Guercino y sus heroínas bíblicas, una muestra centrada en la mirada que Giovanni Francesco Barbieri, conocido como Il Guercino, dedicó a distintas figuras femeninas de la tradición bíblica. Comisariada por María Eugenia Alonso, conservadora de Pintura Antigua del museo, la propuesta reúne en la sala 12 de la colección permanente un conjunto de seis obras que permite examinar tanto la potencia narrativa del pintor italiano como su capacidad para dotar de intensidad emocional a sus personajes.
Guercino, nacido en Cento en 1591 y fallecido en Bolonia en 1666, fue una de las grandes figuras del barroco del norte de Italia. En esta exposición, el punto de partida es Jesús y la samaritana en el pozo (hacia 1640–1641), una de las obras maestras de la colección Thyssen, en torno a la cual se articula un recorrido que incorpora préstamos de instituciones como el Museo del Prado, la Dulwich Picture Gallery de Londres y el Musée des Beaux-Arts de Estrasburgo. A través de esta selección, el museo plantea una reflexión sobre la representación de la mujer en los relatos bíblicos, aunque también sobre la evolución estilística del artista y su notable dominio del gesto, de la luz y de la expresión dramática.
La elección de estas figuras no responde a una simple preferencia iconográfica. Durante el siglo XVII, las heroínas bíblicas ocuparon un lugar destacado en la pintura europea, en especial dentro del contexto de la Contrarreforma, que favoreció imágenes capaces de conmover al espectador y de hacer visibles los afectos. En ese terreno, Guercino se mueve con especial soltura. Su pintura, heredera de la tradición boloñesa del Seicento y cercana a esa poética de los afectos que también cultivaron artistas como Guido Reni o Domenichino, convierte cada escena en un espacio cargado de tensión emocional, donde las manos, las miradas y las posturas corporales adquieren un valor decisivo.
El recorrido se abre con dos mujeres del Nuevo Testamento asociadas al motivo de la culpa y el arrepentimiento. En Jesús y la samaritana en el pozo, el diálogo entre ambos personajes se construye mediante un delicado intercambio de gestos y miradas, que da a la escena una intensidad silenciosa. Junto a ella se presenta Jesús y la mujer adúltera (hacia 1621), donde el artista utiliza los contrastes de luces y sombras para ordenar la escena y subrayar, frente al juicio de los fariseos, la fragilidad de la figura femenina, que aparece recogida, abatida y vulnerable.
La exposición continúa con dos episodios del Antiguo Testamento en los que la injusticia y la violencia recaen sobre mujeres convertidas en víctimas. En Susana y los viejos (1617), Guercino representa el momento en que la joven es observada por dos jueces mientras se baña. La composición, que destaca el cuerpo de Susana sobre un fondo oscuro, no se limita a narrar el episodio, sino que coloca al espectador en una posición incómoda, casi como testigo directo del acoso. Muy distinto, aunque igualmente dramático, resulta Abraham repudia a Agar e Ismael (1657), donde el pintor construye la escena con un sentido casi teatral y concentra la emoción en los gestos de los personajes, acentuando el conflicto moral y afectivo del pasaje.
El último tramo de la muestra se detiene en dos figuras que la tradición cristiana ha presentado con frecuencia como encarnaciones del peligro femenino, aunque Guercino introduce en ellas una lectura menos convencional. En Sansón y Dalila (1654), Dalila deja de ser simplemente la mujer traidora que arrastra al héroe a la caída y adquiere una dimensión distinta, más cercana a la de una figura activa en defensa de su pueblo. Algo parecido sucede en Salomé recibe la cabeza de san Juan Bautista (1637), donde Salomé no aparece como la joven seductora y cruel fijada por buena parte de la iconografía posterior, sino como un personaje inclinado hacia el arrepentimiento, marcado más por la presión materna que por la voluntad propia.
Con esta exposición, el Thyssen no solo devuelve la atención a una de las figuras esenciales del barroco italiano, sino que propone una lectura matizada de varios personajes femeninos cuya representación ha estado durante siglos condicionada por interpretaciones morales rígidas. En manos de Guercino, estas mujeres dejan de ser tipos cerrados para convertirse en figuras complejas, atravesadas por el dolor, la vulnerabilidad, la ambigüedad o la dignidad. El resultado es una muestra pequeña en dimensiones, pero muy precisa en su planteamiento, que permite observar cómo la pintura barroca fue también un espacio de negociación simbólica en torno a la imagen de la mujer.