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Category:

Literatura

LiteraturaPensamiento

¿Quién teme (leer) a Virginia Woolf?

by Nerea Aguado Alonso 29/04/2025
written by Nerea Aguado Alonso

Puede que Virginia Woolf sea una de las autoras más citadas, recomendadas e influyentes en la literatura del siglo XX. Su técnica del flujo de conciencia, la narrativa no lineal o fracturada y su búsqueda constante de una nueva voz literaria están plenamente asentadas en la narrativa del siglo actual. A nadie extraña ya una novela escrita totalmente como un monólogo interior de varios personajes ni la hibridación de géneros. Sus novelas y textos narrativos se caracterizan por su densidad, complejidad y capacidad de evocación de mundos interiores. Son un desafío y como tal me gusta llevar sus libros a la programación de los clubes de lectura. Si la vamos a citar y admirar, qué menos que leerla atentamente. Sin embargo, cuando las participantes se enfrentan a un texto de la escritora británica suelen empezar preguntando cómo hacerlo, pues les impone la fama de la autora. Empezar a leer a Woolf por su narrativa es introducirse en su amplio, multicolor y experimental estilo. Hay que atreverse, que hay que entrar en esa corriente y dejarse revolcar por sus olas una y otra vez, viajando de un sentimiento a otro. Leer su narrativa como quien lee poesía, sintiéndola primero, dejando que el ritmo, la estructura, las certeras palabras y las emociones nos bañen y volver después, con la humedad aún en la piel a mirar ese agua que ya conocemos y se aquieta para que veamos el lecho pedregoso, verde y lleno de vida. Ella misma escribió en su diario: “La manera en que creo hermosas cavernas detrás de mis personajes. Creo que esto da por resultado exactamente lo que deseaba. Humanidad, humor, profundidad. El proyecto es que las cavernas estén en comunicación entre sí, y que todas queden bajo la luz del día en el mismo instante.”[1]

Para quien no esté en disposición de una zambullida de este calibre, lo mejor será comenzar por sus ensayos breves y las transcripciones de sus charlas: “Sobre la enfermedad”, “¿Soy una esnob?”, “La torre inclinada” o la famosísima “Una habitación propia” se abren como puertas accesibles hacia su universo. La autora elige un tono casi conversacional y una estructura más directa, lo que facilita una lectura inmediata sin renunciar a la profundidad de sus reflexiones. Sobre “Una habitación propia” una perfeccionista y autocrítica Virginia escribió: “ Creo que este libro tiene cierta especie de inquieta vida; se ve a un ser en trance de arquear la espalda y galpar, aun cuando, como de costumbre, buena parte del libro es aguada, delgada y está expresada en voz excesivamente alta.”[2] Dos características de la divulgación de su pensamiento la han hecho perdurable en el tiempo: los temas arriesgados, críticos e inteligentemente estructurados y un estilo directo, más ligero pero no superficial, que corre rápido como su mente pero se posa lo suficiente para ser digerido.

Leer a Virginia Woolf es una experiencia excitante, desconcertante en ocasiones y que libera lugares de nuestra mente y nuestra imaginación de manera inesperada. Empecemos por el río que cabriolea de su narrativa o por la plácida y clara orilla de sus ensayos, una vez lo hagamos nuestra manera de leer cualquier texto habrá cambiado.

[1]Virginia Woolf, Diario de una escritora, trad. Laura Pujol (Barcelona: Lumen, 1981),91.

[2] Ibid.,199

29/04/2025 0 comments
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ArteLiteratura

Cuando la enfermedad dictaba la belleza

by Emain Juliana 26/04/2025
written by Emain Juliana

En la era victoriana, la tuberculosis moldeó un ideal de belleza frágil y espectral que dejó su impronta en la moda, el arte y la literatura.

En la Inglaterra victoriana, la belleza y la enfermedad compartieron un particular vínculo. De todas las enfermedades del siglo XIX, ninguna fue tan popular como la tuberculosis, también conocida como la tisis. Hoy la recordamos como una enfermedad devastadora y mortal, pero durante el siglo XIX estuvo rodeada por una fascinación mórbida que, de alguna manera retorcida, la hacía estéticamente atractiva. Lejos de representar únicamente decadencia o muerte, la tuberculosis encarnó durante décadas el símbolo de la sensibilidad, refinamiento y una suerte de espiritualidad melancólica que marcó con fuerza la moda, el arte y la literatura del periodo. Era la enfermedad de los poetas, el mal de los amantes trágicos y el murmullo de la muerte traducido en un hermoso suspiro. Esta estética mórbida —intensamente idealizada— puede contarnos mucho sobre la cultura de una época en la que lo etéreo, lo marchito y lo vulnerable fueron elevados a un estatus de culto, la moda de lo sublime.

La tuberculosis no solo mataba a millares de personas cada año en las ciudades industriales y en los campos europeos; también modelaba los rostros que las clases altas consideraban bellos. Extremos de delgadez, piel como porcelana blanca, mejillas ruborizadas con fiebre, labios rojizos, ojos brillantes y hundidos, una mirada que se disolvía en algún punto invisible en el horizonte entre la vida y la muerte. Era una belleza proveniente del espíritu incluso más que del cuerpo. Muchas mujeres, en un intento por acercarse a este canon, se mataban de hambre, se maquillaban pálidamente y se apretaban los corsés lo más ajustados posibles, con la esperanza de lograr un pequeño cuerpo, débil y frágil que se asemejara a alguien afligido por la enfermedad, sin padecerla realmente. La moda siguió el ejemplo con vestidos diáfanos, tejidos transparentes, pronunciados escotes abiertos que dejaban bien a vista las prominentes clavículas y largos faldones que fomentaban una postura encorvada que favorecía la imagen de una fragilidad constante, como si el cuerpo estuviera al borde de disolverse en un suspiro.

El mórbido ideal no surgió de la nada. La era victoriana estaba fuertemente influenciada por el Romanticismo, el movimiento artístico y filosófico que celebraba la emoción sobre la razón y veía en el sufrimiento una ruta hacia lo trascendente. Luego, la enfermedad se convirtió en un lenguaje simbólico: la persona que se enfermaba de tuberculosis no era meramente desafortunada víctima del azar biológico, sino alguien cuya sensibilidad lo volvía incapaz de soportar el peso brutal del mundo tal como era. En el fondo, era una historia de pureza: las almas más finas, más exquisitas, eran igualmente las más frágiles, y por eso morían jóvenes, como flores marchitándose en primavera. La muerte no se interpretaba solo como una tragedia, sino como una especie de redención estética. La debilidad del físico se identificó con la exaltación de lo espiritual.

