera la unidad de efecto era decisiva para que una obra alcanzara intensidad.

Ese aspecto teórico de Poe suele quedar desplazado por su fama de autor oscuro, cuando en realidad es central. En textos como The Philosophy of Composition o en sus reseñas y comentarios críticos aparece un escritor obsesionado con el control formal, con la economía de medios y con la necesidad de que cada elemento contribuya al resultado final. Puede discutirse hasta qué punto sus explicaciones sobre el proceso de escritura fueron sinceras o estratégicas, pero lo importante es que revelan una conciencia artística nada improvisada. Poe se opone así a la imagen del genio arrebatado que escribe empujado solo por la fiebre o la desgracia. Incluso en sus piezas más delirantes hay cálculo, estructura y una voluntad de exactitud que explica por qué sigue siendo tan legible y tan moderno.

En su poesía, esa mezcla de música, pérdida y artificio alcanza una intensidad muy particular. The Raven es el ejemplo más célebre, pero no conviene reducirlo a una pieza de atmósfera o a un poema de fácil iconografía. En él ya está la teatralidad del duelo, la obsesión verbal, la repetición como mecanismo mental y una voz poética atrapada en su propio deseo de insistir allí donde no hay respuesta posible. Algo parecido ocurre en Annabel Lee, Ulalume o Lenore, donde la muerte de la mujer amada aparece menos como simple motivo romántico que como fijación que organiza el recuerdo y deforma el presente. Es difícil no relacionar esos poemas con la enfermedad y muerte de Virginia Clemm, su esposa, cuya larga agonía marcó profundamente a Poe, pero sería un error leerlos solo como biografía cifrada. Lo que hace importante esa poesía es el modo en que convierte la pérdida en ritmo, insistencia y escena mental, de manera que el lector no contempla únicamente una desgracia, sino una conciencia incapaz de salir de ella.

En la narrativa breve es donde su genio se vuelve más evidente. Poe entendió muy pronto que el cuento no debía ser una novela en miniatura, sino una forma específica, cerrada sobre sí misma, donde cada detalle actuase con intensidad. En relatos como The Fall of the House of Usher, Ligeia, Berenice o The Black Cat, la descomposición física y moral no aparece como un simple catálogo de horrores, sino como el modo en que la mente percibe un mundo que ha dejado de ser estable. Sus narradores suelen estar heridos por la culpa, la obsesión, el miedo o el autoengaño, y precisamente por eso el terror en Poe no depende tanto de monstruos externos como de una percepción alterada, de una sensibilidad que se vuelve incapaz de sostener la realidad sin deformarla. La casa de Usher no es solo un escenario gótico memorable, sino una extensión enfermiza de la conciencia; el corazón que late bajo el suelo en The Tell-Tale Heart no es únicamente un efecto macabro, sino la forma acústica de la culpa.

Ahí reside buena parte de su modernidad. Poe desplaza el centro del espanto desde lo sobrenatural hacia la psicología, aunque nunca renuncie del todo a la ambigüedad. Lo terrible no siempre consiste en que ocurra algo imposible, sino en que la razón empiece a resquebrajarse y el sujeto ya no pueda fiarse ni de lo que ve ni de lo que piensa. Ese camino lo convertiría en una referencia decisiva para la literatura fantástica posterior, para el simbolismo, para el decadentismo e incluso para formas del terror contemporáneo que siguen explorando el deterioro mental como fuente de inquietud.

Pero Poe no solo transformó el relato de terror. También abrió el camino del cuento detectivesco con The Murders in the Rue Morgue, The Mystery of Marie Rogêt y The Purloined Letter, textos en los que Auguste Dupin inaugura una inteligencia analítica que más tarde cristalizaría en Sherlock Holmes y en toda una tradición posterior. Lo notable es que esta invención surge del mismo autor que escribía sobre enterramientos prematuros, criptas y dobles. Lejos de ser facetas incompatibles, ambas revelan una misma obsesión: penetrar en lo oculto, reconstruir un orden invisible, demostrar que el caos puede leerse si se descifra bien la superficie. En Poe conviven así la fascinación por lo irracional y el placer del análisis, la pesadilla y el método, y esa convivencia lo vuelve especialmente rico.

Su vida siguió siendo desordenada y dura. Nunca consiguió verdadera seguridad económica, sus relaciones profesionales fueron tensas, su salud era frágil y su vínculo con el alcohol agravó una vulnerabilidad que ya existía. La muerte de Virginia lo dejó devastado y sus últimos años fueron erráticos. Murió en 1849, en circunstancias todavía discutidas, después de haber sido hallado en muy mal estado en Baltimore. La posteridad, además, quedó condicionada por la campaña hostil de Rufus Griswold, que ayudó a fijar la imagen de Poe como un ser degenerado y autodestructivo, imagen que tardó mucho en corregirse.

