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Zeus

Historias de dioses y estrellas

La deserción de la luz: El pulso entre Zeus y el titán Sol

by Verónica García-Peña 08/07/2026
written by Verónica García-Peña

En los relatos de esta sección dedicada a las historias de dioses y estrellas, hemos visto cómo el firmamento, muchas veces, ha cobrado vida bajo los caprichos, pasiones y castigos de los grandes dioses olímpicos. Nos resulta sencillo alzar la vista y buscar en el cielo los rastros del arco de Artemisa, la ira desproporcionada de Apolo o las artimañas de Zeus para embaucar a cualquiera de sus amantes. Sin embargo, antes de que los códigos helenos modelaran el deseo de los nuevos inmortales, el universo ya poseía sus propios soberanos. Una estirpe primigenia nacida de la unión del Cielo y la Tierra que regulaba el pulso del cosmos. Eran los titanes.

Es, pues, en ese mapa ancestral, libre de la rigidez de las deidades olímpicas posteriores, donde debemos buscar la verdadera raíz de algunos fenómenos que estremecían a la humanidad, como, por ejemplo, cuando la luz se apagaba de forma imprevista en pleno día. Para los antiguos griegos, ese oscurecimiento súbito —lo que hoy conocemos de forma sencilla como un eclipse— guardaba una relación directa con una divinidad mucho más severa que las veleidades que dominarían después el panteón griego. Era Helios, el titán Sol, culpable de que la noche llegara antes de tiempo y se llevara con ella la luz y el calor.

Para adentrarse en la naturaleza de este miedo, es necesario viajar en el tiempo literario hasta la Teogonía de Hesíodo, gran registrador de los orígenes míticos. Allí se nos presenta a los hijos del titán Hiperión ―cuyo nombre evoca al «que camina por las alturas» y que era el fuego astral primitivo― y de su hermana Tea ―la diosa de la vista y del brillo del éter―. Estos hijos eran Selene, la personificación de la Luna; Eos, la Aurora de rosados dedos; y Helios, el Sol. Descrito este último como una divinidad infatigable coronada por un halo de rayos deslumbrantes que cruzaba el firmamento en un carro de fuego tirado por cuatro corceles flamígeros llamados Flegonte, Éoo, Pirois y Étope, que significan «el ardiente», «el amanecer», «el ígneo» y «el de la mirada encendida».

Nicolas Poussin, Selene y Endymion, 1630

A diferencia de Apolo, que en los siglos posteriores asimilaría sus atributos para convertirse en el regente solar de la poesía y la medicina, Helios era el Sol mismo. Su curso diario era la garantía del orden cósmico, la luz divina que lo veía y lo juzgaba todo sobre la Tierra. Por eso mismo, cuando esa luz universal se extinguía de pronto en mitad de la jornada, el mundo heleno se paralizaba por completo. ¿Qué era lo que pasaba con Helios? ¿Por qué desaparecía?

Para la Grecia antigua, un eclipse solar, sobre todo si este era total, no era un espectáculo astronómico digno de contemplarse solo por curiosidad. Muy al contrario, resultaba un presagio funesto de proporciones poco menos que cataclísmicas. De hecho, nuestra palabra actual «eclipse» deriva del término heleno ekleipsis, que significa literalmente «abandono» o «deserción». Cuando la corona solar desaparecía, los mortales creían que los dioses, enfurecidos por los crímenes, la soberbia o la impiedad de los hombres (hybris), habían decidido dar la espalda a la Tierra, retirando su protección y dejándolos a oscuras en un desamparo absoluto.

Este terror lo relató Archíloco de Paros, pionero de la poesía lírica griega, tras presenciar el histórico eclipse total del 6 de abril de 648 a. C.: «Nada hay más allá de la esperanza, nada que pueda jurarse imposible, nada maravilloso, desde que Zeus, padre de los olímpicos, hizo la noche desde el mediodía, ocultando la luz del sol reluciente, y un miedo doloroso cayó sobre los hombres».

