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Author

Emain Juliana

Emain Juliana

Autora de Simbología de las flores. Arte, cine y literatura y Fuerzas ocultas. Edita, diseña y escribe algún artículo que otro.

LiteraturaPensamientoPersonajes

La doble vida de Dorian Gray

by Emain Juliana 07/08/2025
written by Emain Juliana

Durante más de un siglo, Dorian Gray ha sido algo más que un personaje literario: se ha convertido en una figura espectral que transita entre épocas, una silueta siempre joven que nos devuelve la mirada desde un lienzo que ya no es solo el retrato de un hombre, sino el reflejo de una cultura entera obsesionada con no envejecer. Oscar Wilde lo creó como un experimento estético, como una sátira envenenada de los valores de su tiempo, pero el experimento se le escapó de las manos. Dorian no solo representa al esteta victoriano; es también el antecedente de una forma de habitar el cuerpo y la imagen que hoy reconocemos con una familiaridad inquietante. Su belleza no es solo un don, es una condena. Y su historia, una advertencia que nadie parece querer escuchar.

Lo fascinante del personaje no es que conserve su juventud, sino lo que está dispuesto a hacer para no perderla, en lugar de encarnar un deseo común —vivir más, sentirse joven, aferrarse al placer—, Dorian representa la perversión de ese deseo, se transforma en un rechazo absoluto de la decadencia y del paso del tiempo. No envejece, pero tampoco madura. Todo lo que se pudre en su interior queda oculto, no por la negación consciente, sino por un pacto casi demoníaco con la apariencia. Mientras los demás ven su piel intacta, su mirada limpia, su sonrisa perfecta, en lo profundo del retrato se va acumulando la verdad: traiciones, crímenes y la pérdida de su propia alma.

Ese pacto, sin embargo, no se establece de forma explícita. No hay invocaciones, ni espíritus, ni demonios, ni contratos con firmas de sangre. Hay algo mucho más perverso: el deseo dicho en voz alta, la posibilidad formulada como un juego. Lord Henry, con su ironía elegante y su cinismo brillante, no es un villano clásico, sino un corruptor muy sofisticado, alguien que en lugar de obligar, sugiere y seduce sibilinamente. Dorian no vende su alma: se la regala a una idea. La idea de que todo lo que es valioso en la vida reside en la experiencia estética, de que el placer justifica cualquier tipo de conducta, y que el cuerpo solo existe para ser adorado. Y una vez que acepta esa premisa, ya no hay vuelta atrás.

Porque el cuerpo que no cambia se convierte en un campo de impunidad. Dorian atraviesa los años como un espectro inverso, manteniéndose muy joven, siempre visible allá donde va, e intacto. Pero su alma, la que está atrapada en el lienzo, se convierte en el receptáculo de todo aquello que no quiere sentir. El retrato no envejece como lo haría un rostro común, sino como lo haría una conciencia deformada y oscurecida, cosa que le vuelve repulsivo. Lo que Wilde nos muestra no es una simple inversión entre cuerpo y representación, sino una fractura: el yo dividido, la escisión entre lo que mostramos y lo que somos. Dorian se convierte, así, en un emblema anticipado de lo que hoy llamaríamos disociación estética. El horror no está en el cuadro, sino en el hecho de que él puede admirarlo sin reconocerse. O peor, sabiendo que sí es él, pero tampoco le importa.

Oscar Wilde, 1882

Ese desdoblamiento es lo que convierte a la novela en una obra gótica en su sentido más profundo. No necesita castillos ruinosos o apariciones espectrales. Dorian no necesita ser perseguido, ni maldecido por nadie o encerrado. Lo que lo condena no es un espectro, sino su propia falta de remordimiento. Incluso cuando asesina a Basil Hallward —el pintor y amigo, el único que aún cree que en él hay algo rescatable—, Dorian actúa con la frialdad de quien sabe que ya no puede redimirse. No porque lo haya decidido, sino porque ha cruzado demasiadas veces la línea entre el deseo y el daño, y en ese punto, el crimen ya no es un acto transgresor, sino la consecuencia natural de una vida sostenida sobre la negación del otro. La juventud eterna se convierte, irónicamente, en una forma de muerte.

Pero hay algo más en esta historia, algo que ha hecho que el personaje sobreviva al paso del tiempo o a las modas literarias. Dorian Gray no solo es símbolo de la belleza que corrompe; es también un espejo roto del deseo masculino. Wilde no lo oculta: la relación entre Basil y Dorian está cargada de una tensión emocional y estética que desborda la amistad. La fascinación de Basil no es solo artística, es amorosa y en cierta medida devocional, y la respuesta de Dorian es la de quien sabe que es amado, pero elige no corresponder. El retrato, en ese sentido, no es solo una obra de arte: es una declaración de amor que será traicionada. Y lo que Dorian destruye al final no es solo el símbolo de su corrupción, sino la única prueba de que alguna vez fue amado de una forma sincera.

Esta dimensión ambigua, moralmente inquietante ha sido lo que ha permitido que la figura de Dorian se infiltre en la cultura contemporánea. Desde las múltiples adaptaciones en el teatro y en el cine, hasta su recuperación en los discursos sobre el culto al cuerpo, la cirugía estética, el narcisismo digital o la construcción de identidades fluidas, Dorian ha pasado de personaje a emblema. En una época en la que la imagen se ha vuelto una forma de poder, él representa tanto el ideal como su tragedia. No necesita filtros, ni retoques: su rostro perfecto es su cárcel y condena. 

La figura del influencer —esa presencia permanente, radiante, intocable— no es tan distinta de la que Wilde dibujó con precisión milimétrica. La diferencia es que hoy el retrato no está en un desván oculto, sino en la galería de Instagram. Y lo que se degrada, lentamente, no es un lienzo, sino el vínculo con la realidad. Dorian, en ese sentido, no ha muerto. Ha mutado. Vive en cada intento de borrar la arruga, de editar un rostro, de construir una versión idealizada de uno mismo que no admite ninguna grieta. La cultura de la perfección, encuentra en él a su primer mártir: hermoso, carismático, egocéntrico, insensible, vacío.

Y sin embargo, lo que vuelve inolvidable al personaje no es su belleza, tampoco su carisma o su frialdad, ni siquiera su capacidad de destrucción. Es el momento final, cuando ya no puede sostener más la mentira, y decide enfrentarse al retrato, cosa que no hace por arrepentimiento, sino por desesperación. Porque entiende, demasiado tarde, que vivir sin alma no es vivir. Cuando clava el puñal en el lienzo, lo hace con la furia de quien quiere aniquilar al testigo. Pero el arte, como la verdad, no puede ser asesinado sin consecuencias. Al romper el pacto, el cuerpo de Dorian se transforma: envejece de golpe, se llena de profundas arrugas, aparecen manchas en su piel y muere. El rostro que todos admiraban desaparece. Y en el suelo queda solo un cuerpo ajado, irreconocible, mientras el retrato recupera su forma original. No es un castigo sobrenatural, sino una restauración simbólica: la verdad, por fin, ha salido a la luz.

Oscar Wilde pagó caro por haber escrito esta novela. Fue acusado de inmoral y de indecente. Pero lo que su libro revelaba no era una defensa del vicio, sino una exposición del precio de la negación. En un mundo obsesionado con la moral aparente, Dorian Gray fue el espejo roto de una sociedad que se refugiaba en la indiferencia. Y puede que ahí resida la razón de su vigencia incómoda. Porque no hay nada más aterrador que reconocer que, en el fondo, todos tenemos un retrato escondido en algún lugar.

