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Guardianas de las tierras del norte: la mitología femenina vasca y asturiana

by Emain Juliana 01/07/2026
written by Emain Juliana

Hay una manera recuperar la mitología que no pasa por los libros de texto ni por las enciclopedias ilustradas. Pasa por los pueblos, por la montaña, por la tradición oral que sobrevivió a duras penas al franquismo y que todavía hoy se conserva gracias a quienes decidieron que valía la pena documentarla. Guardianas de las tierras del norte nació del caminar, de la escucha y de la convicción de que hay una mitología vasca y asturiana que merece ocupar el lugar que siempre debió tener. Detrás están Verónica García-Peña y Javier Solís, que se conocieron en la radio y desde ahí construyeron una afinidad que acabó en libro. Él es historiador y lleva años rastreando la etnografía asturiana en rutas de montaña y archivos. Ella es escritora, socióloga y periodista, con una obra que va del misterio histórico al realismo mágico vasco.

¿Cómo acabasteis escribiendo juntos?

Verónica: En agosto de 2022 estuve presentando un espacio en la radio para cubrir una sustitución. Ahí coincidí con Javi, al que semanalmente entrevistaba. Al terminar la etapa veraniega, nos invitaron a poner en marcha una sección dedicada a la literatura y la gastronomía. Fue entonces cuando le propuse a Javier: «Oye, ¿por qué no hacemos esto juntos?».

Javier: Verónica es muy divertida y explica genial, le da ritmo.

Verónica: Yo me hice periodista por la radio. Lo primero que aprendí fue a hacer informativos a una velocidad supersónica, no dejar espacio en blanco, reírte de ti mismo cuando te equivocas y salir al paso. Eso luego te ayuda a hacer presentaciones, entrevistas… La radio es una gran escuela.

Javier, tu trabajo como historiador está muy centrado en la mitología y la etnografía asturiana. ¿Cómo llegaste hasta ahí?

Javier: Va todo un poco de la mano. La etnografía, la mitología, la tradición oral… al final está todo en el mismo saco. A mí me gusta mucho caminar la montaña, y cuando preparas una ruta y llegas a un pueblo determinado empiezas a encontrar relatos. Como me gustaban autores como Alberto Álvarez Peña, fui tirando del hilo y ahí me quedé enganchado.

Guardianas de las tierras del norte parte de una premisa que recorre todo el libro: que la mitología asturiana y la vasca comparten una misma raíz matriarcal, una visión del mundo en la que lo femenino crea la naturaleza y la gobierna. Antes de que la Iglesia y los siglos las convirtieran en superstición o amenaza, estas figuras —diosas, curanderas, guardianas de la naturaleza— ocupaban un lugar central en la manera de entender lo inexplicable.

El libro tiene una estructura muy particular: bloques divulgativos y relatos de ficción. ¿Cómo organizasteis ese proceso de trabajo?

Javier: Yo preparaba la parte divulgativa para que Verónica hiciera el texto de ficción. Ella esperó a tener todos los bloques antes de escribir los cuentos.

Verónica: No quería empezar sin saber exactamente de qué iba a ir cada bloque, para no repetirme. Y cuanta más documentación tienes, más sencillo es, porque la vas dividiendo.

Javier: Lo que yo hacía era preparar el texto divulgativo, que ya llevaba cosas en euskera. Verónica hacía una corrección de estilo para que todo tuviera una misma voz, y añadía además todo lo que tenía que ver con el euskera desde su conocimiento. Por eso el texto tiene esa sensación de unidad.

Al principio el libro no iba a ser solo de criaturas femeninas. ¿Cómo llegasteis a ese enfoque?

Javier: Al principio no estaba tan concretado. Una vez que ya teníamos empezado el proceso, Verónica me hizo una sugerencia sobre centrarlo en las criaturas femeninas y le di una vuelta.

Verónica: Si no lo acotabas acababa siendo una enciclopedia. Inabarcable. ¿Qué lo diferencia de cualquier otro libro de mitos? En cambio, estar centrado solo en las criaturas femeninas de la mitología vasca y asturiana lo hace especial.