Sin embargo, lo verdaderamente perdurable en Poe no es el escándalo biográfico, sino la densidad de una obra que supo convertir la inestabilidad en forma. Fue un escritor que vivió bajo asedio, por las deudas, por el duelo, por la humillación social y por sus propias fracturas, pero que respondió a ese asedio no con desorden expresivo, sino con una disciplina artística extraordinaria. En sus mejores páginas hay belleza, sí, pero una belleza inseparable de la presión, del encierro y del temblor. En Poe, la literatura convierte la pérdida, la obsesión y el miedo en una estructura verbal de gran precisión, donde el desorden de la vida adquiere forma sin desaparecer del todo.

28/03/2026 0 comments
0 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Literatura

La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma

by Emain Juliana 03/06/2025
written by Emain Juliana

Durante más de dos siglos, la literatura gótica ha servido como un oscuro espejo en el que la humanidad ha proyectado sus miedos más profundos. Lo que en sus inicios fueron ruinosos castillos, pálidas y lánguidas damas perseguidas y pasadizos secretos, se ha transformado en laberintos mentales, cuerpos heridos y casas modernas llenas de silencios. El gótico no solo ha sobrevivido por su estética —tan reconocible como fácilmente parodiable—, sino por su capacidad de encarnar lo que no sabemos nombrar. Nació como un género literario en el siglo XVIII con El castillo de Otranto de Horace Walpole, y lo hizo bajo el signo del exceso: exceso de emoción, de oscuridad, de pasado. Desde el inicio, fue un espacio narrativo para lo marginal, lo reprimido y lo disonante. Ann Radcliffe, combinaba superstición y razón, y Matthew Lewis, narraba con una audacia escandalosa, un ejemplo de ello es El monje. Estos autores confirmaron que el gótico era algo más que una moda literaria: era una forma de canalizar las tensiones morales y sociales de su tiempo. Las protagonistas lánguidas y encerradas, los escenarios en los que se desarrollaban los textos parecían devorar a los personajes, las figuras del doble, del espectro, del monstruo: todo estaba dispuesto para hablar, de forma velada o explícita, de lo que no se podía decir de otro modo. El miedo como lenguaje y el deseo como amenaza fueron sus claves desde el comienzo.

A medida que avanzaba el siglo XIX , el género se fue refinando y diversificando. Con Mary Shelley, el monstruo dejó de ser una criatura fantástica para convertirse en resultado de la ambición humana, y en su Frankenstein el horror no está en el cadáver animado, sino en la responsabilidad moral del creador. Con Edgar Allan Poe, el miedo se volvió psicológico, clínico incluso, habitando en el deterioro de la mente, en la percepción alterada, en la pulsión de muerte que asoma bajo la belleza. Y con Bram Stoker, el género alcanzó su dimensión más simbólica: el vampiro como metáfora del contagio, del deseo, del colonialismo y de la degeneración. Cada uno de estos autores transformó el castillo gótico en otra cosa: laboratorio, cripta, ciudad, mansión, celda mental. Las historias dejaron de hablar de un mal externo para mostrar que el verdadero monstruo podía vivir bajo la piel, en la conciencia o en la herencia. Ya no bastaba con huir: lo verdaderamente inquietante era no poder escapar de uno mismo.

En el siglo XX, los textos experimentaron una mutación mucho más íntima. La casa embrujada, por ejemplo, dejó de ser una reliquia del pasado para convertirse en símbolo del trauma moderno. La maldición de Hill House de Shirley Jackson es el mejor ejemplo, en la novela, su protagonista no huye de un espectro, sino de su propia historia personal, y encuentra en la arquitectura de la mansión un amplificador emocional. La casa no está poseída por un espíritu, sino por una tensión acumulada. El espacio, como en muchas obras góticas posteriores, se convierte en una extensión del cuerpo, también del dolor psíquico y de un conflicto no resuelto. Esta tendencia no ha hecho mas que consolidarse en las últimas décadas, especialmente de la mano de autoras que han hecho del gótico un género profundamente femenino y político. Mariana Enríquez, por ejemplo, nos traslada a las calles de Buenos Aires, donde lo monstruoso no es un vampiro, sino la pobreza, la represión, la violencia policial o los fantasmas de la dictadura. Carmen María Machado, por su parte, convierte la estructura misma del relato en una trampa mental: en En la casa de los sueños, narra una relación abusiva utilizando la lógica del cuento gótico —cuartos cerrados, ruidos inexplicables, una amenaza invisible—, pero lo que se destruye no es una casa, sino la identidad emocional de la narradora.

