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Beatriz Menéndez Alonso

Beatriz Menéndez Alonso

LiteraturaPensamiento

Un paseo estival por la literatura y la evasión

by Beatriz Menéndez Alonso 06/08/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Hay estaciones que son más propicias para el olvido, otras para la memoria, y otras, como el verano, para la invención. En verano se recuerda con mayor intensidad, pero también se sueña con más soltura. Es como si el tiempo —dócil, cálido, extendido— cediera por un instante a los caprichos del alma, permitiéndole vagar sin destino. La luz lo baña todo con una claridad sospechosa: no hay rincón donde esconderse. Y, sin embargo, ¿no es en ese estado de indefensión, de lentitud, de aparente insignificancia, donde nace precisamente la literatura más inquietante?

La literatura no florece en la prisa. Exige otro ritmo, uno más cercano al murmullo que al grito. Por eso no sorprende que tantos escritores hayan escrito —o al menos imaginado escribir— durante los veranos. El verano no es solo una estación climática; es una estación del espíritu. Thoreau se retiró a Walden buscando una comunión con la naturaleza que solo el ritmo solar podía ofrecerle. Vivió dos veranos escribiendo lo que sería Walden; or, Life in the Woods. Cada línea de su libro parece respirar con la humedad del bosque y la lentitud de los días largos. Y Thomas Mann, en su villa de verano en Lübeck, encontraba en el bochorno del mediodía la cadencia ideal para sumergirse en la decadencia de los Buddenbrook.

Vacaciones, decimos, y pensamos en evasión. Pero la literatura que verdaderamente se adentra en el verano lo hace con otra intención: no la de huir del mundo, sino la de escucharlo con más precisión. Lucia Berlin, por ejemplo, no necesitó grandes veranos en villas costeras para extraer oro literario del calor, del polvo, de lo que no se dice. Su prosa —seca, brillante como una botella rota al sol— transforma lo cotidiano en algo ferozmente vivo. Una lavandería bajo la canícula, una cocina desordenada donde el hielo se acaba demasiado pronto, el olor de una camisa empapada en sudor barato: sus veranos no son sublimes ni nostálgicos, son reales. Y por eso importan.

En los relatos de Lucía Berlin, como en Manual para mujeres de la limpieza, el calor nunca es solo meteorológico. Es moral. El calor aprieta y hace visible lo que en invierno se disimula: la pobreza, la adicción, la desesperación íntima. Sus personajes sudan, respiran con dificultad, improvisan ventiladores con cartones. Allí no hay contemplación bucólica sino resistencia. Y sin embargo, también hay belleza: una ternura que se cuela entre el ruido de las cigarras y los ventiladores rotos. La literatura, como el verano de Berlin, no embellece: ilumina.

Es curioso: en la literatura, el verano suele ser el escenario de las grandes transformaciones. Piénsese en Muerte en Venecia. No hay relato más inquietantemente estival. Bajo la luminosidad abrasadora de la laguna, Gustav von Aschenbach se consume, no solo de deseo, sino de revelación. El verano lo expone, lo vuelve frágil, y esa fragilidad es literaria. En El Gran Gatsby, de F.Scott  Fitzgerald, la historia no podría ocurrir en otra estación: el sudor, las fiestas, los trajes blancos, el anhelo de algo que nunca llega… todo está al borde del exceso, como si el calor hubiese diluido los límites morales. La decadencia, como el hielo en un vaso de ginebra, se derrite sin remedio. El calor se vuelve premonición de tragedia: “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Y sin embargo, seguimos pensando en las vacaciones como algo ligero, superficial, incluso banal. Una pausa para “descansar”, como si la mente pudiera desconectarse como se apaga una lámpara.

Pero los grandes escritores han intuido —como Rilke en sus cartas desde Worpswede, o Natalia Ginzburg en sus veranos italianos— que en esa aparente ociosidad se gestan los pensamientos más persistentes. El ocio no es vacío, sino laboratorio. Allí donde el reloj pierde autoridad, se cuela la voz propia. Y en esa voz, la literatura encuentra su terreno fértil.