El resultado es un ensayo híbrido que pone en diálogo dos tradiciones hermanas desde una perspectiva que reivindica el papel central de lo femenino en su origen. Frente a la imagen heredada —la sirena que seduce para perder a los hombres, la vieja hechicera acusada de herejía— el libro rastrea lo que estas criaturas significaban antes de que alguien decidiera que eran peligrosas.

La parte lingüística es uno de los aspectos más llamativos del libro. ¿Cómo decidisteis qué términos conservar en euskera o en asturiano y cuáles adaptar?

Hay una nota al principio del libro que explica los criterios para los nombres de los personajes. Fue uno de los puntos de más debate.

Verónica: Decidimos emplear el nombre más conocido, el que la gente reconoce. Por ejemplo, xana se puede traducir como la encantada, pero eso no lo conoce nadie. Y luego estaba el problema de la pronunciación: hay palabras en euskera que rompen el texto si no las sabes pronunciar bien, y es muy fácil que no las sepas. Eguzki, por ejemplo: la z se pronuncia como s, es eguski, pero la gente lo lee como lo ve escrito. Con sorgina pasa algo parecido: en un texto en castellano ralentiza la lectura. Había muchas cosas así, y decidíamos caso por caso.

Javier: Las fuentes que yo manejo aparecen con los términos en euskera y en asturiano tal cual. No es una decisión arbitraria, es que la fuente lo dice así.

 

Las lamias, por ejemplo, tienen características muy distintas a lo que solemos imaginar. Las lamias de la mitología vasca tienen pies de pato. Un detalle que sorprende y que varía según la zona.

Verónica: Para mí siempre han sido así, con pies de pato. En la tradición vasca es uno de sus rasgos más conocidos.

Javier: A mí me pareció muy curioso cuando lo descubrí, precisamente por eso, porque es algo muy específico de allí. Yo las imaginaba con garras, como las lamias clásicas, lo que en el libro se recoge muy bien en las ilustraciones.

Cada capítulo del libro se cierra con un cuento original escrito por Verónica García-Peña, que recoge el aire de las leyendas antiguas y lo prolonga en historias nuevas. Son relatos ambientados en 1936-37, una época en la que no solo murieron personas: también costumbres, tradiciones y formas de entender el mundo.

¿Cuánto tiempo llevó hacer el libro?

Javier: Bastante. Yo también trabajo en una fábrica, no me dedico solo a esto. Empezamos en el otoño del 22 y lo terminamos en las navidades del 24. Dos años tranquilamente.

Verónica: Y luego se quedó en barbecho durante una buena temporada. Después lo volví a imprimir entero y lo releí todo. Y ahí cambié muchas cosas. Los cuentos que están en el libro no son los del principio. Los escribes de una manera, los dejas reposar, los vuelves a coger y dices: esto no suena bien. Hasta que los ves terminados. De hecho, al que más vueltas di fue al de la sirena. No tenía claro si ponerle nombre al pueblo o no. Quería que la sirena tuviera unas características muy concretas, diferentes a lo que estamos acostumbrados, pero no sabía cómo hacer que encajara todo hasta que de repente lo vi. Muchas veces, con la ficción, estás dándole vueltas a una idea y te falta algo. A ese cuento le faltaba algo, y cuando lo encontré, estuvo completo.

Los cuentos están ambientados en 1936-37. ¿Por qué esa época?

Verónica: Cuando se instauró el nacionalcatolicismo no solo se guardaron en el cajón ideologías políticas: también muchas tradiciones y costumbres de los pueblos. Entre ellas, todo lo que tiene que ver con la mitología.

Verónica: Lo curioso es que en el País Vasco hay costumbres que se mantuvieron más tiempo, o que aunque se guardaron en el cajón, en las casas, en los pueblos pequeños, se seguían celebrando o se seguían creyendo. Tiene mucho que ver con el aislamiento geográfico. En las zonas más cerradas se mantienen más las costumbres.

¿Habéis pensado ya en continuar el proyecto?

Javier: Si no nos copian la idea…

Verónica: Muchísimas, porque el universo mitológico de ambas tierras es inmenso. Lo fundamental de este proyecto es que ya hemos asentado una primera base escrita y bien documentada. Salir a rescatar estos relatos de la tradición oral nos ha permitido dejar un testimonio sólido sobre el que poder seguir construyendo en el futuro.

