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Pensamiento

PensamientoSin categoría

El aprendizaje del fracaso

by Ana Vega 22/11/2022
written by Ana Vega

En muchos países existen jornadas, conferencias y otros eventos relacionados con el fracaso, no desde un punto de vista negativo como podríamos pensar en un primer momento, sino como una oportunidad, como un aprendizaje, como un punto de inflexión. En todo  negocio existe un plan inicial en el que lo fundamental es contemplar justamente la crisis, la quiebra, el problema, el momento en el que todo se viene abajo y cómo afrontarlo: cómo llevar a cabo la comunicación, la gestión personal y empresarial o incluso la salud mental por la ruptura de todo esquema que esto implica. Pues bien, aquí ni existe plan de negocio, ni plan de vida, ni plan o mapa sentimental ante un futuro del todo inestable.

Vivimos en una sociedad marcada por un optimismo cruel, irreal e insatisfactorio en el que la apariencia es lo que cuenta, nunca el fondo, mucho menos la verdad que cada día es más difícil de identificar. Cómo va a existir entonces un plan ante una posible ruptura de cualquier tipo o fracaso. Es una cuestión grave porque la vida está sujeta a una serie de cambios imprevisibles que de un modo u otro nos tocarán a todos y todas en cualquier momento, a veces estaremos arriba, a veces abajo, a veces, en mitad de la nada, pero no estaremos preparados ni preparadas para afrontar el golpe de mar que se nos viene encima.

En primer lugar el fracaso va unido al riesgo, es decir, solo puede fracasar quien se arriesga, en cualquier empresa, cualquier relación, cualquier cuestión que implique atreverse, dar un paso más allá, por tanto la fragilidad del hecho ya anuncia la peligrosidad del acto y del futuro que está por llegar. Por tanto, si el fracaso llega, debería ser entendido como proceso de aprendizaje, casi de valentía por haber arriesgado, por haber caminado hacia delante pese a que nadie lo creyese posible, pero es justamente en el fracaso cuando la sociedad ve— no a la persona o negocio anterior y presente— al animal herido y es entonces cuando decide apartarse (exactamente quien en el momento del éxito estaba en primera fila). Es curioso cómo el ser humano tiene una cierta tendencia a perder valores, que el reino animal mantiene, el animal caza cuando tiene hambre, pero cuida, protege, es leal. El ser humano solo ve oportunidad en el otro, conveniencia.

Quien se ha atrevido a emprender un negocio, un sueño, sabe lo que eso implica en todos los sentidos y quien lo ha perdido, conoce, por desgracia, el alcance también. Sin embargo, en este país y en esta sociedad, lejos de aprovechar ese aprendizaje, esa valentía, esa cordura, esa pasión de perseguir tus sueños, se aparta el fracaso, no se tolera lo que la apariencia —siempre engañosa— considera como una especie de muñón que ya no sirve, que ya no aporta. Todo fracaso es un momento de transición, de transformación, tan importante para quien lo vive como para el conjunto. Por tanto, cada fracaso es una oportunidad de crecimiento social porque quien ha emprendido ahora tiene un mayor conocimiento y esa persona —ese fracaso visto por quien carece de toda experiencia real— probablemente sea una de las claves que pondrán cimiento a la sociedad futura que ampare a quien ahora al leer esto no comprende nada de nada. El fracaso, simplemente es la misma moneda que el éxito, tan solo es cuestión de lanzarla hacia arriba, no siempre caerá del mismo lado.

22/11/2022 0 comments
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Pensamiento

Hacer y deshacer

by Yolanda Álvarez 13/04/2022
written by Yolanda Álvarez

Por mi profesión me encuentro muchas veces con la frase «Estoy deshaciendo una casa», refiriéndose al hecho de vaciarla para vender o alquilar la que durante varias décadas fue el hogar familiar y luego el nido vacío de dos jubilados que ya han fallecido.

Me entristece y no acabo de acostumbrarme a esa expresión, tal vez porque las palabras cuentan más de lo que pensamos. Cuánto contenido tienen a veces, a cuántos lugares y otros tantos tiempos mejores o peores nos llevan.

Deshacer una casa implica quitarse de en medio todo lo que los herederos no han querido quedarse. Hay pues un primer esquilmo, un arrase, y luego ya preguntamos en las librerías de libros ya leídos o de viejo (término que no me agrada, nunca lo ha hecho) si nos comprarían aquellas colecciones de premios Nobel, aquel Quijote nunca leído pero de buena encuadernación, la Biblia o aquella Larousse que con tanto tesón se fue pagando mes a mes.

