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Beatriz Menéndez Alonso

Beatriz Menéndez Alonso

CinePersonajes

Claudia Cardinale: la musa de las nostalgias

by Beatriz Menéndez Alonso 03/10/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

He pensado mucho en cómo comenzar este homenaje: con un recuerdo, un gesto, una imagen fija que nos devuelva no solo lo que fue, sino lo que sigue siendo. Y ha aparecido ella, de pronto, en el gran salón dorado de El gatopardo. Ese momento del vals en que el príncipe don Fabrizio Salina (Burt Lancaster) baila con Angélica Sedara (Claudia Cardinale): la mirada, el vestido, la luz, el silencio. Ese instante concentra lo que Claudia Cardinale fue: la encarnación de la belleza enfrentada a la Historia; la joven que desborda la corteza del pasado; el resplandor justo antes del declive.

Porque no fue una simple actriz. Fue presencia: al mismo tiempo fugitiva y permanente. Nacida en Túnez, hija de sicilianos, con el acento dividido entre la brisa del Mediterráneo y los ecos de Sicilia, vivía en un umbral identitario. Esa doble pertenencia le otorgó la capacidad de no ser del todo una ni otra, sino puente entre mundos.

A sus 87 años, su figura se aleja, pero deja tras de sí un rastro luminoso: el de una voz que hablaba con la mirada, que conjuraba deseos en susurros de luz, que encarnó la tensión sorda entre lo viejo que resiste y lo nuevo que empuja.

El gatopardo: de la página al celuloide

El gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, no es solo un relato histórico: es una elegía, un acto de memoria, un duelo lento. Publicada póstumamente en 1958, narra la decadencia de la aristocracia siciliana ante el ascenso de la burguesía durante el Risorgimento. Príncipes y nobles observan impotentes cómo sus palacios ya no resuenan con esperanzas; su mundo se descompone bajo nuevas ambiciones.

En la prosa de Lampedusa hay una temblorosa belleza: el polvo, la dignidad a punto de quebrarse, los gestos que ya no tienen fuerza.

Luchino Visconti dirigió en 1963 una adaptación monumental de El gatopardo. Él mismo, aristócrata comunista y cinéfilo esteta, comprendió el texto con una profundidad casi autobiográfica. Novela y director se reflejan mutuamente: dos príncipes, uno literario, otro cinematográfico, conscientes de que el relato profundo no está en la trama, sino en lo que desaparece.

Y entonces entra ella.

Poderosa y delicada, nueva y vieja al mismo tiempo. Angélica Sedara no es aristocrática por nacimiento: es hija de un burgués, de otro tiempo. Pero en ella confluyen lo antiguo y lo emergente.

En su piel, Cardinale lleva esa tensión con una naturalidad que deslumbra: se convierte en el nexo entre la nobleza que declina y la burguesía que asciende, con su músculo, su impudicia, su hambre de luz.

La Angélica de Cardinale es pura vitalidad: risa, piel, vestidos relucientes. Pero también es sombra: intuye que su juventud es horizonte, que el brillo no será eterno. Al unirse a Tancredi, al bailar con el príncipe, al cruzar los salones, no solo protagoniza una historia de amor: encarna un rito de transición. Su presencia proclama la victoria de lo nuevo, pero también la lenta agonía de un mundo que se extingue.

Visconti lo sabía, y lo filmó con reverencia. En cada gesto suyo, cada silencio, cada mirada, hay algo de sagrado. La cámara la ama y la teme a la vez. Porque Angélica no es solo belleza: es fuerza que irrumpe, que transforma. Y para eso, hace falta sacrificio.