01/07/2026 0 comments
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Pensamiento

Ojos sanpaku o leer el destino en un rostro

by Emain Juliana 30/03/2026
written by Emain Juliana

Hay conceptos que, en cuanto salen de su contexto original y empiezan a circular por revistas, programas, foros y redes, dejan de ser solo palabras y se convierten en pequeñas máquinas de sugestión. Sanpaku es una de ellas. Basta con que alguien la mencione junto a la fotografía de un actor, una cantante o un personaje  para que alrededor de su rostro empiece a construirse una interpretación entera, como si en la mirada estuviese impresa una advertencia que nadie supo leer a tiempo. Esa es, en el fondo, lo que significa el término: no describe solo un rasgo ocular, sino que activa la imaginería cultural, que necesita creer que el cuerpo delata.

La palabra sanpaku procede del japonés y suele traducirse como “tres blancos”, en referencia a aquellos ojos en los que puede apreciarse la esclerótica, la parte blanca, en tres zonas alrededor del iris. En la práctica, el término se utiliza sobre todo cuando ese blanco se ve de forma llamativa por debajo o por encima, lo que altera la expresión habitual de la mirada y hace que muchas personas la perciban como extraña, tensa, cansada o inquietante. El concepto comenzó a extenderse fuera de Japón en el siglo XX, sobre todo gracias a George Ohsawa, impulsor de la macrobiótica, que convirtió este rasgo en una señal de desorden físico o mental y lo integró en un discurso más amplio sobre alimentación, salud, equilibrio y destino.

Dentro de esa tradición, se distinguía entre dos variantes. Cuando el blanco se veía bajo el iris, se hablaba de yin sanpaku, asociado a vulnerabilidad, agotamiento o exposición al peligro; cuando el blanco aparecía por encima, se hablaba de yang sanpaku, al que se atribuían impulsividad, descontrol o una violencia interior latente. Estas asociaciones, que hoy siguen repitiéndose en muchos contenidos virales, no forman parte de un diagnóstico médico reconocido, pero si de una forma de lectura del rostro emparentada con la fisiognomía.

Durante siglos, en distintas tradiciones, se ha intentado leer el carácter en la superficie del cuerpo. La fisiognomía, que aspiraba a establecer una correspondencia entre rasgos físicos y cualidades morales o psicológicas, gozó de enorme prestigio en determinados periodos, aunque hoy esté ampliamente desacreditada. La Encyclopaedia Britannica lo resume sin rodeos: la mayor parte de esos intentos han sido desmentidos, de modo que la fisiognomía suele considerarse pseudociencia. Y, sin embargo, la necesidad de leer el alma en la cara no ha desaparecido nunca.

Kristen Stewart. Imagen de depositphotos

Ahora bien, si se aparta todo ese aparato interpretativo y se vuelve al terreno de lo real, conviene recordar que no existe una categoría médica llamada “ojos sanpaku” que permita deducir rasgos psicológicos o morales de una persona. Que se vea más blanco alrededor del iris puede deberse a variaciones anatómicas normales, a la forma de los párpados, a la estructura facial y a circunstancias clínicas concretas. En oftalmología se utiliza el concepto de scleral show para describir una visibilidad acentuada de la esclerótica, y algunas afecciones, entre ellas ciertos trastornos relacionados con la posición del ojo o de los párpados, pueden hacer que ese aspecto resulte más evidente. Entre las causas posibles del proptosis o exoftalmos, por ejemplo, se encuentran algunos problemas tiroideos, como la enfermedad de Graves.

En el cine, en la ilustración, en el cómic o en el manga, una mirada en la que el blanco del ojo se hace más visible puede utilizarse para sugerir intensidad, amenaza, agotamiento o desarreglo, de modo que el rasgo acaba funcionando como un recurso expresivo. No importa tanto si el espectador conoce la palabra sanpaku; importa que ya ha aprendido a asociar cierta forma de la mirada con determinados estados o tipos de personaje. 