D.G.Rossetti, Lady Lilith

No es casual que tantos artistas del período fueran retratados o recordados en asociación con la enfermedad. El poeta John Keats murió joven de tuberculosis, a los veinticinco años, y se convirtió en la imagen misma del artista típico: joven, hermoso, torturado y tan exquisitamente sensible que fue apresurado a su tumba. En la literatura, la tuberculosis comenzó a servir como un signo de intensidad romántica. Alexandre Dumas hijo la inmortalizó en La Dama de las Camelias, Thomas Mann la hizo una metáfora para un tiempo dejado estar en La montaña mágica y muchos otros escritores la usaron como un recurso literario para representar la diferencia entre lo bajo y lo alto, lo vulgar y lo poético, el cuerpo y el ideal. Pero quizás en ninguna parte encontraremos esta fetichización de la belleza consumida en una expresión más extrema que en la pintura. Los prerrafaelitas, como Dante Gabriel Rossetti o John Everett Millais, presentaron su arte con una visión casi mística de la feminidad: pelo largo y suelto; miradas lejanas; piel translúcida; cuerpos inclinados en morbidez graciosa, evocando mártires y heroínas en la literatura a quienes su propia sensibilidad traicionó. Estas figuras, con frecuencia modeladas sobre actrices reales o modelos, eran claramente producto de la imagen compartida de belleza victoriana: una belleza que nunca exigía, sino que empezaba a desvanecerse; que nunca hablaba, sino que suspiraba. Y en ese susurro, tan lleno de contención y deseo reprimido, había un elemento erótico innegable.

En una sociedad tan puritana y represiva como la victoriana, donde la sexualidad femenina debía ocultarse bajo capas de pudor y silencio, la consunción ofrecía un modo aceptable de sensualidad. El cuerpo enfermo, que sobrevivía a duras penas entre suspiros, piel ardiente y labios entreabiertos, prestaba una visión velada pero muy sensual. La imagen de la mujer postrada en una cama, delicadamente apoyada sobre almohadones de encaje, tosiendo sangre con gracia contenida, activaba una respuesta emocional y erótica que la moral victoriana no podía permitir de forma abierta, pero sí a través del filtro del padecimiento. El sufrimiento embellecía el deseo, lo elevaba, le daba respetabilidad a una cultura que no sabía cómo soportar su propio reflejo sin sentirse culpable

J. E. Millais, Ophelia 1852

Mientras tanto, la medicina hacía progresos. En 1882, el Dr. Robert Koch descubrió el bacilo considerado responsable de la tuberculosis, y muchas de las nociones románticas sobre su origen fueron desacreditadas. La enfermedad, antes considerada una cuestión de temperamento melancólico o una predisposición hereditaria, sería reconocida como una preocupación infecciosa, y por tanto evitable. Siguieron cruzadas de higiene, carteles informativos y hospitales designados. Gradualmente, la tisis perdió su estatus como un destino trágico y poético, y se convirtió en una verdadera amenaza para la salud pública. La perspectiva cambió: ya no era una enfermedad de artistas sino un flagelo de las clases trabajadoras. La enfermedad perdió su aura estética y empezó a ser combatida con métodos racionales, clínicos, higienistas, y ahora podía combatirse con razón.

Mientras este cambio de actitud se endurecía en las primeras décadas del siglo XX, al finalizar el siglo muchas de las antiguas actitudes aún persistían bajo la superficie. La imagen de la mujer delicada y casi transparente todavía sobrevivía en algunos campos de la moda, el cine y la pintura. Pero había signos crecientes de cambio. Con la modernidad vino un nuevo canon de la mujer activa: una que era más saludable, con cuerpos activos, dinámicos y saludables, en definitiva; lo mórbido fue gradualmente reemplazado por la salud.

Hoy, esto podría ser impactante. ¿Cómo podría una enfermedad dolorosa, debilitante y contagiosa ser un símbolo de belleza, de todas las cosas, y mucho menos de virtud? Pero la explicación es su relación con la época. Lo que impulsó el ideal victoriano fue una tensión dinámica entre el deseo de reprimir y el deseo de ser expresado.  La tuberculosis, con su ambigua estética de lo marchito y lo sublime, ofrecía un espacio para que ese deseo contenido tomara forma sin escándalo. Era una belleza que no gritaba, que no reclamaba, pero que hablaba con la elocuencia de los cuerpos que se apagan lentamente. Una belleza, en suma, que no estaba hecha para durar.

26/04/2025 0 comments
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AgendaEventosLiteraturaPersonajes

La leyenda que florece en libros

by Uve Magazine 23/04/2025
written by Uve Magazine

Cuenta la leyenda que, en una tierra lejana y asolada por el miedo, un dragón terrible mantenía en vilo a toda una ciudad. Su aliento era venenoso, su rugido estremecía las piedras y su sombra bastaba para que los campos se secaran. Este monstruo no sólo destruía todo a su paso, sino que, para mantenerse calmado, exigía sacrificios humanos. Primero fueron animales, luego personas elegidas por sorteo, hasta que un día, el nombre que salió fue el de la hija del rey. La princesa, según las distintas versiones, no suplicó clemencia ni se escondió. Aceptó su destino con dignidad, se vistió con sus mejores galas y salió al encuentro del dragón. Justo cuando la criatura abría sus fauces para devorarla, apareció un caballero montado en un corcel blanco: Jorge, o Jordi, según la lengua. Con lanza en mano, enfrentó al dragón y lo atravesó en el corazón. De la sangre derramada brotó un rosal de flores rojas, y de entre las espinas emergió una rosa que el caballero ofreció a la princesa. Desde entonces, cada 23 de abril, en Cataluña y otras regiones, se conmemora esta hazaña legendaria con libros y rosas: una celebración del amor, la cultura y la palabra.

Esta historia, de claras resonancias medievales, combina elementos del mito, la hagiografía y la construcción simbólica de la caballería cristiana. San Jorge es, de hecho, un santo venerado en múltiples lugares del mundo, patrón de países como Inglaterra, Georgia o Etiopía, y protector de ciudades como Moscú o Beirut. En la versión catalana, la leyenda de Sant Jordi adopta un carácter propio que ha evolucionado con el tiempo hasta convertirse en una de las fiestas culturales más singulares del mundo. En vez de limitarse al martirio del santo —como ocurre en la tradición litúrgica—, la versión popular catalana transforma la historia en un relato de valentía, amor y redención que ha trascendido los templos para tomar las calles.

