Pocos artistas contemporáneos han logrado una presencia tan mediática como Banksy sin renunciar al anonimato. Sus imágenes circulan por museos, subastas, libros, camisetas y redes sociales, pero muchas de ellas nacieron en la calle, sobre paredes que nadie imaginaba que serían contempladas como una obra de arte. Banksy no inventó el arte urbano ni el estarcido, pero entiende muy bien cómo funciona una imagen en la calle. Sus obras no dependen de una gran complejidad técnica, sino de una combinación bastante precisa entre sencillez, ironía y contexto.
El estarcido ha sido clave en su forma de trabajar. La plantilla le permite actuar deprisa, repetir una imagen y mantener una línea clara en la calle, donde no hay tiempo ni las condiciones de un taller. Esa rapidez define su estilo.
Sus temas son igualmente reconocibles. Banksy ha trabajado sobre la guerra, la vigilancia, el abuso de poder, el consumo, la desigualdad, la infancia o la migración, casi siempre a través de escenas de apariencia sencilla y de un humor que rara vez es inocente. A veces la obra parece amable en el primer vistazo, pero ese efecto dura muy poco. Enseguida se percibe algo que no encaja del todo: un soldado que está donde no debe, una cámara que vigila demasiado, una niña situada en una escena que crea confusión, una rata que parece entender la ciudad mejor que sus propios habitantes.
Durante décadas, su identidad fue una incógnita y formó parte de la curiosidad que rodeaba su obra, pero en marzo de 2026, una investigación de Reuters desveló a Robin Gunningham, como posible identidad de Banksy; según ese trabajo, Gunningham habría adoptado después el nombre de David Jones, aunque el artista no ha confirmado públicamente esa noticia.
Banksy ha criticado muchas veces la conversión del arte en mercancía, pero sus piezas se venden por cifras estratosféricas y algunas de sus intervenciones urbanas se protegen o se convierten en objeto de especulación. El caso más famoso ocurrió en 2018, cuando una versión de Girl with Balloon se autodestruyó parcialmente justo después de ser adjudicada en Sotheby’s. La acción parecía una crítica al sistema de subastas, aunque terminó aumentando todavía más la fama de la obra.
Banksy critica el sistema del arte y, al mismo tiempo, forma parte de él. Sus imágenes permiten discutir quién decide el valor de una pieza, por qué unas pintadas se borran y otras se conservan, qué diferencia hay entre una pared ocupada por publicidad y una pared ocupada por una imagen crítica, o qué ocurre cuando una obra creada para la calle acaba siendo tratada como un objeto de colección.

El Museo Banksy de Madrid parte precisamente de esa idea: reunir una parte amplia de su trabajo para que el visitante pueda ver obras que, en conjunto, crean una visión mucho mas precisa de toda su envergadura como artista.

Situado en el Paseo de la Esperanza 1, en Arganzuela, el museo reúne más de 170 piezas, incluidas reproducciones a tamaño real de algunos de sus murales más conocidos. La visita permite acercarse a imágenes como La chica del globo rojo o Banksy’s Rage, el lanzador de flores, pero también a otras piezas con diferentes temáticas como la guerra, el consumo, la vigilancia, la infancia, la migración o el uso político de la imagen. No es necesario conocer previamente la historia del arte urbano para entrar en la exposición, porque el propio recorrido va mostrando cómo trabaja Banksy.
Además de la exposición, el Museo Banksy de Madrid ofrece visitas guiadas en varios idiomas y un taller de serigrafía al estilo Banksy durante los fines de semana. La propuesta resulta interesante porque acerca al público a una de las técnicas que mejor explican la difusión de su obra: una imagen reproducible, clara y pensada para circular. En ese sentido, el museo no solo funciona como una recopilación de piezas conocidas, sino como una forma de entender por qué Banksy pasó de las paredes de la ciudad a ocupar un lugar central en la cultura visual de las últimas décadas.