En la cultura popular moderna, además, el término ha encontrado un terreno fértil en la obsesión por las celebridades. Se ha hablado de ojos sanpaku en figuras cuya vida estuvo marcada por el exceso o una muerte prematura, como si la mirada hubiese anticipado el desenlace. No es casual. La cultura de la fama siempre ha necesitado señales retrospectivas, pequeñas pistas que permitan ordenar el caos de una biografía y dar a la tragedia una apariencia de coherencia. Después de que algo terrible ocurra, aparece esa necesidad de decir que ya estaba ahí, que podía verse, que alguien lo había advertido. El mito se alimenta justamente de esa relectura posterior.

Uno de los casos más citados en la difusión del término fue el de John F. Kennedy, a quien Ohsawa señaló como ejemplo de este rasgo antes de su asesinato. El episodio contribuyó mucho a la circulación del concepto en Occidente, porque le dio el ingrediente que toda superstición necesita para fortalecerse: una coincidencia convertida en prueba. 

Timothée Chalamet. Imagen de depositphotos

Quizá por eso esta idea ha terminado relacionándose a nombres como Marilyn Monroe, James Dean, John Lennon, Elvis Presley o Amy Winehouse, y también, en tiempos más recientes, a rostros como los de Billie Eilish, Kristen Stewart, Bella Hadid, Rami Malek o Timothée Chalamet, porque cuando una figura pública reúne un aura de belleza, rareza, fragilidad, exceso o una vida que el público relee en clave trágica, siempre surge la tentación de encontrar en su cara una señal premonitoria. Al final, más que hablar de unos ojos concretos, el término acaba diciendo algo sobre nuestra costumbre de convertir ciertos rostros en mito y de creer que, si observamos bien una fotografía, vamos a encontrar en ella una clave que nunca estuvo realmente ahí.

Fuentes consultadas

George Ohsawa, You Are All Sanpaku.

Encyclopaedia Britannica, voz “Physiognomy”.

PubMed, artículos sobre scleral show y visibilidad de la esclerótica.

Cleveland Clinic, información médica sobre proptosis y alteraciones en la apariencia ocular.

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ArteCinePersonajes

«Blancanieves y los siete enanitos»

by Uve Magazine 06/04/2025
written by Uve Magazine

El primer sueño animado del cine

En diciembre de 1937, una película animada protagonizada por una joven de piel blanca como la nieve, un espejo parlante y siete pequeños mineros cambió para siempre la historia del cine. Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje animado producido por Walt Disney, no solo rompió todas las expectativas técnicas y narrativas del momento, sino que dio lugar a un nuevo lenguaje cinematográfico que transformó la animación en un arte mayor. Basada en el cuento popular recogido por los hermanos Grimm, la película no tardó en conquistar al público y en convertirse en un hito cultural que, a día de hoy, sigue generando lecturas simbólicas, sociales y críticas desde múltiples disciplinas.

La producción del filme fue, en sí misma, un acto de fe. En una época en la que la animación era considerada un entretenimiento breve y menor, Walt Disney se atrevió a soñar en grande. Su idea de realizar una película animada de más de una hora de duración fue recibida con escepticismo por su entorno, hasta el punto de que el proyecto fue apodado internamente como “la locura de Disney”. Sin embargo, la convicción de Disney era inquebrantable. Inició la producción en 1934 y, durante tres años, dirigió los esfuerzos de un equipo de más de 750 artistas, animadores y técnicos que trabajaron con una dedicación casi artesanal. El presupuesto inicial de 250.000 dólares pronto se vio desbordado y superó el millón y medio, una cifra descomunal para la época, en plena Gran Depresión. Disney llegó incluso a hipotecar su casa para poder concluir la película.

Ese esfuerzo titánico se tradujo en una obra de una calidad visual y emocional sin precedentes. Técnicamente innovadora, Blancanieves fue la primera película en utilizar la cámara multiplano, un dispositivo que otorgaba profundidad a las escenas mediante capas superpuestas. Los fondos eran auténticas pinturas al óleo, cuidadosamente elaboradas para dar una atmósfera envolvente, mientras que los personajes presentaban un diseño estilizado que buscaba un equilibrio entre realismo y caricatura. Inspirados por la ilustración europea del siglo XIX, los artistas de Disney buscaron dotar de densidad narrativa a cada escena. No era solo una historia: era una experiencia.