Anton Raphael Mengs, Helios als Personifikation des Mittages, 1765

Para los hombres de aquella época, el poema de Archíloco encerraba un mensaje bastante más complejo de lo que parece. Nos plantea un curioso dilema de jerarquías celestes porque, ¿cómo es posible que Zeus obligara a Helios a apagar el día, si el Sol era un titán anterior a él? La respuesta la encontramos en el nuevo orden político que surgió en el panteón griego tras la guerra entre los dioses y los titanes. Cuando los dioses ganaron, Zeus perdonó a Helios y a sus hermanos ―Selene (la Luna) y Eos (la Aurora)― porque su trabajo diario era imprescindible, pero los dejó bajo su estricta supervisión. Así, cuando la humanidad desataba la furia del Olimpo, Zeus ejercía su autoridad de jefe absoluto y ordenaba retirar la luz, obligando al titán a dar la espalda a la Tierra.

Siglos más tarde, el historiador Heródoto relataría en sus Historias cómo en el año 585 a. C., en plena batalla entre los lidios y los medos, el día se convirtió de pronto en noche y ambos ejércitos interpretaron la oscuridad como una orden directa de los dioses para detener la matanza, por lo que dejaron las armas y firmaron un tratado de paz cimentado en alianzas matrimoniales. Para unir a los dos pueblos casaron a la princesa Aryenis de Lidia con el príncipe heredero Astiages de Media. Una boda de conveniencia política de la que, cosas del destino, nacería el linaje del futuro Ciro el Grande, fundador del Imperio persa.

Con el paso del tiempo, el velo del mito empezó a convivir con los primeros destellos de la razón científica y los griegos comenzaron a intuir que la desaparición de Helios no se debía a un arrebato de ira olímpica, más bien a la interposición silenciosa de su hermana Selene, la Luna, cuya órbita cruzaba la trayectoria del disco solar. No lo hacía por castigar a la humanidad, sino siguiendo el inamovible baile celeste que la llevaba a ocultar el rostro de su hermano durante unos minutos. La historia de amor y mitos de Selene es, sin duda, a mi parecer, una de las más bellas y también turbadoras del firmamento, pero esa es una crónica que dejaremos para otro día.

Ingenios posteriores como el mecanismo de Anticitera —considerado el primer ordenador analógico de la historia, inventado por sabios de la Grecia helenística hacia el siglo II a. C.— permitieron calcular estos ciclos con precisión; si bien la fascinación espiritual ante el fenómeno jamás desapareció de la cultura helena y tampoco de la del resto del mundo. En la antigua China, donde los astrónomos imperiales se jugaban la vida si fallaban en predecir estos hechos, se creía que un dragón cósmico estaba devorando el astro; y en la mitología nórdica se temía que el temible lobo Sköll —cuyo nombre significa «traición» y que encarnaba las fuerzas del caos primitivo— estuviera a punto de dar caza a la diosa solar tras una persecución incansable a través de los cielos, un triste presagio que para ellos anunciaba el fin del mundo o Ragnarök. En las sagas germánicas, la personificación del astro rey era femenina.

Así pues, el próximo 12 de agosto, al atardecer, cuando la Luna cubra el Sol y su luz se apague, os invito a recordar que ese oscurecimiento momentáneo, hoy convertido en fenómeno a retratar para compartir en redes sociales, fue durante siglos motivo de terror para millones de personas en el mundo antiguo. Contempladlo, pues, como una prueba que nos recuerda que la naturaleza sigue dictando sus propias leyes, ajena a la vanidad actual de los mortales.