La escena del baile, que ocupa casi una hora de la película, es uno de los logros más ambiciosos del cine italiano y fue para la actriz, en sus propias palabras, extenuante. El vestido pesaba tanto que apenas podía moverse, ni comer, ni levantarse. «Si me sentaba, no podía volver a incorporarme», confesó, y esa frase resume el ocaso de una aristocracia que, aunque aún brillaba, había perdido toda su vitalidad. El esplendor que muestra es artificial, agónico, casi un ritual vacío que busca ocultar la decadencia. Los salones, aunque suntuosos, «crujen»; los bordados, lejos de adornar, oprimen; la música, en lugar de celebrar, suena a despedida.

En medio de esa atmósfera cargada de belleza y muerte, de lujo y clausura, Angélica —y con ella, Claudia— sostiene la escena. Su juventud, su belleza, no son solo atributos estéticos: están cargados de sentido. Ella representa el relevo generacional, pero también la imposibilidad de una verdadera continuidad. No hay futuro en esa juventud porque el sistema que la rodea está colapsando.

Musa de Visconti, icono inevitable

Ser musa no es un destino fácil. Es ser símbolo, memoria, proyección. Claudia Cardinale lo fue para varios directores, pero su relación con Visconti fue singularmente íntima. Él —aristócrata milanés con mentalidad marxista, obsesionado por la decadencia, por la forma, por el detalle— encontró en ella algo que no se puede fingir: autenticidad. Claudia tenía cuerpo, voz, latido. Y una inteligencia emocional capaz de contener gestos mínimos y emociones vastas.

Visconti —aristócrata milanés de cuna, marxista de convicción, esteta hasta el último gesto— encontró en Claudia algo que él buscaba desesperadamente en sus películas: una belleza que no necesitaba explicarse. Ella tenía cuerpo, sí, pero también voz, temple, misterio. Su presencia en pantalla no era la de una actriz que interpreta, sino la de una figura que encarna. En ella había verdad y eso, para Visconti, era el mayor de los lujos. La autenticidad no se actúa: se es o no se es.

Era, en muchos sentidos, un hombre del siglo XIX atrapado en el XX. Su cine era un teatro de pasiones grandiosas contenidas en encuadres milimétricamente controlados. Cada plano suyo era una composición pictórica y, al mismo tiempo, una elegía. Le obsesionaban los gestos sutiles que delataban un mundo en descomposición: el temblor en una mano aristocrática, el suspiro reprimido, el desgaste de un vestido caro. Ella fue para el director más que una actriz: fue una presencia. Un espejo donde mirar sus obsesiones, un cuerpo donde proyectar sus visiones. Fue, en cierto modo, su testigo más callada.

Pero Claudia Cardinale no fue solo uno de los rostros más bellos del cine europeo del siglo XX: fue también una figura que negoció con inteligencia su lugar en una industria que exigía sumisión, exhibicionismo y docilidad femenina. Su historia personal estuvo atravesada por elecciones difíciles, silencios estratégicos y resistencias persistentes que le dieron a su belleza un carácter inusual: se resistió al rol de «diva decorativa».

A diferencia de muchas actrices de su generación, no aceptó explotar su cuerpo como moneda de cambio. No hizo desnudos, incluso cuando los contratos lo insinuaban como inevitable. Su negativa fue firme, incluso cuando eso significaba perder papeles o enfrentar presiones.

Aunque trabajó con los nombres más grandes del cine —Fellini, Visconti, Leone, Blake Edwards, Herzog— nunca se dejó devorar por el star system. Vivió dentro de él, sí, pero sin entregarse a sus reglas. No cultivó el escándalo, no se construyó un personaje de femme fatale vacía, ni jugó a ser la musa pasiva.

En Hollywood la quisieron convertir en una «nueva Sophia Loren», pero ella prefirió seguir trabajando en Europa, en papeles que la desafiaban intelectualmente o emocionalmente.

En sus entrevistas siempre se mostró reservada, pero firme. No necesitó exponer su vida privada para mantenerse vigente. Esa capacidad de conservar una parte inaccesible de sí misma fue, sin duda, una forma de poder.

Quien haya visto El gatopardo recordará, inevitablemente, la liturgia triste del final: el príncipe frente al espejo, su juventud disuelta, el lujo convertido en eco. Y recordará a Angélica, joven, radiante, cargando sobre sus hombros la primavera de los otros.

