Donde los muertos no siempre se van: El fantasma del cementerio

Aunque los fantasmas parecen siempre estar vinculados a estos lugares, lo cierto es que nadie se adentra en un cementerio con la idea de encontrarse con uno. Se hace para dejar flores, recordar y, a veces, contar secretos a quienes ya no pueden responder. Los camposantos son terrenos de orden con calles rectas, nombres alineados y fechas que parecen reglar el tiempo como si así se pudiera domesticar. No obstante, basta cruzar la verja para notar cómo la atención se afina y el gesto se ensombrece. Se baja la voz de forma refleja y, entre murmullos, se camina por el terreno con la sensación de que ahí, donde los muertos reposan, hay en realidad cientos de fantasmas que nos acompañan.

Se trata de una presencia discreta, pero también obstinada. Este fantasma se niega a desaparecer por mucho que de él, en ocasiones, ya no se sepa nada. Lápidas sin nombre, fecha o recuerdo. Espíritus y aparecidos, sombras y espectros son algunas de las denominaciones más comunes que esta especial ánima recibe cuando se habla o se escribe sobre ella; cuando se la imagina, pues es su terreno una de las más prolíficas atmósferas creativas del mundo. Universal como los páramos de las Brontë, el desolado fosal de Dickens en los pantanos o los terrenos de Stephen King donde la tierra se niega a guardar a sus muertos; y es que no hay cementerios, reales o imaginarios, sin historias.

En España, los camposantos comenzaron a construirse fuera de los núcleos urbanos a finales del siglo XVIII, tras la Real Cédula de Carlos III de 1787, que prohibía los enterramientos dentro de iglesias por razones sanitarias. Antes, se inhumaba a la gente en atrios y criptas. Aquella decisión, en apariencia solo práctica, tuvo como consecuencia el desplazamiento del vínculo cotidiano con la muerte, pues los muertos fueron apartados, organizados y alineados, pero lejos. En ese tránsito, algo quedó suspendido y tal vez por eso las leyendas de aparecidos que anhelaban regresar a casa, de espíritus que se sentían abandonados o de muertos que salían de su tumba cada noche crecieron.

Los archivos parroquiales y municipales, así como la memoria oral de nuestra geografía, atesoran informes y leyendas cuanto menos inquietantes sobre estos fantasmas. En el cementerio de San José, por ejemplo —edificado sobre los restos del antiguo palacio nazarí de los Alixares e integrado en el conjunto histórico de la Alhambra, en Granada—, se dice que, desde los años setenta, los vigilantes del lugar ven luminarias que recorren los nichos y escuchan pasos en las galerías vacías. En el norte, por su parte, en el fosal de Derio, en Vizcaya, la prensa local ha recogido durante décadas testimonios de trabajadores que evitan las zonas de panteones familiares clausurados tras la Guerra Civil. Allí, donde el silencio casi se puede tocar, se habla de golpes rítmicos desde el interior de las criptas. Relatos que el tiempo no ha borrado y que los propios sepultureros transmiten, pues en Derio el pasado nunca termina de callarse.

Panteones del patio primero del Cementerio de San José en Granada (España). El panteón de la familia Herrera

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, muchos enterramientos fueron hechos sin nombre, lápida y sin un registro. Epidemias, fusilamientos, suicidios que se ocultaban por vergüenza familiar, niños muertos sin bautizar… Vidas que entraron en la tierra sin una despedida y sin un relato. Quizá por eso, pienso, este espectro nunca se marcha. A mí, que me encanta visitar camposantos de todo tipo y pasear por sus calles sin prisa, también me gusta imaginar las vidas de aquellos que habitan estos lugares; de los muertos que ya no quieren saber nada de los vivos e igualmente de los otros, de los que, sospecho, por qué no, pueden aún vagar por el lugar confundiéndose con nosotros.

Cementerio Municipal de Paterna

En el cementerio de Paterna, en Valencia, conocido trágicamente como ‘El Paredón de España’, más de dos mil doscientas personas fueron fusiladas y arrojadas a fosas comunes, la inmensa mayoría durante la represión de la posguerra, entre 1939 y 1956. Hoy, mientras los forenses trabajan para devolverles sus nombres y con ellos sus historias, tanto los vecinos como los que cuidan el lugar han descrito figuras que deambulan al amanecer junto al muro, en el que aún pueden verse las marcas de las balas. No piden nada a quienes los ven, dicen. Solo marchan de un lado al otro de la tapia, a la espera probablemente de recuperar su nombre y salir del olvido de la tierra.

Algo similar ocurre en el cementerio de Comillas, en Cantabria, bajo la sombra del imponente Ángel Exterminador —obra de Joseph Llimona—. Allí, desde finales del siglo XIX, se habla de una figura femenina que aparece junto a las tumbas más antiguas, aquellas que ya no reciben flores ni visitas. ¿Qué quiere? Nadie lo sabe con exactitud. ¿Y qué busca? Tampoco hay respuesta. Sí hay, claro, muchas hipótesis, pues buena es la imaginación para dejar tranquila una leyenda como esta. Los libros de defunciones de la parroquia mencionan que varias mujeres murieron solas en el pueblo, enterradas sin familia conocida. Sirvientas o acompañantes que llegaron de lejos y nunca regresaron a sus casas. Quizá la tradición oral las fundió en una única presencia; esa mujer que deambula por la necrópolis y cuida de los olvidados. Una conciencia hecha de restos. Una presencia coral en uno de los escenarios más bellos y melancólicos del modernismo español.

Quien ha pasado tiempo en un cementerio sabe que el aire allí se percibe diferente y no es porque en verdad lo sea. Con seguridad, he de admitir, es más sugestión que otra cosa; si bien, de esta forma se siente porque cada duelo deja un poso y cada visita incompleta o conversación interrumpida, cada promesa que no se cumplió, un lastre.

Cemeterio de Montijuïc

En el cementerio de Montjuïc, en Barcelona, los sistemas de seguridad han registrado, desde los años noventa, anomalías en las zonas de beneficencia. Son avisos recurrentes de sensores que se activan en zonas cerradas donde no hay nadie, o no debería haberlo. Siempre en los mismos puntos y siempre sin causa aparente. Los vigilantes hablan de un hombre que camina por los pasillos de los no reclamados. Es una presencia que no parece pertenecer a un solo muerto. Como ocurre en Comillas, es el peso acumulado de tantos óbitos sin un adiós.

Los cementerios guardan cuerpos, sí, pero también custodian finales y silencios que no descansan. Por eso, al salir de ellos, si se mira atrás, no es miedo lo que se siente. Es la sensación de que, entre lápidas y cipreses, entre mausoleos ornamentados y cruces sin nombre, alguien espera a que su historia sea contada o, tal vez, escrita.

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