La fecha no es casual. El 23 de abril se conmemora el día de la muerte de dos de las figuras más importantes de la literatura universal: William Shakespeare y Miguel de Cervantes, fallecidos en 1616. Aunque no murieron exactamente el mismo día por las diferencias entre el calendario gregoriano y el juliano, la coincidencia simbólica impulsó a la UNESCO a declarar esta fecha como el Día Internacional del Libro. En Cataluña, esta efeméride se entrelazó con la celebración tradicional de Sant Jordi, generando una fusión cultural única: hombres y mujeres intercambian libros y rosas como símbolo de amor y conocimiento. Lo que antiguamente era una feria de flores y una veneración al patrón, se ha convertido en una jornada de exaltación de la lectura, en la que librerías, editoriales y autores salen a la calle, los balcones se engalanan con senyeras, y las ciudades se llenan de poesía, música y encuentros literarios. No es menor el valor simbólico de los dos objetos que se regalan. La rosa, de raíz medieval, puede rastrearse hasta los torneos de caballería y los gestos cortesanos del amor idealizado. Representa la belleza efímera, el deseo, el sacrificio, pero también la sangre derramada por una causa justa. En la historia de Sant Jordi, la rosa nace de la herida del dragón, como si el mal vencido pudiera transformarse en algo bello. Por su parte, el libro es una conquista más reciente, del siglo XX, cuando el escritor valenciano Vicent Clavel propuso en 1926 establecer un día en honor al libro. El éxito fue tal que en 1930 se fijó definitivamente el 23 de abril como la fecha de celebración. Desde entonces, regalar un libro el día de Sant Jordi ha pasado de ser un gesto entre enamorados a convertirse en una expresión de afecto, admiración o amistad, sin necesidad de vínculos románticos.

Lo más fascinante de esta tradición es que ha logrado combinar elementos dispares —el mito cristiano, la literatura moderna, el amor caballeresco, el activismo cultural— en una jornada que moviliza a miles de personas. Durante Sant Jordi, las calles de Barcelona se transforman: las avenidas se llenan de puestos de libros, las editoriales lanzan sus novedades más esperadas, los autores firman ejemplares y conversan con sus lectores, y cada conversación parece teñida de una alegría contagiosa. No es raro ver a personas que apenas leen el resto del año dejarse llevar por el impulso de la jornada y comprar libros para todos sus seres queridos. Y eso, en un mundo dominado por la prisa y lo digital, tiene algo de milagro.

Este carácter festivo, urbano y participativo diferencia a Sant Jordi de otras celebraciones literarias. Mientras que en muchos países el Día del Libro pasa casi desapercibido, en Cataluña adquiere la dimensión de una gran fiesta popular. Es, en cierto modo, una manera de reivindicar el poder de la cultura frente a los embates del olvido. El dragón de nuestros días ya no escupe fuego ni exige sacrificios humanos, pero adopta otras formas: el desinterés, la banalidad, la sobreinformación, la pérdida del pensamiento crítico. Y cada libro regalado, cada lector que se detiene a hablar con un autor o una autora, cada rosa ofrecida, es una pequeña victoria sobre ese dragón moderno.

Cabe destacar también que esta fiesta ha evolucionado en sus códigos de género. Si bien tradicionalmente los hombres regalaban rosas a las mujeres, y estas devolvían el gesto con libros, hoy ese intercambio es mucho más libre y simétrico. Las mujeres regalan libros y rosas; los hombres también. Se regalan entre amigos, colegas, familiares. La rosa ya no es sólo símbolo del amor romántico, sino también del reconocimiento, del cariño y de la celebración mutua. Lo mismo ocurre con el libro, que en su diversidad de géneros, estilos y temáticas, representa el universo de posibilidades que cada lector puede explorar.

Más allá de la leyenda fundacional, Sant Jordi ha conseguido convertirse en un símbolo de identidad colectiva. Es una fiesta que permite abrazar la diversidad literaria del mundo. En los puestos de las librerías pueden encontrarse autores de todos los países, desde clásicos hasta contemporáneos, desde la poesía al ensayo político, desde la novela gráfica hasta el cuento infantil. No hay jerarquías ni exclusiones. Todo cabe en el día del libro y la rosa, porque lo que se celebra no es sólo la letra impresa, sino la capacidad de las palabras para crear vínculos, transformar realidades y sostener la memoria de los pueblos. Quizás por eso, Sant Jordi es también una jornada de resistencia cultural. En tiempos de crisis —económicas, sanitarias o políticas—, la continuidad de esta tradición ha funcionado como una afirmación colectiva de que lo esencial sigue vivo. Durante la pandemia, aunque las calles se vaciaron, muchos mantuvieron la costumbre regalando libros y rosas a distancia, compartiendo poemas por mensajes o leyendo juntos desde la distancia. La leyenda del caballero que vence al dragón cobró entonces una nueva dimensión: la de quienes enfrentan la adversidad con palabras, con arte, con gestos de afecto.

23/04/2025 0 comments
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Literatura

Luces, máscaras y simbolismo en El gran Gatsby

by Emain Juliana 11/04/2025
written by Emain Juliana

Una sociedad hipócrita, maquillada de civilización

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, no es solo una novela sobre el amor idealizado o la búsqueda de riqueza: es un retrato implacable de la alta sociedad estadounidense de los años veinte, una radiografía de un mundo deslumbrante por fuera y vacío por dentro. A través de una narración cuidadosamente construida, Fitzgerald expone las máscaras emocionales de sus personajes, los códigos secretos del lujo, y una simbología del color que revela las fracturas de un sistema social basado en la apariencia, el poder y la hipocresía.

El protagonista de esta novela, Jay Gatsby, no es simplemente un excéntrico millonario que da fiestas fastuosas en su enorme mansión de West Egg. Es un hombre profundamente herido que ha caído en una fantasía demencial y compulsiva.

Su vida entera ha sido una construcción ficticia dirigida a recuperar a su querida Daisy, la mujer que encarna para él la promesa de un futuro perfecto y la posibilidad de ser amado. Pero ese amor es fruto de una idea concebida en su cabeza, un símbolo que ha idealizado hasta convertirlo en obsesión. Los rasgos de Gatsby recuerdan claramente a un trastorno límite de la personalidad: identidad difusa (su verdadero nombre es James Gatz), vínculos intensos y desestabilizadores, miedo al abandono, idealización extrema de una figura amorosa y tendencia a la autodestrucción. Gatsby no ama a Daisy: ama lo que ella representa, lo que cree que puede recuperar a través de ella. Su necesidad de control emocional lo lleva a recrear escenarios enteros, manipular el tiempo y desafiar el presente. Y en el momento en que su fantasía se rompe, se cae.