Con Claudia Cardinale se nos va un capítulo esencial de ese cine, pero no se apaga la llama que encendió. Queda su imagen: una que no envejece, porque nunca fue solo apariencia. Queda su voz: como poseía una voz profunda y hablaba italiano con un marcado acento francés, fue doblada en sus primeras películas. En El gatopardo, por ejemplo, su diálogo fue sustituido por la voz de Solvejg D’Assunta. Sin embargo, hay momentos en los que su verdadera voz logra filtrarse. En una escena memorable, cuando ella y Alain Delon corren por la casa vacía, se escucha su risa: grave, cálida, inconfundible. Queda su andar entre los salones: esa mezcla de poder y de peligro.

Y así como la novela de Lampedusa pide ser leída y releída, como Visconti exige ser revisitado, Claudia Cardinale merece ser mirada de nuevo. Que cada vez que veamos El gatopardo, cada vez que escuchemos su risa grave, sintamos ese soplo: de melancolía, de belleza, de un mundo que se va, pero deja su huella indeleble.

03/10/2025 0 comments
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Cine

Robert Redford. El último eco del cine clásico

by Beatriz Menéndez Alonso 17/09/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

La reciente muerte de Robert Redford, a los 89 años, marca el adiós de un gigante del cine, un hombre cuyo nombre está entrelazado con algunas de las películas más representativas de la historia del cine estadounidense. Más que un actor, Redford fue un creador, un hombre que no solo encarnó los ideales del cine clásico, sino que también entendió que el cine puede ser una forma de contar historias complejas con imágenes que resuenan con la misma profundidad que las mejores novelas. Sin embargo, mientras su legado como actor es incuestionable, su influencia como director y creador de espacios para el cine independiente, como el Festival de Sundance, ha sido aún más profunda.

Cartel de The sting, 1973

Cuando Redford fundó el Sundance Institute en 1981, no solo estaba creando un espacio para cineastas independientes, sino abriendo una puerta para aquellos cuya voz no encontraba eco en el sistema hollywoodense. Con el Festival de Sundance, Redford se propuso, en cierto modo, lo mismo que había buscado como actor en sus primeros años: libertad para contar historias que no necesariamente encajaran en los moldes tradicionales. De hecho, Sundance se convirtió, y sigue siendo, un refugio para el cine más arriesgado, innovador, que no teme desafiar las convenciones.

Su creación fue un acto profundamente personal para Redford, quien, como director y productor, ya había sentido las restricciones de los grandes estudios y la presión de un cine más comercial. Redford, cuya carrera despegó gracias a títulos como The Sting (1973), The Great Gatsby (1974), Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969) comprendía el poder de la narrativa auténtica. Por ello, su deseo era crear un espacio en el que se pudiera explorar la complejidad de las historias sin la necesidad de complacer al gran público.

El impacto de Sundance fue inmediato. El festival ayudó a poner en el mapa películas que hoy son consideradas de culto o clásicos contemporáneos, y que difícilmente habrían tenido la oportunidad de ser vistas en los cines comerciales. The Blair Witch Project (1999), que se estrenó en Sundance y rápidamente se convirtió en un fenómeno cultural, es solo uno de los muchos ejemplos de cómo este espacio rompió con las normas y permitió que ideas innovadoras florecieran.

A lo largo de los años se ha convertido en el trampolín para muchas de las películas más importantes de la última década. Obras que no solo han sido aclamadas por la crítica, sino que también han marcado un antes y un después en la forma de entender el cine.

The grat Gatsby, 1975

MarcadAlgunas de estas películas destacan por su audacia, su enfoque único y, en muchos casos, por el tratamiento de temas complejos y profundos.