07/08/2025 0 comments
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LiteraturaPensamiento

Tsunami, la ola que arrasa el tiempo

by Emain Juliana 30/07/2025
written by Emain Juliana

El tsunami, esa ola inmensa que lo traga todo, ha estado presente en el imaginario literario mucho antes de que la ciencia le pusiera un nombre. Desde los mitos más antiguos hasta los relatos modernos han descrito una fuerza descomunal que se traga la tierra, a veces se presenta como castigo, otras como limpieza o ruptura, pero siempre como algo que tras la devastación obliga a comenzar de nuevo. 

A lo largo del tiempo, las olas gigantes no se han visto solo como un fenómeno natural, sino como algo que escapa a cualquier intento de control. En Japón, por ejemplo, forman parte de la memoria colectiva, de una experiencia vivida y repetida con cierta asiduidad. En Europa, en cambio, han representado más bien el miedo a lo desconocido, la sensación de que por muy avanzada que sea una sociedad, la naturaleza siempre puede imponerse. En los libros, el tsunami ha servido para hablar de eso que irrumpe y lo destruye todo, sin previo aviso.

En los textos antiguos, lo que hoy llamaríamos un tsunami aparece muchas veces disfrazado de diluvio. No como un fenómeno aislado, sino como una especie de reset cósmico. En La epopeya de Gilgamesh, uno de los primeros relatos escritos de la humanidad, los dioses deciden exterminar a los hombres con una gran inundación, pero solo Utnapishtim, advertido a tiempo, logra construir una embarcación y sobrevivir. La historia es muy parecida a la del Génesis bíblico, donde Noé también se salva del castigo divino construyendo un arca. En la mitología griega, Deucalión y Pirra escapan de la gran ola enviada por Zeus, y en la tradición hindú, el sabio Manú recibe el aviso de un pez que resulta ser una deidad. En todos los casos, el agua aparece como lo que borra lo anterior y deja espacio para algo nuevo. El mar no solo castiga, también limpia, y lo que llegará después será distinto, aunque no necesariamente mejor.

En Japón, donde los tsunamis forman parte de la historia nacional, la relación con el mar es distinta. No es una figura mitológica ni una metáfora lejana, es una realidad que se repite de manera bastante cotidiana. Desde el siglo VIII, los registros dan cuenta de terremotos y olas gigantes, durante el periodo Edo, se documentaron con detalle en crónicas, mapas y grabados, pero también en canciones populares y en la poesía. La literatura japonesa, especialmente el haiku, ha sabido expresar ese miedo con una sobriedad conmovedora. No hace falta nombrar la ola para que se sienta su peso, a veces está en el silencio previo al desastre, en la arena que se ensancha, en el grito que se apaga. El tsunami, en estos versos tan breves, no es una catástrofe ruidosa, sino una ausencia de sonido. Un momento suspendido en el tiempo que se vuelve irreversible.

En Europa, no se tomó conciencia del tsunami como un fenómeno real hasta el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa en 1755. Aquel día, la ciudad fue sacudida por un seísmo brutal, arrasada por un maremoto y devorada por el fuego, fallecieron decenas de miles de personas. El desastre fue tan inmenso que no cabía en los esquemas mentales de la época, y para colmo sucedió en el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas. Muchos se preguntaron por qué una ciudad tan religiosa era castigada así. ¿Dónde estaba Dios? ¿Qué lógica podía tener aquello? Voltaire, en Cándido, se burla de quienes decían que todo sucede para bien. El terremoto y el tsunami hicieron añicos la idea de que el mundo era un lugar ordenado y justo, y desde entonces la naturaleza empezó a verse no solo como algo hermoso o admirable, sino también como una fuerza capaz de arrasar sin un motivo, simplemente porque sí.

El Romanticismo abrazó esa visión. El mar se convirtió en el escenario de tormentas interiores, de pérdidas, de luchas imposibles. Lord Byron escribió sobre mares embravecidos donde «el alma se disuelve». Víctor Hugo, en Los trabajadores del mar, convirtió al océano en un personaje: un adversario poderoso e indiferente. El mar ya no era solo un decorado de fondo, sino algo que tomaba protagonismo, como un personaje más, capaz de reflejar lo insignificante que puede llegar a ser el ser humano.

En el siglo XX, los tsunamis dejaron de ser un mito para convertirse en hechos documentados y analizados por sismógrafos, observados por científicos y periodistas. En Japón, el gran tsunami de Sanriku en 1933 provocó más de tres mil muertes, y aunque las narraciones que surgieron de aquel desastre no alcanzaron gran difusión internacional, marcaron un cambio en el tono, empezó a ser contado como herida y trauma, como un acontecimiento que transforma para siempre la relación de una comunidad con su territorio. La literatura reflejó ese giro, no siempre a través de novelas, pero sí mediante memorias, poemas, canciones populares o diarios personales que luego circularon como parte de lo vivido.

En Occidente, mientras tanto, encontró un nuevo espacio en la literatura especulativa; en novelas como The Drowned World de J. G. Ballard (1962), el mundo ya no es arrasado por una ola puntual, sino que queda sumergido por completo: las ciudades reposan bajo el agua, el paisaje es una ruina líquida y ya no hay castigo, ni juicio, ni drama moral, sino transformación. En estas narraciones, la ola no representa un final, sino una mutación, y lo que surge después no es lo que había antes, sino otra cosa: otro mundo, otro cuerpo  y otro orden.

En el siglo XXI, se convirtió en una realidad inmediata, vivida en directo a través de las televisiones, porque la tragedia del océano Índico en 2004, seguida por el desastre de Fukushima en 2011, transformó para siempre la forma en que se perciben estos fenómenos. Ya no se trataba de imaginar la destrucción, sino de verla avanzar en tiempo real mientras arrasaba ciudades, y esa visibilidad cambió también su lugar en la literatura, que comenzó a responder no solo desde la ficción sino también desde la necesidad de dar testimonio. Obras como Wave de Sonali Deraniyagala, donde la autora relata la pérdida de toda su familia en Sri Lanka, o antologías como March Was Made of Yarn, que recogen testimonios tras Fukushima, no buscan explicar lo ocurrido sino sostener lo que queda, hablar sobre el duelo y el miedo persistente, la reconstrucción lenta y los silencios que apenas se pueden nombrar.

Desde entonces, la escritura ha convertido estas catástrofes en una presencia real, en memoria colectiva. Ya no se representa como un giro dramático o un evento distante, sino como una vida partida en dos, con un antes y un después que es imposible de borrar. En este nuevo ciclo, las olas recuperan su protagonismo no como escenario romántico ni como fondo simbólico, sino como una fuerza que es tangible y su impacto influye no solo por lo que destruyen, sino por todo lo que obligan a reconstruir: el lenguaje, los vínculos, la memoria, el paisaje y las certezas. De este modo, lo verdaderamente devastador no siempre es el agua en movimiento, sino el vacío que deja cuando todo ya ha quedado en silencio.

30/07/2025 0 comments
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LiteraturaPersonajes

Emily Dickinson, la poeta que fue enterrada dos veces

by Emain Juliana 22/07/2025
written by Emain Juliana

Emily Dickinson no solo fue una de las poetas más originales del siglo XIX, sino también una mujer rodeada de enigmas. Discreta, introspectiva y tremendamente lúcida, vivió prácticamente encerrada en su casa de Amherst, Massachusetts, escribiendo a solas cientos de poemas que apenas compartió en vida. Pero lo que pocos saben es que, años después de su muerte, fue… enterrada dos veces.

Sí, literal. No es metáfora, ni leyenda urbana, ni licencia poética: los restos de Dickinson fueron exhumados y trasladados dentro del mismo cementerio donde había sido sepultada originalmente. Y aunque el hecho apenas se menciona en las biografías, dice mucho sobre la forma en que seguimos tratando a nuestros muertos ilustres.