Daisy Buchanan, por su parte, aparece siempre rodeada de blanco, vestida con elegancia y encanto. Su voz —esa voz que “suena a dinero”— actúa como un hechizo en quienes la escuchan. Pero bajo ese barniz de ligereza hay una mujer rota, sometida, encerrada en un matrimonio muy violento. Daisy es una mujer maltratada que ha aprendido a sobrevivir sin enfrentarse directamente a su agresor. La relación con Tom está marcada por la humillación y la amenaza, y Daisy se refugia en la pasividad, en la belleza, en el juego de las apariencias. Su famosa frase acerca de su hija —“espero que sea una hermosa tontita”— esconde una amarga lucidez: entiende que la inteligencia no garantiza nada en un mundo en el que la mujer solo tiene valor si es ornamental. Su frivolidad no es superficialidad: es defensa. Incluso cuando mata accidentalmente a Myrtle y Gatsby se ofrece a cargar con la culpa, Daisy se limita a callar. Sabe que el silencio la protege, incluso si implica sacrificar a quien la ha amado incondicionalmente. En cambio, Tom Buchanan, es la encarnación más cruda de la violencia patriarcal. Racista, posesivo, cruel y arrogante, es el tipo de hombre que ejerce su poder con total impunidad. No solo maltrata emocionalmente a Daisy, sino que abusa física y psicológicamente de su amante, Myrtle, a quien llega a golpear brutalmente. Tom representa al old money, a los herederos de la riqueza tradicional que consideran que el mundo les pertenece por derecho natural. No necesita justificar su poder, ni sus actos: simplemente los ejerce. Fitzgerald no suaviza este retrato. Tom no es un villano exagerado, es un hombre cotidiano en una sociedad que lo legitima. Su discurso pseudocientífico sobre la “raza nórdica” y su constante desprecio hacia los demás revelan una mentalidad profundamente clasista y supremacista. Cuando se ve amenazado, reacciona con violencia y manipulación. Y cuando todo termina, él y Daisy simplemente se marchan, intactos, indemnes, sin mirar atrás.

La simbología del color en la novela es uno de los lenguajes más poderosos y sutiles que emplea Fitzgerald para articular sus críticas. Los colores no solo decoran, sino que codifican el estatus, las emociones y las intenciones ocultas. El dorado y el plateado, por ejemplo, están íntimamente ligados al old money, a esa aristocracia económica que heredó su lugar en el mundo. Las mansiones de East Egg brillan en estos tonos, Daisy parece bañada en luz blanca y oro. Son colores nobles, sobrios, que evocan una riqueza serena, legítima, aunque en realidad solo sirvan para disimular el vacío y la indiferencia. En cambio, el amarillo chillón, los colores vivos de los trajes y los coches de Gatsby, representan el new money, la riqueza reciente, ostentosa, sin el respaldo de un apellido ni una educación “adecuada”. Gatsby intenta copiar el lenguaje del poder, pero su brillo resulta siempre un poco excesivo, demasiado evidente. Sus fiestas, sus ropas, incluso su coche amarillo, muestran esa tensión entre el deseo de pertenecer y la imposibilidad real de ser aceptado por la élite.

Otro símbolo cromático central es el verde. La luz verde del muelle de Daisy, que Gatsby observa noche tras noche, resume la novela entera: es el faro de la esperanza, del deseo, pero también el reflejo de una obsesión destructiva. Es la promesa de algo que nunca llega, como el propio sueño americano, que Fitzgerald presenta aquí como una trampa, un espejismo. También el gris tiene un papel fundamental: es el color del Valle de las Cenizas, el espacio donde habitan los olvidados. Allí viven los Wilson, allí se consumen los que trabajan sin glamour, sin nombre. Es un paisaje muerto, sin futuro, coronado por los ojos gigantes del doctor Eckleburg, que todo lo ven pero no juzgan. Son los ojos de una moral vacía, de una espiritualidad hueca, como la sociedad que Fitzgerald retrata.

F. Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald

La novela entera es una crítica feroz a la hipocresía de la alta sociedad. Los que nacen con dinero no tienen por qué demostrar nada. Son impunes. Cuando Tom y Daisy destruyen vidas a su paso, simplemente se refugian en su dinero, en su apellido, en su falta de responsabilidad. Gatsby, que lo ha dado todo por pertenecer a ese mundo, es el único que muere. Myrtle, que aspiraba a escapar de su pobreza, también fallece. Wilson, víctima del engaño y del dolor, se quiebra. Solo los culpables sobreviven. Como escribe Nick al final, “eran gente descuidada… destruían cosas y personas, y luego se refugiaban en su dinero, o en su vasta indiferencia, o en lo que fuera que los mantenía unidos”. El gran Gatsby no es, por tanto, la historia romántica de un amor imposible, sino la historia de una sociedad enferma, construida sobre la desigualdad, la violencia y la mentira. Un cuento de hadas donde el castillo se derrumba, y los príncipes son en realidad verdugos.

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Literatura

El boom de los libros juveniles

by Emain Juliana 02/04/2025
written by Emain Juliana

Por qué enganchan tanto (y por qué nos dejan con dudas)

En los últimos años, los libros juveniles y Young Adult (YA) han estado por todas partes. Librerías, redes sociales, recomendaciones boca a boca. Da igual la edad: mucha gente se ha dejado atrapar por estas historias rápidas, intensas, muchas veces emocionales. Algunos los adoran; otros, en cambio, miran con cierto recelo ese éxito tan masivo. Y no es raro: el tema tiene miga. Son libros que se leen solos, sí, pero también que nos dejan pensando si ese viaje exprés por sus páginas vale realmente la pena.

Una buena parte de quienes los leen ya dejaron el instituto hace tiempo. Puede que se acerquen a ellos por nostalgia, por desconexión o simplemente porque son fáciles de leer. Entran bien, a veces, demasiado bien. Están diseñados para que no los sueltes: capítulos cortos, tramas con ritmo, emociones en primer plano. Y eso, en principio, no suena mal. Lo preocupante llega cuando descubres que muchas historias parecen cortadas por la misma tijera. Mismo esquema, mismos giros, mismas frases incluso. ¿Estoy leyendo una historia nueva o una variación de lo de siempre?

No hay que escarbar mucho para encontrar patrones. Ella es distinta (aunque no lo sepa), él es enigmático, hay un secreto, una amenaza, una relación imposible que lo cambia todo. El final puede ser feliz o dramático, pero el camino ya lo conocemos. Y lo reconocemos con tanta claridad que a veces nos sentimos un poco estafados. Hay libros dentro del YA que se arriesgan, claro que sí. Algunos se cuelan en tu memoria por una frase, una escena, una manera distinta de mirar el mundo o porque sucede alguna trama inesperada, pero hay otros que parecen escritos con el piloto automático. Libros pensados para funcionar, no para decir nada nuevo.