08/07/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellas

Ganímedes y el precio de la belleza eterna

by Verónica García-Peña 26/05/2026
written by Verónica García-Peña

En los relatos griegos, tendemos a pensar que los caprichos de los dioses se ensañan únicamente con las mujeres de la Tierra, sean estas mortales o no. Sin embargo, el Olimpo también extendió su apetito sobre la juventud masculina, dejando claro que ningún destello de hermosura estaba a salvo de la voracidad divina. Uno de los ejemplos más distintivos de este asedio lo encarna Ganímedes, un príncipe troyano cuyo atractivo no le procuró gloria, ni reinos ni herederos, como cabría suponer. Convertido en un gran exponente del deseo homoerótico en el imaginario heleno, su belleza cautivó de tal forma al rey del Olimpo que lo transformó en el más célebre amante mortal varón al que se concedió la inmortalidad.

Para adentrarse en este mito, es necesario viajar en el tiempo hasta las llanuras de la mítica Troya, mucho antes de que sus murallas fueran pasto de las llamas. Si atendemos a la cronología mítica, la vida de nuestro protagonista se situaría en algún punto del siglo XIV antes de nuestra era. Allí vivía Ganímedes, hijo del rey Tros —el monarca que daría nombre a la propia ciudad— junto a sus hermanos mayores Ilo y Asáraco. Los poetas antiguos, desde Homero en el canto XX de su Ilíada hasta Virgilio en la Eneida, coinciden en describirlo como el ser mortal más hermoso que jamás hubiera pisado la Tierra. Su belleza poseía una gracia pura, una luz que encandilaba a cuantos lo miraban mientras pastoreaba los rebaños de su padre en las laderas boscosas del monte Ida.

En el mundo antiguo, destacar entre los demás por cualquier cualidad —ya sea la fuerza o la hermosura— equivale a ponerse en el punto de mira de los dioses. Bastó por lo tanto una sola mirada de Zeus para que este pensara que aquel joven tan bello era un objeto precioso que debía pertenecerle.

En la versión más difundida del mito, recogida por Ovidio en Las metamorfosis, el rey del Olimpo decidió transformarse en una inmensa águila de poderosas garras y plumaje oscuro. Descendió de los cielos como un torbellino de viento sobre el monte Ida y, antes de que el joven pudiera siquiera entender lo que estaba pasando, se lo llevó consigo. Los textos antiguos destacan que el ave, a pesar de su fuerza y velocidad, lo elevó con tal delicadeza que sus afiladas garras ni siquiera rasgaron la piel del príncipe ni vertieron una sola gota de su sangre.

El rapto de Ganimedes, de Rubens (1636-1638).

Tras el rapto, Ganímedes fue transportado a las cumbres del monte Olimpo. Aquel viaje borró de golpe el futuro de un infante que ya nunca llegaría a gobernar su tierra, y al que se le arrebató la oportunidad de tener una vida normal o de envejecer junto a su familia. En su lugar, Zeus le concedió la inmortalidad y la eterna juventud, lo que podría parecernos un privilegio divino, pero que no lo fue en absoluto. Ganímedes sustituyó a Hebe —diosa de la juventud e hija de Zeus y Hera— en la tarea de escanciar el néctar y la ambrosía en las copas de los dioses. Una servidumbre que sería perpetua.

Mientras tanto, abajo, en la Tierra, el rey Tros pasó días llorando la misteriosa desaparición de su hijo menor, sin saber si estaba vivo o muerto. Al ver su llanto, tal y como relata Homero en la Ilíada, y como se recoge también en los Himnos Homéricos, «Zeus se apiadó de él y le dio como rescate por su hijo unos caballos de paso ligero, de los que transportan a los inmortales», y envió a Hermes —el dios mensajero de los olímpicos— para explicarle que el joven sería inmortal y estaría exento de la vejez. De este modo, el luto del rey se transformó en orgullo dinástico, aceptando los caballos y la glorificación de su hijo como el mayor honor al que su linaje podía aspirar.

