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Tag:

Franz Kafka

LiteraturaPensamiento

Las cartas secretas de Beethoven, Kafka y Dickinson

by Emain Juliana 31/05/2026
written by Emain Juliana

Lo que sus autores no se atrevieron a poner en un sobre dice a menudo más que cualquier cosa que llegaran a publicar.

Hay una categoría extraña de la literatura que técnicamente, no existe. Son las cartas que se escriben con la intención de enviarlas, trabajadas a veces durante semanas, firmadas o dejadas a propósito sin firma, y al final, por miedo, por prudencia o por simple cobardía, guardadas en un recóndito cajón. Algunas aparecen mucho después, cuando la mano que las escribió ya no está entre los vivos. Y resulta que esos textos huérfanos suelen decir mucho más sobre sus autores que cualquier otra cosa que llegaran a publicar en vida.

La amada que quizá nunca leyó nada

Cuando Anton Schindler revisó el escritorio de Beethoven al poco de su muerte, en 1827, lo que buscaba eran valores bancarios. Lo que encontró fue una carta de diez páginas, escrita entre el 6 y el 7 de julio, dirigida a alguien a quien el compositor llamaba «mi ángel, mi todo, mi yo» y, más adelante, «mi amada inmortal». No estaba firmada, tampoco figuraba el año ni la ciudad, pero, sobre todo, no estaba en posesión de la destinataria. Estaba en el escritorio del propio Beethoven.

Los musicólogos han pasado dos siglos discutiendo quién era ella. Las candidatas más serias son Antonie Brentano y Josephine Brunsvik, pero la lista de posibles ha llegado a tener diez nombres. Lo curioso es que, a juzgar por el tono del texto, no se trataba de un amor platónico. Beethoven escribe con una intimidad que solo se tiene con quien ya te conoce el carácter. «Solo puedo vivir contigo por completo o no vivir en absoluto». Y, sin embargo, la carta se quedó en el cajón. Quizá fue una copia y la original llegó a su destino, como sostienen algunos. O quizá Beethoven, después de redactarla a lo largo de dos días, decidió que poner por correo aquello era una forma de cerrar una puerta que prefería dejar entornada el resto de su vida.

Carta de Beethoven

Las tres cartas al Maestro

Algo parecido ocurrió con Emily Dickinson, aunque en su caso ni siquiera sabemos si la persona destinataria existió realmente. Entre los papeles que dejó la poeta al morir, en 1886, aparecieron tres borradores de cartas dirigidas a un hombre al que ella llama únicamente «Maestro». Están fechadas más o menos entre 1858 y 1862, los años en los que Dickinson empezaba a tomarse en serio su escritura, y en ellas se dirige a este personaje con una mezcla de devoción religiosa y deseo apenas contenido que resulta, todavía hoy, desconcertante.

Las identidades posibles son varias: el reverendo Charles Wadsworth, el editor Samuel Bowles, el coronel Higginson, su cuñada Susan Gilbert disfrazada en masculino, e incluso —según una hipótesis más reciente— un personaje literario inventado por la propia Dickinson para ensayar un género epistolar. No hay constancia de que las cartas fueran enviadas. Lo que se conserva son borradores, con tachaduras, frases dadas la vuelta, palabras sustituidas. Pequeños laboratorios de intimidad que terminaron archivados con el resto de su obra, esa obra que tampoco publicó.

Emily Dikinson, 1846

Ciento tres páginas para un padre que no las leería

El caso de Franz Kafka es uno de los más conocidos y, leído con cierta perspectiva, también de los más cómicos en un sentido bastante amargo. En noviembre de 1919, con treinta y seis años recién cumplidos, Kafka se sentó a escribir una carta a su padre, Hermann, para echarle por fin en cara las décadas de autoritarismo emocional bajo las que había crecido. Tardó dos semanas en redactarla. Reescribió varias veces. Mandó pasarla a máquina. Sumó al final ciento tres páginas manuscritas.

Y entonces, en lugar de entregársela él mismo, se la dio a su madre para que ella se la pasara a Hermann. La madre, que conocía a los dos, leyó la carta, comprendió perfectamente lo que iba a provocar y decidió hacer lo que muchas madres habrían hecho en su lugar: devolvérsela a Franz, con buenas palabras, sin entregar nada. Kafka la guardó. Tampoco se la dio personalmente. Acabó dejándosela a una amiga «por si quería saber de su pasado». La carta se publicó en 1952, casi treinta años después de su muerte, y hoy se lee como una de las claves de toda su obra. Hermann murió en 1931 sin haberla leído nunca.

La carta más útil que jamás se mandó

Para terminar, vamos a hablar de un caso diferente, porque no es una carta de amor ni de ajuste de cuentas familiar, sino política. El 14 de julio de 1863, pocos días después de la batalla de Gettysburg, Abraham Lincoln se sentó a escribir al general George Meade. Lee acababa de escapársele a Meade a pesar de tenerlo prácticamente acorralado, y Lincoln estaba furioso. Le dijo en la carta que estaba «inmensurablemente afligido», que la fuga de Lee prolongaría la guerra de manera indefinida, y que difícilmente podría esperarse ya que Meade hiciera nada eficaz desde el sur del Potomac.

