Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • 0
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Copyright 2022 - All Right Reserved
Category:

Los fantasmas olvidados

Los fantasmas olvidados

Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio

by Verónica García-Peña 10/01/2026
written by Verónica García-Peña

España todavía conserva, como cicatrices mal cerradas, los huesos de sus antiguos sanatorios. Son edificios levantados en el silencio, allí donde la medicina de finales del XIX y principios del XX dictaba que el aire puro y la helioterapia —la exposición directa al sol para fortalecer la sangre y aniquilar bacterias— eran la única cura posible para algunas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, el raquitismo o la anemia crónica. Por eso sus fachadas estaban presididas por amplios corredores y soláriums orientados al mediodía. Estructuras concebidas para captar hasta el último rayo de sol y permitir que los enfermos recibieran baños de luz en laderas boscosas y montes batidos por el viento. Aire, aislamiento y disciplina. Ese era el lema, y con él se protege el fantasma del sanatorio.

Bajo el pretexto de la salud, en aquellos lugares fueron a parar cuerpos enfermos y otros, en realidad rotos. Se mezclaban tuberculosos, hombres ‘agotados’, niños de pecho débil, mujeres ‘nerviosas’, y pobres que no tenían más techo que el de la caridad pública. Entraban con un diagnóstico confuso y salían, en muchas ocasiones, convertidos en un expediente cerrado y guardado bajo llave.

Sanatorio antituberculoso de Agramonte.

En las faldas del Moncayo, el Sanatorio de Agramonte (Zaragoza) permanece hoy como un resto fósil de una época en la que la enfermedad era motivo de destierro. Su historia guarda una ironía que no sé si calificar de cruel, pero que, desde luego, es chocante. Este edificio nació en 1911 como el ‘Gran Hotel del Moncayo’, un destino de lujo para la burguesía que buscaba aire puro por placer; mas, tras la Guerra Civil, el lujo fue desmantelado y las habitaciones se llenaron de camas de hierro para mujeres y niños sin recursos. De hotel a sanatorio; de la luz a la sombra. Sus archivos son, a mi juicio, un inventario de soledades. Documentan defunciones que nadie reclamó y remiten a un pequeño cementerio, hoy devorado por la maleza a pocos metros del recinto, donde los cuerpos terminaron bajo lápidas sin nombre o en el olvido de la caridad pública.

Cuando la estreptomicina —el primer antibiótico eficaz contra la tuberculosis— comenzó a llegar a España de forma regular, entre los años 1946 y 1950, estos gigantes de piedra perdieron su sentido casi de la noche a mañana. El milagro de la medicina vació los pasillos, pero el cierre definitivo de algunos, como el de Agramonte, por ejemplo, que lo hizo en 1978, tardó en llegar; y cuando sus puertas se cerraron, el tiempo, en cierto modo, quedó suspendido. Permanecieron las camas alineadas y la sensación de que todavía hoy, alguien, sentado en un pasillo vacío, sigue esperando una visita que nunca llega.

Hospital Tórax de Tarrasa

Algo similar ocurre con el Hospital del Tórax de Terrassa, inaugurado oficialmente el 8 de junio de 1952. Allí, la tuberculosis y la silicosis devoraron a centenares de obreros inmigrantes. Hoy, aquel inmenso complejo ha cambiado su función. Tras su cierre definitivo a finales de los noventa, el complejo fue reconvertido e incluido dentro del Parque Audiovisual de Cataluña. Donde antes hubo silencio y enfermedad, hoy hay platós de cine y estudios de televisión, aunque la estructura original sigue recordando su pasado clínico.

Si bajamos la mirada hacia el sur, hacia el Preventorio Infantil de Aigües de Busot (1936-1967), en Alicante, encontraremos las ruinas de un purgatorio. El edificio fue originalmente, como el Sanatorio de Agramonte, un hotel de lujo, el Hotel Miramar, pero se convirtió en preventorio antituberculoso en 1936; si bien, su mayor actividad se dio tras la Guerra Civil. Allí enviaban a los niños a ‘fortalecerse’, lejos del abrazo materno. Los archivos del Patronato Nacional Antituberculoso reflejan una triste realidad, la de los niños que fallecieron allí y cuyas familias, por falta de recursos o por la distancia, nunca pudieron reclamar sus restos. Se quedaron para siempre en la tierra del sanatorio acompañados tan solo por la que llaman la Dama Blanca.  