Little Miss Sunshine (2006), una película dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, se presentó en Sundance antes de convertirse en un éxito tanto de crítica como comercial. A través de la historia de una familia disfuncional que viaja a un concurso de belleza infantil, la película aborda con ternura y humor temas como el fracaso, la autoaceptación y el amor incondicional.

Otro ejemplo notable es Whiplash (2014), dirigida por Damien Chazelle, que se estrenó en Sundance antes de obtener múltiples premios, incluidos varios Oscar.

Más recientemente, películas como The Farewell (2019) de Lulu Wang, que también tuvo su estreno en Sundance, han continuado con la tradición de llevar historias profundamente personales y culturales al gran público. Esta película, que explora la relación entre una nieta y su abuela en un contexto chino-estadounidense, es una muestra clara del tipo de historias que el festival ha fomentado: universales, pero profundamente específicas en su contexto.

Estas películas son solo algunas de las muchas que han pasado por el festival, pero todas comparten un hilo común: su capacidad para romper barreras y explorar aspectos de la vida humana de una manera que solo el cine independiente puede lograr. Y todo ello, en última instancia, es posible gracias a la visión de Robert Redford, quien entendió desde el principio que el cine no solo es un medio para contar historias, sino también una herramienta para reflexionar sobre el mundo en que vivimos.

 Fue un visionario en este sentido. No solo abrió las puertas del cine independiente, sino que también desafió la idea de lo que significa ser un cineasta en un mundo en el que la industria de Hollywood, por entonces, parecía monopolizar la narrativa visual.

Redford fue un hombre de silenciosa intensidad. Con una personalidad que parecía coincidir perfectamente con la imagen de sus papeles más memorables, mantenía una mezcla de suavidad y dureza que podía desarmar a quienes lo conocían. Con esa presencia que encarnaba los ideales de la masculinidad clásica, tenía también una curiosa capacidad para mostrar vulnerabilidad y duda, una característica que lo hacía aún más cercano al público.

En su vida personal, sin embargo, fue bastante reservado. Marcado por el sufrimiento tras la muerte prematura de su hijo, Redford mantuvo una sensación constante de pérdida. Quizá eso explique la profunda melancolía que a menudo destilaban sus papeles en pantalla.

No obstante, la tragedia de su vida personal también se reflejaba en su afán por buscar en el cine una forma de redención, tanto personal como colectiva.

En su faceta como director, su mirada al cine fue siempre sutil y observadora, más cercana a la narrativa de los grandes novelistas que a los guiones de acción típicos. Es conocido que a menudo prefería historias menos grandilocuentes, más basadas en los pequeños dramas humanos, aquellos que transcurren en los márgenes de la sociedad. Redford entendió desde el principio que el cine, como la literatura, tiene el poder de captar la complejidad de la experiencia humana en sus formas más puras y menos artificiales.

Aunque su rostro fue el de un galán de Hollywood, su corazón latía por la narrativa más profunda y por esa magia de capturar el alma de los libros en imágenes.

Out of Africa, 1985

Su trabajo en Out of Africa (1985), es el ejemplo perfecto de cómo Redford interpretó la esencia de una obra literaria sin caer en el melodrama. En el rol del cazador Denys Finch Hatton, Redford no solo interpretaba a un hombre encantador y ambiguo, sino que personificaba los dilemas y pasiones de la obra Memorias de África de Karen Blixen, transformando la novela en una evocación cinematográfica de las tensiones entre lo personal y lo épico, entre el amor y la libertad. Este tipo de adaptación literaria, donde la sutileza de los personajes se entrelaza con la magnitud del paisaje africano, es el tipo de trabajo que más satisfizo a Redford, quien entendía que el cine no solo debe contar una historia, sino también expresar las emociones y la complejidad de los personajes con una delicadeza literaria.