Vamos por partes.

Emily Dickinson murió en 1886, a los 55 años. Su funeral fue tan sobrio como su vida. Sin grandes gestos, sin multitudes, ni homenajes públicos. Fue enterrada en el West Cemetery de su pueblo, en una parcela familiar, bajo una lápida que, como sus versos, encierra mundos en pocas palabras: Called Back («Llamada de vuelta»).

Emily Dickinson

Con el paso del tiempo, sus poemas comenzaron a editarse y circular y el mundo descubría por fin a la poeta que había permanecido en las sombras. Ahí comenzó también la mitificación. Su casa se convirtió en lugar de peregrinaje, sus cartas fueron publicadas y sus objetos personales se preservaron como si fueran reliquias… la tumba donde fue enterrada empezó a recibir flores, lápices, libretas, mensajes manuscritos.

Pero en algún momento, en medio de ese proceso de reconstrucción y admiración, alguien decidió moverla. Los detalles son difusos. Algunos aseguran que fue una decisión familiar para reagrupar los restos en la zona más «visible» del cementerio, otros apuntan a una reorganización interna de las parcelas por parte de la administración del lugar. No se sabe con certeza quién tomó la decisión, pero lo que está claro es que Emily Dickinson fue exhumada y vuelta a enterrar, discretamente, sin ceremonia pública ni explicaciones.

¿Es relevante? ¿Cambia algo? Tal vez sí.

Para una autora que pasó su vida entera escribiendo en secreto y que hablaba de la muerte como si ya la conociera, este doble entierro tiene un aire poético involuntario. Como si incluso después de muerta, el mundo no supiera bien qué hacer con ella. Como si su lugar definitivo, tanto como su reconocimiento, hubiera llegado tarde.

En uno de sus poemas más célebres escribió:

«Porque no pude detenerme por la Muerte —
Él, amablemente, se detuvo por mí —
El carruaje no llevaba a nadie más
sino a nosotros… y la Inmortalidad».

La muerte, para Dickinson, era un paseo, una transición, no un final. Así que quizás ese segundo entierro no sea un error, sino una continuación. Un nuevo comienzo, como los que nunca tuvo en vida, cuando apenas publicó unos pocos poemas y nadie sabía el tesoro que guardaba en sus cajones.

Hoy, quienes visitan su tumba siguen dejando flores, mensajes y pequeños homenajes, quizá sin saber que los restos de Emily Dickinson no están exactamente donde los pusieron en 1886. Están a unos metros de allí. Como si la tierra, al igual que nosotros, necesitara tiempo para entenderla.

22/07/2025 0 comments
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AgendaArteEventos

Anna Weyant entre espejos y herencias

by Emain Juliana 18/07/2025
written by Emain Juliana

El Museo Thyssen-Bornemisza acoge la primera exposición monográfica en un museo de la artista canadiense Anna Weyant (Calgary, 1995), dentro del programa dedicado a la colección de Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza. La muestra, comisariada por Guillermo Solana, reúne 26 obras entre lienzos y trabajos sobre papel pertenecientes a su producción más reciente, y se podrá visitar del 15 de julio al 12 de octubre de 2025.

Formada en la Rhode Island School of Design y con una breve estancia en la China Academy of Art en Hangzhou, Weyant se trasladó a Nueva York, donde su carrera despegó con fuerza desde su primera exposición individual en 2019. En apenas unos años, ha pasado de vender dibujos por 400 dólares en ferias locales a alcanzar más de 1,5 millones en subastas internacionales, convirtiéndose en una de las figuras más destacadas del arte figurativo contemporáneo. En 2022 se convirtió en la artista más joven representada por la prestigiosa galería Gagosian, donde ha celebrado exposiciones como Baby, It Ain’t Over Till It’s Over o Who’s Afraid of the Big Bad Wolves?, consolidando su presencia internacional.

El trabajo de Weyant se sitúa en un terreno de afinidades históricas y disonancias contemporáneas. Con una estética figurativa que remite al Barroco y a movimientos artísticos de la primera mitad del siglo XX, la artista construye una iconografía donde lo cotidiano se entrelaza con lo onírico, y donde los géneros tradicionales del arte —retrato, bodegón, escena de interior— son revisitados desde una mirada cargada de ironía, melancolía y un subtexto feminista muy actual. Esta conexión con el pasado se materializa en el diálogo que Weyant establece entre sus piezas y una cuidada selección de cinco obras de la colección permanente del museo, elegidas por ella misma, entre las que figuran autores como Mattia Preti, Magritte y Balthus.

Conocida por sus retratos de jóvenes mujeres inmersas en espacios que evocan casas de muñecas o paisajes suburbanos, Weyant aborda la adolescencia femenina como un espacio ambiguo entre la inocencia y el desencanto. Sus personajes —de apariencia serena, pero emocionalmente contenida— parecen habitar un mundo suspendido, atravesado por el deseo, la fragilidad y una cierta amenaza latente. Este mismo clima emocional se extiende a sus naturalezas muertas, donde globos a medio inflar, flores marchitas o lazos deshechos sugieren un estado de transición o colapso inminente.

Feted, 2020. Óleo sobre lienzo. Anna Weyant

La exposición subraya también el interés de la artista por lo siniestro y lo ilusorio. Obras como El concierto de Mattia Preti o el Retrato de una joven de perfil con una máscara en la mano derecha de Piazzetta refuerzan la idea de un tiempo detenido y enmascarado. En esa misma línea, la inclusión de El retrato del Dr. Haustein de Christian Schad o La llave de los campos de Magritte añade una tensión entre lo visible y lo que se oculta, entre la apariencia y lo que amenaza con irrumpir.

Conceptualmente, Weyant combina un dominio técnico muy riguroso —influido por los viejos maestros— con una sensibilidad contemporánea que no rehúye el humor negro ni la crítica velada. En palabras de la propia artista, solo produce pinturas que realmente son significativas para ella, y ha llegado a eliminar obras completas si no cumplen con su estándar emocional. Su reciente serie sobre joyas, presentada en TEFAF Nueva York, plantea una reflexión sobre el lujo y el artificio, utilizando un trompe-l’œil impecable que sugiere tanto opulencia como vacío simbólico.

Con esta exposición, el Museo Thyssen-Bornemisza no solo reconoce a una de las voces más interesantes y singulares del arte actual, sino que también plantea un diálogo entre tradición y contemporaneidad, e historia del arte y sensibilidad crítica. Lejos de ser una simple revelación del mercado, Anna Weyant se confirma aquí como una artista con visión, profundidad y una estética tan perturbadora como refinada.

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Música

Última noche de Black Sabbath

by Emain Juliana 09/07/2025
written by Emain Juliana

El 5 de julio de 2025, Black Sabbath volvió al lugar donde todo comenzó: Birmingham. Lo hizo para ofrecer su último concierto, titulado Back to the Beginning. Fue una noche dedicada a Ozzy Osbourne, la voz que marcó la etapa más decisiva y reconocida de la banda. Aquella jornada, miles de seguidores vivieron algo más que un concierto: asistieron al cierre de una historia que arrancó en 1969, cuando cuatro jóvenes británicos, casi sin pretenderlo, transformaron el rock en algo más oscuro, más pesado y cargado de misterio. Todo empezó con un acorde que durante siglos había sido mirado con recelo: el tritono, conocido como diabolus in musica.

La última noche de Ozzy

El 5 de julio de 2025, Black Sabbath ofreció su último concierto en el NEC Arena de Birmingham bajo el título Back to the Beginning. La noche comenzó con Ozzy Osbourne actuando en solitario junto a su banda —Zakk Wylde (guitarra), Mike Inez (bajo), Adam Wakeman (teclados) y Tommy Clufetos (batería)—, interpretando cinco temas, cuatro de ellos del álbum Blizzard of Ozz (1980): “I Don’t Know”, “Mr. Crowley”, “Suicide Solution” y “Crazy Train”, además de “Mama, I’m Coming Home”.