¿Quién es la Dama Blanca? Según algunas leyendas de la zona, recogidas en diversas crónicas de misterio y la tradición oral alicantina, se trata de la esposa de uno de los antiguos dueños del hotel, cuya presencia parece haber quedado atrapada en los espejos del edificio. Los testigos hablan de una figura etérea, vestida de gala, que recorre las estancias con una mezcla de melancolía y una sonrisa inquietante, como si el tiempo del lujo y el de la tragedia convivieran en el mismo reflejo. Para otros, como recoge la Guía de la España Misteriosa, de Pedro Amorós, es en realidad el alma de una madre que, tras perder a su hijo en el preventorio, quedó atrapada en los espejos del antiguo salón de baile, esperando eternamente un reencuentro que la muerte le negó. Espejos de hoy que muestran el ayer congelado o, quizá, espejos de ayer que muestran un hoy constante. Sin pasado ni futuro. Solo un hoy eterno congelado en el cristal.

Preventorio Busot

El fantasma del sanatorio, en cierto modo, me recuerda al del páramo, pues no vaga de forma errante porque está anclado a un lugar; a su lugar en el mundo cuando estaba vivo. Se sienta al borde de una cama y espera. Se asoma a un espejo y espera. Baja unas escaleras y espera. Es el espectro de quienes fueron ingresados para curarse y acabaron fundidos con el olor sedante de las paredes y el silencio de las sábanas albas, tal como retrató Camilo José Cela en su novela Pabellón de reposo (1943), donde los pacientes contaban los días en una espera infinita. Escrita desde su propia experiencia como paciente tuberculoso, Cela describe ese limbo donde el nombre del enfermo se borra y solo queda el número de la habitación. Una espera infinita donde el final es el olvido.

Hospital Isla Pedrosa

Durante la postguerra, estos lugares —junto a psiquiátricos como el de Santa Isabel en Leganés o La Barranca en Navacerrada, cuyos muros fueron finalmente derribados en 2024— se convirtieron también en el último refugio para los olvidados. A ellos iban a parar mujeres diagnosticadas de histeria, hombres rotos por el frente o ancianos sin recursos. Muchos murieron allí dentro sin que quedara más rastro de ellos que una fecha, y se cuenta que en algunos de estos lugares, aunque hoy el bosque haya recuperado su sitio o los edificios hayan cambiado de nombre, las luces se encienden en alas completamente vacías para alumbrar las vidas de los fantasmas que las habitan. Espectros que se niegan a marcharse porque son, en el fondo, como una historia sin final.

10/01/2026 0 comments
0 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
EventosLos fantasmas olvidados

Donde el agua guarda nombres: El Fantasma del Pantano

by Verónica García-Peña 14/12/2025
written by Verónica García-Peña

Dicen que el agua es una tumba paciente que espera; y mientras espera, guarda. En los pantanos de nuestra geografía, tan comunes y tranquilos a primera vista, encontramos pueblos hundidos, vidas cambiadas y nombres que jamás hallaron lugar donde reposar. Entre muros sumergidos y campanas muertas que ya no repican, surge un espectro distinto que no vaga entre la niebla. Un espectro que se agita en un nimbo líquido cuyos ojos, hechos por entero de rocío, no saben más que llorar. Se trata del fantasma del pantano.

Entre 1933 y 1970, España vivió una de las mayores oleadas de infraestructuras hidráulicas de Europa. El llamado ‘Plan Nacional de Obras Hidráulicas’ —primero de la II República y retomado con fuerza durante el franquismo— anegó pueblos enteros como Riaño, La Muedra, Mediano, Mansilla de la Sierra, Portomarín, Benagéber, y decenas más. Documentos del Instituto Geográfico Nacional y los listados oficiales de la Confederación Hidrográfica del Duero y del Ebro recogen más de 60 localidades desplazadas o sumergidas. Hubo iglesias que fueron trasladadas piedra a piedra, pero algunos de sus cementerios, en cambio, nadie los pudo mover. Muertos y casas, escuelas y comercios, que desaparecieron bajo una profundidad medida en metros y también en silencios.

