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Tag:

Marilyn Monroe

Personajes

Marilyn Monroe, cien años de una lectora bajo los focos

by Beatriz Menéndez Alonso 02/06/2026
written by Beatriz Menéndez Alonso

Se cumplen cien años del nacimiento de Norma Jeane Mortenson (1926-1962), aunque Marilyn Monroe, como ocurre con todos los mitos, parece haber nacido muchas veces. Nació en los estudios de la 20th Century Fox, bajo una lluvia artificial de focos y maquillaje. Nació en las marquesinas luminosas de los cines de medio mundo. Nació en las fotografías de Richard Avedon, Cecil Beaton, Milton Greene o Eve Arnold. Nació en los lienzos de Andy Warhol, convertida en icono absoluto de la cultura pop. Y volvió a nacer después de su muerte, transformada en una figura casi legendaria cuya imagen continúa atravesando generaciones.

Sin embargo, cuanto más se multiplica el rostro de Marilyn, más difícil parece encontrar a la mujer que habitaba detrás de él.

La historia del siglo XX ha conservado miles de imágenes de ella. La joven que sonríe a la cámara con una mezcla de inocencia y desafío. La estrella que canta Diamonds Are a Girl’s Best Friend envuelta en satén rosa. La figura inmortal cuya falda blanca se eleva sobre una rejilla del metro en La tentación vive arriba. La actriz de mirada melancólica que pasea por una playa de Santa Mónica en las últimas fotografías tomadas por George Barris pocas semanas antes de su muerte.

Pero existe otra Marilyn menos conocida.

Una mujer que llevaba libros en el bolso.

Una lectora voraz.

Una artista que luchó durante toda su vida por escapar de la caricatura que Hollywood había construido para ella.

Antes de convertirse en Marilyn Monroe fue Norma Jeane, una niña que conoció demasiado pronto la incertidumbre.

Su padre estuvo ausente desde el principio. Su madre, Gladys Baker, sufrió graves problemas de salud mental y pasó largas temporadas internada. La futura estrella creció entre hogares de acogida, orfanatos y familias temporales. Aquella sensación de desarraigo la acompañaría siempre.

Muchos de quienes la conocieron señalaron que bajo el brillo de la celebridad persistía una necesidad constante de afecto y reconocimiento.

El fotógrafo Sam Shaw, uno de sus amigos más cercanos, recordaba la mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que percibía en ella. El escritor y guionista Norman Rosten, que compartió largas conversaciones con la actriz, hablaba de una mujer sensible, curiosa y extraordinariamente consciente de sus propias fragilidades.

Quizá por eso Marilyn desarrolló una relación tan intensa con la lectura.

Los libros ofrecían algo que la vida rara vez le había concedido: estabilidad.

La biblioteca secreta de una estrella

La imagen popular de Marilyn Monroe fue construida alrededor de una paradoja cruel. Cuanto más inteligente se mostraba en la vida real, más insistía la industria en representarla como una mujer ingenua.

Sin embargo, quienes frecuentaron su intimidad sabían que aquella imagen estaba lejos de la realidad.

La actriz reunió una biblioteca personal de varios centenares de volúmenes. Leía de forma constante y desordenada, movida por una curiosidad genuina más que por cualquier deseo de aparentar sofisticación.

Los volúmenes conservados muestran a una lectora curiosa y exigente, interesada por la novela, la poesía, el teatro, la filosofía, la psicología y la historia. Lejos de limitarse a exhibir libros como símbolos de prestigio intelectual, Marilyn los leía, los subrayaba y los anotaba. Algunas páginas todavía conservan marcas de lápiz y comentarios escritos de su puño y letra.

Entre sus autores predilectos destacaba Fiódor Dostoievski. Obras como Los hermanos Karamázov o Crimen y castigo la acompañaron durante años. No resulta difícil comprender por qué. Los personajes de Dostoievski viven atrapados entre el deseo de ser amados y la imposibilidad de escapar de sus propias contradicciones. Algo de esa tensión también atravesó la vida de Marilyn.