Pero si hay un lugar donde una se encuentra los objetos desechados de una casa son los rastros. Es en ellos donde te encuentras con vidas enteras sobre el asfalto: muebles, electrodomésticos, vinilos, libros, lámparas…

A veces me da por hacer el ejercicio mental de formar una casa con todo lo que me voy encontrando y, así, empiezo por la entrada: unos quinqués de pared, un taquillón con sus figuritas de Lladró, encima un espejo con forma de sol, un «Dios bendiga cada uno de los rincones de esta casa» y un paragüero de latón.

Para la cocina he visto una mesa y unas sillas de formica verde, una licuadora (la más moderna, de los ochenta), una olla a presión, una plancha eléctrica y una lavadora semiautomática. Remato con una docena de platos Duralex color ámbar, unos vasos de la Nocilla y un pequeño escurreplatos renegrido.

Voy al salón para poner la mesa baja de madera y mármol, los ceniceros de adorno que la cubren, un tresillo y dos sillones; en la vitrina, todos los recuerdos de bodas, la colección de búhos y la de dedales; la cristalería y la vajilla que solo se usaba en ocasiones y que sobrevive a generaciones y generaciones. Esa sopera preciosa que nos ha desbancado en esta carrera que es la vida —ella siempre llega la primera—; los niños vestidos de comunión enmarcados tamaño póster publicitario; la lámpara de ocho brazos, suplicio de quien tenía que limpiarla subida a una banqueta; el tocadiscos y los singles de Manolo Escobar, de Karina, de Boney M., de Pecos, de villancicos…

En el baño, un pequeño mueble con espejo, una caja de ColaCao que hacía las veces de botiquín y grifería incluso.

En el cuarto de las hijas los libros de Enid Blyton, los Cuentos de Andersen de María Pascual, Heidi, Mujercitas, Hombrecitos, todos ellos en Clásicos Bruguera; las nancys, las cunas, los carricoches de las muñecas, un pequeño secreter y un flexo.

Solo quedan unas cosas para acabar de hacer la casa: la Singer, el crucifijo, el cabecero de una cama matrimonial con trabajo de ebanista, igual que las dos mesitas, y la butaca de escay roja con hueco para guardar el camisón y la bata

Ya está hecha. En algún lugar está de nuevo. Solo queda una vieja caja de madera carcomida en la que reparo justo antes de ir a mirar aquel puesto de libros de más allá. Ahí están las fotos de quienes habitaron la casa, de quien limpió la lámpara, de quien se enorgullecía de las notas de sus pequeñas; fotos de estudio en blanco y negro de su boda, de las niñas cada año por Ramos, fotos de la mili del cuñado, fotos con las amigas en la romería del pueblo —tan guapas todas, con sus vestidos de popelina y sus alpargatas—, fotos del abuelo pescando en el río, varando la hierba, posando al lado del flamante 850.

Aquí ya no podemos hacer nada, ni siquiera entender cómo son las personas a las que no les importa que estas fotos acaben amontonadas a la venta en un mercado, o puede que ni tan siquiera sean conocedoras de que han ido a parar ahí.

Dejo de cavilar para no dejar que la nostalgia me lleve por sinuosos caminos y sigo entre los puestos, y se me viene a la cabeza aquello de «Una, dos y tres, lo que usted no quiera pa mi rastro es».

13/04/2022 0 comments
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Pensamiento

Aquellas que escribieron sobre el exilio. Concha, Luisa, María Teresa.

by Sabela Aldrey 24/03/2022
written by Sabela Aldrey

“Mientras juego (a los naipes), escucho los aviones que pasan encima de mi casa; pasan y pienso que todos van a España, mientras yo estoy aquí, anclada en el sillón, tomando apuntes para mis memorias”.

(Concha Méndez, Memorias habladas, memorias armadas)         

Hay una foto muy bonita de la poeta Concha Méndez con su hija en la cubierta de un barco. Las dos se abrazan y miran directamente a la cámara. Acababan de abandonar su país, al que solo regresarían de visita muchos años después. Eran dos refugiadas. Hubo una guerra en España desde 1936 hasta 1939 y esa guerra trajo la muerte de personas inocentes pero también la pérdida de otras muchas que debieron exiliarse por razones políticas. Concha Méndez fue una de esas personas, al igual que otras compañeras de su generación como María Teresa León o Luisa Carnés. La historia nos contó durante mucho tiempo cómo había afectado la guerra civil a los hombres de la Generación del 27. A Lorca lo mataron, Luis Cernuda o Rafael Alberti tuvieron que irse a Hispanoamérica para poder seguir hablando su idioma y no perderse del todo. En esa historia que nos contaron olvidaron decirnos que había muchas mujeres y niñas, como Concha y su hija, que también sufrieron el exilio. Algunas de ellas eran escritoras y, por eso, decidieron contarnos su abandono de la patria a causa de la guerra a través de poemas y libros de memorias.