Cuando el pantano de Mediano, en Huesca, baja lo suficiente —como ocurrió en los veranos de 1993, 2007 o 2022— de las tierras empapadas emerge la torre románica de la que fue su iglesia. Solitaria, desnuda, rasga el cielo con sus piedras marcadas por el desgaste incesante del agua. Los vecinos dicen que, cuando asoma, es como si el pasado se desordenara y lo que tenía que estar enterrado se despierta, como lo hacen los recuerdos. Los buenos y los malos. Todos ellos. Lo mismo sucede en Riaño Viejo, donde el cierre de la presa se produjo a finales de 1987. Las familias tuvieron solo cinco días para abandonar sus casas. Sus ruinas reaparecieron en 2017. Calles enteras volvieron como si el tiempo hubiese respirado hacia atrás y devuelto evocaciones de un ayer que es hoy imposible.

Imagen de Verónica García-Peña

Y es en estas ocasiones en las que el embalse pierde su máscara de agua y deja ver lo que en realidad esconde, cuando el fantasma del pantano aparece. No tiene nombre, porque su nombre es el de todos los que allí moran bajo una tierra eternalmente húmeda, aunque el murmullo popular, a veces, le ponga rostro. En Ávila, por ejemplo, los lugareños del pantano de El Burguillo hablan del espíritu de un capataz que pereció durante la obra. Dicen que su figura solitaria se yergue junto a lo que antes fueron los muros de una casa, ancorados sus pies en el camino hundido.

Algunos testigos como pescadores, operarios o senderistas han descrito, en diferentes entrevistas que se pueden leer en cabeceras locales como El Heraldo de Aragón o La Nueva Crónica, la misma sensación en otros lugares. La de un reflejo extraño que no armoniza con ninguna cara concreta, una sombra que no debería estar ahí y un aire frío y pastoso que no proviene del viento sino del fondo. Dicen también que, cuando aparece, el agua de los alrededores se queda completamente quieta. Como si escuchara. No es un fantasma que se acerque. Se queda inmóvil, a la espera, siempre a la espera, y señala.

Esta idea me recuerda, quizá, a La tierra de Alvargonzález, de Machado. A aquellos hermanos parricidas que arrojaron su crimen a la Laguna Negra de Soria creyendo que el agua lo sepultaría para siempre. Mas, si la literatura puede destilar la culpa en verso, los pantanos del mundo real abrazan la memoria con un fango tan espeso que jamás permite que el pasado se asiente.

Imagen de Verónica García- Peña

En Portomarín, parte del cementerio quedó bajo el agua y su historia es un rumor firme que viaja con la corriente. Cuando las aguas del Miño se retiran, dejando ver las entrañas de la tierra acuosa, se desvela el contorno difuso de lo que fue un último lugar de reposo. No es piedra lo que emerge. Es la certeza de que bajo esa capa líquida, a merced de las nimias corrientes de un agua estancada, recordación convertida en légamo, hay algo que no termina de descansar. Los vecinos, por respeto, evitan bogar sobre esa zona, sabedores de que el embalse es un hipogeo que, a veces, devuelve los nombres que un día tragó.

El fantasma del pantano nace de ese no descanso. Es el resultado de los que no pudieron salir, de los que nunca se trasladaron y permanecen allí, olvidados, y se manifiesta cuando la sequía deja ver las cicatrices del fondo. Es entonces cuando alguien asegura verlo en el límite del agua, como si aún intentara orientarse en un pueblo presentemente ahogado. A veces mira hacia un lugar concreto, como si buscara la puerta de su casa. Otras, permanece de espaldas, contemplando un horizonte que solo él conoce. Su figura es una frontera entre lo que hubo y lo que queda; entre lo que se enterró y lo que insiste en salir a flote.