Pero el concierto fue mucho más que Ozzy. Por el escenario pasaron agrupaciones de la talla de Metallica, Guns N’ Roses, Tool, Anthrax, Lamb of God, Mastodon, Halestorm o Slayer, así como artistas invitados como Tom Morello, David Ellefson y Fred Durst. Hubo momentos especialmente llamativos, como la actuación conjunta de Ronnie Wood (Rolling Stones), Steven Tyler (Aerosmith), Travis Barker (Blink-182) y el productor Andrew Watt, que interpretaron el clásico “Walk This Way”.

Destacó también Tom Morello, quien junto a Nuno Bettencourt (Extreme) rindió homenaje al futbolista Diogo Jota y, más tarde, interpretó “Whole Lotta Love” de Led Zeppelin junto a Chad Smith, baterista de Red Hot Chili Peppers.

Guns N’ Roses ofreció versiones de temas de Black Sabbath, además de tocar sus éxitos “Paradise City” y “Welcome to the Jungle”. Metallica, por su parte, declaró sobre el escenario: “Sin Black Sabbath no habría Metallica”, en palabras de James Hetfield, quien agradeció a la banda “por darnos un sentido a la vida”.

El broche de oro llegó con la reunión de los cuatro miembros fundadores de Black Sabbath —Ozzy Osbourne, Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward—, que tocaron juntos por primera vez en 20 años, dejando atrás distancias marcadas durante años por problemas de salud o desacuerdos económicos. Interpretaron cuatro canciones esenciales del repertorio clásico: “War Pigs”, “Iron Man”, “N.I.B.” y “Paranoid”.

Además, el evento tuvo un carácter solidario: todos los ingresos, tanto del concierto presencial como de la retransmisión en streaming, se destinaron a organizaciones como Cure Parkinson’s, Birmingham Children’s Hospital y Acorn Children’s Hospice.

De tritonos, visiones negras y otras voces

Para comprender qué hizo tan especial a la banda, hay que retroceder a finales de los sesenta. Por entonces, el rock británico estaba lleno de colores brillantes, psicodelia y letras que hablaban de paz y amor. Pero Birmingham no era precisamente un lugar de psicodelia. Era una ciudad industrial, con fábricas, humo y barrios obreros donde el ambiente era más gris que luminoso.

Tony Iommi, Geezer Butler, Ozzy Osbourne y Bill Ward crecieron en ese entorno. Querían una música que reflejara esa dureza. No buscaban canciones alegres ni optimistas: buscaban sonidos que causaran inquietud y provocaran miedo. Y para lograrlo, recurrieron a un acorde que había sido evitado durante siglos: el tritono, el llamado diabolus in musica.

Musicalmente, el tritono es una cuarta aumentada o quinta disminuida. Se encuentra entre las notas fa y si, o entre el IV y VII grado de cualquier escala mayor (y entre el II y VI en la escala menor). Durante siglos se le consideró demasiado inestable y perturbador. En tratados medievales se le atribuía la capacidad de «levantar inquietud en quien lo escuchaba y producir una disonancia tan perturbadora que rompía con el ideal de lo perfecto y lo divino, llevando al oyente hacia pensamientos impuros y de carácter maligno influenciados por Satán».

En 1969, Geezer Butler tuvo una experiencia que terminaría marcando el rumbo del grupo. Fascinado por las novelas del ocultista Dennis Wheatley, Butler contó que una noche despertó y vio una figura negra al pie de su cama. Aquel susto inspiró la letra de Black Sabbath. Tony Iommi decidió acompañarla con un riff basado en el tritono, repitiendo tres notas que parecían campanas fúnebres. Nadie en el rock había hecho nada similar hasta ese momento.

Aquella canción fue, para muchos, el nacimiento accidental del heavy metal. Mientras el resto de bandas apostaban por la psicodelia o el virtuosismo, Sabbath apostaba por riffs más lentos, pesados y una atmósfera opresiva. La crítica de la época no lo entendió y calificó su música de demasiado oscura o siniestra. Pero el público joven encontró ahí algo que no hallaba en ningún otro sitio: la posibilidad de explorar lo oscuro, lo prohibido, lo que se mantenía al margen.

Ese riff definió un estilo. Lo que había sido un acorde prohibido se convirtió en la base de un género entero. El tritono dejó de ser un tabú medieval para convertirse en el sonido que abriría la puerta al heavy metal.

Ronnie James Dio y los cuernos del diablo

 A finales de los setenta, las tensiones internas y los excesos pasaron factura. Ozzy Osbourne fue expulsado en 1979. Muchos creyeron que Black Sabbath no podría sobrevivir sin él, pero se equivocaron.

Primero fue sustituido brevemente por Dave Walker,  aunque la transición real se produjo cuando entró en la banda Ronnie James Dio, que venía de cantar con Rainbow. Su voz era distinta: más técnica, más poderosa y con un timbre que daba a la música de Sabbath un aire casi épico. Con Dio a la cabeza, la banda grabó discos como Heaven and Hell y Mob Rules, en los que se notaba un cambio de tono. La oscuridad seguía ahí, pero se mezclaba con temas fantásticos, mitológicos y un sonido algo más pulido.

Dio no solo aportó su voz. Introdujo también un gesto que se convertiría en el símbolo más universal del heavy metal: los cuernos del diablo. Ronnie contaba que, de niño, había visto a su abuela —de origen italiano— hacer el gesto del malocchio para protegerse del mal de ojo. Él lo llevó al escenario, y sin proponérselo, creó un lenguaje visual que hoy es casi sinónimo de heavy metal.

Las idas y venidas de Black Sabbath a lo largo de los años han dejado una discografía variada y rica, con otros vocalistas al frente en un momento u otro, como Ian Gillan, David Donato, Jeff Fenholt, Glenn Hughes, Ray Gillen o Tony Martin, pero para muchos, el alma de la banda sigue estando en esa primera etapa. Esa que nació del humo de las fábricas, de visiones oscuras y de un tritono que, siglos atrás, había sido considerado demasiado peligroso para los oídos humanos.

La carrera en solitario del Príncipe de las Tinieblas

Ozzy Osbourne inició su carrera en solitario en 1979. Muchos pensaron que su trayectoria estaba acabada, pero el vocalista británico demostró lo contrario: comenzó una etapa artística aún más exitosa, consolidándose como una figura icónica del rock y el heavy metal.

Blizzard of Ozz (1980), su primer álbum solista, marcó un debut imponente. Contenía himnos como “Crazy Train” y “Mr. Crowley”, y contó con la virtuosa guitarra de Randy Rhoads, quien se convertiría en pieza fundamental del sonido de Ozzy. El álbum no solo fue un éxito comercial, sino que estableció el estándar para el metal de los ochenta, mezclando riffs poderosos con melodías accesibles.

Siguieron discos fundamentales como Diary of a Madman (1981), también con Rhoads, cuyo talento quedó truncado tras su trágica muerte en 1982 en un accidente de avión. La pérdida marcó profundamente a Ozzy, pero no detuvo su carrera. Continuó publicando álbumes que reforzaron su leyenda: Bark at the Moon (1983), con Jake E. Lee a la guitarra, The Ultimate Sin (1986), No Rest for the Wicked (1988), o No More Tears (1991), que incluyó el popular tema homónimo y “Mama, I’m Coming Home”, una de sus baladas más célebres.