Después de escribirla, Lincoln hizo algo que a lo largo de su vida hizo muchas veces: la metió en un sobre, escribió encima «To Gen. Meade, never sent, never signed», y la guardó. Llamaba a este tipo de cartas «hot letters», cartas calientes, y las usaba como válvula de escape para no decir en frío lo que se le ocurría en caliente. La de Meade apareció entre sus papeles tras su asesinato. Si la hubiera enviado, lo más probable es que el general hubiera dimitido en el acto, y la guerra de Secesión habría tomado un curso bastante distinto. Lincoln, que era de los pocos que sabía contar hasta diez antes de hablar, prefirió guardarla en un cajón.

Abraham Lincoln por Alexander Gardner, 1863

Hay quien argumenta que estas cartas no enviadas son, en realidad, el género epistolar en estado puro. Una carta que se envía siempre tiene en cuenta al destinatario, lo que va a pensar, lo que conviene decir y lo que no. Una carta que se guarda, en cambio, se escribe con la libertad de quien sabe que nadie va a leerla. Lo paradójico es que muchas de ellas terminan, con el tiempo, siendo leídas por más gente que cualquier mensaje que sus autores enviaran de verdad. Como si las palabras, igual que cierto tipo de plantas, necesitaran un cajón cerrado para germinar tranquilas.

Bibliografía
  • Kafka, Franz. Carta al padre. Hay varias ediciones en español; clásica la de Nórdica con traducción de Joan Parra Contreras.
  • Solomon, Maynard. Beethoven. Schirmer Books, 1998 (capítulo dedicado a la Amada Inmortal).
  • Dickinson, Emily. The Master Letters of Emily Dickinson. Edición de R. W. Franklin. Amherst College Press, 1986.
  • Dickinson, Emily. Cartas. Selección y traducción de Nicole d’Amonville Alegría. Lumen, 2022.
  • Goodwin, Doris Kearns. Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln. Simon & Schuster, 2005.
  • Konnikova, Maria. «The Lost Art of the Unsent Angry Letter». «The New York Times», 22 de marzo de 2014.
31/05/2026 0 comments
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LiteraturaPensamientoPersonajes

Ante la ley, relato de Franz Kafka

by Uve Magazine 07/02/2025
written by Uve Magazine

Ante la ley de Franz Kafka (1915) es una breve parábola que encapsula la angustia existencial y la burocracia impenetrable, temas recurrentes en la obra del autor.

Este cuento, incluido en El proceso, ilustra la impotencia del individuo frente a sistemas inescrutables y sugiere la inutilidad de la espera pasiva ante las barreras impuestas por el poder. Su ambigüedad ha dado pie a múltiples interpretaciones, desde una lectura existencialista hasta una alegoría sobre la inaccesibilidad de la verdad o la justicia.

Ante la ley se alza un guardián. Llega un hombre del campo y solicita entrar en la ley. Pero el guardián le dice que, por ahora, no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se le permitirá entrar.

—Es posible —dice el guardián—, pero no ahora.

Puesto que la puerta de la ley está abierta, como siempre, y el guardián se aparta a un lado, el hombre se inclina para mirar a través de la puerta, hacia el interior. Al notar esto, el guardián suelta una carcajada y dice:

—Si tanto te tienta, prueba a entrar a pesar de mi prohibición.

—Pero advierte: soy poderoso. Y no soy más que el primer guardián. Entre las salas hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar la mirada del tercero.

El hombre del campo no esperaba tales dificultades; la ley debería estar siempre accesible para todos, piensa. Pero al observar más detenidamente al guardián, su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda, su larga y fina barba negra tártara, decide aguardar hasta obtener el permiso para entrar.

El guardián le entrega un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta.

Allí se sienta durante días y años. Hace innumerables intentos por ser admitido y fatiga al guardián con sus súplicas. Este, de vez en cuando, le somete a pequeños interrogatorios, le pregunta por su tierra natal y por muchas otras cosas, pero tales cuestiones son indiferentes, como las que formulan los grandes señores, y al final siempre le repite que aún no puede dejarle entrar.

El hombre, que ha emprendido su viaje bien provisto, emplea cuanto posee, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero dice:

—Solo lo tomo para que no pienses que has dejado de hacer algo.

A lo largo de los años, el hombre ha observado casi sin descanso al guardián. Poco a poco, olvida a los otros guardianes, y este primero le parece el único obstáculo para entrar en la ley.

Maldice la desdichada coincidencia, al principio con impaciencia y a grandes voces; más tarde, cuando envejece, solo gruñe para sí mismo. Se vuelve infantil, y como en sus años de observación del guardián ha llegado incluso a distinguir las pulgas en el cuello de piel de su abrigo, les ruega también a ellas que le ayuden y logren ablandar el corazón del guardián.

Con el tiempo, su vista se debilita, y ya no sabe si la oscuridad a su alrededor es real o si sus ojos le engañan. Pero ahora, en medio de las tinieblas, distingue un resplandor que se filtra inexorablemente a través de la puerta de la ley.

No le queda ya mucho tiempo de vida.

Antes de su muerte, todas las experiencias de aquellos años se condensan en su mente en una única pregunta que hasta entonces no había formulado al guardián. Le hace una seña, pues ya no puede enderezar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse profundamente hacia él, pues con los años la diferencia de tamaño ha cambiado en gran perjuicio del hombre.

—¿Qué más quieres saber ahora? —pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos aspiran a entrar en la ley —dice el hombre—, ¿cómo es posible, entonces, que en todos estos años nadie, salvo yo, haya solicitado entrar?

El guardián, viendo que el hombre se halla en su último aliento, le grita al oído:

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta puerta estaba destinada solo para ti. Ahora voy a cerrarla.

Marino Costa

07/02/2025 0 comments
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