Y en medio de todo esto, TikTok. O mejor dicho, BookTok, esa especie de altavoz viral que ha conseguido que miles de personas vuelvan a leer… o al menos a comprar libros. Allí, si un libro te hace llorar, es buena señal. Se premia la intensidad, el drama, las emociones fuertes. Eso puede ser catártico, incluso bonito, pero también refuerza una forma de leer que se parece mucho a ver series en bucle: necesitas que te conmuevan, pero no te apetece complicarte demasiado. ¿Y qué pasa con los libros que no quieren hacerte llorar, sino pensar? ¿Qué lugar les queda? En paralelo, hemos visto cómo el YA se convertía en un espacio de representación. Aparecen más protagonistas queer, racializados, con problemas de salud mental, que viven en contextos sociales reales y duros. Esto ha sido un paso adelante necesario. Pero a veces da la sensación de que esa diversidad se queda en la superficie, como si formara parte de una lista de requisitos para agradar. Y eso, lejos de ayudar, banaliza. Representar no es solo poner a un personaje con determinada identidad, es hacerlo creíble, complejo, humano. Si no, se convierte en decorado. Quizá lo que más ruido hace en todo este fenómeno es la sospecha de que muchos libros YA han sido pensados como productos, no como historias que alguien necesitaba contar, sino como algo que encaje en el molde. Portadas “bonitas”, títulos que suenan igual, promesas emocionales recicladas. Y aunque leer por placer está bien, incluso necesario, también lo está preguntarse de vez en cuando qué tipo de placer estamos buscando. ¿Queremos emocionarnos o simplemente evadirnos un rato? ¿Queremos sentir algo o que nos digan exactamente qué sentir?

No todo es blanco o negro. El YA ha traído cosas buenas. Ha hecho que mucha gente se acerque a la lectura por primera vez, ha abierto puertas a autoras que antes no tenían hueco, ha generado comunidad y entusiasmo. Todo eso merece celebrarse, pero también es importante señalar sus puntos flacos: la repetición, la falta de riesgo, la superficialidad de algunas propuestas.

Quizá lo que toca ahora es mirar con ojos un poco menos entusiastas y más críticos. Darse cuenta de que no todo lo que emociona merece ser canonizado y que no pasa nada por exigirle a la literatura algo más que facilidad y rapidez.

Porque leer también es una forma de detenerse, observar con más atención y decidir con qué historias queremos quedarnos.

02/04/2025 0 comments
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ArteLiteraturaPersonajes

El diseño como juego y como acto de resistencia

by Clara Belmonte 31/03/2025
written by Clara Belmonte

Si hay una figura que encarna como pocas el cruce entre arte, diseño, juego y pensamiento, esa es Bruno Munari (Milán, 1907–1998). Y, sin embargo, reducir su legado a etiquetas sería una traición a su espíritu: Munari fue un creador inclasificable, un provocador sereno que cultivó la imaginación como quien riega una planta. Fue diseñador, artista, inventor de libros imposibles, pedagogo y poeta visual. También fue un niño que nunca quiso dejar de jugar. Nacido en una familia humilde del norte de Italia, desde joven mostró una inclinación por el arte, pero no tardaría en comprender que el arte no era un fin en sí mismo, sino un lenguaje, una forma de comunicación que podía extenderse al diseño gráfico, al diseño industrial, a la educación infantil, a la poesía visual y al juego. En los años treinta se vinculó con el futurismo —movimiento vanguardista que buscaba romper con la tradición—, pero pronto encontró su propio camino: uno más lúdico, más accesible, más poético, más conectado con la experiencia cotidiana.

En una época dominada por los manifiestos y la solemnidad de las vanguardias, Munari comenzó a preguntarse por qué el diseño no podía ser también un juego. ¿Por qué no hacer un libro sin palabras? ¿O un libro sin páginas? ¿O un libro que sólo pudieran entender los niños? ¿Por qué no enseñar a mirar las cosas desde otro ángulo? Estas preguntas no eran simples provocaciones: eran la base de un pensamiento creativo profundamente estructurado. Para Munari, el libro era un objeto expandible, un universo en sí mismo. Lo reimaginó desde la materialidad: libros con agujeros, libros de telas, libros sin texto, libros táctiles para bebés antes de que la industria infantil supiera lo que eso significaba. Su célebre Libro Illeggibile (Libro ilegible), publicado en 1949, no contenía palabras, sino formas, colores, cortes y transparencias que convertían el acto de leer en una experiencia visual y táctil. Más que leerlo, había que explorarlo. El libro dejaba de ser un soporte para convertirse en un juego visual, una escultura que se podía hojear, una puerta abierta al pensamiento abstracto. En su universo, un niño podía entender perfectamente una composición de manchas de color o un juego de transparencias superpuestas, sin necesidad de que alguien le explicara qué significaba. Porque Munari confiaba radicalmente en la inteligencia del receptor.

Su labor como pedagogo es inseparable de su trabajo como artista. En los años setenta, comenzó a colaborar con escuelas y museos para desarrollar talleres infantiles que hoy son considerados revolucionarios. No se trataba de imponer un conocimiento, sino de provocar la curiosidad. Creó los “Laboratori per bambini”, en los que los niños exploraban formas, estructuras, texturas y colores mediante el juego libre. Con barro, cartón, papeles, alambres o espejos, los participantes construían formas sin utilidad aparente, guiados sólo por el placer de descubrir y experimentar. Era una pedagogía sin castigos ni evaluaciones, donde el error era bienvenido como parte del proceso. En su libro Fantasia (1977), Munari desarrolla una idea crucial: la fantasía, la invención y la creatividad no son dones místicos, sino habilidades que pueden estimularse, cultivarse y aprenderse. Y en ese sentido, su trabajo conecta directamente con las ideas más avanzadas sobre educación activa, diseño centrado en la experiencia y pensamiento visual.

Su interés por el diseño como sistema de signos, por la iconografía cotidiana, por los pictogramas, los gestos, los mapas, lo vincula con la semiótica mucho antes de que ésta se convirtiera en una moda académica. Supo leer el lenguaje visual de las señales de tráfico y de los objetos cotidianos con la misma atención que un poeta observa una flor. Inventó máquinas inútiles —estructuras móviles y ligeras que se movían con el aire—, creó esculturas para ver la sombra que proyectaban más que su forma, diseñó lámparas, objetos domésticos, cubiertas de libros, logotipos. Todo con un espíritu lúdico pero metódico, casi científico. Porque detrás de cada juego había una estructura. Y detrás de cada estructura, una invitación a pensar. Su aproximación al diseño estaba lejos del formalismo. Creía en la función, pero también en la emoción, en la sorpresa, en la belleza inesperada. Y sobre todo, en la claridad. “Complicar es fácil. Simplificar es difícil”, solía decir. Esta búsqueda de lo esencial lo conecta con otras grandes figuras del diseño moderno como Dieter Rams o Buckminster Fuller, pero también con poetas visuales como Joan Brossa o con artistas del movimiento Fluxus.