Durante los noventa y dos mil, Ozzy mantuvo su relevancia gracias a giras internacionales, nuevos discos como Ozzmosis (1995) y su participación en el exitoso reality The Osbournes (2002-2005), que mostró su vida familiar al público y lo convirtió en una figura de la cultura pop más allá del metal.

Ozzy ha seguido grabando música y girando incluso en años recientes, pese a problemas de salud que han limitado sus presentaciones en vivo. Su álbum Ordinary Man (2020), con colaboraciones de artistas como Elton John y Post Malone. En 2022 lanzó Patient Number 9, que contó con la participación de leyendas como Jeff Beck, Eric Clapton y Tony Iommi.

La retirada de Ozzy Osbourne en Back to the Beginning no solo cierra el capítulo final de Black Sabbath, sino también el de una de las voces más reconocibles y carismáticas del rock. Después de décadas de música, excesos, idas y venidas, Ozzy se despidió donde todo empezó, arropado por compañeros, amigos y bandas que crecieron bajo la influencia de sus riffs y su figura. Con él se marcha una parte fundamental de la historia del heavy metal, aunque su legado siga vivo en cada escenario donde suene un riff cargado de oscuridad.

09/07/2025 0 comments
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Literatura

Utopías y distopías

by Emain Juliana 17/06/2025
written by Emain Juliana

Desde que Thomas More acuñara la palabra Utopía en el siglo XVI, la literatura no ha dejado de imaginar mundos posibles, y algunas veces, esos mundos eran proyecciones esperanzadas de una sociedad mejor; otras, advertencias oscuras sobre lo que podría ocurrir si nuestras obsesiones —el control, la técnica, la desigualdad— crecieran sin freno. En ambos casos, estos relatos han funcionado como espejos deformantes: no reflejan lo que somos, sino lo que podríamos llegar a ser si no se modifican ciertas estructuras. Lo utópico y lo distópico son, en el fondo, mecanismos de pensamiento que no nos hablan del futuro, sino del presente. Por eso se repiten una y otra vez, por eso vuelven y nos incomodan. En cada época de inestabilidad, resurgen con fuerza. Hoy, más que nunca, el mundo parece necesitar esas ficciones: no para evadir la realidad, sino para comprenderla con claridad.

Las utopías clásicas, como la de More o la de Campanella en La ciudad del Sol, partían de una intención filosófica. Eran ensayos encubiertos, escritos como narraciones, que proponían modelos ideales de convivencia, su arquitectura social estaba basada en la razón, la justicia, el orden. Eran textos profundamente normativos, pero ya entonces se percibía cierta ambigüedad: ¿es deseable una sociedad que lo controla todo, incluso el pensamiento? ¿Qué precio tiene la armonía si exige la renuncia al individuo? Esa tensión es la que más tarde explotarán las distopías modernas, que no nacen como negación de la utopía, sino como una consecuencia lógica de la propia utopía. Si el ideal se lleva al extremo, se convierte en tiranía.

El siglo XX hizo de la distopía una herramienta crítica de primer orden. Obras como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury plantearon futuros marcados por la censura, hedonismo controlado, vigilancia constante o la eliminación sistemática del pensamiento. No eran simples ejercicios de imaginación: eran respuestas a los totalitarismos, al miedo hacia la energía nuclear y a la manipulación mediática. Su fuerza residía en que no hablaban de sociedades alienígenas, sino de nosotros mismos empujados al límite. Lo aterrador de esos mundos no era lo exótico, sino lo reconocible. El trabajo sin sentido, la imposición del consumo, la prohibición del lenguaje libre y el aislamiento disfrazado de confort. Cada uno de esos relatos apuntaba, con distinta intensidad, a lo mismo: el precio de vivir sin conflicto es la pérdida de la conciencia.

En los últimos años, la distopía ha cambiado de piel, ahora ya a no se limita a regímenes políticos opresores o tecnologías descontroladas, aunque ambos temas sigan presentes, en la actualidad el miedo viene también del agotamiento emocional, del colapso ambiental,  y sobre todo del deterioro de los vínculos entre las personas. Autoras como Margaret Atwood, en El cuento de la criada y Oryx y Crake, cruzan la crítica feminista con la ciencia especulativa. El futuro que presentan no es lejano: está a la vuelta de la esquina, construido con materiales del presente. Samanta Schweblin, con su novela Distancia de rescate, desdibuja los bordes entre lo real y lo onírico para narrar un veneno que se extiende por los cuerpos y los campos, pero que también envenena las relaciones entre madres e hijos. En ambos casos, la distopía no es un decorado futurista, sino un modo de mirar el mundo con una lente deforme, que revela lo que preferiríamos no ver. De forma paralela, también han aparecido obras que huyen de los códigos tradicionales del género, para plantear narrativas donde el desastre ya ha ocurrido, donde no hay una amenaza inminente, sino un derrumbe asumido. Ray Loriga, en Rendición, imagina un mundo sin memoria, donde todo lo incómodo es borrado por un sistema demasiado blando y eficaz. Lo inquietante aquí no es la violencia explícita, sino la suavidad con la que todo se apaga. El ciudadano perfecto ya no es el que obedece, sino el que no recuerda. Estas historias no buscan épica ni rebelión: muestran el desgaste lento y la erosión de la conciencia. 

En el fondo, tanto las utopías como las distopías son ejercicios de imaginación ética que nos obligan a preguntarnos qué valores consideramos esenciales, qué estamos dispuestos a sacrificar y qué riesgos acarrea el progreso cuando se separa del cuidado. Lo que antes era una advertencia sobre regímenes totalitarios hoy puede ser una reflexión sobre nuestra relación con la tecnología o la naturaleza. Porque la amenaza ya no viene solo del poder: puede venir también del exceso de comodidad, de la hiperconectividad, del aislamiento voluntario o de como elegimos pasar nuestro tiempo en el mundo. Es decir, de nuestras elecciones diarias.

Pero ¿Qué mundo estamos construyendo? ¿Qué parte de nosotros mismos estamos dejando atrás para sostener este orden? ¿Cuánto futuro estamos dispuestos a perder por mantener un presente funcional? Tal vez la literatura especulativa no sirva para evitar el desastre, pero al menos nos obliga a imaginarlo con claridad. Y a veces, eso basta para empezar a cambiar.

17/06/2025 0 comments
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Pensamiento

Sobre lo de Santos Cerdán

by Emain Juliana 14/06/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo conversaciones con familiares y con buenos amigos, especialmente esos debates espontáneos que surgen después de las comidas, durante la sobremesa, en los que mencionar la política se convierte en una especie de cataclismo. De pronto el ambiente se vuelve incómodo y tenso, las posiciones se encienden, las palabras se afilan como cuchillos y ya no queda mucho espacio para escuchar o entender, solo importa defender el color propio frente al ajeno. Esta dinámica refleja muy bien lo que el psicólogo Leon Festinger llamó «disonancia cognitiva»: la cuál consiste en «una sensación de malestar interno que experimentamos cuando nos enfrentamos a una información que desafía o contradice nuestras creencias y convicciones». Para reducir ese malestar, solemos rechazar automáticamente las evidencias contrarias o justificar rápidamente los errores de nuestro partido, por flagrantes que sean.