Dicen que todo pantano es doble porque está lo que se ve y lo que no. Tal vez por eso este fantasma, cuando el agua vuelve a subir, se hunde con ella, paciente, como si supiera que tarde o temprano regresará, pues nada se entierra del todo en el humedal. Ni los pueblos. Ni los nombres. Ni los que, desde el fondo, siguen esperando ser recordados.

Imagen de Verónica García-Peña
14/12/2025 0 comments
2 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp
Los fantasmas olvidados

Donde los pueblos mueren: El Solitario del Páramo

by Verónica García-Peña 28/11/2025
written by Verónica García-Peña

Como bien saben los lectores de esta revista, el amor más extraño no reside en el delirio, acaso en la fatalidad, y con los fantasmas ocurre lo mismo. Dicen que existen porque alguien los recuerda, pero también porque alguien, un día, los olvidó. Quizá ni siquiera reparó en que ya no estaban. En los páramos de nuestra geografía, vastos como el silencio antiguo, habita una estirpe de espectros cuyo poder no responde al ruido de cadenas ni a la sombra que sus sábanas proyectan, si las llevan. Su poder nace, en verdad, del olvido.

Tierra reseca, sin árboles, abierta al cielo como una herida. Un purgatorio laico que avanza en llanura sin un solo refugio. Son los páramos un territorio en el que el olvido se condensa hasta adquirir forma. Un lugar barrido por un viento que recita. ¿Qué declama? Nombres que ya no figuran en ninguna parte.

En las comarcas de Campos de Salamanca y Tierra del Pan, según registran los anuarios estadísticos del siglo XIX, los censos parroquiales y los archivos diocesanos de Zamora, existen cerca de una treintena de aldeas que desaparecieron entre 1850 y 1920. Pueblos arrasados por la emigración, la miseria o la simple imposibilidad de seguir viviendo allí. Chaguaceda, Argusino, Salce, Salto de Castro, etc. Lugares que conservan solo los muros, las iglesias vacías y los caminos por los que ya nadie transita. Acaso algún despistado y acaso, dicen, algún alma perdida. También dicen que, en ocasiones, se escucha el toque de muerto, a deshoras, en la lejanía. Un repique que nadie tañe, pero que todos oyen. Y allí, en esos caminos y en esos hablares, nace y vive El Solitario del Páramo.

No sabemos su nombre real, pero algunos cuadernos parroquiales de finales del XIX, en los que aparece una nota marginal del tipo «desaparecido durante la siega. Nunca hallado», lo llaman Lucas Gil. No es un nombre extraordinario, cierto, si bien es una presencia que condensa muchas otras. Representa a todos los que desaparecieron del mundo sin hacer apenas ruido. Jornaleros sin lápida, pastores sin rebaño, mujeres que nunca regresaron de la fuente y hombres que salieron a por leña y se volvieron niebla.

La tradición oral de Villalpando, Manganeses de la Lampreana y Castrogonzalo, recogida en los años 20 del siglo pasado por cualesquiera maestros rurales —algunos de esos librillos todavía se conservan en la Biblioteca Pública del Estado en Zamora o en archivos provinciales—, menciona a «un hombre alto, de abrigo oscuro, que anda de espaldas cuando cae la noche». De espaldas, como si el propio páramo le negara el descanso.

Quienes lo han visto, pastores, caminantes o carreteros que cruzaban la estepa antes de que hubiera carreteras asfaltadas, coinciden en tres cosas: frío repentino, sensación de compañía, como si el aire respirara con uno, y la visión de una silueta. Alta, flaca, desdibujada, siempre mirando hacia otro tiempo.

Las crónicas locales de El Adelanto de Salamanca y La Opinión de Zamora (especialmente las publicadas entre 1893 y 1908 sobre desaparecidos rurales) hablan de vidas borradas antes de tiempo, de cuerpos que no aparecían hasta meses después o no aparecían nunca y de disputas sobre tierras que abruptamente terminaban porque nadie había ya con quien pelearlas. Acababan convertidos en silencios suspendidos entre un siglo y el siguiente. Ese vacío, esa falta de cierre, alimentó durante décadas la idea de un espectro que camina para reclamar un trozo del páramo y de la historia; para reclamar un lugar. La extensa documentación recopilada en el trabajo de investigación de Jairo Prieto sobre despoblación y patrimonio rural en la provincia, o estudios etnográficos de la Diputación de Salamanca reflejan este fenómeno social y cultural.

