En los relatos de esta sección dedicada a las historias de dioses y estrellas, hemos visto cómo el firmamento, muchas veces, ha cobrado vida bajo los caprichos, pasiones y castigos de los grandes dioses olímpicos. Nos resulta sencillo alzar la vista y buscar en el cielo los rastros del arco de Artemisa, la ira desproporcionada de Apolo o las artimañas de Zeus para embaucar a cualquiera de sus amantes. Sin embargo, antes de que los códigos helenos modelaran el deseo de los nuevos inmortales, el universo ya poseía sus propios soberanos. Una estirpe primigenia nacida de la unión del Cielo y la Tierra que regulaba el pulso del cosmos. Eran los titanes.
Es, pues, en ese mapa ancestral, libre de la rigidez de las deidades olímpicas posteriores, donde debemos buscar la verdadera raíz de algunos fenómenos que estremecían a la humanidad, como, por ejemplo, cuando la luz se apagaba de forma imprevista en pleno día. Para los antiguos griegos, ese oscurecimiento súbito —lo que hoy conocemos de forma sencilla como un eclipse— guardaba una relación directa con una divinidad mucho más severa que las veleidades que dominarían después el panteón griego. Era Helios, el titán Sol, culpable de que la noche llegara antes de tiempo y se llevara con ella la luz y el calor.
Para adentrarse en la naturaleza de este miedo, es necesario viajar en el tiempo literario hasta la Teogonía de Hesíodo, gran registrador de los orígenes míticos. Allí se nos presenta a los hijos del titán Hiperión ―cuyo nombre evoca al «que camina por las alturas» y que era el fuego astral primitivo― y de su hermana Tea ―la diosa de la vista y del brillo del éter―. Estos hijos eran Selene, la personificación de la Luna; Eos, la Aurora de rosados dedos; y Helios, el Sol. Descrito este último como una divinidad infatigable coronada por un halo de rayos deslumbrantes que cruzaba el firmamento en un carro de fuego tirado por cuatro corceles flamígeros llamados Flegonte, Éoo, Pirois y Étope, que significan «el ardiente», «el amanecer», «el ígneo» y «el de la mirada encendida».

A diferencia de Apolo, que en los siglos posteriores asimilaría sus atributos para convertirse en el regente solar de la poesía y la medicina, Helios era el Sol mismo. Su curso diario era la garantía del orden cósmico, la luz divina que lo veía y lo juzgaba todo sobre la Tierra. Por eso mismo, cuando esa luz universal se extinguía de pronto en mitad de la jornada, el mundo heleno se paralizaba por completo. ¿Qué era lo que pasaba con Helios? ¿Por qué desaparecía?
Para la Grecia antigua, un eclipse solar, sobre todo si este era total, no era un espectáculo astronómico digno de contemplarse solo por curiosidad. Muy al contrario, resultaba un presagio funesto de proporciones poco menos que cataclísmicas. De hecho, nuestra palabra actual «eclipse» deriva del término heleno ekleipsis, que significa literalmente «abandono» o «deserción». Cuando la corona solar desaparecía, los mortales creían que los dioses, enfurecidos por los crímenes, la soberbia o la impiedad de los hombres (hybris), habían decidido dar la espalda a la Tierra, retirando su protección y dejándolos a oscuras en un desamparo absoluto.
Este terror lo relató Archíloco de Paros, pionero de la poesía lírica griega, tras presenciar el histórico eclipse total del 6 de abril de 648 a. C.: «Nada hay más allá de la esperanza, nada que pueda jurarse imposible, nada maravilloso, desde que Zeus, padre de los olímpicos, hizo la noche desde el mediodía, ocultando la luz del sol reluciente, y un miedo doloroso cayó sobre los hombres».

Para los hombres de aquella época, el poema de Archíloco encerraba un mensaje bastante más complejo de lo que parece. Nos plantea un curioso dilema de jerarquías celestes porque, ¿cómo es posible que Zeus obligara a Helios a apagar el día, si el Sol era un titán anterior a él? La respuesta la encontramos en el nuevo orden político que surgió en el panteón griego tras la guerra entre los dioses y los titanes. Cuando los dioses ganaron, Zeus perdonó a Helios y a sus hermanos ―Selene (la Luna) y Eos (la Aurora)― porque su trabajo diario era imprescindible, pero los dejó bajo su estricta supervisión. Así, cuando la humanidad desataba la furia del Olimpo, Zeus ejercía su autoridad de jefe absoluto y ordenaba retirar la luz, obligando al titán a dar la espalda a la Tierra.
Siglos más tarde, el historiador Heródoto relataría en sus Historias cómo en el año 585 a. C., en plena batalla entre los lidios y los medos, el día se convirtió de pronto en noche y ambos ejércitos interpretaron la oscuridad como una orden directa de los dioses para detener la matanza, por lo que dejaron las armas y firmaron un tratado de paz cimentado en alianzas matrimoniales. Para unir a los dos pueblos casaron a la princesa Aryenis de Lidia con el príncipe heredero Astiages de Media. Una boda de conveniencia política de la que, cosas del destino, nacería el linaje del futuro Ciro el Grande, fundador del Imperio persa.
Con el paso del tiempo, el velo del mito empezó a convivir con los primeros destellos de la razón científica y los griegos comenzaron a intuir que la desaparición de Helios no se debía a un arrebato de ira olímpica, más bien a la interposición silenciosa de su hermana Selene, la Luna, cuya órbita cruzaba la trayectoria del disco solar. No lo hacía por castigar a la humanidad, sino siguiendo el inamovible baile celeste que la llevaba a ocultar el rostro de su hermano durante unos minutos. La historia de amor y mitos de Selene es, sin duda, a mi parecer, una de las más bellas y también turbadoras del firmamento, pero esa es una crónica que dejaremos para otro día.
Ingenios posteriores como el mecanismo de Anticitera —considerado el primer ordenador analógico de la historia, inventado por sabios de la Grecia helenística hacia el siglo II a. C.— permitieron calcular estos ciclos con precisión; si bien la fascinación espiritual ante el fenómeno jamás desapareció de la cultura helena y tampoco de la del resto del mundo. En la antigua China, donde los astrónomos imperiales se jugaban la vida si fallaban en predecir estos hechos, se creía que un dragón cósmico estaba devorando el astro; y en la mitología nórdica se temía que el temible lobo Sköll —cuyo nombre significa «traición» y que encarnaba las fuerzas del caos primitivo— estuviera a punto de dar caza a la diosa solar tras una persecución incansable a través de los cielos, un triste presagio que para ellos anunciaba el fin del mundo o Ragnarök. En las sagas germánicas, la personificación del astro rey era femenina.
Así pues, el próximo 12 de agosto, al atardecer, cuando la Luna cubra el Sol y su luz se apague, os invito a recordar que ese oscurecimiento momentáneo, hoy convertido en fenómeno a retratar para compartir en redes sociales, fue durante siglos motivo de terror para millones de personas en el mundo antiguo. Contempladlo, pues, como una prueba que nos recuerda que la naturaleza sigue dictando sus propias leyes, ajena a la vanidad actual de los mortales.