Sin embargo, el Olimpo nunca fue un jardín de paz para los recién llegados. La presencia del joven troyano desató la furia de Hera, esposa legítima de Zeus, porque Ganímedes compartía el lecho de su esposo y, además, le había usurpado el puesto de copera a su hija Hebe. Desde entonces, el príncipe tuvo que aprender a caminar sobre el mármol del palacio bajo la siempre peligrosa mirada de Hera, pues sabía que su vida (aunque fuera inmortal) dependía exclusivamente de la voluble fascinación de su captor.

El tiempo, que en el Olimpo no transcurre pero en la Tierra todo lo transforma, acabó por reubicar este particular arrobamiento en las estrellas. Ganímedes sirvió fielmente como copero durante generaciones, viendo pasar la historia de los hombres desde la distancia divina, mientras la furia de Hera se apaciguaba con los siglos. El final de su servidumbre en el palacio no llegó a causa de un castigo o de una muerte trágica, como suele ser habitual en el universo griego. Fue el propio Zeus quien no quiso que el joven troyano se marchitara o volviera a la Tierra una vez agotada su función junto a los olímpicos, por lo que prefirió inmortalizarlo en las estrellas.

Por un lado, el soberano elevó al firmamento la constelación del Águila (Aquila), que brilla con fuerza en el cielo septentrional durante los meses de verano y otoño en el hemisferio norte. Este grupo de estrellas, coronado por el brillo de Altair (la más brillante), Alshain y Tarazed, inmortaliza para siempre la silueta del ave imperial en la que Zeus se transformó para raptar a Ganímedes en el monte Ida. Por otro, transformó al joven troyano en la constelación de Acuario, el portador del agua. En los mapas celestes, el joven aparece dibujado vertiendo siempre el néctar de los dioses hacia la constelación del Pez Austral (Piscis Austrinus). El chorro de luz apunta de forma directa a su estrella principal, Fomalhaut, cuyo nombre proviene del árabe y significa literalmente «la boca del pez».

Mientras los griegos imaginaban a un copero, pueblos africanos como los bosquimanos San alzaban la vista a esa misma sección del cielo para identificar en sus destellos la silueta de !Khwa, la deidad del agua. Según sus tradiciones, este ser adoptaba en el firmamento la forma del Toro de la Lluvia, una colosal criatura celestial que derramaba su líquido vital sobre la sabana para marcar el inicio de la temporada de abundancia. Al otro lado del mundo, diversas culturas de la América precolombina interpretaban la llegada de estas constelaciones en el firmamento como el aviso natural del inicio de la estación de lluvias y la renovación de la tierra. Así pues, para la humanidad, sea cual fuera su territorio, mirar a este rincón del cielo siempre ha significado la búsqueda del agua, ya sea en forma de lluvia vital para los cultivos o como el néctar inmortal de los dioses griegos.

Asimismo, la huella de este mito es tan honda que ha esculpido nuestro propio lenguaje. Durante siglos, la literatura ha utilizado el término «catamita» para referirse específicamente a los jóvenes masculinos que se convertían en objeto de deseo, dejando así una constancia histórica de la naturaleza de su rapto. ¿Por qué? Porque el nombre original del príncipe troyano sufrió numerosas transformaciones al ser adoptado primero por los etruscos y, posteriormente por los romanos, cuyo latín derivó el nombre en Catamitus. Dado que en la antigua Roma se utilizaba esta figura para describir el rol pasivo o el objeto de deseo en las relaciones masculinas, con el tiempo la palabra se desligó del personaje original y el término pasó a la literatura como un sustantivo común para referirse a ese perfil específico de joven.

Pero este rastro no quedó encerrado únicamente en los diccionarios. Si alejamos la vista de las palabras y de las titilantes constelaciones y miramos hacia el gigante planeta Júpiter —el Zeus de los romanos—, descubriremos un pequeño punto brillante que danza a su alrededor. Es Ganímedes, la mayor de las lunas galileanas y el satélite más grande de nuestro sistema solar. Un mundo de roca y hielo atrapado de forma eterna por la gravitación de su colosal captor, recordándonos que, a veces, tal vez los hilos de la gravedad y de la mitología obedecen a la misma lógica de arrastre.