Una de las escenas más emblemáticas, que se ha quedado grabada en la memoria de todos, es aquella en la que Denys Finch Hatton (interpretado por Robert Redford) le lava el cabello a Karen Blixen (Meryl Streep). Es una escena de una calidez rara en el cine, donde el amor se representa sin adornos, sin grandilocuencia, pero con una profundidad que solo una mirada tan serena como la de Redford podría transmitir. Es ahí, en la simple acción de lavar el cabello de la mujer que ama, donde el personaje de Denys se convierte en un reflejo de la vastedad emocional de África: impredecible, apasionada y a veces tan efímera como el agua que se desliza entre sus dedos.

Por otro lado, su interpretación de Jay Gatsby en The Great Gatsby (1974) también destaca como un ejemplo de lo que significa “traducir” un libro a la gran pantalla sin perder la riqueza de su contenido. En esta adaptación dirigida por Jack Clayton, Redford no fue simplemente un rostro atractivo; fue un Gatsby despojado de la pompa, pero lleno de una melancolía que hizo eco de las profundas capas de la novela de F. Scott Fitzgerald. Su interpretación no era una mera representación superficial del personaje, sino una exploración de su aislamiento existencial, de la carga del sueño americano.

De alguna forma, aunque no sea la adaptación más fiel ni la más apreciada por todos, captura la esencia del personaje: un hombre profundamente humano, lleno de aspiraciones, pero también de fallos y de frustraciones. El Gatsby de Redford sigue siendo, para muchos, la interpretación más entrañable de este icono literario, porque su vulnerabilidad está tan presente como su magnetismo, creando una figura trágica cuya vida está marcada por el intento de reconstruir una ilusión.

Pero si hay un momento en el que la poesía de su cine se despliega con una intensidad sublime, ese es A River Runs Through It (1992). Redford, quien también fue el director de esta adaptación de la novela de Norman Maclean, entendió que el cine no solo era imagen y sonido, sino un espacio donde las palabras perduraban, invisibles, en el susurro de un río que nunca cesa de fluir. Aquí, la historia de dos hermanos, cuya relación con su padre y el paisaje de Montana se entrelazan a través de la pesca con mosca, se convierte en una meditación sobre la vida, la muerte y la fragilidad de los vínculos humanos.

 No solo dirige la película, él esculpe el espacio donde la poesía se convierte en imagen. Cada plano es una metáfora de la naturaleza misma del tiempo que avanza, de la familia que se quiebra, de la memoria que se escapa, como el agua de un río.

La muerte de Robert Redford nos deja una herencia que trasciende el celuloide. Su verdadera huella, la que perdurará por generaciones, es la de un hombre que entendió que el cine es mucho más que entretenimiento; es una herramienta para transformar, para cuestionar y para dar espacio a las voces que de otro modo quedarían silenciadas. A través de su trabajo en Sundance y su enfoque sobre el cine independiente, Redford cambió la industria del cine para siempre. Su compromiso con las historias genuinas y su apoyo a los cineastas emergentes son su mayor legado, un legado que sigue vivo cada vez que una nueva película independiente se estrena, que toca temas universales desde perspectivas frescas y audaces.

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LiteraturaPensamiento

Un paseo estival por la literatura y la evasión

by Beatriz Menéndez Alonso 06/08/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso

Hay estaciones que son más propicias para el olvido, otras para la memoria, y otras, como el verano, para la invención. En verano se recuerda con mayor intensidad, pero también se sueña con más soltura. Es como si el tiempo —dócil, cálido, extendido— cediera por un instante a los caprichos del alma, permitiéndole vagar sin destino. La luz lo baña todo con una claridad sospechosa: no hay rincón donde esconderse. Y, sin embargo, ¿no es en ese estado de indefensión, de lentitud, de aparente insignificancia, donde nace precisamente la literatura más inquietante?

La literatura no florece en la prisa. Exige otro ritmo, uno más cercano al murmullo que al grito. Por eso no sorprende que tantos escritores hayan escrito —o al menos imaginado escribir— durante los veranos. El verano no es solo una estación climática; es una estación del espíritu. Thoreau se retiró a Walden buscando una comunión con la naturaleza que solo el ritmo solar podía ofrecerle. Vivió dos veranos escribiendo lo que sería Walden; or, Life in the Woods. Cada línea de su libro parece respirar con la humedad del bosque y la lentitud de los días largos. Y Thomas Mann, en su villa de verano en Lübeck, encontraba en el bochorno del mediodía la cadencia ideal para sumergirse en la decadencia de los Buddenbrook.