Para Munari, la cultura no era un templo, sino una caja de herramientas. Y en esa caja cabían un alga seca recogida en la playa, una sombra proyectada en la pared, un papel de embalar, una caja de cerillas. Su arte no aspiraba a lo sublime, sino a lo sencillo: a reencantar lo que nos rodea. Por eso su legado es hoy más vigente que nunca. En una época saturada de imágenes, Munari sigue invitándonos a mirar con atención. A ver el potencial creativo de una hoja caída, a entender que el diseño puede ser una forma de ternura, que el arte no tiene por qué ser grandilocuente. Su idea de que todos somos capaces de crear —si se nos da el entorno, el tiempo y el permiso para hacerlo— resuena con fuerza en nuestros días. Munari no sólo diseñó objetos: diseñó maneras de mirar. Y en eso fue profundamente político, aunque no lo pareciera. En tiempos de producción en masa y consumo acrítico, su defensa de lo artesanal, del juego, de la atención al detalle, del error como hallazgo, son una forma de resistencia.

Su huella se percibe en múltiples disciplinas. En el diseño gráfico contemporáneo, donde su uso de la tipografía, el color y la estructura siguen siendo referentes. En la ilustración infantil, donde su influencia es visible en autores como Hervé Tullet o Katsumi Komagata. En la pedagogía alternativa, donde sus talleres han inspirado programas educativos en todo el mundo. Y también en los makers, los artistas del reciclaje, los diseñadores sociales, los ludicistas. Quizá por eso resulta tan difícil clasificarlo. Fue vanguardista y clásico. Didáctico y subversivo. Visual y conceptual. Poético y riguroso. Como si hubiera intuido que el mundo que venía necesitaría menos dogmas y más herramientas para pensar. En un momento en que el diseño tiende a lo espectacular, Munari sigue recordándonos que lo pequeño importa. Que el diseño también es una forma de cuidado. Que no hay innovación sin curiosidad, ni creatividad sin juego.

En uno de sus textos más citados, Disegnare un albero, Munari enseña cómo dibujar un árbol. Pero no se trata de una receta, sino de una forma de observar la estructura interna de las cosas. ¿Cómo crecen las ramas? ¿Cómo se bifurcan? ¿Qué lógica sigue su forma? Y entonces lo entendemos: no se trata de copiar un árbol, sino de comprenderlo. De aprender a mirar. Porque eso fue, quizá, lo que hizo Munari toda su vida: enseñarnos a mirar. No con los ojos del experto, sino con la curiosidad del principiante. A veces con humor, a veces con poesía, pero siempre con el respeto profundo de quien sabe que lo cotidiano también puede ser extraordinario. Munari no buscaba respuestas, sino preguntas mejores. Y ese, al final, es el mayor legado que puede dejar un artista, un diseñador, un pedagogo o un ser humano: el deseo de seguir explorando.

 

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ArteLiteratura

«Los mundos de Alicia». Un viaje a través del espejo del tiempo

by Uve Magazine 30/03/2025
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Del 3 de abril al 3 de agosto, CaixaForum Madrid acoge Los mundos de Alicia. Soñar el país de las maravillas, una exposición que invita a recorrer el largo camino que ha seguido el personaje de Lewis Carroll desde su creación hasta hoy. Se trata de la mayor muestra dedicada a Alicia en el país de las maravillas, y lo hace desde un enfoque amplio, creativo y muy visual.

La exposición, organizada en colaboración con el V&A Museum de Londres y producida por la Fundación ”la Caixa”, propone un viaje por las muchas vidas de Alicia: su origen en la Inglaterra victoriana, sus distintas adaptaciones al cine y al teatro, su presencia en la moda, la ciencia o las artes plásticas, y cómo ha llegado a convertirse en una figura moderna, reinterpretada desde una mirada actual.

A lo largo de cinco secciones —La invención de Alicia, A través de la pantalla, Alicia, puerta a otros mundos, Alicia en escena y Convertirse en Alicia— se ofrece un recorrido temático que permite descubrir el contexto en el que se escribió el libro, las ideas que lo atraviesan y las muchas formas en las que se ha seguido leyendo y transformando desde 1865. La muestra sigue el hilo narrativo de los doce capítulos del libro original, pero no es una simple retrospectiva: es también una invitación a mirar el mundo desde otro ángulo.

1. La invención de Alicia nos sitúa en el contexto literario, social y político de la Inglaterra victoriana, para entender la génesis de una obra que desafió las convenciones de su tiempo.
2. A través de la pantalla recoge las múltiples versiones cinematográficas y televisivas que han reinterpretado la historia de Carroll, desde las primeras adaptaciones mudas hasta las propuestas más experimentales.
3. Alicia, puerta a otros mundos se adentra en cómo temas como el sueño, el tiempo o el espacio han nutrido movimientos artísticos y discursos filosóficos contemporáneos.
4. Alicia en escena explora la apropiación del personaje en el ámbito teatral y escénico, donde se convierte en una llave para imaginar lo imposible.
5. Convertirse en Alicia ofrece una mirada actual: la niña curiosa se transforma en una figura empoderada y polifacética, símbolo de libertad, exploración y resistencia.

Con una puesta en escena inmersiva, que combina materiales históricos, piezas audiovisuales y propuestas contemporáneas, Los mundos de Alicia muestra cómo esta historia sigue viva, conectando con temas tan actuales como la identidad, la imaginación o el paso del tiempo.

30/03/2025 0 comments
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EventosLiteratura

Orvallo, el murmullo de la lluvia

by Uve Magazine 28/03/2025
written by Uve Magazine

La primera presentación de Orvallo tendrá lugar el viernes 28 de marzo a las 19:00 horas en la Librería Cervantes de Oviedo, con la participación de la autora y de la periodista y socióloga Verónica García-Peña. Será la primera de varias presentaciones que también llevarán el libro a Copenhague (25 de abril) y a la Feria del Libro en Español en Malmö (14 de junio).

Hay lluvias que no hacen ruido. No golpean con fuerza ni despiertan sobresaltos. Simplemente caen, como si acariciaran el suelo, empapando todo lo que encuentran a su paso. A esa llovizna sutil, persistente y casi invisible se la llama orvallo en Asturias. Y con esa misma delicadeza es como Marta Pastur Rubio construye su segundo libro, una colección de relatos breves que, sin levantar la voz, cala hondo.