Los libros que se leen en verano, además, nos delatan. No hay elección más íntima que la lectura vacacional. En invierno uno lee por deber, por rutina, por necesidad intelectual. En verano, en cambio, se lee por deseo. Por puro gozo o por pura melancolía. Uno se lleva a la playa Cumbres Borrascosas y termina sintiendo el viento de los páramos en pleno Mediterráneo. O se adentra en Lolita, como quien juega con fuego, y comprende que el calor puede ser también moral. Incluso los libros “ligeros” que llevamos para no pensar —novelas románticas, thrillers de aeropuerto— nos hablan, aunque no siempre queramos escucharlos. La elección de lectura estival es una forma de confesión.

Los poetas, por su parte, han hecho del verano un motivo obsesivo. Emily Dickinson, desde su encierro, escribía sobre los insectos de julio como si fueran heraldos de una verdad invisible. Sylvia Plath temía el calor porque lo asociaba con el colapso. En  La Campana de Cristal, publicada en inglés como The Bell Jar, sitúa su narración bajo un verano sofocante, asfixiante. El calor aquí no es luz, sino encierro; no es inspiración, sino prueba. Pero incluso en ese peso hay una claridad brutal. La conciencia de Esther Greenwood se agrieta bajo el sol, y a través de esa fractura escribe. Pero otros, como Cesare Pavese, veían en las vacaciones un espejo peligroso: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió, como si el ocio estival desnudara finalmente lo que todo el año hemos evitado mirar.

El verano, por tanto, no es un simple decorado. Es un agente literario. Exige lentitud, exige atención, y exige una cierta valentía para enfrentarse a lo que emerge cuando el mundo baja la voz. En los trenes que van hacia la costa, en los cafés donde el hielo se derrite, en los cuerpos que se exponen al sol, hay materia narrativa esperando ser recogida. Y quizás por eso tantos escritores necesitan huir para escribir: no por el lugar al que van, sino por el silencio que encuentran en el trayecto.

Lo que ocurre con las vacaciones —y con el verano mismo— es que, al igual que la literatura, son esencialmente inútiles en el mejor sentido del término. No producen nada tangible, no mejoran el mundo de forma inmediata, no cotizan en bolsa. Pero nos salvan. Nos devuelven a un estado más poroso, más permeable, más sensible.

El verano pasa, como todo lo vivo. Las vacaciones se disuelven, como la espuma en la arena. Pero lo que permanece —si uno ha estado verdaderamente atento— es esa transformación sutil, casi invisible, que la literatura opera cuando se la deja entrar sin apremio. Bajo el sol, entre las páginas, en medio de las tardes interminables, ocurre lo más improbable: pensamos sin querer, recordamos sin planearlo, sentimos sin protección.

Y eso, después de todo, es la esencia misma de leer. O de vivir.

06/08/2025 0 comments
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LiteraturaReseñas

Una cuerda sobre el abismo

by Beatriz Menéndez Alonso 29/07/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso
Hay cuerdas colgando del cielo.
Preparadas, listas, para cegar
cabezas con un nudo.
Hay cuerdas que se convierten
en soga y cuerdas invisibles
que anudan las manos.

Lectura introspectiva del poemario La cuerda de Ana Vega

Hay libros que no se leen, no en el sentido corriente de avanzar línea por línea hasta cerrar la última página —no—, hay libros que se cruzan como se cruza una habitación oscura, tanteando con las manos, escuchando el crujido de la madera bajo los pasos, oliendo la humedad, temiendo, sí, pero también esperando que algo, al fin, suceda. La cuerda, de Ana Vega, es uno de esos libros. Un poemario, dicen. Yo diría: una confesión a media voz, un hilo tenso entre la palabra y el precipicio.

Qué extraño es el modo en que habla. No grita. No se impone. No proclama. Y sin embargo —o por eso mismo— su voz nos alcanza más allá del oído. En algún rincón remoto del pecho —ese lugar donde una vez estuvo el alma o el temblor— se escucha un eco. Y ese eco es de mujer. Y ese eco duele.

Ana Vega no nos ofrece poesía, no en la forma pulida y ceremonial en que algunos la entienden, sino una suerte de desgarro estilizado, una arquitectura construida con los restos de un derrumbe. Cada poema —y no son muchos, pero sí suficientes— es como un nudo en la cuerda: algo que atestigua que se ha roto y vuelto a anudar. Cada palabra parece escrita no con tinta, sino con una lágrima contenida, un temblor de muñeca, una exhalación larga después del miedo.