Otro de los nombres fundamentales en su biblioteca era Walt Whitman. La amplitud emocional de Hojas de hierba, su celebración de la individualidad y de la experiencia humana parecían ofrecerle un contrapunto luminoso frente a los episodios más oscuros de su existencia. Whitman representaba una idea de libertad que probablemente la actriz admiraba profundamente.

También sentía una gran fascinación por James Joyce. Poseía ejemplares de Ulises y de otras obras del escritor irlandés. Una de las fotografías más célebres tomadas por Eve Arnold la muestra precisamente leyendo Ulises en un parque de Long Island durante una pausa del rodaje. La imagen se convirtió casi en una declaración de principios contra quienes insistían en menospreciar su inteligencia.

Entre los novelistas estadounidenses ocupaban un lugar destacado John Steinbeck y Thomas Wolfe. De Steinbeck admiraba especialmente su capacidad para retratar a los marginados y a quienes luchaban contra circunstancias que parecen insuperables. Wolfe, por su parte, le ofrecía una visión apasionada y profundamente emocional de la experiencia humana.

La poesía también desempeñó un papel fundamental en su vida. Leía a Rainer Maria Rilke, cuyos poemas y cartas exploraban la soledad, la creación artística y la búsqueda de identidad. Algunos biógrafos han señalado que la sensibilidad de Rilke conectaba especialmente con la actriz porque expresaba inquietudes que ella misma experimentaba: la sensación de vivir entre dos mundos, el público y el privado, el personaje y la persona.

Su interés intelectual se extendía igualmente hacia el teatro. Admiraba profundamente a autores como Henrik Ibsen, George Bernard Shaw y, por supuesto, a Anton Chéjov. Estas lecturas influyeron en su deseo de convertirse en una actriz más seria y compleja, alejada de los papeles estereotipados que Hollywood le ofrecía con frecuencia.

No menos reveladora es su fascinación por la psicología. Marilyn poseía obras de Sigmund Freud, Erich Fromm y Karen Horney. Buscaba respuestas a preguntas que la perseguían desde la infancia: el abandono, la inseguridad, la necesidad de afecto y el miedo a la soledad. La lectura se convirtió para ella en una forma de autoconocimiento.

Quienes la conocieron recuerdan que podía hablar durante horas sobre libros. El fotógrafo Milton Greene observó que rara vez viajaba sin una pequeña selección de lecturas. Norman Rosten recordaba conversaciones en las que Marilyn saltaba con naturalidad de la poesía a la filosofía y de la literatura rusa al teatro contemporáneo. Incluso Arthur Miller quedó impresionado por la amplitud de sus intereses intelectuales.

Resulta significativo que muchos de sus libros favoritos compartan un mismo hilo conductor. No se trataba de obras superficiales ni de lecturas de evasión. Eran textos poblados por personajes que buscan un lugar en el mundo, que luchan contra la incomprensión, que desean ser reconocidos más allá de las apariencias.

Quizá Marilyn encontraba en ellos un reflejo de sí misma.

Cuando Marilyn conoció al dramaturgo Arthur Miller, ya era una de las mujeres más famosas del planeta.

Miller era algo completamente distinto.

Autor de Muerte de un viajante y Las brujas de Salem, representaba el prestigio intelectual, el reconocimiento literario y una forma de autoridad cultural que Marilyn admiraba profundamente.

Su relación fue observada con fascinación por la prensa internacional. Muchos la consideraban una unión imposible: la estrella de Hollywood y el gran dramaturgo estadounidense.

Pero Marilyn veía en Miller algo más que un marido.

Veía la posibilidad de ser tomada en serio.

Durante aquellos años se acercó aún más al mundo de los escritores, los dramaturgos y los artistas. Frecuentó círculos intelectuales neoyorquinos y profundizó en sus estudios de interpretación.

Sin embargo, la relación estuvo marcada por tensiones dolorosas.