26/05/2026 0 comments
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Historias de dioses y estrellas

La ninfa de Arcadia atrapada en la Osa Mayor

by Verónica García-Peña 29/04/2026
written by Verónica García-Peña

El firmamento es un enorme lienzo en el que, además de la memoria de grandes héroes y cazadores, reposan las tragedias de quienes, por caprichos olímpicos, lo perdieron todo. Entre la inmensidad de las constelaciones que dominan el hemisferio norte, la Osa Mayor brilla con una luz ciertamente señorial; sin embargo, detrás de sus siete estrellas principales no hay una bestia salvaje. Tan solo el alma rota de una ninfa llamada Calisto.

Calisto era una de las ninfas predilectas del séquito de Artemisa, diosa de la luna y de la caza e hija de Zeus, con la que compartía voto de castidad. Ambas recorrían los bosques de Arcadia, libres de las ataduras del amor y de las exigencias de la carne. Arcadia era una región montañosa de Grecia que para los antiguos representaba una suerte de paraíso terrenal, de naturaleza virgen y vida pastoril alejada de la civilización. Calisto era muy hermosa y el soberano del Olimpo se fijó en ella. Como Zeus sabía de su compromiso célibe, según explica Ovidio en Las metamorfosis, recurrió a una artimaña en verdad retorcida, pues adoptó la forma física de la propia Artemisa para acercarse a la ninfa. Esta, engañada, bajó la guardia ante la que creía su señora y protectora; sin embargo, la mentira pronto se descubrió. El dios mostró su verdadero rostro y la forzó a pesar de la resistencia de la joven, cambiando su destino para siempre.

El castigo por perder su pureza no tardó en llegar y, a pesar de lo que uno pudiera creer, fue establecido por quien ella menos pensaba: Artemisa. La diosa, al descubrir que Calisto estaba embarazada de Zeus, la desterró de su círculo y la abandonó a su suerte en la espesura del bosque. La ninfa se quedó sola, sin protección divina, y fue entonces cuando la vengativa Hera, esposa legítima de Zeus, decidió castigarla también. No en vano, Hera se pasó toda su vida vengándose de todas aquellas mujeres —y algún hombre— con las que Zeus le era infiel, que no fueron precisamente pocas. Así pues, quiso despojar a la ninfa de la belleza que había atraído a su marido y la transformó en una enorme y torpe osa. Calisto conservó su mente humana pero quedó atrapada en el cuerpo de una fiera, condenada a vagar por las mismas arboledas donde antes corría libre y feliz.

El hijo de Calisto, llamado Arcas y nacido antes de que su madre fuera convertida en un animal, creció hasta convertirse en un hábil cazador. Un día, mientras recorría el bosque, se topó con la gigantesca osa. Calisto reconoció al instante a su hijo y por eso, sin pensarlo, intentó acercarse a él para abrazarlo, pero Arcas, viendo solo a una bestia salvaje abalanzándose sobre él, tensó su arco y apuntó directamente al corazón del animal. La osa huyó y se escondió en el santuario de Zeus, donde ningún mortal tenía permiso para entrar. En ese instante, para evitar el matricidio, Zeus intervino. Se los llevó consigo y los lanzó con fuerza hacia el cielo.

En este punto de la narración, los relatos clásicos difieren sobre la forma en la que el dios inmortalizó este reencuentro en el lienzo estelar, tal y como recopiló el historiador Higinio al recoger los diferentes catasterismos en sus obras Fábulas y De Astronomia. La versión más popular, y con toda probabilidad la que más conocemos, es la que dice que Calisto se transformó en la Osa Mayor cuyas siete estrellas principales son Alioth —la más brillante de todas—, Dubhe, Merak, Phecda, Megrez, Mizar y Alkaid.