Vacaciones, decimos, y pensamos en evasión. Pero la literatura que verdaderamente se adentra en el verano lo hace con otra intención: no la de huir del mundo, sino la de escucharlo con más precisión. Lucia Berlin, por ejemplo, no necesitó grandes veranos en villas costeras para extraer oro literario del calor, del polvo, de lo que no se dice. Su prosa —seca, brillante como una botella rota al sol— transforma lo cotidiano en algo ferozmente vivo. Una lavandería bajo la canícula, una cocina desordenada donde el hielo se acaba demasiado pronto, el olor de una camisa empapada en sudor barato: sus veranos no son sublimes ni nostálgicos, son reales. Y por eso importan.

En los relatos de Lucía Berlin, como en Manual para mujeres de la limpieza, el calor nunca es solo meteorológico. Es moral. El calor aprieta y hace visible lo que en invierno se disimula: la pobreza, la adicción, la desesperación íntima. Sus personajes sudan, respiran con dificultad, improvisan ventiladores con cartones. Allí no hay contemplación bucólica sino resistencia. Y sin embargo, también hay belleza: una ternura que se cuela entre el ruido de las cigarras y los ventiladores rotos. La literatura, como el verano de Berlin, no embellece: ilumina.

Es curioso: en la literatura, el verano suele ser el escenario de las grandes transformaciones. Piénsese en Muerte en Venecia. No hay relato más inquietantemente estival. Bajo la luminosidad abrasadora de la laguna, Gustav von Aschenbach se consume, no solo de deseo, sino de revelación. El verano lo expone, lo vuelve frágil, y esa fragilidad es literaria. En El Gran Gatsby, de F.Scott  Fitzgerald, la historia no podría ocurrir en otra estación: el sudor, las fiestas, los trajes blancos, el anhelo de algo que nunca llega… todo está al borde del exceso, como si el calor hubiese diluido los límites morales. La decadencia, como el hielo en un vaso de ginebra, se derrite sin remedio. El calor se vuelve premonición de tragedia: “Y así vamos adelante, botes contra la corriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.

Y sin embargo, seguimos pensando en las vacaciones como algo ligero, superficial, incluso banal. Una pausa para “descansar”, como si la mente pudiera desconectarse como se apaga una lámpara.

Pero los grandes escritores han intuido —como Rilke en sus cartas desde Worpswede, o Natalia Ginzburg en sus veranos italianos— que en esa aparente ociosidad se gestan los pensamientos más persistentes. El ocio no es vacío, sino laboratorio. Allí donde el reloj pierde autoridad, se cuela la voz propia. Y en esa voz, la literatura encuentra su terreno fértil.

Los libros que se leen en verano, además, nos delatan. No hay elección más íntima que la lectura vacacional. En invierno uno lee por deber, por rutina, por necesidad intelectual. En verano, en cambio, se lee por deseo. Por puro gozo o por pura melancolía. Uno se lleva a la playa Cumbres Borrascosas y termina sintiendo el viento de los páramos en pleno Mediterráneo. O se adentra en Lolita, como quien juega con fuego, y comprende que el calor puede ser también moral. Incluso los libros “ligeros” que llevamos para no pensar —novelas románticas, thrillers de aeropuerto— nos hablan, aunque no siempre queramos escucharlos. La elección de lectura estival es una forma de confesión.