El Solitario del Páramo se manifiesta donde antes hubo un hogar y ya no queda más que piedra; donde hubo un nombre y ya no lo recoge ningún papel; donde una vida quedó suspendida entre la niebla y el olvido. Su presencia permanece fría y persistente, como la escarcha que cae sobre la meseta incluso en primavera.

Hoy, cuando el páramo sigue despoblándose, cuando pueblos enteros se quedan sin niños, sin médico, sin luz, sin voces, su figura vuelve a percibirse. Camina despacio, siempre al anochecer, con la misma luz gris que ha acompañado a los que jamás tuvieron tumba ni responso No avanza hacia los vivos ni hacia los muertos, sino hacia ese lugar intermedio donde habitan quienes esperan ser recordados.

28/11/2025 0 comments
4 FacebookTwitterPinterestLinkedinWhatsapp

Apúntate a nuestra newsletter

Recibe las novedades de cada semana en tu email

Artículos populares

  • 1

    Luis XIV. El esplendor y la sombra del Rey Sol

    15/05/2024
  • 2

    ¿De quién son las ideas?

    20/12/2023
  • 3

    Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio

    10/01/2026
  • 4

    Yoshitomo Nara. Un universo de emociones

    20/05/2024
  • 5

    Antoni Gaudí y su legado inmortal

    10/06/2024
  • 6

    Cuando la creación se sale de la órbita

    02/12/2025

Categorias

  • Agenda
  • Amores extraños
  • Arte
  • Cine
  • En corto
  • Entrevistas
  • Eventos
  • Historias del occidente
  • Literatura
  • Los fantasmas olvidados
  • Música
  • Noticias
  • Pensamiento
  • Personajes
  • Reseñas
  • Sin categoría

Selección de los editores

El Thyssen revisita Express de Robert Rauschenberg
by Uve Magazine 13/01/2026
España, país invitado en los Ithra Cultural Days 2026
by Uve Magazine 12/01/2026
Donde habita el olvido: El Fantasma del sanatorio
by Verónica García-Peña 10/01/2026

Artículos aleatorios

Un viaje a través del cine musical y la ilusión
by Sara Petricor 13/03/2025
El arte de cuidar nuestros libros
by Clara Belmonte 29/07/2024
Adiós a Rosa Regàs
by Uve Magazine 19/07/2024

Categorías populares

  • Arte (89)
  • Literatura (88)
  • Eventos (67)
  • Agenda (44)
  • Música (41)
  • Personajes (37)
  • Noticias (25)
  • Pensamiento (23)
  • Sin categoría (22)
  • Cine (17)

Uve Magazine es un espacio para quienes disfrutan pensando la cultura sin prisas.
Hablamos de literatura, arte, música e historia desde una mirada feminista, crítica y sensible. Publicamos cada semana artículos, relatos, poesía, entrevistas, efemérides… y también proponemos encuentros, charlas y eventos culturales dentro y fuera de la pantalla.

¿Quieres proponer una colaboración, un texto o una idea para un evento?
Puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Leemos todo.

 

Las opiniones, juicios y afirmaciones expresadas en los artículos publicados en este sitio web corresponden únicamente a sus autores y no reflejan necesariamente la postura de este medio. El portal no asume responsabilidad alguna, directa o indirecta, por los contenidos, consecuencias o posibles reclamaciones derivadas de dichos textos, que son de exclusiva responsabilidad de quienes los firman.

Facebook Instagram

@2025 – Uve Magazine. All Right Reserved.

  • Política de privacidad
  • Política de cookies
  • Contacto
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
Uve Magazine
  • Inicio
  • Agenda
  • Arte
  • Eventos
  • Literatura
  • Música
  • Pensamiento
  • Tienda
  • Contacto
  • Newsletter
@2022 – Uve Magazine. All Right Reserved.

Carrito

Cerrar

No hay productos en el carrito.

Cerrar