Así, sin darnos cuenta, adoptamos la posición del hincha en las gradas, celebrando las victorias superficiales y protestando por las derrotas injustas. La comparación social —otra teoría central de Festinger— refuerza aún más esta dinámica: al interactuar principalmente con quienes piensan de una manera muy parecida a nosotros, fortalecemos nuestras posiciones iniciales y perdemos la capacidad crítica, creyendo que el otro siempre está completamente equivocado o que tiene malas intenciones. Todo se reduce entonces a una batalla en la que el enemigo siempre es el otro, el culpable de todos los males, mientras el nuestro es siempre quien lucha por el bien común.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, la calidad democrática se erosiona lentamente; las instituciones que deberían estar al servicio de todos se convierten en trofeos temporales del partido ganador, utilizadas más como plataformas para perpetuarse en el poder que como herramientas para solucionar problemas reales. De hecho, en los últimos días, los titulares han sido claros: casos de corrupción, líderes cuestionados internamente, mociones de censura, crisis en el PSOE y rumores de adelanto electoral. Sin embargo, lo curioso es que esta tormenta apenas parece afectar a las bases de apoyo electoral, pues la mayoría de los ciudadanos permanece en su trinchera ideológica, inmunizada ante los escándalos que afectan a su partido favorito, justificando, tolerando o simplemente mirando hacia otro lado. Se perpetúa así la ilusión del votante que cree defender valores limpios y claros, aunque en realidad esté defendiendo una construcción basada en propaganda cuidadosamente gestionada. Esta situación no es casual, ya que la política moderna está cada vez más personalizada en figuras concretas. Constantemente hablamos de Sánchez o Feijóo como si fueran actores principales de una serie de Netflix, por lo que el debate político se reduce al carisma o al rechazo que generan estas figuras mediáticas, olvidando que detrás de ellas hay decisiones, leyes y medidas concretas que afectan directamente la vida diaria. Como resultado, los votantes acaban apoyando o rechazando no ideas o proyectos, sino líderes cuya imagen se construye desde un relato muy emocional y cuidadosamente elaborado. Y lo más preocupante es que, mientras esta teatralización política avanza, las instituciones pierden eficacia y se vuelven débiles a las presiones partidistas, a las luchas internas por el poder y a la corrupción, que se tolera con demasiada frecuencia como una parte inevitable del juego. Esta erosión institucional no sucede de golpe, sino lentamente, como pequeñas gotas de agua que, con el tiempo, acaban destruyendo la roca por completo.

Esto no es exclusivo de España, por supuesto, pero se ha vuelto más notorio aquí debido a cuánto nos aferramos a nuestras identidades políticas, como si votar fuera proteger una parte de nuestra identidad personal y cuestionarlo significara perder alguna parte fundamental de uno mismo. De ahí que resulte tan difícil romper este círculo vicioso, pues nos aferramos al partido como quien se aferra a una identidad cultural, incapaces de aceptar que las personas a las que hemos votado también cometen errores, traicionan sus principios y sucumben a sus propios intereses. No obstante, la solución no es abandonar nuestras convicciones políticas, sino en asumirlas desde una perspectiva crítica, preguntándonos si realmente esas personas representan los ideales que dicen defender o si estamos atrapados en una ilusión muy cómoda y reconfortante, incapaces de admitir que las promesas y los discursos que nos sedujeron en un principio ya no se corresponden con la realidad.

Quizás, por tanto, sea el momento de despolitizarnos un poco, de dar un paso atrás y observar desde fuera con algo más de serenidad. Para lograrlo, necesitamos ser ciudadanos críticos que exijan resultados reales a los políticos, que no permitan que las instituciones sean rehenes de intereses partidistas y que sean capaces de apoyar o rechazar propuestas independientemente de quién las haga. En definitiva, necesitamos ser menos fanáticos políticos y más ciudadanos comprometidos con la democracia y la verdad. Al fin y al cabo, la verdadera política nunca debería ser una batalla de colores, sino un ejercicio constante de reflexión y responsabilidad colectiva; recuperar este principio básico es la tarea más urgente que debemos llevar a cabo como sociedad. Por tanto, dejar atrás la lógica del estadio, abandonar el fanatismo que nos ciega y volver a dialogar desde la razón y desde la honestidad, no será sencillo, porque los hábitos se arraigan profundamente, pero al menos podemos empezar a intentarlo. Nuestras instituciones merecen más que simples colores partidistas: merecen ciudadanos despiertos, atentos y exigentes.

14/06/2025 0 comments
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Literatura

La persistencia de lo gótico. Del castillo al trauma

by Emain Juliana 03/06/2025
written by Emain Juliana

Durante más de dos siglos, la literatura gótica ha servido como un oscuro espejo en el que la humanidad ha proyectado sus miedos más profundos. Lo que en sus inicios fueron ruinosos castillos, pálidas y lánguidas damas perseguidas y pasadizos secretos, se ha transformado en laberintos mentales, cuerpos heridos y casas modernas llenas de silencios. El gótico no solo ha sobrevivido por su estética —tan reconocible como fácilmente parodiable—, sino por su capacidad de encarnar lo que no sabemos nombrar. Nació como un género literario en el siglo XVIII con El castillo de Otranto de Horace Walpole, y lo hizo bajo el signo del exceso: exceso de emoción, de oscuridad, de pasado. Desde el inicio, fue un espacio narrativo para lo marginal, lo reprimido y lo disonante. Ann Radcliffe, combinaba superstición y razón, y Matthew Lewis, narraba con una audacia escandalosa, un ejemplo de ello es El monje. Estos autores confirmaron que el gótico era algo más que una moda literaria: era una forma de canalizar las tensiones morales y sociales de su tiempo. Las protagonistas lánguidas y encerradas, los escenarios en los que se desarrollaban los textos parecían devorar a los personajes, las figuras del doble, del espectro, del monstruo: todo estaba dispuesto para hablar, de forma velada o explícita, de lo que no se podía decir de otro modo. El miedo como lenguaje y el deseo como amenaza fueron sus claves desde el comienzo.

A medida que avanzaba el siglo XIX , el género se fue refinando y diversificando. Con Mary Shelley, el monstruo dejó de ser una criatura fantástica para convertirse en resultado de la ambición humana, y en su Frankenstein el horror no está en el cadáver animado, sino en la responsabilidad moral del creador. Con Edgar Allan Poe, el miedo se volvió psicológico, clínico incluso, habitando en el deterioro de la mente, en la percepción alterada, en la pulsión de muerte que asoma bajo la belleza. Y con Bram Stoker, el género alcanzó su dimensión más simbólica: el vampiro como metáfora del contagio, del deseo, del colonialismo y de la degeneración. Cada uno de estos autores transformó el castillo gótico en otra cosa: laboratorio, cripta, ciudad, mansión, celda mental. Las historias dejaron de hablar de un mal externo para mostrar que el verdadero monstruo podía vivir bajo la piel, en la conciencia o en la herencia. Ya no bastaba con huir: lo verdaderamente inquietante era no poder escapar de uno mismo.

En el siglo XX, los textos experimentaron una mutación mucho más íntima. La casa embrujada, por ejemplo, dejó de ser una reliquia del pasado para convertirse en símbolo del trauma moderno. La maldición de Hill House de Shirley Jackson es el mejor ejemplo, en la novela, su protagonista no huye de un espectro, sino de su propia historia personal, y encuentra en la arquitectura de la mansión un amplificador emocional. La casa no está poseída por un espíritu, sino por una tensión acumulada. El espacio, como en muchas obras góticas posteriores, se convierte en una extensión del cuerpo, también del dolor psíquico y de un conflicto no resuelto. Esta tendencia no ha hecho mas que consolidarse en las últimas décadas, especialmente de la mano de autoras que han hecho del gótico un género profundamente femenino y político. Mariana Enríquez, por ejemplo, nos traslada a las calles de Buenos Aires, donde lo monstruoso no es un vampiro, sino la pobreza, la represión, la violencia policial o los fantasmas de la dictadura. Carmen María Machado, por su parte, convierte la estructura misma del relato en una trampa mental: en En la casa de los sueños, narra una relación abusiva utilizando la lógica del cuento gótico —cuartos cerrados, ruidos inexplicables, una amenaza invisible—, pero lo que se destruye no es una casa, sino la identidad emocional de la narradora.