Publicado por Uve Books y con una edición cuidada —rústica con solapas, 12 x 17 cm, 80 páginas— Orvallo es mucho más que una suma de historias. Es un viaje entre la memoria y la realidad, entre la mirada de la infancia y los ecos de la adultez. Es también un homenaje a los recuerdos, al poder de lo vivido y a las pequeñas cosas que, aunque fugaces, nos transforman.

Una autora entre dos mundos

Marta Pastur nació en Asturias, pero desde 2018 reside en Copenhague. Pedagoga de formación y máster en Neuropsicología Educativa por la Universidad de Alcalá de Henares, ha hecho de su pasión por la enseñanza un modo de vida. Tras trabajar como docente en Dinamarca, fundó su propia academia de español para niños, llamada Pollitos, donde conjuga su amor por el idioma con su vocación pedagógica.

Esa doble vida entre el norte de España y el norte de Europa ha impregnado su literatura. Si con Victoria sin cuerno, su primer libro, exploró el ámbito de la narrativa infantil ilustrada, ahora, con Orvallo, da un paso firme hacia la literatura para adultos, sin perder de vista la mirada inocente y perpleja de la niñez, aunque no es solo un libro de recuerdos ni una simple evocación nostálgica. Es también una cartografía emocional que conecta el pasado con el presente, la voz de la niña con la conciencia de la mujer, el yo autobiográfico con las vidas de muchos otros niños y niñas que Pastur ha conocido a lo largo de su vida profesional.

Desde su primer relato, despliega una sensibilidad aguda hacia lo cotidiano. Juegos infantiles, viajes en coche, charlas en el aula, el silencio de un hospital o la curiosidad ante lo desconocido se convierten en materia narrativa. A través de escenas breves, la autora teje una red de significados que giran en torno a la identidad, la fragilidad y la resistencia de la infancia.

Cada relato funciona como una pequeña estampa, una imagen que se fija en la memoria con la intensidad de un olor, una palabra o un gesto. En Efecto Proust, por ejemplo, se explora el poder de los recuerdos olfativos. En otros, como Pas de chat o Apego, se abordan el miedo a la ausencia, la pérdida y la transformación interior que implica crecer, pero lo que verdaderamente distingue a Orvallo es su capacidad para mostrar la infancia como un territorio complejo, donde conviven la ternura y el desconcierto, el juego y el trauma, la inocencia y la lucidez. Marta Pastur no idealiza el mundo infantil, sino que lo presenta como un espacio de construcción, resistencia y asombro.

La infancia como metáfora

“Con este libro de relatos he querido tender un puente entre la niñez y la vida adulta”, afirma la autora. Y ese puente se construye no solo a partir de sus vivencias personales, sino también de las historias reales de muchos niños y niñas con los que ha trabajado en Dinamarca. Algunos relatos están inspirados en situaciones conmovedoras, como la de Anisa, una niña que deseaba tener la piel blanca porque en su país el tono oscuro era sinónimo de marginación. O la de Mark y Thomas, que descubren muy pronto la vulnerabilidad de ser inmigrantes en un país ajeno.

A través de estas historias, la autora consigue ampliar el foco y trascender lo autobiográfico. Aunque Orvallo parte de lo íntimo, de lo local, se proyecta hacia lo universal. Sus temas —el apego, el miedo, la pérdida, el aprendizaje, la ternura, la nostalgia— son compartidos por lectores de cualquier edad o procedencia.

Pedagogía y literatura: un vínculo natural

El oficio de Marta Pastur como pedagoga atraviesa toda la obra. No en el sentido de una literatura didáctica, sino en el uso de la observación como herramienta narrativa. “Este proyecto nace de mi obsesión por observar”, confiesa. Y esa mirada atenta, empática, generosa, recorre cada una de las páginas del libro.

En cuentos como Hipotonía, Codo a codo o Laboratorio, la autora explora el vínculo con los niños desde la experiencia docente. Las preguntas inesperadas de los pequeños, su forma única de interpretar el mundo, su necesidad de conexión y de refugio, se convierten en claves para reflexionar también sobre la adultez y sus carencias. Estos  relatos sugieren que muchas veces somos los adultos quienes más tenemos que aprender. Y que hay una sabiduría silenciosa en los niños que solo se revela si nos detenemos, si escuchamos, si nos dejamos mojar por ese orvallo invisible que es la infancia.

Nostalgia sin almíbar

Otro de los hilos conductores del libro es la nostalgia. No como simple melancolía, sino como una forma de recuperar y resignificar lo vivido. La autora ha confesado que el libro fue también una suerte de catarsis, una forma de volver al origen desde la distancia. Desde Copenhague, este libro le ha permitido reencontrarse con su Asturias natal, con los paisajes, las personas y las emociones que la vieron crecer.

En este sentido, los relatos tienen un aire de retorno. Hay en ellos un deseo de detener el tiempo, de conservar lo perdido, de dar forma a lo inasible. Y sin embargo, no cae en la trampa del sentimentalismo. Su tono es contenido, su lirismo medido, su sensibilidad, madura. Cada texto está escrito con una prosa limpia y lírica, que sabe cuándo callar, cuándo insinuar, cuándo dejar que el lector complete el sentido. Es una escritura que no subraya, que confía en el poder de los detalles, en los gestos mínimos, en lo que queda flotando entre líneas.

Un libro que interpela

Orvallo no es un libro para devorar de una sentada. Es más bien una obra para saborear con lentitud, como quien mira llover por la ventana. Su lectura invita a detenerse, a recordar, a mirar con otros ojos lo cotidiano.

Al final, lo que Marta Pastur logra con este libro es algo muy difícil: hablarnos de cosas pequeñas que, en realidad, no lo son. Porque detrás de cada escena hay un mundo emocional que todos reconocemos. Porque todos fuimos niños alguna vez. Y todos seguimos arrastrando a ese niño interior, aunque a veces lo olvidemos.

28/03/2025 0 comments
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ArteLiteratura

Cuando los libros se llenan de flores

by Valeria Cruz 22/03/2025
written by Valeria Cruz
Imagen de cubierta de Las flores

Redouté. El libro de las flores
El arte floral en su máxima expresión

Conocido como el “Rafael de las flores”, Pierre-Joseph Redouté fue uno de los ilustradores botánicos más destacados de todos los tiempos. Su obra marcó un antes y un después en la representación artística de la naturaleza, y Redouté. El libro de las flores rinde homenaje a ese legado con una edición que es en sí misma una joya visual.