La narrativa gótica ha sido, a lo largo del tiempo, uno de los territorios más fértiles para las autoras. Desde las hermanas Brontë hasta Angela Carter, pasando por Daphne du Maurier o Shirley Jackson, se ha convertido en un espacio donde abordar lo que otros registros no permitían: la locura, la sexualidad, la maternidad, la opresión doméstica, los cuerpos que sangran, que se transforman, que se rebelan. Es, y continúa siendo, una forma de escritura sobre el encierro: físico, psíquico, social. Hoy esa tradición sigue con fuerza, pero ha mudado de piel. Ya no hacen falta castillos ni velas ni cementerios: basta una casa con demasiados pasillos, un cuerpo marcado por el dolor o una memoria que se resiste al olvido. La arquitectura del miedo ha cambiado, pero su función sigue intacta.

En una época como la nuestra, donde abundan las narrativas de autoayuda, superación, optimismo fabricado, estas historias sombrías se atreven a decir lo que nadie quiere oír: que hay cosas que no se curan, dolores que no desaparecen, espectros que no se exorcizan. No consuelan: incomodan. No ofrecen luz al final del túnel, sino la certeza de que, en ocasiones, puede no haber túnel, ni final, ni luz. Y sin embargo, ese mismo gesto es el que las vuelve necesarias. Porque en tiempos de ansiedad colectiva, de crisis ecológica, de precariedad emocional, estas ficciones oscuras se convierten en un lenguaje de supervivencia. Nos recuerdan que el miedo no es debilidad, sino una forma de conocimiento. Que mirar la oscuridad no nos destruye, sino que nos devuelve la capacidad de sentir. Y que lo verdaderamente monstruoso no es lo ajeno, sino aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos.

03/06/2025 0 comments
3 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp

Apúntate a nuestra newsletter

Recibe las novedades de cada semana en tu email

Artículos populares

  • 1

    Luis XIV. El esplendor y la sombra del Rey Sol

    15/05/2024
  • 2

    I Took the Road Less Traveled gana dos premios en EE. UU

    20/04/2026
  • 3

    ENTREVISTA: Federico Granell

    26/03/2026
  • 4

    Donde los huéspedes son eternos: El fantasma del hotel

    08/02/2026
  • 5

    Antoni Gaudí y su legado inmortal

    10/06/2024
  • 6

    Bull presenta en Cangas del Narcea el documental I Took the Road Less Traveled

    02/02/2026

Categorias

  • Agenda
  • Amores extraños
  • Arte
  • Cine
  • En corto
  • Entrevistas
  • Eventos
  • Historias de dioses y estrellas
  • Historias del occidente
  • Literatura
  • Los fantasmas olvidados
  • Música
  • Noticias
  • Pensamiento
  • Personajes
  • Reseñas
  • Series y columnas
  • Sin categoría
  • Vidas en conflicto

Selección de los editores

The Punk Rock Museum inaugura una exposición sobre punk y metal
by Clara Belmonte 25/04/2026
¿Quién yace en la tumba de un poeta?
by Beatriz Menéndez Alonso 23/04/2026
Orión, el gigante que se convirtió en estrellas
by Verónica García-Peña 22/04/2026

Artículos aleatorios

Mata Hari, la leyenda de una mujer fatal
by Uve Magazine 07/08/2024
Witch fever, Bush y Volbeat convierten Halloween en una misa del rock
by Sandra Marquez 05/11/2025
Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio
by Verónica García-Peña 10/01/2026

Categorías populares

  • Literatura (106)
  • Arte (102)
  • Eventos (72)
  • Agenda (54)
  • Música (54)
  • Personajes (41)
  • Noticias (37)
  • Pensamiento (32)
  • Sin categoría (22)
  • Cine (21)

Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

¿Quieres proponer una colaboración, un texto o una idea para un evento?
Puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Leemos todo.

 

Las opiniones, juicios y afirmaciones expresadas en los artículos publicados en este sitio web corresponden únicamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura de este medio. El portal no asume responsabilidad alguna, directa o indirecta, por los contenidos, consecuencias o posibles reclamaciones derivadas de dichos textos, que son de exclusiva responsabilidad de quienes los firman.

Facebook Instagram

@2025 – Uve Magazine. All Right Reserved.

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
  • Contacto
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
@2026 – Uve Magazine. All Right Reserved.

Carrito

Cerrar

No hay productos en el carrito.

Cerrar