La narrativa gótica ha sido, a lo largo del tiempo, uno de los territorios más fértiles para las autoras. Desde las hermanas Brontë hasta Angela Carter, pasando por Daphne du Maurier o Shirley Jackson, se ha convertido en un espacio donde abordar lo que otros registros no permitían: la locura, la sexualidad, la maternidad, la opresión doméstica, los cuerpos que sangran, que se transforman, que se rebelan. Es, y continúa siendo, una forma de escritura sobre el encierro: físico, psíquico, social. Hoy esa tradición sigue con fuerza, pero ha mudado de piel. Ya no hacen falta castillos ni velas ni cementerios: basta una casa con demasiados pasillos, un cuerpo marcado por el dolor o una memoria que se resiste al olvido. La arquitectura del miedo ha cambiado, pero su función sigue intacta.

En una época como la nuestra, donde abundan las narrativas de autoayuda, superación, optimismo fabricado, estas historias sombrías se atreven a decir lo que nadie quiere oír: que hay cosas que no se curan, dolores que no desaparecen, espectros que no se exorcizan. No consuelan: incomodan. No ofrecen luz al final del túnel, sino la certeza de que, en ocasiones, puede no haber túnel, ni final, ni luz. Y sin embargo, ese mismo gesto es el que las vuelve necesarias. Porque en tiempos de ansiedad colectiva, de crisis ecológica, de precariedad emocional, estas ficciones oscuras se convierten en un lenguaje de supervivencia. Nos recuerdan que el miedo no es debilidad, sino una forma de conocimiento. Que mirar la oscuridad no nos destruye, sino que nos devuelve la capacidad de sentir. Y que lo verdaderamente monstruoso no es lo ajeno, sino aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos.

03/06/2025 0 comments
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CineLiteratura

La advertencia incómoda de Margaret Atwood

by Emain Juliana 08/05/2025
written by Emain Juliana

Recuerdo la primera vez que me adentré en El cuento de la criada de Margaret Atwood: una sensación de malestar crecía página tras página, como si la propia historia se apoderara del espacio a mi alrededor y no hubiera escapatoria. No es un libro para leer a la ligera, ni para despachar con frases como “distopía feminista” o “crítica al patriarcado”. Es mucho más incómodo que eso, más pegajoso. Hay algo en la forma en que Atwood te sumerge en la República de Gilead —ese régimen donde la teocracia, la represión y la infertilidad han trazado un destino atroz para las mujeres— que resulta casi físico. No hay respiros. La narradora, Defred, cuenta su historia desde un lugar de sumisión absoluta, donde hasta su nombre ha dejado de ser suyo y se ha convertido en una etiqueta de propiedad, “De Fred”, perteneciente a su comandante. Lo que más desarma no es la violencia visible, sino la sutil: esa lógica siniestra en la que todo está perfectamente engranado para que la opresión se perciba como una especie de orden natural. Atwood no necesita mostrar sangre o torturas explícitas todo el tiempo; le basta con colocar al lector en la piel de una mujer a la que han despojado de su humanidad y, lo que es más doloroso, de su capacidad para imaginar un futuro diferente.

La eficacia de la novela está en ese mundo construido a partir de piezas reales. Lo que Atwood inventa no es tanto la situación concreta como la combinación de elementos que, por separado, han existido o existen aún. La infertilidad masiva provocada por el desastre ambiental, el uso político de la religión para justificar el control social, la segregación extrema de funciones entre las mujeres, el despojo total de derechos… Ninguno de estos horrores es nuevo, y esa es precisamente la advertencia que sobrevuela cada página. Leemos la historia de Defred sabiendo que las semillas de Gilead están plantadas en nuestro propio suelo, aunque a veces nos resulte más cómodo pensar que se trata de ciencia ficción o de un futuro remoto y ajeno.

Lo que más me impresionó durante la lectura fue cómo la novela retrata la descomposición de lo cotidiano. El terror no llega de golpe, sino que se infiltra poco a poco, como una enfermedad que uno no detecta hasta que es demasiado tarde. En los recuerdos fragmentarios de Defred, vemos cómo la vida antes del régimen se iba deteriorando de manera casi imperceptible: primero prohíben a las mujeres manejar dinero, luego les quitan sus trabajos, después empiezan las redadas. El proceso no es repentino, sino gradual, lo que provoca en la lectora un desasosiego permanente. Y es imposible no hacerse la pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo tardaríamos nosotras en darnos cuenta de que algo parecido está ocurriendo? ¿Con qué rapidez nos acostumbramos a lo intolerable cuando sucede en pequeñas dosis?

Atwood también introduce un matiz bastante preocupante: la complicidad de algunas mujeres dentro del sistema. Las Tías, encargadas de adoctrinar a las criadas, representan ese poder delegado que reproduce y refuerza la opresión desde dentro. No son víctimas pasivas, sino ejecutoras entusiastas de las normas de Gilead. Y ahí la autora da un golpe maestro al recordarnos que la opresión, a veces, se perpetúa a través de quienes están en la misma situación, porque llegan a aceptarla como si fuera su única salida.

Lo notable es que El cuento de la criada no tira de heroicidades ni de finales exagerados. Defred no es una líder revolucionaria, ni busca convertirse en símbolo de nada. Su resistencia es mínima, casi invisible: recordar su nombre verdadero, susurrar en la oscuridad, escribir una frase a escondidas. Y, sin embargo, en esa minúscula rebelión se encuentra la fuerza más devastadora del libro. Porque lo que Atwood pone sobre la mesa es que, en situaciones extremas, la memoria y la dignidad son actos de insubordinación. La posibilidad de narrar la propia historia, aun cuando la voz esté rota, es un hilo que conecta al ser humano con su libertad más profunda.

Otro aspecto que es muy importante en este libro es el modo en que se analiza el lenguaje. La prohibición de leer y escribir para las mujeres no es solo una medida práctica para controlar la información: es un arma más eficaz que cualquier muro o cualquier guardia. Privarlas del lenguaje significa privarlas de la capacidad de pensar con claridad, de articular una visión crítica, de concebir otras realidades posibles. El poder no solo se ejerce sobre los cuerpos, sino también sobre las palabras. En Gilead, incluso las bendiciones y las despedidas están codificadas por el Estado, y hasta los carteles públicos son sustituidos por imágenes para evitar que las criadas —las más vigiladas— accedan al conocimiento escrito. La deshumanización se consolida así de manera casi perfecta.

No se puede negar el impacto que ha tenido la novela, sobre todo desde que se estrenó la serie en 2017.  Las imágenes de las mujeres vestidas con túnicas rojas y cofias blancas se han convertido en símbolo de protesta en las calles, en un recordatorio visual de hasta qué punto la ficción de Atwood ha pasado de ser solo una novela a formar parte del debate público sobre derechos y libertades. Esta apropiación del símbolo no es trivial: demuestra que El cuento de la criada ha sabido poner palabras —y ahora también imágenes— a temores y amenazas que parecían difusas.

¿Es entonces un libro pesimista? Creo que esa pregunta es demasiado simple. Atwood no ofrece consuelo fácil, pero tampoco cae en el nihilismo. Lo que hace es plantear un espejo incómodo en el que mirarse, y a partir de ahí la reacción queda en manos del lector. La advertencia está hecha, las claves están ahí. En ese sentido, el libro es más que literatura: es una forma de vigilancia, una alarma que se oye mientras creemos estar a salvo.

Cada vez que termino de leerlo —ya van varias— siento lo mismo: un nudo en la garganta y una urgencia silenciosa por proteger todo aquello que damos por garantizado. Porque El cuento de la criada no nos habla del futuro; nos habla, sobre todo, del presente que todavía es moldeable, si no nos dormimos mientras la historia se pliega sobre sí misma.