¿Qué cuerda es esta? ¿Qué cuelga de ella? ¿Qué sostiene? Uno piensa en la cuerda que une madre e hija. En la cuerda que amarra un secreto al cuerpo. En la cuerda que alguien, alguna vez, usó para callar a otra. La simbología vibra, no como un ejercicio mental, sino como algo corpóreo: el lector lo siente en las costillas, como si algo invisible se le ciñera de pronto en la garganta.

Hay versos donde la sangre parece apenas secarse. Otros donde se entrevé el intento de luz, una rendija. Pero lo más asombroso no es el tema —la violencia, el dolor, la memoria— sino el tono: un tono que no suplica ni denuncia, sino que afirma, simplemente, que el dolor existe y ha dejado forma. Como Virginia Woolf en Las olas, donde los personajes son más flujo que carne, Ana Vega construye un espacio sin bordes, sin nombres, sin tiempo. El yo poético se desdibuja, y sin embargo es más real que nunca.

No hay un principio claro, ni un final definitivo. Todo ocurre como en una casa donde ha habido gritos y ya no queda nadie. El poema entra y sale, abre una puerta, encuentra una carta quemada, una muñeca sin cabeza, un zapato de niña, y se va. No explica. No consuela. No concluye. Solo muestra.

Se necesita valor para escribir así. Y aún más para leerlo. Porque La cuerda no es una cuerda de salvación: es una cuerda de memoria. Una cuerda tensa entre el dolor y el lenguaje. El lector debe decidir: ¿la trepa o la corta?

Ana Vega no da instrucciones. Solo deja allí la cuerda. Y se retira. En silencio. Como quien ya ha dicho todo lo que debía decir.

El lugar de la cita: no ornamento, sino estructura

Lo que hace Ana Vega con la cita es singular. En lugar de usarlas como epígrafes ilustrativos, las integra en el tejido emocional y ético de los poemas. Las voces externas —académicas, filosóficas, clínicas— no irrumpen desde fuera, sino que dialogan desde dentro. Son como testigos en un juicio íntimo.

Zimbardo habla del mal que se vuelve rutina. Freud murmura sobre el trauma no elaborado. Frankl sugiere que incluso en el sufrimiento hay posibilidad de sentido. Camus, por su parte, susurra que hablar —decir el dolor— es ya una forma de reparación. Vega no cita para impresionar: cita para dar contexto ético a su herida.

Esta decisión tiene un peso político. En una época donde la lírica a veces flota en la abstracción, La cuerda apuesta por un poema con conciencia. Un poema que nombra el abuso, que se atreve a mirar el daño sin disfrazarlo, que señala el silencio no como estética, sino como omisión cómplice.

Y por eso las citas importan: porque nos sitúan. No estamos ante una experiencia individual encapsulada en belleza literaria. Estamos ante una escritura situada, informada, que ha leído, que ha pensado, que se ha armado de palabras ajenas para entender el dolor propio.

Las citas hacen visibles las raíces de una violencia que muchas veces se oculta tras nombres inocuos: familia, normalidad, deber, silencio. Lo que se le infligió —y lo que se inflige aún a muchas mujeres y niñas— no es una anécdota ni una metáfora: es historia estructural. Por eso se cita. Para que no se diga luego que no se sabía.

Y en medio de todo eso, la cuerda: como soga, como nudo, como herencia, como vínculo. Una cuerda invisible que se va apretando entre estrofa y estrofa. Las citas son los clavos que la fijan al techo de la memoria colectiva. El poema se balancea entre ellas. Y el lector, inevitablemente, queda suspendido también.

En La cuerda, la cita no interrumpe el poema: lo afila, lo arma, lo contextualiza. Ana Vega no escribe “pese a” la teoría: escribe con ella, desde ella. Sus versos no flotan en el vacío de la emoción pura. Están atados —y eso es bueno— a una genealogía del pensamiento, del psicoanálisis, de la ética. Como si dijera: “Mi dolor es mío, pero también es histórico. Y si no lo nombramos, si no lo pensamos, se repetirá”.

Con La cuerda, Vega propone una poesía que no solo siente, sino que piensa el dolor. Y eso, en estos tiempos, es más necesario que nunca.

29/07/2025 0 comments
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