Los poetas, por su parte, han hecho del verano un motivo obsesivo. Emily Dickinson, desde su encierro, escribía sobre los insectos de julio como si fueran heraldos de una verdad invisible. Sylvia Plath temía el calor porque lo asociaba con el colapso. En  La Campana de Cristal, publicada en inglés como The Bell Jar, sitúa su narración bajo un verano sofocante, asfixiante. El calor aquí no es luz, sino encierro; no es inspiración, sino prueba. Pero incluso en ese peso hay una claridad brutal. La conciencia de Esther Greenwood se agrieta bajo el sol, y a través de esa fractura escribe. Pero otros, como Cesare Pavese, veían en las vacaciones un espejo peligroso: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió, como si el ocio estival desnudara finalmente lo que todo el año hemos evitado mirar.

El verano, por tanto, no es un simple decorado. Es un agente literario. Exige lentitud, exige atención, y exige una cierta valentía para enfrentarse a lo que emerge cuando el mundo baja la voz. En los trenes que van hacia la costa, en los cafés donde el hielo se derrite, en los cuerpos que se exponen al sol, hay materia narrativa esperando ser recogida. Y quizás por eso tantos escritores necesitan huir para escribir: no por el lugar al que van, sino por el silencio que encuentran en el trayecto.

Lo que ocurre con las vacaciones —y con el verano mismo— es que, al igual que la literatura, son esencialmente inútiles en el mejor sentido del término. No producen nada tangible, no mejoran el mundo de forma inmediata, no cotizan en bolsa. Pero nos salvan. Nos devuelven a un estado más poroso, más permeable, más sensible.

El verano pasa, como todo lo vivo. Las vacaciones se disuelven, como la espuma en la arena. Pero lo que permanece —si uno ha estado verdaderamente atento— es esa transformación sutil, casi invisible, que la literatura opera cuando se la deja entrar sin apremio. Bajo el sol, entre las páginas, en medio de las tardes interminables, ocurre lo más improbable: pensamos sin querer, recordamos sin planearlo, sentimos sin protección.

Y eso, después de todo, es la esencia misma de leer. O de vivir.

06/08/2025 0 comments
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LiteraturaReseñas

Una cuerda sobre el abismo

by Beatriz Menéndez Alonso 29/07/2025
written by Beatriz Menéndez Alonso
Hay cuerdas colgando del cielo.
Preparadas, listas, para cegar
cabezas con un nudo.
Hay cuerdas que se convierten
en soga y cuerdas invisibles
que anudan las manos.

Lectura introspectiva del poemario La cuerda de Ana Vega

Hay libros que no se leen, no en el sentido corriente de avanzar línea por línea hasta cerrar la última página —no—, hay libros que se cruzan como se cruza una habitación oscura, tanteando con las manos, escuchando el crujido de la madera bajo los pasos, oliendo la humedad, temiendo, sí, pero también esperando que algo, al fin, suceda. La cuerda, de Ana Vega, es uno de esos libros. Un poemario, dicen. Yo diría: una confesión a media voz, un hilo tenso entre la palabra y el precipicio.

Qué extraño es el modo en que habla. No grita. No se impone. No proclama. Y sin embargo —o por eso mismo— su voz nos alcanza más allá del oído. En algún rincón remoto del pecho —ese lugar donde una vez estuvo el alma o el temblor— se escucha un eco. Y ese eco es de mujer. Y ese eco duele.

Ana Vega no nos ofrece poesía, no en la forma pulida y ceremonial en que algunos la entienden, sino una suerte de desgarro estilizado, una arquitectura construida con los restos de un derrumbe. Cada poema —y no son muchos, pero sí suficientes— es como un nudo en la cuerda: algo que atestigua que se ha roto y vuelto a anudar. Cada palabra parece escrita no con tinta, sino con una lágrima contenida, un temblor de muñeca, una exhalación larga después del miedo.

¿Qué cuerda es esta? ¿Qué cuelga de ella? ¿Qué sostiene? Uno piensa en la cuerda que une madre e hija. En la cuerda que amarra un secreto al cuerpo. En la cuerda que alguien, alguna vez, usó para callar a otra. La simbología vibra, no como un ejercicio mental, sino como algo corpóreo: el lector lo siente en las costillas, como si algo invisible se le ciñera de pronto en la garganta.