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ArteLiteratura

Cuando la enfermedad dictaba la belleza

by Emain Juliana 26/04/2025
written by Emain Juliana

En la era victoriana, la tuberculosis moldeó un ideal de belleza frágil y espectral que dejó su impronta en la moda, el arte y la literatura.

En la Inglaterra victoriana, la belleza y la enfermedad compartieron un particular vínculo. De todas las enfermedades del siglo XIX, ninguna fue tan popular como la tuberculosis, también conocida como la tisis. Hoy la recordamos como una enfermedad devastadora y mortal, pero durante el siglo XIX estuvo rodeada por una fascinación mórbida que, de alguna manera retorcida, la hacía estéticamente atractiva. Lejos de representar únicamente decadencia o muerte, la tuberculosis encarnó durante décadas el símbolo de la sensibilidad, refinamiento y una suerte de espiritualidad melancólica que marcó con fuerza la moda, el arte y la literatura del periodo. Era la enfermedad de los poetas, el mal de los amantes trágicos y el murmullo de la muerte traducido en un hermoso suspiro. Esta estética mórbida —intensamente idealizada— puede contarnos mucho sobre la cultura de una época en la que lo etéreo, lo marchito y lo vulnerable fueron elevados a un estatus de culto, la moda de lo sublime.

La tuberculosis no solo mataba a millares de personas cada año en las ciudades industriales y en los campos europeos; también modelaba los rostros que las clases altas consideraban bellos. Extremos de delgadez, piel como porcelana blanca, mejillas ruborizadas con fiebre, labios rojizos, ojos brillantes y hundidos, una mirada que se disolvía en algún punto invisible en el horizonte entre la vida y la muerte. Era una belleza proveniente del espíritu incluso más que del cuerpo. Muchas mujeres, en un intento por acercarse a este canon, se mataban de hambre, se maquillaban pálidamente y se apretaban los corsés lo más ajustados posibles, con la esperanza de lograr un pequeño cuerpo, débil y frágil que se asemejara a alguien afligido por la enfermedad, sin padecerla realmente. La moda siguió el ejemplo con vestidos diáfanos, tejidos transparentes, pronunciados escotes abiertos que dejaban bien a vista las prominentes clavículas y largos faldones que fomentaban una postura encorvada que favorecía la imagen de una fragilidad constante, como si el cuerpo estuviera al borde de disolverse en un suspiro.

El mórbido ideal no surgió de la nada. La era victoriana estaba fuertemente influenciada por el Romanticismo, el movimiento artístico y filosófico que celebraba la emoción sobre la razón y veía en el sufrimiento una ruta hacia lo trascendente. Luego, la enfermedad se convirtió en un lenguaje simbólico: la persona que se enfermaba de tuberculosis no era meramente desafortunada víctima del azar biológico, sino alguien cuya sensibilidad lo volvía incapaz de soportar el peso brutal del mundo tal como era. En el fondo, era una historia de pureza: las almas más finas, más exquisitas, eran igualmente las más frágiles, y por eso morían jóvenes, como flores marchitándose en primavera. La muerte no se interpretaba solo como una tragedia, sino como una especie de redención estética. La debilidad del físico se identificó con la exaltación de lo espiritual.

D.G.Rossetti, Lady Lilith

No es casual que tantos artistas del período fueran retratados o recordados en asociación con la enfermedad. El poeta John Keats murió joven de tuberculosis, a los veinticinco años, y se convirtió en la imagen misma del artista típico: joven, hermoso, torturado y tan exquisitamente sensible que fue apresurado a su tumba. En la literatura, la tuberculosis comenzó a servir como un signo de intensidad romántica. Alexandre Dumas hijo la inmortalizó en La Dama de las Camelias, Thomas Mann la hizo una metáfora para un tiempo dejado estar en La montaña mágica y muchos otros escritores la usaron como un recurso literario para representar la diferencia entre lo bajo y lo alto, lo vulgar y lo poético, el cuerpo y el ideal. Pero quizás en ninguna parte encontraremos esta fetichización de la belleza consumida en una expresión más extrema que en la pintura. Los prerrafaelitas, como Dante Gabriel Rossetti o John Everett Millais, presentaron su arte con una visión casi mística de la feminidad: pelo largo y suelto; miradas lejanas; piel translúcida; cuerpos inclinados en morbidez graciosa, evocando mártires y heroínas en la literatura a quienes su propia sensibilidad traicionó. Estas figuras, con frecuencia modeladas sobre actrices reales o modelos, eran claramente producto de la imagen compartida de belleza victoriana: una belleza que nunca exigía, sino que empezaba a desvanecerse; que nunca hablaba, sino que suspiraba. Y en ese susurro, tan lleno de contención y deseo reprimido, había un elemento erótico innegable.

En una sociedad tan puritana y represiva como la victoriana, donde la sexualidad femenina debía ocultarse bajo capas de pudor y silencio, la consunción ofrecía un modo aceptable de sensualidad. El cuerpo enfermo, que sobrevivía a duras penas entre suspiros, piel ardiente y labios entreabiertos, prestaba una visión velada pero muy sensual. La imagen de la mujer postrada en una cama, delicadamente apoyada sobre almohadones de encaje, tosiendo sangre con gracia contenida, activaba una respuesta emocional y erótica que la moral victoriana no podía permitir de forma abierta, pero sí a través del filtro del padecimiento. El sufrimiento embellecía el deseo, lo elevaba, le daba respetabilidad a una cultura que no sabía cómo soportar su propio reflejo sin sentirse culpable

J. E. Millais, Ophelia 1852

Mientras tanto, la medicina hacía progresos. En 1882, el Dr. Robert Koch descubrió el bacilo considerado responsable de la tuberculosis, y muchas de las nociones románticas sobre su origen fueron desacreditadas. La enfermedad, antes considerada una cuestión de temperamento melancólico o una predisposición hereditaria, sería reconocida como una preocupación infecciosa, y por tanto evitable. Siguieron cruzadas de higiene, carteles informativos y hospitales designados. Gradualmente, la tisis perdió su estatus como un destino trágico y poético, y se convirtió en una verdadera amenaza para la salud pública. La perspectiva cambió: ya no era una enfermedad de artistas sino un flagelo de las clases trabajadoras. La enfermedad perdió su aura estética y empezó a ser combatida con métodos racionales, clínicos, higienistas, y ahora podía combatirse con razón.

Mientras este cambio de actitud se endurecía en las primeras décadas del siglo XX, al finalizar el siglo muchas de las antiguas actitudes aún persistían bajo la superficie. La imagen de la mujer delicada y casi transparente todavía sobrevivía en algunos campos de la moda, el cine y la pintura. Pero había signos crecientes de cambio. Con la modernidad vino un nuevo canon de la mujer activa: una que era más saludable, con cuerpos activos, dinámicos y saludables, en definitiva; lo mórbido fue gradualmente reemplazado por la salud.

Hoy, esto podría ser impactante. ¿Cómo podría una enfermedad dolorosa, debilitante y contagiosa ser un símbolo de belleza, de todas las cosas, y mucho menos de virtud? Pero la explicación es su relación con la época. Lo que impulsó el ideal victoriano fue una tensión dinámica entre el deseo de reprimir y el deseo de ser expresado.  La tuberculosis, con su ambigua estética de lo marchito y lo sublime, ofrecía un espacio para que ese deseo contenido tomara forma sin escándalo. Era una belleza que no gritaba, que no reclamaba, pero que hablaba con la elocuencia de los cuerpos que se apagan lentamente. Una belleza, en suma, que no estaba hecha para durar.

26/04/2025 0 comments
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