En sus memorias Concha Méndez deja su testimonio de la guerra: “Nos hospedamos en una casa bombardeada, con una escalerilla que subía al único cuarto que quedaba en pie. Allí tenía Manolo una pequeña imprenta y el papel con el que imprimía estaba hecho con el uniforme de los soldados muertos.” Ella logró escaparse con su hija de dos años a París y fueron su conocimiento del idioma francés y su abrigo de pieles que la hacían parecer una mujer adinerada los que la libraron del ingreso en un campo de concentración. Era el año 1937. Dos años después, ya junto a su esposo, el también poeta Manuel Altolaguirre, pudo marcharse a Cuba y luego a México. Allí ella sacó la fuerza necesaria para animar a su marido, sumamente devastado por los horrores de la guerra: “Manolo estaba tristísimo; yo sabía que pasaría, como pasaron los otros momentos”.

La fuerza interior también debió asistir a Luisa Carnés, cuando no pudo escapar de los campos de concentración franceses. Ella también escribió sobre aquello y su testimonio es tan exacto y personal que cualquiera que lo lea se queda impactado por las duras consecuencias de los conflictos bélicos en las mujeres. Luisa nos habla de la guerra, de su lucha y de su inevitable huida por Valencia, Cataluña y Francia. Allí, en Francia acabó en un centro de internamiento para mujeres y niños que en realidad era como una prisión, provista de tapias y redes metálicas. Allí se encontró con el miedo y la prohibición, con las burlas y las miradas de desprecio de algunos vecinos del pueblo cercano, pero también con la generosidad de otros muchos franceses que, burlando la vigilancia de los gendarmes, les llevaban comida y periódicos. También se topó con la sororidad vivida entre las compañeras de refugio. Así en la habitación compartida “Era el momento de las confidencias a media voz, del cambio de impresiones sobre las cartas recibidas o lectura de la prensa. Algunas juntaban completamente sus camas y sostenían quedas conversaciones, que duraban largo tiempo. A veces, entre los murmullos apagados se dejaba oír un sollozo contenido”. Las condiciones en el refugio eran muy malas, pero la solidaridad entre las “prisioneras” fue enorme y el exilio nunca llegó a ser solitario.

Tampoco estuvo sola en su forzado exilio María Teresa León, la escritora conocida durante tanto tiempo como “la esposa de Alberti”. Ella dejó un testimonio escrito muy valioso en su Memoria de la melancolía. En este libro tan completo María Teresa nos relata la guerra con gran lirismo (“El bombardeo de cañón aturde como si millones de manos aplaudiesen o abofeteasen o injuriasen o se riesen de ti o te escupiesen… y tú sin poder hacer otra cosa que temblar”) y también profundiza en su largo exilio en Buenos Aires, ciudad a la que llegó junto a su esposo y su hija recién nacida. María Teresa recupera en su texto a la esposa del Cid, doña Jimena, que también se vio obligada a ser fuerte para resistir el destierro. Cualquier mujer exiliada es doña Jimena y los hijos que cada una de ellas alumbran en América serán hijos del exilio, sacados adelante “con un poquito de pan”. Dice María Teresa que en “esta dispersión española le ha tocado a la mujer un papel histórico y lo ha recitado bien y ha cumplido”.

Todas ellas vivieron un exilio interior y exterior. Concha, Luisa, María Teresa y miles de mujeres más sufrieron una de las peores consecuencias de la guerra. Hoy tenemos sus textos para conocernos en el pasado, para aprender de él y sentirnos responsable de un futuro mejor, libre de guerras y de mujeres alejadas de su patria. Ellas contaron su historia para ser las voces de otras tantas. María Teresa León lo dijo en sus memorias: “Algún día se contarán o cantarán las pequeñas historias, anécdotas menudas, esas que quedan en las cartas escritas, a veces, por otra mano, porque no todas las mujeres españolas saben escribir…”

24/03/2022 0 comments
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