Este volumen reúne algunas de las láminas más emblemáticas del pintor belga, quien trabajó al servicio de María Antonieta y más tarde de la emperatriz Josefina. A través de sus pinceles, Redouté capturó con precisión científica y delicadeza artística la complejidad de cada flor, desde sus formas y texturas hasta sus colores más sutiles.

Pero este libro es mucho más que un muestrario de flores bellamente ilustradas: es una invitación a contemplar la botánica como un arte. En sus páginas, el lector se adentra en un universo donde ciencia y estética se dan la mano, y donde cada ilustración cuenta también una historia: la de una época fascinada por la naturaleza, por el coleccionismo y por la clasificación del mundo.

Con textos que contextualizan la figura de Redouté, su técnica y su influencia, esta edición se convierte en una obra imprescindible para amantes del arte floral, la historia natural y el libro ilustrado. Redouté. El libro de las flores es una celebración de la belleza vegetal, una ventana a un mundo donde cada pétalo es una obra maestra y cada planta, un testimonio de la pasión humana por entender —y embellecer— el entorno.

Simbología de las flores. Un viaje cultural a través de pétalos y siglos
Arte, cine y literatura desde la raíz hasta la flor

En Simbología de las flores. Arte, cine y literatura,  Emain Juliana nos invita a sumergirnos en una historia fascinante: la de las flores y los múltiples significados que han despertado a lo largo del tiempo. Cada capítulo del libro es una travesía que comienza con la llegada de una semilla y se expande hacia un entramado simbólico que atraviesa la historia, la arquitectura, la pintura, la literatura, la música o el cine.

Este no es un catálogo botánico ni un simple recorrido estético. Es una obra ambiciosa que combina investigación histórica y sensibilidad cultural para mostrarnos cómo determinadas flores han sido mucho más que elementos decorativos: han sido símbolos religiosos, códigos secretos, alegorías del deseo, emblemas del poder o presagios de muerte.

Juliana recoge el rastro de flores concretas —como la rosa, el lirio, la amapola o el narciso— desde sus primeras menciones hasta su consolidación como símbolos culturales. La autora explora cómo estas flores aparecen en la arquitectura sagrada, en partituras musicales, en lienzos cargados de intención, en relatos literarios o en secuencias cinematográficas donde una flor, aparentemente inocente, encierra toda una historia por descifrar.

Con una prosa clara y culta, Simbología de las flores se convierte en una herramienta para ver el mundo con otros ojos. Es un libro que habla de flores, sí, pero también de todo lo que hemos proyectado en ellas como civilización: amor, fe, poder, dolor, belleza. Una lectura que fascinará tanto a estudiosos del arte y la historia como a curiosos, lectores, artistas o amantes de los símbolos ocultos en las pequeñas cosas.

El gran libro de las flores
Un jardín ilustrado para pequeños y grandes exploradores
Yuval Zommer · Traducción de Susana Tornero

Con su inconfundible estilo colorido y lleno de vida, Yuval Zommer nos abre las puertas de un jardín exuberante en El gran libro de las flores, una obra que fascina tanto a lectores jóvenes como a adultos. A medio camino entre la enciclopedia visual y el álbum ilustrado, este libro invita a descubrir el asombroso universo de las flores con curiosidad, asombro y alegría.

A lo largo de sus páginas, Zommer combina datos científicos accesibles con pequeñas anécdotas sorprendentes sobre la vida de las plantas: ¿por qué algunas flores huelen tan bien y otras tan mal?, ¿cómo se comunican con los insectos?, ¿qué flores abren solo de noche?, ¿y cuáles son tan raras que parecen sacadas de otro planeta?

Con ilustraciones vibrantes y un diseño lleno de detalles para observar una y otra vez, El gran libro de las flores no solo enseña, también invita a jugar y a mirar el entorno natural con otros ojos. Cada página es una oportunidad para despertar el interés por la botánica, la ecología y el respeto por el medio ambiente.

Traducido por Susana Tornero, este título forma parte de la exitosa serie “El gran libro de…” de Yuval Zommer, uno de los ilustradores infantiles más celebrados del panorama actual. Su propuesta combina conocimiento, humor y una estética única que lo ha convertido en un autor de referencia para introducir a niños y niñas en el amor por la naturaleza.

Ideal para compartir en familia, para disfrutar en el aula o para regalar a cualquier amante de las flores, este libro es una auténtica celebración de la diversidad, la belleza y la inteligencia del mundo vegetal.

22/03/2025 0 comments
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EventosLiteratura

¿De qué muere un buitre? La exploración poética de Nerea Aguado Alonso

by Uve Magazine 20/03/2025
written by Uve Magazine

En el poemario ¿De qué muere un buitre?, Nerea Aguado Alonso invita al lector a sumergirse en una profunda reflexión sobre la naturaleza de la vida, la muerte y la existencia humana en el contexto del mundo natural. A través de una serie de poemas, aborda temas como la dualidad, la transitoriedad, la resistencia y la interconexión, tejiendo una narrativa poética que nos lleva a explorar los misterios y complejidades de la existencia.

La obra nos sitúa en el paisaje de las Bardenas Reales, un escenario que, más allá de su valor natural, se convierte en un espacio simbólico donde se entrelazan memoria, identidad y pérdida. La autora regresa a este territorio para rescatar no solo sus sonidos y colores, sino también su lenguaje, sus localismos, sus elementos que se diluyen con el paso del tiempo.

Uno de los detonantes del poemario fue el hallazgo de un buitre muerto al pie de un molino de viento, un símbolo que sintetiza la paradoja del progreso y la destrucción. Este hecho, junto a la pérdida de familiares y de su mascota, llevó a Aguado Alonso a explorar el duelo desde una perspectiva lírica, reivindicando la necesidad de detenerse, observar y sentir en una sociedad que a menudo rechaza estas pausas.

La poeta logra en ¿De qué muere un buitre? publicado por Uve Books, un equilibrio entre lo onírico y lo terrenal, entre la dureza del paisaje y la delicadeza de la palabra. Sus versos, acompañados por las ilustraciones de Yulia Podlinnova, componen un universo en el que el cielo y la tierra dialogan, y en el que la poesía se alza como un refugio frente a la fugacidad del tiempo.

Este nuevo poemario se presenta el 21 de marzo a las 19:00 horas en Cabanillas, Navarra, en un encuentro especial en el que Nerea Aguado Alonso será entrevistada por el músico y compositor Patxi Morillas Araque. Una conversación que ahondará en la profundidad de su poesía, su vínculo con la naturaleza y la palabra como territorio de resistencia.

20/03/2025 0 comments
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