Zeus, para que la ninfa no estuviera sola en la infinidad celeste, también convirtió a Arcas en una osa más pequeña para que acompañara siempre a su madre. Así nació pues la Osa Menor, constelación en la que, si nos fijamos, brilla la Estrella Polar, que marca la punta de la cola del pequeño osezno y sirve, ayer y hoy, como un eje inamovible que guía a todos los marineros de la Tierra. De hecho, para encontrarla en la inmensidad de la noche, basta con trazar una línea imaginaria desde las estrellas exteriores del carro de la Osa Mayor —Merak y Dubhe— y dejar que estas nos guíen directamente hacia ella.

Otros relatos de la época, que sirvieron de inspiración para las obras de poetas como Ovidio, cuentan que Arcas fue convertido en la constelación del Boyero, la cual se encuentra entre la Osa Mayor y Virgo, y representa a un pastor. Su espíritu brilla a través de una estrella llamada Arturo, cuyo nombre en griego significa literalmente «El Guardián de la Osa». Es importante no confundirla con la Estrella Polar, pues son dos astros diferentes. Arturo es una estrella gigante de tonos anaranjados que destaca más a la vista que la modesta y pálida Polar, pues es la cuarta estrella más brillante del firmamento global. Para encontrarla solo debemos prolongar el arco de la cola de la Osa Mayor.

Fuese su conversión como la de un pequeño osezno o bajo la mirada atenta del guardián Arturo, el reencuentro de madre e hijo en las alturas no sirvió para frenar la rabia de Hera. Furiosa por ver a la que consideraba su rival honrada en las alturas, acudió a los titanes marinos Tetis y Océano —deidades acuáticas de una generación más antigua que la de Poseidón, dios de los mares, los terremotos y los caballos— y les prohibió que permitieran a la Osa Mayor descansar en sus aguas. Por esa razón, tal y como el propio Homero nos cuenta en el Canto V de la Odisea, la Osa Mayor jamás se pone bajo el horizonte, lo que la obliga a girar eternamente incapaz de encontrar reposo: «(…) y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre en el mismo lugar, acecha a Orión, y es la única que no se baña en el Océano».

Sea como fuere y aunque la mitología griega nos ha regalado el relato de transformación más conocido, no es la única civilización que un día miró a estas estrellas con asombro y les proveyó de vida, pues en la tradición nórdica y germánica este mismo grupo de astros no es visto como un animal, sino como el Carro de Odín o el de Thor. Los nativos americanos, por su parte, conocen el Carro como el oso celestial.

Y la huella de este mito es tan intensa que ha trascendido el cosmos para inspirar nuestra propia literatura, pues resulta imposible no ver la sombra de este trágico nombre, que viajó desde las estrellas hasta el huerto de Melibea, en el Calisto de La Celestina, aunque nada tengan que ver más allá del antropónimo —kallistos, que significa «el más bello» o «hermosísimo»—.

Y esa sombra también recorre el cielo cada día, pero en forma de satélite, pues así llamó el astrónomo Simon Marius en el siglo XVII a una de las lunas que orbitan alrededor del planeta Júpiter, bautizado así precisamente en honor al rey de los dioses —Júpiter es Zeus en la mitología romana—. Fue el astrónomo Johannes Kepler quien sugirió la idea de asignar a los cuerpos celestes de este planeta los nombres de algunas de las amantes vinculadas al dios Zeus en los relatos mitológicos. Marius recogió esa propuesta y bautizó a las cuatro grandes lunas de ese planeta con los nombres de Ío, Europa, Ganímedes —que en realidad era un príncipe troyano que se merece, desde luego, que un día contemos su historia— y la propia Calisto que, de este modo, quedó convertida en un satélite que gira de forma perpetua alrededor de quien marcó su trágico destino.

El cielo nocturno es, pues, un recordatorio de que, tanto en el juego de los antiguos dioses como en los caprichos del corazón humano, los inocentes son los que a menudo pagan el precio más alto.

 

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