Una noche para la historia

El estreno, el 21 de diciembre de 1937 en el Carthay Circle Theatre de Los Ángeles, fue un acontecimiento sin precedentes. Asistieron celebridades como Marlene Dietrich y Charlie Chaplin, y la ovación del público fue unánime. Blancanieves no solo fue un éxito artístico, sino también económico: recaudó más de ocho millones de dólares, convirtiéndose en la película más taquillera hasta ese momento. En 1939, Disney fue galardonado con un Oscar honorífico acompañado de siete pequeñas estatuillas, una por cada enanito, en un gesto que selló su lugar en la historia del cine.

Más allá de su éxito inmediato,  el filme pasó de ser un éxito cinematográfico a un referente cultural y cambió la percepción social de los cuentos de hadas. Blancanieves consolidó la animación como una forma legítima de arte cinematográfico, demostrando que era posible construir relatos complejos y emocionalmente resonantes a través del dibujo. A la vez, reflejó los valores morales y estéticos de su época. La protagonista encarna el ideal de feminidad de los años treinta: dócil, trabajadora, pura y maternal. Es cuidada por figuras masculinas (los enanitos, el cazador, el príncipe), pero carece de agencia real: no toma decisiones, no se enfrenta directamente a su antagonista, y su salvación depende de un beso ajeno. Frente a ella, la madrastra representa un poder femenino peligroso: es vanidosa, inteligente, ambiciosa, y por ello debe ser destruida. Esta dicotomía entre la mujer buena y la mujer mala es uno de los aspectos más revisados por la crítica contemporánea.

Significado histórico y social

Numerosas interpretaciones se han propuesto desde entonces para descifrar los símbolos que habitan la historia. Desde una perspectiva psicoanalítica, Blancanieves puede leerse como un relato de iniciación: la joven, al huir de casa y adentrarse en el bosque, atraviesa un proceso simbólico de muerte y renacimiento. La manzana, fruto del conocimiento prohibido, puede entenderse como un despertar sexual o emocional; el sueño dentro del ataúd de cristal representa una etapa de latencia, de espera, hasta que el beso del príncipe —acto que, por cierto, ha sido cuestionado en lecturas feministas contemporáneas— la devuelve a la vida. Bruno Bettelheim, en Psicoanálisis de los cuentos de hadas, interpreta los personajes como fragmentos de la psique: los enanitos serían aspectos protectores del yo, mientras que la reina reflejaría los conflictos internos no resueltos, como la envidia o la represión materna.

Desde la óptica feminista, la película ha sido objeto de fuertes críticas por la construcción de la protagonista como figura pasiva y por la glorificación de la belleza como valor supremo. La relación con el príncipe es prácticamente inexistente: no se conocen, no hablan, y sin embargo él es quien tiene el poder de “despertarla”. Esta pasividad ha sido contrastada con la acción decidida de la madrastra, cuyo castigo es, en última instancia, una lección moral: la ambición y el deseo femenino fuera del hogar deben ser reprimidos.

En clave sociológica, Blancanieves también ha sido interpretada como un vehículo de los valores conservadores del New Deal: la exaltación del trabajo, la comunidad doméstica, la obediencia y la humildad. La cabaña de los enanitos es un refugio del orden frente al caos del exterior, una pequeña sociedad masculina autosuficiente donde Blancanieves ocupa el papel de cuidadora. El mensaje implícito: el mundo funciona mejor cuando cada uno cumple su función.

Sin embargo, lo más fascinante de esta película es que, a pesar de su clara inscripción histórica, sigue siendo un texto abierto a la interpretación. El relato de Blancanieves se ha reinventado en múltiples ocasiones, en versiones oscuras, revisionistas, satíricas y subversivas. Desde Blancanieves y la leyenda del cazador hasta Shrek, pasando por parodias, homenajes y experimentos artísticos, su figura ha sido reescrita, cuestionada y adaptada a los nuevos tiempos. Incluso la propia Disney ha abordado revisiones de su legado con una mirada más crítica y contemporánea y casi un siglo después, Blancanieves y los siete enanitos sigue siendo un punto de referencia en la historia del cine. Su influencia no se limita a la animación: es un modelo de narrativa visual, una lección de técnica y un espejo en el que se han proyectado, generación tras generación, los valores, miedos y deseos de la cultura occidental. Al igual que el espejo mágico de la reina, esta película nos devuelve una imagen de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo.

06/04/2025 0 comments
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