Hay versos donde la sangre parece apenas secarse. Otros donde se entrevé el intento de luz, una rendija. Pero lo más asombroso no es el tema —la violencia, el dolor, la memoria— sino el tono: un tono que no suplica ni denuncia, sino que afirma, simplemente, que el dolor existe y ha dejado forma. Como Virginia Woolf en Las olas, donde los personajes son más flujo que carne, Ana Vega construye un espacio sin bordes, sin nombres, sin tiempo. El yo poético se desdibuja, y sin embargo es más real que nunca.

No hay un principio claro, ni un final definitivo. Todo ocurre como en una casa donde ha habido gritos y ya no queda nadie. El poema entra y sale, abre una puerta, encuentra una carta quemada, una muñeca sin cabeza, un zapato de niña, y se va. No explica. No consuela. No concluye. Solo muestra.

Se necesita valor para escribir así. Y aún más para leerlo. Porque La cuerda no es una cuerda de salvación: es una cuerda de memoria. Una cuerda tensa entre el dolor y el lenguaje. El lector debe decidir: ¿la trepa o la corta?

Ana Vega no da instrucciones. Solo deja allí la cuerda. Y se retira. En silencio. Como quien ya ha dicho todo lo que debía decir.

El lugar de la cita: no ornamento, sino estructura

Lo que hace Ana Vega con la cita es singular. En lugar de usarlas como epígrafes ilustrativos, las integra en el tejido emocional y ético de los poemas. Las voces externas —académicas, filosóficas, clínicas— no irrumpen desde fuera, sino que dialogan desde dentro. Son como testigos en un juicio íntimo.

Zimbardo habla del mal que se vuelve rutina. Freud murmura sobre el trauma no elaborado. Frankl sugiere que incluso en el sufrimiento hay posibilidad de sentido. Camus, por su parte, susurra que hablar —decir el dolor— es ya una forma de reparación. Vega no cita para impresionar: cita para dar contexto ético a su herida.

Esta decisión tiene un peso político. En una época donde la lírica a veces flota en la abstracción, La cuerda apuesta por un poema con conciencia. Un poema que nombra el abuso, que se atreve a mirar el daño sin disfrazarlo, que señala el silencio no como estética, sino como omisión cómplice.

Y por eso las citas importan: porque nos sitúan. No estamos ante una experiencia individual encapsulada en belleza literaria. Estamos ante una escritura situada, informada, que ha leído, que ha pensado, que se ha armado de palabras ajenas para entender el dolor propio.

Las citas hacen visibles las raíces de una violencia que muchas veces se oculta tras nombres inocuos: familia, normalidad, deber, silencio. Lo que se le infligió —y lo que se inflige aún a muchas mujeres y niñas— no es una anécdota ni una metáfora: es historia estructural. Por eso se cita. Para que no se diga luego que no se sabía.

Y en medio de todo eso, la cuerda: como soga, como nudo, como herencia, como vínculo. Una cuerda invisible que se va apretando entre estrofa y estrofa. Las citas son los clavos que la fijan al techo de la memoria colectiva. El poema se balancea entre ellas. Y el lector, inevitablemente, queda suspendido también.

En La cuerda, la cita no interrumpe el poema: lo afila, lo arma, lo contextualiza. Ana Vega no escribe “pese a” la teoría: escribe con ella, desde ella. Sus versos no flotan en el vacío de la emoción pura. Están atados —y eso es bueno— a una genealogía del pensamiento, del psicoanálisis, de la ética. Como si dijera: “Mi dolor es mío, pero también es histórico. Y si no lo nombramos, si no lo pensamos, se repetirá”.

Con La cuerda, Vega propone una poesía que no solo siente, sino que piensa el dolor. Y eso, en estos tiempos, es más necesario que nunca.

29/07/2025 0 comments
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