La actriz buscaba constantemente validación emocional. Miller, más reservado, observaba con preocupación cómo la fama consumía a su esposa.

Con el tiempo, el desencanto se instaló entre ambos.

Aun así, aquellos años revelan una faceta fundamental de Marilyn: la de una mujer decidida a construir una identidad propia más allá del deseo masculino y de las expectativas de Hollywood.

Contra el encasillamiento

A mediados de los años cincuenta tomó una decisión revolucionaria.

Fundó Marilyn Monroe Productions.

Hoy puede parecer un gesto habitual, pero en aquella época resultaba extraordinario.

Las grandes estrellas femeninas dependían casi por completo de los estudios. Marilyn decidió desafiar ese sistema.

Estaba cansada de interpretar variaciones del mismo personaje.

La rubia ingenua.

La joven seductora.

La fantasía masculina.

Quería personajes más complejos.

Quería evolucionar como actriz.

Quería controlar su carrera.

También ingresó en el Actors Studio bajo la tutela de Lee Strasberg, donde compartió inquietudes con una generación de intérpretes que estaba transformando el cine estadounidense.

James Dean, Marlon Brando, Montgomery Clift y otros actores asociados al Método representaban una nueva forma de entender la interpretación.

Marilyn deseaba formar parte de esa revolución artística.

Y, en cierto modo, lo consiguió.

La paradoja de Marilyn es que mientras luchaba contra su imagen pública también creó algunos de los personajes más inolvidables de la historia del cine.

En Eva al desnudo (1950) ya demostraba una presencia magnética capaz de eclipsar escenas enteras con apenas unos minutos en pantalla.

En Niágara (1953) apareció como una figura sensual y peligrosa que anticipaba muchas de las contradicciones de su propio mito.

Los caballeros las prefieren rubias (1953) consolidó definitivamente su figura pública. Su interpretación de Lorelei Lee y la célebre secuencia musical Diamonds Are a Girl’s Best Friend siguen siendo referencias obligadas de la cultura popular contemporánea.

La tentación vive arriba (1955) le proporcionó la imagen más reproducida del siglo XX: el vestido blanco levantado por el aire procedente del metro de Nueva York.

Bus Stop (1956) permitió descubrir una actriz dramática mucho más compleja de lo que el público esperaba.

El príncipe y la corista (1957), junto a Laurence Olivier, reveló nuevamente su capacidad para combinar vulnerabilidad y comicidad.

Y finalmente llegó Con faldas a lo loco (1959).

Su personaje de Sugar Kane permanece como una de las interpretaciones cómicas más celebradas de todos los tiempos. Billy Wilder comprendió que la aparente fragilidad de Marilyn constituía precisamente la fuente de su enorme fuerza artística.

Porque nadie como ella sabía transmitir simultáneamente deseo, humor, tristeza y ternura.

La mujer detrás del mito

Y, sin embargo, un siglo después de su nacimiento, sigue siendo imposible reducirla a una sola imagen.

Ni la estrella trágica.

Ni la rubia ingenua.

Ni la musa pop.

Ni la víctima de Hollywood.

Marilyn Monroe fue todas esas mujeres y ninguna de ellas.

Fue una actriz extraordinaria que desafió las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo.

Fue una lectora apasionada que buscó en los libros respuestas que la fama nunca pudo ofrecerle.

Fue una mujer que admiró a los escritores tanto como admiraba el cine.

Y fue también una figura profundamente moderna: alguien que comprendió antes que nadie el precio de convertirse en una imagen global.

Quizá por eso continúa fascinándonos.

Porque detrás del mito, detrás de las fotografías, detrás de los vestidos legendarios y de los retratos de Warhol, sigue apareciendo la misma pregunta.

¿Quién era realmente Marilyn Monroe?

Tal vez la respuesta se encuentre menos en las pantallas de cine que en los márgenes subrayados de alguno de sus libros. Allí donde la estrella desaparecía y quedaba solamente una mujer sola, leyendo, intentando comprender el mundo y comprenderse a sí misma.

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